Part 7
LA SEÑORA MASCHINE.--No tendría nunca agua caliente a la hora que la deseara. ¡Créame usted...! No hay más remedio que aguantarse. Tanto más, cuanto que aquí habrá de pasar usted sus horas de soledad. Cuando su marido desayune fuera, aquí desayunará usted. Aquí meditará y reflexionará usted; aquí recibirá usted a sus mejores amigas. Lo más claro de su existencia transcurrirá en esta sala; en ella reconquistará usted al marido vacilante...
LUCY.--Espero que el señor Mers no vacilará nunca...
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Quién sabe...! Acuérdese usted de mi consejo: cuide mucho el tocador. (_Un silencio._) Ahora, señoras, ya sólo me falta enseñarles el recibimiento.
LUCY.--¿La antesala...?
(_Nuevo viaje._
LA SEÑORA MASCHINE.--¡No! ¡Nada de antesala...! ¿Para qué sirve...? ¿Qué significa este aposentillo amueblado con una percha y con un arcón de madera...? ¡No! Prepare una buena entrada al visitante; que éste no se sienta desconcertado por la decoración hostil; que pueda esperar, arrellanado en un sillón, en medio de un ambiente simpático, el minuto de audiencia que usted le concederá; que salga usted a su encuentro, si es preciso, hasta el vestíbulo, el cual resultará así un disimulado recibimiento. Ponga usted aquí la mentira inicial de su vida mundana. Sea esta habitación encantadora e íntima...! Entrase así a pie llano en la cordialidad de usted. El proveedor, el visitante, el pordiosero, todos se juzgarán bien recibidos, y de esta manera muchos de los indiferentes a quienes usted atienda se convertirán en amigos suyos.
LUCY.--Si usted me lo permite, señora, le compro todo el mobiliario.
LA SEÑORA MASCHINE.--Rechazo su proposición; en primer lugar, porque este mobiliario no es exactamente el que le conviene y, además, porque ya está vendido.
LUCY (_desolada_).--Entonces, ¿me abandona usted...?
LA SEÑORA MASCHINE.--Déjeme continuar: mañana iré a visitar su palacio. No se preocupe usted de la instalación; yo me encargo de ella. Le costará doscientos mil francos a precio alzado; pero dentro de veinte días estará usted en su verdadero hogar, que será todavía más cordial que éste.
LUCY.--Una última pregunta. ¿Qué tal es el hogar de usted, que se dedica a adornar los hogares del prójimo...?
LA SEÑORA MASCHINE.--¿Mi hogar...? Yo vivo en un hotel.
X
CURSO DE MEDICINA
_La señorita Sita Volanges, siguiendo las exhortaciones de su amiga íntima Vera Shrestenieff, se ha alistado bajo la bandera de las «Hijas de Galia», Sociedad para la educación de las enfermeras benévolas; las Hijas de Galia se cubrieron de gloria durante la guerra: instalaron ciento cuarenta hospitales en el frente; desafiaron los bombardeos; veinte enfermeras de la Sociedad fueron muertas; ciento cincuenta resultaron heridas; la Casa fué mencionada muchas veces en la orden del día. Damas muy distinguidas organizaron sanatorios bajo la égida de la «H. D. G.», y ganaron la cruz de guerra. Los cursos para enfermeras benévolas se dan siempre en el amplio hotel cedido por la señora condesa de los Charmes, en la calle Spontini. Allí está instalado un hospital escolar, donde los peludos son cuidados y mimados. En la sala principal, que antes fuera salón, los últimos enfermos acaban su convalecencia. Es una amplia sala encristalada, completamente blanca, llena de blancos lechos y flanqueada de mesas. Unas comedidas jóvenes, vestidas de blanco, juegan a los naipes y al dominó con los gloriosos heridos. Es una escena íntima y muy conmovedora, señoreada por una abrumadora impresión de aburrimiento. Se ha notado que el aburrimiento era un remedio infalible para los convalecientes. Las señoritas Sita y Vera atraviesan con viveza la ciudad doliente y se presentan en un saloncito lleno de jóvenes y viejas damas, que esperan la apertura del curso. Están vestidas de enfermeras._
VERA.--Permítanme ustedes, señoras, que les presente a mi amiga la señorita Volanges, la cual acaba de alistarse bajo nuestra bandera... Haga el favor, mi generala, de tomar a mi ahijada bajo su protección.
