Los espectros: Novelas breves

Chapter 7

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--Dice que no ha visto en su vida a un _gentlemán_ tan guapo y simpático. ¿No es eso, miss Korrayt?

Ella agitaba la cabeza afirmativamente, enseñaba su dentadura, parecida al teclado de un piano, y volvía a todos lados los platos de sus ojos. Kotelnikov movía también la cabeza, saludando, y balbuceaba:

--Hagan el favor de decirle que en las negras hay algo exótico.

Y todos estaban tan contentos.

Cuando Kotelnikov besó por primera vez la mano a miss Korrayt, la emocionante escena tuvo por testigos a todos los artistas y a no pocos espectadores. Un viejo comerciante, incluso lloró de entusiasmo en un acceso de sentimientos patrióticos. Después se bebió champaña. Kotelnikov tuvo palpitaciones, guardó cama durante dos días y muchas veces empezó a escribirle a su madre: «Querida mamá»--escribía--y su debilidad le impedía siempre terminar la carta.

A los tres días, cuando llegó a la oficina, le dijeron que su excelencia el director quería verle.

Se arregló con un cepillo el pelo y el bigote, y, lleno de terror, entró en el gabinete de su excelencia.

--¿Es verdad que a usted... que a usted...?

El director buscaba palabras.

--...¿Que a usted le gustan las negras?

--¡Sí, excelentísimo señor!

El director miró con ojos asombrados a Kotelnikov, y preguntó:

--Pero vamos... ¿por qué le gustan a usted?

--¡Ni yo mismo lo sé, excelentísimo señor!

Kotelnikov sintió de pronto que el valor le abandonaba.

--¿Cómo? ¿No lo sabe usted? ¿Quién va a saberlo, pues? Pero no se turbe usted, joven. Sea franco. Me place ver en mis subordinados cierto espíritu de independencia... naturalmente, si no traspasa ciertos límites definidos por la ley. Bueno, dígame francamente, como si hablase usted con su padre, por qué le gustan las negras.

--¡Hay en ellas algo exótico, excelentísimo señor!

Aquella noche, en el Club Inglés, jugando a la baraja con otras personas importantes, su excelencia dijo entre dos bazas:

--Tengo en mi departamento un empleado a quien le gustan las negras. Pásmense ustedes. ¡Un simple escribiente!

Sus compañeros de juego eran también excelencias, directores de departamento, y experimentaron al oírle un poco de envidia; cada uno de ellos tenía también a sus órdenes un ejército de empleados; pero eran todos hombres grises, opacos, sin ninguna originalidad, vulgares.

--Y yo, pásmense ustedes--dijo una de las excelencias--, tengo un empleado con un lado de la barba negro y el otro rojo.

Esperaba así tomar revancha; pero todos comprendieron que una barba, no ya como aquélla, sino policroma, no tenía importancia comparada con una pasión extravulgar por las negras.

--¡Afirma ese hombre original que hay en las negras algo exótico!--añadió su excelencia.

Poco a poco, la popularidad de Kotelnikov en los círculos burocráticos de la capital llegó a ser muy grande. Como sucede siempre, quisieron imitarle; mas sus imitadores sufrieron fracasos lamentables. Uno de ellos, un viejo escribiente que contaba veintiocho años de servicio y sostenía una numerosa familia, declaró de repente que sabía ladrar como un perro, y no tuvo ningún éxito. Otro empleado, muy joven aún, simuló estar perdidamente enamorado de la mujer del embajador chino; durante algún tiempo logró atraer sobre él la atención y aun la compasión; pero la gente experimentada no tardó en comprender que aquello no era sino una imitación miserable de una auténtica originalidad, y todos le volvieron con desprecio la espalda.

Hubo otras muchas tentativas de la misma índole. En general, notábase entre los empleados públicos cierta inquietud de ánimo, que se traducía en esfuerzos por ser original.

Un joven de buena familia, no logrando encontrar medio de ser original, acabó por decirle a su jefe una porción de groserías, y, naturalmente, tuvo que abandonar al punto su empleo.

Kotelnikov se creó muchos enemigos. Afirmaban insidiosamente que estaba en ayunas en lo atañedero a las negras. Sin embargo, no mucho después, un periódico publicó una interviú con él, en la que Kotelnikov declaraba francamente que le gustaban las negras porque había en ellas algo exótico.

