Los Ladrones de Londres

Part 24

Chapter 243,899 wordsPublic domain

--Entonces por qué no enviais á ese recien venido? preguntó Maese Bates poniendo su mano sobre el brazo de Noé. --Nadie le conoce.

--Si quiere ir no deseo otra cosa mejor! --observó Fagin.

--Por qué no querrá?

--No lo sé querido. --dijo Fagin volviéndose á Bolter --realmente no lo sé!

--Oh! que si que lo sabeis muy bien! --observó Noé dando algunos pasos retrógados hácia la puerta. --Que si, que si lo sabeis bien! --añadió balanceando la cabeza un tanto alarmado de la proposicion de Cárlos. --Guarda Pablo! este género de comision no entra en mi departamento. No lo ignorais de antemano!

--Entónces Fagin para que género de _trabajo_ lo habeis reclutado? --preguntó maese Bates midiendo á Noé de la cabeza á los piés con aire de desden --para jugar las piernas cuando habrá algo embrollado ó para _enguller_ sin duda, él solo todo lo que habrá sobre la mesa, cuando todo irá bien?

--Esto no os incumbe á vos, jóven imberbe! --replicó Bolter --y si os permitís estas libertades con vuestros _superiores_ podrémos enojarnos: tenedlo entendido!

Maese Bates, prorrumpió en tal carcajada á esta amenaza que Fagin necesitó mucho tiempo antes de poder interponer su autoridad y hacer comprender al señor Bolter que no corria ningun riesgo en visitar el tribunal de policía, tanto mas que el pequeño asunto que lo llevara á Londres no habiendo transpirado aun en esta ciudad, era mas que probable que no se sospechase que se habia refugiado en ella y que de consiguiente si cambiaba de traje, no habia mas peligro para él, en ir al tribunal de policía que el que podia haber, yendo á cualquiera otra parte, ya que de todos los sitios de la capital era aquel sin disputa, al que se pensaria menos, que pudiese visitar, de su pleno alvedrío.

Persuadido por estas palabras de Fagin tanto como por el temor que éste le habia infundido, el señor Bolter consintió de muy mala gana en hacer esta escursion. Por consejo del judío se encajó un traje de carretero.

Concluido su tocador, se le hizo el retrato del _Camastron_ de modo que pudiera reconocerle fácilmente; y Cárlos despues que le hubo acompañado hasta la entrada de la calle, en que estaba el tribunal de policía, le prometió esperarle en el mismo sitio.

Noé Claypole, ó Mauricio Bolter (como mejor le parezca Hamarle el lector), siguiendo la direccion que le habia dado Cárlos Bates, que tenia un conocimiento exacto de los sitios, llegó sin obstáculo al santuario de la justicia.

Buscó con la vista al Camastron; pero aunque vió muchas mujeres que hubieran podido muy bien pasar las unas por la madre y las otras por las hermanas de ese apreciable jóven y que entre los hombres que aparecieron en el banco de los acusados, hubiese mas de uno que se le pareciese lo bastante para que se le tomase por su hermano ó por su padre, no apercibió con todo entre los jóvenes de su edad, nadie que respondiese á las señas que le habian dado. Esperaba con impaciencia cuando apareció un jóven preso que reconoció al momento por Jaime Dawkins.

En efecto era el Camastron quien con las mangas arremangadas, como de costumbre, la mano izquierda en su bolsillo y sosteniendo con la derecha su sombrero, entró resueltamente seguido del carcelero. Despues de haber tomado asiento en el banco de los acusados, preguntó con tono semi-sério y semi-cómico la razon por la cual se le trataba de una manera tan indigna.

--Silencio! --gritó el carcelero.

--Soy inglés, no es cierto? --dijo el Camastron --Dónde están mis privilegios?

--Pronto los tendréis vuestros privilegios y _sazonados_ con su correspondiente sal y pimienta --replicó el carcelero.

--Verémos lo que el ministro del interior tendrá qué decir á los _picos_ si se me retiran mis privilegios --contestó Jaime Dawkins. --¿Ahora queréis hacerme el favor de decirme que significa toda esa farándula? Os agradeceré --prosiguió dirijiéndose á los magistrados --que termineis pronto este pequeño asunto, no me tengais aquí en suspenso divertiéndoos en leer esos periódicos porque tengo una cita con un caballero en la _Cité_ y como sabe que soy muy exacto cuando se trata de _negocios_ y que jamás he faltado á mi palabra, os prevengo que se irá si no llego á la hora convenida. Si así lo haceis no reclamaré daños ni perjuicios como tengo el derecho de redamarlos contra los que me han hecho perder el tiempo.

