Los Contrastes de la Vida

Part 9

Chapter 94,018 wordsPublic domain

Durante más de dos semanas tuve yo que ir al monte Aracinto con los trabajadores griegos a unas canteras a sacar piedra.

Un italiano del Piamonte, Josué Magnani, que llevaba algún tiempo allí, y un joven alemán, Werner, iban conmigo de intérpretes.

El trabajo se prolongaba mucho, porque los missolonghiotas no eran partidarios de un esfuerzo asiduo y constante. Los franceses, alemanes e ingleses, que hubieran sido buenos obreros, no querían hacer estos trabajos pesados.

Hermann Werner, el alemán que me acompañaba, era un muchacho muy instruído. Sabía el griego antiguo y estaba aprendiendo el moderno, y tomaba notas de todo cuanto veía.

Werner me explicaba las ideas y las preocupaciones de los griegos.

Me dijo que éstos consideraban el monte Aracinto como un lugar misterioso, poblado por seres imaginarios, faunos, panes, egipanes y tityros. Comentando las hazañas de estos monstruos u oyendo cantar a los tordos los griegos pasaban demasiado tiempo sin hacer nada.

En el monte Aracinto había una ermita sobre una roca, dedicada al profeta Elías. A esta ermita se subía por una escalera pendiente, cuya pared de roca estaba llena de ex votos. Cerca de esta ermita, en un grupo de árboles, solíamos almorzar Magnani, Werner y yo. Muchas veces oíamos a los zagales que tocaban una flauta de caña rodeados de sus cabras.

Nos contó Magnani que un viejo ladrón de Anatólico fué un día a la ermita con un saco y se llevó todos los objetos de oro, de plata y de pedrería que había allí.

El ladrón anatolicense decía:

--Virgen soberana, permite que te despoje de esta corona que te ofreció un canalla, ladrón y usurero; deja que me lleve esta alhaja, regalo de un asesino, manchado con mil crímenes. ¡Malditos sean!

El ladrón anatolicense llenó su saco y se fué; pero al ir a vender las alhajas fué preso, y el gran visir le mandó ahorcar.

El alemán se reía al oír esto a carcajadas.

Magnani, Werner y yo recorrimos el Aracinto a caballo, y llegamos, en nuestras excursiones, a una sierra de montañas, llamada Rachi, y pasamos el desfiladero de Cleisura.

Werner solía leernos un trozo de la _Ilíada_ en griego y luego nos lo traducía.

* * * * *

En vista del terrible fracaso de miss Barnett, decidió marcharse de Missolonghi a Siria a buscar a su tía lady Stanhope. La criada Susana no quiso seguirla. Susana decidió hacer una barraca junto a la nuestra y poner una cantina. A mí me pidió mi opinión.

--Sí--le dije yo--. Estaría bien si esto durara pero yo no veo que esto vaya a durar. El mejor día nos tendremos que marchar todos.

--¿Por los turcos?

--No, porque no nos pagarán.

* * * * *

Susana no tomó en cuenta estas razones y se decidió a quedarse, y consiguió que los soldados le hicieran un barracón de madera, cubierto de tejas, donde puso su cantina.

Una mujer como aquélla, guapetona, valiente y que estaba dispuesta a hacerse rica, tuvo un gran número de pretendientes. Según la voz general, Werner y yo hubiéramos sido los favorecidos; pero Werner leía demasiado a Homero, y yo demasiado a Schelley y a Goethe para entusiasmarnos con la cantinera.

Los tres rivales de la bella Susana eran Magnani, un jefe de policía de Missolonghi y un armatola o capitán de los palikaros, que era un hombre bruto, feroz, que le gustaba amenazar a las gentes. Este armatola andaba con unos soldados harapientos, todos armados hasta los dientes.

Una noche estábamos de tertulia en la cantina de Susana el policía, Werner, Magnani y yo, y otros dos o tres, cuando fueron entrando los palikaros con sus fusiles y se apoderaron de la tienda. Después entró su armatola. Venía envuelto en una gran capa de lana blanca. Estaba borracho. El policía se acercó a él a preguntarle qué significaba aquella invasión. El armatola no le contestó, le dió un empujón y le escupió a la cara. Después, acercándose a Susana, la agarró de la cintura. La cantinera no se inmutó y se defendió sin dar importancia al ataque.

