Los Contrastes de la Vida

Part 6

Chapter 64,240 wordsPublic domain

--No, no. Así no es--decía Mendi--; hay que empezar de nuevo.

--No sea usted pesado--le dije yo--; lo hacen muy bien.

--No, paisano, no. Esto hay que hacerlo completamente bien, o no hacerlo.

--Tiene razón--dijeron las chicas--; debe corregirnos mientras no lo hagamos tal como es.

Chiaramonte y su mujer creían lo mismo.

Terminamos nuestra reunión y nos fuimos a la cama.

Cuando iba a entrar en mi cuarto, me gritó Mendi:

--Eugenio, ¡eh!; aquellas sardinas que se comen en nuestra tierra no las encontrará usted aquí. No hay elementos, ya se convencerá usted.

Me acosté, me dormí, y a la mañana siguiente fuí al consulado inglés y, después, a casa de Isaac Bonaffús.

Le dije a éste que mi fardo lo habían desembarcado, y que, si quería, lo llevaría a su tienda. Me contestó que sí, pero que no lo abriría sin estar yo delante.

Volví a mi casa y me encontré en la puerta con Chiaramonte.

El maltés era un hombre de unos cincuenta años, tostado por el sol. Tenía, indudablemente, sangre de hombre del Norte; el ojo que le quedaba, azul como de porcelana, y el pelo, más claro que la tez.

Me enseñó Chiaramonte su casa, que era grande; tenía hermosas cuadras y grandes almacenes de paja y cebada. Hablamos de caballos, y yo le solté todos los datos que había leído en el libro de Volney sobre los potros del Yemen.

Estando hablando se presentaron las dos hijas, Rosa y Margarita, acompañadas de un criado; volvían de oír misa en el convento de franciscanos. Las saludé, y las dije que la noche anterior no las había visto bien. Eran mucho más bonitas de lo que yo me había supuesto.

Rosa era rubia, con un color tan fino, tan delicado, que maravillaba.

Margarita era un tipo más meridional.

Rosa, al oír mi galantería, se puso un poco encendida, y Margarita se sonrió.

--¡Ah el _espagnuolo_! ¡Siempre galante!--dijo el padre, riendo, dándome una palmada en la espalda--. Bueno, bueno; vaya usted a almorzar, que no habrá usted almorzado.

Subí al comedor, me sirvieron el desayuno y charlé un rato con las dos hermanas. Me dió tristeza verlas a las dos solas, sin amigas, viviendo casi siempre encerradas.

Hablamos de Mendi, y vi que Rosa se animaba mucho con esta conversación.

Después de la charla volví a casa de Isaac Bonaffús, quien me dijo:

--Ha estado aquí el capitán francés Lasalle y le he hablado de usted. Le he dado sus señas y me ha dicho que irá a verle.

--Bueno. Está bien ¿Arreglamos el negocio de mis mercancías?

--Sí, cuando usted quiera.

Examinamos el género, que venía intacto; lo tasó Isaac, y yo separé un paquete grande de sedería que no estaba en la factura.

Isaac me abrió una cuenta corriente en su libro de nueve mil y tantas pesetas, y me volví a casa.

Al llegar me dijeron que había venido un capitán francés a preguntar por mí, y que volvería a la hora de cenar.

--Tengo que hacerles un regalo--les dije a las chicas del maltés--. He traído un paquete de sedería, y de él he sacado tres pañolones bordados que están en mi cuarto. Primero elegirá Rosa; después, Margarita, y el que quede será para su madre.

Se hizo la elección, y quedaron todas encantadas.

Cuando entró Chiaramonte le llevaron a ver los pañolones.

--No, no; esto no es posible--dijo el maltés tuerto--, esto vale mucho; yo no puedo aceptar un regalo así.

Le dije que no fuera tonto, que a mí me habían costado poco, y que no molestara a su mujer y a sus hijas con tonterías.

Chiaramonte me dió la mano.

--¡El _espagnuolo_! ¡Siempre es así! Loco, loco.

Llegó Mendi, que venía de visitar el convento de franciscanos españoles, donde tenía una lección, y nos sentamos a la mesa.

Estábamos a la mitad de la cena cuando se presentó el capitán Lasalle. Le pregunté a Chiaramonte si quería que lo pasara al comedor, y me contestó que sí. Entró el capitán, le convidamos a cenar y dijo que acababa de hacerlo, y que tomaría una taza de café y una copa de licor.

