Los cuatro jinetes del apocalipsis
Chapter 18
Y fué en estos momentos de general angustia cuando don Marcelo visitó á su amigo el senador Lacour para asombrarle con la más inaudita de las peticiones. Quería ir inmediatamente á su castillo. Cuando todos huían hacia París, él necesitaba marchar en dirección contraria. El senador no pudo creer lo que escuchaba.
--¡Está usted loco!--exclamó--. Hay que salir de París, pero con dirección al Sur. A usted se lo digo solamente, y cállelo, porque es un secreto. Nos vamos de un momento á otro; todos nos vamos: el presidente, el gobierno, las Cámaras. Nos instalaremos en Burdeos, como en 1870. El enemigo va á llegar: es asunto de días... de horas. Sabemos poco de lo que ocurre, pero todas las noticias son malas. El ejército se mantiene firme, aún está intacto, pero se retira... se retira, cediendo terreno... Créame, lo mejor es marcharse de París. Gallieni lo defenderá, pero la defensa va á ser dura y penosa... Aunque caiga París, no por eso caerá Francia. Continuaremos la guerra si es necesario hasta la frontera de España... Pero esto es triste, ¡muy triste!
Y ofreció á su amigo el llevarle con él en la retirada á Burdeos, que muy pocos conocían en aquellos momentos. Desnoyers movió la cabeza. No; deseaba ir al castillo de Villeblanche. Sus muebles... sus riquezas... su parque.
--¡Pero va usted á caer prisionero!--protestó el senador--. ¡Tal vez lo maten!
Un gesto de indiferencia fué la respuesta. Se consideraba con energías para luchar contra todos los ejércitos de Alemania defendiendo su propiedad. Lo importante era instalarse en ella, ¡y que se atreviese alguien á tocar lo suyo!... El senador miró con asombro á este burgués enfurecido por el sentimiento de la posesión. Se acordó de los mercaderes árabes, humildes y pacíficos ordinariamente, que pelean y mueren como fieras cuando los beduínos ladrones quieren apoderarse de sus géneros. El momento no era para discusiones: cada cual debía pensar en su propia suerte. El senador acabó por prestarse al deseo de su amigo. Si tal era su gusto, podía cumplirlo. Y consiguió con su influencia que saliese aquella misma noche en un tren militar que iba al encuentro del ejército.
Este viaje puso en contacto á don Marcelo con el extraordinario movimiento que la guerra había desarrollado en las vías férreas. Su tren tardó catorce horas en salvar una distancia corrida en dos normalmente. Se componía de vagones de carga llenos de víveres y cartuchos, con las puertas cerradas y selladas. Un coche de tercera clase estaba ocupado por la escolta del tren: un pelotón de territoriales. En uno de segunda se instaló Desnoyers, con el teniente que mandaba este grupo y varios oficiales que iban á incorporarse á sus regimientos después de terminar las operaciones de movilización en las poblaciones que guarnecían antes de la guerra. Los vagones de cola contenían sus caballos.
Se detuvo el tren muchas veces para dejar paso á otros que se le adelantaban repletos de soldados ó volvían hacia París con muchedumbres fugitivas. Estos últimos estaban compuestos de plataformas de carga, y en ellas se apelotonaban mujeres, niños, ancianos, revueltos con fardos de ropas, maletas y carretillas que les habían servido para llevar hasta la estación todo lo que restaba de sus ajuares. Eran á modo de campamentos rodantes que se inmovilizaban muchas horas y hasta días en los apartaderos, dejando paso libre á los convoyes impulsados por las necesidades apremiantes de la guerra. La muchedumbre, habituada á las detenciones interminables, desbordaba fuera del tren, instalándose ante la locomotora muerta ó esparciéndose por los campos inmediatos.