Habiendo dicho estas palabras con una volubilidad extraordinaria, pidió al carcelero le dijera los nombres de los _dos viejos buos_ (señalando á los magistrados), que estaban sentados al mostrador, lo que exitó en tan alto grado la hilaridad de los espectadores, que rieron de tan buen corazon como hubiera podido hacerlo maese Bates estando presente allí.

--Silencio! --gritó el carcelero.

--De qué se trata? --preguntó uno de los jueces.

--De un robo señor presidente --contestó el carcelero.

--Ese muchacho ha comparecido ya otra vez aquí?

--No ha comparecido ante este tribunal, señor presidente, aunque lo haya merecido mas de una vez, pero respondo que ha estado _mas de una_ vez en otra parte. Lo conozco desde largo tiempo.

--Ah! me conoceis! --dijo el Camastron, tomando nota de las palabras del carcelero. --Bueno es saberlo. Me acordaré de ello. Esto no es mas que una calumnia y una calumnia en regla.

Estas espresiones fueron seguidas de nuevas carcajadas entre la multitud y de otro «_Silencio_!» por parte del carcelero.

--Dónde están los testigos? --preguntó el escribano.

--Es justo; al hecho! --replicó el Camastron --Donde están. Tengo curiosidad de verlos.

Pronto quedó satisfecho sobre este punto; porque un _policemon_ adelantándose declaró que entre la muchedumbre habia visto al prisionero introducir su mano en el bolsillo de un desconocido, retirar de el un pañuelo que examinó con atencion y no habiéndolo encontrado sin duda bastante bueno para él, volverlo del mismo modo despues de haberse sonado los mocos dentro; que en consecuencia lo habia arrestado por este hecho y que habiendo sido registrado en forma de derecho se le habia encontrado encima una caja de polvo de plata, sobre cuya tapadera estaba gravado el nombre del caballero á quien pertenecia, el cual estaba tambien presente á la audiencia.

Este caballero cuyo domicilio se habia encontrado por medio del Almanaque del Comercio, juró que la caja de polvo era realmente suya y que la habia perdido la víspera anterior en el momento de abrirse paso entre la muchedumbre. Añadió que habia notado á un jóven afanoso de atravesar el tropel y que ese jóven era el prisionero que tenia á la vista.

--Jóven teneis alguna observacion que hacer al testigo aquí presente? dijo el magistrado.

--Creeria rebajarme teniendo conversacion con él. --respondió el Camastron.

--Teneis algo que decir para vuestra defensa?

--No oís al señor presidente que os pregunta si teneis algo que decir para vuestra defensa? --dijo el carcelero dando un codazo al Camastron que se obstinaba en guardar silencio.

--Os pido mil perdones --dijo este levantando la cabeza con aire de distraccion y dirijiéndose al magistrado. --Es á mi á quién hablais señor pelucon?

--Señor presidente en mi vida he visto un pilluelo tan descarado como este, observó el carcelero --No teneis nada que decir pequeño bagamundo?

--No aquí --replicó el Camastron --porque no es aquí la _botica_ de la justicia. Por otra parte mi defensor está ahora almorzando con el vice-presidente de la cámara de los comunes. Algo tendré que decir en otra parte y él tambien, como mis amigos que son muchos y muy respetables.

--Volvedlo á la prision --gritó el escribano --será juzgado en los prócsimos _assises_.

--Vamos! dijo el carcelero.

--Voy! contestó el Camastron acepillando su sombrero con la palma de la mano. --Ah! prosiguió dirijiéndose á los magistrados --Os advierto que de nada os sirve el aparecer espantados! Estad muy seguros que no tendria compasion de vosotros por un _liart_. Algo os escozerá esta partida . . . no lo dudeis . . . y ahora rehusaria mi libertad aun cuando os pusierais de rodillas para hacérmela aceptar! Ea! en marcha vos! dijo el carcelero --volvedme á la prision; estoy pronto á seguiros!

