Los Indios, su Historia y su Civilización
Part 4
En la exuberante tierra regada por el _Padre de las Aguas_, ó sea el Mississipí, como se llamaba, desde la época de los indios, ese gigantesco río, se hallan tan fértiles valles y tan risueñas llanuras, que era imposible que el hombre, siempre amante de la bella naturaleza, no hubiera buscado su morada en aquellas espléndidas comarcas. Entre el nogal y el álamo, en los ribazos agrestes y en las verdes praderas, vagaban, desde tiempo inmemorial, tribus aborígenes. Asomando por la desembocadura del río San Lorenzo hasta el delta del Mississipí, desde el Atlántico hasta el Pacífico, esos salvajes tenían caracteres de semejanza que atestiguaban su origen. En lo demás, dice Mr. de Tocqueville[40], se diferenciaban de todas las castas conocidas: ni eran blancos como los europeos, ni amarillos como la mayor parte de los asiáticos, ni negros como los negros. Su piel era rojiza, sus cabellos largos y relucientes, sus labios delgados, y los juanetes de sus mejillas muy sobresalidos. Las lenguas que hablaban los pueblos salvajes de América se diferenciaban por los nombres; mas todas ellas estaban sujetas á las mismas reglas gramaticales, las cuales se apartaban en muchos puntos de las que hasta entonces habían regido al parecer la formación del lenguaje entre los hombres. El idioma de los americanos parecía efecto de nuevas combinaciones, y anunciaba por parte de sus inventores, un arranque de inteligencia de que son poco capaces los indios de hoy día[41].
[40] De la Democracia en la América del Norte, pág. 43, tomo I.
[41] En el territorio de los E. U. las lenguas más conocidas eran la hurona y algonquina.
El estado social de estos pueblos se diferenciaba también, bajo de varios aspectos, de lo que se veía en el antiguo mundo, cual si se hubieran multiplicado libremente en el seno de sus desiertos, sin contacto con estirpes más civilizadas que la suya; y así, no se encontraban entre ellos esas nociones dudosas é incoherentes del bien y del mal, esa corrupción profunda que de ordinario se mezcla con la ignorancia y la rusticidad de costumbres, en las naciones cultas que han vuelto á ser bárbaras. El indio todo se lo debía á si mismo: sus virtudes, sus vicios y sus preocupaciones eran su propia obra; y había crecido en la independencia bozal de la naturaleza.
La tosquedad del populacho en los países cultos, no consiste solamente en que son ignorantes y pobres, sino en que siendo tales, se rozan diariamente con hombres ilustrados y ricos. La vista de su infortunio y debilidad, que cada día forma contraste con la fortuna y poderío de algunos de sus semejantes, produce al mismo tiempo en su corazón rencor y temor, y la idea que tienen de su inferioridad y dependencia, los irrita y humilla, y ese estado interior del alma se reproduce así en sus costumbres como en su lenguaje, siendo insolentes al par que bajos. La verdad de este aserto se prueba fácilmente, por medio de la observación: la gente del pueblo es más tosca en los países aristocráticos que en otra cualquiera parte; en las ciudades opulentas más que en los campos. En esos lugares en que se encuentran sujetos tan poderosos y ricos, los débiles y pobres se miran como agobiados con su inferioridad, y no descubriendo ningún punto por donde puedan llegar á la igualdad, desconfían enteramente de ellos mismos y se dejan caer en un grado ínfimo á la dignidad humana.