A partir de aquel día, su estrella comenzó a brillar con más fulgor aún. A la sazón visitaba frecuentemente a la familia de su subjefe, que le recibía con los brazos abiertos. Nastenka lloraba a veces pensando en el terrible destino reservado a aquel aficionado a las negras. Kotelnikov, sentado a la mesa, sentía sobre él las miradas de piedad de toda la familia y se esforzaba en dar a su rostro una expresión melancólica y al mismo tiempo exótica. Todos estaban muy satisfechos de que un hombre tan original frecuentara la casa, en calidad de buen amigo; todos, incluso la abuela sorda que lavaba los platos en la cocina.

El hombre original se retiraba tarde a casa y lloraba desconsolado, porque amaba a Nastenka con toda su alma y no podía ver a miss Korrayt.

Hacia las Pascuas se corrió la voz de que Kotelnikov se casaba con miss Korrayt, la cual, con tal motivo, se convertía a la religión ortodoxa y abandonaba el café cantante del señor Jacobo Duclot. Según los mismos rumores, el propio director había consentido en ser el padrino del joven esposo.

Los compañeros, los solicitantes y los porteros felicitaban a Kotelnikov, que les daba las gracias y saludaba con la muerte en el alma.

La velada anterior a su boda la pasó en casa del subjefe. Le recibieron como a un héroe, y todos parecían muy contentos, excepto Nastenka, que se iba a su cuarto de vez en cuando a llorar a sus anchas, y que, para ocultar las huellas del llanto, se ponía tantos polvos que se desprendían de su faz en tanta abundancia como la harina de una piedra de molino.

Durante la cena todos felicitaban al novio y brindaban en honor suyo. El propio subjefe, que se había excedido un poco en la bebida, le dirigió una pregunta algo turbadora:

--¿Podría usted decirme de qué color serán los niños?

--¡Serán a rayas!--observó Polsikov.

--¿Cómo a rayas?--exclamaron, asombrados, los asistentes.

--Muy sencillo: una raya blanca, otra negra; una raya blanca, otra negra... Como las cebras--explicó Polsikov, a quien le inspiraba gran lástima su desgraciado amigo.

--¡No, no es posible!--exclamó Kotelnikov, poniéndose muy pálido.

Nastenka no podía ya contener las lágrimas, y, sollozando, huyó a su cuarto, llenando de emoción a los asistentes.

Durante dos años, Kotelnikov pareció el hombre más feliz de la tierra, y daba gusto verle. Hasta fue recibido un día con su mujer por el propio director. Cuando llegó a ser padre de un hijo se le dio, a modo de subsidio, una suma bastante crecida, y se le ascendió.

El hijo no era a rayas. Tenía un tinte ligeramente gris, más bien color de oliva. Kotelnikov decía a todos que estaba encantado con su mujer y con su hijo; pero nunca se daba prisa en volver a casa, y, cuando volvía, se detenía largo rato ante la puerta. Cuando su mujer salía a abrirle y le enseñaba su dentadura, semejante al teclado de un piano, y lo blanco de sus ojos, grande como un plato, cuando se estrechaba contra él, el pobre experimentaba una repulsión invencible y pensaba, con un dolor cruel, en los seres dichosos que tenían mujeres blancas y niños blancos.

--¡Querida mía!--decía.

Y a instancias de su mujer se dirigía a la habitación donde estaba su hijo. No podía ver a aquel niño de labios gruesos, gris como el asfalto; pero lo cogía en brazos y procuraba simular que se le caía la baba, combatiendo con gran trabajo la tentación de tirarlo al suelo.

Tras no pocas vacilaciones, escribió a su madre noticiándole su matrimonio, y, con gran asombro, recibió una respuesta alegre. También ella estaba satisfecha de que su hijo fuera un hombre tan original y de que el propio director hubiera sido su padrino.

A los dos años de su boda, Kotelnikov murió del tifus. Momentos antes de morir hizo llamar al sacerdote. El cual, al ver a su mujer, acarició su espesa barba y lanzó un profundo suspiro. El también sentía cierta admiración por Kotelnikov, con motivo de su originalidad. Cuando se inclinó sobre el moribundo, éste, haciendo acopio de todas sus fuerzas, exclamó:

--¡Aborrezco a ese diablo negro!

