Los cuatro jinetes del apocalipsis
Chapter 13
--Y aunque entrasen, ¿qué importa?... No por esto moriría el Derecho. Sufre eclipses, pero renace; puede ser desconocido, pisoteado, pero no por esto dejar de existir, y todas las almas buenas lo reconocen como única regla de vida. Un pueblo de locos quiere colocar la violencia sobre el pedestal que los demás han elevado al Derecho. Empeño inútil. La aspiración de los hombres será eternamente que exista cada vez más libertad, más fraternidad, más justicia.
Con esta afirmación el ruso pareció tranquilizarse. El y sus acompañantes hablaron del espectáculo que ofrecía París preparándose para la guerra. Tchernoff se apiadaba de los grandes dolores provocados por la catástrofe, de los miles y miles de tragedias domésticas que se estaban desarrollando en aquel momento. Nada había cambiado aparentemente. En el centro de la ciudad y en torno de las estaciones se desarrollaba un movimiento extraordinario, pero el resto de la inmensa urbe no delataba el gran trastorno de su existencia. La calle solitaria ofrecía el mismo aspecto de todas las noches. La brisa agitaba dulcemente las hojas de los árboles. Una paz solemne parecía desprenderse del espacio. Las casas dormían, pero detrás de las ventanas cerradas se adivinaba el insomnio de los ojos enrojecidos, la respiración de los pechos angustiosos por la amenaza próxima, la agilidad trémula de las manos preparando el equipaje de guerra, tal vez el último gesto de amor, cambiado sin placer, con besos terminados en sollozos.
Tchernoff se acordó de sus vecinos, de aquella pareja que ocupaba el otro departamento interior detrás del estudio. Ya no sonaba el piano de ella. El ruso había percibido rumor de disputas, choque de puertas cerradas con violencia y los pasos del hombre, que se iba en plena noche, huyendo de los llantos femeniles. Había empezado á desarrollarse un drama al otro lado de los tabiques: un drama vulgar, repetición de otros y otros que ocurrían al mismo tiempo.
--Ella es alemana--añadió el ruso--. Nuestra portera ha husmeado bien su nacionalidad. El se habrá marchado á estas horas para incorporarse á su regimiento. Anoche apenas pude dormir. Escuché los gemidos de ella á través de la pared; un llanto lento, desesperado, de criatura abandonada, y la voz del hombre, que en vano intentó hacerla callar... ¡Qué lluvia de tristezas cae sobre el mundo!
Aquella misma tarde, al salir de casa, la había encontrado frente á su puerta. Parecía otra mujer, con un aire de vejez, como si en unas horas hubiese vivido quince años. En vano había intentado animarla, recomendándole que aceptase con serenidad la ausencia de su hombre para no hacer daño al otro ser que llevaba en sus entrañas.
--Porque esa infeliz va á ser madre. Oculta su estado con cierto pudor, pero yo la he sorprendido desde mi ventana arreglando ropitas de niño.
La mujer le había escuchado como si no le entendiese. Las palabras eran impotentes ante su desesperación. Sólo había sabido balbucear, como si hablase con ella misma: «Yo alemana... El se va; tiene que irse... Sola... ¡sola para siempre!...»
--Piensa en su nacionalidad, que le separa del otro; piensa en el campo de concentración, al que la llevarán con sus compatriotas: Le da miedo el abandono en un país hostil que tiene que defenderse de la agresión de los suyos... Y todo esto cuando va á ser madre. ¡Qué miserias! ¡Qué tristezas!
Llegaron á la _rue de la Pompe_, y al entrar en la casa se despidió Tchernoff de sus acompañantes para subir por la escalera de servicio. Desnoyers quiso prolongar la conversación. Temía quedarse á solas con su amigo y que resurgiese su mal humor por las recientes contrariedades. La conversación con el ruso le interesaba. Subieron los tres por el ascensor. Argensola habló de la oportunidad de destapar una botella de las muchas que guardaba en la cocina. Tchernoff podría volver á su casa por la puerta del estudio que daba á la escalera de servicio.