El capitán de los palikaros se acercó a Werner y a mí con intenciones agresivas. Yo tenía la pistola cargada dentro del bolsillo. El palikaro, al ver nuestra impasibilidad, cambió de aspecto, se sentó en una mesa y pidió café. Magnani y el policía habían desaparecido. El jefe palikaro se puso a tomar café, ceñudo y sombrío; sus soldados se fueron marchando. Era el armatola hombre joven, moreno, vestía una blusa de mangas abiertas, pantalones anchos, polainas, un gorro rojo y un cinturón de cuero, donde llevaba el pañuelo, la bolsa, un puñal y una pistola.

Iba Susana a cerrar la cantina y nosotros a salir cuando apareció de nuevo Magnani y el policía griego. Magnani venía con un aire torvo, con los dientes apretados y los ojos brillantes.

El policía griego avanzó con aire amable, se acercó al palikaro, le quitó el puñal y la pistola, y, de pronto, le dijo algo feroz y terrible y le escupió en los ojos.

El palikaro se levantó, pero Magnani le dió un empujón y le hizo sentarse de nuevo.

--¡Ladrón! ¡Cobarde!--le gritó el griego al palikaro--, insultas cuando estás entre los tuyos, ¡perro!

--Y solo también contra ti.

--Vamos ahora mismo--gritó el griego,

--Vamos.

Salimos todos de la cantina. Era todavía de noche. Una fila de luces de las barcas de los pescadores se veía en el mar obscuro, y se oía el ruido de las olas, que se estrellaban acompasadas en la costa. Amaneció. Werner trató de que se hiciera un desafío en regla, pero el griego y el palikaro no querían esperar.

Se les dió a cada uno un sable y se les puso frente a frente.

En aquel momento sonó un tiro, y el palikaro cayó muerto con la cabeza abierta.

No nos quedó duda de que entre Magnani y el policía griego habían preparado la muerte del montañés. Al poco tiempo, Magnani desaparecía de Missolonghi. Susana la cantinera siguió dando esperanzas y buenas palabras al policía, hasta que un día traspasó la cantina y se marchó con un comerciante turco a Constantinopla.

* * * * *

Cuando se concluyó de sacar piedra, volvimos a trabajar en la muralla. Cada uno de los baluartes que se construiría llevaría el nombre de algún héroe o de algún personaje relacionado con la independencia griega. El primer baluarte se denominó de Marcos Botzari. Comenzando por éste, y dando la vuelta al recinto fortificado, estarían la torre de Coray, la batería del general Norman, la batería Miauli, el baluarte Franklín, la batería Tokeli, la torre de Guillermo Tell, la torre de Kosciusko, la batería Kiriaculi, la tenaza de Montalembert, la batería de Rhigas, la luneta de Orange y la batería Macris.

Estos baluartes y fortines quedarían próximos uno de otro; por el lado de tierra habría un gran foso para defender la entrada de la ciudad.

* * * * *

Ocupados en esta obra, apenas nos enteramos de lo que ocurría en Missolonghi.

Todo el mundo iba a ver a lord Byron, a hablarle de sus asuntos, a exponerle sus quejas; yo no quería molestarle, y así sucedió que no le llegué a conocer.

El poeta, al parecer descontento, determinó bajar a tierra lo menos posible y recibía las visitas y las comisiones en su barco.

Byron pretendió poner un poco de orden en la anarquía griega y dar fin a las rivalidades de los jefes.

La cosa fué imposible; la discordia era cada vez mayor y estallaba a cada paso, hasta dentro de la misma brigada que mandaba el lord, entre los suliotas que le había recomendado Marcos Botzari a su muerte.

Al parecer, se seguía pensando en la expedición contra Lepanto, pero los preparativos eran muy lentos.

En esto comenzó a correr la voz de que la salud de Byron se hallaba muy quebrantada, por los repetidos ataques de fiebre y por los continuos disgustos.

La mayoría de la gente pensaba que el poeta no duraría mucho. Un día de abril se dijo que había hecho una salida a caballo, se había mojado y que guardaba cama.