En las estaciones de alguna importancia, todas las vías estaban ocupadas por rosarios de vagones. Las máquinas, á gran presión, silbaban, impacientes de partir. Los grupos de soldados dudaban ante los diversos trenes, equivocándose, descendiendo de unos coches para instalarse en otros. Los empleados, calmosos y con aire de fatiga, iban de un lado á otro guiando á los hombres, dando explicaciones, disponiendo la carga de montañas de objetos. En el convoy que llevaba á Desnoyers los territoriales dormitaban, acostumbrados á la monótona operación de dar escolta. Los encargados de los caballos habían abierto las puertas corredizas de los vagones, sentándose en el borde con las piernas colgantes. El tren marchaba lentamente en la noche, á través de los campos de sombra, deteniéndose ante los faros rojos para avisar su presencia con largos silbidos. En algunas estaciones se presentaban muchachas vestidas de blanco, con escarapelas y banderitas sobre el pecho. Día y noche estaban allí, reemplazándose, para que no pasase un tren sin recibir su visita. Ofrecían en cestas y bandejas sus obsequios á los soldados: pan, chocolate, frutas. Muchos, por hartura, intentaban resistirse, pero habían de ceder finalmente ante el gesto triste de las jóvenes. Hasta Desnoyers se vió asaltado por estos obsequios del entusiasmo patriótico.
Pasó gran parte de la noche hablando con sus compañeros de viaje. Los oficiales sólo tenían vagos indicios de dónde podrían encontrar á sus regimientos. Las operaciones de la guerra cambiaban diariamente su situación. Pero fieles al deber, seguían adelante, con la esperanza de llegar á tiempo para el combate decisivo. El jefe de la escolta llevaba realizados algunos viajes y era el único que se daba cuenta exacta de la retirada. Cada vez hacía el tren un trayecto menor. Todos parecían desorientados. ¿Por qué la retirada?... El ejército había sufrido reveses indudablemente, pero estaba entero, y según su opinión debía buscar el desquite en los mismos lugares. La retirada dejaba libre el avance del enemigo. ¿Hasta dónde iban á retroceder?... ¡Ellos que dos semanas antes discutían en sus guarniciones el punto de Bélgica donde recibirían los adversarios el golpe mortal y por qué lugares invadirían á Alemania las tropas victoriosas!...
Su decepción no revelaba desaliento. Una esperanza indeterminada pero firme emergía sobre sus vacilaciones: el generalísimo era el único que poseía el secreto de los sucesos. Y Desnoyers aprobó, con el entusiasmo ciego que le inspiraban las personas cuando depositaba en ellas su confianza. ¡Joffre!... El caudillo serio y tranquilo lo arreglaría todo finalmente. Nadie debía dudar de su fortuna: era de los hombres que dicen siempre la última palabra.
Al amanecer abandonó el vagón. «Buena suerte.» Y estrechó las manos de aquellos jóvenes animosos, que iban á morir tal vez en breve plazo. El tren pudo seguir su camino inmediatamente al encontrar por casualidad la vía libre, y don Marcelo se vió solo en una estación. En tiempo normal salía de ella un ferrocarril secundario que pasaba por Villeblanche; pero el servicio estaba suspendido por falta de personal. Los empleados habían pasado á las grandes líneas, abarrotadas por los transportes de guerra.
Inútilmente buscó, con los más generosos ofrecimientos, un caballo, un simple carretón tirado por una bestia cualquiera, para continuar su viaje. La movilización acaparaba lo mejor, y los demás medios de transporte habían desaparecido con la fuga de los medrosos. Había que hacer á pie una marcha de quince kilómetros. El viejo no vaciló: ¡adelante! Y empezó á caminar por una carretera blanca, recta, polvorienta, entre tierras llanas é iguales que se sucedían hasta el infinito. Algunos grupos de árboles, algunos setos verdes y las techumbres de varias granjas alteraban la monotonía del paisaje. Los campos estaban cubiertos de rastrojos de la cosecha reciente. Los pajares abullonaban el suelo con sus conos amarillentos, que empezaban á obscurecerse tomando un tono de oro oxidado. En las vallas aleteaban los pájaros sacudiendo el rocío del amanecer.
