Part 4
¿Pedís para la lámpara, ó para el aceite de la lámpara? que como decís limosna para la lámpara del aceite, parece que la lámpara es del aceite, no el aceite de la lámpara.
MOZO.
Ya todos entienden que pido para el aceite de la lámpara, y no para la lámpara del aceite.
SOLDADO.
¿Y suelen os dar limosna en esta casa?
MOZO.
Cada dia dos maravedís.
SOLDADO.
¿Y quién sale á dároslos?
MOZO.
Quien se halla mas á mano; aunque las mas veces sale una fregoncita, que se llama Cristina, bonita como un oro.
SOLDADO.
Asi que ¿es la fregoncita bonita como un oro?
MOZO.
Y como unas perlas.
SOLDADO.
¿De modo que no os parece mal á vos la muchacha?
MOZO.
Pues aunque yo fuera hecho de leño, no pudiera parecerme mal.
SOLDADO.
¿Cómo os llamais? que no querria volveros á llamar Santa Lucía.
MOZO.
Yo, señor, Andrés me llamo.
SOLDADO.
Pues señor Andrés, esté en lo que quiero decirle: tome este cuarto de á ocho, y haga cuenta que va pagado por cuatro dias de la limosna que le dan en esta casa, y suele recibir por mano de Cristina; y váyase con Dios; y séale aviso que por cuatro dias no vuelva á llegar á esta puerta, ni por lumbre, que le romperé las costillas á coces.
MOZO.
Ni aun volveré en este mes si es que me acuerdo: no tome vuesa merced pesadumbre, que ya me voy.
(_Váse._)
SOLDADO.
No sino dormios, guarda cuidadosa.
_Entra otro mozo vendiendo y pregonando tranzaderas, holanda de Cambray, randas de Flandes, é hilo portugués._
UNO.
¿Compran tranzaderas, randas de Flandes, Holanda, Cambray, hilo portugués?
_Cristina á la ventana._
CRISTINA.
Hola, Manuel: ¿traeis vivos para unas camisas?
UNO.
Sí traigo, y muy buenos.
CRISTINA.
Pues entra, que mi señora los ha menester.
SOLDADO.
¡Ó estrella de mi perdicion, antes que norte de mi esperanza! Tranzaderas, ó como os llamais, ¿conoceis aquella doncella que os llamó desde la ventana?
UNO.
Sí conozco, ¿pero por qué me lo pregunta vuesa merced?
SOLDADO.
¿No tiene muy buen rostro, y muy buena gracia?
UNO.
Á mí asi me lo parece.
SOLDADO.
Pues tambien me parece á mí que no entre dentro de esa casa, si no, por Dios juro de molelle los huesos, sin dejarle ninguno sano.
UNO.
¿Pues no puedo yo entrar á donde me llaman, para comprar mi mercadería?
SOLDADO.
Vaya, no me replique, que haré lo que digo, y luego.
UNO.
¡Terrible caso! pasito, señor soldado, que ya me voy.
(_Váse Manuel._)
_Cristina á la ventana._
CRISTINA.
¿No entras, Manuel?
SOLDADO.
Ya se fué Manuel, señora la de los vivos, y aun señora la de los muertos, porque á muertos y á vivos tienes debajo de tu mando y señorío.
CRISTINA.
¡Jesus, y qué enfadoso animal! ¿Qué quieres en esta calle y en esta puerta?
(_Éntrase Cristina._)
SOLDADO.
Encubrióse y púsose mi sol detrás de las nubes.
_Entra un Zapatero con unas chinelas pequeñas nuevas en la mano; y yendo á entrar en casa de Cristina, detiénele el soldado._
SOLDADO.
¿Señor bueno, busca usted algo en esta casa?
ZAPATERO.
Sí busco.
SOLDADO.
¿Y á quién, si fuere posible saberlo?
ZAPATERO.
¿Por qué no? Busco á una fregona, que está en esta casa, para darle estas chinelas que me mandó hacer.
SOLDADO.
¿De manera que usted es su zapatero?
ZAPATERO.
