Los cuatro jinetes del apocalipsis

Chapter 23

Chapter 233,842 wordsPublic domain

Al fin se refugió en el pabellón del conserje. La mujer le veía con asombro, caído en un asiento de su cocina, desalentado, la mirada en el suelo, súbitamente envejecido al perder las energías que animaban su robusta ancianidad.

--¡Ah, señor!... ¡Pobre señor!

De todos los atentados de la invasión, el más inaudito para la pobre mujer era contemplar al dueño refugiado en su vivienda.

--¡Qué va á ser de nosotros!--gemía.

Su marido era llamado con frecuencia por los invasores. Los asistentes de Su Excelencia, instalados en los sótanos del castillo, lo reclamaban para inquirir el paradero de las cosas que no podían encontrar. De estos viajes volvía humillado, con los ojos llenos de lágrimas. Tenía en la frente la huella negra de un golpe; su chaqueta estaba desgarrada. Eran rastros de un débil intento de oposición durante la ausencia del dueño al iniciar los alemanes el despojo de establos y salones.

El millonario se sintió ligado por el infortunio á unas gentes consideradas hasta entonces con indiferencia. Agradecía mucho la fidelidad de este hombre enfermo y humilde. Le conmovió el interés de la pobre mujer, que miraba el castillo como si fuese propio. La presencia de la hija trajo á su memoria la imagen de Chichí. Había pasado junto á ella sin fijarse en su transformación, viéndola lo mismo que cuando acompañaba, con trote de gozquecillo, á la señorita Desnoyers en sus excursiones por el parque y los alrededores. Ahora era una mujer, con la delgadez del último crecimiento, apuntando las primeras gracias femeniles en su cuerpo de catorce años. La madre no la dejaba salir del pabellón, temiendo á la soldadesca, que lo invadía todo con su corriente desbordada, filtrándose en los lugares abiertos, rompiendo los obstáculos que estorbaban su paso.

Desnoyers abandonó su desesperado mutismo para confesar que sentía hambre. Le avergonzaba esta exigencia material, pero las emociones del día, la muerte vista de cerca, el peligro todavía amenazante, despertaron en él un apetito nervioso. La consideración de que era un miserable en medio de sus riquezas y no podía disponer de nada en su dominio aumentó todavía más su necesidad.

--¡Pobre señor!--dijo otra vez la mujer.

Y contempló con asombro al millonario devorando un pedazo de pan y un triángulo de queso, lo único que pudo encontrar en su vivienda. La certeza de que no conseguiría otro alimento por más que buscase, hizo que don Marcelo siguiese atormentado por su apetito. ¡Haber conquistado una fortuna enorme, para sufrir hambre al final de su existencia!... La mujer, como si adivinase sus pensamientos, gemía, elevando los ojos. Desde las primeras horas de la mañana el mundo había cambiado su curso: todas las cosas parecían al revés. ¡Ay, la guerra!...

En el resto de la tarde y una parte de la noche fué recibiendo el propietario las noticias que le traía el conserje después de sus visitas al castillo. El general y numerosos oficiales ocupaban las habitaciones. No quedaba cerrada una sola puerta: todas estaban de par en par, á culatazos y hachazos. Habían desaparecido muchas cosas; el portero no sabía cómo, pero habían desaparecido, tal vez rotas, tal vez arrebatadas por los que entraban y salían. El jefe del brazal iba de habitación en habitación examinándolo todo, dictando en alemán á un soldado que escribía. Mientras tanto, el general y los suyos estaban en el comedor. Bebían abundantemente y consultaban mapas extendidos en el suelo. El pobre hombre había tenido que bajar á las cuevas en busca de los mejores vinos.

Al anochecer se marcó un movimiento de flujo en aquella marea humana que cubría los campos hasta perderse de vista. Habían quedado establecidos varios puentes sobre el Marne y la invasión reanudó su avance. Los regimientos se ponían en marcha lanzando su grito de entusiasmo: _«¡Nach Paris!»_ Los que se quedaban para continuar al día siguiente iban instalándose en las casas arruinadas ó al aire libre. Desnoyers oyó cánticos. Bajo el fulgor de las primeras estrellas los soldados se agrupaban como orfeonistas, formando con sus voces un coral solemne y dulce, de religiosa gravedad. Encima de los árboles flotaba una nube roja que la sombra hacía más intensa. Era el reflejo del pueblo, que aún llameaba. A lo lejos, otras hogueras de granjas y caseríos cortaban la noche con sus parpadeos sangrientos.

