Los cuatro jinetes del apocalipsis
Chapter 30
Una noche, comiendo en casa de Desnoyers, apuntó una idea que hizo estremecer á éste. «¿No le gustaría ver á su hijo?...» El senador estaba gestionando una autorización del Cuartel General para ir al frente. Necesitaba ver á René. Pertenecía al mismo cuerpo de ejército que Julio; tal vez estaban en lugares algo lejanos, pero un automóvil puede dar muchos rodeos antes de llegar al término de su viaje.
No necesitó decir más. Desnoyers sintió de pronto un deseo vehemente de ver á su hijo. Llevaba muchos meses teniendo que contentarse con la lectura de sus cartas y la contemplación de una fotografía hecha por uno de sus camaradas...
Desde entonces asedió á Lacour como si fuese uno de sus electores deseoso de un empleo. Le visitaba por las mañanas en su casa, lo invitaba á comer todas las noches, iba á buscarle por las tardes en los salones del Luxemburgo. Antes de la primera palabra de saludo, sus ojos formulaban siempre la misma interrogación... «¿Cuándo conseguiría el permiso?»
El grande hombre lamentaba la indiferencia de los militares con el elemento civil. Siempre habían sido enemigos del parlamentarismo.
--Además, Joffre se muestra intratable. No quiere curiosos... Mañana veré al Presidente.
Pocos días después llegó á la casa de la avenida Víctor Hugo con un gesto de satisfacción que llenó de alegría á don Marcelo.
--¿Ya está?...
--Ya está... Pasado mañana salimos.
Desnoyers fué en la tarde siguiente al estudio de la _rue de la Pompe_.
--Mañana me voy.
El pintor deseó acompañarle. ¿No podría ir también como secretario del senador?... Don Marcelo sonrió. La autorización servía únicamente para Lacour y un acompañante. El era quien iba á figurar como secretario, ayuda de cámara ó lo que fuese de su futuro consuegro.
Al final de la tarde salió del estudio, acompañado hasta el ascensor por las lamentaciones de Argensola. ¡No poder agregarse á la expedición!... Creía haber perdido la oportunidad, para pintar su obra maestra.
Cerca de su casa encontró á Tchernoff. Don Marcelo estaba de buen humor. La seguridad de que iba á ver pronto á su hijo le comunicaba una alegría infantil. Casi abrazó al ruso, á pesar de su aspecto desastrado, sus barbas trágicas y su enorme sombrero, que hacían volver la cabeza á los transeuntes.
Al final de la avenida destacaba su mole el Arco de Triunfo sobre un cielo coloreado por la puesta del sol. Una nube roja flotaba en torno del monumento, reflejándose en su blancura con palpitaciones purpúreas.
Desnoyers se acordó de los cuatro jinetes y todo lo demás que le había contado Argensola antes de presentarle al ruso.
--Sangre--dijo alegremente--. Todo el cielo parece de sangre... Es la bestia apocalíptica que ha recibido el golpe de gracia. Pronto la veremos morir.
Tchernoff sonrió igualmente, pero su sonrisa fué melancólica.
--No; la bestia no muere. Es la eterna compañera de los hombres. Se oculta, chorreando sangre, cuarenta años... sesenta... un siglo, pero reaparece. Todo lo que podemos desear es que su herida sea larga, que se esconda por mucho tiempo y no la vean nunca las generaciones que guardarán todavía nuestro recuerdo.
III
La guerra
Iba ascendiendo don Marcelo por una montaña cubierta de arboleda.
El bosque ofrecía una trágica desolación. Se había inmovilizado en él una tempestad muda, fijándolo todo en posiciones violentas, antinaturales. Ni un solo árbol conservaba la forma rectilínea y el abundante ramaje de los días de paz. Los grupos de pinos recordaban las columnatas de los templos ruinosos. Unos se mantenían erguidos en toda su longitud, pero sin el remate de la copa, como fustes que hubiesen perdido su capitel; otros estaban cortados por la mitad, en pico de flauta, lo mismo que las pilastras partidas por el rayo. Algunos dejaban colgar en torno de su seccionamiento las esquirlas filamentosas de la madera muerta, á semejanza de un mondadientes roto.