Muchas veces la he calzado.
SOLDADO.
¿Y hále de calzar ahora estas chinelas?
ZAPATERO.
No será menester: si fueran zapatillos de hombre, como ella los suele traer, sí calzára.
SOLDADO.
¿Y éstas están pagadas, ó no?
ZAPATERO.
No están pagadas, que ella me las ha de pagar agora.
SOLDADO.
¿No me haria usted una merced, que seria para mí muy grande? y es, que me fiase estas chinelas, dándole yo prendas que lo valiesen, hasta desde aquí á dos dias, que espero tener dineros en abundancia.
ZAPATERO.
Sí haré, por cierto: venga la prenda, que como soy pobre oficial, no puedo fiar á nadie.
SOLDADO.
Yo le daré á usted un mondadientes, que le estimo en mucho, y no le dejaré por un escudo. ¿Dónde tiene usted la tienda, para que vaya á quitarle?
ZAPATERO.
En la calle mayor, en un poste de aquellos, y llámome Juan Juncos.
SOLDADO.
Pues, señor Juan Juncos, el mondadientes es este, y estímele usted mucho, porque es mio.
ZAPATERO.
¿Pues una viznaga, que apenas vale dos maravedís, quiere usted que estime en mucho?
SOLDADO.
¡Ó pecador de mí! no la doy yo sino para recuerdo de mí mismo; porque cuando vaya á echar mano á la faldriquera, y no halle la viznaga, me venga á la memoria que la tiene usted y vaya luego á quitalla; si á fe de soldado, que no la doy por otra cosa; pero si no está contento con ella añadiré esta banda, y este antojo: que al buen pagador no le duelen prendas.
ZAPATERO.
Aunque zapatero, no soy tan descortés que tengo de despojar á vuestra merced de sus joyas y preseas: vuestra merced se quede con ellas, que yo me quedaré con mis chinelas, que es lo que me está mas á cuento.
SOLDADO.
¿Cuántos puntos tienen?
ZAPATERO.
Cinco escasos.
SOLDADO.
Mas escaso soy yo, chinelas de mis entrañas, pues no tengo seis reales para pagaros. Escuche vuestra merced, señor zapatero, que quiero glosar aquí de repente este verso que me ha salido medido:
Chinela de mis entrañas.
ZAPATERO.
¿Es poeta vuestra merced?
SOLDADO.
Famoso, y agora lo verá, estéme atento.
Chinelas de mis entrañas.
GLOSA.
Es amor tan gran tirano, Que olvidado de la fe Que le guardo siempre en vano, Hoy con la funda de un pie, Da á mi esperanza de mano. Estas son vuestras hazañas, Fundas pequeñas y hurañas, Que ya mi alma imagina Que sois, por ser de Cristina, Chinelas de mis entrañas.
ZAPATERO.
Á mí poco se me entiende de trovas; pero estas me han sonado tan bien, que me parecen de Lope, como lo son todas las cosas que son ó parecen buenas.
SOLDADO.
Pues señor, ya que no lleva remedio de fiarme estas chinelas, que no fuera mucho, y mas sobre tan dulces prendas, por mi mal halladas, llévelo, á lo menos, de que vuestra merced me las guarde hasta desde aquí á dos dias que yo vaya por ellas; y por ahora digo por esta vez al señor zapatero que no ha de ver ni hablar á Cristina.
ZAPATERO.
Yo haré lo que me manda el señor soldado; porque se me trasluce de qué pies cojea, que son dos, el de la necesidad y el de los zelos.
SOLDADO.
Ese no es ingenio de zapatero, sino de colegial trilingüe.
ZAPATERO.
¡Ó zelos, zelos, cuán mejor os llamáran duelos, duelos!
(_Éntrase el zapatero._)
SOLDADO.
No sino seais guarda, y guarda cuidadosa, y vereis como se os entran mosquitos en la cueva donde está el licor de vuestro contento: ¿pero qué voz es esta? sin duda es la de mi Cristina, que se desenfada cantando cuando barre ó friega.