Los primeros rayos del sol anunciaron un día caluroso. En torno de los pajares vió Desnoyers una agitación de personas que se levantaban, sacudiendo sus ropas y despertando á otras todavía dormidas. Eran fugitivos que habían acampado en las inmediaciones de la estación, esperando un tren que les llevase lejos, sin saber con certeza adónde deseaban ir. Unos procedían de lejanos departamentos: habían oído el cañón, habían visto aproximarse la guerra, y llevaban varios días de marcha á la ventura. Otros, al sentir el contagio de este pánico, habían huído igualmente, temiendo conocer los mismos horrores... Vió madres con sus pequeños en los brazos; ancianos doloridos que sólo podían avanzar con una mano en el bastón y otra en el brazo de alguno de su familia; viejas arrugadas é inmóviles como momias, que dormían y viajaban tendidas en una carretilla. Al despertar el sol á este tropel miserable se buscaban unos á otros con paso torpe, entumecidos aún por la noche, reconstituyendo los mismos grupos del día anterior. Muchos avanzaban hacia la estación con la esperanza de un tren que nunca llegaba á formarse, creyendo ser más dichosos en el día que acababa de nacer. Algunos seguían su camino á lo largo de los rieles, pensando que la suerte les sería más propicia en otro lugar.
Don Marcelo anduvo toda la mañana. La cinta blanca y rectilínea del camino estaba moteada de grupos que venían hacia él, semejantes en lontananza á un rosario de hormigas. No vió un solo caminante que siguiese su misma dirección. Todos huían hacia el Sur; y al encontrar á este señor de la ciudad, que marchaba bien calzado, con bastón de paseo y sombrero de paja, hacían un gesto de extrañeza. Le creían tal vez un funcionario, un personaje, alguien del gobierno, al verle avanzar solo hacia el país que abandonaban á impulsos del terror.
A mediodía pudo encontrar un pedazo de pan, un poco de queso y una botella de vino blanco en una taberna inmediata al camino. El dueño estaba en la guerra, la mujer gemía en la cama. La madre, una vieja algo sorda, rodeada de sus nietos, seguía desde la puerta este desfile de fugitivos que duraba tres días. «¿Por qué huyen, señor?--dijo al caminante--. La guerra sólo interesa á los soldados. Nosotros, gentes del campo, no hacemos mal á nadie y nada debemos temer.»
Cuatro horas después, al bajar una de las pendientes que forman el valle del Marne, vió á lo lejos los tejados de Villeblanche en torno de su iglesia, y emergiendo de una arboleda las caperuzas de pizarra que remataban los torreones de su castillo.
Las calles del pueblo estaban desiertas. Sólo en los alrededores de la plaza vió sentadas algunas mujeres, como en las tardes plácidas de otros veranos. La mitad del vecindario había huído; la otra mitad permanecía en sus hogares, por rutina sedentaria, engañándose con un ciego optimismo. Si llegaban los prusianos, ¿qué podían hacerles?... Obedecerían sus órdenes sin intentar ninguna resistencia, y á un pueblo que obedece no es posible castigarlo... Todo era preferible antes que perder unas viviendas levantadas por sus antepasados y de las que nunca habían salido.
En la plaza vió, formando un grupo, al alcalde y los principales habitantes. Todos ellos, así como las mujeres, miraron con asombro al dueño del castillo. Era la más inesperada de las apariciones. Cuando tantos huían hacia París, este parisién venía á juntarse con ellos, participando de su suerte. Una sonrisa de afecto, una mirada de simpatía, parecieron atravesar su áspera corteza de rústicos desconfiados. Hacía mucho tiempo que Desnoyers vivía en malas relaciones con el pueblo entero. Sostenía ásperamente sus derechos, sin admitir tolerancias en asuntos de propiedad. Habló muchas veces de procesar al alcalde y enviar á la cárcel á la mitad del vecindario, y sus enemigos le contestaban invadiendo traidoramente sus tierras, matando su caza, abrumándolo con reclamaciones judiciales y pleitos incoherentes... Su odio al municipio le había aproximado al cura, por vivir éste en franca hostilidad contra el alcalde. Pero sus relaciones con la Iglesia fueron tan infructuosas como sus luchas con el Estado. El cura era un bonachón, al que encontraba cierto parecido físico con Renán, y que únicamente se preocupaba de sacarle limosnas para los pobres, llevando su atrevimiento bondadoso hasta excusar á los merodeadores de su propiedad.
