Los Ladrones de Londres

Part 13

Chapter 133,937 wordsPublic domain

Esa pared de cercado! Sobre el césped, al otro lado en el jardin se habia postrado de rodillas para implorar la piedad de los dos bandidos! Ciertamente era la misma casa que habian intentado robar!

Oliverio tuvo tal espanto al reconocer el sitio, que olvidando un momento el dolor que le causaba su herida no pensó mas que en huir. Huir! A penas podia sostenerse sobre sus piernas y á demás aunque hubiera podido gozar de todo el vigor y la ligereza que se tiene ordinariamente á su edad. ¿á dónde huir? Empujó la puerta del jardin que volvió sobre sus goznes, se arrastró sobre el césped, subió las gradas del peristilo . . . llamó débilmente á la puerta y abandonándole de pronto sus fuerzas, cayó contra una de las columnas del pórtico.

Fué el caso que en el propio momento Mr. Giles, Brittles y el calderero, despues de todas las fatigas y sustos de la noche, se restauraban en la cocina con una taza de thé y algunas golosinas. No porque entrára en las costumbres de Mr. Giles el sufrir una demasiado grande familiaridad de sus _inferiores_ respecto á los cuales al contrario se portaba regularmente con una _fiereza benévola_ que no podia menos de recordarles su _superioridad_ sobre ellos en el mundo; pero los ladrones, los pistoletazos y el temor á la muerte, acortan las distancias y hacen á todos los hombres iguales. Asi pues Mr. Giles sentado ante el hogar los piés colocados sobre el guarda cenizas y el brazo izquierdo apoyado sobre la mesa, relataba minuciosamente todas las circunstancias del atentado, mientras que sus oyentes (y principalmente la camarera y la cocinera) escuchaban con el mas vivo interés.

--Decia pues que creí oir ruido. --prosiguió Giles --De pronto me dije á mi mismo: _es una ilusion_ y me disponia á dormirme otra vez cuando oí de nuevo el mismo ruido; pero mas distintamente.

--Qué especie de ruido? --preguntó la cocinera.

--Como si dijéramos un ruido sordo --dijo Mr. Giles mirando á su alredor con aire espantado --como algo que cruje.

--O mas bien como una barra de hierro que se limara con una escofina de nuez moscada. --dijo Brittles.

--No digo que no. Así pudo ser cuando _vos_ lo habeis oido; pero en el momento que _yo_ quiero decir era un ruido como de algo que cruje --replicó Mr. Giles --Levanto mi cobertor (continuó repeliendo los manteles) me incorporo y aguzo el oido.

--Dios! --esclamaron simultáneamente la cocinera y la camarera arrimándose la una á la otra.

--Oigo el mismo ruido con mas claredad que nunca --prosigue Mr. Giles --y me digo en mis adentros: de seguro fuerzan una puerta ó una ventana. Qué hacer? Voy á llamar á Brittles é impedir que ese pobre muchacho sea asesinado en su cama; pues de seguro se deja cortar el gaznate de una á otra oreja sin apercibirse siquiera de ello.

Todas las miradas se volvieron hácia Brittles que, con la boca abierta fijó la suya sobre Giles con una espresion de terror.

--Vuelvo á bajar mi cobertor. --dijo este último fijando su vista en la cocinera y camarera --Salgo cautelosamente de mi lecho y ensarto . . .

--Señor Giles que hay aquí señoras! --dijo á media voz el calderero.

--Mis _chinelas_. --continuó Giles volviéndose hácia este apoyándose en esta palabra con enfasis (contento como estaba de haberla suplido á la palabra _calzones_ que un hombre bien nacido, no pronuncia jamás ante personas del bello sexo.) Me apodero de la pistola cargada que todas las noches coloco bajo la almohada y me dirijo de puntillas al aposento de ese pobre Brittles. Brittles! --le digo dispertándole --No tengais miedo!

Mr. Giles juntando la accion á la palabra se habia levantado de su silla y habia ya dado dos ó tres pasos con los ojos cerrados, cuando estremeciéndose de repente, como tambien toda la compañia, volvió pronto á su sitio. La cocinera y la camarera arrojaron un grito penetrante.

--Han llamado! --dijo Giles tomando un aspecto del todo tranquilo. --Qué vaya á abrir alguno de vosotros!

