Part 6
LIONEL.--¡Me da lo mismo...! ¡Lo mataré...!
LINE.--¡No lo matarás...! No está celoso de ti. Por el contrario, te quiere mucho y dice: «¡El pequeño Lionel es muy agradable, está muy bien educado y no hace la corte a las mujeres casadas...!»
LIONEL (_molesto_).--Me cree un calabacín, ¿no es eso...?
LINE.--¡A ver si le vas a guardar rencor por eso...! Sospecha del mayor Wetherley, un norteamericano que me trae frita, y está convencido de que este yanqui tiene suerte con las mujeres. Por esta causa, monín, he estado un mes sin poderte cumplir mi palabra. Mi marido me acompañaba a todas partes, hasta a las tiendas, a pesar de que los maridos las aborrecen. El mayor regresó ya a América; pero mi querido esposo le había tomado el gusto a mi compañía y no había manera de librarse de él...
LIONEL.--¡Ya lo he notado...!
LINE.--Parecía que lo hacía a propósito. Siempre que tenía que venir a verte e invocaba todos los pretextos, Exposición de pintura, conciertos de música moderna y obras de caridad, me decía: «¡Voy contigo...!» ¡Y, como comprenderás, no podía traerlo aquí...!
LIONEL (_sombrío_).--¡Lo habría matado...!
LINE.--¡Habrías hecho mal...! ¡Ya no se estila eso...! Entonces, ayer tuve una inspiración genial... La comida era detestable... Y, ¡ya ves!, fué preciso despedir a mi cocinera Gertrudis...
LIONEL.--Es lástima. ¡Se comía tan bien en tu casa...!
LINE.--Pues en lo sucesivo, amor mío, comerás muy mal. Gertrudis me robaba como un mercachifle, sin disimularlo siquiera; la he sustituído, porque he encontrado a una maritornes de Caen que nos envenena con sus inmundas bazofias. Ayer mismo, Gustavo se puso loco de cólera. «¿De manera que en esta casa no se puede comer como es debido...? Nos dejas envenenar... No hay más remedio que recurrir al restaurante...» etcétera, etcétera. Yo cogí la ocasión por el cabello y le dije: «Tienes mucha razón, amigo mío. Pero la sustituta de Gertrudis está llena de buena voluntad, y si tomamos otra sería tan ignorante o tal vez menos dispuesta que ésta. Conservemos y enseñemos a esta idiota que tenemos. Yo me encargo de convertirla en una cocinera modelo. Pero para ello es preciso que la lleve al curso de Cocina.» Mi esposo reflexionó y pensó: «¡Puedo dejarla bajo la vigilancia de su cocinera! ¡Mi honor está seguro...!» Y me permitió salir con ella. ¡Aquí, donde me ves, vengo del curso de Cocina...!
LIONEL (_estupefacto_).--¡Pobrecilla querida mía...! ¿Te has impuesto este suplicio...?
LINE.--No es un suplicio. Es, por el contrario, una cosa muy divertida. Figúrate una gran cocina, instalada en un piso bajo de la calle de La Boetie... Unos hornos soberbios; delante de ellos, una amplia mesa con legumbres preparadas, cacerolas, manteca, etcétera. Delante de la mesa, unas sillas, donde están instaladas unas señoras con sus cocineras; hay allí también jóvenes estudiosos con las manos sucias. Entre la mesa y el horno, un gran sacerdote, cubierto con una tortada blanca y rodeado de sus vicarios, tocados igualmente con tortadas. Es el maestro un afamado cocinero... ¡Y hay que ver lo grave y serio que se pone...! ¡No bromea...! ¡Oficia...! A la apertura del curso, hizo su entrada seguido de sus ayudantes; saludó, y, sin decir una sola palabra, comprobó el calor del horno; luego volvióse hacia nosotros y, apoyando las manos en la tribuna, es decir, sobre la mesa, principió: «Señoras y señores: hoy vamos a estudiar «el pollo a la Trevoux». Este plato fué descubierto por el famoso Birochon, en mil setecientos ochenta y dos; esta lumbrera de la Cocina francesa estuvo al servicio del duque de Brunswick...»
LIONEL (_que piensa en otra cosa_).--¡Es curioso...! Pero, Line, nosotros tenemos que preocuparnos de algo distinto...
LINE.--¡Un instante...! Hasta que acabe mi pastel... ¡Qué impaciente eres....! ¡Por ti fuí yo allá...!
