Part 5
Me llevaron a casa de un judío que me cedió un gabinete muy bonito, y me dieron una carta de residencia del Estado Mayor de la plaza.
El señor Benolié era hombre rico, banquero de mucha influencia, y vivía muy en grande en una casa a la inglesa. Me presenté a él, me trató muy amablemente y me dijo que fuera a su casa cuando me pareciera.
Fuí una vez por cumplir y no volví. Me cansé en seguida de Gibraltar. Ya no tenía allí amigos. Los liberales españoles se habían marchado. Aquello me parecía un sitio estrecho, de lo más antipático del mundo.
Un día que estaba en mi gabinete, tendido en el sofá divagando, apareció el señor Benolié.
--¿Qué le pasa a usted?--me dijo--. ¿Está usted enfermo?
--Sí, algo enfermo debo estar, pero principalmente estoy aburrido; yo no puedo vivir así. Me he acostumbrado a otra vida.
El señor Benolié quizá creyó que le quería decir que tenía hábitos más fastuosos, y sonrió suponiendo que era una fanfarronada de español.
--¿Pues cómo ha vivido usted?--me dijo con ironía judaica.
Yo le conté brevemente mis andanzas de guerrillero y de conspirador, y como vi que le interesaban di detalles y más detalles. El señor Benolié se quedó tan asombrado, que creo que si le hubiera dicho que yo no era un hombre, sino un trasgo o un gnomo, no hubiera tenido tanto asombro.
--¡Pero usted ha vivido de esa manera!--exclamó varias veces.
--Sí.
--Es extraordinario. Yo tenía otra idea de los guerrilleros. ¿Y para qué ha vivido usted así? ¿Ha ganado usted mucho con eso?
--Nada. El poco dinero que tenía lo he perdido.
A Benolié no le cabía esto en la cabeza.
--Con la actividad y la energía que ha desplegado usted inútilmente, puesta en el comercio se hubiera usted hecho millonario.
Esta observación de judío le parecía a él un argumento irrebatible.
--Sí, es posible--contesté yo--; pero en el comercio no hubiera puesto tanta energía. Ser rico no me interesa. Yo no necesito mas que el dinero imprescindible para comer y tener un rincón donde dormir. Esto se me cae encima. Yo necesito campo, peligros, intrigas para estar bien.
Benolié y yo nos miramos como podrían mirarse un lobo y un castor.
--Sin embargo, ¿usted piensa marcharse a Méjico a ser comerciante, según me ha dicho?
--Sí, si no encuentro otra cosa mejor.
--No hay nada mejor que el comercio, señor Aviraneta--replicó él sonriendo--. Yo creo que usted no se ha dado cuenta de ello. Yo quisiera que usted probara a trabajar en mi casa.
--Probaré.
--Yo le daré a usted el máximum de sueldo y el máximum de comisión.
--Pues nada, empezaré.
Comencé a acudir al escritorio, y fuí tan puntual y ordenado como pudiera serlo el primero.
Al cabo de un mes, Benolié me llamó a su despacho.
--Indudablemente, señor Aviraneta--me dijo--, no sirve usted para la vida sedentaria. No come usted, no bebe usted, no habla usted, y se va usted poniendo más amarillo que un limón.
--Sí. Es cierto.
--¿Qué ha pensado usted hacer?
--Yo había pensado ir a Grecia y hacer la campaña contra los turcos; pero como todo el mundo me habla aquí mal de los griegos, he decidido ir a Egipto y ofrecerme al gobierno del virrey como oficial.
--Bueno, bueno, como usted quiera. Si trata usted de ir a Egipto, yo le proporcionaré a usted barco.
El señor Benolié se mostró muy generoso, me entregó cincuenta libras esterlinas, entre sueldo y comisión, por el trabajo que había hecho durante un mes en su casa. Al pensar en ir a Egipto, se me ocurrió llevar una mercancía a vender por allí, e hice mi ancheta y la metí en un gran cajón.
El día seis de diciembre apareció un bergantín en el puerto de Gibraltar, que marchaba a Alejandría. Era un bergantín nuevo, sin nombre. Iba tripulado por la marina de guerra inglesa; lo llevaban para entregarlo al virrey de Egipto.
Bajaron el capitán sir John y dos oficiales, y fueron a visitar a Benolié. Benolié les habló de mí, y el capitán sir John le dijo que con mucho gusto me llevaría en su barco hasta Alejandría, puesto que era liberal y amigo suyo.
