Los exploradores españoles del siglo XVI

Part 8

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Fray Juan de Padilla, el más joven de los cuatro misioneros y el primero que sufrió el martirio en tierra de Kansas, era natural de Andalucía y hombre de gran energía, tanto física como mental. Tampoco hizo mal papel como andariego, y nuestros andarines profesionales quedarían estupefactos si tuviesen que recorrer por el desierto los millares de millas que recorrió aquel incansable apóstol de los indios en el desierto sudoeste. Había desempeñado muy importantes cargos en Méjico, pero abandonó gustoso sus honores para convertirse en un pobre misionero entre los salvajes del ignoto norte. Habiendo acompañado la partida de Coronado desde Méjico a las Siete Ciudades de Cibola, a través de los desiertos, Fray Padilla se trasladó a Moqui con Pedro de Tobar y su partida de veinte hombres. Después, retrocediendo a Zuñi, no tardó en salir de nuevo con Hernando de Alvarado y veinte hombres, para recorrer otras mil millas. Fué en esta expedición, uno de los primeros europeos que pudieron contemplar la elevada ciudad de Acoma, el Río Grande dentro de lo que es hoy Nuevo Méjico y el gran pueblo de Pecos.

En la primavera de 1541, cuando un puñado de hombres se había reunido en Bernalillo, y Coronado salió en busca del fatal mito áureo de Quivira, Fray Padilla le acompañó. En esa marcha de ciento cuatro días por las áridas llanuras, antes de llegar a las Quiviras, al nordeste de Kansas, sufrieron los exploradores muchas torturas por falta de agua y a veces de alimento. El traicionero guía que llevaban les engañó, y anduvieron errabundos mucho tiempo en un círculo, cubriendo una larga distancia, probablemente de más de mil quinientas millas. Los expedicionarios iban a caballo, pero en aquellos días los humildes _padres_ iban a pie. No hallando más que contrariedades, los exploradores retrocedieron hacia Bernalillo, aunque por un camino más corto, y Fray Padilla fué con ellos.

Pero ya el héroe había determinado que su campo de acción debía estar entre aquellos indios, sioux y otros hostiles, errantes y que convivían con los búfalos en las llanuras; así es que cuando los españoles evacuaron Nuevo Méjico, él se quedó. Con él estaban el soldado Andrés Docampo, dos jóvenes mejicanos de Michoacán, Lucas y Sebastián, llamados los Donados, y unos cuantos jóvenes indios mejicanos. En el otoño de 1542, esa pequeña partida salió de Bernalillo para emprender una marcha de mil millas. Andrés era el único que iba montado; el misionero y los jóvenes indios marchaban penosamente a pie por aquel desierto arenoso. Pasaron por la población de Pecos; de allí atravesaron un rincón de lo que es hoy Colorado y el gran Estado de Kansas en casi toda su longitud. Por fin, después de una larga y fatigosa marcha, llegaron a las aldeas de los indios quiviras, donde hallaron albergue provisional. Coronado había plantado una cruz de gran tamaño en una de esas aldeas, y allí estableció su misión Fray Padilla. Con el tiempo los indios hostiles fueron deponiendo su recelo y «le amaron como a un padre». Por último decidió trasladarse a otra tribu nómada, donde parecía que era más necesaria su presencia. Fué un paso muy peligroso; porque no tan sólo podían aquellos desconocidos recibirle con intención homicida, sino que corría igual riesgo al abandonar su presente rebaño. Los indios, supersticiosos, no se avenían a perder a tan gran exorcista como creían que era Fray Juan, y menos a que sus enemigos se aprovechasen de sus servicios, pues todas aquellas tribus errantes se hacían la guerra unas a otras. No obstante, Fray Padilla resolvió irse, y se fué con su pequeño cortejo. A un día de jornada de las aldeas de los quiviras, tropezaron con una partida de indios en son de guerra. Al verles acercarse, el buen padre pensó, ante todo, en salvar a sus compañeros. Andrés tenía aún su caballo, y los muchachos eran veloces corredores.