(_Suenan dentro platos, como que friegan y cantan._)
Sacristan de mi vida, ténme por tuya, Y fiado en mi fe canta aleluya.
SOLDADO.
Oidos que tal oyen: sin duda el sacristan debe de ser el brinco de su alma. ¡Ó platera la mas limpia que tiene, tuvo ó tendrá el calendario de las fregonas! ¿Por qué asi como limpias esa loza talaveril, que traes entre las manos, y la vuelves en bruñida y tersa plata, no limpias esa alma de pensamientos bajos y sota-sacristaniles?
_Entra el amo de Cristina._
AMO.
Galan, ¿qué quiere ó qué busca á esta puerta?
SOLDADO.
Quiero mas de lo que seria bueno, y busco lo que no hallo; ¿pero quién es vuestra merced que me lo pregunta?
AMO.
Soy el dueño de esta casa.
SOLDADO.
¿El amo de Cristinica?
AMO.
El mismo.
SOLDADO.
Pues lléguese vuestra merced á esta parte, y tome este envoltorio de papeles: y advierta que ahí dentro van las informaciones de mis servicios, con veintidos fes de veintidos generales, debajo de cuyos estandartes he servido, amen de otras treinta y cuatro de otros tantos maestres de campo, que se han dignado de honrarme con ellas.
AMO.
Pues no ha habido, á lo que yo alcanzo, tantos generales ni maestres de campo de infantería española de cien años á esta parte.
SOLDADO.
Vuestra merced es hombre pacífico, y no está obligado á entendérsele mucho de las cosas de la guerra: pase los ojos por esos papeles, y verá en ellos, unos sobre otros, todos los generales y maestres de campo que he dicho.
AMO.
Yo los doy por pasados y vistos: ¿pero de qué sirve darme cuenta de esto?
SOLDADO.
De que hallará vuestra merced por ellos ser posible ser verdad una que agora diré, y es que estoy consultado en uno de tres castillos y plazas, que están vacas en el reino de Nápoles; conviene á saber, Gaeta, Barleta y Rijobes.
AMO.
Hasta agora ninguna cosa me importan á mí estas relaciones que vuestra merced me da.
SOLDADO.
Pues yo sé que le han de importar siendo Dios servido.
AMO.
¿En qué manera?
SOLDADO.
En que por fuerza, si no se cae el cielo, tengo de salir proveido en una de estas plazas, y quiero casarme agora con Cristinica; y siendo yo su marido, puede vuestra merced hacer de mi persona y de mi mucha hacienda, como de cosa propia: que no tengo de mostrarme desagradecido á la crianza que vuestra merced ha hecho á mi querida y amada consorte.
AMO.
Vuestra merced lo ha de los cascos[35], mas que otra parte.
SOLDADO.
¿Pues sabe cuánto le va, señor dulce, que me la ha de entregar luego, luego, ó no ha de atravesar las umbrales de su casa?
AMO.
¡Hay tal disparate! ¿y quién ha de ser bastante para quitarme que no entre en mi casa?
_Vuelve el sota-sacristan Pasillas, armado con un tapador de tinaja y una espada muy mohosa: viene con él otro sacristan, con un morrion, y una vara ó palo, atado á él un rabo de zorra._
SACRISTAN.
Ea, amigo Grajales, que este es el turbador de mi sosiego.
GRAJALES.
No me pesa sino que traigo las armas endebles y algo tiernas, que ya le hubiera despachado al otro mundo á toda diligencia.
AMO.
Ténganse, gentiles hombres: ¿qué desman y qué acecinamiento es este?
SOLDADO.
¿Ladrones, á traicion y en cuadrilla? Sacristanes falsos, voto á tal que os tengo de horadar, aunque tengais mas órdenes que un ceremonial: cobarde, ¿á mí con rabo de zorra? ¿Es notarme de borracho, ó piensas que estás quitando el polvo á alguna imágen de bulto?
GRAJALES.
No pienso sino que estoy ojeando los mosquitos de una tinaja de vino.
_Á la ventana Cristina y su ama._
CRISTINA.