Al día siguiente se condujo al barco mi cajón de mercancías, al que le pusieron precintos de plomo y una etiqueta con el escudo de Inglaterra.
El capitán sir John dijo que, para ir a bordo, debía marchar vestido de guardia marina.
Benolié me envió a su sastre, para que me hiciera un traje completo de guardia marina, que se componía de chaqueta y pantalón azul, chaleco de grana y polainas. Me trajeron también a casa un kepis, un sombrero redondo de hule y un capote de goma.
Benolié me entregó la víspera de mi partida dos cartas de recomendación: una para el general Boyer y la otra para un comerciante judío de Alejandría, corresponsal suyo, que se llamaba Isaac Bonaffús.
A las seis de la mañana del día diez de diciembre, en un lanchón de Benolié, me dirigí al bergantín, en compañía de Toledano. El bergantín había levado anclas y extendido algunas velas.
Estreché la mano de mi amigo, quien volvió en una lancha, y me dirigí, acompañado de un mozo, a mi camarote.
A las seis y media zarpó el bergantín, con viento fresco, y dejamos al poco rato de ver Gibraltar y las costas de Africa.
Al mediodía el viento se hizo más fuerte, y, al comienzo de la tarde, se desarrolló un ventarrón furioso. Se recogieron las velas y casi a palo seco fuimos marchando por el mar, sin rumbo.
Yo llevaba días sin dormir bien, y no sé si por el medio mareo que tenía o porque bebí un poco de vino, el caso fué que me eché en la cama y no desperté hasta el día siguiente a las once. Al salir vestido a cubierta, sir John, el capitán, comenzó a reír al verme y me dijo:
--Usted es un lobo de mar.
--Pues, ¿por qué?
--Porque ha podido usted dormir cuando todo el equipaje andaba mareado. Hemos tenido un huracán terrible.
Pasé con sir John a la cámara de oficiales, donde vi que había dos tenientes, echados de bruces sobre la mesa, estudiando un gran mapa.
Aunque yo no los entendía, porque hablaban inglés, comprendí que estaban buscando la posición y el derrotero del barco.
Sir John, a quien le gustaba hablar francés conmigo, me dijo que íbamos a tener mal tiempo, porque el barómetro seguía bajando.
No sé a punto fijo hacia dónde navegamos; yo no me atrevía a preguntárselo a nadie, pero sí sé que por la tarde del tercer día se nos presentó el viento de proa y empezamos a dar bordadas.
A eso de las once de la noche comenzó una tormenta espantosa: una de rayos, de truenos, de granizo, que no paraba un momento.
El capitán y los oficiales estaban de observación en la cámara; los marineros esperaban órdenes en el puente.
Yo no podía hacer allí nada más que estorbar. Antes de meterme en la cama, agarrándome a lo que pude, llegué a la cocina y le compré al cocinero víveres. Desde nuestra salida de Gibraltar no se había encendido la cocina. El cocinero me puso en un talego una docena de galletas, medio queso, dos tarros de mermelada, dos botellas de vino de Jerez y un frasco de aguardiente. Llegué a tientas a mi camarote, cerré la puerta, porque entraba agua, y me dije:
--Hay que entregarse al destino.
Comí un trozo de queso y unas galletas con dulce, bebí un vaso grande de Jerez, luego una copa de aguardiente, encendí un cigarro y a la media hora estaba dormido. Nunca he tenido sueños más raros.
A la mañana siguiente me desperté. Había agua en el suelo del camarote. Cuando abrí el ventanillo y miré al mar me dió el vértigo con aquel resplandor y aquella blancura de la espuma.
Me pareció que el mar se hallaba más agitado, pero el aire más tranquilo, y supuse que esto era buena señal. No salí del camarote; estuve haciendo gimnasia, y al anochecer tomé mi trozo de queso, mis galletas con dulce y dos vasos grandes de Jerez, y dos copas de aguardiente.
Tardé en dormirme, pero me dormí. Al día siguiente, al despertar con la cabeza un poco pesada, vi que había amainado el temporal. Abrí el ventanillo y vi el mar mas tranquilo, y me volví a tender en la cama. Estaba dormitando cuando entraron en el camarote el capitán y el cirujano del barco.
--No he visto otro parecido--dijo el cirujano señalándome a mí--. Este es un hombre grande. ¡Y luego hablan de la flema inglesa!