LIONEL (_suplicante_).--¡Line, por lo que más quieras...! ¡Que se va el tiempo...!
LINE.--No tienes idea de lo que se necesita para fabricar el pollo a la Trevoux... ¡Un montón de cosas...! Coges un pollo, le quitas los huesos...
LIONEL (_decidiéndose_).--¡Tú eres mi pollito...! ¡Yo no te quitaré los huesos...!
_La coge en brazos y se la lleva a viva fuerza. ¡Sigamos! (Después de todo, esto no le importa a nadie mas que a ellos.) Al cabo de un tiempo incierto, Line despierta. También Lionel sale de su embotamiento._
LINE (_estirándose_).--¡Ay, querido mío...!
LIONEL.--¡Gatita mía...! ¡Mi comadreja...! ¡Mi conejito...!
LINE.--¡Calla...! ¡Yo conozco eso...! ¡Eso es de La Fontaine...!
LIONEL.--Sí; el fabulista halló todos los bonitos nombres de amor que se toman prestados de los animales...
LINE.--¡Oye...! Me parece que es ya «el oporto menos cinco».
LIONEL (_saltando al suelo y poniéndose el pijama_).--¡El oporto de la señora se ha adelantado...! (_Corre a un velador y trae dos vasos y una botella._)
LINE.--¡Muy poco...! ¡Medio vaso...! Prefiero tomar cuatro medios vasos a tomar uno lleno. ¡Dios mío, que hambre tengo...!
LIONEL.--¡Todavía quedan pastelillos...!
LINE.--¡Gracias...! ¡Hazte cargo...! Este curso de Cocina me había dejado vacía. Porque todavía no te he contado cómo se fabrica el pollo a la Trevoux... ¡Es delicioso...! Según te iba diciendo, coges tu pollo y le quitas los huesos... ¡Haz el favor de tener las manos quietas...!
LIONEL.--¿Y qué más...?
LINE.--Lo recoses después de haberlo rellenado con un picadillo de tocino de pecho, en pedacitos, con menudillos, setas, trufas, unos trozos de naranja, una pizca de perejil y la carne machacada de dos pajarillos. Haces cocer tu pollo, en un hornillo económico, suavemente.
LIONEL.--¡Y después te lo comes...!
LINE.--¡Todavía no...! ¡El pollo no es nada...! ¡La salsa es todo...!
LIONEL.--¡Lo sospechaba...!
LINE.--Antes has hecho un buen caldo de pollo.
LIONEL.--¿Con otro pollo...?
LINE.--¡Naturalmente...! Das éste a la cocina; no has guardado de él mas que los menudillos para aumentar el relleno del pollo número uno. El maestro nos ha recomendado mucho que pongamos toda nuestra atención en este caldo... ¡Y ahora resulta que ya no me acuerdo...! ¡Qué coraje...! ¡Quería prepararte este plato para el jueves...!
LIONEL.--¡Es verdad...! ¡El jueves como con tu marido!
LINE.--¡Bah! No pongas esa cara tan seria. ¡No te van a envenenar...! Y, además, me divertirá saborear contigo un plato del que hemos hablado en circunstancias tan particulares... Espero que mi cocinera recordará la manera de hacer la salsa.
LIONEL.--Yo también lo espero. ¡Tu famoso plato va a resultar incomestible...!
LINE.--Te chuparás los dedos y pensarás: «Mi querida estaba en camisa. ¡Cuánto nos habíamos amado...! ¡Y este severo señor no sospecha nada...!»
LIONEL.--¡Eres sádica...!
LINE.--Vamos a ver... ¡Ya deben ser cerca de las siete...! Tengo que vestirme... ¡Vuelve para acá el reloj de viaje...!
LIONEL (_obedeciendo y enseñándole la esfera del mencionado reloj_).--Mira...
LINE (_brincando_).--¿Qué? ¡Son las ocho menos diez...! ¡Y no estoy vestida...! ¿Y qué voy yo a decir, Dios mío...?
_Se lanza sobre su cinturón, se sujeta las medias y se pone sus zapatitos murmurando injurias dirigidas contra las personas egoístas, que pierden la noción del tiempo._
LIONEL (_compasivo_).--¿Qué quieres que le haga...? ¡Era tan dichoso...!
LINE.--¡No digas una sola palabra...! ¡Te mordería...! ¡Me siento furiosa...! ¡Y habrás adelantado mucho...! ¡Mi marido será víctima otra vez de una crisis de celos, no me dejará ya salir sola y yo no podré explicarte el pollo a la Machin!
