Los enemigos de la mujer

Part 10

Chapter 103,868 wordsPublic domain

Después del almuerzo, los dos se apresuraban á marcharse al Casino. El príncipe, si no asistía á un concierto, se quedaba con Novoa y el coronel en una _loggia_ del piso alto, contemplando el mar. La guerra había poblado esta parte del Mediterráneo. En tiempos normales era un mar desierto y monótono, sin otros incidentes que el revuelo de las gaviotas, los espumosos saltos de los delfines y algún que otro trapo de barca pescadora. Los vapores y los grandes veleros apenas si se marcaban como una pequeña sombra en el horizonte, navegando rectamente de Marsella á Génova, sin contornear el extenso golfo de la Costa Azul. Pero ahora el peligro submarino había obligado á la navegación comercial á deslizarse al amparo de las costas. Casi todos los días pasaban convoyes: vapores de carga de diversas nacionalidades pintarrajeados como cebras para disminuir su visibilidad y escoltados por torpederos franceses é italianos.

Estos rosarios de buques, navegando tan cerca de la costa que podían leerse sus títulos y distinguir á sus capitanes erguidos en el puente, hacían hablar al príncipe y al profesor de los horrores de la guerra.

Intervenía el coronel á veces en el diálogo, pero era para lamentarse de los obstáculos que oponía la tal guerra á sus funciones de intendente. Cada día resultaba más difícil su gestión. No encontraba nada que valiese la pena de ser presentado en una mesa como la del príncipe, y eso que los precios pagados por él le producían indignación al compararlos con los de los tiempos de paz. ¡Y la servidumbre!... Había hecho venir criados de España, ya que todos los del país estaban en el ejército, pero se los sonsacaban inmediatamente los dueños de los hoteles. Todos preferían servir en cafés ó alojamientos de continuo tránsito, seducidos por el azar de las propinas y el roce con las camareras de blanco delantal.

Había improvisado un servicio de comedor con aquellos dos muchachos italianos de Bordighera cuyas familias estaban instaladas en Mónaco. El mayor, más avispado, se apellidaba Pistola, y trataba despóticamente á su compañero, largándole hipócritas patadas y coscorrones en pleno comedor cuando el coronel estaba de espaldas. Atilio, por la atracción del consonante, había apodado Estola al compañero de Pistola, y todos en la casa aceptaban el nombre, hasta el propio interesado.

--¡Lo que me ha costado adecentarlos y educarlos!--gemía Toledo--. Y ahora parece que los van á llamar de Italia para que sean soldados... ¡Más hombres á la guerra! ¡Hasta estos chicuelos, que aún no tienen la edad!... ¿Qué haremos cuando se vayan Estola y Pistola?

Muchas noches, á la hora de comer, sufría quebrantos la disciplina de la comunidad. El primero que faltó fué Spadoni. Llegaba después de media noche, diciendo que había comido con unos amigos. Otras veces no volvía; y transcurridos varios días, se presentaba tranquilamente, como si hubiese salido horas antes, con la serena inconsciencia de un perrillo vagabundo. Nadie podía saber con certeza dónde había estado. El mismo lo ignoraba. «Encontré á unos amigos...» Y en el curso de media hora, estos amigos eran los ingleses de Niza ó una familia de Cap-Martin, como si hubiese vivido en los dos lugares al mismo tiempo.

Atilio también faltaba. Un compañero de juego le había enseñado en el Casino los pequeños cartones partidos en columnas que sirven para marcar las alternativas del «rojo» y el «negro». Varias damas extraían de sus sacos de mano, entre el pañuelo, la caja de polvos, el lápiz para los labios, los billetes de Banco y las fichas de diversos colores, que son el dinero del juego, unos documentos de igual clase. Todos los textos estaban acordes. Por la mañana y por la tarde perdían los «puntos» y ganaba la casa; pero á partir de las ocho de la noche, una fortuna loca sonreía á los jugadores. Las estadísticas no podían ser más claras: imposible la duda. Y Castro renunciaba á la buena mesa de Villa-Sirena, contentándose con un _bock_ y un emparedado en el _bar_. Luego regresaba á media noche en un carruaje de alquiler, pagando á manos llenas al cochero asombrado. Otras veces, de pie ante la verja, rebuscaba en su portamonedas antes de reunir el precio de la carrera. Los hados habían mentido. Los augures de los cartoncitos estaban á aquellas horas tan limpios como él.

