Los exploradores españoles del siglo XVI
Part 9
La madrugada del veintitrés, un piquete de hombres escogidos, a una señal, salieron corriendo de sus escondites con una toza cargada en hombros, y con una acertada maniobra la colocaron al otro extremo sobre el lado opuesto, por encima del abismo. Salieron corriendo los españoles y empezaron a desfilar, guardando el equilibrio, por aquel vertiginoso «puente», recibiendo una descarga de piedras y saetas. Habían cruzado ya varios, cuando uno de ellos, en su excitación, cogió la cuerda que estaba amarrada a la toza y arrastró ésta detrás de él.
Fué aquél un momento terrible. Eran menos de doce los españoles que así quedaron al borde de Acoma, separados de sus compañeros por un precipicio de centenares de pies de profundidad, y rodeados por enjambres de indios. Estos, saliendo de su refugio, cayeron al instante sobre ellos, rodeándolos. Mientras el soldado español podía mantener a los indios a distancia, hasta sus toscas armas e ineficaz armadura le daban cierta ventaja; pero, a tan corto alcance, aquellos mismos arreos eran un impedimento fatal por su tosquedad y su peso. Parecía entonces como si fuese a repetirse la anterior matanza de Acoma, y los aislados españoles fuesen a ser destrozados; pero en aquel momento crítico, un hecho de increíble valor personal les salvó a ellos y a la causa de España en Nuevo Méjico. Un esbelto, inteligente y joven oficial, un estudiante que era amigo particular y favorito de Oñate, salió del grupo de los consternados españoles que se hallaban al otro lado del tajo, y que no se atrevían a disparar contra los enemigos para no herir a sus compañeros que estaban mezclados con ellos, y, corriendo como un gamo, se fué hacia el precipicio. Al llegar al borde, encogió su ágil cuerpo, saltó al aire como un pájaro y salvó el abismo. Cogiendo en seguida la toza, con un esfuerzo desesperado la empujó hasta que sus compañeros pudieron agarrarla desde el otro borde, y por encima del restablecido puente pasaron los soldados españoles, salvando la situación.
Empezó entonces una de las más tremendas luchas cuerpo a cuerpo que registra la historia de América. Peleando en proporción de uno contra diez; mezclados entre una turba de salvajes que daban alaridos y luchaban con el frenesí de la desesperación; acuchillados con armas melladas; aturdidos por los golpes de maza; acribillados por las erizadas flechas; agotados, exhaustos y cubiertos de sangre, Zaldívar y su puñado de héroes se abrieron camino, pulgada a pulgada, paso a paso, usando sus mosquetes pesados como mazas; hiriendo con sus chafarotes; parando mortales golpes y arrancando las barbadas flechas de sus trémulas carnes. ¡Iban avanzando, avanzando siempre; lanzando valerosos el grito de guerra de Santiago; acorralando a su tenaz enemigo con valor todavía más tenaz; hasta que al fin los indios, convencidos de que aquellos no eran enemigos humanos, huyeron a refugiarse en sus casas semejantes a fortalezas, pudiendo así alentar los españoles! Otras tres veces se leyó la intimación a rendirse ante aquellas extrañas viviendas de cerca de mil pies de largo cada una y que parecían tramos de una gigante escalinata labrada en una sola roca. Aun entonces deseaba Zaldívar evitar más derramamiento de sangre y pidió que sólo le entregasen, para castigarlos, los asesinos de su hermano y de sus compatriotas. Todos los demás que se rindiesen y se hiciesen súbditos del «Rey, nuestro Señor», serían bien tratados. Pero los tercos indios, como lobos heridos en su madriguera, se mantuvieron parapetados en sus casas y rehusaron toda proposición de paz.
