Los Contrastes de la Vida

Part 8

Chapter 83,947 wordsPublic domain

Esta señora era una solterona que viajaba con una criada y un criado. Miss Elisabeth tenía el mejor camarote del barco y monopolizaba la toldilla de popa.

Esta dama, según se decía, era sobrina de lady Esther Stanhope, la reina de Tadmor, la pitonisa del Líbano, de esta mujer extraordinaria que fué hace unos años a vivir a la Siria, donde intentó fundar un reino y vivir como una emperatriz antigua, dominando a los hombres con la violencia y haciendo el papel de adivina.

Nuestra inglesa quería hacer algo parecido.

Sin duda, el caso de lord Byron y el de lady Stanhope iba trastornando el juicio a las mujeres de Inglaterra.

No sé si miss Elisabeth Barnett pretendía emular las glorias de lady Esther. Miss Elisabeth no tenía condiciones para ello; esta solterona era una cómica y una cómica mala. Algunas veces, vestida con una túnica blanca, se presentó entre nosotros y nos lanzó una alocución hablando de la Grecia inmortal, pero lo hizo de una manera tan afectada y con unos gestos tan poco naturales, que produjo la risa en lugar del entusiasmo.

La única popularidad que consiguió en el Fénix fué debida a que repartió algún dinero entre los voluntarios que iban a Grecia.

Uno de los filohelenos, Flinders, le dedicó una poesía titulada «Al hada del Fénix». Y en broma la llamábamos todos así: el hada del Fénix.

La criada de miss Barnett era una francesa guapetona, una mujer de unos treinta años, rubia, de cara ancha y juanetuda, un tanto chata, que tenía mucha gracia y mucho desparpajo.

Los filohelenos andaban tras ella a todas horas, y se produjeron entre los nuestros riñas tremendas.

* * * * *

Seríamos sesenta o setenta los pasajeros del Fénix, la mayoría ingleses, escoceses e irlandeses; algunos alemanes y franceses y unos cuantos italianos.

Como era natural, Mac Clair y yo nos reunimos al grupo de los ingleses. Se desarrolló en seguida una rivalidad y un odio entre los diversos grupos nacionales, incomprensible. Dentro de todos ellos reinaba la cizaña. Flinders contó en el grupo inglés que mi padre y yo éramos disecadores, y con este motivo se hicieron mil chistes y se acostumbraron a llamarme Vientre de paja. Como abusaron un tanto de la gracia, tuve que administrar unos cuantos puñetazos a un estúpido paisano mío, serio y de ojos de rana, que desde entonces cesó en el empleo abusivo de este chiste.

A Mac Clair le comenzaron a llamar el Sepulturero y a decir que daba la mala suerte al barco.

Afortunadamente, no pasó nada en la travesía, porque sino Mac Clair hubiera estado muy en peligro de ser echado al mar.

Nuestro grupo de ingleses era alborotado, pero no lo era menos el de los escoceses, irlandeses, alemanes, franceses e italianos. Los escoceses e irlandeses se emborrachaban, tocaban la gaita y bailaban, y gritaban como salvajes.

--Allá tendremos que batirnos--decían--; mientras que podamos, bebamos y divertámonos.

Los franceses e italianos, que eran en conjunto siete u ocho, jugaban a las cartas. Un gascón, que parecía hombre ilustrado, se dedicaba a insultar a todos los pasajeros.

Les llamaba viejos caimanes, carroña, montón de cerdos. Les decía que no comprendían la misión que llevaban a Grecia, que no tenían idea de la grandeza de este país, de la Hélade, y adornaba sus discursos con sus _¡Te! ¡Pardi y Sacredieu!_

La verdad es que entre aquellos filohelenos, al menos de nombre, no había ninguno que tuviese una idea aproximada de Grecia, ni de su historia.

Ninguno de nosotros sabía gran cosa de la antigüedad clásica, y absolutamente nada de la historia griega moderna. Unos se habían enganchado por miseria y por desesperación, otros, por espíritu de aventura.