LIONEL (_contrito_).--¡Line...! ¡Lineta mía...!
LINE.--Tu Lineta está que echa espuma... Dame el corpiño y procura abrochármelo ligero... ¿lo oyes?
LIONEL (_muy humilde_).--¡Ya..., ya está...!
LINE (_peinándose_).--¡Ea! Ya no tengo aspecto de mujer adúltera, ¿verdad?
LIONEL.--¡No mucho...! ¡Unicamente los ojos...!
LINE.--¡Los ojos no tienen importancia...! ¡Con tal de que encuentre un _taxi_...! ¡Oh, San Antonio de Padua...! ¡Tú, que lo encuentras todo, encuéntrame también un _taxi_...!
LIONEL.--¡Se lo diré a la portera...!
LINE.--¡No..., no...! ¡No hay tiempo...! ¡Hasta el lunes, querido mío...! Estudiaremos la «codorniz sobre el canapé».
IX
CURSO DE DECORADO
_La señora Lucy Mers ha venido en limosina con su amiga y directora de riqueza, la condesa Rabat, a visitar la instalación modelo de la señora Maschine, en la calle de Castiglione. Hace cuatro años, la señora Lucy estaba encargada de la sección de niños en las Galerías Roosevelt. Allí fue distinguida por el señor Hipólito Mers, que acababa de ganar muchos millones fabricando vaca en conserva con atún a la marinera. La señora Lucy comprendió en seguida los deberes que le imponía su condición de esposa legítima de un notable comerciante, y se procuró la competencia de la condesa Rabat, que no está en la primera juventud; pero que se arruinó a fuerza de proteger las letras y las artes y de subvencionar a los artistas. En el vestíbulo, la condesa da las últimas instrucciones a su discípula._
LA CONDESA.--Usted, querida mía, desea amueblar su palacio; hubiera podido llevarla a casa de algún afamado tapicero, que le habría proporcionado un decorado cualquiera; usted hubiera tenido ese interior banal que se ve en casa de todos los nuevos ricos. Yo he preferido traerla a casa de la señora Maschine.
LUCY.--¿Quién es ésta...? ¿Una tapicera...?
LA CONDESA.--¡Quia! ¡No...! Es una mujer de la mejor sociedad. Es la viuda del célebre barón ruso Maschine, que fué muerto en Petrogrado cuando la primera revolución. El barón, que había sido locamente rico, habíase arruinado, en parte, por satisfacer los gustos dispensiosos de su esposa; cuando murió, mi amiga Maschine descubrió súbitamente su pobreza. Como era muy linda...
LUCY (_acabando la frase_).--¿Se dedicó a la vida alegre...?
LA CONDESA.--¡Se equivoca usted! ¡Era una mujer honrada en toda la extensión de la palabra...! Tomó un amante; pero, al mismo tiempo, tomó un oficio que no lo parecía. Como era muy artista, hízose de improviso profesora de decorado práctico. Va usted a serle presentada, porque le he pedido una cita y nos espera. ¡Ya verá usted...! ¡Es una mujer exquisita...! ¿Subimos...?
_Las damas toman el ascensor, que las lleva hasta el primer piso. La condesa llama; se abre una puerta; un lacayo muy correcto introduce a estas damas en un salón y poco después aparece la señora Maschine. Es una mujer joven, alta, delgada y de una belleza soberana; luce un vestido de interior muy modesto, pero de una elegancia discreta. Presentaciones._
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Encantada de conocerla, señora...! La señora condesa Rabat me ha dicho que deseaba usted consultarme...
LUCY.--Sí, señora. Se trata de esto: yo soy... es decir era... (_Decidiéndose._) Mire... Prefiero decírselo todo en seguida, porque usted acabaría por comprenderlo, si es que ya no lo sabe. ¡Soy una nueva rica...!
LA SEÑORA MASCHINE (_sonriente_).--¡No hay ningún mal en ello, señora...! ¡Hasta hay cierto buen tono en confesarlo...!