El tal capitán era un mocetón de unos treinta a treinta y cinco años, con el pecho muy abombado, bigote y patillas negras y grandes tufos encima de las orejas.

Hablaba un francés muy gascón, y a cada paso decía. ¡Pardi! ¡Sacre bleu! Me pareció un hombre muy ordinario. Me dijo que era sobrino segundo del general Lasalle. Yo le conté que, en 1809, le había visto pasar a su tío por Burgos.

Lasalle dijo que estaba muy contento en Alejandría; que en tres años había ascendido de sargento a capitán.

Después de cenar tomamos café y pasamos al saloncillo, donde Mendi se puso al piano. Cantaron Rosa y Margarita. Lasalle, en una postura académica, las elogió, retorciéndose el bigote, con aire de conquistador.

Después quiso cantar él, pero no se pudo poner de acuerdo con Mendi. Este, con su serenidad habitual, le dijo con su francés perfilado:

--Para cantar, como para todo, amigo mío, hay que saber, y usted no sabe.

El capitán se marchó muy amoscado con Mendi, echándole una mirada furiosa.

Yo le dije a Mendi que para qué hablaba el francés así.

--¿Cómo así?--preguntó él.

--Sí, ¿por qué no habla usted más sencillamente, sin exclamaciones y sin gestos? Si no la gente cree que se burla usted.

--¡Pero así se habla el francés!--exclamó él--. Si le quita a usted al francés todo eso de: _¡Ah non mon ami! ¡Par exemple! ¡Patatí patata!_, no queda nada.

No le pude convencer de que el francés así pronunciado tomaba un aire de caricatura cómica.

--Ya ve usted, el capitán Lasalle se ha incomodado.

--Que se incomode.

--Hombre. Eso no está bien.

--¿Y para qué ha venido ese fanfarrón aquí?--preguntó Mendi.

--Ha venido a buscarme.

--¿Pues qué tiene usted que hablar con él?

--Yo quiero ver si entro en el ejército egipcio de comandante de escuadrón.

--¡Usted quiere ser soldado!--exclamó Mendi--. ¡Usted quiere andar con esas tropas de turcos sarnosos, asquerosos! ¡Vestido de mamarracho! No lo hubiera creído en un paisano mío.

Me quedé un poco asombrado y confuso.

--Todavía no sé si me aceptarán--dije.

--No quiera usted ser soldado--saltó Margarita--. Se hará usted borracho, malo... ¿Para qué quiere usted ser militar?

La madre, la Cayetana, dijo que ella tenía amor por el ejército, y que si no hubiera visto a su marido de uniforme cuando era joven y no era tuerto aún, no se hubiera enamorado de él. Mendi aseguró que a él le tendrían que prometer que le iban hacer capitán general, bajá de tres colas y casarle además con la hija del virrey para decidirle a que entrase en el ejército egipcio. Se discutió la cosa largamente y nos fuimos a la cama.

Al día siguiente, al levantarme y asomarme a la ventana, le vi a Chiaramonte.

--¡Eh! señor _espagnuolo_--me dijo--. ¿Quiere usted beber un vaso de leche de camella?

--¿De camella?

--Sí, sí.

Me alargó un vaso grande y la bebí toda. Era muy buena.

--¿Ahora qué va usted hacer?--me dijo el tuerto.

--Voy a ir a visitarle a ese capitán francés que vino ayer noche.

--¿Tiene usted sus señas?

--Sí. Aquí las tengo escritas.

--Bien. Yo le acompañaré a usted.

Nos encaminamos por entre callejuelas estrechas y sin empedrar, con las casas bajas, sin alineación, con rejas y celosías y miradores que casi se tocaban los de una pared con los de enfrente. Algunos camellos disformes cargados de odres con agua, y adornados con collares con cuentas de cristales de colores, marchaban despacio, y los árabes flacos, morenos, como si fueran de barro cocido, con una camisa corta, iban de prisa, unos a pie, otros montados en borriquillos, llevando frutas y panes redondos y chatos.

Llegamos hasta un extremo de la ciudad, cerca de una puerta de la muralla, donde había un mercado sucio, de puestos hechos con cañas y esteras, y nos detuvimos en un caserón antiguo y arruinado.

--Aquí es--me dijo Chiaramonte--. Hasta luego--, y se marchó.

En el portal me encontré a un soldado, en mangas de camisa y con gorra de cuartel, limpiando dos caballos.