El risco fué tomado; pero quedaba aún la ciudad. Cada pueblo de los indios era una verdadera fortaleza, y Zaldívar tuvo que atacar a Acoma casa por casa, habitación por habitación. El pequeño pedrero fué colocado enfrente de la primera fila de casas, y pronto empezó a hacer disparos con alguna lentitud. Al derrumbarse las paredes de adobe bajo el constante cañoneo de las balas de piedra, sólo formaban grandes barricadas de tierra que ni siquiera podría atravesar nuestra moderna artillería, y cada casa tenía que tomarse separadamente a punta de espada. Algunas de las casas derruídas se incendiaban con la lumbre de sus fogones, y no tardó en cubrir la ciudad un humo asfixiante, del cual salían los gritos de las mujeres y de los niños y los provocadores alaridos de los guerreros. El humanitario Zaldívar hizo cuanto pudo para salvar a las mujeres y a los niños, con gran peligro de sí mismo; pero muchos perecieron bajo las paredes derrumbadas de sus propias casas.
El terrible asalto duró hasta el mediodía del veinticuatro de enero. De vez en cuando partidas de guerreros realizaban salidas, tratando de abrirse paso por entre las filas de españoles. Muchos, en su desesperación, se lanzaron desde lo alto del risco, pereciendo estrellados al pie del mismo. Sólo dos indios de los que dieron tan pasmoso salto sobrevivieron, tan milagrosamente como los cuatro españoles de la primera matanza, y también como ellos lograron salvarse.
Por fin, al mediodía del tercero, los viejos salieron pidiendo clemencia, y ésta les fué concedida en el acto. En el momento en que se rindieron, se olvidó su rebeldía y se perdonó su traición. Ya no hubo necesidad de más castigo. Los cabecillas que causaron la muerte del hermano de Zaldívar habían muerto, como también casi todos sus aliados navajos. Fué aquella la lucha más sangrienta que se ha conocido en Nuevo Méjico. En aquellos tres días de combate tuvieron los indios quinientos muertos y muchos heridos, y de los españoles supervivientes, no hubo uno que no quedase para toda la vida con horrendas cicatrices como recuerdos de Acoma. Quedó la ciudad tan destrozada que tuvo que construirse de nuevo, y el infinito trabajo con que los pacientes indios habían subido a lo alto del risco sobre sus espaldas todas las piedras y la madera y la arcilla necesarias para construir una ciudad de casas de varios pisos, para cerca de mil almas, tenía que repetirse. También sus cosechas y todas las provisiones que tenían almacenadas, en obscuros aposentos de aquellas casas con terrados, habían quedado destruídas y era necesario reponerlas. En verdad que «los de arriba» habían enviado un terrible castigo a aquel pueblo por su traición a Juan de Zaldívar.
Cuando sus hombres se hubieron recuperado lo bastante de sus heridas, Vicente de Zaldívar, héroe del asalto más prodigioso que refiere la historia, regresó victoriosamente a San Gabriel de los Españoles, llevando consigo ochenta muchachas de Acoma, que envió a las monjas de Méjico para que las educasen. ¡Qué gritería debió de armarse en las murallas de la pequeña colonia cuando sus ansiosos atalayas vieron por fin su pequeño ejército de guerreros, pálidos y cubiertos de andrajos, regresar lentamente a sus hogares, caminando sobre la nieve y montados en flacos jamelgos!