Sin embargo, un minuto después, como se acordase de su excelencia, del subsidio que le habían dado, de su subjefe, de Nastenka, y viese a su mujer llorar, añadió, con voz dulce:

--Me encantan las negras... Hay en ellas algo exótico.

Procuró iluminar su rostro con una sonrisa feliz, y con la sonrisa en los labios se fue al otro mundo.

La tierra le acogió indiferente, sin preguntarle si le gustaban o no le gustaban las negras, y mezcló sus huesos con los de otros muertos. Pero en los círculos burocráticos se habló todavía mucho tiempo de aquel hombre original, a quien volvían loco las negras y que encontraba en ellas algo exótico.

¡NO HAY PERDÓN!

Una estudianta. Muy joven, casi una niña. La nariz fina, linda, no formada aún completamente, como la de los niños, un poco arremangada; los labios también son infantiles, y parece que exhalan olor a bombones de chocolate. Los cabellos son tan abundantes y sedosos, cubren su cabeza de una manera tan graciosa, que al mirarlos se piensa sin querer en mil cosas amables: en el cielo azul sin nubes, en las canciones primaverales de los pajarillos, en el florecer de las lilas. Se piensa también, al admirar esta bella cabeza de muchacha, en los manzanos florecientes, bajo los que se busca sombra en un medio día de verano, y que dejan caer sobre el sombrero, sobre los hombros y sobre los brazos pétalos delicados color de nieve y rosa.

Los ojos eran también juveniles, claros, tranquilos e ingenuos; pero examinándola de cerca se podían advertir en su rostro sombras ligeras de cansancio, indicios de alimentación insuficiente, de noches de insomnio, de largas veladas en cuartos pequeños y llenos de humo, donde se pasan las horas en discusiones interminables. Se pensaba también que sus mejillas habían conocido las lágrimas; lágrimas dolorosas y amargas. Había algo de nervioso y de inquietante en sus movimientos: el rostro era alegre y sonreía; pero el piececito, calzado con un chanclo deteriorado y sucio de barro, hería nerviosamente el suelo, como si quisiera acelerar la marcha del tranvía, que avanzaba muy despacio. Nada de esto se le había escapado a Mitrofan Vasilich Krilov, que poseía el don de la observación. Iba de pie en la plataforma del tranvía, frente a la muchacha. Por entretenerse, la contemplaba, un poco distraída y fríamente, como una fórmula algebraica sencilla y muy conocida que se destacase en la negrura del encerado. En los primeros momentos, la contemplación le divirtió, como a cuantos miraban a la muchacha; pero eso duró poco, y no tardó en caer de nuevo en su mal humor. No tenía motivos para estar contento. Al contrario. Volvía del liceo, donde era profesor, cansado, con el estómago vacío; el tranvía estaba repleto, y no había posibilidad de sentarse y leer el periódico. El tiempo era también execrable en aquel terrible mes de noviembre; la ciudad era fea y le disgustaba, así como toda aquella vida, que no valía más que el billete, desgarrado por un extremo, que llevaba en la mano. Todos los días hacía igual viaje: de su casa al liceo y del liceo a su casa. Podía contar los días por el número de billetes. Su vida era a modo de una larga cinta de billetes de tranvía, de la que se arrancaba uno cada veinticuatro horas.

No tardó en cansarse de contemplar a la muchacha, y la hubiera olvidado sin dificultad; pero se hallaba frente a él, y no podía menos de mirarla de vez en cuando.

«Ha venido hace muy poco de la provincia--pensaba severamente--. ¿A qué diablos vienen aquí? Yo, por ejemplo, abandonaría con mucho gusto esta maldita ciudad y me iría a cualquier rincón. Naturalmente, ella se pirra por las conversaciones, por las discusiones; tiene sus ideas políticas y sociales. No estaría de más que se cuidase un poco del arreglo de su persona; mas no tiene tiempo de ocuparse en cosas tan mezquinas: ¡debe salvar a la humanidad! Es lástima, sobre todo siendo tan bonita.»