Toledo mascullaba protestas. Este desorden le hacía lamentar una vez más la escasez de personal. La servidumbre se levantaba tarde, á causa de sus esperas nocturnas. Por esto el coronel sentía la satisfacción de un gobernador de fortaleza que ve todas las poternas cerradas y siente las llaves en su bolsillo, las noches en que no faltaba ningún compañero del príncipe. Después de la comida escuchaban á Spadoni. Sentado ante un gran piano de cola, hacía música á su capricho ó seguía las órdenes del príncipe, melómano de gustos pervertidos por un excesivo refinamiento, que sólo deseaba obras de autores extravagantes y obscuros.

Castro, que era pianista, no podía á veces ocultar su entusiasmo ante los prodigios de este ejecutante.

--¡Y pensar que es un imbécil!--exclamaba con la franqueza de la emoción--. Todas sus facultades las ha deformado y aglomerado, concentrándolas en la música, sin dejar nada para los demás... No importa; es un idiota... pero un idiota sublime.

Algunas noches, Spadoni se quedaba con un codo en el teclado y la frente en la diestra, como si la música le ensimismase, cuando, en realidad, lo que danzaba debajo de sus melenas eran cuadrados rojos y negros, muchos naipes y treinta y seis números formando tres filas presididas por el cero. El príncipe, molestado por este silencio, se dirigía á Castro.

--Cuéntanos algo de tu abuelo don Enrique.

Este abuelo había sido casado con una tía del general Saldaña; y aunque Atilio no alcanzó á conocerle, hablaba con frecuencia de él como de un personaje curioso que le inspiraba cierto orgullo ó amargas ironías, según el estado de su ánimo. Era un hombre de belicoso humor y sombríos entusiasmos, que había acabado de dilapidar la fortuna de la familia, ya quebrantada por los antecesores. Emparentado con un gran número de aristócratas, terminó por negar este parentesco, como si fuese algo vergonzoso. Los títulos de nobleza de su familia dejó que los tomasen otros. El lema que figuraba, desde siglos en el escudo de los Castro lo había reemplazado con uno de su invención, que resumía su vida entera: «Mañana más revolucionario que hoy.» Durante treinta años no hubo en España insurrección triunfante ó abortada en la que no interviniese este caballero de gesto sombrío, quisquilloso, espadachín, que trataba á los hombres como un déspota y estaba dispuesto á morir por la libertad del género humano.

--¡Un don Quijote rojo!--decía Castro.

De niño recordaba haber jugado con su sable, fabricado en Toledo: un arma repujada de oro, con arabescos copiados de la vieja espada del descubridor y conquistador Alvaro de Castro, que había sido Adelantado en las Indias. Pero en lo alto de la hoja, donde los abuelos ponían su mote de fidelidad á Dios y al rey, él había hecho grabar «¡Viva la República!». Sin este sable caballeresco, se negaba á tomar parte en una revolución. Lo había llevado de Sicilia á Nápoles siguiendo á Garibaldi para destronar á los Borbones. «Mañana más revolucionario que hoy»; y sus compañeros le parecían de pronto unos reaccionarios, lo que le hacía buscar nuevas doctrinas que colmasen su insaciable deseo de destrucción y renovación. Al fin, este descendiente de Adelantados y Virreyes acabó por ingresar en la primera «Internacional de trabajadores». Y lo más extraordinario fué que su primitiva educación, sus altiveces y sus acometividades paladinescas le acompañaron en esta vida nueva, haciéndole convertir la más insignificante divergencia de doctrina en un «asunto de honor».

Por discusiones de comité se había batido en París con un «camarada» obrero. Apenas cruzaron los sables, el trabajador recibió un corte en la cabeza.

--Es justo--dijo el herido limpiándose la sangre--. El marqués, que ha podido aprender el manejo de las armas, debe pegarle al hijo del pueblo.