Los demás pueblos, que habían estado en acecho como los gatos, escondiendo las uñas, pero con todos sus músculos prontos a saltar quedaron paralizados de espanto. Esperaban ver a los españoles derrotados, ya que no aplastados, en Acoma, y entonces un rápido levantamiento de todas las tribus hubiera acabado con todos los invasores. Pero había sucedido lo imposible. ¡Ahko, la orgullosa ciudad encumbrada de los Queres! ¡Ahko, la rodeada de riscos, la inexpugnable, había caído en poder de los pálidos extranjeros! Sus bravos guerreros habían perecido; sus fuertes casas eran un montón de humeantes ruinas; su riqueza se había perdido; su pueblo estaba casi borrado de la faz de la tierra! ¿Cómo luchar contra «hombres tan poderosos», contra aquellos extraños brujos a quienes debían proteger «los de arriba», pues de otro modo no podrían hacer tan sobrehumanas proezas? Relajados sus encogidos nervios, el gran gato empezó a runrunear como si nunca hubiese soñado en coger ratones. Ya no se pensó más en rebelarse contra los españoles, y los indios hasta se esforzaron en aquistarse el favor de aquellos terribles extranjeros. Le llevaron a Oñate la noticia del asalto de Acoma algunos días antes de que Zaldívar y sus héroes regresasen a la pequeña colonia, y fueron asaz villanos para entregarle dos indios Queres que, huyendo de aquel espantoso combate, se habían refugiado entre ellos. En adelante, los pueblos no dieron ya que hacer al gobernador Oñate.
Pero los de Acoma no parecieron tomar la lección tan a pecho como los otros. Quedaron demasiado destrozados y quebrantados para pensar en otra guerra con sus invencibles enemigos; no obstante, mostraron una implacable hostilidad a los españoles por espacio de treinta años, hasta que fué la ciudad conquistada de nuevo mediante una heroicidad tan brillante como la de Zaldívar, aunque de muy distinta manera.
En 1629, Fray Juan Ramírez, «el apóstol de Acoma», salió solo de Santa Fe para fundar una misión en la encumbrada ciudad de feroces bárbaros. Se le ofreció una escolta de soldados, pero él la rehusó y salió a pie, enteramente solo y sin más armas que su crucifijo. Recorriendo con dificultad su penoso y arriesgado camino, llegó al cabo de muchos días al pie de la gran «isla» de roca, y empezó el ascenso. En cuanto los indios vieron a una persona extraña, y de la gente que ellos aborrecían, corrieron hasta el borde del risco y le lanzaron una lluvia de flechas, algunas de las cuales atravesaron sus hábitos. En aquel momento, una niña de Acoma, que estaba en el mismo borde de la ingente roca, se asustó al ver la saña de su gente y, perdiendo el equilibrio, se despeñó al precipicio. Pero quiso la Providencia que sólo cayese unas cuantas yardas sobre un reborde arenoso cerca de donde estaba Fray Juan, y donde no podían verlos los indios, quienes supusieron que había caído hasta la sima. Fray Juan se acercó a recogerla y la llevó sana y salva hasta arriba, y al ver este aparente milagro, los salvajes quedaron desarmados y lo recibieron como a un mago. El buen hombre vivió solo en Acoma más de veinte años, amado por los naturales como un padre, y enseñando a sus atezados conversos con tanto éxito, que con el tiempo muchos de ellos sabían el catecismo y podían leer y escribir en español. Además, bajo su dirección y con muchísimo trabajo, construyeron una gran iglesia. Cuando murió, en 1664, los acomas, que habían sido los indios más feroces, llegaron a ser los más dóciles de Nuevo Méjico y los más adelantados en civilización. Pero pocos años después de su muerte, ocurrió el levantamiento de todos los pueblos, y durante las largas y desastrosas guerras que se siguieron, fué destruída la iglesia y desaparecieron, en gran parte, los frutos del trabajo del valiente Fray Juan. En aquella rebelión, Fray Lucas Maldonado, que era entonces misionero en Acoma, fué asesinado por su rebaño el diez o el once de agosto de 1680. En noviembre de 1692, Acoma se rindió voluntariamente al reconquistador de Nuevo Méjico, Diego de Vargas. Al cabo de pocos años, sin embargo, se rebeló de nuevo, y en agosto de 1696, Vargas marchó contra la ciudad, pero no pudo asaltarla. Gradualmente los pueblos fueron viviendo en paz con los humanitarios conquistadores y llegaron a merecer la benevolencia con que constantemente se les trataba. La misión fué restablecida en Acoma por el año 1700, y allí se eleva hoy una enorme iglesia, que es una de las más interesantes del mundo, dados el infinito trabajo y la paciencia con que fué construída. La última tentativa de levantamiento de los indios Pueblos ocurrió en 1728; pero en ella no tomó parte Acoma.