El capitán sir John se reía.
--Levántese usted--me dijo--, porque tienen que limpiar todo esto.
--¿En dónde nos encontramos?--le pregunté yo.
--Nos estamos acercando a la costa francesa, a las islas de Hyeres.
Me levanté, me vestí y salí a cubierta, con la cabeza un tanto pesada.
Antes del mediodía llegamos a la isla de Porquerolles, donde anclamos. Examinaron los oficiales y el contramaestre el casco del barco, que tenía alguna avería insignificante; lo limpiaron los marineros por dentro y por fuera, secaron el velamen y a las veinticuatro horas estaba el bergantín tal como había salido de Gibraltar.
Se compraron víveres, se encendió la cocina, y comimos por primera vez caliente y de una manera espléndida.
La marinería tuvo también un gran banquete, con carne fresca y pan del día, y el capitán regaló a los marineros una pipa de vino.
A media noche nos hicimos a la vela con un tiempo hermoso, y a los doce días de dejar las costas de Francia estábamos a la vista de Alejandría.
En todo el trayecto, el capitán sir John tuvo para mí muchas consideraciones, sentándome a su mesa en unión de los oficiales y del médico.
Tenía sir John algunos libros, y me prestaba los que le pedía. Me dejó el libro de Volney, sobre Egipto y Siria, y los viajes de Ali Bey.
Al llegar a la vista del puerto de Alejandría la organización y la etiqueta del barco variaron. El capitán dejó su familiaridad y se convirtió en un jefe frío y desdeñoso. Su cámara quedó convertida en el palacio de un sátrapa con su correspondiente guardia.
La etiqueta era más rigurosa que en China. Yo tuve que salir de mi hermoso camarote y marchar a la cámara de los pilotos. Uno de ellos, que tenía un álbum de vistas grabadas, sacó una del faro de Alejandría y me mostró una torre asentada sobre una roca, con un brasero humeante en la punta.
Aquel era el antiguo faro, que se consideraba como una de las siete maravillas del mundo, dibujado conforme a las descripciones de los antiguos, porque ya no existía, y, en su lugar, estaba el castillo que hizo construír el sultán Solim en el siglo XVI.
Por la mañana, al amanecer, me levanté de la cama y me asomé a la borda. No se veía mas que la costa baja, amarillenta, iluminada por el sol; la ciudad, vagamente, y la columna de Pompeyo, que se destacaba con claridad.
Estuvimos mucho tiempo parados delante de Alejandría. Yo sentía impaciencia y un gran deseo de bajar a tierra; pero como allí, en el barco, todo se hacía siguiendo el protocolo, tuve que esperar. Al día siguiente nos acercamos al puerto al amanecer; por la mañana llegó el cónsul inglés de Alejandría, fué a visitar a sir John y tuvo con él una larga conferencia.
Pudimos contemplar la ciudad iluminada por el sol, que me pareció un montón de ruinas; las fortalezas, el faro, las torres y los mástiles de los barcos.
Después de la entrevista el capitán me avisó que si quería saltar a tierra podía entrar en Alejandría, en compañía del cónsul, como súbdito inglés, sin que en la Aduana me molestasen.
Fuí a dar las gracias a sir John, que me escuchó impasible, y me hizo un saludo militar como si no me conociera, y bajé a la lancha del cónsul. Pasamos por delante del faro actual; una bastilla, con una torre para señales, y alrededor de la fortaleza una muralla con sus cubos, que rodean la isla. Entramos en el puerto de Eunostos y desembarcamos cerca de la Aduana. Yo subí en un coche que esperaba al cónsul y fuí con él hasta su casa.
II.
LA CASA DE CHIARAMONTE, EL MALTÉS
ME invitó el cónsul a desayunar en su casa. Tomé una taza de café con leche y un poco de dulce, y fumamos un cigarro.
--Dígame usted ahora qué piensa hacer. Yo voy a trabajar--me dijo.
--Quisiera que me indicaran las señas de un judío, Isaac Bonaffús, a quien estoy recomendado.
--¿Bonaffús? Lo conozco--me dijo el cónsul--. Un criado mío le acompañará a usted a su tienda. Deje usted la maleta aquí, y luego pueden venir a buscarla.