El viejo acabó por dormirse en la cama de sus conserjes, con el sueño pesado y embrutecedor del cansancio, sin sobresaltos ni pesadillas. Caía y caía en un agujero lóbrego y sin término. Al despertar, se imaginó que sólo había dormido unos minutos. El sol coloreaba de naranja las cortinillas de la ventana. A través de su tejido vió unas ramas de árbol y pájaros que saltaban piando entre las hojas. Sintió la misma alegría de los frescos amaneceres del verano. ¡Hermosa mañana! Pero ¿qué habitación era aquella?... Miró con extrañeza el lecho y cuanto le rodeaba. De pronto la realidad asaltó su cerebro, paralizado dulcemente por los primeros esplendores del día. Fué surgiendo de esta bruma mental la larga escalera de su memoria, con un último peldaño negro y rojo: el bloque de emociones que representaba el día anterior. ¡Y él había dormido tranquilamente rodeado de enemigos, sometido á una fuerza arbitraria que podía destruirle en uno de sus caprichos!...

Al entrar en la cocina, su conserje le dió noticias. Los alemanes se iban. El regimiento acampado en el parque había salido al amanecer, y tras de él, otros y otros. En el pueblo quedaba un batallón, ocupando las pocas casas enteras y las ruinas de las incendiadas. El general había partido también con su numeroso Estado Mayor. Sólo quedaba en el castillo el jefe de una brigada, al que llamaban sus asistentes «el conde», y varios oficiales.

Después de estas noticias se atrevió á salir del pabellón. Vió su jardín destrozado, pero hermoso. Los árboles guardaban impasibles los ultrajes sufridos en sus troncos. Los pájaros aleteaban con sorpresa y regocijo al verse dueños otra vez del espacio abandonado por la inundación humana.

Pronto se arrepintió Desnoyers de su salida. Cinco camiones estaban formados junto á los fosos, ante el puente del castillo. Varios grupos de soldados salían llevando á hombros muebles enormes, como peones que efectúan una mudanza. Un objeto voluminoso envuelto en cortinas de seda, que suplían á la lona de embalaje, era empujado por cuatro hombres hasta uno de los automóviles. El propietario adivinó. ¡Su baño: la famosa tina de oro!... Luego, con un brusco cambio de opinión, no sintió dolor por esta pérdida. Odiaba ahora la ostentosa pieza, atribuyéndole una influencia fatal. Por su culpa se veía él allí. Pero ¡ay!... ¡los otros muebles amontonados en los camiones!... En este momento pudo abarcar toda la extensión de su miseria y su impotencia. Le era imposible defender su propiedad; no podía discutir con aquel jefe que saqueaba el castillo tranquilamente, ignorando la presencia del dueño. «¡Ladrones! ¡ladrones!» Y volvió á meterse en el pabellón.

Pasó toda la mañana con el codo en una mesa y la mandíbula apoyada en la mano, lo mismo que el día anterior, dejando que las horas se desgranasen lentamente, no queriendo oir el sordo rodar de los vehículos que se llevaban las muestras de su opulencia.

Cerca de mediodía le anunció el conserje que un oficial llegado una hora antes en automóvil deseaba verle.

Al salir del pabellón encontró á un capitán igual á los otros, con el casco puntiagudo y enfundado, el uniforme color de mostaza, botas de cuero rojo, sable, revólver, gemelos y la carta geográfica en un estuche pendiente del cinturón. Parecía joven; ostentaba en una manga el brazal del Estado Mayor.

--¿Me conoce?... No he querido pasar por aquí sin verle.

Dijo esto en castellano, y Desnoyers experimentó una sorpresa más grande que todas las que había sentido en sus largas horas de angustia á partir de la mañana anterior.