Señora, señora, que matan á mi señor: mas de dos mil espadas están sobre él, que relumbran, que me quitan la vista.
ELLA.
Dices verdad, hija mia: Dios sea con él: santa Úrsula, con las once mil vírgenes sea en su guarda: ven, Cristina, y bajemos á socorrerle como mejor pudiéremos.
AMO.
Por vida de vuestras mercedes, caballeros, que se tengan, y miren que no es bien usar de superchería con nadie.
SOLDADO.
Tente, rabo, y tente, tapadorcillo, no acabeis de despertar mi cólera: que si la acabo de despertar, os mataré, y os comeré, y os arrojaré por la puerta falsa dos leguas mas allá del infierno.
AMO.
Téngase digo; sino por Dios que me descomponga de modo, que pese á alguno.
SOLDADO.
Por mí tenido soy, que te tengo respeto, por la imágen que tienes en tu casa.
SACRISTAN.
Pues aunque esa imágen haga milagros, no os ha de valer esta vez.
SOLDADO.
¿Han visto la desvergüenza de este bellaco, que me viene á hacer cocos con un rabo de zorra, no habiéndome espantado ni atemorizado tiros mayores que el de Dio, que está en Lisboa?
_Salen Cristina y su señora._
ELLA.
¡Ay, marido mio! ¿Estais por desgracia herido, bien de mi alma?
CRISTINA.
¡Ay, desdichada de mí! por el siglo de mi padre, que son los de la pendencia mi sacristan y mi soldado.
SOLDADO.
Aun bien que voy á la parte con el sacristan, que tambien dijo mi soldado.
AMO.
No estoy herido, señora; pero sabed que toda esta pendencia es por Cristinica.
ELLA.
¿Cómo por Cristinica?
AMO.
Á lo que yo entiendo, estos galanes andan zelosos por ella.
ELLA.
¿Y es esto verdad, muchacha?
CRISTINA.
Sí señora.
ELLA.
Mirad con qué poca vergüenza lo dice; ¿y háte deshonrado alguno de ellos?
CRISTINA.
Sí señora.
ELLA.
¿Cuál?
CRISTINA.
El sacristan me deshonró el otro dia, cuando fuí al rastro.
ELLA.
¿Cuántas veces os he dicho yo, señor, que no saliese esta muchacha fuera de casa, que ya era grande, y no convenia apartarla de nuestra vista? ¿Qué dirá ahora su padre, que nos la entregó limpia de polvo y de paja? ¿Y dónde te llevó, traidora, para deshonrarte?
CRISTINA.
Á ninguna parte, sino allí en mitad de la calle.
ELLA.
¿Cómo en mitad de la calle?
CRISTINA.
Allí en mitad de la calle de Toledo, á vista de Dios y de todo el mundo, me llamó de sucia, y de deshonesta, de poca vergüenza, y menos miramiento, y otros muchos baldones de este jaez, y todo por estar zeloso de aquel soldado.
AMO.
¿Luego no ha pasado otra cosa entre tí, ni él, sino esa deshonra que en la calle te hizo?
CRISTINA.
No por cierto, porque luego se le pasó la cólera.
ELLA.
El alma se me ha vuelto al cuerpo, que le tenia ya casi desamparado.
CRISTINA.
Y mas, que todo cuanto me dijo fue confiado en esta cédula, que me ha dado de ser mi esposo, que la tengo guardada como oro en paño.
AMO.
Muestra, veamos.
ELLA.
Leedla alto, marido.
AMO.
Asi dice: «Digo yo, Lorenzo Pasillas, sota-sacristan de esta parroquia, que quiero bien y muy bien á la señora Cristina de Parrazes; y en fe de esta verdad, le dí esta firmada de mi nombre, fecha en Madrid, en el cimenterio de San Andrés, á seis de mayo, este presente año de mil y seiscientos y once. Testigos mi corazon, mi entendimiento, mi voluntad y mi memoria.
_Lorenzo Pasillas._»
¡Gentil manera de cédula de matrimonio!
SACRISTAN.