La muchacha advirtió las miradas severas de Krilov, y se turbó. Se turbó de tal modo, que la sonrisa desapareció de su rostro y fue reemplazada por una expresión de miedo infantil, mientras su mano izquierda, con un movimiento instintivo, se dirigía hacia su pecho, como si llevase algo escondido en el corsé.

«¡Tiene gracia!--se dijo Krilov, volviendo a otro lado los ojos y tratando de dar a su rostro una expresión de indiferencia--. Le dan miedo mis gafas azules; todas estas muchachas están seguras de que un hombre con gafas azules es un espía... Lleva probablemente proclamas escondidas en el corsé. En otro tiempo, las muchachas escondían cartas amorosas; ahora son proclamas y boletines revolucionarios lo que esconden. ¡Boletines! ¡Qué palabra más estúpida!»

Dirigió de nuevo, a hurtadillas, una mirada a la muchacha, y volvió en seguida los ojos. Ella le miraba, como mira un pájaro a una serpiente que se acerca, y apretaba la mano contra su costado izquierdo. Krilov se incomodó.

«¡Qué estúpida es! Me toma por un espía, a causa de mis gafas azules. No comprende que un hombre puede llevar gafas azules por estar enfermo de la vista. Es tan cándida, que se hace traición. ¡Y pensar que pretende salvar a la humanidad! ¡Necesita aún una niñera esta revolucionaria! No estamos en sazón todavía para la revolución. En vez de Lasalles, entre nosotros, se dedican los chiquillos a la política. ¡No sabe aún resolver un sencillo problema aritmético, y habla, sin duda, con aplomo, de cuestiones políticas, sociales, financieras! No estaría de más asustarla un poco; sería una buena lección para ella.»

Apenas había formulado en su interior tal pensamiento, tuvo una inspiración repentina. Era una idea inspirada por el cielo gris de noviembre, por el suelo fangoso, por el hambre que le atormentaba. Inmediatamente comenzó a ponerla en práctica.

Con un movimiento nada seductor bajó la cabeza, dio a su rostro una expresión desagradable y maliciosa, propia, a su juicio, de un espía, y lanzó una mirada severa y escrutadora a la muchacha. El resultado le satisfizo: la muchacha se estremeció de miedo, y sus ojos se llenaron de angustia.

«¡Vamos, pequeña!--pensaba, triunfante, Krilov--. Parece que huirías de buena gana; pero ¿cómo? ¡Magnífico! ¡Espera, que aun hay más!»

Se iba interesando en el juego, encontrando en él un placer. Olvidaba su hambre y el mal tiempo, se dedicó a la imitación de un espía, con tanta habilidad como si fuera un verdadero artista, o como si en realidad estuviese al servicio de la Policía secreta.

Su cuerpo se tornó flexible como el de una serpiente; sus ojos adquirieron una expresión de alegría pérfida; su mano derecha, que llevaba en el bolsillo, oprimía con toda su fuerza el billete, como si éste fuera su revólver cargado con seis balas o un _carnet_ de policía.

No sólo la muchacha, sino muchos otros viajeros comenzaron a desazonarse al mirarle: tan de espía era su apariencia. Un comerciante grueso y colorado que ocupaba él solo la tercera parte de la plataforma se estrechó de pronto, se hizo pequeñísimo y volvió la cabeza. Un hortera, debajo de cuyo gabán se veía un delantal blanco, miró a Krilov con ojos de conejo asustado, y, empujando a la muchacha, saltó del tranvía y desapareció entre la multitud.

«¡Muy bien!»--se cumplimentó a sí mismo Krilov, con el corazón lleno de la alegría pérfida de un enfermo del hígado. Había algo de pintoresco, de sugestivo, de agradablemente inquietante en esa renuncia a su propia persona, en representar un papel antipático, en que los demás le odiasen y le temiesen. En el fondo gris de la vida cotidiana se abrían a modo de abismos obscuros, llenos de misterio y de sombras movibles y mudas. Se acordó de la clase donde daba todos los días las lecciones, de la fisonomía de los alumnos, que no le inspiraban ya sino disgusto, de sus cuadernos azules, con manchas de tinta, sucios, llenos de faltas estúpidas, idiotas, que hacían aún más detestable la vida.