La curiosa escalera de piedra por la que Fray Juan Ramírez subió la primera vez a su peligrosa parroquia bajo una lluvia de flechas, todavía la usan los habitantes de Acoma, quienes le han dado el nombre del «camino del Padre».
V
EL SOLDADO POETA
Pero retrocedamos un poco. El joven oficial que dió aquel soberbio salto sobre el tajo de Acoma, que repuso la toza para hacer puente y salvó de este modo la vida a sus camaradas, e indirectamente a todos los españoles de Nuevo Méjico, fué el capitán Gaspar Pérez de Villagrán. Era muy culto, había obtenido el grado de bachiller en una Universidad española, era joven, ambicioso, valiente y un verdadero atleta. Fué un héroe entre los héroes del Nuevo Mundo, y un cronista a quien mucho debe la historia. Los seis ejemplares existentes del pequeño y grueso volumen en pergamino que contiene su histórico poema de treinta y cuatro heroicos cantos, valen cada uno de ellos muchas veces su peso en oro. ¡Lástima grande que no haya habido un Villagrán para cada una de las campañas de los exploradores de América, que nos diese más detalles de aquellos sobrehumanos peligros y sufrimientos, pues la mayoría de los cronistas de la época tratan de esos episodios tan brevemente como describiríamos nosotros un paseo de Nueva York a Brooklyn!
El salto del tajo no fué la única parte que tomó el capitán Villagrán en el sangriento combate de Acoma, en el invierno de 1598-99. Estuvo a punto de ser víctima de la primera matanza, en la que Juan de Zaldívar y sus hombres perecieron, y se escapó de aquel lance sólo para sufrir penalidades tan terribles como la muerte.
En el otoño de 1598, cuatro soldados desertaron del pequeño ejército de Oñate en San Gabriel y el gobernador envió a Villagrán con tres o cuatro soldados para arrestarlos. No sabemos lo que diría hoy un _sheriff_ si le mandasen perseguir a cuatro malhechores en un recorrido de mil millas por un desierto como aquél y con una fuerza tan pequeña. Pero el capitán Villagrán siguió la pista de los desertores, y después de perseguirlos por más de novecientas millas, les alcanzó al sur de Chihuahua (Méjico). Los desertores hicieron una feroz resistencia. Dos fueron muertos por los soldados y dos se escaparon. Villagrán dejó allí su pequeña fuerza y desanduvo solo las peligrosas novecientas millas. Llegado al pueblo de Puaray, en la margen occidental del Río Grande, frente a Bernalillo, supo que su jefe Oñate acababa de marchar hacia el oeste, en su peligroso viaje a Moqui, el cual ya hemos descrito. Villagrán se volvió en el acto hacia el oeste saliendo solo para seguir y alcanzar a sus compatriotas. La pista era fácil de seguir, porque los españoles tenían los únicos caballos que había en lo que es hoy los Estados Unidos; pero aquel solitario caminante que la iba rastreando, se vió continuamente rodeado de peligros y sufrimientos. Llegó a la vista de Acoma justamente después de la matanza de Juan de Zaldívar y del tremendo salto de los cinco españoles. Los supervivientes ya se habían alejado de aquel sitio fatal, y cuando los habitantes vieron a un español que se acercaba solo, bajaron de su ciudadela roqueña para rodearle y darle muerte. Villagrán no tenía armas de fuego, sino únicamente su espada, una daga y un escudo. Aun cuando ignoraba los terribles sucesos que acababan de ocurrir, le inspiró recelos la manera como los salvajes trataban de envolverle, y aun cuando su caballo renqueaba por efecto de su larga jornada, lo espoleó para ponerlo al galope y luchó, abriéndose paso por entre el círculo que iban estrechando los indios. Continuó su fuga hasta muy entrada la noche, describiendo un largo circuito, para no acercarse a la ciudad, y al fin descendió, exhausto, de su también exhausto caballo, y se tendió a descansar sobre la dura tierra. Cuando despertó caía una gran nevada, y se encontró medio sepultado bajo la fría y blanca nieve. Montando de nuevo, avanzó en la obscuridad para alejarse todo lo posible de Acoma, antes de que lo denunciase la luz del día. De repente, caballo y jinete cayeron en un hondo pozo que los indios habían abierto para que sirviese de trampa, cubriéndolo con ramas y tierra. En la caída se mató el pobre caballo, y Villagrán quedó maltrecho y aturdido. Por fin logró salir del pozo, con gran contento de su fiel perro, que estaba sentado aullando y tiritando al borde de aquél. El soldado poeta habla muy tiernamente de aquel mudo compañero de su larga y peligrosa jornada, y es evidente que lo quería con un cariño que sólo un hombre valiente puede profesar y un fiel perro merecer.