Cada cual se formaba una idea distinta de Grecia; unos soñaban en los tesoros, otros en las mujeres, algunos aspiraban a ser generales. Muchos tenían la preocupación constante de ser empalados por los turcos, preocupación que llegó a borrarse a fuerza de bromas. Muchas veces se discutía en el barco acerca de turcos y griegos; cosa extraña, todo el mundo tenía más simpatía por los turcos que por los griegos. Para la mayoría, los turcos eran hombres fuertes, robustos, gente valiente, con unas barbas grandes, unos pantalones anchos y unas cimitarras corvas.

De los griegos no se tenía tan buena idea. Se suponía que eran como los tipos de las estampas que corrían por Europa; unos hombres delgados, de bigotes finos, con unos trajes llenos de lentejuelas.

Acerca de lord Byron corrían extraños rumores. Para muchos era un misántropo y un anglófobo; para otros, una especie de Manfredo desesperado, altanero, que vivía fuera de la sociedad, que mandaba matar al que le disgustaba; algunos lo tenían como un Don Juan terrible, un pirata, que conquistaba mujeres y bebía el vino en una calavera; para los más cultos era principalmente un revolucionario. La verdad es que no sabíamos lo que nos esperaba. No conocíamos ni Grecia, ni el jefe que nos iba a mandar.

Lo único que yo veía cierto era que la tropa que marchaba de Europa era bastante mala, y que a no ser de que hubiera una organización casi perfecta en Missolonghi, con el elemento aquel no haríamos gran cosa de provecho.

Así fué esta expedición una de las más célebres del siglo diez y nueve, principalmente por la intención, porque por lo demás apenas hicimos nada.

* * * * *

A los dos días de navegar por el Mediterráneo el tiempo empezó a mejorar, y de repente comenzaron unos días espléndidos. Este mar y este cielo tan azul, al principio me producían cansancio; me parecía su belleza una belleza monótona. Los días de viento había únicamente un poco de cabrilleo en las olas.

De noche teníamos luna llena. ¡Qué cosa más extraordinaria! La luna, redonda, con su luz de plata, iluminaba una gran faja del mar, que parecía un ancho camino blanco, en el cual se agitaran ondinas y tritones.

Algunas veces las nubes avanzaban por el cielo, y la luna, oculta, filtraba los rayos por algún agujero de los nubarrones y dejaba un vago cabrilleo misterioso sobre las olas a larga distancia.

A medida que la luna fué menguando el blanco camino de plata por donde se paseaban, sin duda alguna, las sirenas y los tritones fué estrechándose hasta desaparecer por completo.

* * * * *

He pasado los días mirando el Mediterráneo, intentando ver si se me ocurre algo nuevo en la contemplación de un mar tan bello. Sólo cuando se van articulando los lugares comunes en la cabeza es cuando se empieza a discurrir, vulgarmente, cierto, pero únicamente entonces.

Antes de esa articulación de lugares comunes por el solo ímpetu del espíritu no hay ideas. ¡Es lástima! He escrito unas cuantas frases en mi cuaderno, pero no tienen ninguna originalidad.

* * * * *

Cuando se entra en el Mediterráneo, desde el Océano, parece que se pasa de un mundo a otro, de un mundo de actividad y movimiento a un mundo más suntuoso, más inmóvil y más muerto.

En el Mediterráneo hay la belleza de la proporción y de la línea; en el Océano el vago encanto de lo ilimitado; el Mediterráneo tiene islas de mármol; el Océano, islas de esmeralda; en el Mediterráneo, sobre la onda azul, se destacan las costas blancas y amarillas, los montes plutónicos, la lava, los olivos, los cipreses y los naranjos; en el Océano, sobre la linfa verde, apenas se marcan las pálidas dunas, las abras y los acantilados sin color y sin dibujo. En el Mediterráneo las cosas brotan duras, cuajadas, sobre el agua espeja y salina, bajo la atmósfera limpia y transparente; en el Océano, los paisajes están hechos de niebla, de humedad, de formas confusas y vagas.

En el Mediterráneo todo parece tradición e historia; en el Atlántico, todo parece improvisación y novedad; en el uno todo está constituído, en el otro todo por constituír. Esas puntas amarillas que avanzan en el mar bajo la extensión azul del mar latino parecen huesos, fuertes destruídos, puentes rotos, conventos, ciudades en anfiteatro suntuosas, fastuosas, siempre algo del pasado.