Me despedí del cónsul, y con el criado bajé al portal. Salimos. Atravesamos unas callejuelas y llegamos a una calle hermosa y recta, con aceras, la calle de los Francos, y, como a la mitad, nos paramos en una casa de un piso, que tenía una tienda pintada de rojo, que cogía toda la fachada. Entramos en ella. Un dependiente nos advirtió que el principal no estaba en aquel momento en casa.
El criado del consulado dijo, con el despotismo del inglés, que era asunto del cónsul de Su Majestad británica, y que lo llamaran.
Al cuarto de hora apareció el señor Isaac Bonaffús, un hombre rechoncho, de barba negra, de mechones muy blancos, con una cara del color de una vejiga de manteca, vestido con una túnica azul y gorro griego.
El señor Bonaffús me preguntó secamente en qué podría servirme; pero cuando le dijo el criado que era asunto del cónsul inglés se deshizo en cortesías.
Le di una propina al criado del cónsul, que la tomó, a pesar de su aire de caballero de la Tabla Redonda, y me quedé en la tienda de Bonaffús.
Saqué mi cartera, y de ella la carta de Benolié. La leyó éste, la examinó y me dijo.
--Yo estoy obligadísimo a Benolié, y usted me manda. ¿Qué quiere usted hacer?
--Primero quisiera tomar un cuarto en un fonda o donde sea.
--Hombre, aquí fonda buena para estar mucho tiempo, no hay.
--Entonces, ¿será mejor una casa de huéspedes?
--Sí, yo creo que sería mejor. Casa de huéspedes... Casa de huéspedes... Ya tengo una. Es de un maltés que ha vivido en Gibraltar, hombre rico, que sabe el español. Si quiere usted, yo le acompaño.
--Bueno. Vamos.
Recorrimos la calle de los Francos y fuimos por una callejuela de casas blancas, con puertas y ventanas herméticamente cerradas. Antes de llegar al barrio árabe nos detuvimos en una casa baja y muy larga, con celosías pintadas de verde. Llamamos varias veces con el aldabón, y apareció en una ventana un tipo de bandido italiano con la cara tostada por el sol, tuerto, y con una cicatriz que le cogía media cara.
--Buon giorno, amico Chiaramonte--dijo Bonaffús.
--¡Buon giorno! ¡Ah! ¿Dove andate, amico Bonaffús?
--A casa vostra.
--¡Ah! Bene. Bene.
--E la signora Cayetana, ¿come sta?
--Bene. Bene. Andate ad aprir la porta--gritó Chiaramonte a alguno.
Un criado abrió la puerta y pasamos adentro. Subimos por una escalera pequeña donde estaba Chiaramonte, y entre el judío y el maltés se entabló una conversación chapurrada en la lengua de los francos de Alejandría; una jerga mixta de turco y de griego.
--Este señor es español--dijo Bonaffús.
--¡Ah! ¿Es español?
--Sí--repuso Isaac Bonaffús--, es un español recomendado por Benolié, el banquero de Gibraltar, y por el cónsul inglés de aquí. Quiere quedarse en Alejandría algún tiempo, y yo le he indicado la casa de usted, por si ustedes le pudieran tomar de huésped.
--En este asunto mi mujer y mis hijas son las que deciden; yo no me ocupo mas que de mis caballos--dijo el maltés.
--Bueno; pues llame usted a la señora Cayetana y a sus hijas.
El maltés llamó a su mujer y a sus dos hijas. La madre era una mujerona con aire un poco africano, el pelo negro ensortijado, los ojos grandes y los labios rojos. Las hijas eran muy bonitas.
La patrona puso dificultades sobre la asistencia, y únicamente se avino a tomarme de huésped a condición de que yo comiera con toda la familia y a las horas en que ellos acostumbraban.
--Estoy conforme--le dije yo--; únicamente me gustaría ver el cuarto.
Me enseñaron una sala grande, con una alcoba blanqueada, que tenía ventanas cerradas con celosías que daban a la calle.
--Por el precio no reñiremos--me dijo la patrona--; tengo otro español, y a él le llevo dos pesetas al día, porque por ahora gana poco, y tiene un cuarto pequeño. A usted le llevaré tres pesetas.
--Muy bien.
Cerramos el trato, y el maltés mandó a un mozo suyo a que recogiera mi maleta en el consulado inglés, y yo salí con Bonaffús.
--¿Qué clase de pájaro es este Chiaramonte?--le pregunté en la calle.