El amplio ventanal tenía las vidrieras abiertas; los huecos sobre el patio interior estaban abiertos igualmente; una brisa continua hacía palpitar las cortinas, balanceando los faroles antiguos, las banderas apolilladas y otros adornos del estudio romántico. Tomaron asiento en torno de una mesita, junto al ventanal, lejos de las luces que iluminaban un extremo de la amplia pieza. Estaban en la penumbra, vueltos de espaldas al interior. Tenían ante ellos los tejados de enfrente y un enorme rectángulo de sombra azul perforada por la fría agudeza de los astros. Las luces de la ciudad coloreaban el espacio sombrío con un reflejo sangriento.
Bebió dos copas Tchernoff, afirmando con chasquidos de lengua el mérito del líquido. Los tres callaban, con el silencio admirativo y temeroso que la grandiosidad de la noche impone á los hombres. Sus ojos saltaban de estrella á estrella, agrupándolas en líneas ideales, formando triángulos ó cuadriláteros de fantástica irregularidad. A veces el fulgor parpadeante de un astro parecía enganchar al paso el rayo visual de sus miradas, manteniéndolas en hipnótica fijeza.
El ruso, sin salir de su contemplación, se sirvió otra copa. Luego sonrió con una ironía cruel. Su rostro barbudo tomó la expresión de una máscara trágica asomando entre los telones de la noche.
--¡Qué pensarán allá arriba de los hombres!--murmuró--. ¿Estará enterada alguna estrella de que existió Bismarck?... ¿Conocerán los astros la misión divina del pueblo germánico?
Y siguió riendo.
Algo lejano é indeciso turbó el silencio de la noche deslizándose por el fondo de una de las grietas que cortaban la inmensa planicie de tejados. Los tres avanzaron la cabeza para escuchar mejor... Eran voces. Un coro varonil entonaba un himno simple, monótono, grave. Más bien lo adivinaban con el pensamiento que lo percibían con sus oídos. Varias notas sueltas llegadas hasta ellos con mayor intensidad en una de las fluctuaciones de la brisa permitieron á Argensola reconstituir el canto breve rematado por un aullido melódico; un verdadero canto de guerra:
_C'est l'Alsace et la Lorraine,_ _C'est l'Alsace qu'il nous faut._ _Oh, oh, oh, oh._
Un nuevo grupo de hombres iba á lo lejos, por el fondo de una calle, en busca de la estación de ferrocarril, puerta de la guerra. Debían ser de los barrios exteriores, tal vez del campo, y al atravesar París envuelto en silencio, sentían el deseo de cantar la gran aspiración nacional, para que los que velaban detrás de las fachadas obscuras repeliesen toda perplejidad sabiendo que no estaban solos.
--Lo mismo que en las óperas--dijo Julio siguiendo los últimos sonidos del coro invisible, que se perdía... se perdía, devorado por la distancia y la respiración nocturna.
Tchernoff siguió bebiendo, pero con aire distraído, fijos los ojos en la niebla rojiza que flotaba sobre los tejados.
Adivinaban los dos amigos su labor mental en la contracción de su frente, en los gruñidos sordos que dejaba escapar, como un eco del monólogo interior. De pronto saltó de la reflexión á la palabra, sin preparación alguna, continuando en voz alta el curso de sus razonamientos.
--...Y cuando dentro de unas horas salga el sol, el mundo verá correr por sus campos los cuatro jinetes enemigos de los hombres... Ya piafan sus caballos malignos con la impaciencia de la carrera; ya sus jinetes de desgracia se conciertan y cruzan las últimas palabras antes de saltar sobre la silla.
--¿Qué jinetes son esos?--preguntó Argensola.
--Los que preceden á la Bestia.