Le pregunté por el capitán Lasalle.

--¿Quiere usted ver al capitán Lasalle?--me dijo, cantando con acento parisiense.

--Sí.

--Está bien. Venga usted.

Entramos en un patio, lo cruzamos, salimos a un jardín muy bien cuidado, y en un ángulo vi un pabellón de ladrillo, de construcción moderna, con una escalera de palomar.

Subimos y apareció otro soldado, a quien el primero dijo que yo venía a ver al capitán Lasalle.

Contestó que esperase un momento, y al poco tiempo apareció el capitán con una bata de percal con florones, un fez en la cabeza y una pipa en la boca.

Hablamos primeramente de mi asunto, y Lasalle me dijo que no tuviera muchas esperanzas. Me contó que el general Boyer, encargado de formar el ejército, en aquel momento en el Cairo, estaba dominado por los ingleses, y que el pachá de Alejandría, aunque buena persona, era un antiguo mameluco. Me habló mucho de Ibrahim pachá y de sus favoritos. Ibrahim pachá, el hijo del virrey, era el que disponía en el ejército. Entre su séquito estaban el coronel francés Anthelme Seve, que había renegado y se llamaba Soliman Bey, y era general egipcio. Soliman Bey había sido protegido por un mecánico francés, Gonon, que le presentó a Mehemet Aly y había sido el primer instructor europeo de las tropas. Soliman vivía en aquel momento en el Cairo, donde tenía su harén. Me habló también de Khurschid pachá, que, como todos los mamelucos, era hombre cruel e invertido, y de un capitán corso apellidado Mari, que se hacía llamar Bekir Aga. Estas eran las personas más influyentes en la corte, sobre todo en cuestión de asuntos militares. Me indicó que si pretendía entrar en el ejército egipcio no dijera que era emigrado constitucional; que no me relacionase con los franceses e italianos que andaban por Alejandría, porque la mayoría eran estafadores y ladrones huídos de Europa, que se hacían pasar por emigrados políticos. Los egipcios que se les reunían eran mamelucos expulsados que los tenían lejos del Cairo para que no conspiraran.

Después se me puso a hablar de mis patronas.

--¿Es una familia italiana o española, esa con la que usted vive?--me preguntó.

--Es maltesa.

--¿El tuerto es el amo de la casa?

--Sí.

--¿El padre de las chicas?

--Sí.

--¡Qué muchachas más preciosas!

--Sí, son muy bonitas.

--¿Y aquel chusco que estaba tocando el piano?, ¿quién es?

--Es un huésped.

Después de charlar largo rato, Lasalle se levantó y me dijo:

--Le voy a enseñar mi casa y mi familia; estoy hecho un musulmán: he tomado una querida y vivo con ella y con su hermana.

Me presentó a su querida, que era una mulata muy fornida, de unos veinticuatro años, alta, morena, un poco bigotuda, que tenía un hijo de un año. Su hermana, un poco más joven, era por el estilo. Me presentó Lasalle a un escribiente o secretario, que era un sargento francés al servicio del Gobierno egipcio.

La casa era muy mala, con unos cuartos con todos los tabiques torcidos y los suelos inclinados; tenía ventanas con celosías, que caían al jardín; los muebles eran primitivos, y por todas partes había divanes llenos de hierba con mosquiteros encima.

El capitán me invitó a comer con él, y acepté. Nos sentamos a la mesa las dos mujeres, Lasalle, su escribiente y yo.

Las mujeres, que hablaban sólo la jerga de los francos de Alejandría, se pusieron a hacerme preguntas, y como no las entendía no las podía contestar. No se dieron por vencidas, y me agarraban del brazo y, al último, de la cara y del pelo.

Yo le miraba a Lasalle como diciendo: Bueno, ¿yo qué hago?; pero él no se daba por aludido y bebía a grandes vasos el vino de Chipre, que era delicioso.

Se acabó el almuerzo; se fueron las mujeres a su cuarto, manoteando y hablando a gritos, y el escribiente se levantó y se fué. Lasalle mandó al criado que le trajera licores y tabaco, y se tendió en el diván y se puso a fumar y a beber.

--¿Usted no bebe?--me dijo.

--No.

--Hace usted mal; por eso está usted tan flaco y tan descolorido. Míreme usted a mí.

Le vi beberse ocho o nueve copas, y me dijo que tenía que dormir la modorra.

--Usted puede tenderse donde quiera.

