Chapter 8
«¡Sí; soy tan honorable como vosotros, jóvenes idiotas! Quizá más honorable. Soy un padre de familia que mantiene a ocho personas... Es de todo punto necesario poner fin a esta farsa. Hay que hacerles saber que tengo un diploma universitario y que odio a la Policía tanto como ellos. ¿Pero qué hacer? La muchacha ha desaparecido. No puedo esperarla aquí hasta mañana. ¡No faltaba más! Por otra parte, aun no he comido...»
Dio algunos pasos, volvió sobre ellos, miró la larga fila de ventanas iluminadas y continuó reflexionando:
«Apuesto cualquier cosa a que creen que soy, en efecto, un espía. ¡Idiotas! Hay que decirles que yo he sido también estudiante y he llevado melena como ellos. Me corto el pelo ahora, porque empieza a caérseme; pero eso no prueba que yo sea espía. Claro es que está uno más a salvo si lleva melenas de que le tomen por espía; pero ¿qué culpa tengo yo de que se me caiga el pelo? O ¿acaso hay, que llevar peluca... como un espía de verdad?»
Encendió un cigarrillo y lo tiró en seguida; no tenía ganas de fumar.
«Lo más sencillo sería entrar en su casa y decirles: Señores, ha sido una broma. Pero no, no lo creerían. Y hasta es posible que me dieran una paliza.»
Se alejó cosa de veinte pasos y se detuvo nuevamente. El aire iba siendo más frío. Su gabán casi no le abrigaba. Al meterse la mano en el bolsillo, encontró el periódico. Casi estuvo a punto de llorar de rabia. Podía hallarse ya en su casa muy cómodo, haber comido, haber tomado el te calentito y estar tendido en el canapé, leyendo el periódico y sin la menor inquietud. Al otro día, sábado, se jugaba a las cartas en casa del inspector... Y en lugar de estar en su casa, tiritaba de frío allí, en aquella maldita callejuela, ante aquella maldita casa, albergue de estudiantes melenudos. ¿Qué había ido a hacer en tal sitio?
De repente, se abrió la puerta de la casa y se volvió a cerrar con violencia, después de dar paso a dos estudiantes.
Ambos, con paso rápido y resuelta actitud, se dirigieron hacia él.
Lleno de terror, huyó precipitadamente. Corrió a través de la niebla enloquecido, jadeante, atropellando a los transeúntes, tropezando con los faroles, los caballos, los coches. Se detuvo en una ancha avenida, que le costó mucho trabajo reconocer. Todo se hallaba alrededor desierto y silencioso. Caía una menuda lluvia. No se veía ya a los estudiantes.
Encendió con mano trémula un cigarrillo, y apenas se lo hubo fumado, encendió otro.
«¡Vaya una aventura!--se dijo--. Será un milagro que no me resfríe. Acaso la tuberculosis en perspectiva... Por fortuna, no me han dado alcance los estudiantes, aunque corrían de lo lindo. Uno no cesaba de gritar: «¡Alto!» ¡Era terrible!»
Tres estudiantes aparecieron a alguna distancia. Krilov los miró con ojos espantados y se alejó a toda prisa.
En cuanto llegó, en su carrera, a cierta callejuela angosta y tortuosa, se detuvo. ¿Iba a huir de todos los estudiantes de la ciudad? Además, sus perseguidores sólo eran dos.
Volvió sobre sus pasos y no tardó en encontrarse de nuevo en la avenida. Se sentó en un banco y comenzó a considerar, con sangre fría, la situación.
«¡Sobre todo, calma!--se dijo--. No hay motivos para alarmarse. ¡Que se vaya al diablo la muchacha! Tanto peor para ella si me toma por un espía. ¿Qué me importa a mí? No me conoce, ni los estudiantes tampoco. Ni siquiera han podido verme la cara, pues me he levantado el cuello del gabán.»
Se reía ya un poco, regocijado por tal pensamiento, cuando, de súbito, una idea terrible puso fin a su regocijo.
«Pero ¿y ella? ¡Ella me ha visto! ¡Durante una hora entera ha podido estudiar mi rostro, y si me encuentra en alguna parte...!»
Se imaginó toda una serie de posibilidades terribles.