En el Mediterráneo no hay marea, y el agua alcanza siempre en la costa casi el mismo nivel; en el Océano las mareas son grandes.

El Mediterráneo no respira apenas, y su ola no tiene pulsación; el Atlántico respira con una fuerza salvaje, se hincha y se deshincha, mostrando en el reflujo sus fondos de roca y en los ríos el légamo negruzco, sobre el que se tienden las barcas de los pescadores.

El Mediterráneo es paz y armonía; el Atlántico lucha y contradicción.

El Atlántico tiene una mitología hórrida, resto de la época en que el mar era un gran peligro: el pulpo del Maelstrom, las arañas de los Kraken, la isla del Fuego con sus piratas; el Mediterráneo tiene una mitología más clara y más solemne, sirenas, ninfas, delfines, y otros seres fantásticos dirigidos por el tridente de Poseidon.

El Mediterráneo es Oriente, Eneas y Palinuro, la leyenda del vellocino y el gorro colorado; el Atlántico es el caos, los vascos pescadores de ballenas, los wikings, los normandos conquistadores, y, al mismo tiempo, la Atlántida y el Jardín de las Hespérides; el Atlántico es la alta piratería, los grandes naufragios, el bergantín negrero, el marino con un anillo en la oreja y una cacatúa en el hombro.

El Mediterráneo es un mar clásico y, al mismo tiempo, realista; el Atlántico es un mar romántico y turbulento.

El Mediterráneo es más constante, más parecido a sí mismo; el Atlántico es la eterna variación, el eterno cambio. El Mediterráneo es, y sobre todo ha sido estética, y socialmente ha llegado a su devenir; el Atlántico está siendo, está todavía en su iniciación.

El hombre del Mediterráneo es la expresión correcta, las fórmulas hechas; el hombre del Atlántico es el ímpetu, aun sin moldearse.

El Mediterráneo sugiere la idea de la tarde y la del crepúsculo; el Atlántico, la de la mañana.

Si cada mar tuviese que tener sus reyes, el Mediterráneo tendría que dividirse en dos reinos: el Mediterráneo oriental para Homero, el Mediterráneo occidental para Virgilio; hacia Troya, Ulises; hacia Cartago, Eneas.

En el Atlántico los poetas genuinos son los bardos, el sentimiento antes de la ciencia y del arte.

A Shakespeare y a Byron les correspondería el estrecho de Gibraltar; allí donde se mezcla el brío del Océano con la armonía clásica del Mediterráneo.

* * * * *

Estuvimos en Nápoles un día, que aprovechamos el coronel Mac Clair y yo en recorrer la ciudad en un _calessíno_ desvencijado. El cochero nos dijo si queríamos conocer unas muchachas. Mac Clair contestó sacando la Biblia y poniéndose a leer. Luego aseguró que Nápoles es una ciudad aburrida y monótona.

--Hombre, no--le dije yo.

--¿Cómo quiere usted comparar esto con Edimburgo?

Mac Clair no es mas que un occidental, y para comprender los pueblos hay que ser occidental unas veces, y oriental otras, y tener el alma con muelles como los coches de doble suspensión.

En lo único que quedamos conformes Mac Clair y yo fué en que esa frase de _Vedi Napoli e poi mori_ no era nuestro ideal. No sentimos ni él ni yo el menor deseo de morirnos después de ver Nápoles.

* * * * *

Salimos de Nápoles con buen tiempo, pasamos al amanecer por el estrecho de Mesina, y vimos la ciudad respaldada en una alta sierra.

Todo el mar estaba lleno de velas latinas de las barcas de los pescadores.

Cruzado el Estrecho seguimos adelante, y la niebla se nos echó encima entre los escollos de Scila y Caribdis.

Mac Clair tampoco creía gran cosa en Scila y en Caribdis.

* * * * *

Nuestra barca llevaba cartas para lord Byron, y pensando que el poeta se encontraba en Argostoli, nos fuimos acercando a la isla de Cefalonia.

Entramos en el puerto de Argostoli y nos dijeron que hacía ya tres días que el lord había salido para Missolonghi.