LUCY.--Es usted muy amable; me siento más a gusto para hablarle. No voy a decirle que el dinero me desagrada. ¡No! Pero el dinero no es todo para mí. Quiero ser feliz antes que nada. No le ocultaré que hace poco tiempo era una señorita de almacén y no pensaba que algún día sería una dama del gran mundo como usted y como la condesa: vendía trajecitos para muchachos. Cierto día pasa a mi sección un caballero alto, bastante joven, buen mozo, moreno, como los que se ven en los cinemas. Pónese a regatear un «marinero» de setenta y dos francos con noventa y cinco céntimos. Al instante vi que no venía por el «marinero», sino por la que lo vendía. ¡Me miraba, me miraba...! ¡Bueno...! Cogió su «marinero» y se marchó. Al día siguiente volvió y me compró otro «marinero». Charlamos; era muy amable; le confieso que me gustaba mucho. ¡He aquí que, a los tres días, vuelve y me compra el tercer «marinero»! Esto principia a inquietarme. Me muestro más reservada y él no se desanima. Todos los días, a la misma hora, se presentaba y me compraba el mismo trajecito. Al cabo de tres semanas concluí por decirle: «¿Qué piensa usted hacer con todos estos «marineros»?» Entonces él me miró con una expresión que no olvidaré nunca: «¡Es para vestir a nuestros hijos, señorita...!»
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Como declaración, resulta bastante original...!
LUCY.--¡Va usted a ver...! ¡Es un cuento de hadas...! ¡Figúrese lo sorprendida que me quedaría...! El mostróse muy _chic_ y no me propuso nada vergonzoso. Me dijo que me amaba y que había resuelto casarse conmigo. «¿Quiere usted ser mi mujer...?» Yo no sabía qué contestarle; arrugaba mi vigésimoquinto «marinero»; al fin, recobré la sangre fría. «¡Según y cómo!», le dije. «¿Tiene usted algún oficio...?» «No se preocupe; tengo una profesión bastante lucrativa. ¡Lo importante es que yo no le desagrade!» Me dejé caer sobre una silla, me puse a sollozar y me enjugaba los ojos con el «marinero». Aquella misma noche, el señor Mers venía a buscarme a la salida del almacén con su auto, me llevaba a nuestra casa y pedía mi mano a papá, que estuvo a punto de caer enfermo por la impresión. ¡Ya ve usted...! ¡Un yerno que tenía quince millones! ¡El pobre papá no volvía de su asombro...!
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Esto no ocurre mas que en el cinema...!
LUCY.--Nos casamos a escape y desde entonces vivo en un sueño. Tengo todo lo que quiero. Cuando salimos juntos, no me atrevo a mirar a las tiendas. ¡Me lo compraría todo...!
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Tranquilícese..,! Esto no durará mucho...
LUCY.--¡Al contrario...! Quiero que dure... ¡Y no por los regalos...! Es que cuando se puede tener todo ya no se desea nada. Deseo que me ame porque yo le haré agradable la vida. Y, para que se sienta satisfecho en su casa, es preciso que tenga una casa satisfactoria. Hemos comprado un pequeño palacio en la calle de la Faisanderie, y me ha confiado el cuidado de arreglarlo. Si lo logro, se quedará encantado. Haga todo lo posible por que yo lo consiga; esto depende de usted. Soy muy ignorante; pero no tengo nada de tonta, y con algunos consejos saldré bien de este asunto.
LA SEÑORA MASCHINE.--No lo dudo. Voy a darle la primera lección... La habitación más importante...
LUCY (_aturdida_).--¿Es la alcoba...?
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Eso es...! Voy a enseñarle una. ¡Sígame...! (_Conduce a las damas a una habitación muy clara._) ¡Aquí está! Usted ha elegido la habitación mejor situada, aquella donde entre el sol de la mañana. Una cortina muy sencilla, sin ramajes ni chinerías, de un tono neutro.
LUCY.--¿Y por qué sin ramajes...!