Nadie se meneó.

--Paréceme muy estraño que llamen á esta hora. --dijo Monsieur Giles notando la palidez estrema que reinaba en todos los semblantes y viéndose él mismo presa de un terror poco comun. --Pero es necesario que _alguno_ de vosotros vaya á abrir! Me ois?

Así hablando Mr. Giles miraba á Brittles; pero este jóven naturalmente modesto, no considerándose como _alguno_ pensó con razon que la íntima de su _superior_ no se dirijia en él y guardó silencio. Mr. Giles quiso hacer una llamada al calderero; pero éste se habia dormido instantáneamente. En cuanto á las mugeres era inútil pensarlo siquiera.

--Si Brittles quisiera solo entreabrir la puerta ante testigos. --dijo Mr. Giles despues de un momento de silencio --Por mi parte yo seria uno.

--Y yo tambien. --dijo el calderero dispertándose con la misma rápidez que se habia dormido.

Brittles se rindió á estas condiciones, y nuestros tres amigos despues de abiertos los postigos, algo tranquilizados al ver que era dia claro se dirijieron á la puerta de entrada precedidos de los perros y seguidos de las dos mugeres que no atreviéndose á quedarse solas en la cocina formaban la reta-guardia.

Una vez tomadas estas precauciones, Mr. Giles se apoderó del brazo del calderero _á fin de impedirle que se escapara_ (segun dijo chanceándose) y dió la órden de abrir la puerta. Brittles obedeció, y nuestros individuos apretándose unos contra otros y mirando con ávida curiosidad cada uno por encima la espalda de su vecino no vieron otro objeto mas formidable que el pobre Oliverio que agobiado de fatiga y sobrecojido á la vista de tantas personas levantó los ojos con languidez é imploró con la vista su compasion.

--Un chicuelo! --esclamó Mr. Giles arrojando con brio al calderero hasta el fondo del vestíbulo --Qué es lo que tu quieres he? --Mira, mira Brittles! No ves?

Brittles que al abrir habia procurado quedarse detrás de la puerta, no bien hubo visto á Oliverio cuando dió un gran grito. Mr. Giles cojiendo al niño por una pierna y por un brazo (afortunadamente aquel que no estaba roto) lo arrastró en el vestibulo y le tendió todo lo largo en el suelo.

--El es! --gritó Giles con toda sus fuerzas é inclinándose en el tramo de la escalera --Aquí tenemos á uno de los ladrones señora!

Las dos sirvientas subieron los escalones de cuatro en cuatro para llevar esta feliz noticia á sus amas y el calderero hizo todos los esfuerzos para volver Oliverio á la vida de miedo que no se muriera antes de ser ahorcado. En medio de todo este barullo se oyó la voz dulce de una muger que apaciguó el ruido en un instante.

--Giles! --murmuró la voz de lo alto de la escalera.

--Aquí estoy señorita! --contestó éste --Nada temais señorita! Estoy ileso.

--Silencio! --repuso la jóven --Espantais á mi tia mucho mas que los mismos ladrones. El pobre hombre está gravemente herido?

--Furiosamente señorita! --contestó Giles con un aire de complacencia y satisfaccion interior.

--Parece que se está muriendo señorita! --gritó Brittles de la misma manera que antes --No quereis verle señorita antes que . . . ?

--Silencio amigo mio! No movais ruido! --dijo la señorita --Esperad un momento que yo hable á mi tia.

Con paso tan dulce como su voz, la jóven se alejó ligeramente y pronto volvió á dar la órden de trasportar el herido en el aposento de Mr. Giles con todo el cuidado posible. Al propio tiempo dijo á Brittles que ensillára el jaco y se dirijiera á Chertsey para llevar de allí á toda prisa un _constable_ y un médico.

--No queréis verle antes señorita? --preguntó Giles con tanto orgullo como si Oliverio hubiese sido un pájaro de raro plumaje que hubiera cojido con la mayor destreza --No deseais únicamente entreverle?

--No, ahora por todo lo del mundo! --respondió la jóven --Pobre desgraciado! Oh Giles! Tratadle con bondad aunque no sea mas que por amor á mi!

La jóven se retiró despues de dichas estas palabras y el viejo criado levantó los ojos hácia ella con tanto orgullo y admiracion como si hubiera sido su propia hija: luego inclinándose sobre Oliverio le ayudó á levantarse y lo llevó á su aposento con todo el cuidado y solicitud de una muger.