Me hubiera gustado echar una ojeada a la isla, pero no había tiempo. Me contenté con mirar con el anteojo de Mac Clair una montaña, en parte cubierta de pinos, y en parte de maleza, y las casas bajas de Argostoli como dados blancos con pequeñas ventanas. La tierra, por los alrededores, era blanca, resquebrajada, con aspecto de lava, con algunos matorrales obscuros por donde triscaban rebaños de cabras.

Por todas partes la costa era de piedras secas que parecían ruinas.

Nos hicimos a la mar, y de noche, con gran cuidado, nos fuimos acercando al golfo de Patras. El cielo estaba muy estrellado. Los marineros iban cantando canciones patrióticas. Nos cruzamos con una fragata turca, apagamos el farol y arriamos las velas; todo el mundo calló y la fragata pasó sin vernos. Al amanecer cruzamos con algunos místicos griegos, que al ver nuestra bandera inglesa aplaudieron con gran entusiasmo y algazara.

Por la mañana estábamos delante de Missolonghi. El mar tenía un brillo de cristal, y algunas nubes rojizas, que al principio tomé por montes, se dibujaban en el cielo.

Esperamos Mac Clair y yo con ansia a que comenzara el día.

Eran los comienzos del mes de enero; el sol tardó en salir.

Apareció entre brumas, como un disco rojo, por encima de las altas rocas de un monte pedregoso y estéril, el monte Aracinto, y fué iluminado un paisaje de tierras blancas, calcáreas, sin vegetación. Al pie de la sierra, a orillas de un lago muy azul, vimos una aldea. Era Missolonghi.

Cerca de Missolonghi había varios barcos griegos, y, entre ellos, el _Cefaloniota_, el místico de lord Byron. El capitán nuestro fué a ver a lord Byron en el bote y volvió al poco rato con dos oficiales de marina.

No parecía si no que éramos deportados por lo mal que nos recibieron.

Al mediodía nos dieron la orden de bajar a tierra. El sol apretaba de firme. El cielo estaba azul y el mar tan azul como el cielo.

Mac Clair y yo experimentamos una gran decepción al saltar a Missolonghi. Aquello era una aldea miserable. El paisaje de los alrededores no podía ser más triste. Montes calcinados, atormentados, sin árboles, arenales, un pueblecillo polvoriento, sin jardines, sin nada verde, quemado por el sol.

Yo mismo quedé defraudado. A pesar de que me había dicho repetidas veces que no debía entusiasmarme, llevaba en la imaginación la idea de una ciudad formada por pequeños Partenones.

Era el espejismo de los nombres sonoros. Bajamos en Missolonghi y fuimos todos formados a una barraca donde había dos oficiales ingleses de la brigada del coronel Stanhope, que nos tomaron la filiación.

Luego nos hicieron una serie de recomendaciones y nos dijeron que no intentáramos tener relaciones con el elemento civil, porque estaba prohibido.

* * * * *

Missolonghi, entonces pequeña ciudad, sin abolengo y sin historia, contaría unos cuatro o cinco mil habitantes, de los cuales unas ochocientas familias eran griegas.

Missolonghi, fundado por pescadores, estaba asentado sobre un terreno pantanoso; en algunas partes, más bajo que el mar.

La situación de Missolonghi, al borde de una laguna, hacía que algunos griegos entusiastas la compararan con Venecia.

Esta laguna, a medias pantano de agua dulce, y a medias marisma, ocupaba una gran extensión y aumentaba de tamaño desde hacía tiempo a expensas de las tierras de labor.

Limitando la laguna de Missolonghi por el lado del mar había un cordón de islas, roto aquí y allá: los Procopanistos. Las olas batían constantemente esta línea de peñascos que separaban la albufera missolonghiota del mar Jónico.

Entre los arrecifes de los Procopanistos había algunos islotes grandes, como el de Basilades, Aisosti, Scilla y Cleisovo. En estos islotes, ya de algún tamaño, se levantaban torres y alrededor estacadas para defender las entradas de la laguna.

En la isla de Basilades había un fuerte de piedra, y en la de Aisosti una capilla aspillerada que servía de defensa.