--Me voy a ir a casa--le advertí.

--¡Usted está loco!--gritó incorporándose--. Espere usted que venga el asistente y le ensillará el caballo.

--No hay necesidad. Iré a pie.

Me despedí de Lasalle, saqué unos anteojos azules que había comprado en Gibraltar por consejo de un judío, y fuí marchando despacio a casa. Verdaderamente hacía calor; el viento traía nubes de arena que quemaban.

No había apenas gente en la calle, mas que algunos árabes andrajosos, a quienes parecía no les hacía efecto el sol.

Llegué a mi casa, me mudé y fuí al saloncito donde trabajaban Rosa y Margarita. Les conté que había venido de casa del capitán a pie, y me aseguraron que yo estaba loco, que no volviera a hacer aquello, por que si no iba a pescar una insolación.

--¿Ustedes no andan nunca de día?--las pregunté.

--Sí, por la mañana temprano o por la tarde. Vamos al Faro, donde corre una brisa muy fresca.

Me preguntaron qué noticias me había dado el capitán sobre mis pretensiones.

--Malas, muy malas. Voy a tener que renunciar a mi proyecto.

--¿Y qué va usted a hacer?--me preguntaron Rosa y Margarita.

--Me volveré a Europa o iré a Grecia a servir la causa de la libertad.

Entró la Cayetana y habló del capitán Lasalle. Me preguntó cómo vivía, aunque ella lo sabía tan bien como yo, y hasta sabía quiénes eran sus mujeres, y que habían venido del Cairo.

Quise bromear con Rosa, y le dije que había hecho un gran efecto en el capitán, pero ella palideció e hizo un gesto de repulsión.

A las siete vino Mendi y habló de lo que había hecho con su ingenuidad natural, y después se puso al piano.

Cantó canciones vascongadas, pero tan bien y con tanta gracia que a mí me parecieron no haberlas oído nunca. Cantó Iru Damacho, Barazaco picuac. Yo me reí a carcajadas. Las chicas me preguntaban:

--¿Qué dice la letra?

--Nada, o casi nada.

Y ellas mismas acabaron por reírse.

Noté que Rosa, que estaba siempre melancólica, se animó, como si le dieran nueva vida al venir Mendi. Este parecía rudo con ella, pero no lo era.

Después de Mendi cantó Rosa; mientras cantaba llegó un médico armenio, que se llamaba Efren Syrox, hombre muy amable, que había estudiado en Bolonia y en Montpellier. Chiaramonte me dijo que Lasalle era un muchacho aficionado al vino y a las mujeres, pero bueno.

--Ahora, que debe usted desconfiar de él, porque si nota que tiene usted dinero le pedirá prestado y no se lo devolverá.

El médico armenio y yo estuvimos hablando largo rato. Era este armenio masón, del rito escocés, y nos reconocimos. El doctor Efren era hombre joven, pequeño, de barba negra, larga, y con unos ojos muy inteligentes. Parecía un mago. Estaba casado con una judía muy bonita, y soñaba con que algún día la Armenia se separase de Turquía. En tanto trabajaba a favor de los griegos. El doctor Efren era un sabio y conocía la historia de Alejandría al dedillo.

IV.

LA FAMILIA CHIARAMONTE

MI patrón Chiaramonte era de Siracusa. Había ido en su juventud con el ejército inglés como herrador, a Malta, donde se había casado con Cayetana Gozone, que estaba de criada en una posada. De Malta se trasladó a Gibraltar. En Gibraltar dejó el ejército y comenzó su comercio de caballos. Ganaba ya allí bastante, y, como quería que sus hijos adquirieran buena educación, puso al mayor en una escuela de náutica, y después a sus dos niñas, Rosa y Margarita, en un colegio. Más tarde, la posibilidad de hacer negocios de caballos le llevó a Alejandría. Chiaramonte y la maltesa tenían tres hijos. El mayor, Demetrio, de veintidós años, era marino, y navegaba en un transporte que hacía el recorrido del Mediterráneo.

En la familia, los tres hijos habían cambiado a consecuencia de su educación. Demetrio era un marino culto y un hombre fino, que estaba para casarse con una señorita rica inglesa; Rosa y Margarita eran dos muchachas que hubieran podido vivir en un ambiente aristocrático. La madre y el padre, Chiaramonte y la Cayetana, seguían como en los tiempos en que él era soldado y ella moza en una taberna.