«--¡Huíd, hijos míos!--gritó Fray Juan.--Salvaos, porque no podéis ayudarme y nada ganaríamos con morir todos juntos. ¡Corred!»

Al principio rehusaron; pero el misionero insistió, y como nada podían contra los indígenas, por fin obedecieron y apelaron a la fuga. Esto, a primera vista, no parece muy heroico; pero les disculpa la consideración de lo que eran aquellos tiempos. No tan sólo era gente humilde, acostumbrada a obedecer a los buenos padres, sino que había otro y más poderoso motivo para que procediesen como lo hicieron. En aquellos días de fervorosa fe, se consideraba el martirio no solamente como un heroísmo, sino como una profecía: creíase que indicaba nuevos triunfos para el cristianismo, y era un deber llevar la noticia y propagarla por el mundo. Si ellos se hubiesen quedado y hubiesen perecido con el padre--y a buen seguro que sus fieles secuaces no lo temían físicamente,--la lección y la gloria de su martirio se hubiesen perdido para la humanidad.

Fray Juan se arrodilló en la vasta llanura y encomendó su alma a Dios; y mientras oraba, los indios le atravesaron con sus flechas. Cavaron luego una fosa y echaron el cadáver del primer mártir de Kansas, colocando en aquel sitio un gran montón de tierra. Esto ocurrió en el año 1542.

Andrés Docampo y los muchachos pudieron escapar entonces; pero no tardaron en caer prisioneros de otros indios, que los tuvieron diez meses como esclavos. Les pegaban y mataban de hambre, obligándoles a hacer las labores más pesadas y más viles. Por fin, después de trazar muchos planes y de varias tentativas infructuosas, lograron escapar de sus bárbaros amos. Luego anduvieron a pie y errantes durante ocho años, solos y sin armas, de un lado para otro, en aquellas llanuras secas e inhospitalarias, sufriendo increíbles privaciones y peligros. Por último, después de aquellos millares de millas que lastimaron sus pies, todavía anduvieron hasta la ciudad mejicana de Tampico, situada en el gran golfo. Fueron allí recibidos como muertos resucitados. No conocemos los detalles de tan horrenda e incomparable jornada; pero está comprobada en la historia. Durante nueve años aquellos infelices fueron recorriendo los desiertos a pie y dando mil vueltas, empezando al nordeste de Kansas, para ir a terminar el sur de Méjico.

Sebastián murió poco después de su llegada al Estado mejicano de Culiacán; las penalidades del viaje habían sido demasiado excesivas aun para un cuerpo tan joven y fuerte como el suyo. Su hermano Lucas se hizo misionero entre los indios de Zacatecas y continuó su trabajo entre ellos durante muchos años, muriendo al fin a una edad muy avanzada. En cuanto al valiente soldado Docampo, poco después de haber vuelto al mundo civilizado, desapareció, sin que se supiese más de él. Tal vez se llegue a descubrir algunos antiguos documentos españoles que arrojen alguna luz sobre el resto de su vida y la suerte que le cupo.

III

LA GUERRA DE LA ROCA

Algunos de los heroísmos y penalidades más característicos de los exploradores en nuestro dominio, ocurrieron alrededor de la asombrosa roca Acoma, la extraña ciudad empinada de los Pueblos Queres. Todas las ciudades de los indios Pueblos estaban construídas en sitios fortificados por la Naturaleza, lo cual era necesario en aquellos tiempos, puesto que estaban rodeadas por hordas, muy superiores en número, de los guerreros más terribles de que nos habla la historia; pero Acoma era la más segura de todas. En medio de un largo valle de cuatro millas de ancho, bordeado por precipicios casi inaccesibles, se levanta una elevada roca que remata en una meseta de setenta acres de superficie[11], y cuyos lados, que tienen trescientos cincuenta y siete pies ingleses de altura, no sólo son perpendiculares, sino que en algunos puntos se inclinan hacia delante. En su cumbre se alzaba--y se alza todavía--la vertiginosa ciudad de Queres. Las pocas sendas que conducen a la cima, y en las que un paso en falso puede precipitar a la víctima a una muerte horrible, despeñándola desde una altura de centenares de metros, bordean abruptas y peligrosas hendeduras, desde cuya parte superior un hombre resuelto, sin otras armas que piedras, podría casi tener a raya a todo un ejército.