Como hombre ilustrado, asistía a la Universidad siempre que se daban en ella conferencias interesantes, a los teatros, a los museos; y en todas partes se exponía a toparse con la muchacha, a quien, seguramente, saldría a acompañar toda una banda de estudiantes de ambos sexos, pues aquellas muchachas rara vez iban solas, y si le veía...
Krilov se estremeció de pies a cabeza.
Si le veía, se lo señalaría inmediatamente a toda su banda con el dedo, diciendo en alta voz: «¡Miradle, es un espía!»
«Tendré que dejar de llevar gafas y cortarme la barba--pensó Krilov--. Si pierdo la vista, ¿qué le vamos a hacer? Además, el médico quizá se engañe y puede que yo no necesite gafas. En cuanto a la barba... verdaderamente no me cambiará mucho el quitármela. Más que una barba, es una perilla insignificante. Ni siquiera se notará que me la he quitado.»
«¡Hasta mi barba crece menos que la de los demás!--pensó con disgusto--. Pero todo esto son tonterías. Aunque me reconozca, no hay por qué apurarse. Sería necesario probar que soy espía, probarlo serena, lógicamente, como se hace con los teoremas.»
Se imaginó una reunión de jóvenes de largos cabellos, ante la que él demostraba, con voz firme y tranquila, su inocencia. Todo era claro, convincente. Las frases se seguían en un orden perfecto, como fórmulas matemáticas unidas por signos de igualdad. «De esta suerte, señores, podrán ustedes advertir...»
Con una dignidad severa se pone bien las gafas y sonríe despectivamente. Después reanuda sus pruebas y se percata, con horror, de que la lógica y las fórmulas exactas están muy a menudo en contradicción con la vida; de que en la vida hay poca lógica y de que él no encuentra manera de demostrar que no es espía. Si alguien--la muchacha, por ejemplo--le acusara de serlo, no habría en su vida nada preciso, claro y convincente que oponer a la acusación.
El terror invadió su alma. ¿Dónde estaban sus convicciones, su profesión de fe? Su espíritu hallábase vacío, y no veía nada seguro sobre qué poder apoyarse para no caer en el fondo de aquel abismo negro, espantoso.
«Mis convicciones--balbuceó, imaginándose que se encontraba ante los jueces--. Todo el mundo conoce mis convicciones. Estoy convencido de que...»
Busca en los repliegues de su memoria algo claro, preciso, fuerte, y no encuentra nada. ¿Es posible que no tenga ni una convicción seria? «Estoy convencido, Ivanov, de que usted no ha estudiado su lección de aritmética.» ¡No, no es eso! Luego recuerda fragmentos de artículos de periódico, de discursos que ha oído; ¿pero qué piensa él? ¿Cuáles son sus convicciones? ¡No las tiene! Hablaba y pensaba como hablaban y pensaban los demás, y encontrar sus propias ideas, sus propias palabras, era tan imposible como encontrar en un montón de trigo un grano determinado. Sucede a veces que alguien dice algo fuerte, violento, que queda grabado en la memoria de los demás, aunque lo diga en estado de embriaguez o sin reflexionar. No muchos años antes, el maestro de caligrafía de su colegio, un viejecito modesto y callado, en una comida en casa del director, como hubiera bebido algo más de lo justo, exclamó de repente: «¡Insisto en la necesidad de la reforma radical de la enseñanza!» Naturalmente, aquello provocó un escándalo. Desde entonces todo el mundo se acordaba de aquel incidente, y en cuanto veía al viejo, le preguntaba: «Bueno, ¿qué hay de las reformas?» Y todos le consideraban un hombre muy radical... ¿Y él, Krilov? Cuando bebía una copa de más, se dormía, o empezaba a llorar y abrazaba a todo el mundo. Una vez abrazó hasta al criado. Pero aun en estado de embriaguez se guardaba de decir nada excesivo, y no protestaba contra nada. En fin, hay hombres que creen en Dios y los hay que no creen. ¿Y él?
«Veamos. ¿Existe Dios? ¿Sí o no? No lo sé, no sé nada. ¿Y yo? ¿Existo yo?»
Krilov siente un escalofrío: ni siquiera tiene una idea clara de si existe o no existe. Alguien está sentado en un banco del bulevar y fuma; ¿pero es él, en efecto? Los árboles, la menuda lluvia que cae, los faroles encendidos, todo es incomprensible, desprovisto de sentido, misterioso.
Se levantó bruscamente y se fue.