Chiaramonte era hombre rudo, bueno; pero ya incapaz de cambiar. Tenía un afán de ganar de judío.

Guardaba en el Banco de Alejandría doscientas mil pesetas en valores, y tenía otro tanto en negocios, pero esto no le bastaba.

--¿Para qué quiere usted más?--le decían los amigos--. Aquí no va usted a poder casar sus hijas, a no ser que las quiera usted casar con turcos o con judíos.

Chiaramonte no cedía.

Su mujer, Cayetana, estaba joven; no había cumplido aún los cuarenta años. Se había casado a los quince.

Las maltesas tienen fama de mujeres de vida muy libre. La Cayetana se permitía, a veces, alguna expresión cínica delante de las hijas; pero ellas la miraban fríamente.

La Cayetana estaba incomodada porque no se había divertido en su juventud. En Malta, según ella, las mujeres la corrían bien. Ella había estado siempre con aquel tuerto avaro que le hacía trabajar como a una mula y no la dejaba respirar.

--He vivido con Chiaramonte, que no piensa mas que en ganar dinero--me decía--. Ahora me tengo que divertir.

La Cayetana hablaba con entusiasmo de los enredos del pueblo, de la querida de Fulano y del amante de la Zutana. Estos líos la encantaban.

Chiaramonte no le daba a su mujer mas que lo necesario para la vida. En cambio, daba dinero a las hijas.

La divergencia de gustos y de inclinaciones de la familia producía muchas veces riñas y choques. El padre tenía una admiración y un entusiasmo por sus hijas grande; en cambio, sentía indiferencia y desvío por su mujer. La Cayetana se veía preterida, lo que la ofendía profundamente. Estaba, además, celosa de su hija mayor, de Rosa, y a veces se ponía contra ella.

Rosa lo notaba y sufría, pero el cariño de su padre y de su hermana la consolaba.

Rosa era más inteligente que Margarita y, sobre todo, más romántica. Le gustaba la naturaleza, el mar.

Rosa me contó el viaje que había hecho con su hermano a Nápoles, a Malta y a la isla de Gozzo.

Había conocido a sus abuelos, los padres de su madre, que eran de esta isla, de una aldea llamada en el país Sannat, y por los italianos, Zannata.

Rosa decía que su madre descendía del caballero de Malta Diosdado de Gozon, que mató un monstruo que vivía en una caverna próxima a un pantano, en la isla de Rodas.

Según Rosa, la vida en Gozzo era patriarcal; no se conocía el lujo de la isla de Malta. Allí todos eran pescadores, y los chicos se divertían descolgándose hasta el mar, con cuerdas, desde los más altos acantilados, para cazar palomas.

Para Rosa la isla de Gozzo era admirable.

--Si muero--decía--, quisiera morir allí.

--¿Por qué ha de morir usted?--le preguntaba yo.

Ella sonreía. Era ésta su preocupación.

Charlábamos mucho. Mendi tocaba el piano, y lo hacía muy bien. Rosa y Margarita estudiaban con él la _Vestal_, de Spontini, y las _Bodas de Fígaro_, de Mozart.

Yo les contaba a las dos muchachas mi vida de guerrillero, las acciones y las conspiraciones en que había tomado parte. Me oían con una gran admiración. Yo exageraba un poco mis narraciones.

--El castellano es hombre de _molto coraggio_--decía Chiaramonte, en su español macarrónico.

El buen Chiaramonte estaba contento si sus hijas lo estaban también.

No le gustaba que le hablaran de volver a Italia o a Gibraltar.

V.

LOS CONFLICTOS DE MENDI

YO ya había notado algo anormal en las relaciones de la Cayetana con Mendi. Se olfateaba el contubernio. A mí ella me parecía una mujer capaz de cualquier cosa. Estaba, además, ofendida y despechada. Varias veces le dije a Mendi:

--A mí no me la da usted. Usted tiene algo que ver con la patrona.

--¡Yo! ¡Ca, hombre! ¡Qué barbaridad!

Al fin, Mendi, un día, me confesó que estaba enredado con la Cayetana.

--Pero, ¿cómo ha hecho usted esta tontería, Mendi?--le dije.