La primera vez que los europeos supieron de esa curiosa ciudad aérea fué en 1539, cuando a Fray Marcos, descubridor de Nuevo Méjico, la gente de Cibola le habló de la gran fortaleza roqueña de Hákuque, nombre que ellos daban a Acoma, y que sus habitantes llamaban Ahko. Al año siguiente, Coronado la visitó con su pequeño ejército y nos ha dejado un exacto relato de sus maravillas. Esos primeros europeos fueron allí bien recibidos, y los supersticiosos habitantes, que nunca habían visto una barba, ni la cara de un hombre blanco, tomaron a los extranjeros por dioses. Pero hasta medio siglo después, no trataron los españoles de establecerse allí.

Cuando Oñate entró en Nuevo Méjico en 1598, no encontró de momento oposición alguna, porque su fuerza de cuatrocientos hombres, incluso doscientos armados, era bastante para atemorizar a los indios. Estos eran, naturalmente, hostiles a los invasores de su dominio; pero, viendo que los extranjeros les trataban bien, y temerosos de hacer guerra abierta a aquellos hombres que llevaban trajes duros y mataban de lejos con sus bastones de trueno, los pueblos esperaron ver el resultado de la invasión. Las tribus de los Queres, Tigua y Jemez se sometieron formalmente al régimen español e hicieron juramento de alianza a la Corona por medio de sus representantes reunidos en la población de Guipuy (que ahora se llama Santo Domingo); lo mismo hicieron los Tanos, Picuries, Tehuas y Taos, en una conferencia parecida, que celebraron en la población de San Juan, en septiembre de 1598. Al ver su fácil sumisión, Oñate sintió grandes alientos, y decidió visitar personalmente todos los pueblos principales, para hacerlos más seguros súbditos de su soberano. Había ya fundado la primera ciudad de Nuevo Méjico y la segunda en los Estados Unidos, San Gabriel de los Españoles, donde hoy está Chamita. Antes de salir a esa peligrosa jornada, despachó a Juan de Zaldívar, su edecán, con cincuenta hombres, a explorar las vastas y desconocidas llanuras que quedaban hacia oriente, para después seguir él por el mismo camino.

Oñate, con una reducida fuerza, salió de la pequeña y solitaria colonia española, que estaba a más de mil millas de distancia de toda ciudad de hombres civilizados, el 6 de octubre de 1598. Primero se dirigió a los pueblos de las grandes llanuras de los lagos salados, al este de las montañas Manzano, sedienta jornada de más de doscientas millas. Volviendo después al pueblo de Puaray (opuesto al que hoy se llama Bernalillo) se desvió hacia el oeste. El 27 del mismo mes acampó al pie de los altos acantilados de Acoma. Los principales de la ciudad bajaron desde lo alto de la roca, y solemnemente juraron alianza a la Corona de España. Se les advirtió la gran importancia y significación del paso que acababan de dar, y que si violaban su juramento serían considerados y tratados como rebeldes a Su Majestad; pero ellos se comprometieron a ser fieles vasallos. Trataron a los españoles muy amistosamente, y varias veces invitaron al jefe y a sus hombres a visitar la empinada ciudad. En realidad habían tenido espías en las conferencias celebradas en Santo Domingo y San Juan, y decidieron que el hombre más peligroso entre los invasores era el mismo Oñate. Si podían matarle a él, creían que los demás extranjeros blancos serían fácilmente derrotados.