La fuerza destructora se había ensañado en los árboles seculares: hayas, encinas y robles. Grandes marañas de ramaje cortado cubrían el suelo, como si acabase de pasar por él una banda de leñadores gigantescos. Los troncos aparecían seccionados á poca distancia de la tierra, con un corte limpio y pulido, como de un solo hachazo. En torno de las raíces desenterradas abundaban las piedras revueltas con los terrones; piedras que dormían en las entrañas del suelo y la explosión había hecho volar sobre la superficie.
A trechos--brillando entre los árboles ó partiendo el camino con una inoportunidad que obligaba á molestos rodeos--extendían sus láminas acuáticas unos charcos enormes, todos iguales, de una regularidad geométrica, redondos, exactamente redondos. Desnoyers los comparó con palanganas hundidas en el suelo para uso de los invisibles titanes que habían talado la selva. Su profundidad enorme empezaba en los mismos bordes. Un nadador podía arrojarse en estos charcos sin tocar el fondo. El agua era verdosa, agua muerta, agua de lluvia, con una costra de vegetación perforada por las burbujas respiratorias de los pequeños organismos que empezaban á vivir en sus entrañas.
En mitad de la cuesta, rodeadas de pinos, había varias tumbas con cruces de madera; tumbas de soldados franceses rematadas por banderitas tricolores. Sobre estos túmulos cubiertos de musgo descansaban viejos kepis de artilleros. El leñador feroz, al destrozar el bosque, había alcanzado ciegamente á las hormigas que se movían entre los troncos.
Don Marcelo llevaba polainas, amplio sombrero, y sobre los hombros un poncho fino arrollado como una manta. Había sacado á luz estas prendas que le recordaban su lejana vida en la estancia. Detrás de él caminaba Lacour, procurando conservar su dignidad senatorial entre los jadeos y resoplidos de fatiga. También llevaba botas altas y sombrero blando, pero había conservado el chaqué de solemnes faldones, por no renunciar por completo á su uniforme parlamentario. Delante marchaban dos capitanes sirviéndoles de guías.
Estaban en una montaña ocupada por la artillería francesa. Iban hacia las cumbres, donde había ocultos cañones y cañones formando una línea de varios kilómetros. Los artilleros alemanes habían causado estos destrozos contestando á los tiros de los franceses. El bosque estaba rasgado por el obús. Las lagunas circulares eran embudos abiertos por las «marmitas» germánicas en un suelo de fondo calizo é impermeable que conservaba los regueros de la lluvia.
Habían dejado su automóvil al pie de la montaña. Uno de los oficiales, viejo artillero, les explicó esta precaución. Debían seguir cuesta arriba cautelosamente. Estaban al alcance del enemigo, y un automóvil podía atraer sus cañonazos.
--Un poco fatigosa la subida--continuó--. ¡Animo, señor senador!... Ya estamos cerca.
Empezaron á cruzarse en el camino con soldados de artillería. Muchos de ellos sólo tenían de militar el kepis. Parecían obreros de una fábrica de metalurgia, fundidores y ajustadores, con pantalones y chalecos de pana. Llevaban los brazos descubiertos, y algunos, para marchar sobre el barro con mayor seguridad, calzaban zuecos de madera. Eran antiguos trabajadores del hierro incorporados por la movilización á la artillería de reserva. Sus sargentos habían sido contramaestres; muchos de sus oficiales, ingenieros y dueños de taller.
De pronto, los que subían tropezaron con los férreos habitantes del bosque. Cuando éstos hablaban se estremecía el suelo, temblaba el aire, y los pobladores de la arboleda, cuervos y liebres, mariposas y hormigas, huían despavoridos para ocultarse, como si el mundo fuese á perecer en ruidosa convulsión. Ahora, los monstruos bramadores permanecían callados. Se llegaba junto á ellos sin verlos. Entre el ramaje verde asomaba el extremo de algo semejante á una viga gris; otras veces, esta aparición emergía de un amontonamiento de troncos secos. Al dar vuelta al obstáculo, aparecía una plazoleta de tierra limpia ocupada por varios hombres que vivían, dormían y trabajaban en torno de un artefacto enorme montado sobre ruedas.