Este terrible efecto del contraste de clases no se halla en la vida salvaje: los indios, al mismo tiempo que son tan ignorantes y pobres, todos también son iguales. A la llegada de los europeos, el indígena de la América del Norte ignoraba todavía el precio de las riquezas, y se mostraba indiferente al bienestar que con ellas adquiere el hombre civilizado, y con todo eso, nada se veía en él de grosero; por el contrario, reinaba en el modo de portarse una reserva habitual y una especie de política aristocrática. El indio, dulce y hospitalario en la paz, implacable en la guerra, aún más allá de los límites conocidos de la ferocidad humana, se exponía á morir de hambre por socorrer al estranjero, que llamaba por la noche á la puerta de su cabaña, y despedazaba con sus propias manos los miembros de su prisionero, que todavía estaban palpitando. Las más famosas repúblicas antiguas nunca habían admirado ánimo más varonil é intrépido, almas tan orgullosas, y más agreste amor de independencia, que los que entonces ocultaban los bosques salvajes del Nuevo Mundo. Los europeos causaron impresión al arribar á la América del Norte, y su presencia no originó envidia ni espanto, pues ¿qué ascendiente podían tener en semejantes hombres? El indio sabía vivir sin necesidades, sufrir sin quejarse, y morir cantando. Por lo demás, estos salvajes creían como todos los otros miembros de la familia, en la existencia de un mundo mejor, y adoraban con diferentes nombres á sus múltiples dioses. Sus nociones acerca de las grandes verdades intelectuales eran por lo general sencillas.
Por más inculto que parezca el pueblo cuyo caracter describo aquí, no se podía dudar, no obstante, que le hubiera precedido, en las mismas regiones, otro más civilizado y más adelantado en todas materias. Una tradición obscura, pero esparcida en la mayor parte de las tribus indianas de las villas del Atlántico, enseña que en tiempos pasados, estas mismas poblaciones habían existido en el Oeste del Mississipí. A lo largo de las márgenes del Ohío y en todo el valle central, se encuentran aún hoy día montecillos que han sido hechos por las manos del hombre. Cuando se cava hasta el centro de estos monumentos, no se dejan de hallar, según dicen, huesos humanos, instrumentos raros, armas, utensilios de toda especie, hechos de metal, ó que recuerdan usos ignorados por las razas actuales.
Los indios de nuestros tiempos no pueden dar ningunas noticias acerca de la historia de ese pueblo desconocido; los que vivían hace trecientos años, al tiempo del descubrimiento de América, tampoco han dicho nada de que se pueda siquiera inferir una hipótesis; las tradiciones, que son monumentos perecederos y sin cesar renacientes del mundo primitivo, no dan luz ninguna; y sin embargo, no se puede poner en duda que allí vivieron miles y miles de nuestros semejantes. ¿Cuándo llegaron pues? ¿cuál fué su origen, su destino y su historia? ¿cuándo y cómo perecieron? Nadie lo podrá decir. ¡Cosa extraordinaria! hay pueblos que han desaparecido tan completamente de la tierra, que hasta se ha borrado la memoria de su nombre; se han perdido sus lenguas; su gloria se desvaneció, como un sonido sin eco; pero ignoro si existe uno sólo que no haya dejado, por lo menos, un sepulcro en recuerdo de su paso por este mundo. ¡Ay! y que de todas las obras del hombre, la más durable sea la que pinta mejor su existencia perecedera y fugaz.
Aunque el vasto país, que se acaba de describir, lo hayan habitado numerosas tribus de indígenas, se puede decir con justicia que en la época del descubrimiento, no formaba todavía más que un desierto. Los indios lo ocupaban, pero no lo poseían, supuesto que el hombre se apropia el terreno por medio de la agricultura, y los primeros habitadores de la América del Norte vivían del producto de la caza. Sus implacables preocupaciones, sus pasiones indómitas, sus vicios y lo que tal vez es más, sus virtudes agrestes, los entregaban á una destrucción inevitable. La ruina de esos pueblos se ha entablado desde el día en que arribaron allí los europeos; desde entonces, siempre ha sido continuada; y acaba de verificarse en nuestros tiempos. La Providencia, colocándolos en medio de las riquezas del Nuevo Mundo, no les había dado al parecer sino un corto usufructo; y como que sólo estaban allí _interinamente_. Esas costas, tan bien preparadas para el comercio y la industria, esos ríos tan hondos, ese inagotable valle del Mississipí, ese continente todo entero, se ostentaba entonces como la cuna aún vacía de una nación grandiosa.