Pero Oñate nada sabía de su proyectada traición, y al día siguiente él y su puñado de hombres, dejando sólo una guardia con los caballos, treparon por una de las peligrosas «escaleras» de piedra, y se hallaron en Acoma. Los oficiosos indios los condujeron acá y acullá, mostrándoles las extrañas casas de varios pisos de altura y con varias terrazas, los grandes estanques labrados en la roca y el vertiginoso borde del precipicio que por todas partes rodeaba aquella ciudad, semejante a un nido de águila. Finalmente condujeron a los españoles a un sitio en que había una larga escalera de mano, cuyo extremo superior pasaba por una trampa situada en el techo de una gran casa, que era la _estufa_ o sea la sagrada cámara del concejo. Los visitantes subieron al techo por una escalera más pequeña, y los indios trataron de que Oñate bajase por la trampa. Pero el gobernador español, observando que en el aposento de abajo reinaba la obscuridad y sintiéndose de momento receloso, rehusó bajar; y como estaba rodeado de soldados, los indios no insistieron. Después de una corta visita a la población, los españoles bajaron de la roca a su campamento, y desde allí prosiguieron su larga y peligrosa jornada a Moqui y Zuñi. Aquel repentino rasgo de prudencia en la mente de Oñate salvó la historia de Nuevo Méjico, porque en aquella estufa se hallaban apostados algunos guerreros armados. Si hubiese entrado en la camara, lo hubieran asesinado en el acto; y su muerte hubiera sido la señal para un ataque a los españoles, los que hubieran perecido en aquella lucha desigual.

Volviendo de su viaje de exploración por aquellas desiertas y mortíferas llanuras, Juan de Zaldívar salió de San Gabriel el 18 de noviembre, para seguir a su jefe. Sólo tenía treinta hombres. Llegando al pie de la ciudad empinada el día 4 de diciembre, fué muy bien acogido por los acomas, quienes le invitaron a subir y visitar la ciudad. Era Juan tan bueno como valiente soldado, y conocía las estratagemas de guerra de los indios; pero por la primera vez en su vida, y fué la última, se dejó engañar. Dejando la mitad de su fuerza al pie del risco para guardar el campamento y los caballos, subió con diez y seis hombres. Había en la ciudad tantas maravillas; era la gente tan cordial, que los visitantes pronto olvidaron toda sospecha que pudieran abrigar, y gradualmente fueron dispersándose aquí y allá para ver las cosas más notables. No esperaban sino esto los habitantes, y cuando el jefe de los guerreros lanzó su grito de guerra, hombres, mujeres y niños cogieron piedras y mazas, arcos y cuchillos de pedernal, y cayeron con furia sobre los dispersos españoles. Fué una horrenda y desigual lucha la que contempló el sol de invierno aquella triste tarde en la ciudad empinada. Aquí y allá, de espalda a la pared de una de aquellas extrañas casas, veíase un soldado de faz lívida, desharrapado, cubierto de sangre, blandiendo su pesado mosquete como si fuese una maza, o dando tajos desesperados con una espada ineficaz contra la tostada y famélica canalla que le rodeaba, mientras llovían piedras sobre su calada visera y por todas partes recibían golpes de clavas y pedernales. No había ningún cobarde en aquella malhadada cuadrilla: vendieron caras sus vidas; delante de cada cual había tendido un montón de cadáveres. Pero uno a uno, aquella ola de rugientes bárbaros ahogaba a cada tremendo y silencioso luchador, y se desviaba para ir a henchir el mortífero aluvión que envolvía a otro. El mismo Zaldívar fué una de las primeras víctimas, y en aquel desigual combate murieron otros dos oficiales, seis soldados y dos sirvientes. Los cinco que sobrevivieron--Juan Tabaro, que era alguacil mayor y cuatro soldados--pudieron por fin juntarse, y con sobrehumano esfuerzo, luchando y sangrando por varias heridas, se abrieron paso hasta el borde del precipicio. Pero sus salvajes enemigos los perseguían, y sintiéndose demasiado débiles para seguir matando hasta llegar a una de las escaleras del risco, en el paroxismo de su desesperación, los cinco se arrojaron desde aquella tremenda altura.

No hay memoria de otro salto tan terrible como el que dieron Tabaro y sus cuatro compañeros. Aun suponiendo que hubiesen tenido la suerte de llegar hasta el borde más bajo de aquel risco, la altura no pudo ser de menos de _¡ciento cincuenta pies ingleses!_ y, sin embargo, sólo uno de los cinco se mató en tan inconcebible caída: los cuatro restantes, atendidos por sus aterrorizados compañeros del campamento, finalmente se repusieron. Esto parecería increíble si no estuviese completamente comprobado por pruebas históricas. Es probable que cayesen sobre uno de los montones de blanca arena que el viento había arremolinado en algunos sitios al pie del risco.