Dicho esto el Camastron se dejó cojer por el cuello y siguió ó mas bien marchó lado por lado del carcelero, no cesando de amenazar á los jueces hasta que estuvo fuera de la sala, en seguida alargó la lengua á su guardian con un aire de satisfaccion interior y se encontró otra vez bajo los cerrojos. Despues que el Camastron hubo dejado la sala, Noé fué al sitio en que habia dejado á Bates.

Ambos se apresuraron á llevar á Fagin la feliz noticia de que el Camastron hacia honor á los _principios_ que habia recibido y que trabajaba en establecerse una reputacion gloriosa.

CAPÍTULO XLIII.

LLEGA PARA NANCY EL TIEMPO DE CUMPLIR SU PROMESA Á ROSA. --NO LA CUMPLE --FAGIN EMPLEA Á NOÉ CLAYPOLE EN UNA COMISION SECRETA.

ERA la noche de un domingo: el reló de la iglesia vecina dió la hora. Fagin y Sikes que estaban hablando, se callaron un momento para escuchar. Nancy levantó la cabeza y prestó atento oido.

--Las once! --dijo Sikes levantándose de su silla y apartando la cortina de la ventana para mirar á la calle. La noche está negra como boca de lobo. Famoso tiempo para los _negocios_.

--Ah! contestó el judío --No es una lástima Guillermo que nada haya preparado para esta noche?

--Esta vez teneis razon --repuso Sikes bruscamente --Y tanto mas lástima, cuando me encuentro esta noche del todo de buen humor.

El judío exhaló un suspiro y sacudió tristemente la cabeza.

--Así pues á la primera ocasion que se presente será preciso cojerla aunque sea al vuelo y reparar el tiempo perdido --continuó Sikes.

--Esto es lo que se llama hablar en razon! dijo el judío dándole un golpecillo en el hombro. Me place oiros hablar asi Guillermo.

--Ciertamente! --Esto me dá gusto!

--Ah! ah! ah! --hizo el judío alentado por esta observacion --Estais esta noche en vuestro centro Guillermo, completamente en vuestro centro.

--No estoy en mi centro cuando poneis vuestras garras sobre mi espalda --dijo Sikes rechazando la mano del judío --Con qué abajo las patas!

Fagin nada respondió á ese cumplido adulador, pero tirando á Sikes por la manga, le señaló con el dedo á Nancy, que habiéndose aprovechado del momento en que ellos hablaban para ponerse su sombrero, se disponia para salir.

--Nancy! gritó Sikes --qué diablos haces! ¿dónde tienes intencion de ir á esta hora?

--No muy lejos.

--Acaso es una respuesta «_no muy lejos_!» --repuso Sikes --¿Dónde vas?

--Te digo que no lejos.

--Otra vez! quiéres responder? --preguntó Sikes que empezaba á calentarse. --Te pregunto dónde vas?

--No lo sé --respondió la jóven.

--Pues bien! --dijo Sikes mas por espíritu de contradiccion que porque tuviera ninguna razon para privarle la salida --Siéntate y estate quieta.

--Ya te he dicho que no me encuentro bien! --observó Nancy --Necesito tomar el aire.

--Asoma la cabeza á la ventana y tómalo á discrecion.

--No corre bastante en ella --Necesito tomar el aire en la calle.

--No saldrás á la calle! --replicó Sikes. Dicho esto, fué á cerrar la puerta, metió la llave en su faltriquera y arrancando el sombrero de la cabeza de Nancy, lo arrojó sobre un armario viejo. --Ahora --añadió el bandido --te digo otra vez que te sientes y permanezcas tranquila! ¿estamos?

--Seguramente no seria un sombrero el que me impediria salir! --dijo la jóven palideciendo --Qué significa esto, Guillermo! Sabes lo que haces?

--Levanta mucho el pico! --esclamó Sikes volviéndose á Fagin. --Es preciso que haya perdido el juicio, de lo contrario no se atreveria á hablarme así.

--Tu me obligarás á hacer una trastada! --murmuró Nancy apretando las dos manos sobre su pecho como para retener un grito que iba á escapársele --te digo que me dejes salir al momento!

--No! --esclamó Sikes.