En este punto era donde los hombres civilizados debían ensayar el construir la sociedad sobre cimientos nuevos, y donde, aplicando por primera vez teorías hasta entonces desconocidas ó reputadas irrealizables, iban á dar al mundo un espectáculo á que no lo había conducido la historia de lo pasado."
Un antiguo y desconocido pueblo dejó restos de su existencia y de cierto grado de civilización en los valles del río Mississipí y sus tributarios. No tenemos un conocimiento auténtico de su nombre, ni como nación ni como raza; por eso se les designa con el nombre de fabricantes de cerritos ó terraplenes, que se les ha dado por las ruinas más importantes de sus obras que hasta hoy se contemplan.
Entre los restos que aún existen, por los cuales sabemos que un pueblo habitó antiguamente esas regiones, sobresalen los terraplenes artificiales, construidos con habilidad y mucho trabajo. Muchos de ellos son grandes terrados y otros pirámides truncadas. Regularmente son de forma cuadrada ó rectangular, habiendo algunos exágonos ú octágonos, y los más elevados tienen escaleras ó graderías en alguno de sus lados, que conducen á la cima. Muchas de estas obras guardan rara y notable semejanza con los _teócalis_ de México. Son de diferentes tamaños. El gran terraplén que existe en Grave-Creek, Virginia, tiene 70 piés de alto y 1,000 de circunferencia en su base. Otro que está cerca de Mianisburgo, en Ohío, cuenta 68 piés de alto y 852 de circunferencia. La gran pirámide truncada de Cahokía en Ylinois es de 700 piés de largo, 500 de ancho y 90 de alto. La generalidad, sin embargo, de estos terraplenes tiene de 6 á 20 piés de alto. Los que se encuentran en la parte inferior del valle del Mississipí, son generalmente más grandes en extensión horizontal, y menos elevados.
Si hemos de dar crédito al sabio Barón de Humboldt, los indios y los hombres de color bronceado son muy raros en el Norte de Nueva España (Méjico) y apenas los hay en las provincias llamadas internas. La historia nos descubre varias causas de este fenómeno. Cuando los españoles hicieron la conquista de México, encontraron muy pocos habitantes en los países situados más allá del paralelo de 20.º Eran esas provincias la mansión de los chichimecas y de los otomíes, dos pueblos errantes, cuyas tribus poco numerosas, ocupaban terrenos extensos. La agricultura y la civilización estaban encerradas en los llanos que se extienden al Sur del río de Santiago, especialmente entre el valle de Méjico y la provincia de Oajaca.
Por punto general, puede decirse que desde el siglo VIIº hasta el XIIIº la población parece haber refluido continuamente hacia el territorio de Guatemala. De las regiones situadas al Norte del rio Gila, salieron aquellas naciones guerreras que inundaron, unas después de otras, el país de Anahuac. Ignórase si era aquella su patria primitiva, ó si siendo originarios del Asia ó de la costa N. O. de la América, habían atravesado las sabanas ó praderas de Navajoa y del Moqui, para venir á parar en el río Gila. Las pinturas geroglíficas de los aztecas nos han trasmitido la memoria de las épocas principales de la grande avenida de los pueblos americanos. Esta irrupción tiene alguna analogía con la que en el siglo Vº sepultó á la Europa en el estado de barbarie, de cuyas funestas consecuencias aún se resienten muchas de sus instituciones sociales. Pero dos pueblos que atravesaron el reino de Méjico, esparcieron en él algunos restos de cultura y civilización. Los toltecas se dejaron ver por la primera vez en el año de 1648; los chichimecas en 1170; los nahualtecas en 1178; los acolhuas y los aztecas en 1196. Los toltecas introdujeron el cultivo del maíz y del algodón; construyeron ciudades, caminos, y sobre todo, aquellas grandes pirámides que todavía admíranse hoy, y cuyas fachadas están construidas con mucha exactitud. Conocían el uso de las pinturas geroglíficas; sabían fundir los metales, y cortar las piedras más duras; tenían un año solar más perfecto que el de los griegos y romanos. La forma de su gobierno indicaba que descendían de un pueblo que había experimentado ya grandes vicisitudes en su estado social.[42]
[42] Ensayo Político sobre Nueva España, por el Barón A. de Humboldt, Tomo I. pág. 157.