--¡Qué quiere usted! No siempre es fácil obrar con buen sentido. Sobre todo, lo difícil es ser previsor. Yo, cuando vine aquí, me fuí a vivir a un fonducho próximo al puerto, que tenía una vieja maltesa. Estaba allí muy mal. Sin elementos de ninguna clase. Un día apareció en la fonda la Cayetana y hablamos. Yo la tomé por una mujer entretenida y la traté así. Unos días después me ofrece ir a vivir a su casa. Yo acepté, porque peor que en el fonducho del puerto no iba a estar, y me encuentro sorprendido con esta casa de gentes honradas. ¿Ya qué iba a hacer? Al poco tiempo, aparece Rosa de vuelta de un viaje que había hecho con su hermano a Malta y a la isla de Gozzo.

Yo hubiera querido romper inmediatamente con la madre, pero ella se opuso y prometió armar un escándalo. En este caso yo no he tenido más remedio que ceder, y no sé cómo podré desembarazarme de este lío. Hablamos Mendi y yo de las soluciones que se podían dar a su asunto. Yo le dije que me parecía lo mejor que, si estaba dispuesto a casarse con la chica, se casara con ella y se fuera de Alejandría.

Siete u ocho días después de mi visita al capitán Lasalle, se presentó éste en mi casa. Dijo que había hablado de mí al pachá, y que le había preguntado si yo tenía papeles, y que no había contestado, porque no lo sabía.

--Sí, tengo papeles--le dije--; no todos, porque soy un oficial de un gobierno constitucional extinguido.

Saqué mi despacho de capitán de caballería del general Empecinado, y se lo enseñé.

--Tradúzcalo usted al francés--dijo Lasalle.

Lo traduje y, al día siguiente, se lo envié. Por la tarde vino a mi casa.

--Creo que está todo arreglado--me dijo--. El coronel ha leído su despacho y ha mandado al dragomán que lo traduzca al árabe, y me ha dicho que venga usted conmigo.

Fuimos a una hermosa casa de la calle de los Francos; entramos en ella y saludamos al coronel Frossard, que sustituía en aquel momento al general. El coronel me hizo pasar a una salita.

--Aquí está usted entre amigos, entre _hermanos_--e hizo la señal masónica de reconocimiento como masón del rito escocés.

Yo le respondí con el de la inteligencia, y nos dimos la mano.

--Yo haré todo lo que pueda por usted--me dijo luego--; pero creo que en principio es un error de usted el querer ser oficial egipcio. Sin embargo, hablaré hoy al pachá. Si necesita usted dinero, yo se lo daré.

Me despedí del coronel un poco triste.

Me preguntaron en casa qué me habían dicho, y conté lo pasado. Rosa y Margarita me aseguraron que hacía una verdadera tontería en querer ser militar, y Mendi afirmó de nuevo que únicamente si le hicieran capitán general o bajá de tres colas y le casaran con la hija del virrey aceptaría entrar en el ejército egipcio.

Como Lasalle se había portado amablemente conmigo, saqué mi paquete de sederías, escogí dos pañuelos de seda, bordados, grandes, con colores muy chillones, y se los envié en mi nombre.

Lasalle vino el mismo día a darme las gracias y a invitarme a almorzar.

Fuí a su casa, entré en el salón, y estaba en el diván sentado cuando se echaron sobre mí las dos mulatas a saludarme, a darme las gracias. Los pañuelos les habían entusiasmado, y me lo decían en su algarabía chillona.

No se contentaron con esto, sino que me abrazaron y me besaron.

--Como ve usted--le dije a Lasalle--, yo no tengo la culpa.

--No haga usted caso, aquí es costumbre.

Después de comer, por no quedarme a dormir la siesta, monté en un borriquillo, me puse los anteojos, abrí una sombrilla, y me fuí a casa. Al entrar me encontré sobre la cama un papel escrito por Mendi, en donde me decía que fuera inmediatamente a su cuarto.

El hombre estaba en la cama. Había tenido una explicación con la Cayetana, muy violenta, y había salido a la calle de prisa y sin sombrilla, y le había dado una insolación. Tenía la cara inyectada. Le tomé el pulso, y vi que lo tenía muy tenso.

--¿Sabe usted sangrar?--me dijo--. Sángreme usted.

--¿Pero no sería mejor traer un médico?

--No, tardará mucho. Ahora mismo.

Le puse una ligadura en el brazo, y con un cortaplumas le hice una sangría copiosa.

--Ahora pida usted que me traigan agua con limón, y a Rosa le dice usted que estoy indispuesto.

Lo hice así, y a la mañana siguiente Mendi estaba mejor. Me propuso que le hiciera otra sangría en el otro brazo, y le dije que no.