La laguna de Missolonghi se extendía bordeando el monte Aracinto y tenía, a medida que avanzaba en la tierra, un seno más estrecho.

Al comienzo de este seno, en que se hacía más angosta la laguna, se hallaba un pueblo colocado en una isleta, llamado Anatólico.

Anatólico parecía un barco encallado en las rompientes.

Las orillas de la albufera de Missolonghi eran áridas, cubiertas de algas y musgos verdes, que se corrompían en las mareas bajas, produciendo emanaciones pestilentes.

Afortunadamente, el viento del mar soplaba con fuerza y purificaba el aire; si no, no se hubiera podido vivir en las inmediaciones.

Mirando desde el mar al monte Aracinto, se veía una mole seca, pedregosa, terrenos plutónicos, con ruinas de murallas y de pueblos.

Al pie del monte y al borde de la laguna había un mal camino, que tenía a la orilla algunas miserables cabañas de pescadores, camino que, con la lluvia, se convertía en un arroyo pantanoso.

Varias veces recorrí este camino con el caballo hundido hasta los ijares, mientras los patos salvajes pasaban revoloteando por encima de mi cabeza.

A un lado de Missolonghi, ya fuera de la laguna, en las estribaciones del Aracinto que daban hacia el mar, había una planicie que se llamaba la llanura Lelante o Anachaida, que estaba cruzada por un río, el río Fidaris o Ebenus, seco si no llovía y torrencial cuando caían unos cuantos chaparrones.

Este río tenía dos afluentes: el de Galata, que pasaba por un pueblo en ruinas del mismo nombre, y el de Hypochori.

Al borde del río Ebenus se veía un pueblo en ruinas, con restos de castillo y murallas, a quien los naturales llamaban Plevrone, porque había una segunda Plevrone, también en ruinas, en la parte del Aracinto, que daba a la laguna, entre Missolonghi y Anatólico.

A poca distancia de la llanura Lelante, en una pequeña bahía, estaba Barasova, pueblecillo con una vieja torre ruinosa.

Estos lugares próximos a Missolonghi fueron el teatro de nuestra acción, que, ciertamente, no tuvo nada de extraordinaria ni de heroica.

* * * * *

Después de ser alistados e identificados, Mac Clair quedó en la brigada de Stanhope como oficial de ingenieros, y yo como ayudante suyo.

No estaba la legión extranjera de Missolonghi tan disciplinada como nosotros pensábamos; había una porción de oficiales y jefes franceses, ingleses, alemanes e italianos en disponibilidad, porque no tenían tropas que mandar. Los ingenieros y artilleros eran los más solicitados y los que más pronto encontraban plaza vacante. Los que venían de la Europa occidental con sus documentos de haber servido como oficiales de caballería, no encontraban puesto, porque los griegos no los querían.

Había entre nosotros tres mandos diferentes: el de los comités griegos, el del coronel Stanhope y el de lord Byron.

Stanhope estaba en completo desacuerdo con lord Byron. El coronel reprochaba al lord, que quería hacer una guerra literaria, lo que le parecía una ridiculez. En parte, el militar estaba en lo justo, porque la guerra parece que debe tener una técnica; pero el poeta tenía su razón también, porque, gracias a su prestigio literario, había conseguido que Europa entera se preocupara de su expedición y se dispusiera a ayudar a los griegos.

El coronel, por lo que nos dijo, pretendía que Byron no interviniera para nada en detalles de cuestiones militares, pero el poeta se creía omnisciente y pretendía entender de milicia tanto como de poesía.

Desde su desembarco, el cinco de enero, el lord estaba trabajando sin descanso en contratar un empréstito en Inglaterra, quería reformar la sociedad inglesa de los Filohelenos y estudiaba, al mismo tiempo, los medios de humanizar la guerra entre turcos y griegos, pensamiento noble, pero, por entonces, perfectamente irrealizable.

Su plan militar consistía en fortificar Missolonghi y en organizar un pequeño ejército de ataque. Este ejército estaría formado por dos mil quinientos griegos al mando de sus jefes, por las legiones extranjeras a las órdenes del coronel Stanhope, que no se sabía a punto fijo con qué número de soldados contaría, y por un batallón de suliotas, que quería mandar el mismo lord en persona.