Hoy, fuera de los indios civilizados de Méjico, no faltan algunas tribus bárbaras, entre las que se pueden mencionar los coras de Jalisco, los otomíes y mazaguas, adyacentes al valle de Méjico, los pames, los tarascos y matlaltzincas de Michoacán, los huaztecas y totonacos de Veracruz y Tamaulipas, los chontales, chichinantecos, mazatecos, cuicatecos, chatinos, miztecos, zapatecos, miges, huaves, chispanecos, zoques, lacandones, choles, mames, tzotziles, tzendales, y otros del sur de Méjico.
En el istmo centro americano había, y aún quedan algunas tribus semibárbaras, como los lacandones, los mosquitos de Honduras, los popolucas, pipiles y chontales, ramas, lencas, xicaques, huatusos, caimanes, bayamos, dorachos, guájiros, mandingas etc. En la América del Sur había también muchas tribus bárbaras ó semibárbaras como los puruhaes, los cañaris, los pallas, los zarzas, los huacas, los tuzas, los tulcanes, los guillasingas, los quinchés, los chillos, los ambatos, los tiquizambis, los chimbos y los seyris, quitos y fueguinos, que tienen historia propiamente tal.
En cuanto á las naciones civilizadas del Nuevo Mundo, debe advertirse que, la cultura material, moral é intelectual que hallaron aquí los españoles, no podía ponerse en parangón con la de los habitantes de Europa. Sea que por civilización se entienda, al decir de Guizot, el estado de adelantamiento del hombre, resultante del orden social, en lugar de la independencia absoluta del individuo y falta de ley del salvaje de vida bárbara; sea que la civilización la constituya, según opina Buckle, el triunfo de la inteligencia sobre los agentes externos; sea que, como enseña Virey, la civilización consista en el desenvolvimiento más ó menos absoluto, de las facultades morales é intelectuales de los hombres unidos en sociedad; sea de ello lo que fuere, puede asegurarse que los indios civilizados de Méjico, el Perú y Centro América, se encontraban en un atraso de miles de años con respecto á los conquistadores. Al hallarse frente á frente los imperios de Carlos Vº y Moctezuma 2.º chocaban dos edades diferentes, dos civilizaciones distintas, dos historias que se pierden, por rumbos diversos, en la obscuridad del tiempo.
Siquiera sea á grandes rasgos, diseñaré el estado de progreso en que se hallaban, antes de la conquista por los españoles, estos pueblos americanos, y en particular los indios de Guatemala.
En sus primitivos tiempos la historia mejicana, se concreta á obscuras tradiciones, vagos y misteriosos recuerdos. Su símbolo animado se encuentra en Huitzilopoztli, hombre superior que dominó las tribus, las condujo á su antojo y fué deificado por la ignorancia y regados sus altares por ríos de sangre[43]; pero el espíritu de desarrollo, que es condición de la vida de los pueblós, cuando llevan en su seno gérmenes de existencia dilatada, fué animando más y más á los mayas, nahuaes, y aztecas, hasta exhibirlos en la historía con una civilización propia, original y agreste, muy digna de llamar la atención del filósofo y del historiador.
[43] Marcos Arrónix Historia y cronología de México, pag. 19.