Una semana después, nuestro lord moría, a consecuencia de una inflamación cerebral. Se le hicieron grandes exequias, y todos los jefes griegos aparecieron muy unidos... y muy contritos.

* * * * *

Dos días más tarde, Mac Clair, que seguía enfermo, me pidió que fuera a ver al coronel Stanhope, para preguntarle qué íbamos a hacer.

Stanhope me dijo que, probablemente, reembarcaríamos, y añadió:

--Yo me he comprometido con lord Byron a dirigir la campaña, porque el poeta era un inglés de cuya palabra se podía uno fiar; pero no me pasa lo mismo con los jefes griegos que hoy afirman una cosa y al día siguiente la contraria.

Le pregunté si tendríamos barcos para todos y me contestó que era una dificultad que había que resolver como se pudiera.

--¿El coronel Mac Clair y yo tenemos entonces libertad para marcharnos, si encontramos ocasión?--le pregunté.

--Desde luego.

--¿Quedamos desligados de nuestro compromiso?

--En absoluto.

* * * * *

Como yo sabía el espíritu de contradicción y de suspicacia que había entre los griegos y su poca simpatía por los extranjeros, hice la gestión ante el Comité, para que nos reconocieran a Mac Clair y a mí nuestros grados. El Comité rechazó la petición, y nos encontramos libres para abandonar Grecia.

Solía ir desde entonces todos los días al puerto a averiguar si llegaba algún barco. Un día vi bajar de una lancha a un caballero elegante, de frac azul, con botones dorados, pantalones de paño gris y chaleco blanco de piqué.

Era el hombre rubio de la Sala de Cortes de Sevilla que me habían dicho que había sido capitán del Empecinado.

--Yo le conozco a usted de Sevilla--le dije.

--¡Es verdad! ¡Qué extraña casualidad!--exclamó él, al decirle dónde le había conocido.

Nos estrechamos la mano. Le conté mi historia y él me contó la suya.

Este hombre era Aviraneta. Me dijo que había ido a ver a un consignatario, para tomar una plaza en la corbeta Egina, que iba a partir, de un momento a otro, con rumbo a Nápoles. Pedimos pasaje Mac Clair y yo en ella, y nos dieron dos de tercera, porque ya no había otros.

Le preguntamos a Aviraneta dónde vivía en aquel momento.

Nos dijo que en una barca griega, en la que había venido desde Alejandría, y que estaba esperando órdenes para salir de Missolonghi. Le indicamos que hiciera gestiones para que fuéramos Mac Clair y yo a la barca griega. El capitán de la Chipriota, después de muchas dificultades, aceptó, y Mac Clair y yo nos trasladamos a este barco.

* * * * *

Si mi aventura de Missolonghi no había sido ni muy lucida ni muy brillante, la de Aviraneta, aunque con más éxito personal, no fué tampoco de gran interés. He aquí lo que me contó don Eugenio:

«He salido de Alejandría hará próximamente un mes, en la goleta Chipriota, al mando del capitán Spiro Sarompas. Llegamos aquí hace unos veinte días. El capitán Spiro traía unos pliegos para lord Byron, fué a verle y le dijo que venía con un oficial español.

El lord le contestó que fuera yo inmediatamente a su barco y que no tocara en tierra.

Me puse de gala, y en la lancha fuí al _Cefaloniota_.

A un oficial le dije que me había mandado ir Su Excelencia y que tenía que darle una carta.

--Démela usted a mí.

Se la di y esperé un cuarto de hora.

--Pase usted.

Lord Byron me recibió y me dió la mano. Me chocó la impresión de la mano; llevaba guantes de seda de color de carne. Vestía bata y gorro griego rojo. Su figura era hermosa, sobre todo la cabeza, pero no tenía aire de serenidad ni de fuerza; parecía una mujer. Sus rasgos eran demasiado correctos, y su cuello, que llevaba desnudo, me pareció excesivamente redondo.

--Siéntese usted--me dijo.

Me senté.

--¿Habla usted inglés?

--No, sólo francés.

--¿No ha leído usted mis versos?

--No, Excelencia.

--¿No ha perdido usted nada?--dijo él riendo.

--Creo que sí--le contesté yo--; pero mi vida ha sido muy activa y mi educación descuidada.