Debajo de decir que la quiero bien, se incluye todo aquello que ella quisiere que yo haga por ella; porque quien da la voluntad, lo da todo.
AMO.
¿Luego si ella quisiese, bien os casaríades con ella?
SACRISTAN.
De bonísima gana, aunque perdiese la espectativa de tres mil maravedís de renta, que ha de fundar agora sobre mi cabeza una agüela mia, segun me han escrito de mi tierra.
SOLDADO.
Si voluntades se toman en cuenta, treinta y nueve dias hace hoy, que al entrar de la Puente Segoviana dí yo á Cristina la mia, con todos los anejos á mis tres potencias; y si ella quisiere ser mi esposa, algo irá á decir de ser castellano de un famoso castillo, á un sacristan no entero, sino medio, y aun de la mitad le debe de faltar algo.
AMO.
¿Tienes deseo de casarte, Cristinica?
CRISTINA.
Sí tengo.
AMO.
Pues escoge de estos dos que se te ofrecen el que mas te agradare.
CRISTINA.
Tengo vergüenza.
ELLA.
No la tengas, porque el comer, y el casar ha ser á gusto propio, y no á voluntad agena.
CRISTINA.
Vuestras mercedes, que me han criado, me darán marido como me convenga, aunque todavía quisiera escoger.
SOLDADO.
Niña, échame el ojo, mira mi garbo: soldado soy: castellano pienso ser: brio tengo de corazon: soy el mas galan hombre del mundo; y por el hilo de este vestidillo podrás sacar el ovillo de mi gentileza.
SACRISTAN.
Cristina, yo soy músico, aunque de campanas: para adornar una tumba, y colgar una iglesia para fiestas solenes, ningun sacristan me puede llevar ventaja; y estos oficios bien los puedo ejercitar casado, y ganar de comer como un príncipe.
AMO.
Ahora bien, muchacha, escoge de los dos el que te agrada, que yo gusto de ello, y con esto pondrás paz entre dos tan fuertes competidores.
SOLDADO.
Yo me allano.
SACRISTAN.
Y yo me rindo.
CRISTINA.
Pues escojo al sacristan.
_Han entrado los músicos._
AMO.
Pues llamen esos oficiales de mi vecino el barbero, para que con sus guitarras y voces nos entremos á celebrar el desposorio, cantando y bailando; y el señor soldado será mi convidado.
SOLDADO.
Acepto: Que donde hay fuerza de hecho Se pierde cualquier derecho.
MÚSICO.
Pues hemos llegado á tiempo, este será el estribillo de nuestra letra.
(_Cantan el estribillo._)
Siempre escogen las mujeres Aquello que vale menos, Porque escede su mal gusto Á cualquier merecimiento. Ya no se estima el valor, Porque se estima el dinero, Pues un sacristan prefieren Á un roto soldado lego; Mas no es mucho, que quien vió Que fue su voto tan necio, Que á sagrado se acogiese, Que es de delincuentes puerto: Que á donde hay fuerza, etc. Como es propio de un soldado, Que es solo en los años viejo, Y se halla sin un cuarto, Porque ha dejado su tercio Imaginar que ser puede Pretendiente de Gaiferos, Conquistando por lo bravo Lo que yo por manso adquiero; No me afrentan tus razones, Pues has perdido en el juego, Que siempre un picado tiene Licencia para hacer fieros. Que á donde, etc.
(_Éntranse cantando y bailando._)
FIN DE ESTE ENTREMES.
[Ilustración]
ENTREMES _DEL VIEJO ZELOSO_.
_Salen doña Lorenza, y Cristina, su criada, y Hortigosa, su vecina._
LORENZA.
Milagro ha sido éste, señora Hortigosa, el no haber dado la vuelta á la llave, mi duelo, mi yugo y mi desesperacion: este es el primero dia, despues que me casé con él, que hablo con persona de fuera de casa: que fuera le vea yo de esta vida á él y á quien con él me casó.
HORTIGOSA.
Ande, mi señora doña Lorenza, no se queje tanto: que con una caldera vieja se compra otra nueva.