Con estas fuerzas pensaba Byron atacar el castillo de Lepanto.

* * * * *

La hada del Fénix, miss Barnett, tuvo mal éxito en su empresa. Lord Byron se empeñó en no verla, y, por más cartas, avisos y recados que le envió, el poeta no quiso acceder a hablar con ella. El coronel Stanhope la recibió muy fríamente. Un hombre como el coronel, que tenía a Byron por poco práctico, naturalmente, tenía que mirar con desdén la fraseología poética de segunda mano de miss Barnett.

* * * * *

El elemento militar griego con que se contaba era muy malo. Estaba formado por montañeses, algunos verdaderos bandidos, y pescadores.

A los montañeses, a unos llamaban palikaros y a otros suliotas. Los palikaros eran los de la parte de Morea, y los suliotas de Suli.

Unos y otros despreciaban profundamente a los griegos, sobre todo a los griegos cultos, a los que llamaban phanariotas. Los palikaros y los suliotas tenían costumbres parecidas a los turcos. Unos y otros eran pésimos soldados, insubordinados y rebeldes. Al morir Marcos Botzari en el Epiro, recomendó a lord Byron un pelotón de suliotas. Byron quiso aceptarlo como su guardia, y le asignó mil duros al mes; pero eran los cuarenta suliotas tan turbulentos, tan mentirosos, tan enredadores, que Byron los despachó, los incorporó al resto del ejército y les siguió dando su asignación.

El gobernador de Missolonghi pensó que dar tanto dinero a los suliotas era un absurdo, e intentó emplearlo en otros fines, pero los suliotas se le sublevaron.

* * * * *

Mac Clair y yo fuimos destinados a la fortificación de Missolonghi.

Missolonghi era una aldea pobre y sin ningún atractivo. Mac Clair y yo pensamos en ir a vivir al pueblo, suponiendo lógicamente que los habitantes tendrían entusiasmo por los extranjeros llegados allá para defender el país, y nos encontramos con todo lo contrario.

Los griegos nos odiaban.

En vista de esto, y con el consentimiento del coronel Stanhope, nos instalamos en una barraca de madera, que llegamos a convertir en una habitación confortable.

A los pocos días comenzamos a trabajar en los planos de la fortificación de la ciudad.

Se había pensado en rodear Missolonghi de murallas y de baluartes.

Desde el comienzo de la guerra de la Independencia griega, Missolonghi había sido atacada varias veces por los turcos con poca fortuna.

La situación de la plaza era muy buena para el defensor y mala para el agresor. Además de esto, los turcos habían tenido la desgracia en el último sitio de ser diezmados por la peste.

Cuando comenzó este último sitio, los griegos no habían hecho mas que comenzar a fortificar la ciudad y a guarnecer las murallas de tierra, con torres y baluartes. Estando en esta labor se les presentó a atacarles Omar Vrione, capitaneando un ejército numeroso, y se colocó en la falda del monte Aracinto.

La guarnición de Missolonghi se encontraba con muy pocos medios de resistencia. El caudillo griego Marcos Botzari, en quien se tenían grandes esperanzas, acababa de morir en el Epiro.

Su hermano Constantino entró en Missolonghi con su gente y se aprestó a la defensa. Al cabo de dos meses de sitio, cuando la resistencia de Missolonghi comenzaba a desfallecer, fué cuando se declaró la peste en el ejército otomano, pero de una manera tan fuerte que Ornar Vrione tuvo que abandonar inmediatamente los alrededores de Missolonghi.

Al mismo tiempo, otro caudillo griego, Maurocordato, entraba en la laguna de Missolonghi con algunos barcos hydriotas, y la ciudad quedaba libre por tierra y por mar.

Entonces se pensó que Missolonghi podía ser el baluarte de la independencia griega, y se la quiso poner en condiciones de sostener un sitio en regla.

Los oficiales de artillería y los ingenieros, entre ellos Mac Clair, hicieron los planos de las nuevas fortificaciones y se comenzó a trabajar.

Primeramente se restauró la muralla por la parte de tierra y por la del mar, revistiendo los sitios débiles con piedras y argamasa.