--Fagin decidle que haria mejor en dejarme salir . . . mucho mejor . . . ¿Me oyes? gritó Nancy golpeando el suelo con el pié.

--Si te oigo! --repuso Sikes volviéndose bruscamente y mirándola cara á cara --Aun creo que te he oido demasiado! Si pronuncias otra palabra te haré estrangular por mi perro; lo que hecho gritarás por alguna cosa ¿Qué es lo que le ha dado á ese _pulpon_? Se ha visto jamás cosa igual!

--Déjame salir --dijo Nancy en tono suplicante . . . Te ruego Guillermo que me dejes salir! --añadió sentándose en el suelo cerca la puerta --No sabes tú lo que haces! --No; no, lo sabes . . . Solo una hora --te lo suplico.

--Que los demonios me lleven si esta jóven no se ha vuelto loca! --esclamó Sikes cojiéndola por el brazo --Ea! levántate!

--No, no! no me levantaré sino me dejas salir.

Sikes la contempló un instante en silencio; y aprovechándose de un momento en que no hacia resistencia le puso las manos detrás de la espalda y la arrastró con mucho trabajo hasta el aposento inmediato, donde habiéndola sentado á la fuerza en una silla, la lavo en respeto.

--Se ha visto jamás cosa igual! dijo enjugándose su rostro cubierto de sudor. --Es chocante esa jóven con sus caprichos!

--Es verdad --dijo el judío con ademan pensativo --es muy chocante.

--Decidme, por qué razon pensais vos, puede haberse empeñado en salir esta noche? Vos debeis saberla mas que yo. ¿Qué diablos de idea se le habrá metido en la cabeza?

--Querido mio, encaprichamiento de mujer sin duda alguna --respondió el judío encojiéndose de hombros.

--Es muy posible --gruñó Sikes --Creia haberla sometido, pero es peor que nunca.

--Ciertamente que es peor --repuso el judío con aire distraido. --Jamás la habia visto arrebatarse como hoy por nada.

--Ni yo tampoco. Sospecho que ha cojido un poco de esa maldita fiebre que me ha tenido en un triz. Qué os parece? Esto no puede ser otra cosa.

--Es posible.

--Yo me encargo de sacarle un poco de sangre, si ello le repite otra vez. Así evitaré que el médico se tome la molestia de venir.

El judío hizo una espresiva señal de cabeza, dando á entender que aprobaba mucho este tratamiento.

--No me ha dejado un momento durante esa enfermedad endiablada; rodaba dia y noche alrededor de mi lecho, mientras estuve en pastura horizontal, en tanto que vos, viejo cocodrilo, me habeis dejado allí; me habeis abandonado; y os habeis puesto en guardia. No teníamos un sueldo en casa y esto es probablemente lo que la habrá atormentado. Puede que el haber estado tanto tiempo encerrada le habrá agriado el carácter, no es así?

--Es muy probable querido! --dijo el judío en voz baja --Silencio! Aquí está!

Apenas hubo dicho estas palabras, Nancy volvió á aparecer en el aposento y se sentó en su sitio. Se conocia que habia llorado, porque sus ojos estaban rojos é hinchados. De repente se agitó en su silla y un instante despues soltó una carcajada convulsiva.

--Héla ahí que se ríe ahora! --esclamó Sikes volviéndose á su compañero con sorpresa.

--El judío le hizo señal de que no hiciera caso y Nancy recuperó pronto la calma. Despues de haberle dicho á Sikes al oido que no habia temor por entonces de una recaida, pues que lo creia todo concluido. Fagin tomó su sombrero dando las buenas noches á sus amigos. Al llegar á la puerta, se paró y lanzando una mirada á su alrededor preguntó si habia alguno que quisiera alumbrarle para bajar.

--Alúmbrale Nancy --dijo Sikes rellenando su pipa --seria una lastima que se rompiera el bautismo; privaria á los espectadores del placer de verle colgar.

Nancy tomó la vela y acompañó al viejo hasta el pié de la escalera. Cuando estuvieron en la entrada el judío, poniendo el dedo sobre sus lábios dijo muy bajo al oido de la jóven.

--Qué sucede Nancy?

--Qué quereis decir? contestó ésta en el mismo tono.