Encontraron los dos amigos tan ininteligible esta contestación como las palabras anteriores. Desnoyers volvió á repetirse mentalmente: «Está borracho.» Pero su curiosidad le hizo insistir. ¿Y qué bestia era aquella?
El ruso le miró como si extrañase la pregunta. Creía haber hablado en alta voz desde el principio de sus reflexiones.
--La del Apocalipsis.
Se hizo un silencio; pero el laconismo del ruso no fué de larga duración. Sintió la necesidad de expresar su entusiasmo por el soñador de la roca marina de Patmos. El poeta de las visiones grandiosas y obscuras ejercía influencia, á través de dos mil años, sobre este revolucionario místico refugiado en el último piso de una casa de París. Todo lo había presentido Juan. Sus delirios, ininteligibles para el vulgo, encerraban el misterio de los grandes sucesos humanos.
Tchernoff describió la bestia apocalíptica surgiendo de las profundidades del mar. Era semejante á un leopardo, sus pies iguales á los de un oso y su boca un hocico de león. Tenía siete cabezas y diez cuernos. De los cuernos pendían diez diademas, y en cada una de las siete cabezas llevaba escrita una blasfemia. Estas blasfemias no las decía el evangelista, tal vez porque eran distintas, según las épocas, modificándose cada mil años, cuando la bestia hacía una nueva aparición. El ruso leía las que flameaban ahora en las cabezas del monstruo: blasfemias contra la humanidad, contra la justicia, contra todo lo que hace tolerable y dulce la vida del hombre. «La fuerza es superior al derecho...» «El débil no debe existir...» «Sed duros para ser grandes...» Y la bestia, con toda su fealdad, pretendía gobernar al mundo y que los hombres la rindiesen adoración.
--¿Pero los cuatro jinetes?--preguntó Desnoyers.
Los cuatro jinetes precedían la aparición del monstruo en el ensueño de Juan.
Los siete sellos del libro del misterio eran rotos por el cordero en presencia del gran trono donde estaba sentado alguien que parecía de jaspe. El arco iris formaba en torno de su cabeza un dosel de esmeralda. Veinticuatro tronos se extendían en semicírculo, y en ellos veinticuatro ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro. Cuatro animales enormes cubiertos de ojos y con seis alas parecían guardar el trono mayor. Sonaban las trompetas saludando la rotura del primer sello.
«¡Mira!», gritaba al poeta visionario con voz estentórea uno de los animales... Y aparecía el primer jinete sobre un caballo blanco. En la mano llevaba un arco y en la cabeza una corona: era la Conquista, según unos; la Peste, según otros. Podía ser ambas cosas á la vez. Ostentaba una corona, y esto era bastante para Tchernoff.
«¡Surge!», gritaba el segundo animal removiendo sus mil ojos. Y del sello roto saltaba un caballo rojizo. Su jinete movía sobre la cabeza una enorme espada. Era la Guerra. La tranquilidad huía del mundo ante su galope furioso: los hombres iban á exterminarse.
Al abrirse el tercer sello, otro de los animales alados mugía como un trueno: «¡Aparece!» Y Juan veía un caballo negro. El que lo montaba tenía una balanza en la mano para pesar el sustento de los hombres. Era el Hambre.
El cuarto animal saludaba con un bramido la rotura del cuarto sello. «¡Salta!» Y aparecía un caballo de color pálido. «El que lo montaba se llama la Muerte, y un poder le fué dado para hacer perecer á los hombres por la espada, por el hambre, por la peste y por las bestias salvajes.»
Los cuatro jinetes emprendían una carrera loca, aplastante, sobre las cabezas de la humanidad aterrada.
Tchernoff describía los cuatro azotes de la tierra lo mismo que si los viese directamente. El jinete del caballo blanco iba vestido con un traje ostentoso y bárbaro. Su rostro oriental se contraía odiosamente, como si husmease las víctimas. Mientras su caballo seguía galopando, él armaba el arco para disparar la peste. En su espalda saltaba el carcaj de bronce lleno de flechas ponzoñosas que contenían los gérmenes de todas las enfermedades, lo mismo las que sorprenden á las gentes pacíficas en su retiro que las que envenenan las heridas del soldado en el campo de batalla.