Emprendiendo de nuevo la marcha a pie, pronto perdió Villagrán el camino en aquel desierto sin huellas ni veredas. Durante cuatro días y cuatro noches anduvo errante, sin un bocado que comer y sin una gota de agua, pues ya se había derretido la nieve. Muchos hombres han hecho más largos ayunos entre iguales sufrimientos; pero sólo los que han experimentado sed en tierras áridas, pueden tener una remota idea de lo que significa vivir noventa y seis horas sin agua. Dos días de aquella sed suele ser fatal a muchos hombres fuertes, y es poco menos que milagroso que Villagrán pudiese resistirla cuatro días. Por fin, casi muriendo de sed, con la lengua seca e hinchada, y dura y áspera como una lima, saliéndole fuera de los dientes, se vió en la triste necesidad de matar a su fiel perro, lo cual hizo con lágrimas de varonil remordimiento. Llamando al pobre animal hacia sí, lo despachó con su espada y ansiosamente apuró la sangre caliente. Esto le dió fuerzas para arrastrarse un poco más, y cuando ya iba a dejarse caer sobre la arena para morir, divisó un pequeño hoyo en una gran roca, a poca distancia. Arrastrándose débilmente hasta llegar allí, descubrió con júbilo que había quedado en la cavidad un poco de agua de nieve. Esparcidos alrededor había unos cuantos granos de maíz, que le parecieron llovidos del cielo, y los devoró famélicamente.
Había abandonado ya toda esperanza de alcanzar a su jefe, y decidió retroceder y andar las terribles doscientas millas que le separaban de San Gabriel. Pero ya no podía su cuerpo obedecer por más tiempo a su heroico espíritu, y hubiera perecido miserablemente junto al pequeño tanque de la roca, a no ser por una extraña casualidad.
Mientras estaba allí tendido, sin ánimo y sin fuerzas, oyó súbitamente voces que se acercaban. Supuso que los indios habían rastreado su pista, y se dió por perdido, porque se sentía demasiado débil para luchar. Pero al fin llegaron a su oído acentos españoles, y aun cuando eran voces ásperas y broncas de soldados, con toda seguridad debieron de parecerle los sonidos más dulces del mundo. Sucedió que la noche anterior, algunos de los caballos del campamento de Oñate se habían extraviado, y un pelotón de soldados salió en busca de ellos. Siguiendo sus huellas, llegaron cerca del sitio donde el capitán Villagrán se hallaba tendido. Por fortuna le vieron, pues él no podía ni gritar ni correr tras ellos. Con sumo cuidado levantaron al oficial herido y lo llevaron al campamento, y allí, con los solícitos cuidados de hombres barbudos, recuperó lentamente sus fuerzas y con el tiempo volvió a ser el osado atleta de otros tiempos. Acompañó a Oñate en su larga marcha por el desierto, y pocos meses después estuvo presente en el asalto de Acoma y realizó la pasmosa proeza que se cita como una de las heroicidades más notables en la historia del Nuevo Mundo.