¡Cuán lejanas le parecían ahora las luchas sostenidas hasta un mes antes!... El millonario experimentó una gran sorpresa al ver cómo el sacerdote, saliendo de su casa para entrar en la iglesia, saludaba al pasar al alcalde con una sonrisa amistosa.
Después de largos años de mutismo hostil se habían encontrado en la tarde del 1.º de Agosto al pie de la torre de la iglesia. La campana sonaba á rebato para anunciar la movilización á los hombres que estaban en los campos. Y los dos enemigos, instintivamente, se habían estrechado la mano. ¡Todos franceses! Esta unanimidad afectuosa salía también al encuentro del odiado señor del castillo. Tuvo que saludar á un lado y á otro, apretando manos duras. Las gentes prorrumpían á sus espaldas en cariñosas rectificaciones. «Un hombre bueno, sin más defecto que la violencia de su carácter...» Y el señor Desnoyers conoció por unos minutos el grato ambiente de la popularidad.
Al verse en el castillo dió por bien empleada la fatiga de la marcha, que hacía temblar sus piernas. Nunca le había parecido tan grande y majestuoso su parque como en este atardecer de verano; nunca tan blancos los cisnes que se deslizaban, dobles por el reflejo, sobre las aguas muertas; nunca tan señorial el edificio, cuya imagen repetía invertida el verde espejo de los fosos. Sintió necesidad de ver inmediatamente los establos con sus animales vacunos; luego echó una ojeada á las cuadras vacías. La movilización se había llevado sus mejores caballos de labor. Igualmente había desaparecido su personal. El encargado de los trabajos y varios mozos estaban en el ejército. En todo el castillo sólo quedaba el conserje, un hombre de más de cincuenta años, enfermo del pecho, con su familia, compuesta de su mujer y una hija. Los tres cuidaban de llenar los pesebres de las vacas, ordeñando de tarde en tarde sus ubres olvidadas.
En el interior del edificio volvió á congratularse de la resolución que le había arrastrado hasta allí. ¡Cómo abandonar tales riquezas!... Contempló los cuadros, las vitrinas, los muebles, los cortinajes, todo bañado en oro por el resplandor moribundo del día, y sintió el orgullo de la posesión. Este orgullo le infundió un valor absurdo, inverosímil, como si fuese un ser gigantesco procedente de otro planeta y toda la humanidad que le rodeaba un simple hormiguero que podía borrar con los pies. ¡Que viniesen los enemigos! Se consideraba con fuerzas para defenderse de todos ellos... Luego, al arrancarle la razón de su delirio heroico, intentó tranquilizarse con un optimismo falto igualmente de solidez. No vendrían. El no sabía por qué, pero le anunciaba el corazón que los enemigos no llegarían hasta allí.
La mañana siguiente la pasó recorriendo los prados artificiales que había formado detrás del parque, lamentando el abandono en que estaban por la marcha de sus hombres, intentando abrir las compuertas para dar un riego al pasto, que empezaba á secarse. Las viñas alineaban sus masas de pámpanos á lo largo de los alambrados que las servían de sostén. Los racimos repletos, próximos á la madurez, asomaban entre las hojas sus triángulos granulados. ¡Ay, quién recogería esta riqueza!...