--El cónsul de Alejandría me recomienda a usted eficazmente. ¿Qué quiere usted de mí?

Entonces yo me levanté, me cuadré e hice la señal de reconocimiento como masón del rito escocés. A su vez se levantó él y me correspondió.

--Cuénteme usted un poco su vida.

Yo le conté mi vida.

El cura Merino, el Empecinado, los carbonarios de París, las conspiraciones, la lucha contra Angulema, la escapada hasta Gibraltar, la vida en Tánger y en Alejandría.

--¡Y todo eso con poco dinero! Sin medios--exclamó el lord, y añadió en español chapurrado de italiano--: ¡Per Bacco! ¡Que es usted un hombre!

Al hablar, el lord mezclaba juramentos de todos los países.

Me preguntó si había llevado mi equipaje al _Cefaloniota_. Le dije que no. Me encargó que lo trajera inmediatamente y que no dijera a nadie que era español, y mucho menos emigrado constitucional, y que no saltara a tierra. Tocó un timbre, llamó a un oficial y habló con él en inglés.

Acompañado de este oficial, bajé a un bote que llevaba la bandera inglesa, y me senté a popa sobre un tapete de seda. Llegamos a la goleta Chipriota. Subí. El capitán Spiro desembalaba unas cajas de fusiles y pistolas.

A bordo había dos comisionados del gobierno griego, de grandes bigotes negros, acompañados de cuatro soldados con fusiles.

--Son de la policía política--me dijo el capitán Sarompas--, y si no fuera porque pasa usted por inglés y tiene usted tanta influencia con lord Byron, le detendrían. Las cosas están muy embrolladas en tierra.

Volví al _Cefaloniota_ y me llevaron el equipaje a un camarote. Lord Byron estaba conferenciando en aquel momento con unos comisionados griegos de Missolonghi. Concluída la conferencia, salieron los comisionados y el lord a cubierta. Entonces noté la cojera de Byron. Se acercó a mí. Estaba jovial.

--Ahora vamos a almorzar, señor guerrillero--me dijo.

Comían a su mesa su segundo, un médico, el doctor Bruno y el oficial de guardia, todos de uniforme.

El lord me habló de las cosas de España, de Sevilla y de Cádiz, de una corrida de toros que había visto, y me recitó, como un inglés puede recitar en español, trozos de Garcilaso de la Vega y de los romances del Cid.

Me preguntó también si la clerigalla (ésta fué su palabra) seguía mandando en España.

De cerca, lord Byron daba la impresión de un hombre raro, medio afeminado, pero no débil, ni mucho menos. En el almuerzo apenas comió mas que golosinas, unas coles en vinagre, unas sardinas, frutas y un pedazo de queso inglés. En cambio, bebió bastante vino de Asti.

Como vió que yo no bebía vino, dijo:

--¡Qué extraño! Estos españoles ni comen ni beben. Con una aceituna y un vaso de agua con azucarillo, ya están despachados.

Después de almorzar nos sirvieron café, y como vió que yo lo tomaba a gusto, hizo el lord que me sirvieran más.

Después de almorzar nos levantamos y nos hicimos todos grandes reverencias. Su Excelencia fué a despachar sus asuntos y nosotros a fumar a la Cámara de Oficiales.

Me presentaron a unos y a otros, y nos saludamos solemnemente.

Toda esta ceremonia inglesa me fastidiaba un poco.

Después de fumar, me avisó el criado Tita que fuera a ver a Su Excelencia. Entré en su habitación.

--Veo, por lo que me ha contado usted--me dijo el lord--, lo que ha sufrido usted por la libertad. Usted ha andado por países civilizados, por países como España, donde queda una gran cultura de sentimientos; aquí, no; aquí no queda nada de la Grecia antigua. Soy de la opinión de San Pablo, que decía que no hay diferencia entre los judíos y los griegos. El carácter de los dos es igualmente vil. El griego actual no es sólo envidioso, malo y vengativo, sino que es abandonado y sucio.