El senador, que había escrito versos en su juventud y hacía poesía oratoria cuando inauguraba alguna estatua en su distrito, vió en estos solitarios de la montaña, ennegrecidos por el sol y el humo, despechugados y arremangados, una especie de sacerdotes puestos al servicio de la divinidad fatal, que recibía de sus manos la ofrenda de las enormes cápsulas explosivas, vomitándolas en forma de trueno.
Ocultos bajo el ramaje, para librarse de la observación de los aviadores enemigos, los cañones franceses se esparcían por las crestas y mesetas de una serie de montañas. En este rebaño de acero había piezas enormes, con ruedas reforzadas de patines, semejantes á las de las locomóviles agrícolas que Desnoyers tenía en sus estancias para arar la tierra. Como bestias menores, más ágiles y juguetonas en su incesante ladrido, los grupos del 75 aparecían interpolados entre los sombríos monstruos.
Los dos capitanes habían recibido del general de su cuerpo de ejército la orden de enseñar minuciosamente al senador el funcionamiento de la artillería. Y Lacour aceptaba con reflexiva gravedad sus observaciones, mientras volvía los ojos á un lado y á otro con la esperanza de reconocer á su hijo. Lo interesante para él era ver á René... Pero recordando el pretexto oficial de su viaje, seguía de cañón en cañón oyendo explicaciones.
Mostraban los proyectiles los sirvientes de las piezas: grandes cilindros ojivales extraídos de los almacenes subterráneos. Estos almacenes, llamados «abrigos», eran profundas madrigueras, pozos oblicuos reforzados con sacos de tierra y maderos. Servían de refugio al personal libre y guardaban las municiones á cubierto de una explosión.
Un artillero les mostró dos bolsas unidas de tela blanca, bien repletas. Parecían un salchichón doble y eran la carga de uno de los grandes cañones. La bolsa quedó abierta, saliendo á la luz unos paquetes de hojas color de rosa. El senador y su acompañante se admiraron de que esta pasta, que parecía un artículo de tocador, fuese uno de los terribles explosivos de la guerra moderna.
--Afirmo--dijo Lacour--que al encontrar en la calle uno de estos atados lo habría creído procedente del bolso de una dama ó un olvido de dependiente de perfumería... todo, menos un explosivo. ¡Y con esto, que parece fabricado para los labios, puede volarse un edificio!...
Siguieron su camino. En lo más alto de la montaña vieron un torreón algo desmoronado. Era el puesto más peligroso. Un oficial examinaba desde él la línea enemiga para apreciar la exactitud de los disparos. Mientras sus camaradas estaban debajo de la tierra, ó disimulados por el ramaje, él cumplía su misión desde este punto visible.
A corta distancia de la torre se abrió ante sus ojos un pasillo subterráneo. Descendieron por sus entrañas lóbregas, hasta dar con varias habitaciones excavadas en el suelo. Un lado de montaña cortado á pico era su fachada exterior. Angostas ventanillas perforadas en la piedra daban luz y aire á estas piezas.
Un comandante viejo, encargado del sector, salió á su encuentro, Desnoyers creyó ver á un jefe de sección de un gran almacén de París. Sus ademanes eran exquisitos, su voz suave parecía implorar perdón á cada palabra, como si se dirigiese á un grupo de damas ofreciéndoles los géneros de última novedad. Pero esta impresión sólo duró un momento. El soldado de pelo canoso y lentes de miope, que guardaba en plena guerra los gestos de un director de fábrica recibiendo á sus clientes, mostró al mover los brazos unas vendas y algodones en el interior de sus mangas. Estaba herido en ambas muñecas por una explosión de obús, y sin embargo continuaba en su sitio.
«¡Diablo de señor melifluo y almibarado!--pensó don Marcelo--. Hay que reconocer que es alguien.»