«¡Tonterías! Son los nervios. Además, no se trata de convicciones, sino de actos. Sí, de actos; eso es lo esencial.»
Y tampoco recordó actos suyos. Era un empleado, un padre de familia; pero ¿dónde estaban sus actos? ¿Qué había hecho? Buscó en los repliegues de su memoria, recorrió mentalmente los años pasados, como se recorre con los dedos el teclado de un piano, y los halló vacíos, desprovistos de sentido.
«¡Vamos, señorita!--balbuceó con la cabeza baja y gesticulando--. Es idiota creer que soy un espía. ¿Yo espía? ¡Qué insensatez! Voy a demostrárselo a usted. Mire usted, yo soy...»
Después, el vacío, la nada. ¿Qué podía decir en su favor? En su mundo se le consideraba un hombre inteligente, bueno, justo, y probablemente había motivos para ello.
No hacía mucho tiempo le había comprado un corte de traje a su suegra, y su mujer le había dicho: «¡Eres demasiado bueno!» Pero ¿aquello probaba algo? Los espías también podían ser obsequiosos con sus suegras...
Sin darse cuenta, Krilov, automáticamente, volvió a la casa donde había entrado la estudianta, y ni aun lo advirtió. Sólo sabía que era tarde, que estaba rendido y que tenía ganas de llorar, como un colegial castigado. Luego alzó los ojos, miró la casa y la reconoció.
«¡Sí, es la maldita casa! ¡Qué aspecto más desagradable!»
Se alejó con paso rápido, como de una bomba de dinamita, y poco después se detuvo y comenzó de nuevo a reflexionar.
«Lo mejor sería escribirle a esa muchacha. Naturalmente, sin firmar. En esta forma, por ejemplo: «Señorita, un hombre a quien ha tomado usted por un espía...» Y seguir así, punto por punto. Sería tonta si no me creyese.»
Volvió sobre sus pasos, llegó a la casa y, tras una corta vacilación, abrió con trabajo la puerta. Entró, con gesto decidido y severo. En el umbral de su habitáculo apareció el portero, sonriendo cortésmente.
--Escuche usted, amigo mío... Una joven estudianta acaba de entrar. ¿En qué piso vive?
--¿Por qué le interesa a usted?
Krilov le miró de un modo significativo a través de sus gafas, y el portero comprendió en seguida; hizo con la cabeza un signo que daba a entender que adivinaba lo que llevaba allí a Krilov y le tendió la mano.
--¡Qué confianzudo!--se dijo Krilov; pero estrechó con fuerza la mano dura e inflexible como una plancha.
--¡Entremos en mi casa!--invitó el portero.
--¿Para qué? Yo sólo quería...
Al ver que el portero entraba ya en su habitación, Krilov, apretando los dientes de rabia, le siguió dócilmente.
«¡También me ha tomado por un espía este canalla!»
El habitáculo era reducidísimo. Sólo había en él una silla, en la que se sentó el portero, sin ceremonia.
«¡Qué indecente! Ni siquiera me invita a sentarme!», pensó Krilov.
El portero le examinó, con mucha calma, de pies a cabeza, con una mirada indiferente e insolente a la vez, y, tras un corto silencio, dijo:
--Anteayer vino también uno de ustedes... Uno rubio, con grandes bigotes. ¿Le conoce usted?
--¿No he de conocerle?... Rubísimo.
--Hay muchos como usted... que recorren las calles...
--¡Escuche!--protestó Krilov--. Todo eso me tiene sin cuidado. Sólo vengo...
El portero no hizo caso de sus palabras y continuó:
--¿Cuánto cobra usted al mes? El rubio me dijo que cincuenta rublos. No es mucho.
--¡Doscientos!--dijo Krilov, observando con una alegría maligna que el rostro del portero expresaba casi el entusiasmo.
--¡Oh, doscientos! Eso es otra cosa... ¿Quiere usted un cigarrillo?
Krilov aceptó con reconocimiento el cigarrillo que le tendía el portero, y echó de menos su pitillera japonesa, su gabinete de trabajo, los cuadernos azules de los colegiales que él debía corregir y que le parecían ahora tan gratos al alma.
Encendió el cigarrillo y casi sintió náuseas: el tabaco era desagradable, mal oliente. «Un verdadero tabaco de espía»--se dijo Krilov.
--¿Les pegan a ustedes con frecuencia?--preguntó el portero.