Tenían gobierno regido por leyes sabias; había magnificencia suma en los monarcas; construyeron palacios como el de Nezahualcoyotl rey de Tezenco, cuya grandeza y explendor admiran; conservaban colecciones zoológicas que hoy podrían apreciarse en los mejores museos; sus jardines flotantes en los lagos; sus andas de oro; sus trajes y armas; sus colegios y escuelas; sus matrimonios y concubinatos reglamentados; sus fiestas y bailes; todo denota grande adelanto relativo[44].
[44] México al través de los siglos--Introducción.
Los conocimientos que tenían en astronomía; la manera de contar el tiempo; el calendario azteca y el de Michoacán y Yucatán; sus libros y archivos, destruidos por la mano impía de Zumárraga; los jardines botánicos; los médicos aborígenes; la manera de curar ciertas enfermedades; los ritos funerarios; las ceremonias religiosas; en una palabra, la vida de aquellos pueblos osténtase como se ostentan las flores silvestres, llenas de lozanía y colores, en medio de seculares bosques y praderas risueñas y exuberantes.
Si con mirada atenta contemplamos los utensilios de barro que usaban los indios, y que hoy figuran, como reliquias del tiempo, en museos de América y Europa, comprenderemos que en las artes habían progresado notablemente. Los mexicanos tenían unos libritos de papel, hechos de corteza de _amatl_, y en ellos consignaban los hechos históricos. En mantas y lienzos pintaban sus mapas. Clavígero, hablando de pinturas, dice:[45] servíanse de las simples imágenes de los objetos, y también de geroglíficos y de caracteres. Representaban las cosas materiales con sus propias figuras, aunque para ahorrar tiempo, trabajo, colores y papel, se contentaban con una parte del objeto, que bastaba para darle á conocer á los inteligentes; pues así como nosotros no podemos entender lo escrito, sin aprender antes á leer, así aquellos americanos debían instruirse préviamente en el modo de figurar los objetos, para comprender el sentido de las pinturas, con que suplían el lenguage escrito. Es por lo que Ordóñez, en las páginas 265 y 270, arguye de equivocación á Boturini, que careció de la mitología del país, para descifrar los anales americanos. Para los objetos que no tienen forma material, prosigue Clavígero, se valían de ciertos caracteres, no ya verbales, sino reales; y pone por ejemplo, las imágenes con que indicaban el tiempo, el cielo, la tierra, el agua y el aire. Sus pinturas, dice últimamente, no deben considerarse como una historia ordenada, sino como apoyos de la tradición; las cuales trasmitían y hacían aprender á sus hijos y discípulos en arengas y discursos.
[45] Libro VII. art. 47.
Navegaban los indios en canoas, que podían contener hasta cincuenta personas, como la que vió el Almirante Colón, desde una de las Guanajas, que era tan grande como una galera, de ocho piés de ancho, y cargada de mercaderías, con un toldo de esteras de palma (petates)[46].
[46] Herrera, Dec. I, libro 5º, cap. 5º,
Por lo que respecta á los primitivos pobladores del istmo centro-americano, piérdese su historia en la obscuridad de los tiempos y mézclase con mitos y sagradas tradiciones. No faltan sabios que creen haber sido esta región el punto de partida de los demás pueblos del continente, y el lugar más civilizado, en época remota, del que irradió la cultura embrionaria á las otras naciones que en América dejaron de ser salvajes. Dícese que Votán, misterioso fundador del _Palenque_, sabio legislador, introdujo los principios de la ilustración incipiente entre las tribus bárbaras de estas comarcas, de las cuales fué como el _Zama_, ó divinidad redentora[47]. Con posterioridad vinieron los Nahuas ó Nahoas, conocidos con el nombre de Tultecas, que fundaron la ciudad de Tula (en Chiapas), bajo el caudillaje del famoso Quetzalcohuatl (serpiente con plumas de Quetzal), dios de los mexicanos. Procedentes del Norte, hubo otras inmigraciones que sojuzgaron á los tultecas, y eran compuestas de hombres á quienes éstos llamaban _mam_ (tartamudos) por la dificultad con que hablaban otras lenguas. Restos de los tultecas fueron los cakchiqueles, mientras que los quichés eran tribu que pobló el Quix-Ché (muchos árboles) y después se extendió desde el país de los Lacandones hasta el océano Pacífico, con excepción de parte de Izabal y de las costas de Escuintla. El zutujil abrazaba el antiguo partido de Atitlán y el pueblo de San Antonio Suchitepéquez, y los mames estaban por Huehuetenango, parte de Quezaltenango y todo Soconusco.