LA SEÑORA MASCHINE.--Porque éstos llegan a ser una obsesión. Siempre siente una la tentación de contarlos. Para un hombre de negocios no conviene nada que fije su atención. Su marido debe dejarse imponer el reposo. Sobre todo, nada de armario de luna, ni de muebles altos. Esto abruma. Tampoco habrá en ella cuadros; grabados muy pálidos y muy dulces, que no se destaquen demasiado. El espejo de la chimenea debe ser pequeño y embutido en un marco de madera apenas ornamentada. Prescinda usted del reflector suspenso del techo; nada entristece tanto una habitación como la luz que cae desde lo alto. Además, esto suprime toda intimidad. No debe haber más que brazos fijos en la chimenea y lámparas, cuyo brillo será tamizado por gasas para que no hagan daño a la vista. La alfombra será muy recia y de un matiz uniforme. Arrojará usted de allí los divanes y las _chaises longues_, donde se sienten tentaciones de echarse, en tanto que el lecho espera. Y llegamos a la cama; aquí ha de poner usted toda su atención. Nada de cama de cobre, ¿verdad...? Se parece a un instrumento de suplicio dorado y resplandeciente. No caiga en el exceso contrario; aborrezco los grandes monumentos de encajes, adornados con doseles del siglo XVIII, que se llenan de polvo y atraen los mosquitos. Resulta pretencioso y se siente una ahogada entre ello. Parece que usted representa «El sueño de la desposada», y esto tiene algún sabor pueblerino. Necesita una bonita cama baja, muy preciosamente esculpida, con el tablero de los pies sobrepasando apenas el colchón, y con el de la cabecera sobrepasando apenas las almohadas; es indispensable una lamparilla encima de la cabeza; ella le permitirá entrever el espectáculo de su alegría. Si el señor quiere leer, tendrá una luz sobre la mesita colocada a su lado...
LUCY.--¡Oh! ¡No lee, porque yo no le dejo tiempo para ello...!
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Muy bien! Sin embargo, conviene prevenirlo todo. Tendrá usted también su lucecita encima de la mesa; si el señor lee, usted aparentará igualmente que lee, y él no leerá ya. Pasemos al _sommier_; elíjalo un poco duro, de fabricación inglesa. A un marido joven deben repugnarle los lechos demasiado blandos, que adormecen el deseo. Pero ponga todo su cuidado en el colchón, que encargará usted muy recio: así se forma un hoyo y, a pesar suyo, a despecho de los disgustillos pasajeros, los cuerpos se reúnen en sueños y se perdonan. Le enseño este pequeño truco; es infalible, y prepara un despertar conciliador.
LUCY.--¡No está mal...!
LA SEÑORA MASCHINE.--Una recomendación: procure no amueblar ninguna habitación con arreglo a un estilo determinado. ¡Esto ya no se lleva...! Conserve una general armonía. El estilo de nuestra época encierra todos los estilos, todas las características de las épocas precedentes y todos los exotismos, y, sin embargo, le desafío a que lo formule. En él se mezcla y se armoniza todo; tiene usted estilo Luis XVI y estilo Directorio, que no se espantan de verse juntos. Todo esto, unido, acaba por formar cierto estilo Clemenceau... Ahora vamos a visitar el comedor... ¡Vengan ustedes...!
(_Van al comedor._)
LUCY.--¿Qué...? Pero ¿se come ahí dentro...? ¡Si parece un tocador...!
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Y lo es...! ¿A qué obedece esa estúpida costumbre que nos obliga a ocupar una habitación solamente con las comidas...? Consagra usted una hora al desayuno y otra a la comida... ¿Y necesita usted una mesa especial para esto...? ¿Tiene usted unos aparadores para poner de manifiesto en ellos la plata de familia...? ¡Puf...! Estas son costumbres de advenedizos. ¡Que la plata no se vea demasiado en el servicio de usted...! ¡Que no se emplee mas que en la presentación de los platos calientes...! La plata es un metal vulgar. La plata sobredorada es un metal bastardo, que no tiene el valor de su opinión. El oro es el emblema de la estupidez triunfante. Forme usted su vajilla con porcelanas raras y con fayenzas curiosas.
LUCY.--¡Pero yo no veo mesa alguna en este comedor...!
LA SEÑORA MASCHINE.--Las mesas están en la repostería; se traen en el último momento; son tres o cuatro mesas especiales, que los criados ponen y quitan cuando se van los señores... Detrás de estos tableros se ocultan los estantes de una biblioteca, y detrás de estos otros encontrará usted toda clase de juegos. En la sociedad de usted, la gente tiene afición a jugar. En algunos minutos, mientras sus invitados saborean el café en el salón, esta estancia se convierte en sala de juego y en fumadero. Se imponen, pues, unos altos cimacios de nogal claro, decoración de madera, en que los muebles y los divanes se armonicen con la pared. Alumbrado mediante enchufes situados junto al suelo. Tenga usted brazos de mucha luz sobre su mesa; ponga en ella un centro muy bajo, que no haga penosa la conversación. En los rincones mandará usted colocar unos fanales de cristal sujetos en aros de madera. Nada de sirvientes; las viandas llegan desde la repostería, lo mismo que los platos. No tolere usted que se imponga a sus convidados el aderezo de los manjares, ni el ruido de la vajilla. Que los criados de usted no confíen al oído de sus huéspedes la genealogía ni la partida de nacimiento de los vinos preciosos que ellos les sirvan. Esta antigua costumbre constituye un desafío para las apreciaciones de los buenos catadores que usted reciba.