--¿De veras que no me conoce?--prosiguió el alemán, siempre en español--. Soy Otto... el capitán Otto von Hartrott.

El viejo descendió, ó más bien rodó por la escalera de su memoria, para detenerse en un peldaño lejano. Vió la estancia, vió á sus cuñados que tenían el segundo hijo. «Le pondré el nombre de Bismarck», decía Karl. Luego, remontando muchos escalones, se veía en Berlín durante su visita á los Hartrott. Hablaban con orgullo de Otto, casi tan sabio como el hermano mayor, pero que aplicaba su talento á la guerra. Era teniente y continuaba sus estudios para ingresar en el Estado Mayor. «¿Quién sabe si llegará á ser otro Moltke?», decía el padre. Y la bulliciosa Chichí lo bautizó con un apodo, aceptado por la familia. Otto fué en adelante _Moltkecito_ para sus parientes de París.

Desnoyers se admiró de las transformaciones realizadas por los años. Aquel capitán vigoroso y de aire insolente, que podía fusilarle, era el mismo pequeñín que había visto corretear en la estancia, el _Moltkecito_ imberbe del que reía su hija...

Mientras tanto, el militar explicaba su presencia allí. Pertenecía á otra división. Eran muchas... ¡muchas! las que avanzaban formando un muro extenso y profundo desde Verdún á París. Su general le había enviado para mantener el contacto con la división inmediata, pero al verse en las cercanías del castillo, había querido visitarlo. La familia no es una simple palabra. El se acordaba de los días que había pasado en Villeblanche, cuando la familia Hartrott fué á vivir por algún tiempo con sus parientes de Francia. Los oficiales que ocupaban el edificio le habían retenido para que almorzase en su compañía. Uno de ellos mencionó casualmente al dueño de la propiedad, dando á entender que andaba cerca, aunque nadie se fijaba en su persona. Una gran sorpresa para el capitán von Hartrott. Y había hecho averiguaciones hasta dar con él, doliéndose de verle refugiado en la habitación de sus porteros.

--Debe usted salir de ahí: usted es mi tío--dijo con orgullo--. Vuelva á su casa, donde le corresponde estar. Mis camaradas tendrán mucho gusto en conocerle; son hombres muy distinguidos.

Se lamentó luego de lo que el viejo hubiese podido sufrir. No sabía con certeza en qué consistían tales sufrimientos, pero adivinaba que los primeros instantes de la invasión habrían sido crueles para él.

--¡Qué quiere usted!--repitió varias veces--. Es la guerra.

Al mismo tiempo celebraba que hubiese permanecido en su propiedad. Tenían la orden de castigar con predilección los bienes de los fugitivos. Alemania deseaba que los habitantes permaneciesen en sus viviendas, como si no ocurriese nada extraordinario. Desnoyers protestó... ¡Pero si los invasores fusilaban á los inocentes y quemaban sus casas!... El sobrino se opuso á que siguiese hablando. Palideció, como si detrás de su epidermis se esparciese una ola de ceniza; le brillaron los ojos, le temblaron las mejillas, lo mismo que al teniente que se había posesionado del castillo.

--Se refiere usted al fusilamiento del alcalde y los otros... Me lo acaban de contar los camaradas. Aún ha sido flojo el castigo; debían haber arrasado el pueblo entero: debían haber matado hasta á los niños y las mujeres. Hay que acabar con los franco-tiradores.

El viejo le miró con asombro. Su _Moltkecito_ era tan peligroso y feroz como los otros... Pero el capitán cortó la conversación, repitiendo una vez más la eterna y monstruosa excusa:

--Muy horrible, pero ¡qué quiere usted!... Así es la guerra.

Luego pidió noticias de su madre, alegrándose al saber que estaba en el Sur. Le había inquietado mucho la idea de que permaneciese en París. ¡Con las revoluciones que habían ocurrido allá en los últimos tiempos!... Desnoyers quedó dudando, como si hubiese oído mal. ¿Qué revoluciones eran esas?... Pero el oficial había pasado sin más explicación á hablar de los suyos, creyendo que Desnoyers sentiría impaciencia por conocer la suerte de la parentela germánica.