Don Enrique palideció ante esta ironía, y por restablecer la igualdad, por suprimir sus ventajas históricas, levantó el sable, dándose una feroz cuchillada en el cráneo, mientras corrían los testigos á sujetarle para que no reincidiese.

Después de seguir por segunda vez á Garibaldi en la guerra de 1870, batiéndose contra los prusianos en Dijón, el movimiento insurreccional de la Commune le atrajo á París.

--Creo que lo hicieron general--decía Atilio--. En aquella mascarada trágica debió sufrir mucho. Lo cierto es que lo fusilaron las tropas del gobierno y nadie sabe dónde fué enterrado.

La admiración por este abuelo de vida novelesca se amortiguaba al pensar en su madre. Pobre, huérfana y olvidada de sus parientes, había tenido que casarse con un hombre que casi podía ser su padre, llevando fuera de España la vida errabunda de las familias del cuerpo consular. Atilio había nacido en Liorna, recibiendo el mismo nombre de su padrino, un viejo señor italiano amigo del cónsul de España. El recuerdo de su abuelo venía á entenebrecer de vez en cuando la existencia de su pobre madre, resignada y devota. En Roma, los españoles de paso, todos gentes de sanas ideas que llegaban para ver al Papa, torcían el gesto al enterarse de su origen. «¡Ah! ¡Usted es la hija de Enrique de Castro!...» Y ella parecía encogerse, pedir perdón con sus ojos tristes y humildes.

--Yo no reniego de mi abuelo--añadía Atilio--. Me hubiese gustado conocerle. Lo único que lamento es que nos dejase tan pobres; aunque sus antecesores ya habían hecho más que él para arruinarnos.

Los días en que había perdido se mostraba más quejumbroso, recordando las inmensas posesiones de los Castro de la conquista americana.

--Hay ahora inmensas ciudades en campos que dió el rey á mis antecesores. Uno de mis remotos abuelos apacentaba sus caballos y construía su barraca colonial donde existen actualmente jardines, monumentos y grandes hoteles. Eran centenares de millones de metros: á una peseta el metro, ¡imagínate, Miguel! Sería más rico que tú, más rico que todos los millonarios del mundo... Y no soy mas que un mendigo bien trajeado. ¡Ira de Dios! ¿Por qué no guardaron mis abuelos sus tierras, en vez de dedicarse á servir al rey ó al pueblo? ¿Por qué no hicieron lo que cualquier patán que conserva religiosamente lo que le entregaron sus antecesores?...

Otras noches, sentados en la _loggia_, escuchaba el príncipe á Novoa ante el nocturno espectáculo del cielo y del mar. No había más luz que el velado resplandor que llegaba desde un salón lejano. La costa estaba obscura. La silueta de Monte-Carlo y de Mónaco se recortaba sobre el fondo estrellado, sin un solo punto rojo. Eran escasos los reverberos en la ciudad, y además tenían los vidrios pintados de azul. Los farolones de la escalinata del Casino estaban enfundados como las linternas de un coche fúnebre. La amenaza de los submarinos alemanes mantenía á todo el principado en la obscuridad, lo mismo que las costas de Francia. Sólo á la entrada del puerto de Mónaco las dos torrecillas octogonales tenían en sus cimas un faro rojo y un faro verde, que derramaban sobre las aguas un zigzag de rubíes y otro de esmeraldas.

En esta penumbra, puesto de pie y mirando á los astros, Novoa hablaba de la poesía de la inmensidad, de las distancias que dan el vértigo al cálculo humano. A Spadoni le era imposible imitar la atención del príncipe y de Castro. ¿Qué podía importarle la llamada estrella tricolor? Los millones de millones de leguas de que hablaba el sabio despertaban su bostezo; y por una asociación de ideas, se dedicaba á jugar mentalmente, suponiendo que acertaba cincuenta veces seguidas, siempre doblando.