--Es buena persona. Se puede usted fiar de él. Es tratante de caballos y hace contrabando. Las chicas son un _bocato di cardinale_, y tendrán sus doscientos mil francos cada una de dote. Ahora que, como son católicas, aquí no encontrarán novios de su religión. Nosotros, los hebreos, no queremos bodas mixtas. Pero para usted que es católico, si no es ya casado...
--No, no estoy casado.
--Entonces no le digo a usted más.
Al llegar a la tienda del señor Isaac, le consulté acerca de mi ancheta y le enseñé la factura. El comerciante la estudió artículo por artículo, y me dijo que, como no había pagado flete, ni pagaría aduanas, ganaría el doble de su precio.
--Mas no creo que haya usted venido en un barco de guerra sólo para traer un cajón de sedería o cosas por el estilo--añadió Bonaffús.
--No; mi objeto es entrar al servicio del virrey de Egipto, que va a organizar un ejército a la europea.
--Ya sabe usted que hay un general francés que lo dirige todo.
--Sí.
--¿Trae usted alguna carta de recomendación para él?
--Sí.
Se la enseñé, la leyó, y me dijo:
--Yo le puedo servir a usted de algo. Viene a mi casa un capitán francés, Lasalle, que es de Auch y se dice sobrino del general Lasalle. Este Lasalle está en Alejandría y parece que es un comisionado del virrey para recibir a los militares europeos.
--¿Y qué clase de hombre es?
--Pues, como todos los franceses, es muy patriota. Lasalle hace lo posible para favorecer a sus paisanos y poner toda clase de dificultades a los que no lo son. Hace tiempo vinieron aquí muchos jefes y oficiales que habían servido con Murat; luego han venido otros italianos de los constitucionales del general Pepé y no han podido entrar aquí, y se han marchado a servir a los griegos.
--¿Así que esto no está bien?
--No está nada bien. Al que no le quieren, aunque tenga buenas recomendaciones, le aceptan y le ponen en una sección de disponibilidad; luego le envían a cualquier rincón del alto Egipto o de Siria, y allí tiene que vivir, con un sueldo de un franco cincuenta, o dos francos al día.
--Entonces me parece que me he equivocado al dirigirme a esta tierra.
Me despedí de Isaac Bonaffús, que quiso acompañarme. Encontramos a Chiaramonte a la puerta de su casa, y él y Bonaffús se embromaron el uno al otro sobre sus respectivos negocios.
--Nostro amigo Chiaramonte--me dijo Bonaffús--es molto rico. ¡El contrabando!
--¡Bah! ¡Bah!--repuso Chiaramonte--. ¿E voi? Sempre esta facendo denaro--me dijo--. Questos judíos son maravigliosos. ¡Oh! ¡Che canaglia!
--E lei es molto mas rico que yo--exclamó Bonaffús.
No me interesaban mucho estas gracias de comerciantes, y subí al piso principal.
Salió la Cayetana, la mujer de Chiaramonte, y me pasó a una salita en donde se hallaba ella en compañía de sus dos hijas, que estaban haciendo labores. Este saloncito era muy bonito; tenía un gran mirador colgado sobre la calle, con muchas flores, el clásico diván, con sus almohadones bordados a estilo oriental, unas cuantas sillas de Damasco, un piano y varios grabados antiguos. Alrededor del salón había un estante y en él se veían libros de Chateaubriand, Walter Scott y la _Historia de los caballeros hospitalarios de San Juan de Jerusalén_, por el abate Vertot, en una edición de lujo. Las dos muchachas me parecieron verdaderamente encantadoras en la intimidad. Sobre todo Rosa era muy bonita. Hablaban muy bien el castellano y sabían el italiano y el inglés. Habían sido educadas en una pensión de Gibraltar.
III.
NUESTRO AMIGO MENDI
ESTÁBAMOS hablando de la vida y de las costumbres de Alejandría, cuando se oyeron pasos en la escalera y después en el corredor.
La señora Cayetana se levantó, y en su lengua chapurreada dijo al que llegaba:
--Señor Mendi. Aquí hay otro _spagnuolo_ que va a vivir con nosotros.
Entró el español; yo me levanté para saludarle.
Era alto, fuerte, guapo.
No hice más que verle y oír su voz y le dije:
--¿Usted es vascongado?
--Sí. ¿Y usted?
--Yo también.
--¿De dónde es usted?