Habían entrado en el puesto de mando, vasta pieza que recibía la luz por una ventana horizontal de cuatro metros de ancho con sólo una altura de palmo y medio. Parecía el espacio abierto entre dos hojas de persiana. Debajo de ella se extendía una mesa de pino cargada de papeles, con varios taburetes. Ocupando uno de estos asientos se abarcaba con los ojos toda la llanura. En las paredes había aparatos eléctricos, cuadros de distribución, bocinas acústicas y teléfonos, muchos teléfonos.
El comandante apartó y amontonó los papeles, ofreciendo los taburetes con el mismo ademán que si estuviese en un salón.
--Aquí, señor senador.
Desnoyers, compañero humilde, tomó asiento á su lado. El comandante parecía un director de teatro preparándose á mostrar algo extraordinario. Colocó sobre la mesa un enorme papel que reproducía todos los accidentes de la llanura extendida ante ellos: caminos, pueblos, campos, alturas y valles. Sobre este mapa aparecía un grupo triangular de líneas rojas en forma de abanico. El vértice era el sitio donde ellos estaban; la parte ancha del triángulo el límite del horizonte real que abarcaban con los ojos.
--Vamos á tirar contra este bosque--dijo el artillero señalando un extremo de la carta--. Aquí es allá--continuó, designando en el horizonte una pequeña línea obscura--. Tomen ustedes los gemelos.
Pero antes de que los dos apoyasen el borde de los oculares en sus cejas, el comandante colocó sobre el mapa un nuevo papel. Era una fotografía enorme y algo borrosa, sobre cuyos trazos aparecía un abanico de líneas encarnadas igual al otro.
--Nuestros aviadores--continuó el artillero cortés--han tomado esta mañana algunas vistas de las posiciones enemigas. Esto es una ampliación de nuestro taller fotográfico... Según sus informes, hay acampados en el bosque dos regimientos alemanes.
Don Marcelo vió en la fotografía la mancha del bosque y dentro de ella líneas blancas que figuraban caminos, grupos de pequeños cuadrados que eran manzanas de casas de un pueblo. Creyó estar en un aeroplano contemplando la tierra á mil metros de altura. Luego se llevó los gemelos á los ojos, siguiendo la dirección de una de las líneas rojas, y vió agrandarse en el redondel de la lente una barra negra, algo semejante á una línea gruesa de tinta: el bosque, el refugio de los enemigos.
--Cuando usted lo disponga, señor senador, empezaremos--dijo el comandante, llegando al último extremo de la cortesía--. ¿Está usted pronto?...
Desnoyers sonrió levemente. ¿A qué iba á estar pronto su ilustre amigo? ¿De qué podía servir, simple mirón como él, y emocionado indudablemente por lo nuevo del espectáculo?...
Sonaron á sus espaldas un sinnúmero de timbres: vibraciones que llamaban, vibraciones que respondían. Los tubos acústicos parecían hincharse con el galope de las palabras. El hilo eléctrico pobló el silencio de la habitación con las palpitaciones de su vida misteriosa. El amable jefe ya no se ocupaba de sus personas. Lo adivinaron á sus espaldas ante la boca de un teléfono, conversando con sus oficiales á varios kilómetros de distancia. El héroe dulzón y bienhablado no abandonaba un momento su retorcida cortesía.
--¿Quiere usted tener la bondad de empezar?...--dijo suavemente al oficial lejano--. Con mucho gusto le comunico la orden.
Sintió don Marcelo un ligero temblor nervioso junto á una de sus piernas. Era Lacour, inquieto por la novedad. Iba á iniciarse el fuego; iba ocurrir algo que no había visto nunca. Los cañones estaban encima de sus cabezas: temblaría la bóveda como la cubierta de un buque cuando disparan sobre ella. La habitación, con sus tubos acústicos y sus vibraciones de teléfonos, era semejante al puente de un navío en el momento del zafarrancho. ¡El estrépito que iba á producirse!... Transcurrieron algunos segundos, que fueron larguísimos... De pronto, un trueno lejano que parecía venir de las nubes. Desnoyers ya no sintió la vibración nerviosa junto á su pierna. El senador se movió á impulsos de la sorpresa; su gesto parecía decir: «¿Y esto es todo?...» Los metros de tierra que tenían sobre ellos amortiguaron las detonaciones. El tiro de una pieza gruesa equivalía á un garrotazo en un colchón. Más impresionante resultaba el gemido del proyectil sonando á gran altura, pero desplazando el aire con tal violencia, que sus ondas llegaban hasta la ventana.