Ponía una simple moneda de cinco francos--la puesta menor que admiten en el Casino--, y á los veinticinco golpes se detenía con espanto. Había ganado treinta y tres millones y medio de duros: más de ciento sesenta y siete millones de francos. ¡Solamente en veinticinco minutos!... El Casino cerraba sus puertas, declarándose en quiebra; pero esto no conseguía sacarle de su delirio. La prodigiosa pieza de cinco francos continuaba sobre el paño verde al lado de una montaña de dinero que seguía creciendo y creciendo. Había que completar los cincuenta golpes, siempre doblando. Dió cinco más en su imaginación y se detuvo. Ya había ganado mil setenta y tres y pico de millones de duros: más de cinco mil millones de francos. Tendrían que entregarle el principado entero de Mónaco, y aun esto tal vez no alcanzase á cubrir la deuda. Al golpe treinta y cinco, el simple «napoleón» se había convertido en treinta y cuatro mil millones de duros: ciento setenta y un billones de francos. No le iban á pagar; estaba seguro de ello. Sería necesario que se reuniesen todas las grandes potencias de Europa, que se aliasen como para una gran guerra, y aun así tal vez no hiciesen honor al crédito que les presentaba el pianista Teófilo Spadoni.

Ya no podía calcular mentalmente. A los veinte golpes tuvo que valerse del lápiz que le servía en el Casino para marcar la marcha del juego y de aquellos cartones divididos en columnas que facilitaban los empleados. El dorso resultaba estrecho para sus ganancias, que se ensanchaban, formando cantidades quiméricas. Siguió su juego triunfador. En el golpe cuarenta se detuvo. Cinco millones de millones de francos. Decididamente, no le podían pagar ni en Europa ni en el mundo entero. Las naciones tendrían que ponerse en venta, el globo terráqueo saldría á pública subasta, los hombres serían esclavos, todas las mujeres se alquilarían para entregarle el producto de su deshonor; y aun así, sería preciso que solicitasen un plazo de unos cuantos miles de años para quedar bien con él, acreedor del universo, sentado en su banqueta de pianista como sobre un trono.

Aunque tenía la certeza de que le engañaban, de que nadie en la tierra ni el cielo podía afianzar á la banca, siguió jugando. Sólo quedaban diez golpes. Y cuando dió el que hacía cincuenta, tuvo un rasgo magnánimo. Regaló con el pensamiento á los empleados del Casino los centenares, los miles, los millones y los millones de millones. El se quedaba simplemente con la cifra que figuraba á la cabeza de la ganancia, y escribió en su cartoncito:

5.000.000.000.000.000 de francos

¡Cinco mil billones!... Como producto de cincuenta minutos de trabajo, no estaba mal.

Llamó de pronto su atención el silencio con que el príncipe y Castro escuchaban á Novoa, y fijó en éste sus ojos de visionario todavía deslumbrados por el revoloteo áureo de la Quimera.

También el sabio hablaba de millones de millones, de cifras que no podía abarcar con palabras y detallaba repitiendo uno tras otro docenas de ceros. El pianista creyó entender que profetizaba la vejez del sol dentro de un plazo (aquí una cifra interminable), la desaparición de la vida presente, la fuga del astro hacia una constelación remotísima, su apagamiento y su muerte (otra cifra que infundía miedo).

Sonrió Spadoni con desprecio. El sol, la constelación de Hércules adonde éste se dirige, los cien mil millones de millones de años que necesita para llegar á ella, los diez y siete millones de años que tardará en apagarse, dejando de calentar la vida de la tierra, todos los cálculos de este sabio, ¡miseria, pura miseria! Si él dejaba su moneda sobre la mesa cincuenta veces más, las cifras de la astronomía iban á resultar despreciables y ridículas al lado de una ganancia obtenida en cien minutos. Sólo Dios podía ser su banquero, pagándole con estrellas como si fuesen monedas; ¿y quién sabe si el mismo Dios sería capaz de resistir el centésimo golpe de cinco francos, siempre doblando, y no tendría que declararse en quiebra?...

Se sumió por algún tiempo en la contemplación interna de su grandeza. Al volver á la vida exterior, la voz de Novoa seguía sonando con cierto misterio ante el obscuro horizonte, perforado arriba por las punzadas de las estrellas, ondeado abajo por la fosforescencia de las olas.