Afortunadamente los indios victoriosos no atacaron el pequeño campamento. Los supervivientes tenían aún sus caballos, animales desconocidos de los indígenas, a quien infundían pavor. Durante algunos días los catorce soldados y sus cuatro semimuertos compañeros, acamparon bajo el saliente costado del risco, donde estaban a salvo de toda clase de proyectiles que pudiesen arrojarles desde arriba, pero esperando a cada momento ser atacados por los naturales. Tenían la seguridad de que la matanza de sus camaradas no era más que el preludio de un levantamiento general de los veinticinco o treinta mil indios Pueblos, y sin reparar en el peligro que corrían, decidieron por fin dividirse en pequeños grupos y separarse; unos para seguir a su jefe en su jornada hasta Moqui y avisarle el peligro que le amenazaba; y otros para cruzar a toda prisa centenares de áridas millas hasta llegar a San Gabriel y defender a las mujeres y los niños que allí había y a los misioneros que se habían esparcido entre los indios. Este plan de abnegación se realizo felizmente. Los pequeños grupos de tres y de cuatro llevaron la noticia a sus compatriotas, y a fines del año 1598 todos los españoles supervivientes en Nuevo Méjico se pusieron a salvo en la aldea de San Gabriel. Estaba la población construída al modo indio, esto es, en forma cuadrada, y en la plaza central se habían colocado los rudos pedreros--especie de obuses que lanzaban balas de piedra,--los cuales defendían las puertas. Sobre las azoteas de las casas de adobe, de tres pisos, las valerosas mujeres vigilaban de día, y los hombres, con sus pesados mosquetes, montaban la guardia en las noches de invierno, para prevenirse contra el esperado ataque. Pero los pueblos quedaron sobre las armas. Esperaban ver lo que Oñate haría con Acoma, antes de tomar medida alguna contra los extranjeros.

Oñate se encontró en un difícil dilema. No se necesita saber ni la mitad de lo que sabía aquel español, ya encanecido y sosegado, acerca del carácter de los indios, para comprender que debía castigar sumariamente a los rebeldes por la matanza de sus hombres, o abandonar para siempre su colonia y Nuevo Méjico. Si semejante atropello quedase sin castigo, los osados Pueblos no dejarían con vida a ningún español. Por otra parte, ¿cómo podía él llegar a conquistar aquella inexpugnable fortaleza de roca? Tenía menos de doscientos hombres, y sólo podía destinar parte de éstos para la campaña, pues de lo contrario, los otros pueblos, en su ausencia, se levantarían y aniquilarían a San Gabriel y sus habitantes. En Acoma había trescientos guerreros bien contados, secundados, además, por no menos de cien navajos.

Pero no existía otra alternativa. Cuanto más lo pensaba y consultaba con sus oficiales, más claro veía que la única salvación estaba en tomar aquel Gibraltar de Queres, y resolvió llevar a cabo el proyecto. Oñate deseaba dirigir en persona tan atrevida empresa; pero había uno que tenía más derecho al desesperado honor que el capitán general, y ese era el olvidado héroe Vicente de Zaldívar, hermano del asesinado Juan. Era sargento mayor de aquel pequeño ejército, y cuando se presentó a Oñate y pidió que se le diese el mando de la expedición contra Acoma, no hubo medio de rehusarle.

El 12 de enero de 1599, Vicente de Zaldívar salió de San Gabriel a la cabeza de setenta hombres. Sólo unos cuantos de ellos iban armados con los toscos mosquetes de la época; la mayoría no eran arcabuceros, sino piqueros, armados únicamente con lanzas y espadas, y llevaban chaquetas acolchadas o mallas batidas. Un pequeño pedrero, amarrado sobre el lomo de un caballo, era su única «artillería».