Es un degenerado. No tiene fe en nada. Allá en España confiaban ustedes en el compañero; aquí no se puede confiar en nadie. Aquí se tiende usted a dormir en el campamento, y al día siguiente le han robado el reloj o el pañuelo, si es que no le han cortado la cabeza. Además de esto, los patriotas griegos tienen una gran hostilidad contra el extranjero, y hasta a nosotros mismos, que hemos venido aquí a luchar por su libertad, nos odian.

--No me diga más Su Excelencia--le indiqué yo--; si esto es así, me voy inmediatamente.

--No--me contestó él--. Espere usted. Es usted el único español que ha acudido a secundar mi empresa, y no quiero que pueda decir que no he hecho por él todo cuanto esté en mi mano. Quédese usted aquí unos días en el barco. Supongo que le convendrá descansar, porque, indudablemente, está usted débil.

Todo el mundo, al verme delgado y pálido, suponía lo mismo. En los días sucesivos ocurrió lo propio. Byron me hizo mil preguntas, se rió, recitó versos; y cuando yo le decía si había pensado algo para mí, me contestaba que esperase.

Un día me preguntó claramente.

--¿Qué echa usted de menos aquí o qué le estorba? Dígamelo usted claramente, dígamelo usted con la franqueza de un nieto del Cid.

--Excelencia--le contesté yo--. Para mí hay aquí demasiada etiqueta.

Lord Byron se echó a reír a carcajadas. Como vi que lo tomaba alegremente, añadí:

--Tanto ponerse la corbata y cepillarse la levita a todas horas, y saludar al superior y al inferior, y dejar que pase antes por una puerta y esperar a que se siente, a mí, que he vivido entre campesinos, me cansa.

--Es usted un hombre original, guerrillero--me dijo.»

* * * * *

--¿Y así ha vivido usted?

--Así he vivido quince días en compañía de Byron, hasta que éste ha enfermado y ha muerto, y entonces me he trasladado a la Chipriota.

--¡Qué suerte la de usted!

--¿Pues?

--Usted no tiene idea lo que es para mucha gente haber vivido en la intimidad de lord Byron. Ya ve usted, la mayoría de los ingleses que estábamos en Missolonghi no hemos cruzado ni una vez la palabra con él.

--Pues era un hombre amable y muy asequible; a veces, de una gran afabilidad.

--Sí, para la gente original y extraña como usted. Un guerrillero español que ha guerreado a las órdenes de un cura no se encuentra todos los días. Para nosotros, paisanos suyos sin historia, no era tan asequible el lord, ni mucho menos.

--Sí, claro; esto se explica.

--¿Y de qué hablaban ustedes?

--Principalmente, de España y de los guerrilleros. Le interesaba mucho la vida y el carácter de Merino, del Empecinado y de los otros cabecillas españoles, las ideas, la manera de guerrear, sus odios, sus antipatías y demás detalles.

--¿Y qué vida llevaban ustedes?

--A las cinco de la mañana tocaban los pífanos y tiraban un cañonazo. Era la señal de levantarse todo el mundo. Yo me vestía de prisa, salía al instante del camarote, para que lo limpiaran, y luego volvía a vestirme de etiqueta.

--¿A qué hora se levantaba el lord?

--Al amanecer. Solía estar leyendo y escribiendo hasta las ocho en punto, en que llamaba. Lo hacía todo con una exactitud cronométrica.

--¿Sí? ¡Qué extraño! ¡Con la fama de hombre irregular que tenía!

--Pues era ordenadísimo. A las ocho tocaba el timbre; entraban Tita, el criado, y Fletcher, el ayuda de cámara. Estaban media hora. A las ocho y media tres secretarios, con sus cartapacios, pasaban un cuarto de hora. Luego venía el oficial de guardia, otro cuarto de hora. A las diez menos cuarto, Fletcher, con dos teteras de plata en una bandeja, y Tita, con otra bandeja con tazas y un azucarero de China. A las diez, el médico. A las diez y cuarto, los comisionados griegos.

--¿Y todos los días lo mismo?

--Todos los días lo mismo.

--Es curioso que usted haya visto sólo por dentro lo que yo he visto sólo por fuera. ¡Qué pensaba Byron!

--Byron tenía ideas de poeta. Creía que era necesario para Europa que Grecia se reconstituyera. Afirmaba que los griegos iban a ser con el tiempo lo que fueron en la edad antigua. Para este resultado quería no sólo trabajar, sino sacrificarse. ¿Qué importa mi vida?--me decía.