Todos estaban en una situación magnífica. Su ilustre padre era presidente de varias sociedades patrióticas--ya que sus años no le permitían ir á la guerra--y organizaba además futuras empresas industriales para explotar los países conquistados. Su hermano «el sabio» daba conferencias acerca de los pueblos que debía anexionarse el Imperio victorioso, tronando contra los malos patriotas que se mostraban débiles y mezquinos en sus pretensiones. Los tres hermanos restantes figuraban en el ejército: á uno de ellos lo habían condecorado en Lorena. Las dos hermanas, algo tristes por la ausencia de sus prometidos, tenientes de húsares, se entretenían en visitar los hospitales y pedir á Dios que castigase á la traidora Inglaterra.

El capitán von Hartrott llevó lentamente á su tío hacia el castillo. Los soldados grises y rígidos, que habían ignorado hasta entonces la existencia de don Marcelo, le seguían con interés viéndole en amistosa conversación con un oficial del Estado Mayor. Adivinó que estos hombres iban á humanizarse para él, perdiendo su automatismo inexorable y agresivo.

Al entrar en el edificio, algo se contrajo en su pecho con estremecimientos de angustia. Vió por todas partes dolorosos vacíos que le hicieron recordar los objetos que ocupaban antes el mismo espacio. Manchas rectangulares de color más fuerte delataban en el empapelado el emplazamiento de los muebles y cuadros desaparecidos. ¡Con qué prontitud y buen método trabajaba aquel señor del brazal en la manga!... A la tristeza que le produjo el despojo frío y ordenado vino á unirse su indignación de hombre económico, viendo cortinas con desgarrones, alfombras manchadas, objetos rotos de porcelana y cristal, todos los vestigios de una ocupación ruda y sin escrúpulos.

El sobrino, adivinando lo que pensaba, repitió la eterna excusa: «¡Qué hacer!... Es la guerra.»

Pero con _Moltkecito_ no tenía por qué guardar los miramientos del miedo.

--Esto no es guerra--dijo con acento rencoroso--. Es una expedición de bandidos... Tus camaradas son unos ladrones.

El capitán von Hartrott creció de pronto con violento estirón. Se separó del viejo, mirándole fijamente, mientras hablaba en voz baja, algo silbante por el temblor de la cólera. ¡Atención, tío! Afortunadamente, se había expresado en español y no podían entenderle los que estaban cerca de ellos. Si se permitía insistir en tales apreciaciones, corría el peligro de recibir una bala como respuesta. Los oficiales del emperador no se dejan insultar. Y todo en su persona demostraba la facilidad con que podía olvidarse de su parentesco si recibía la orden de proceder contra don Marcelo.

Calló éste, bajando la cabeza. ¡Qué iba á hacer!... El capitán reanudó sus amabilidades, como si hubiese olvidado lo que acababa de decir. Quería presentarle á sus camaradas. Su Excelencia el conde Meinbourg, Mayor General, al enterarse de que era pariente de los Hartrott, le dispensaba el honor de convidarle á su mesa.

Invitado en su propia vivienda, entró en el comedor, donde estaban muchos hombres vestidos de color mostaza y con botas altas. Instintivamente apreció con rápida ojeada el estado de la habitación. Todo en buen orden, nada roto: paredes, cortinajes y muebles seguían intactos. Pero al mirar al interior de los aparadores monumentales experimentó otra vez una sensación dolorosa. Por todas partes la obscuridad del roble. Habían desaparecido dos vajillas de plata y otra de porcelana antigua, sin dejar como rastro la más insignificante de sus piezas. Tuvo que responder con graves saludos á las presentaciones que iba haciendo su sobrino, y estrechó la mano que le tendía el conde con aristocrática dejadez. Los enemigos le consideraban con benevolencia y cierta admiración al saber que era un millonario procedente de la tierra lejana donde los hombres se enriquecen rápidamente.