Huía... huía, debilitando su rugido. Pasó mucho tiempo antes de que se notasen sus efectos. Los dos amigos llegaron á creer que se había perdido en él espacio. «No llega... no llega», pensaban. De pronto surgió en el horizonte, exactamente en el lugar indicado, sobre el borrón del bosque, una enorme columna de humo, una torre giratoria de vapor negro, seguida de una explosión volcánica.
--¡Qué mal debe vivirse allí!--dijo el senador.
El y Desnoyers experimentaron una impresión de alegría animal, un regocijo egoísta, viéndose en lugar seguro, á varios metros debajo del suelo.
--Los alemanes van á tirar de un momento á otro--dijo en voz baja don Marcelo á su amigo.
El senador fué de la misma opinión. Indudablemente iban á contestar, entablándose un duelo de artillería.
Todas las baterías francesas habían abierto el fuego. La montaña tronaba incesantemente: se sucedían los rugidos de los proyectiles; el horizonte, todavía silencioso, se iba erizando de negras columnas salomónicas. Los dos reconocieron que se estaba muy bien en este refugio, semejante á un palco de teatro...
Alguien tocó en un hombro á Lacour. Era uno de los capitanes que les guiaban por el frente.
--Vamos arriba--dijo con sencillez--. Hay que ver de cerca cómo trabajan nuestros cañones. El espectáculo vale la pena.
¿Arriba?... El personaje quedó perplejo, asombrado, como si le propusiesen un viaje interplanetario. ¿Arriba, cuando los enemigos iban á contestar de un momento á otro?...
El capitán explicó que el subteniente Lacour estaba tal vez esperando á su padre. Habían avisado por teléfono á su batería, emplazada á un kilómetro de distancia: debía aprovechar el tiempo para verle.
Subieron de nuevo á la luz por el boquete del subterráneo. El senador se había erguido majestuosamente.
«Van á tirar--decía una voz en su interior--; van á contestar los enemigos.»
Pero se ajustó el chaqué como un manto trágico, y siguió adelante, grave y solemne. Si aquellos hombres de guerra, adversarios del parlamentarismo, querían reír ocultamente de las emociones de un personaje civil, se llevaban chasco.
Desnoyers admiró la decisión con que el grande hombre se lanzaba fuera del subterráneo, lo mismo que si marchase contra el enemigo.
A los pocos pasos se desgarró la atmósfera en ondas tumultuosas. Los dos vacilaron sobre los pies, mientras zumbaban sus oídos y creían sentir en la nuca la impresión de un golpe. Se les ocurrió al mismo tiempo que ya habían empezado á tirar los alemanes. Pero eran los suyos los que tiraban. Una vedija de humo surgió del bosque, á una docena de metros, disolviéndose instantáneamente. Acababa de disparar una de las piezas de enorme calibre, oculta en el ramaje junto á ellos. Los capitanes dieron una explicación sin detener el paso. Tenían que seguir por delante de los cañones, sufriendo la violenta sonoridad de sus estampidos, para no aventurarse en el espacio descubierto donde estaba el torreón del vigía. También ellos esperaban de un momento á otro la contestación de enfrente.
El que iba junto á don Marcelo le felicitó por la impavidez con que soportaba los cañonazos.
--Mi amigo conoce eso--dijo el senador con orgullo--. Estuvo en la batalla del Marne.
Los dos militares apreciaron con alguna extrañeza la edad de Desnoyers. ¿En qué lugar había estado? ¿A qué cuerpo pertenecía?...
--Estuve de víctima--dijo el aludido, modestamente.
Un oficial venía corriendo hacia ellos del lado del torreón, por el espacio desnudo de árboles. Repetidas veces agitó su kepis para que le viesen mejor. Lacour tembló por él. Podían distinguirle los enemigos; se ofrecía como blanco al cortar imprudentemente el espacio descubierto, con el deseo de llegar antes. Y aún tembló más al verle de cerca... Era René.