El segundo jinete, el del caballo rojo, manejaba el enorme mandoble sobre sus cabellos, erizados por la violencia de la carrera. Era joven, pero el fiero entrecejo y la boca contraída le daban una expresión de ferocidad implacable. Sus vestiduras, arremolinadas por el impulso del galope, dejaban al descubierto una musculatura atlética.
Viejo, calvo y horriblemente descarnado, el tercer jinete saltaba sobre el cortante dorso del caballo negro. Sus piernas disecadas oprimían los flancos de la magra bestia. Con una mano enjuta mostraba la balanza, símbolo del alimento escaso, que iba á alcanzar el valor del oro.
Las rodillas del cuarto jinete, agudas como espuelas, picaban los costados del caballo pálido. Su piel apergaminada dejaba visibles las aristas y oquedades del esqueleto. Su faz de calavera se contraía con la risa sardónica de la destrucción. Los brazos de caña hacían voltear una hoz gigantesca. De sus hombros angulosos pendía un harapo de sudario.
Y la cabalgada furiosa de los cuatro jinetes pasaba como un huracán sobre la inmensa muchedumbre de los humanos. El cielo tomaba sobre sus cabezas una penumbra lívida de ocaso. Monstruos horribles y disformes aleteaban en espiral sobre la furiosa _razzia_, como una escolta repugnante. La pobre humanidad, loca de miedo, huía en todas direcciones al escuchar el galope de la Peste, la Guerra, el Hambre y la Muerte. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, se empujaban y caían al suelo en todas las actitudes y gestos del pavor, del asombro, de la desesperación. Y el caballo blanco, el rojo, el negro y el pálido los aplastaban con indiferencia bajo sus herraduras implacables: el atleta oía el crujido de sus costillajes rotos, el niño agonizaba agarrado al pecho maternal, el viejo cerraba para siempre los párpados con un gemido infantil.
--Dios se ha dormido, olvidando al mundo--continuó el ruso--. Tardará mucho en despertar, y mientras Él duerme, los cuatro jinetes feudatarios de la Bestia correrán la tierra como únicos señores.
Se exaltaba con sus palabras. Abandonando su asiento, iba de un lado á otro con grandes pasos. Le parecía débil su descripción de las cuatro calamidades vistas por el poeta sombrío. Un gran pintor había dado forma corporal á estos terribles ensueños.
--Yo tengo un libro--murmuraba--, un libro precioso...
Y repentinamente huyó del estudio, dirigiéndose á la escalera interior para entrar en sus habitaciones. Quería traer el libro para que lo viesen sus amigos. Argensola le acompañó. Poco después volvieron con el volumen. Habían dejado abiertas las puertas tras de ellos. Se estableció una corriente de aire más fuerte entre los huecos de las fachadas y el patio interior.
Tchernoff colocó bajo una lámpara su libro precioso. Era un volumen impreso en 1511, con texto latino y grabados. Desnoyers leyó el título: _Apocalipsis cum figuris_. Los grabados eran de Alberto Dúrero: una obra de juventud, cuando el maestro sólo tenía veintisiete años. Los tres quedaron en extática admiración ante la lámina que representaba la loca carrera de los jinetes apocalípticos. El cuádruple azote se precipitaba con un impulso arrollador sobre sus monturas fantásticas, aplastando á la humanidad loca de espanto.
Algo ocurrió de pronto que hizo salir á los tres hombres de su contemplación admirativa; algo extraordinario, indefinible: un gran estrépito que pareció entrar directamente en su cerebro sin pasar por los oídos; un choque en su corazón. El instinto les advirtió que algo grave acababa de ocurrir.