Se vió de pronto sentado como un extraño ante su propia mesa, comiendo en los mismos platos que empleaba su familia, servido por unos hombres de cabeza esquilada al rape que llevaban sobre el uniforme un mandil á rayas. Lo que comía era suyo, el vino procedía de su bodega, todo lo que adornaba aquella habitación lo había comprado él, los árboles que extendían su ramaje más allá de la ventana le pertenecían igualmente... Y sin embargo, creyó hallarse en este sitio por primera vez, sufriendo el malestar de la extrañeza y la desconfianza. Comió porque sentía hambre, pero alimentos y vinos le parecían de otro planeta.

Iba examinando con asombro á estos enemigos que ocupaban los mismos lugares de su esposa, de sus hijos, de los Lacour... Hablaban en alemán entre ellos, pero los que conocían el francés se valían con frecuencia de este idioma para que les entendiese el invitado. Los que sólo chapurreaban unas palabras las repetían con acompañamiento de sonrisas amables. Se notaba en todos ellos un deseo de agradar al dueño del castillo.

--Va usted á almorzar con los bárbaros--dijo el conde al ofrecerle un asiento á su lado--. ¿No tiene usted miedo de que le coman vivo?...

Los alemanes rieron con gran estrépito la gracia de Su Excelencia. Todos hacían esfuerzos por demostrar con sus palabras y ademanes que era falsa la barbarie que les atribuían los enemigos.

Don Marcelo les miró uno á uno. Las fatigas de la guerra, especialmente la marcha acelerada de los últimos días, estaban visibles en sus personas. Unos eran altos, delgados, con una esbeltez angulosa; otros, cuadrados y fornidos, con el cuello corto y la cabeza hundida entre los hombros. Estos últimos habían perdido sus adiposidades en un mes de campaña, colgándoles la piel arrugada y flácida en varias partes del rostro. Todos llevaban la cabeza rapada, lo mismo que los soldados. En torno de la mesa brillaban dos filas de esferas craneales sonrosadas ó morenas. Las orejas sobresalían grotescamente; las mandíbulas se marcaban con el óseo relieve del enflaquecimiento. Algunos habían conservado el mostacho enhiesto, á la moda del emperador; los más iban afeitados ó con bigotes cortos en forma de cepillo.

Un brazalete de oro brillaba á continuación de una mano del conde puesta sobre la mesa. Era el más viejo de todos y el único que conservaba sus cabellos, de un rubio obscuro y canoso, peinados cuidadosamente y brillantes de pomada. Próximo á los cincuenta años, mantenía un vigor femenil, cultivado por los ejercicios violentos. Enjuto, huesudo y fuerte, procuraba disimular su rudeza de hombre de pelea con una negligencia suave y perezosa. Los oficiales le trataban con gran respeto. Hartrott había hablado de él á su tío como de un gran artista, músico y poeta. El emperador era su amigo: se conocían desde la juventud. Antes de la guerra, ciertos escándalos de su vida privada le habían alejado de la corte: vociferaciones de folicularios y de socialistas. Pero el soberano le mantenía en secreto su afecto de antiguo condiscípulo. Todos recordaban un baile suyo, _Los caprichos de Schahrazada_, representado con gran lujo en Berlín por recomendación del poderoso compañero. Había vivido algunos años en Oriente. En suma, un gran señor y un artista de exquisita sensibilidad, al mismo tiempo que un soldado.

El conde no podía admitir el silencio de Desnoyers. Era su comensal, y creyó del caso hacerle hablar para que interviniese en la conversación. Cuando don Marcelo explicó que sólo hacía tres días que había salido de París, todos se animaron, queriendo saber noticias.

«¿Vió usted algunas de las sublevaciones?...» «¿Tuvo la tropa que matar mucha gente?» «¿Cómo fué el asesinato de Poincaré?»

Le hicieron estas preguntas á la vez, y don Marcelo, desorientado por su inverosimilitud, no supo qué contestar. Creyó haber caído en una reunión de locos. Luego sospechó que se burlaban de él. ¿Sublevaciones? ¿Asesinato del Presidente?... Unos le miraban con lástima por su ignorancia; otros con recelo, al ver que fingía no conocer unos sucesos que se habían desarrollado junto á él. Su sobrino insistió.

--Los diarios de Alemania hablan mucho de eso. El pueblo de París se ha sublevado hace quince días contra el gobierno, asaltando el Elíseo y asesinando al Presidente. El ejército tuvo que emplear las ametralladoras para imponer el orden... Todo el mundo lo sabe.