CAPÍTULO XXIV.

EN EL QUE SE DÁ CUENTA DE UNA CONVERSACION AGRADABLE ENTRE MR. BUMBLE Y UNA SEÑORA, PARA PROBAR QUE UN PERTIGUERO (POR MAS QUE SE DIGA) ALGUNA VEZ ES SUSCEPTIBLE DE ALGUN SENTIMIENTO.

REINABA un frio agudo. Una espesa capa de nieve cubria el suelo y resistia al viento que soplaba con violencia, quien como para desquitarse del obstáculo opuesto barria los montones que se habian formado á lo largo de las paredes y en los rincones y esparciéndolos en el aire los volvia á dejar caer en millares de copos.

Tal era el aspecto de los asuntos al exterior de la Casa de la Caridad que tantas veces tenemos nombrada en esta verídica historia, cuando la Señora Corney sentada cerca del fuego en su _pequeño_ aposento, echó la vista con cierto aire de complacencia sobre una _pequeña_ mesa redonda, que sostenia una _pequeña_ hortera adornada de todos los _pequeños_ utensilios necesarios para la colacion mas agradable que pueda hacer una matrona: en resúmen iba á regalarse con una taza de thé. Entre tanto que desde el rincon de su hogar (en el que el mas _pequeño_ posible de los pucheros cantaba con una _pequeña_ voz aflautada una muy _pequeña_ cancion) la buena Señora contemplaba la mesa, su satisfaccion interior debió crecer súbitamente, porque se sonrió.

Acababa de tomar su primera taza, cuando fué interrumpida por alguien que llamó suavemente á la puerta del aposento.

--Entrad! --gritó --Sin duda algun vejestorio que se muere! Siempre escojen para morirse el momento en que estoy á la mesa! Entrad si os place y no os estais plantados ahí con la puerta abierta para hacerme helar de frio. Vaya! Qué hay de nuevo ahora?

--Nada; nada absolutamente. --contestó una voz de hombre.

--Cielos! --esclamó la matrona con tono mas dulce --Sois vos Mr. Bumble?

--Servidor vuestro señora. --repuso el pertiguero que se habia detenido á la puerta para enjugar sus zapatos y sacudir la nieve de encima su redingote --Cerraré la puerta? --añadió entrando con el sombrero en una mano y un paquete en la otra.

Aquella vaciló en responder, temerosa sin duda de la inconveniencia que habria en estarse mano á mano con un hombre. Entre tanto Bumble aprovechándose de la incertitud de la señora, cerró la puerta sin mas ceremonia.

--Hace mucho frio Señor Bumble! --dijo la matrona.

--Es verdad señora; es tiempo al que yo llamo _antiparroquial_. Señora Corney hoy hemos distribuido cerca de veinte panes de á cuatro libras y un queso y medio, y con todo esos _golosos_ de pobres no están todavia contentos!

--Oh! sin duda. --repuso la señora sorbiendo su thé. --Qué es pues lo que se deberia hacer para contentarlos?

--A la verdad bajo palabra de honor no sé lo que deberia hacerse! Figuraos por ejemplo un hombre á quien por consideracion á su numerosa familia, se le concede un pan y una libra de queso. ¿Creeis que esté satisfecho por ello señora? Qué os tributará el menor agradecimiento? Ya escampa! Qué es lo que hace? Pide un poco de carbon! Aun que no sea sino el que pueda caber en su pañuelo, dice. Carbon! ¿Y para qué hacer de él? Para hacer tostar su queso y luego volver á la carga con nueva demanda. Así son todos señora! Llenadles hoy un delantal de carbon y volverán mañana atrevidos como lacayos á pediros otro tanto!

--Esto pasa la raya de lo verosímil! --observó la matrona con enfasis --Pero no sois como yo Señor Bumble de opinion, que es muy mal sistema este de socorrer fuera del establecimiento? Vos que teneis esperiencia de ello, qué decis?

--Señora Corney! --dijo el pertiguero sonriendo como hombre que está convencido de sus conocimientos superiores. --Los socorros fuera del establecimiento, _convenientemente administrados_ . . . comprendeis señora? _convenientemente administrados_, son la salvaguardia de las parroquias. El gran principio de este sistema que pareceis condenar, es justamente conceder á los pobres aquello que no necesitan, á fin de quitarles las ganas de volver á la carga.