El príncipe le había impulsado á hablar del mar como regulador y origen de la vida. El pianista se enteró de que los océanos cubren las tres cuartas partes del globo, y como representan una fuerte mayoría sobre los continentes, éstos viven sometidos á aquéllos, aunque se crean superiores, como los gobiernos tienen que sufrir la influencia del sufragio universal y acatar la fuerza de las mayorías. Todas las grandes leyes atmosféricas se establecen, no en la reducida superficie de las tierras, rugosa y quebrada, sino en la limpia extensión de los océanos, que permite á las moléculas obedecer libremente á las leyes mecánicas de los flúidos.

Spadoni tocó en un codo á Castro. Quería comunicarle en voz baja la inaudita ganancia que acababa de realizar. Pero Atilio repelió su mano sin volver la vista y siguió escuchando.

Novoa hablaba ahora de las aguas ardientes condensadas en la atmósfera primitiva del globo, que se habían precipitado sobre su corteza en formación, disolviendo ó arrastrando cuanto encontraban en esta superficie acabada de nacer.

--Con la sal que hay en los océanos--dijo Novoa--se podría construir todo el relieve del continente africano.

El pianista volvió á agitarse. ¡Una Africa toda de sal! ¿De qué podía servir eso?...

--Castro, escúcheme--dijo en voz muy queda--. Yo pongo cinco francos y doy cincuenta golpes, siempre doblando, ¿sabe usted?...

Pero el otro no quiso saber nada, y rechazó el cartoncito que le tendía ocultamente.

Spadoni, ofendido, cerró los ojos, queriendo aislarse y no escuchar estas cosas sin importancia para él. Si el sabio hablaba todas las noches, él perdonaría la hospitalidad del príncipe, yendo en busca de otros amigos.

De pronto, una palabra le sacó de su altivo aislamiento, haciéndole abrir los ojos. El profesor hablaba del oro arrastrado por las lluvias hirvientes de la creación planetaria y que estaba disuelto en el mar.

--Sólo hay unos miligramos por tonelada de agua; pero con el que existe en los océanos se podría formar una mole tan enorme, que, repartida proporcionalmente entre los mil quinientos millones de habitantes que tiene la tierra, nos tocaría á cada uno un lingote de cuarenta mil kilos, ó sean cuarenta mil toneladas de oro.

El pianista avanzó su rostro, estupefacto. ¿Qué decía el profesor?

--Y teniendo en cuenta--prosiguió Novoa--el curso del oro antes de la guerra, el lingote que nos corresponde á cada uno de los humanos representa ciento veinte millones de francos.

Fué cortado el silencio por un ruido estridente. Castro volvió la cabeza, creyendo que Spadoni roncaba. Al ver sus ojos desmesuradamente abiertos, comprendió que era un suspiro emocionado, una exclamación de sorpresa.

--Doy mi parte por cien mil francos en billetes--dijo con voz grave.

Y mientras los demás reían, él quedó con la mirada fija en Novoa. ¡El mar!... ¡quién diría que el mar!... Aquel sabio sabía mucho; y él, con repentina veneración, se propuso escucharlo siempre.

* * * * *

Una noche, Atilio y el príncipe comieron solos. El pianista se había fugado á Niza, al salir del Casino, con sus amigos los ingleses, que jugaban al _poker_ en el landó. Novoa estaba invitado á comer por un colega del Museo, y no volvería hasta media noche.

Miguel recordó sus impresiones de la tarde. Había ido al Casino para asistir á un concierto clásico, osando arrostrar la curiosidad obsequiosa de los empleados y el miedo á tropezarse con algunas de sus antiguas amistades. Desde la escalinata exterior á las puertas del teatro tuvo que responder á una serie de profundos saludos de los funcionarios, unos con kepis y dorados botones, otros de levita solemne, erguidos y dignos como notarios de comedia. La gente que paseaba por el atrio se fijó inmediatamente en él. «¡El príncipe Lubimoff!» Todos recordaban su yate, sus aventuras, sus fiestas, repitiendo su nombre como un eco de gloriosa resurrección. Había tenido que pasar á toda prisa entre los grupos, con la mirada vaga, fingiéndose abstraído, para no ver ciertas sonrisas conocidas, ciertos rostros invitadores que le hacían evocar visiones dulces del pasado.