--Pero escuche...
--El rubio asegura que nunca le han pegado, y yo no lo creo. Es imposible que no les peguen a ustedes. Como no les rompen ningún hueso, no tiene importancia. Por doscientos rublos al mes, bien puede uno resignarse a eso. ¿Verdad?
El portero le miraba sonriendo amistosamente.
--Yo quería...--comenzó Krilov; pero el otro le interrumpió de nuevo:
--Naturalmente, no hay que tener pelo de tonto en su oficio de ustedes, y, además, es preciso que en la fisonomía no haya nada de extraordinario que llame la atención. He visto a un colega de usted en extremo desfigurado, con un ojo de menos...
--¡Vamos, vamos!--exclamó Krilov--. No tengo tiempo que perder. No me ha respondido usted aún.
Abandonando, con un disgusto manifiesto, aquel interesante tema, el portero preguntó cómo era la muchacha a quien se refería. Cuando el otro le hubo hecho una descripción de su exterior, dijo:
--Ya caigo. Es la señorita Ivanov. Viene a ver a sus amigos del tercero derecho... No deben tirarse las colillas al suelo; ¡no las barrerás tú después!
Cuando Krilov salía ya, oyó al portero despedirle con estas palabras:
--¡Atajo de gandules!
«¡Canalla!»--contestó mentalmente Krilov, acelerando el paso y buscando con la vista un coche. ¡En seguida, a casa! De pronto recordó que tenía su diario, y que en tal diario había escrito en cierta ocasión--hacía mucho tiempo, cuando era aún estudiante--algo muy radical, atrevido y bello. Con todo lujo de detalles acudió a su imaginación aquella velada inolvidable, y pensó en su cuartito, en el tabaco esparcido sobre la mesa, en el orgullo y el entusiasmo con que escribió aquellas líneas firmes y enérgicas... No tenía mas que arrancar las páginas y enviárselas a la muchacha. Ella las leería, y lo comprendería todo; pues, al fin, era una señorita inteligente y de corazón noble. ¡Al cabo había dado con la solución! ¡A casa en seguida! Además, tenía un hambre horrible...
Le abrió la puerta su mujer.
--¿Dónde has estado?--le preguntó llena de angustia--. ¿Qué te pasa?
Quitándose precipitadamente el gabán, el profesor dijo con cólera:
--Es un fastidio: la casa está llena de gente, y no hay nadie que me cosa el botón del abrigo.
Y se dirigió a su gabinete.
--¡Pero ven a comer!--le dijo su mujer.
--¡Déjame tranquilo! No me sigas.
Una vez solo, se puso a registrar con mano febril su biblioteca. Había en ella numerosos libros y papeles; pero el diario no parecía. Como tropezase con un paquete de cuadernos de sus discípulos, lo rechazó indignado. Sentado en el suelo, buscaba nerviosamente en el cajón inferior del armario, lanzando suspiros de desesperación. ¡Por fin! ¡Allí estaba su diario! Un cuaderno azul, de escritura vacilante, ingenua... Algunas flores secas dentro, un ligero perfume... ¡Dios mío, qué joven era entonces!
Se sentó junto a la mesa y empezó a hojear el diario, sin encontrar lo que buscaba. Observó que algunas páginas estaban arrancadas. De pronto, se acordó. Hacía cinco años, con motivo de un registro practicado por la policía en casa de un colega suyo, se había asustado tanto que había arrancado de su diario las páginas comprometedoras y las había quemado. Asunto concluido; no había ya para qué buscar.
La cabeza baja, el rostro oculto entre las manos, permaneció inmóvil largo rato ante su diario devastado. La habitación estaba mal alumbrada por una bujía--no había tenido tiempo de encender la lámpara--y llena de sombras negras, inquietantes. En las habitaciones próximas jugaban los niños, gritando y riendo. Se oía el ruido de los platos en el comedor, donde hablaban, iban y venían; pero allí, en su gabinete, todo estaba en silencio como en un cementerio. Si un pintor hubiera visto aquel aposento obscuro y triste, con el montón de libros y de cuadernos por el suelo, con aquel hombre inclinado sobre la mesa, dolorosamente cabizbajo, hubiese pintado un cuadro titulado «A punto de suicidarse».
«Las páginas ardieron--pensó con dolor Krilov--; pero puedo acordarme de su contenido. Lo escrito en ellas existe; sólo necesito recordarlo.»