--A fé mia esto es incontestable! --esclamó la Señora Corney --Sabeis que la farsa no es maleja?

--Es como os lo aseguro señora! Acá entre nosotros, he aquí el gran principio! Y esa es la razon porque veis algunas veces en esos _charlatanes_ de periódicos que muchos enfermos han recibido por todo socorro algunas tajadas de queso. Esta es una regla adoptada hoy por hoy en toda la Inglaterra. Sin embargo (continuó desenvolviendo su paquete.) esos son secretos del oficio, solo conocidos por nosotros los _funcionarios parroquiales_. Ved señora dos botellas de Oporto que la Administracion remite para la enfermeria. Es vino de superior calidad, natural, puro y sin mezcla, que solo de hoy está en botella, limpido como el sonido de una campana y que os aseguro no hará depósito.

Esto diciendo tomó una botella, la presentó ante la luz y la sacudió al mismo tiempo para probar su bondad y habiendo colocado las dos sobre la cómoda plegó el pañuelo que las habia envuelto, lo metió cuidadosamente dentro su faltriquera y tomó su baston en ademan de marcharse.

--Señor Bumble, no os sobrará calor para volveros?

--Es cierto señora. --replicó éste levantando el cuello de su redingote --Hace un aire que corta las orejas!

--La señora Corney echando un vistaso al pucherito, lo reprodujo luego sobre el pertiguero que se dirijia hácia la puerta, y oyendo á este toser como para prepararse para darle las buenas noches, le preguntó con aire tímido si tenia á bien aceptar una taza de thé.

Mr. Bumble al instante volvió á bajar el cuello de su redingote, puso su baston y su sombrero sobre una silla y acercó otra á la mesa. Al sentarse su mirada topó con la de la señora que al momento bajó los ojos. El tosió de nuevo y sonrió graciosamente.

La Señora Corney se levantó para tomar otra taza y otra copa en la alacena, volvió á su sitio y sus ojos habiéndose encontrado por segunda vez con los del galante pertiguero un vivo encarnado de pudor cubrió sus mejillas y no sin alguna emocion escanció una taza de thé á su convidado. Mr. Bumble tosió de nuevo pero en esta ocasion mas fuerte de lo que lo habia hecho hasta entonces.

--Os gusta muy azucarado Señor Bumble? --preguntó la matrona tomando la azucarera.

--Muy azucarado señora! --respondió Mr. Bumble fijando su vista en la Señora Corney. (Ciertamente si jamás pertiguero alguno se manifestó tierno, sin duda fué Mr. Bumble en este momento.)

--A lo que veo señora teneis una gata. --dijo viendo á uno de estos animales que se holgaba ante el fuego. --Y sino me engaño tambien gatitos?

--Los quiero tanto Mr. Bumble! No podeis imaginároslo! Son tan cucos, tan picaruelos, tan juguetones, que constituyen mi mejor sociedad.

--Oh Señora! Son animales muy dulces y muy caseros.

--Es muy cierto! --prosiguió la señora con entusiásmo --Son tan amantes de la casa, que es una gloria el tenerlos.

--Señora Corney! --dijo Mr. Bumble con tono doctoral marcando el compás con su cuchara --Tened bien entendido que un animal cualquiera que el sea que viviera con vos y no fuera amante de la casa, seria necesariamente un asno.

--Oh! Señor Bumble! --hizo la matrona.

--Es imposible disfrazar la verdad! --continuó Mr. Bumble agitando su cuchara con una amorosa dignidad que daba mayor fuerza á sus palabras --Si pudiera, yo mismo la negaria con satisfaccion!

--Entonces sois un cruel! --repuso vivamente la matrona alargando el brazo para tomar la taza del pertiguero --Es necesario que tengais el corazon muy duro!

--El corazon duro! --replicó Bumble --El corazon duro! --Diciendo esto alargó su taza á la Señora Corney, oprimió su dedo meñique en el acto de tomarla y llevando su mano al chaleco galonado exhaló un profundo suspiro y retrocedió su silla.