LA GENERALA (_una comadre gruesa y canosa; pero de modales autoritarios_).--¡Ah...! ¿Una nueva recluta...? ¡Muy bien...! ¡Es usted muy joven y muy linda, señorita...! ¡Y, además, bastante rubia...! ¡En fin...! ¿A qué se dedica su padre...?
SITA (_tímida_).--Mi padre es director de las Forjas de Commentry-Yapamieux.
LA GENERALA (_ya más amable_).--¿Un metalúrgico...? ¡Bueno...! ¿Tiene usted vocación...?
SITA.--Creo que sí. Querría consagrar mi vida a cuidar los sufrimientos, a inclinarme sobre los dolores.
LA GENERALA.--¡Sí...! Además, para una mujer nunca resulta desagradable ver sufrir a los hombres. Y es más agradable todavía consolarlos.
SITA.--Siento dentro de mí algo como un apostolado...
LA GENERALA.--¡Ya lo veremos en la curación...! Pero no en seguida; antes hay que seguir los cursos...
SITA.--Yo tengo ya algunas nociones de Medicina.
LA GENERALA.--Esto puede ser ya mucho, o puede ser poco. Nosotras debemos atenernos al lado práctico y no procurar jugar a los médicos, como lo hacen las bachilleras que rodean a la señora marquesa de la Escalinata del Patio de Guardias.
SITA.--¿Quién es esa dama?
LA GENERALA.--Una vieja pava blasonada, amiga de la condesa de los Charmes, a la que han nombrado presidenta, mientras que la condesa, que ha prestado su palacio, y yo, que he obtenido el apoyo del Gobierno militar, no somos mas que vicepresidentas... ¡Y pensar que sin mí no hubiéramos tenido un solo herido...!
SITA.--¿De veras...?
LA GENERALA.--¡A ver...! Las «Damas de Aquitania», la Sociedad rival, se las habían compuesto para acaparar todos los heridos graves de París y todos los cirujanos famosos... ¡Figúrese usted cómo se burlarían de nosotras...! Yo me las arreglé de tal modo, que al fin decidieron enviar a nuestro hospital modelo una parte de los heridos, que las imbéciles de enfrente pretendían acaparar. Le juro que no fué cosa fácil. ¡Maldita sea...! ¡Qué batalla...! Menos mal que acabamos ganándola por nuestra propia autoridad. Sin embargo, la querida marquesa se atribuyó todo el mérito de la victoria y se hizo nombrar presidenta.
SITA.--¡Parece que usted no la quiere mucho...!
LA GENERALA.--La detesto, y ella me paga en la misma moneda. Por esta causa, le advierto que no se deje engatusar por ella. Yo soy muy cabal en mis amistades y estimo con razón que las que no están conmigo están contra mí...
SITA (_ingenua_).--¿Es que hay dos partidos...?
LA GENERALA.--Hay hasta tres, si se cuenta el de la señora de los Charmes. ¡Pero esto no tiene importancia...! La buena condesa cedió su palacio y no se le pide más.
VERA (_acercándose_).--Generala: la llaman en el economato...
LA GENERALA.--¡Atiza...! ¡Alguna equivocación de la encargada...! ¿Lo está usted viendo...? ¡No se puede hacer nada sin mí...! (_Ella desaparece, moviendo las caderas._)
VERA.--He tomado este pretexto para alejarla de aquí. Mientras se entretiene, le presentaré a la patrona mayor, la señora marquesa de la Escalinata del Patio de Guardias.
SITA.--¡Yo no sé si debo...!
VERA.--Hija mía: en nuestro sacerdocio, lo mismo que en los otros, hay que estar bien con todo el mundo; de lo contrario, aunque ponga usted en ello toda su buena voluntad, no llegará a ser nada... ¡Ah...! ¡Aquí llega nuestra querida presidenta...!