--Y usted, ¿qué le contestaba?

--Hombre, yo no tengo esa religiosidad ni esa pasión por Grecia. Yo no soy poeta. Yo me callaba.

--¿Y, prácticamente, qué quería hacer?

--Quería inculcar espíritu de unión a los jefes y desterrar la barbarie. Por lo que me indicó, había muchas disidencias entre los griegos. Parece que el comité de Missolonghi y el gobernador de esta ciudad le invitaban a que fuera al Congreso de Salamis, y Maurocordato le excitaba para que fuera a Hydra. Una y otra facción le enviaban cartas, mensajes, e intrigaban y se denunciaban.

--Y del coronel Stanhope, ¿qué opinaba?

--No le he oído hablar de él nunca.

--¿Era un incrédulo de verdad en cuestiones religiosas?

--No sé. Algunas veces le he oído decir: soy una oveja descarriada, pero no tanto como cree el mundo.

* * * * *

Cuatro días después de mi encuentro con Aviraneta, se presentó a la vista de Missolonghi la corbeta _Egina_, que salía para Nápoles.

Fuimos Mac Clair y yo por la mañana y entramos en la lancha y nos dirigimos a la corbeta. La mayoría de los pasajeros eran militares franceses muy bulliciosos.

El capitán de la corbeta, Jorge Belisarios, fué designando a cada uno su camarote y entregándole una chapa con un número y fijando otra chapa de hoja de lata en las puertas de los camarotes.

A Mac Clair y a mí nos tocaron los peores.

Poco después de embarcar nosotros, llegó a la _Egina_ una lancha que conducía al comisario griego de Missolonghi, a su señora, sus hijos y varios criados con una porción de bultos.

Aviraneta me preguntó qué tal estábamos instalados, y le dije que mal.

--Yo le veré al capitán--indicó--. Con la recomendación especial que me dió en vida lord Byron me atiende mucho.

Aviraneta explicó al capitán del barco lo que ocurría; pero éste aseguró que tenía los demás camarotes ocupados y que únicamente, si el comisario griego quería trasladar su equipaje, se podría conseguir el desocupar uno.

--Vamos a ver al comisario griego--dijo Aviraneta--; lo conozco por haberle visto en compañía de lord Byron, y supongo que nos atenderá.

Se avisó al comisario y bajamos a la cámara del barco, y esperamos.

El comisario era un hombre de unos cincuenta años, gordo, pesado, con la nariz de cuervo, el pelo negro, el bigote largo y unas ojeras de color morado obscuro.

Este comisario era un phanariota. Los phanariotas, habitantes del barrio griego de Constantinopla que llaman el Phanar, no son griegos puros, sino mixtos de otras razas; son como los judíos, gente de comercio que han vivido siempre entregados a la usura y a los negocios.

Aviraneta explicó en francés al comisario lo que ocurría. El comisario, al principio, no parecía dispuesto a ceder; pero Aviraneta le dijo claramente que no le parecía digno que a un coronel que había ido a defender la independencia de Grecia, enfermo de cuidado, se le dejara abandonado en un rincón infame.

El comisario se avino a razones y dispuso que uno de sus criados desalojase un camarote. Como este camarote era pequeño, Aviraneta no quiso que fuera allí Mac Clair y cedió el suyo yendo él al pequeño.

El que cedió era el mejor del barco.

Instalé a Mac Clair en la cámara. Por la noche nos hicimos a la vela y comenzamos nuestra navegación.

Cruzamos con muchos barcos, grandes y pequeños, y nos acompañó durante algún tiempo un corsario griego, el _Vigilante_. Ibamos muy cerca, y se les veía a los corsarios con su facha de bandidos.

--¿Cómo no les persiguen los turcos?--le pregunté a un marinero.

--Los marineros turcos son muy malos--me dijo--. Nombran capitanes a gente que no sabe nada de náutica, no se ocupan de sus barcos y creen que sus cañones son buenos si meten mucho ruido.

Al día siguiente se nos acercó un bergantín mercante. Izamos bandera inglesa; ellos, francesa.

--¿A dónde van?--nos preguntaron.