Y lo intentó, sin encontrar en su memoria sino detalles insignificantes: la forma de las páginas arrancadas, la escritura, hasta los puntos y las comas. Lo esencial, lo principal, se había perdido para siempre y no resucitaría ya. Había vivido, y a la sazón ya no existía, como vive y muere todo sobre la tierra. Las bellas palabras habían desaparecido en el desierto vacío, infinito, y nadie las conocía, nadie las recordaba, en ningún corazón habían dejado huella alguna. Era inútil llorar, implorar, suplicar de rodillas, amenazar, enfurecerse; con ello nada lograría. El vacío infinito permanecería mudo, impasible, pues no devuelve nunca nada de lo que devora. Nunca, ni lágrimas ni súplicas, han podido tornar a la vida lo que ha muerto. No hay perdón, no hay remedio; tal es la ley cruel de la vida. Sí, aquello había muerto. El mismo había sido su asesino. Con sus propias manos había quemado las mejores flores que se habían abierto, en una noche santa, en su alma mísera y estéril. ¡Pobres flores perdidas! No tenían quizá la fuerza de una idea creadora; pero eran, con todo, lo más exquisito de su alma. Entonces no existían ya, y no se abrirían ya nunca. No hay perdón, no hay remedio; tal es la ley cruel de la vida.
No podía continuar solo.
--¡Macha!--gritó a su mujer.
Acudió inmediatamente. Su faz era redonda y bondadosa; su cabello, descuidado, tenía un color impreciso. Llevaba en la mano un traje de niño, que ella confeccionaba.
--Bueno, ¿vas a comer? Voy a decir que calienten la comida; todo está frío.
--No, espera... Tengo que hablarte.
Macha manifestó inquietud; puso sobre la mesa su labor y miró fijamente a su esposo. Este volvió los ojos.
--¡Siéntate!--dijo.
Ella se sentó, arregló su ropa, y con las manos sobre las rodillas se dispuso a escuchar. Como ocurría siempre, desde su infancia, cuando tenía que escuchar algo, puso al punto una cara estúpida.
--¡Te escucho!
Pero el profesor no decía palabra, y miraba con extrañeza el rostro de su mujer. Le parecía, en aquel instante, por completo desconocido, como el de un nuevo alumno que asistiese por primera vez a su clase. Se le antojaba absurdo que aquella mujer fuera su esposa. Una idea nueva, súbita, turbó su cerebro trastornado. En voz baja, murmurando, dijo:
--¿No sabes, Macha? ¡Soy un espía!
--¿Cómo?
--Soy un espía. ¿Comprendes?
Ella se quedó inerte en su asiento, y, con un gesto desesperado, exclamó:
--¡Ya me lo sospechaba! Lo había adivinado hace tiempo. ¡Dios mío, qué desgraciada soy!
Krilov se levantó de un salto, se acercó a ella y se puso a agitar furiosamente el puño cerrado ante su rostro, conteniendo a malas penas su deseo de golpearla.
--¡Qué bestia eres! ¡Qué idiota!--exclamó con voz tan furiosa que un silencio de muerte reinó en seguida en las habitaciones próximas--. ¿Lo crees, pues? ¿Lo creías hace mucho tiempo? ¿Es posible? Después de doce años que vivimos juntos... ¡Doce años! Y es mi mujer, la compañera de mi vida, a quien se lo doy todo... mis pensamientos, mi dinero...
Luego volvió la espalda y empezó a llorar. Ella no comprendía por qué lloraba: si por ser espía, en efecto, o por no serlo. Tuvo piedad de él. Se sintió, al mismo tiempo, ofendida por sus palabras, y empezó a llorar a su vez.
--Siempre lo mismo--dijo lloriqueando--. Siempre soy yo la culpable. ¿Para qué casarse con una idiota?
Krilov se volvió hacia ella y, airadísimo, balbuceó:
--¡Dios mío! ¡Doce años! Si mi mujer puede creer que soy en realidad espía... ¡Qué estúpida eres! ¡Qué idiota!
--Vamos, ¿quieres acabar con tus insultos?--protestó ella--. ¡Tú haces las porquerías, y luego soy yo la responsable!
Krilov se puso aún más furioso.
--¿Qué porquerías? ¿Crees que soy espía, pues? Di: ¿soy espía, o no lo soy?