Silenciosa y denodadamente la pequeña fuerza emprendió la ardua jornada. Todos conocían la inexpugnable roca, y pocos acariciaban la esperanza de volver de aquella misión desesperada; pero a nadie se le ocurrió la idea de retroceder. La tarde del onceno día, la fatigada tropa pasó la última meseta y llegó a la vista de Acoma. Los indios, avisados por sus centinelas, estaban prontos a recibirla. Toda la población, con los aliados navajos, hallábase en armas en las azoteas y en los riscos estratégicos. Indígenas desnudos, pintados de negro, saltaban de grieta en grieta, aullando, desafiando y vomitando insultos contra los españoles. Los exorcistas, grotescamente disfrazados, estaban en pináculos prominentes, tocando sus tambores y lanzando maldiciones y exorcismos a los vientos, y todo el populacho se unía al coro de rugidos y amenazas.

Zaldívar hizo alto con su pequeña partida al pie del risco, acercándose cuanto pudo hacerlo sin peligro. El indispensable heraldo salió de las filas, y después de un toque de trompeta, procedió a leer a voz en cuello la formal intimación a rendirse en nombre del rey de España. Por tres veces vociferó aquella intimación; pero cada vez apagaron su voz los gritos y aullidos de los enfurecidos indígenas, y una lluvia de piedras y flechas cayó en peligrosa proximidad. Zaldívar deseaba conseguir la rendición de la plaza, pedir que se le entregasen los cabecillas de la matanza y llevárselos a San Gabriel, para que fueran oficialmente procesados y castigados, sin causar daño a los demás habitantes de Acoma; pero los indios, viéndose seguros en su natural fortaleza, se burlaban del misericordioso llamamiento. Era evidente la necesidad de tomar Acoma por asalto. Los españoles acamparon sobre la arena, y haciendo lúgubres planes para el día siguiente, pasaron allí la noche, que hizo más horrenda la baraúnda de la monstruosa danza de guerra que celebraban los habitantes de la ciudad.

IV

EL ASALTO A LA EMPINADA CIUDAD

Al romper el alba del día veintidós de enero, Zaldívar dió la señal para el ataque, y el cuerpo principal de la fuerza española empezó a disparar sus pocos arcabuces y a intentar un asalto desesperado por el extremo norte de la gran roca, que era por allí absolutamente inexpugnable. Los indios, apiñados en el borde de los farallones, despedían una lluvia de proyectiles, y muchos de los españoles fueron heridos. Entre tanto, doce hombres escogidos, que durante la noche se habían ocultado debajo de la parte saliente del risco, el cual les protegía contra el fuego y la observación de los indios, trepaban cautelosamente por debajo y alrededor del precipicio, arrastrando con cuerdas el pedrero. Algunos de aquellos doce hombres eran arcabuceros y, además del peso del ridículo cañón, llevaban sus pesados arcabuces y su tosca armadura, que no les ayudarían ciertamente a escalar alturas, cuyo ascenso sería difícil hasta para un atleta libre de trabas. Continuando su trabajosa tarea sin ser vistos, tirando uno de otro, y después del pedrero peñas arriba, llegaron por fin a la cumbre de un alto farallón, separado del gran risco de Acoma por un angosto pero terrible tajo. Al atardecer tenían ya el cañón apuntando hacia la ciudad, y el retumbante disparo, cuando la bala de piedra fué lanzada sobre Acoma, fué la señal, para la tropa que estaba al extremo norte de la meseta, de que se había tomado la primera posición estratégica, a la vez que advirtió a los indios del peligro que les amenazaba por otro lado.

Aquella noche, pequeños grupos de españoles treparon por los grandes precipicios que cercan ese valle en forma de artesa por oriente y poniente; talaron pequeños pinos, arrastrando con inmenso trabajo los troncos peñas abajo y a través del valle, para subirlos al farallón donde se habían situado los doce hombres con el pedrero. Una docena de hombres quedaron guardando los caballos al extremo norte de la meseta, y el resto de la fuerza se juntó a los doce arcabuceros, ocultándose en las grietas del farallón. Al otro lado del tajo, los indios estaban tendidos en las hendeduras o detrás de las rocas, esperando el ataque.