LUCY.--¡Comprendido...! ¿Adónde vamos ahora...?
LA SEÑORA MASCHINE.--Al salón. Esta es la habitación menos interesante, porque usted no vive en ella. Aquí puede colocar los cuadros de los maestros y los _bibelots_. Convendrá que se procure usted una colección de cualquier cosa: una colección de campanillas antiguas, o unas vitrinas llenas de sajonias auténticas. Estas cosas son motivos de conversación. Pondrá usted un gran espejo encima de la chimenea: éste permite a las personas notables que se miren al hablar, y a las damas, que vean cómo están los pliegues de sus vestidos, sus semblantes y sus peinados. Muchas sillitas bajas, esparcidas acá y allá, sin orden aparente; varias mesitas. En uno de los rincones, la _mise en scène_ necesaria; un pequeño _bureau_, en el que pensarán que escribe usted. En el rincón opuesto, un piano, donde el compositor parásito le tocará algo de Schumann, «¡que él interpreta como nadie en el mundo!».
LUCY (_tímida_).--¡Yo pensaba en recepciones alegres, en tes-tango...!
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Está usted un poco retrasada en cuestión de modas...! Ya no se piensa en bailar; cuando alguien tiene mucho empeño en hacerlo, se va a retozar a cualquier establecimiento de baile. Los tes-tango disgustan a los maridos y turban la paz de un hogar. Por otra parte, usted no utilizará el salón mas que para pasar por él. De esta manera podrá lucir en él todos los tapices de la Savonnerie y todos los Beauvais. Antiguamente, esta habitación tenía una razón de ser, en el tiempo en que la conversación era un deporte. Ahora no se habla mas que en la mesa y en seguida se juega. El ingenio de salón desapareció con la señora Aubernon de Nerville y con la señora de Loynes. Ya no subsiste mas que el ingenio del círculo y el del café. No se tiene tiempo de chismorrear; los periódicos han matado el arte de la maledicencia elegante. El salón no es mas que el paso de una comida a una mesa de _poker_, del apetito a la digestión. ¡Qué siglo tan triste...!
LUCY.--Le queda por enseñarme una habitación: el tocador.
LA SEÑORA MASCHINE.--Lo dejaba para lo último. (_Nuevo viaje; entran en una amplia sala, muy alegre._) ¡Aquí está el santuario! ¡El lugar donde pasará usted la mitad del día...! En cuanto despierte, correrá usted a retocar su belleza. Pasemos por alto el baño y no nos fijemos en los aparatos para la ducha; esto ya se lo venderán. Sin embargo, observe que el baño, muy hondo, está enterrado hasta la mitad en el suelo. Puede usted sentarse en él; una sillita está instalada en uno de sus extremos. Aquí tenemos el robusto tubo para la ducha escocesa. Aquí está el gran espejo de tres lunas, que le dirá la verdad. Allá se encuentra el diván para descanso, donde se lee los periódicos mientras se saborea el chocolate reparador. Más lejos hay un pequeño _bureau_, su verdadero _bureau_, donde usted escribirá las cartas para las amigas íntimas y ajustará sus cuentas. Aquí está, por último, la _coiffeuse_; no necesito describir a usted los perfeccionamientos aportados a ésta por la Casa X... Ahora bien; lo que debe absorber toda la solicitud de usted es el calientabaños...
LUCY.--¿Por qué?
LA SEÑORA MASCHINE.--Porque es un instrumento caprichoso y variable. No calienta, o calienta demasiado; no se enciende, o provoca incendios. Estalla en el momento en que se le cree dominado. Le hace a una mil jugarretas. Es un perpetuo motivo de inquietud. Un mal calientabaños acaba por agriar a usted el carácter, volviéndola irritable y quisquillosa. La hace esclava de los fumistas, unos señores poco cómodos, que le deteriorarán el tocador en cuanto tengan que efectuar la menor reparación. La vida resultaría demasiado dulce si no fuera por esta calamidad del calientabaños.
LUCY.--¿Y si recurriera a la calefacción central...?