«Debe de ser una cosa muy interesante el oficio de espía--se dijo--. Un espía arriesga su vida tanto como un revolucionario. A veces la práctica del espionaje cuesta la cabeza. He oído decir que mataron a un espía hace poco. Le degollaron como a un cerdo.»

Durante un minuto tuvo miedo y quiso renunciar al papel que se había propuesto representar; pero su oficio de profesor era tan odioso para él, tan monótono y aburrido, que le gustaba, aunque sólo fuera por un rato, cambiar de pellejo.

La estudianta no le miraba ya, y, no obstante, su juvenil rostro, el lóbulo rosa de su oreja, que se veía bajo un bucle de sus cabellos ondulados; su cuerpo, un poco inclinado hacia delante; su pecho, que bajaba y subía anhelosamente, todo expresaba una angustia terrible y un deseo loco de huir. En aquel momento soñaba quizá con tener alas. Dos veces se movió un poquito, disponiéndose a descender, y, al sentir sobre sus mejillas ruborosas la mirada inquisitorial de Krilov, permaneció como clavada en su sitio, sin retirar la mano de la barandilla en que se apoyaba. Su guante negro, con un dedo algo descosido, temblaba un poco. Le daban vergüenza aquel guante y aquel dedo minúsculo, tímido, desamparado; pero no tenía fuerza para levantar la mano.

«¡Muy bien! ¡Muy bien!--pensaba Krilov--. Estoy muy contento. De buena gana huirías; ¡pero no, pequeña! Será una buena lección para ti. Esto te enseñará a ser más prudente. ¡La vida no es lo que tú te creías!»

Se imaginó la vida de aquella muchacha. Era tan interesante como la de un espía; pero había en ella algo que no conocían los espías: una arrogancia, una mezcla armónica de lucha, de misterio, de horror y de alegría... Era perseguida, y hay algo de singularmente delicioso en que un malvado, hostil y temible, tienda las manos aprehensoras a nuestra garganta y prepare, hilo por hilo, la cuerda para estrangularnos. ¡En tales momentos, el corazón late con tanta violencia, se ilumina la vida con una luz tan fúlgida y se la ama con tanto ardor!

Con disgusto, Krilov dirigió una mirada a su viejo gabán, al botón que colgaba con un pedazo de la tela; se imaginó su rostro amarillo y agrio, que detestaba, hasta el extremo de no afeitarse sino una vez al mes; sus ojos, con gafas azules, y se convenció, con un placer maligno, de que parecía, en efecto, un espía. Sobre todo, a causa de su botón colgante; los espías no tienen a nadie que pueda coserles los botones, y todos deben de llevar colgando del gabán un botón de que no pueden servirse.

Experimentó un sentimiento de soledad triste, propia sólo de los espías. Una profunda melancolía invadió su corazón. El cielo, la vida, las gentes, todo se tornó a sus ojos sombrío, negro, al par que hondo, misterioso y lleno de sentido.

Trató de mirarlo todo con una mirada semejante a la de la muchacha. Y todo se le presentó bajo un aspecto nuevo.

No se había parado nunca a penetrar el significado del día y la noche; la noche misteriosa, engendradora de tinieblas, escondedora de hombres, silenciosa e inescrutable; ahora veía su aproximación callada; admiraba las luces que se encendían una tras otra; percibía algo de solemne en aquella lucha entre el resplandor y las sombras, y se asombraba de la calma de la multitud, que discurría por la calle sin darse cuenta, al parecer, de que la noche se acercaba.

La muchacha miraba ávidamente a los rincones negros de las callejuelas, no alumbradas aún, y él seguía sus miradas y hundía la vista en esos corredores obscuros, que invitan, en la sombra, con una elocuencia misteriosa. La muchacha miraba con angustia a las altas casas, que estaban como defendidas por sus pilares de la calle, y él seguía siempre su mirada, y aquellas masas estrechas, aquellas malas fortalezas se le antojaban asimismo algo nuevo.

En una de las paradas, al final de un trayecto del tranvía, Krilov debía descender; pero la muchacha no lo hizo, y él le dijo en voz alta al conductor:

--Deme usted un billete hasta la parada próxima.