--De Tolosa.
Nos dimos la mano efusivamente y hablamos en vascuence, produciendo la sorpresa de la familia Chiaramonte, que nunca había oído esta lengua.
Me contó mi paisano que hacía tres meses que estaba en Alejandría, adonde había llegado en un barco de Marsella. Era Mendi nacional de caballería; había servido en Navarra y en la Rioja, como sargento, en la partida de un tal Mantilla, hasta la dispersión de la partida, a la entrada de los franceses de Angulema, en que había tenido que emigrar a Francia.
Me dijo que se apellidaba Basterrica, pero, como al escaparse de España había comenzado a llamarse por su segundo o tercer apellido, Mendi, todo el mundo le conocía por Mendi, y como era más corto y más fácil para los extranjeros, lo había adoptado.
Era Mendi hombre de unos veinticinco años, de gallarda figura. Se expresaba siempre con un aire atento y expresivo, y decía las mayores impertinencias con una impertérrita frescura. Hablaba el castellano bien, pero de una manera afectada; y esta afectación se elevaba de punto cuando se expresaba en francés. Entonces cambiaba de voz y de gestos. Sólo hablando el vascuence parecía natural en la voz y en los ademanes. Como era temprano y no se cenaba hasta las ocho y media, me propuso Mendi dar un paseo; hacía una hermosa noche de luna.
Cogimos nuestros sombreros y marchamos por entre callejuelas. El pueblo estaba a obscuras. No había alumbrado en Alejandría, y donde no entraba la luz de la luna se iba tropezando y metiéndose en basuras.
--Erri ziquiña au--(Este pueblo es muy sucio)--me decía de cuando en cuando Mendi, en vascuence, con su voz ronca.
Salimos a un arenal que estaba lleno de ruinas, y fuimos a sentarnos en un monolito grande, que estaba medio sepultado al lado de otro enhiesto. Debían ser las agujas de Cleopatra. Cerca se levantaba una gran torre. Aquel paisaje, aquella ruina a la luz de la luna, parecía algo de ensueño. No hacía calor: una brisa fresca y húmeda venía del mar, que murmuraba a pocos pasos.
Mendi se sentó en la piedra y me contó sus vicisitudes en aquel pueblo, donde, según él, no había elementos. Esta era su muletilla. Se había puesto a dar lecciones de música y de piano. ¡Música a aquellos bárbaros! ¡Cosa inútil! No tenía mas que pocas lecciones a tres duros: dos señoras, un fraile y unos _zarpajuelos_ de judíos, como decía él.
De pronto Mendi dejaba su voz afectada, y decía en vascuence, con su voz fuerte.
--¡Yo, que vivía allí en Tolosa tan bien, que me llevaban a la cama todos los días un tazón de leche caliente con azúcar! ¡Yo en este país asqueroso donde no hay elementos! Paisano, ¡qué final!
Había oído decir que había chacales en los alrededores de Alejandría.
Se oían aúllidos de perros o chacales en el arenal. No me hacía gracia estar allá.
--Vamos a casa--indiqué yo--. Dicen que hay por aquí chacales.
--Chacales--exclamó Mendi, con su voz gruesa--. ¡Qué ha de haber aquí! ¡Unos perros que suelen andar entre las ruinas! Se les pega una patada y echan a correr. Aquí no hay nada.
Mendi me pareció un hombre simpático, pero terco y, sobre todo, ignorante y sin curiosidad ninguna. Apartándole de la música y de otras dos o tres cosas, en lo demás era negado.
Volvimos a casa sin encontrar más alma viviente que algún perro, que nos persiguió con sus ladridos, y nos presentamos a la mesa de Chiaramonte. Pronto comprendí que el amigo Mendi se había hecho el amo de la casa del maltés. Todo el mundo le contemplaba con admiración. Mendi empleaba en su conversación una variedad de tonos: hablando en francés, era redicho y afectado; en castellano, tenía la tendencia a imitar a los andaluces.
A cada paso me decía:
--Eugenio. ¡Eh! ¡Aquella sidra de nuestro país! ¡Aquellos _perrachicus_! Aquí no hay elementos.
Después de cenar, Mendi pasó a una salita, con un piano, y fuimos todos tras él.
Se puso a tocar, y las niñas Rosa y Margarita cantaron. Las pobres muchachas temblaban, porque el maestro era tan severo, que no les perdonaba la menor falta.