Por la tarde notó un movimiento extraordinario en el pueblo. Georgette, la hija del conserje, trajo la noticia de que empezaban á pasar por la calle principal automóviles enormes, muchos automóviles, y soldados franceses, muchos soldados. Al poco rato se inició el desfile por una carretera inmediata al castillo, que conducía al puente sobre el Marne. Eran camiones cerrados ó abiertos que aún conservaban sus antiguos rótulos comerciales bajo la capa de polvo endurecido y las salpicaduras de barro. Muchos de ellos ostentaban títulos de empresas de París; otros el nombre social de establecimientos de provincias. Y juntos con estos vehículos industriales requisados por la movilización pasaron otros procedentes del servicio público, que causaban en Desnoyers el mismo efecto que unos rostros amigos entrevistos en una muchedumbre desconocida. Eran ómnibus de París que aún mantenían en su parte alta los nombres indicadores de sus antiguos trayectos: _Madeleine-Bastille, Passy-Bourse, etc._ Tal vez había viajado él muchas veces en estos mismos vehículos, despintados, aviejados por veinte días de actividad intensa, con las planchas abolladas, los hierros torcidos, sonando á desvencijamiento y perforados como cribas.
Unos carruajes ostentaban redondeles blancos con el centro cortado por la cruz roja; otros tenían como marca letras y cifras que sólo podían entender los iniciados en los secretos de la administración militar. Y en todos estos vehículos, que únicamente conservaban nuevos y vigorosos sus motores, vió soldados, muchos soldados, pero todos heridos, con la cabeza y las piernas entrapajadas, rostros pálidos que una barba crecida hacía aún más trágicos, ojos de fiebre que miraban fijamente, bocas dilatadas como si se hubiese solidificado en ellas el gemido del dolor. Médicos y enfermeros ocupaban varios carruajes de este convoy. Algunos pelotones de jinetes lo escoltaban. Y entre la lenta marcha de monturas y automóviles pasaban grupos de soldados á pie, con el capote desabrochado ó pendiente de las espaldas lo mismo que una capa; heridos que podían caminar y bromeaban y cantaban, unos con un brazo fajado sobre el pecho, otros con la cabeza vendada, transparentándose á través de la tela el rezumamiento interior de la sangre.
El millonario quiso hacer algo por ellos; pero apenas intentó distribuir unas botellas de vino, unos panes, lo primero que encontró á mano, se interpuso un médico, apostrofándole como si cometiese un delito. Sus regalos podían resultar fatales. Y tuvo que permanecer al borde del camino, impotente y triste, siguiendo con ojos sombríos el convoy doloroso... Al cerrar la noche ya no fueron vehículos cargados de hombres enfermos los que desfilaban. Vió centenares de camiones, unos cerrados herméticamente, con la prudencia que imponen las materias explosivas; otros con fardos y cajas que esparcían un olor mohoso de víveres. Luego avanzaron grandes manadas de bueyes, que se arremolinaban en las angosturas del camino, siguiendo adelante bajo el palo y los gritos de los pastores con kepis.
Pasó la noche desvelado por sus pensamientos. Era la retirada de que hablaban las gentes en París, pero que muchos no querían creer; la retirada llegando hasta allí y continuando su retroceso indefinido, pues nadie sabía cual iba á ser su límite. El optimismo le sugirió una esperanza inverosímil. Tal vez esta retirada comprendía únicamente los hospitales, los almacenes, todo lo que se estaciona á espaldas de un ejército. Las tropas querían estar libres de impedimenta, para moverse con más agilidad, y la enviaban lejos por ferrocarriles y carreteras. Así debía ser. Y en los ruidos que persistieron durante toda la noche sólo quiso adivinar el paso de vehículos llenos de heridos, de municiones, de víveres, iguales á los que habían desfilado por la tarde.
Cerca del amanecer, el cansancio le hizo dormirse, y despertó bien entrado el día. Su primera mirada fué para el camino. Lo vió lleno de hombres y de caballos que tiraban de objetos rodantes. Pero los hombres llevaban fusiles y formaban batallones, regimientos. Las bestias arrastraban piezas de artillería. Era un ejército... era la retirada.
Desnoyers corrió al borde del camino para convencerse mejor de la verdad.