_Entra una especie de jamelgo de coche fúnebre, un larguirucho esqueleto apocalíptico, de una delgadez inverosímil. Es la señora marquesa-presidenta. Mucha nobleza y condescendencia. Esta dama, sin edad y sin belleza, de ojillos negros y penetrantes, lanza sobre todos los humanos una mirada impregnada de desprecio y de compasión. Vera le presenta a Sita._
LA MARQUESA.--¡Ah...! ¡Perfectamente...! ¡La señorita Volanges...! Su padre hizo un donativo importante a nuestra Obra, y yo le di las gracias con una carta personal. Los grandes industriales han comprendido que debían ayudar a las víctimas de esta guerra, que sirvió para favorecerlos. ¿Viene usted a unirse a nuestras abnegadas hijas...? ¡Muchas gracias...! Entonces voy a indicarle el camino que deberá seguir. No se atenga usted demasiado a la parte práctica; nosotras formamos aquí mujeres capaces de suplir a los médicos cuando éstos se encuentran lejos. Deberá usted trabajar y seguir nuestros cursos con asiduidad. Las damas que escucharon mis consejos serían capaces de sufrir el examen del internado. La generala le dirá a usted que sus funciones son las de una muchacha de sala. Esta pobre criatura se equivoca; si se la hubiera hecho caso, nuestra Casa no existiría ya. Yo soy quien reclutó los cirujanos y los profesores más famosos. Si tenemos en nuestra Casa las más nobles lumbreras de la Ciencia, es gracias a mí. Ayer me di la maña suficiente para engatusar al renombrado práctico Moumel, que desea dejar a las «Damas de Aquitania» para operar en nuestro santuario; me prometió, además, explicar un curso de Rinoplastia y de Estomatología dos veces a la semana. ¿Sabe usted lo que son estas dos ciencias...?
SITA.--¿No tienen por objeto restaurar los semblantes de los heridos en el rostro...?
LA MARQUESA.--¡Eso es...! Veo que tiene usted ya conocimientos quirúrgicos. Siento que no nos hayan enviado heridos del rostro; como siempre, la generala se ha conducido tan torpemente, que nos vemos privados de tan interesantes heridos. El curso del profesor Moumel será, sin embargo, muy cautivador, aunque sólo sea teórico. Las aplicaciones de la ciencia quirúrgica no se pierden nunca; si usted no se aprovecha inmediatamente de estas lecciones, puesto que ya terminó la guerra, podrá utilizar su beneficio cuando llegue el próximo conflicto europeo.
SITA (_aterrorizada_).--¡Por Dios, señora...! ¿Piensa usted que una nueva catástrofe...?
LA MARQUESA.--Yo veo claro y ya tengo descontada una nueva conflagración mundial. Para nosotras, lo mismo que para los militares, la guerra es una ocasión de sacrificio y de actividad. ¡Dios me libre de desearla! La creo fatal y quiero preparar un equipo de mujeres superiores, que suplirán a los hombres de ciencia. ¡Ah! Le advierto que no quiero enfermeras demasiado elegantes. ¡Nada de rojo en los labios, ni de pintura, ni de vestidos de carnaval, ni de perfumes...!
SITA (_disgustada_).--Señora presidenta: yo no tenía esa intención...
LA MARQUESA.--¡Sí..., sí...! Todas dicen eso. Y pasados quince días me las encuentro emperifolladas, cubiertas de joyas y apestando a esencias. Estas costumbres son capaces de desacreditar a un hospital modelo. Una advertencia más: aquí soy yo quien lo dirige todo, y usted no tiene que recibir órdenes de nadie mas que de mí. No haga caso de lo que pudiera decirle esa generala; está medio loca. Me agrada usted, y quiero convertirla en algo de provecho; pero acuérdese de que las que no están conmigo están contra mí...
SITA (_perpleja_).--¡Muy bien, señora presidenta...!
LA MARQUESA.--Es usted inteligente y triunfará... ¡Hasta ahora, hija mía...!
_Alarga a Sita un manojo de huesos y se marcha._
VERA.--¡Vamos! ¿Qué le parece a usted...?
SITA.--¡No sé qué pensar...! Yo no sospechaba que en la consagración al sacrificio tomara tanta parte la diplomacia. Si sigo a la generala, la marquesa me guardará rencor, y si sigo a la marquesa, la generala me fastidiará todo lo que pueda.
VERA.--Lo mismo sucede en todas las Obras. Estas damas se sienten animadas de la mejor intención cuando se agrupan. Y en cuanto se trata de repartirse los grados, la autoridad, las direcciones y, por consiguiente, las recompensas probables, todo el mundo se pone a reñir. Esto no impide que la máquina marche casi bien. ¡He aquí la belleza de las instituciones francesas...! Son indisciplinadas, están corroídas por luchas internas y, sin embargo, funcionan porque, a pesar de todo, las alimenta la abnegación. ¿Me espera usted aquí...? Vendré a buscarla en cuanto el profesor se encuentre entre nosotras.
_Vera se aleja. Sita, sola, se sienta en un rincón y mira en torno suyo. No conoce a nadie; una enfermera pasa y ve a esta joven, que parece estar en cuarentena. Como es una persona caritativa, se acerca y dirige la palabra a Sita._
LA ENFERMERA.--¿Espera usted a alguien, señorita...?