--Cuál es la causa de todo esto? --preguntó Fagin --Si ese bruto se porta indignamente contigo --añadió señalando con el dedo el piso superior --por qué no?

--Qué? --dijo ésta viendo que Fagin no concluia su frase y la miraba con suma atencion.

--No importa! Volverémos á hablar de esto otra vez. Nancy tienes en mi un amigo, un verdadero amigo. Poseo los medios para hacer muchas cosas! Cuando querrás vengarte del que te trata como un perro, que digo como un perro! peor que un perro; porque acaricia alguna vez el suyo, ven á encontrarme, entiendes Nancy? Ese no es mas que un pájaro de paso; mientras que á mi Nancy á mi me conoces desde largo tiempo . . . desde muy largo tiempo.

--Os conozco bien! dijo la jóven sin manifestar la menor emocion --Buenas noches!

Dirijiéndose á su habitacion, Fagin dió libre curso á los pensamientos que ocupaban su alma. Desde algun tiempo habia concebido la idea de que Nancy cansada de la brutalidad del bandido, amaba á otro. El objeto de este nuevo amor no era ninguno de sus imberbes pupilos. --Seria una buena adquisicion tal monigote de Nancy --pensaba Fagin --Es preciso pues asegurarse los dos cuanto antes.

--Con un poco de persuasion --continuaba pensando Fagin --que motivo mas poderoso podria determinar á esa jóven á envenenar á Sikes? Otras lo han hecho antes que ella . . . y aun peor, por sus amantes . . .

A la mañana siguiente se levantó muy temprano y esperó con impaciencia la llegada de su nuevo compañero, quien despues de cierto _lapso_ de tiempo, se presentó al cabo y empezó por atacar furiosamente los comestibles.

--Bolter! --dijo el judío tomando una silla y sentándose frente á Noé.

--Aquí estoy! ¿qué me queréis? --contestó este --No me deis nada que hacer antes que no haya concluido mi desayuno; como es la mala costumbre en esta casa; jamás queda en ella tiempo para comer!

--Podeis hablar comiendo, no es cierto?

--Oh! Sin duda! nunca como mejor que cuando hablo --continuó Noé cortando una enorme rebanada de pan --Dónde está Carlota?

--Ha salido. La he mandado á una comision fuera de casa con la otra jóven porque necesitaba estar solo con vos.

--Hubierais debido encargarla que antes me hiciera tostadas de pan con manteca! Y bien! hablad, hablad siempre, no me interrumpiréis.

No habia cuidado de que se le interrumpiera fuese por lo que fuese, porque se habia sentado á la mesa con la firme intencion de _trabajar á destajo_ y lo hacia en efecto de tan buen ánimo, que las migas le saltaban por sobre la cabeza.

--Ayer _trabajasteis_ lindamente camarada! dijo el judío --seis _chelines_, nueve _peniques_ y medio . . . diantre! Querido! La _caza menuda_ hará vuestra fortuna.

No olvideis añadir tres botes de cerveza y un jarro para leche.

--No ciertamente, querido mio! El escamoteo de los tres botes de estaño demuestran sin duda, alguna destreza; pero el del jarro, --para leche es toda una obra maestra.

--No es maleja que digamos para un debutante! --repuso el señor Bolter con tono de complacencia --he descolgado los botes de una verja de hierro ante una casa acomodada y como el jarro para leche estaba en el lindar de la puerta de un figon lo he recojido temeroso de que no se enmoheciese ó que no cojiese un resfriado; esto es muy justo, no es cierto? ah! ah! ah!

El judío fingió reir á carcajadas y Mr. Bolter haciendo lo mismo de buena gana, hincó el diente en su primera rebanada de pan y de manteca; y apenas la hubo despachado, se cortó una segunda.

--Bolter! --dijo Fagin poniéndose de codos sobre la mesa --Necesito de vos, para un golpe de mano que exije mucha prudencia!

--Tate! no vayais á esponerme ahora en algun peligro, á enviarme á un tribunal de policía! Os prevengo que esto no me conviene, ni me puede dar mucho gusto!

--Querido; no hay que correr el menor peligro! Se trata únicamente de seguir á una mujer y espiar sus acciones.

--Una vieja?

--No; una jóven!

--Pues puedo hacerlo á las mil maravillas! Caramba! en la escuela ora un famoso soplon! ¿Por qué es necesario que yo la siga? Creo no será por . . .