Como la mesa era redonda y la matrona y el pertiguero estaban sentados ante la chimenea frente por frente, será fácil comprender que alejándose del fuego sin apartarse de la mesa, Mr. Bumble aumentaba la distancia entre la Señora Corney y él; comportamiento que no dejará de admirar el lector considerándolo como un acto de heroismo por parte de Mr. Bumble que hasta cierto punto era tentado por la hora, el sitio y la ocasion de recitar esas dulces insustancialidades, que aun que convenientes en los labios de un atolondrado, están muy lejos de la dignidad de un magistrado, de un miembro del parlamento, de un ministro de Estado de un Lord-corregidor, ó cualquiera otro funcionario público y con mayoria de razon, de un pertiguero, que como nadie ignora de todos los _hombres constituidos_ en _dignidad_ es el mas severo y el mas inflecsible.

Con todo fuera cual fuera la intencion del pertiguero (y no debe dudarse, que era de las mejores.) la desgracia hizo que siendo la mesa redonda cuanto mas se apartaba Mr. Bumble de la chimenea mas disminuia poco á poco la distancia que le separaba de la matrona de modo que á fuerza de viajar por este estilo al rededor de aquella, acabó por encontrarse pegado al lado de la Señora Corney. En efecto las dos sillas se tocaron y entonces Mr. Bumble se paró.

Si la Señora Corney se hubiese escurrido hácia la derecha, indudablemente hubiera caido en el fuego; por poco movimiento que hubiera hecho hácia la izquierda, se encontraba en los brazos del pertiguero: he aquí porque como muger sábia y prudente, que, prevé de ante mano los resultados, se mantuvo quieta en su sitio y ofreció una segunda taza de thé á Mr. Bumble.

--El corazon doro señora Corney! --prosiguió este sorbiendo su thé y mirando fijamente á la matrona. --¿Teneis vos el corazon duro señora Corney?

--Cielos! --esclamó esta. --Vaya una pícara pregunta por parte de un celibatario! ¿Qué me preguntais Señor Bumble?

El pertiguero bebió su thé hasta la última gota, concluyó su tostada, sacudió las migas que tenia sobre sus rodillas, enjugó sus labios y sin mas ceremonia abrazó á la matrona.

--Señor Bumble! --balbuceó esta en voz baja; pues fué tan grande su espanto que perdió enteramente el uso del habla. --Señor Bumble! voy . . . a . . . gri . . . tar!

El pertiguero, la dejó decir y sin pronunciar una sola palabra, pasó amorosamente su brazo al rededor de la cintura de la señora.

Despues de la amenaza que ésta hiciera de gritar, este nuevo acto de audácia del pertiguero, debia escitarla mas y probablemente, iba á efectuarlo cuando llamaron réciamente á la puerta del aposento.

Mr. Bumble, abalanzándose entonces hácia la cómoda con la rápidez del rayo se puso á arreglar las botellas con gran seriedad mientras que la matrona gritó vivamente.

--Quién va ahí?

Fué cosa digna de atencion, come prueba del poder físico de la sorepresa sobre el miedo que la voz de la Señora Corney recobró instantáneamente su aspereza ordinaria.

--Mil perdones Señora nuestra! --dijo una anciana pobre, entreabriendo la puerta y enseñando su fea cabeza. --La vieja Sally se muere.

--Y qué me importa á mi? --esclamó bruscamente la matrona. --Puedo yo algo en ello?

--Oh! no señora nuestra! Bien seguro que no! --replicó la pobre --Nadie puede nada . . . A mas que no queda esperanza! He visto morir tantas (grandes y pequeñas.) que conozco cuando no hay ya remedio! Pero tiene algo que la atormenta y en sus momentos lucidos que son muy raros (porque acaba como una vela.) dice que tiene alguna cosa que comunicaros y que es necesario sepais. Señora nuestra no morirá tranquila hasta que vengais . . .

A esta noticia la digna matrona murmuró una multitud de invectivas contra las viejas pobres que ni siquiera podian morir sin incomodar á _propósito_ sus _superiores_ y envolviéndose en un chal tupido que se echó de prisa sobre sus espaldas, suplicó á Monsieur Bumble que se esperára hasta su vuelta para el caso que sucediera algo estraordinario. En esto habiendo mandado á la vieja que fuera adelante y no le hiciera pasar la noche en la escalera, la siguió de mal talante; refunfuñando todo el trecho del camino.