Quedaron en silencio, mirándose: un silencio de segundos que fué interminable.
Por las puertas abiertas llegó un ruido de alarma procedente del patio: persianas que se abrían, pasos atropellados en los diversos pisos, gritos de sorpresa y de terror.
Los tres corrieron instintivamente hacia las ventanas interiores. Antes de llegar á ellas, el ruso tuvo un presentimiento.
--Mi vecina... Debe ser mi vecina. Tal vez se ha matado.
Al asomarse vieron luces en el fondo; gentes que se agitaban en torno de un bulto tendido sobre las baldosas. La alarma había poblado instantáneamente todas las ventanas. Era una noche sin sueño, una noche de nerviosidad, que mantenía á todos en dolorosa vigilia.
--Se ha matado--dijo una voz que parecía surgir de un pozo--. Es la alemana, que se ha matado.
La explicación de la portera saltó de ventana en ventana hasta el último piso.
El ruso movió la cabeza con expresión fatal. La infeliz no había dado sola el salto de muerte. Alguien presenciaba su desesperación: alguien la había empujado... ¡Los jinetes! ¡Los cuatro jinetes del Apocalipsis!... Ya estaban sobre la silla; ya emprendían su galope implacable, arrollador.
Las fuerzas ciegas del mal iban á correr libres por el mundo.
Empezaba el suplicio de la humanidad bajo la cabalgada salvaje de sus cuatro enemigos.
SEGUNDA PARTE
I
Las envidias de don Marcelo
El primer movimiento del viejo Desnoyers fué de asombro al convencerse de que la guerra resultaba inevitable. La humanidad se había vuelto loca. ¿Era posible una guerra con tantos ferrocarriles, tantos buques de comercio, tantas máquinas, tanta actividad desarrollada en la costra de la tierra y sus entrañas?... Las naciones se arruinarían para siempre. Estaban acostumbradas á necesidades y gastos que no conocieron los pueblos de hace un siglo. El capital era dueño del mundo, y la guerra iba á matarlo; pero á su vez moriría ella á los pocos meses, falta de dinero para sostenerse. Su alma de hombre de negocios se indignó ante los centenares de miles de millones que la loca aventura iba á invertir en humo y matanzas.
Como su indignación necesitaba fijarse en algo inmediato, hizo responsables de la gran locura á sus mismos compatriotas. ¡Tanto hablar de la _revancha_! ¡Preocuparse durante cuarenta y cuatro años de dos provincias perdidas, cuando la nación era dueña de tierras enormes é inútiles en otros continentes!... Iban á tocar los resultados de tanta insensatez exasperada y ruidosa.
La guerra significaba para él un desastre á breve plazo. No tenía fe en su país: la época de Francia había pasado. Ahora los triunfadores eran los pueblos del Norte, y sobre todos, aquella Alemania que él había visto de cerca, admirando con cierto pavor su disciplina, su dura organización. El antiguo obrero sentía el instinto conservador y egoísta de todos los que llegan á amasar millones. Despreciaba los ideales políticos, pero por solidaridad de clase había aceptado en los últimos años todas las declamaciones contra los escándalos del régimen. ¿Qué podía hacer una República corrompida y desorganizada ante el Imperio más sólido y fuerte de la tierra?...
«Vamos á la muerte--se decía á solas--. ¡Peor que en el 70!... Nos tocará ver cosas horribles.»
El orden y el entusiasmo con que acudían los franceses al llamamiento de la nación, convirtiéndose en soldados, produjeron en él una extrañeza inmensa. A impulsos de esta sacudida moral, empezó á creer en algo. La gran masa de su país era buena: el pueblo valía como en otros tiempos. Cuarenta y cuatro años de alarma y angustia habían hecho florecer las antiguas virtudes. Pero ¿y los jefes? ¿Dónde estaban los jefes para marchar á la victoria?...