LORENZA.
Y aun con esos y otros semejantes villancicos ó refranes me engañaron á mí: que malditos sean sus dineros, fuera de las cruces, malditas sus joyas, malditas sus galas, y maldito todo cuanto me da y promete. ¿De qué me sirve á mí todo aquesto, si en mitad de la riqueza estoy pobre, y en medio de la abundancia con hambre?
CRISTINA.
En verdad, señora tia, que tienes razon: que mas quisiera yo andar con un trapo atrás y otro adelante, y tener un marido mozo, que verme casada y enlodada con ese viejo podrido, que tomaste por esposo.
LORENZA.
¿Yo le tomé, sobrina? Á la fe diómele quien pudo; y yo, como muchacha, fui mas presta al obedecer, que al contradecir; pero si yo tuviera tanta esperiencia de estas cosas, antes me tarazara la lengua con los dientes, que pronunciar aquel sí, que se pronuncia con dos letras, y da que llorar dos mil años: pero yo imagino que no fue otra cosa, sino que habia de ser esta; y que las que han de suceder forzosamente, no hay prevencion ni diligencia humana que las prevenga.
CRISTINA.
Jesus, y del mal viejo: toda la noche daca el orinal, toma el orinal: levántate, Cristinica, y caliéntame unos paños, que me muero de la hijada: dame aquellos juncos, que me fatiga la piedra: con mas ungüentos y medicinas en el aposento, que si fuera una botica: y yo, que apenas sé vestirme, tengo de servirle de enfermera: pux, pux, pux, viejo clueco, tan potroso como zeloso, y el mas zeloso del mundo.
LORENZA.
Dice la verdad mi sobrina.
CRISTINA.
¡Pluguiera á Dios que nunca yo la dijera en esto!
HORTIGOSA.
Ahora bien, señora doña Lorenza, usted haga lo que le tengo aconsejado, y verá cómo se halla muy bien con mi consejo. El mozo es como un ginjo verde: quiere bien, sabe callar y agradecer lo que por él se hace; y pues los zelos y el recato del viejo no nos dan lugar á demandas ni á respuestas, resolucion y buen ánimo: que por la órden que hemos dado, yo le pondré al galan en su aposento de usted y le sacaré, si bien tuviese el viejo mas ojos que Argos, y viese mas que un zahorí, que dicen que ve siete estados debajo de la tierra.
LORENZA.
Como soy primeriza, estoy temerosa; y no querria, á trueco del gusto, poner á riesgo la honra.
CRISTINA.
Eso me parece, señora tia, á lo del cantar de Gomez Arias: señor Gomez Arias, doleos de mí, soy niña y muchacha, nunca en tal me ví.
LORENZA.
Algun espíritu malo debe hablar en tí, sobrina, segun las cosas que dices.
CRISTINA.
Yo no sé quién habla; pero yo sé que haria todo aquello que la señora Hortigosa ha dicho, sin faltar punto.
LORENZA.
¿Y la honra, sobrina?
CRISTINA.
¿Y el holgarnos, tia?
LORENZA.
¿Y si se sabe?
CRISTINA.
¿Y si no se sabe?
LORENZA.
¿Y quién me asegurará á mí que no se sepa?
HORTIGOSA.
¿Quién? la buena diligencia, la sagacidad, la industria, y sobre todo el buen ánimo y mis trazas.
CRISTINA.
Mire, señora Hortigosa, tráiganosle galan, limpio, desenvuelto, un poco atrevido, y sobre todo mozo.
HORTIGOSA.
Todas esas partes tiene el que he propuesto, y otras dos mas, que es rico y liberal.
LORENZA.
Que no quiero riquezas, señora Hortigosa: que me sobran las joyas, y me ponen en confusion las diferencias de colores de mis muchos vestidos: hasta eso no tengo que desear, que Dios le dé salud á Cañizares, mas vestida me tiene que un palmito, y con mas joyas que la vedriera de un platero rico. No me clavára él las ventanas, cerrára las puertas, visitára á todas horas la casa, desterrára de ella los gatos y los perros, solamente porque tienen nombre de varon: que á trueco de que no hiciera esto, y otras cosas no vistas en materia de recato, yo le perdonára sus dádivas y mercedes.