--No --interrumpió Fagin. No hay mas que hacer, sino decirme donde va, quien vé y si es posible lo que hace; recordar el nombre de la calle, si es una calle, ó bien de la casa si es una casa y comunicarme en fin todas las noticias que podais recoger.

--Qué me daréis por ello?

--Os daré una libra esterlina, cosa que no he dado nunca por servicios de este género, que no me producen utilidad alguna.

--Quién es esta mujer?

--Una de las nuestras.

--Ya veo de lo que se trata! --esclamó Bolter frunciendo la nariz --sospechais de ella, no es cierto?

--Ha adquirido nuevas relaciones, querido, y es preciso que yo las conozca.

--Ya caigo. Unicamente por tener el gusto de conocerlas, con el fin de saber si es persona respetable, he? ah! ah! ah! Soy vuestro hombre.

--Sabia que os gustaria tal comision!

--Y no habeis errado. Donde está; en que punto y cuando deberé seguirla.

--Esto querido os lo diré . . . os lo comunicaré cuando sea tiempo oportuno. Procura estar preparado; lo restante me corresponde á mi.

Aquella noche, la mañana siguiente y el dia despues, el espía calzado y vestido con su traje de carretero, estuvo preparado para salir á una señal de Fagin. Seis noches pasaron de este modo; seis noches mortales en cada una de las cuales el judío regresó mohino, dando á comprender en pocas palabras que todavía no era ocasion. La noche del dia séptimo, volvió mas pronto que los dias precedentes y brillaba en su rostro un rayo de satisfaccion. --Pronto; partamos, es tiempo ya!

Noé se levantó sin pronunciar palabra; porque la alegria estrema que esperimentaba el judío se habia comunicado á él. Salieron de escondite y habiendo atravesado un laberinto de calles, llegaron al fin á una taberna.

Eran las once y cuarto y la puerta estaba cerrada. Ella volvió cautelosamente sobre sus goznes, á un ligero silvido que dió el judío.

Osando apenas cuchichear, pero sustituyendo los gestos á las palabras. Fagin y el jóven judío que les habia abierto la puerta señalaron á Noé el agujero con vidrio y le indicaron que subiera para ver la persona que estaba en la sala vecina.

--Es esta la mujer de que se trata? --preguntó en voz baja.

El judío hizo un movimiento de cabeza afirmativo.

El espía cambió una mirada con Fagin y partió como una flecha.

CAPÍTULO XLIV.

NANCY ES EXACTA Á LA CITA.

EL reló de muchas iglesias daba las once y tres cuartos, cuando aparecieron dos personas á la entrada del puente de Londres. La primera, que era una mujer se adelantaba con paso vivo y ligero mirando con avidez á su alrededor como si buscara á alguno; el otro que era un hombre, seguia á alguna distancia en la sombra y arreglaba su paso al de la mujer, parándose cuando ella se paraba y deslizándose de nuevo al escondite á lo largo del parapeto cuando ella volvia atrás.

La noche era oscura. Durante todo el dia el cielo habia estado nublado y á esta hora, sobre todo en este sitio, habia muy poco concurso de gente.

Una broma espesa que cubria al rio daba un tinte pálido á la luz rojiza de los faroles que ardian en las lanchas.

Sonó la media noche; el duodécimo golpe vibraba aun en el aire cuando una jóven señorita y un caballero de cabellos blancos, bajando de un fiacre á alguna distancia, se dirijieron hácia el puente despues de haber despedido al cochero. Apenas habian dado algunos pasos, Nancy se estremeció y al momento fué á ellos.

Marchaban aquellos como gentes que no esperan encontrar á la persona que buscan, cuando se hallaron cara á cara con la jóven. Se detuvieron dando un grito de sorpresa que luego reprimieron; porque un hombre en traje de menestral paso rápidamente por su lado en el mismo instante.

--Por aquí! --dijo Nancy con ansiedad. Temo hablaros en este sitio; seguidme al pié de la escalera.

Al decir estas palabras el menestral volvió la cabeza y preguntando bruscamente porque ocupaban ellos solos todo la acera prosiguió su camino.

La escalera de que hablaba Nancy estaba al estremo del puente en la ribera del condado de Surrey.