Le satisfizo mucho encontrar en su bolsillo una monedita de cinco copecks para pagar el billete; se figuraba que los espías sólo llevaban monedas de cobre o billetes de Banco sucios, viejos, casi rotos; no se puede pagar a los espías en buen dinero; de lo contrario, serían gentes como las demás. El cobrador, silencioso, parecía también comprenderlo; al menos tomó la moneda con un desagrado tan visible, que Krilov se indignó. Asestó contra el cobrador sus gafas, a modo de cañones, y se dijo, al recibir el billete:

«¡Me desprecias, canalla! Lo que no te impide robar a la Compañía. Os conozco a todos.»

Y empezó a imaginar cómo vigilaría al cobrador, le cogería en flagrante delito y, cuando menos lo esperase, le denunciaría a la Administración. Luego se dedicaría a vigilar a los demás cobradores, y los denunciaría a su vez.

La muchacha seguía allí siempre. No había que perderla de vista.

Escogiendo un momento favorable, apartó de la barandilla la mano del guante descosido, lo que le dio ánimos, y descendió presurosa del tranvía, en la esquina de una ancha calle, donde se cruzaban los rieles. Otros viajeros estaban también a punto de descender. Los había, al contrario, que subían. Una mujer delgada, que llevaba un gran envoltorio, impidió a Krilov la salida.

--¡Permítame usted!--le dijo él, tratando de abrirse paso.

Pero el sitio que dejaba libre el envoltorio era demasiado estrecho, y no podía pasar. Por el otro lado impedían el paso el conductor y el comerciante grueso y rojo. Este último fingía no darse cuenta de que Krilov quería descender.

--¡Pero déjeme usted pasar!--exclamó Krilov con cólera--. Conductor, ¿oye usted? ¡Reclamaré!

--¡Señor, haga el favor de dejar paso!--dijo el conductor, dirigiéndose al comerciante.

El cual miró a Krilov y se apartó un poco, tan poco, que el otro apenas pudo pasar, y hasta hubiera jurado que el comerciante le oprimía ex profeso con su voluminoso cuerpo. Sofocado, Krilov saltó, por fin, a tierra y empezó a correr, a la ventura en persecución de la muchacha.

La alcanzó en una estrechísima callejuela. Marchaba de prisa, dirigiendo miradas atrás. Al divisar a alguna distancia a Krilov, casi echó a correr, no disimulando ya el temor. Krilov apresuró también el paso. En aquella callejuela obscura y desconocida, donde sólo se hallaban él y la muchacha, experimentó un malestar muy parecido al miedo.

«¡Hay que acabar!»--se dijo.

Sin embargo, siguió corriendo, casi ahogándose de fatiga.

La muchacha se detuvo a la puerta de una gran casa, con muchos pisos. Cuando se disponía a abrir, Krilov se acercó a ella y, sonriendo amistosamente, la miró a los ojos. Con la sonrisa quería decirle que la broma se había terminado y que ya no tenía nada que temer. Pero la muchacha, al entrar, le lanzó en pleno rostro, sofocada de cólera:

--¡Canalla!

Y desapareció. Un instante después divisó Krilov su silueta a través de los cristales.

Con su sonrisa amistosa en los labios, asió el picaporte y trató de abrir; pero al ver al portero junto a la escalera, retrocedió con lentitud. A algunos pasos de distancia, se detuvo y se encogió de hombros. Despojándose de las gafas, empezó a reflexionar. ¡Era estúpido todo aquello! La chicuela ni siquiera le había dejado abrir la boca para explicarse, y le había lanzado en pleno rostro el despectivo insulto. Debía, no obstante, comprender que sólo se trataba de una broma. ¡Qué diablo de muchacha! ¡Como si verdaderamente le interesase con sus proclamas! Eso no era de su incumbencia. Que hicieran las locas chicuelas lo que les pareciese; le tenía completamente sin cuidado...

Se figuró que en aquel momento la muchacha refería a compañeros suyos de ambos sexos que un espía le había perseguido. Como es natural, se indignarían, murmurarían, cerrarían los puños. ¡Qué idiotas!

«¡Yo también he hecho mis estudios en la Universidad, y no soy inferior a vosotros, imbéciles!»--dijo casi en voz alta.

Tuvo calor, y se desabrochó el gabán; pero temiendo coger frío, se lo abrochó de nuevo.