¡Ay! Eran regimientos como los que él había visto partir de las estaciones de París... pero con aspecto muy distinto. Los capotes azules se habían convertido en vestiduras andrajosas y amarillentas; los pantalones rojos blanqueaban con un color de ladrillo mal cocido; los zapatos eran bolas de barro. Los rostros tenían una expresión feroz, con regueros de polvo y sudor en todas sus grietas y oquedades, con barbas recién crecidas, agudas como púas, con un gesto de cansancio que revelaba el deseo de hacer alto, de quedarse allí mismo para siempre, matando ó muriendo, pero sin dar un paso más. Caminaban... caminaban... caminaban. Algunas marchas habían durado treinta horas. El enemigo iba sobre sus huellas, y la orden era de andar y no combatir, librándose por ligereza de pies de los movimientos envolventes intentados por el invasor. Los jefes adivinaban el estado de ánimo de sus hombres. Podían exigir el sacrificio de su vida, ¡pero ordenarles que marchasen día y noche, siempre huyendo del enemigo, cuando no se consideraban derrotados, cuando sentían gruñir en su interior la cólera feroz, madre del heroísmo!... Las miradas de desesperación buscaban al oficial inmediato, á los jefes, al mismo coronel. ¡No podían más! Una marcha enorme, anonadadora, en tan pocos días, ¿y para qué?... Los superiores, que sabían lo mismo que ellos, parecían contestar con los ojos, como si poseyesen un secreto: «¡Animo! Otro esfuerzo... Esto va á terminar muy pronto.»
Las bestias, vigorosas, pero desprovistas de imaginación, resistían menos que los hombres. Su aspecto era deplorable. ¿Cómo podían ser los mismos caballos fuertes y de pelo lustroso que él había visto en los desfiles de París á principios del mes anterior? Una campaña de veinte días los había envejecido y agotado. Su mirada opaca parecía implorar piedad. Estaban flacos, con una delgadez que hacía sobresalir las aristas de su osamenta y aumentaba el abultamiento de sus ojos. Los arneses, al moverse, descubrían su piel con los pelos arrancados y sangrientas desolladuras. Avanzaban con un tirón supremo, concentrando sus últimas fuerzas, como si la razón de los hombres obrase sobre sus obscuros instintos. Algunos no podían más y se desplomaban de pronto, abandonando á sus compañeros de fatiga. Desnoyers presenció cómo los artilleros los despojaban rápidamente de sus arneses, volteándolos hasta sacarlos del camino para que no estorbasen la circulación. Allí quedaban, mostrando su esquelética desnudez, disimulada hasta entonces por los correajes, con las patas rígidas y los ojos vidriosos y fijos, como si espiasen el revoloteo de las primeras moscas atraídas por su triste carroña.
Los cañones pintados de gris, las cureñas, los armones, todo lo había visto don Marcelo limpio y brillante, con ese frote amoroso que el hombre ha dedicado á las armas desde épocas remotas, más tenaz que el de la mujer con los objetos del hogar. Ahora todo parecía sucio, con la pátina del uso sin medida, con el desgaste de un inevitable abandono: las ruedas estaban deformadas exteriormente por el barro, el metal obscurecido por los vapores de la explosión, la pintura gris manchada por el musgo de la humedad.
En los espacios libres de este desfile, en los paréntesis abiertos entre una batería y un regimiento, corrían pelotones de paisanos: grupos miserables que la invasión echaba por delante; poblaciones enteras que se habían disgregado siguiendo al ejército en su retirada. El avance de una nueva unidad los hacía salir del camino, continuando su marcha á través de los campos. Luego, al menor claro en la masa de tropas, volvían á deslizarse por la superficie blanca é igual de la carretera. Eran madres que empujaban carretones con pirámides de muebles y chiquillos; enfermos que casi se arrastraban; octogenarios llevados en hombros por sus nietos; abuelos que sostenían niños en sus brazos; ancianas con pequeños agarrados á sus faldas como una nidada silenciosa.