Sus manos oprimieron con cierta extrañeza unas manos fuertes, nervudas. Vió el rostro de su hijo con los rasgos más acentuados, obscurecido por la pátina que de la existencia campestre. Un aire de resolución, de confianza en las propias fuerzas, parecía desprenderse de su persona. Seis meses de vida intensa le habían transformado. Era el mismo, pero con el pecho más amplio, las muñecas más fuertes. Las facciones suaves y dulces de la madre se habían perdido bajo esta máscara varonil. Lacour reconoció con orgullo que ahora se parecía á él.
Después de los abrazos de saludo, René atendió á don Marcelo con más asiduidad que á su padre. Creía percibir en su persona algo del perfume de Chichí. Preguntó por ella: quería saber detalles de su vida, á pesar de la frecuencia con que llegaban sus cartas.
El senador, mientras tanto, conmovido por su reciente emoción, había tomado cierto aire oratorio al dirigirse á su hijo. Improvisó un fragmento de discurso en honor de este soldado de la República que llevaba el glorioso nombre de Lacour, juzgando oportuno el momento para hacer conocer á aquellos militares profesionales los antecedentes de su familia.
--Cumple tu deber, hijo mío. Los Lacour tienen tradiciones guerreras. Acuérdate de nuestro abuelo, el comisario de la Convención, que se cubrió de gloria en la defensa de Maguncia.
Mientras hablaba se habían puesto todos en marcha, doblando una punta del bosque para colocarse detrás de los cañones.
Aquí, el estrépito era menos violento. Las grandes piezas, después de cada disparo, dejaban escapar por la recámara una nubecilla de humo semejante á la de una pipa. Los sargentos dictaban cifras, comunicadas en voz baja por otro artillero que tenía en una oreja el auricular del teléfono. Los sirvientes obedecían silenciosos en torno del cañón. Tocaban una ruedecita, y el monstruo elevaba su morro gris, lo movía á un lado ó á otro, con la expresión inteligente y la agilidad de una trompa de elefante. Al pie de la pieza más próxima se erguía, con el tirador en las manos, un artillero de cara impasible. Debía estar sordo. Su embrutecimiento facial delataba cierta autoridad. Para él, la vida no era mas que una serie de tirones y de truenos. Conocía su importancia. Era el servidor de la tormenta, el guardián del rayo.
--¡Fuego!--gritó el sargento.
Y el trueno estalló á su voz. Todo pareció temblar; pero acostumbrados los dos viajeros á oir los estampidos de las piezas por la parte de la boca, les pareció de segundo orden el estrépito presente.
Lacour iba á continuar su relato sobre el glorioso abuelo de la Convención, cuando algo extraordinario cortó su facundia.
--Tiran--dijo simplemente el artillero que ocupaba el teléfono.
Los dos oficiales repitieron al senador esta noticia, transmitida por los vigías de la torre. ¿No había dicho él que los enemigos iban á contestar?... Obedeciendo al santo instinto de conservación y empujado al mismo tiempo por su hijo, se vió en un «abrigo» de la batería. No quiso agazaparse en el interior de la estrecha cueva. Permaneció junto á la entrada, con una curiosidad que se sobreponía á la inquietud.
Sintió venir al invisible proyectil á pesar del estrépito de los cañones inmediatos. Percibía, con rara sensibilidad su paso á través de la atmósfera por encima de los otros ruidos más potentes y cercanos. Era un gemido que ensanchaba su intensidad; un triángulo sonoro, con el vértice en el horizonte, que se abría al avanzar, llenando todo el espacio. Luego ya no fué un gemido, fué un bronco estrépito; formado por diversos choques y roces, semejantes al descenso de un tranvía eléctrico por una calle en cuesta, á la carrera de un tren que pasa ante una estación sin detenerse.
Le vió aparecer en forma de nube, agrandóse como si fuese á desplomarse sobre la batería. Sin saber cómo, se encontró en el fondo del «abrigo», y sus manos tropezaron con el frío contacto de un montón de cilindros de acero alineados como botellas. Eran proyectiles.
«Si la «marmita» alemana--pensó--estallase sobre esta madriguera... ¡qué espantosa voladura!...»