Buscó un asiento de los más ocultos en la sala de espectáculos, un rincón de diván junto á la pared; pero también aquí le persiguió la curiosidad. En torno del atril del director estaban los músicos de más renombre, los que se engalanaban con el título de «solistas de S. A. S. el Príncipe de Mónaco». Algunos de ellos habían navegado en el _Gaviota II_ formando parte de su orquesta. Durante unos compases de espera, el primer violín, al mirar á la sala para reconocer á sus entusiastas, descubrió á Lubimoff, participando inmediatamente su sorpresa á los otros solistas. Todos le sonrieron, dedicándole con los ojos lo que surgía de sus instrumentos, y el público acabó por fijarse en este señor medio oculto que poco á poco iba atrayendo las miradas de la orquesta entera.

Al terminar el concierto salió apresuradamente, temiendo que le cortasen el paso ciertas amigas antiguas que había descubierto entre la concurrencia. Cruzó el atrio violentamente, hendiendo los grupos que no le dejaban avanzar. Aquí había llamado su atención un personaje de ademanes majestuosos y aspecto excesivamente brillante, con sombrero hongo, pero de seda gris bien peinada, gabán de color de miel con bocamangas de terciopelo del mismo tono y guantes y zapatos blancos. Las patillas grises estaban unidas al bigote; la raya del peinado descendía hasta la nuca, y por encima de las orejas avanzaban, brillantes de cosméticos, dos mechones recortados y teñidos.

--Creí que era un general ruso ó un personaje austriaco vestido de invierno, con una elegancia digna de la Costa Azul, y eras tú, querido coronel. Aún no te había visto fuera de Villa-Sirena.

Toledo se ruborizó, no sabiendo si enorgullecerse ó afligirse por estas palabras.

--Alteza, siempre me ha gustado vestir bien y...

--¿Quién era la señora que hablaba contigo?...

--Era la Infanta. Me contaba que había perdido siete mil francos que le enviaron de Italia, que no tiene con qué atender á los gastos de su vida, y...

--¿Una flaca con un gran sombrero de _cow-boy_?... No, no es esa. Te pregunto por la otra.

«La otra» sólo la había visto de espaldas, pero atrajo momentáneamente su atención por su esbeltez y su aire de señorío.

--Alteza--dijo don Marcos titubeando--, era la duquesa de Delille.

Un silencio. Y como si con esto le hubiese pillado su príncipe en falta y necesitara excusarse, se apresuró á añadir:

--Es muy buena con la Infanta. Le regala trajes para sus hijos, creo que hasta le presta su ropa... ¡Una hija de rey! ¡Una nieta de San Fernando!... Yo soy un viejo soldado de la legitimidad, y no puedo menos de agradecer que...

Miguel cortó su protesta con un gesto. Basta: no quería oir más. Y se dirigió á Castro. También lo había visto cerca de la salida del Casino hablando con otra dama.

--Y yo te vi igualmente--dijo Atilio--, pero ibas impetuoso y con la cabeza baja, abriéndote paso lo mismo que un toro acosado. ¿Quieres saber quién es esta señora? ¿Te interesa?...

Lubimoff levantó los hombros; pero su indiferencia era falsa. En realidad, le había interesado, aunque ligeramente, esta desconocida, rubia, alta, con un aspecto de vigor esbelto, de ágil soltura, como las gimnastas y las amazonas.

--Pues es «la Generala»--continuó Castro, sin parar mientes en la falta de curiosidad de su amigo--. Este generalato no hay que tomarlo en serio. Es un apodo cariñoso. Creo que lo inventó la de Delille, pues te advierto que las dos son muy amigas. Es generala como otros pueden ser coroneles.

Don Marcos no reparó en esta maldad. Atilio se mostraba esta noche de mal humor, con los nervios excitados, deseoso de morder. Debía haber perdido en el juego.