SITA.--¡Sí...! Es decir... ¡no...! Vine con la señorita Vera.
LA ENFERMERA.--¡Ah...! ¡Comprendido...! ¡Usted es la nueva...!
SITA.--¡En efecto...! Y debo tener un aire muy torpe, ¿verdad?
LA ENFERMERA.--Es la primera impresión que se experimenta. Luego se acostumbra una...
SITA (_por decir alguna cosa_).--Estas damas son muy agradables...
LA ENFERMERA.--¡Bah...! ¡Cuando las conozca usted...! Se han puesto una cofia para chismorrear más a gusto.
SITA.--¿Hay aquí chismes?
LA ENFERMERA.--¡Desdichada...! ¡Está usted en Villachismosa...!
SITA.--¡Es horrible...!
LA ENFERMERA.--¡No, hija mía...! Cuando haya cuidado usted a algunos heridos se iniciará en el flirteo, que acerca al enfermo a su ángel de la guarda. Todas estas viejas hadas, la generala de las enfermeras y la marquesa de las parlanchinas, no saben lo que es cuidar hombres. Una les ofrece higiene y la otra les brinda operaciones. ¡Bonito tratamiento...! Los desgraciados que vienen del frente, convalecientes o moribundos, no quieren mas que una cosa: alegría. ¡Que una cabeza graciosa se incline sobre su dolor y que tengan el calmante supremo: el amor...!
SITA.--¿El amor para los moribundos...?
LA ENFERMERA.--¿Qué duda cabe...? Si yo fuera la dueña, querría que todos los heridos viviesen en un sueño espléndido. ¡Que las enfermeras, sin excepción, fuesen lindas y cariñosas...! No prohibiría ni el tango ni el flirteo. Ponga usted aparte los atacados de altas fiebres. Los demás tienen un padecimiento terrible: el aburrimiento. Devuelva usted al convaleciente el placer de vivir, el amor; esto vale más que las partidas de _piquet_ o de malilla a pública subasta o que la lectura de la última novela salida a luz. Querría que todas las enfermeras fueran enamoradas, criaturas lindamente adornadas y vestidas por los grandes modistos...
SITA.--Hay también un músculo que se llama el gran sartorio...[3].
LA ENFERMERA.--¡Es usted ya demasiado sabia, señorita...! Los infortunados que usted cuidará no tienen necesidad de su ciencia; reclaman solamente su gracia. ¡Amelos! ¡Proporcione a los que sufren la ilusión de una tierna novela! ¡No sienta usted ninguna curiosidad fisiológica...! Procure curar solamente su parte moral. Hay que distraer a estos niños grandes con pasioncillas. Cuando el pensionista se levanta, usted, sublime comedianta, le hará una reverencia. De todas formas, lo habrá salvado de la desesperación y del tedio; habrá suscitado usted en él la voluntad de vivir, que es el auxiliar más eficaz del médico. Le advierto que estos _resucitados_ son luego muy embarazosos... ¡No importa...! Volvieron a ser hombres, y, por consiguiente, hay ya medios para hacerles entrar en razón. Hija mía: yo soy en esta Casa la última entre las últimas; pero tengo lo que falta a todas estas damas: sentido común... ¡Le enseñarán el espica del brazo y el galeno de la cabeza...!
SITA.--¡Los conozco...! Son vendajes.
LA ENFERMERA.--¡Está usted muy enterada para su edad...! ¡No importa...! Lave las escudillas, desinfecte el instrumental, dé vueltas a las vendas según está ordenado; pero no olvide usted que es mujer y que su ternura es la que cura todos los males. Un herido que se enamora de su enfermera adopta en seguida la resolución de sanar; es dócil, se presta a todas las operaciones, no recrimina y piensa, mientras se le cura: «¡Es por ella...!» Sea usted coqueta y dulce. ¡Sea elegante...! ¡Perfúmese...! ¡Es necesario...! ¡Esto forma parte de sus deberes...!
SITA.--¡No es así, señora, como se me presentaban mis funciones de enfermera...!
LA ENFERMERA.--¡Mal hecho...! Mire usted la decoración en que ha de ejercitar sus facultades: es un palacio, que abrigó las fiestas más hermosas de antes de la guerra. Su decoración fué pensada para gentes dichosas. El marido partió para la guerra en los primeros días de la movilización; abandonó este interior, que todos los artistas habían exornado para deleite de los ojos; la mujer quiso que este hogar fuera el de todos los héroes que se habían sacrificado por la salud de la patria. Se habló y se bromeó a costa de los que habían sacrificado su casa. A pesar de todo, los desdichados que vivieron aquí sus horas de sufrimiento conocieron la alegría de una acogida cordial y suntuosa. No ponga usted su atención en las mezquinas rivalidades de estas damas, que no supieron concebir toda la _feminidad_ de su misión. Ya resulta hermoso que se consagren a esto; perdóneles la pobreza de sus ambiciones si el herido ha de beneficiarse con ello.