[47] BRASSEUR DE BOURBOURG, en su erudita obra "Dictionnarie, grammaire et Chrestomathíe de la langue maya, precedés d'une etude sur le systéme graphique des indígenes de Yucatán.
No cabe duda de que los quichés, cakchiqueles, zutujiles y mames, fueron descendientes directos de los súbditos de Votán; pero la linea de historia tradicional que une los imperios, se halla truncada en varios puntos, sin que sea dable seguirla paso á paso. Los fastos de la poderosa nación Quiché, por cuatro ó cinco centurias antes de la conquista española, quedan en manuscritos, que se escribieron en lenguas aborígenes, con el alfabeto romano.[48]. _El Memorial de Tecpam Atitlán_, redactado por el cacique Xahilá, es un precioso documento que contiene datos acerca de los cakchiqueles, y que existió muchos años en el Museo Nacional de la Sociedad Económica, en donde tuvo ocasión de leer el original el autor de estas lineas. Existe una tradución del Abate Brasseur de Bourbourg, hecha en el año 1855. Además, obraban en nuestros archivos públicos, títulos territoriales de pueblos que ese americanista se llevó, sin dejar siquiera copias.
[48] Bancroft's works--Native races. Vol. II. civilized nations, page 638.
Dice el P. Juarros[49] que poseían esta región centro-americana un sin número de gentes, que continuamente se hacían guerras unas á otras, y cada pueblo era gobernado por su régulo, de donde proviene que sus habitantes hablen tantas lenguas diferentes; pues unos usan la mexicana, otros la quiché, cakchiquel, tzutujil, man, pocamán, pocanchí, chortí, sinca y otras muchas". Sabido es, sin embargo, que los reinos quichés, cackchiqueles y tzutujiles eran los principales y más poderosos. Más de veintiún reyes de la primera de esas naciones, gobernaron antes de la conquista á un pueblo adelantado, aguerrido y numeroso, que se extendía por Quezaltenango, Totonicapa, Atitlán, Tecpán Atitlán, Suchitepéquez, los señoríos de los mames y pocomanes, los Cuchumatanes, parte de Chiapas y Soconusco y los poderosos dominios de los reyes de Copán, al decir del desconocido autor del _Isajoge_.[50] Por las tierras del norte de Guatemala, Verapaz, Nicaragua y Comayagua, había caciques independientes de los quichés. Los cackchiqueles se extendían por la parte central de Guatemala, los rabinales en la Verapaz, los tzutujiles por el lago de Atitlán, los pipiles en las faldas de los volcanes de Agua y de Fuego, y por el lugar de Escuintla, Sonsonate, Apaneca, Aguachapán y Cuscatlán.[51]
[49] Historia de Guatemala Tomo I, pág. 13.
[50] Isagoje Histórico Apologético General de todas las Indias y especial de la provincia de S. Vicente Ferrer de Chiapa y Goathemala--1892 Madrid, Tipografía de Minuesa de los Rios.
[51] _Cuscatlán_ era el nombre antiguo de "Sn. Salvador". Monarq. Ind. t.º I. p. 333. Brasseur de Bourbourg, Hist. T. II. p. 76.--Oviedo, Hist. General y Natural de las Indias, Tom. IV. p. 35.