HORTIGOSA.
¿Que tan zeloso es?
LORENZA.
Digo, que le vendian el otro dia una tapicería á bonísimo precio, y por ser de figuras no la quiso; y compró otra de verduras, por mayor precio, aunque no era tan buena. Siete puertas hay antes que se llegue á mi aposento, fuera de la puerta de la calle, y todas se cierran con llave; y las llaves no me ha sido posible averiguar dónde las esconde de noche.
CRISTINA.
Tia, la llave de loba, creo que se la pone entre las faldas de la camisa.
LORENZA.
No lo creas, sobrina: que yo duermo con él y jamás le he visto, ni sentido que tenga llave alguna.
CRISTINA.
Y mas, que toda la noche anda como trasgo por toda la casa; y si acaso dan alguna música en la calle, les tira de pedradas porque se vayan: es un malo, es un brujo, es un viejo, que no tengo mas que decir.
LORENZA.
Señora Hortigosa, váyase, no venga el gruñidor y la halle conmigo: que seria echarlo á perder todo; y lo que ha de hacer, hágalo luego: que estoy tan aburrida, que no me falta sino echarme una soga al cuello, para salir de tan mala vida.
HORTIGOSA.
Quizá con esta que ahora se comenzará, se le quitará toda esa mala gana, y le vendrá otra mas saludable, y que mas la contente.
CRISTINA.
Asi suceda; aunque me costase á mí un dedo de la mano: que quiero mucho á mi señora tia, y me muero de verla tan pensativa y angustiada en poder de este viejo y reviejo: y mas que viejo; y no me puedo hartar de decille viejo.
LORENZA.
Pues en verdad que te quiere bien, Cristina.
CRISTINA.
¿Deja por eso de ser viejo? Cuanto mas, que yo he oido decir que siempre los viejos son amigos de niñas.
HORTIGOSA.
Asi es la verdad, Cristina, y á Dios, que en acabando de comer doy la vuelta. Usted esté muy en lo que dejamos concertado, y verá cómo salimos y entramos bien en ello.
CRISTINA.
Señora Hortigosa, hágame merced de traerme á mí un frailecico pequeñito, con quien yo me huelgue.
HORTIGOSA.
Yo se le traeré á la niña pintado.
CRISTINA.
Que no le quiero pintado, sino vivo, vivo, chiquito como unas perlas.
LORENZA.
¿Y si lo ve tio?
CRISTINA.
Diréle yo que es un duende, y tendrá de él miedo, y holgaréme yo.
HORTIGOSA.
Digo que yo le trairé; y á Dios.
(_Váse Hortigosa._)
CRISTINA.
Mire, tia, si Hortigosa trae algun galan, y á mí el frailecico, y si señor los viere, no tenemos mas que hacer, sino cogerle entre todos, y ahogarle, y echarle en el pozo ó enterrarle en la caballeriza.
LORENZA.
Tal eres tú, que creo lo harias mejor que lo dices.
CRISTINA.
Pues no sea él viejo zeloso, y déjenos vivir en paz; pues no le hacemos mal alguno, y vivimos como unas santas.
(_Éntranse._)
_Salen Cañizares, viejo, y un compadre suyo._
CAÑIZARES.
Señor compadre, señor compadre: el setenton que se casa con quince, ó carece de entendimiento, ó tiene gana de visitar el otro mundo lo mas presto que le sea posible. Apenas me casé con doña Lorencica, pensando tener en ella compañía y regalo, y persona que se hallase en mi cabecera, y me cerrase los ojos al tiempo de mi muerte, cuando me embistieron una turba multa de trabajos y desasosiegos: tenia casa y busqué casar: estaba pesado y desposéme.
COMPADRE.
Compadre, error fue, pero no muy grande; porque segun el dicho del apóstol, mejor es casarse que abrasarse.
CAÑIZARES.