SITA.--Sin embargo, desde que estoy aquí no vi aún esa desinteresada abnegación, cuya grandeza ensalza usted. Oí a la generala glorificarse a costa de la marquesa; oí a la marquesa expresarse sin miramiento alguno en todo lo concerniente a la generala.
LA ENFERMERA.--¡Simple divergencia de métodos y de autoridades...! Tranquilícese... Como cada una de estas damas quiere afirmar su supremacía sobre la otra, los enfermos están mejor cuidados.
SITA.--Es usted muy indulgente. Adivino que seremos amigas.
LA ENFERMERA.--¡No se haga ilusiones...!
SITA.--¡Quia...! Mi corazón no me engaña nunca. Usted tiene una filosofía práctica y una visión clara de la vida. ¡Pero querría preguntarle algo más...!
LA ENFERMERA.--¡Pregunte...!
SITA.--Hay una persona que me parece representar en este asunto el papel de víctima; se trata de la buena condesa de los Charmes...
LA ENFERMERA.--¿Por qué...?
SITA.--Ella cedió su palacio, ella corre con los gastos de la empresa y, sin embargo, nadie le hace caso. La marquesa y la generala parecen tratarla como algo sin importancia; estas matronas se atribuyen todo el éxito de la empresa. A ellas irán a parar los honores y las cruces. ¿Qué le parece...?
LA ENFERMERA (_turbada_).--Me es muy difícil contestarle...
SITA.--¿Por qué...?
LA ENFERMERA.--Porque conozco a la condesa de los Charmes, que es mi amiga íntima. A ella le agradaría mucho saber que una persona en el mundo se cuidó de su existencia; pero le contestaría a usted que no le agrada que la compadezcan y que cumplió con su deber por nada, por el placer que el cumplirlo le producía... Espero que volveremos a vernos, señorita, porque le repito que me es usted muy simpática... ¡Adiós...! El famoso profesor Moumel ha llegado y va a principiar su curso...
_Estrecha la mano de Sita y se va._
VERA (_corriendo_).--¡Hala... hala... Sita...! El profesor Moumel ocupa ya la cátedra. ¡Como no alivie usted, no encontraremos buen sitio...!
SITA (_levantándose_).--¡Vamos...! ¡Dígame...! ¿Quién es aquella enfermera que zarandean allí, y con la que estuve hablando mucho tiempo...?
VERA.--¿Aquella morenilla...? ¡Oh...! ¡Es la condesa de los Charmes...! (_Desdeñosa._) ¡Valiente mujer...!
XI
CURSO DE PINTURA
_En la academia Velázquez, la señorita Lorenza White es la discípula preferida del maestro Joaquín Pont-Dugard, miembro del Instituto y profesor de pintura para señoras. Esta joven es inverosímilmente rubia, con entonación de oro pálido; es delgada de aspecto, pero muy robusta. Una cabeza de_ madonna _prerrafaelista, con ojos de un azul verdoso, muy inquietante; habla el francés con un acento inglés apenas perceptible. Llega la primera a clase y se instala ante su lienzo. El modelo está ya allí: es un mozo fornido, completamente desnudo; pero que lleva, por decencia, unos minúsculos calzoncillos rojizos._
EL MODELO.--¡Señorita White...! Llega usted antes de la hora...
LORENZA.--Pienso darme una buena sesión de trabajo. Quiero acabar mi estudio.
EL MODELO.--Si usted lo desea, adoptaré la _pose_.
LORENZA.--¡No! Espere a las demás señoritas. Se molestarían si se empezara sin ellas.
EL MODELO.--¡Oh! ¡No tienen prisa...! ¡Con tal de que las vean en el «Metro» con la caja de colores ya están contentas...! (_Desdeñoso._) Esto es jugar a ser artistas..., esto es gana de perder el tiempo. Entre todas ellas, usted es la única formal.
LORENZA (_ufana_).--¡Es usted muy amable, Cornu...! Yo quiero llegar...
EL MODELO.--¡Usted llegará...! Posee la obstinación, que es una cualidad muy hermosa. Además, tiene usted dinero. ¡Y esto ayuda siempre...!