Su pregunta la repetían muchos. El anonimato del régimen democrático y de la paz mantenía al país en una ignorancia completa acerca de sus futuros caudillos. Todos veían cómo se formaban hora por hora los ejércitos; muy pocos conocían á los generales. Un nombre empezó á sonar de boca en boca: «Joffre... Joffre.» Sus primeros retratos hicieron agolparse á la muchedumbre curiosa. Desnoyers lo contempló atentamente: «Tiene aspecto de buena persona.» Sus instintos de hombre de orden se sintieron halagados por el aire grave y sereno del general de la República. Experimentó de pronto una gran confianza, semejante á la que le inspiraban los gerentes de Banco de buena presencia. A este señor se le podían confiar los intereses, sin miedo á que hiciese locuras.
La avalancha de entusiasmo y emociones acabó por arrastrar á Desnoyers. Como todos los que le rodeaban, vivió minutos que eran horas y horas que parecían años. Los sucesos se atropellaban; el mundo parecía resarcirse en una semana del largo quietismo de la paz.
El viejo vivió en la calle, atraído por el espectáculo que ofrecía la muchedumbre civil saludando á la otra muchedumbre uniformada que partía para la guerra.
Por la noche presenció en los bulevares el paso de las manifestaciones. La bandera tricolor aleteaba sus colores bajo los faros eléctricos. Los cafés, desbordantes de público, lanzaban por las bocas inflamadas de sus puertas y ventanas el rugido musical de las canciones patrióticas. De pronto se abría el gentío en el centro de la calle entre aplausos y vivas. Toda Europa pasaba por allí; toda Europa--menos los dos Imperios enemigos--saludaba espontáneamente con sus aclamaciones á la Francia en peligro. Iban desfilando las banderas de los diversos pueblos con todas las tintas del iris, y detrás de ellas los rusos, de ojos claros y místicos; los ingleses, con la cabeza descubierta, entonando cánticos de religiosa gravedad; los griegos y rumanos, de perfil aquilino; los escandinavos, blancos y rojos; los americanos del Norte, con la ruidosidad de un entusiasmo algo pueril; los hebreos sin patria, amigos del país de las revoluciones igualitarias; los italianos, arrogantes como un coro de tenores heroicos; los españoles y sudamericanos, incansables en sus vítores. Eran estudiantes y obreros que perfeccionaban sus conocimientos en escuelas y talleres, refugiados que se habían acogido á la hospitalaria playa de París como náufragos de guerras y revoluciones. Sus gritos no tenían significación oficial. Todos estos hombres se movían con espontáneo impulso, deseosos de manifestar su amor á la República. Y Desnoyers, conmovido por el espectáculo, pensaba que Francia era todavía algo en el mundo, que aún ejercía una fuerza moral sobre los pueblos, y sus alegrías ó sus desgracias interesaban á la humanidad.
«En Berlín y en Viena--se dijo--también gritarán de entusiasmo en este momento... Pero los del país nada más. De seguro que ningún extranjero se une ostensiblemente á sus manifestaciones.»
El pueblo de la Revolución legisladora de los Derechos del Hombre recolectaba la gratitud de las muchedumbres. Empezó á sentir cierto remordimiento ante el entusiasmo de los extranjeros que ofrecían su sangre á Francia. Muchos se lamentaban de que el gobierno retardase veinte días la admisión de voluntarios, hasta que hubiesen terminado las operaciones de la movilización. ¡Y él, que había nacido francés, dudaba horas antes de su país!...
De día, la corriente popular le llevaba á la estación del Este. Una masa humana se aglomeraba contra la verja, desbordándose en tentáculos por las calles inmediatas. La estación, que iba adquiriendo la importancia de un lugar histórico, parecía un túnel estrecho por el que intentaba deslizarse todo un río, con grandes choques y rebullimientos contra sus paredes. Una parte de la Francia en armas se lanzaba por esta salida de París hacia los campos de batalla de la frontera.