Pero Desnoyers insistía en no saberlo: nada había visto. Y como sus palabras eran acogidas con un gesto de maliciosa duda, prefirió callarse. Su Excelencia, espíritu superior, incapaz de incurrir en las credulidades del vulgo, intervino para restablecer los hechos. Lo del asesinato tal vez no era cierto: los periódicos alemanes podían exagerar con la mejor buena fe. Precisamente pocas horas antes le había hecho saber el Estado Mayor General la retirada del gobierno francés á Burdeos. Pero lo de la sublevación del pueblo de París y su pelea con la tropa era indiscutible. «El señor lo ha visto sin duda, pero no quiere decirlo.» Desnoyers tuvo que contradecir al personaje, pero su negativa ya no fué escuchada. ¡París! Este nombre había hecho brillar los ojos, excitando la verbosidad de todos. Deseaban llegar cuanto antes á la vista de la torre Eiffel, entrar victoriosos en la ciudad, para saciarse de las privaciones y fatigas de un mes de campaña. Eran adoradores de la gloria militar, consideraban la guerra necesaria para la vida, y sin embargo se lamentaban de los sufrimientos que les proporcionaba. El conde exhaló una queja de artista.

--¡Lo que me ha perjudicado la guerra!--dijo con languidez--. Este invierno iban á estrenar en París un baile mío.

Todos protestaron de su tristeza: su obra sería impuesta después del triunfo, y los franceses tendrían que aplaudirla.

--No es lo mismo--continuó el conde--. Confieso que amo á París... ¡Lástima que esas gentes no hayan querido nunca entenderse con nosotros!...

Y se sumió en su melancolía de hombre no comprendido.

A uno de los oficiales que hablaba de las riquezas de París con ojos de codicia, lo reconoció de pronto Desnoyers por el brazal que ostentaba en una manga. Era el que había saqueado el castillo. Como si adivinase sus pensamientos, el comisario se excusó.

--Es la guerra, señor...

¡Lo mismo que los otros!... La guerra había que pagarla con los bienes de los vencidos. Era el nuevo sistema alemán; la vuelta saludable á la guerra de los tiempos remotos: tributos impuestos á las ciudades y saqueo aislado de las casas. De este modo se vencían las resistencias del enemigo y la guerra terminaba antes. No debía entristecerse por el despojo. Sus muebles y alhajas serían vendidos en Alemania. Podía hacer una reclamación al gobierno francés para que le indemnizase después de la derrota: sus parientes de Berlín apoyarían la demanda.

Desnoyers oyó con espanto tales consejos. ¡Qué mentalidad la de aquellos hombres! ¿Estaban locos ó querían reirse de él?...

Al terminar el almuerzo, algunos oficiales se levantaron, requiriendo sus sables para cumplir actos del servicio. El capitán von Hartrott también se levantó: necesitaba volver al lado de su general; había dedicado bastante tiempo á las expansiones de familia. El tío le acompañó hasta el automóvil. _Moltkecito_ se excusaba una vez más de los desperfectos y despojos sufridos por el castillo.

--Es la guerra... Debemos ser duros para que resulte breve. La verdadera bondad consiste en ser crueles, porque así, el enemigo, aterrorizado, se entrega más pronto y el mundo sufre menos.

Don Marcelo levantó los hombros ante el sofisma. Estaban en la puerta del edificio. El capitán dió órdenes á un soldado, y éste volvió poco después con un pedazo de tiza que servía para marcar las señales de alojamiento. Von Hartrott deseaba proteger á su tío. Y empezó á trazar una inscripción en la pared, junto á la puerta: _«Bitte, nicht plündern. Es sind freundliche Leute...»_

Luego la tradujo, en vista de las repetidas preguntas del viejo.

--Quiere decir: «Se ruega no saquear. Los habitantes de esta casa son gente amable... gente amiga.»

¡Ah, no!... Desnoyers repelió con vehemencia esta protección. El no quería ser amable. Callaba porque no podía hacer otra cosa... ¡pero amigo de los invasores de su país!...