LORENZA.--¿Quién le ha dicho que tengo dinero...?
EL MODELO.--He oído que el patrón decía al señor Joaquín Pont-Dugard: «Querido maestro: atienda mucho a la señorita White. Es la hija de White-Petrole. Conviene que obtenga este año una mención en los Artistas franceses.» Y Joaquín le respondió: «¡No se preocupe usted...! ¡La tendrá...!» Y agregó: «Es muy rica, ¿verdad?» A lo cual le contestó el patrón: «¡Ya lo creo! ¡Es más rica que Berta Morizot...!»
LORENZA.--¡Caramba! ¡Qué bien enterados están estos señores...!
EL MODELO.--¡Bah! Son unos vivos que saben lo que se traen entre manos. Usted lleva aquí poco tiempo. Aguarde algo más y le tenderán la red de la lección particular.
LORENZA.--¿Qué lección...?
EL MODELO.--¡Verá usted...! El buen Joaquín es presidente del Jurado en el salón de Artistas. Le aconsejará que acuda a la Exposición; usted irá a trabajar a su casa, a razón de cien francos diarios; mediante lo cual él le retocará el pandero.
LORENZA.--¿El pandero...?
EL MODELO.--¡Quiero decir el cuadro...! En el año próximo, si desea usted una medalla, tendrá que encargar su retrato al maestro; esto sólo cuesta veinte mil francos. Pero os pintará de pie delante del caballete. Ha hecho ya unos veinte del mismo modo. Así logró tener su hotelito en Auteuil. ¡Y pensar que Monticelli vendía sus cuadros a diez francos cada uno en las terrazas de los cafés de Marsella...! ¡Qué lástima...!
LORENZA.--¡Sí...! ¡Da grima...! Sin embargo, yo tengo la intención de imponerme como artista. Y la señorita Cassatt, que era rica, trabajó como si fuera pobre. ¡Pongamos mano a la obra...!
EL MODELO (_subiéndose a la mesa_).--¡Muy bien, señorita White! ¡Y no se deje usted engatusar por estos tíos sinvergüenzas! (_Adopta la_ pose _y se apoya noblemente en el mango de una escoba_.) ¿Estoy bien?
LORENZA.--¡Sí!
_Trabaja con encarnizamiento; poco a poco van llegando las demás señoritas con sus cajas de colores. Llega la señorita Elsa Metra, apodada «¡Esperémosle!», muchacha desabrida y bastante clorótica. Luego llega la señorita Inés Perrée, hija única de la Casa Perrée, de pastas al por mayor; es una morenita muy inquieta, más bonita que fea. Viene después la señorita Raquel Caen-Duseigneur, hija del famoso anticuario--una Juno--; la señorita Teresa Kiry, elegíaca y pensativa, y, por último, la morralla de las discípulas, Juana Aymar, Julieta Capulet, las hermanas Agata y Sofía Fruche, etc. La sala se llena pronto de piar de pajarillos y de risas aflautadas. La señorita White es la única que trabaja._
ELSA.--¡Naturalmente...! ¡Lorenza está ya acabando...!
INÉS.--¡Lo hubiera apostado...! ¡Tiene horas suplementarias...!
RAQUEL.--Ella nos da el ejemplo. ¡Buenos días, White...!
LORENZA (_cortés_).--¡Muy buenos, amigas mías...! ¡A ver si me dejáis en paz...! Estoy a punto de sorprender el secreto del «modelado fino».
TERESA.--¿Te divierte pintar así?
LORENZA.--¡Mucho...! ¡No hago mas que pensar en el modelo desde por la mañana hasta la noche!
INÉS.--¿Qué te parece, Cornu...? ¡Vaya satisfacción para ti...!
RAQUEL.--¡Me siento holgazana, hijas mías...! (_Se despereza._)
JULIETA.--¿Estuviste también de juerguecita...?
RAQUEL.--¡Estuve bailando con los norteamericanos hasta las dos de la madrugada...! No sé dónde tengo las piernas... ¡Y este endiablado estudio apenas está empezado...!
ELSA.--¡A mí me da miedo pensar que tengo que cubrir de color este lienzo...! Lo único que me interesa de todo esto son los calzoncillos, porque es lo más fácil de hacer. Lo demás tiene muchos músculos. Prefiero las mujeres, porque tienen menos músculos.
JUANA.--Pues yo prefiero los hombres; cuando se ha dado con el quid de los músculos todo marcha como una seda.