--¿Como quieres que yo lo sepa? ¡Puede que sí!
Rabiosos, locos de odio y de cólera, los dos desgraciados siguieron cambiando durante largo rato insultos, llorando, gritando, jurando. Al fin, cansados, postradísimos, olvidada la ruda querella que acababa de tener lugar entre ellos, se sentaron uno junto a otro y comenzaron a hablar tranquilamente. Los niños se pusieron de nuevo a jugar y a hacer ruido en la habitación próxima. Confuso, evitando algunos detalles, Krilov refirió a su mujer su aventura con la joven estudianta, y manifestó sus temores de que la muchacha pudiera encontrárselo por casualidad.
--¿No es más que eso, pues?--gritó Macha tranquilizada--. ¡Y yo que me había figurado cosas terribles! No hay por qué atormentarse; no tienes más que afeitarte la barba y quitarte las gafas para que no te reconozca. Durante las clases puedes tener las gafas puestas.
--Sí, pero... eso no me cambiará mucho. Si al menos yo tuviese una buena barba... como los demás...
--No digas tonterías; tu barba es admirable. Lo he dicho siempre y lo repito.
El profesor experimentó un gran alivio. Abrazó a su mujer y le hizo cosquillas con la barba detrás de la oreja. A media noche, cuando Macha se fue a la cama y el silencio reinó en la casa, llevó a su gabinete un espejo y agua caliente, y empezó a afeitarse. Además de la lámpara se vio obligado a encender dos bujías; tanta luz le molestaba un poco. Habiéndose afeitado un lado de la barba, se miró fijamente a los ojos y se detuvo como paralizado. «¡Mira cómo eres!», se dijo como si mirase a otra persona.
Verdaderamente no era guapo; su rostro estaba envejecido, mustio, lleno de arrugas; sus ojos no tenían brillo; las gafas le habían dejado una señal roja en lo alto de la nariz. Había en su fisonomía un no sé qué de gris, de muerto, como si no fuera la de un hombre vivo, sino la mascarilla de un cadáver. No parecía ni un espía ni uno de los que los espías se dedican a perseguir.
--¡Mira cómo eres!--balbuceó Krilov.
¿Por qué tenía aquella cara estúpida? ¿Quién se había atrevido a dársela?
Una gruesa lágrima cayó de sus ojos. Apretando los dientes, se afeitó la otra mitad de la barba, y, tras una corta vacilación, se afeitó también el bigote. Mirose de nuevo al espejo. Al día siguiente todos se reirían al verle así. Y, sin embargo, en otro tiempo era muy otra aquella cara.
Con gesto decisivo, asió fuertemente la navaja, echó atrás la cabeza y, con suavidad, se pasó dos veces por la garganta el contrafilo de la hoja. No hubiera estado mal degollarse; pero no pudo.
--¡Cobarde! ¡Canalla!--dijo en alta voz y tono indiferente.
Su rostro en el espejo, aunque movió los labios, permaneció gris, muerto. Podía ser golpeado, escupido; permanecería siempre igual; guiñaría los ojos con mayor ligereza, y nada más.
Al día siguiente, todos se reirían de aquella cara: los colegas, los discípulos, los porteros. Su mujer se reiría también.
Hubiera querido encolerizarse, llorar, romper el espejo, hacer algo violento; pero su alma estaba vacía, sin vida. Sólo deseaba una cosa: dormir. «Como he respirado demasiado tiempo el aire frío...», se dijo, bostezando. El otro, en el espejo, también bostezó.
Guardó la navaja, apagó la lámpara y las velas y se dirigió a la alcoba.
No tardó en dormirse, hundida en la almohada la faz, aquella pobre faz, que al día siguiente haría reír a todos: a sus colegas, a sus discípulos, a su mujer y a él mismo.
LAS BELLAS SABINAS*
*N. del T.--Esta comedia es una sátira escrita contra el partido político ruso de los «cadetes» (constitucionalistas-demócratas), cuya acción se caracteriza por la indecisión, la falta de audacia y la prudencia exagerada, rayana en lo ridículo. En vez de luchar abiertamente por la libertad del pueblo, apelaban al buen sentido del gobierno, invocaban razones jurídicas y humanitarias, se conducían, en fin, como los «sabinos», tan magistralmente pintados por Andreiev en esta piececita.
CUADRO PRIMERO