Mr. Bumble solo y entregado á si mismo, emprendió una tarea estraña. Abrió la alacena, contó las cucharitas para el thé, probó el peso de las pinzas del azucarero, examinó un jarro pequeño para leche con el fin de asegurarse de que realmente eran de plata y cuando hubo satisfecho su curiosidad sobre este punto se puso el sombrero bastante ladeado por la parte derecha y dió cuatro veces la vuelta á la mesa bailando gravemente de puntillas.

Despues de haberse entregado á tan ridículo ejercicio, volvió el tricornio sobre la silla y pavoneándose ante la chimenea, la espalda vuelta al fuego pareció ocupado mentalmente en hacer el inventario de los muebles.

CAPÍTULO XXV.

DETALLES OBSCUROS EN APARIENCIA; PERO QUE NO DEJA DE SER DE ALGUNA IMPORTANCIA EN ESTA HISTORIA.

LA que habia venido á turbar la calma y la paz que reinaban en el aposento de la matrona, era realmente una mensagera de muerte; su cuerpo estaba encorvado por la edad, sus miembros paralíticos temblaban contínuamente, su marcha era lenta y la fijeza de sus ojos, la espresion horrible de su fisonomía y el movimiento convulsivo de sus labios, le daban mas bien la apariencia de un retrato grotesco que la de una obra de la creacion.

La vieja subió la escalera vacilando y frotó lo mejor que pudo por lo largo de los corredores barbullando algunas palabras ininteligibles en respuesta á las reprimendas de su compañera. Al fin obligada á detenerse para respirar entregó su luz á ésta y siguió aun cojeando mientras que la matrona, mas ágil se fué en derechura al aposento de la moribunda.

Era este una miserable guardilla iluminada por la pálida luz de una lámpara. Una vieja de la casa estaba sentada á la cabecera de la enferma y el aprendiz del farmacéutico de la parroquia en pié ante la chimenea, se entretenia en hacer un mondadientes de un cañon de pluma.

--No hace calor señora Corney! --dijo viendo entrar á la matrona.

--Es muy cierto que no hace aquí calor! --contestó esta, con el tono mas gracioso y haciendo una cortesia.

--Vuestros proveedores deberian llevar mejor carbon! --dijo el aprendiz farmacéutico atizando el fuego con el hurgon. --Este no sirve para un frio tan riguroso.

En este momento la conversacion fué interrumpida por un gemido de la enferma.

Oh! --hizo el estudiante volviéndose incontinenti hácia el lecho como si hubiese olvidado del todo á la parienta: --B. O. bó. Se acabó Señora Corney!

--Se acabó no es cierto? --preguntó la matrona.

--Me sorprenderia infinito, si viviera dos horas mas --dijo el jóven, ocupado en concluir la punta de su monda-dientes --En ella el sistema moral como el físico, están gastados . . . ¿Permanece --aun amodorrada buena muger?

La enfermera á quien se dirijia esta pregunto se inclinó sobre el lecho para cerciorarse y respondió afirmativamente con un movimiento de cabeza.

--Entonces es muy posible que se vaya en esta disposicion, si no haceis demasiado ruido. --dijo el jóven --Colocad la luz en el suelo. Así no podrá verla.

La enfermera hizo lo que se le insinuaba, balanceando la cabeza sin duda para dar á entender que la enferma no moriria con tanta holgura como se pensaba y fué á sentarse al lado de la otra vieja que habia entrado en este intermedio. La matrona se arrojó con su chal con aire de impaciencia y se sentó tambien al pié del lecho.

El estudiante que al fin habia concluido su monda-dientes, lo paseó por su boca durante un buen cuarto de hora que estuvo plantado delante del fuego; despues de lo cual, pareciendo fastidiarse, deseó á la Señora Corney _mucho placer_ y se fué de puntillas.

Despues de haber permanecido un cuarto de hora en esta posicion la señora Corney pareció fastidiarse tambien y viendo que la vieja se obstinaba en permanecer amodorrada iba á salir de prisa, cuando las dos mugeres dieron un grito que la hizo retroceder. La enferma se habia incorporado sobre el lecho y las tendia los brazos.

--Quien está ahí? --prorrumpió con voz sorda.

--Silencio! silencio! --dijo una de las dos viejas acarcándose á la cama --Acostaos! Acostaos!