VI
LOS MISIONEROS EXPLORADORES
Pretender narrar la historia de la exploración española de las Américas sin dedicar especial atención a los misioneros exploradores, sería hacerles poca justicia y dejar incompleta la historia. En esto, aun más que en otras fases, la conquista fué ejemplar. El español no tan sólo descubrió y conquistó, sino que, además, convirtió. Su celo religioso no le iba en zaga a su valor. Como ha sucedido con todas las naciones que han entrado en nuevas tierras, y como sucedió con nosotros mismos en la que ocupamos, su primer paso tuvo que ser la sujeción de los naturales que se le oponían. Pero no bien hubo castigado a esos feroces indios, empezó a tratarlos con grande y noble clemencia, que aun hoy no se prodiga y que en aquella cruel época del mundo era casi desconocida. Nunca dejó sin hogar a los atezados indígenas de América ni los fué arrollando, ni acorralando delante de él, sino que, por el contrario, les protegió y aseguró por medio de leyes especiales la tranquila posesión de sus tierras para siempre. Debido a las generosas y firmes leyes dictadas por España hace tres siglos, nuestros indios más interesantes e interesados, los «Pueblos» gozan hoy completa seguridad en sus posesiones, mientras que casi todos los demás (que nunca estuvieron enteramente bajo el dominio de España), han sido de vez en cuando arrojados de las tierras que nuestro gobierno solemnemente les había concedido.
Esa era la ventaja de un régimen de Indias que no obedecía a la política, sino a los invariables principios de humanidad. Primero se exigía al indio que fuese obediente a su nuevo gobierno. No se le podía enseñar la obediencia a todas las cosas de una vez; pero debía al menos abstenerse de matar a sus nuevos vecinos. Tan pronto como aprendía esta lección, se le protegía en sus derechos sobre su hogar, su familia y sus bienes. Entonces, y tan rápidamente como podían hacer esa vasta labor el ejército de misioneros que dedicaban su vida a esa peligrosa tarea, se le educaba en los deberes de ciudadanía y de la religión cristiana. Es casi imposible para nosotros, en estos pacíficos tiempos, comprender lo que significaba convertir entonces medio mundo de indios. En nuestra parte de Norteamérica nunca ha habido tribus tan terribles como encontraron los españoles en Méjico y en otras tierras más al sur. Nunca pueblo alguno llevó a cabo en ninguna parte tan estupenda labor como la que realizaron en América los misioneros españoles. Para empezar a comprender las dificultades de aquella conversión, debemos primero leer una horripilante página de la historia.
Muchos indios y pueblos salvajes profesan religiones tan distintas de la nuestra como son sus organizaciones sociales. Pocas tribus hay que sueñen con un Sér Supremo. La mayoría de ellos adora muchos dioses; dioses cuyos atributos son muy parecidos a los del mismo adorador; dioses tan ignorantes y crueles y traidores como él. Es una cosa horrenda estudiar esas religiones, y ver qué cualidades tan tenebrosas y repulsivas puede deificar la ignorancia. Los despiadados dioses de la India que se supone que se deleitan aplastando a miles de sus fieles bajo las ruedas del carro Juggernaut, y con el sacrificio de niños al Ganges y de jóvenes viudas a la hoguera, son buena muestra de lo que puede creer una mente descarriada. Pues bien; los horrores de la India tenían su paralelo en América. Las religiones de nuestros indios del norte tenían muchos ritos sorprendentes y terribles; pero eran inocentes y civilizados si se comparan con los monstruosos que se observaban en Méjico y la América del Sur. Para comprender algo de lo que tuvieron que combatir los misioneros españoles en América, aparte del peligro común a todos, echemos una ojeada al estado de cosas en Méjico cuando ellos llegaron.