Los Conquistadores: El origen heróico de América
Part 3
Entregados a su iniciativa, obedientes a su espontaneidad, los españoles vertieron en América su ser entero; todo su contenido social, político y religioso. Con una rapidez que asombra, las catedrales y las universidades levantaban sus torres en el aire americano. Los cabildos, como copia de la vida municipal de España, se transplantaban a las Indias y daban a aquellas regiones el tono cívico y libre que desde el principio ostentaron. El afán de _poblar_ se mezcla con el afán heroico, y tan pronto como se ve algo exento de dificultades, Pizarro insiste en fundar la ciudad de Lima, en cuyos planos y replanteo interviene, y de cuya fundación y grandeza está tan orgulloso, tan enamorado.
CAPÍTULO VI
EL CID COMO PRECURSOR DE LOS CONQUISTADORES DE AMÉRICA
Los hombres varían poco a través del tiempo, en cuanto a los caracteres y modos fundamentales; variamos nuestro modo de vestir, cambiamos la forma de las leyes y de los sistemas de locomoción, pero en lo íntimo somos consecuentes.
Leyendo las incomparables estrofas de _Mío Cid_ nos encontramos con relatos y episodios que parecen escritos por un cronista del siglo XVI. Y todo el que _sienta_ hondamente la epopeya de América, reconocerá que los conquistadores, expresa o infusamente, estaban influídos por el poema del _Cid_.
Muchos de los conquistadores, por su rudimentaria cultura, no conocían directamente el viejo poema castellano; pero a través de los romances, cuentos y tradiciones, es seguro que España entera se hallaba saturada del espíritu y hasta los pormenores del héroe de Vivar.
Este era un hombre representativo que asumió todas las esencias del alma española, y que, por ley natural que nunca falla, sirvió de guía y modelo a las generaciones sucedentes. El Cid, como perfecto héroe nacional, dió el tono a España, y para comprender esto no necesitamos acudir a los ejemplos literarios, como son los romances y las numerosas comedias que han surgido de los episodios del Cid; la influencia más viva y práctica la tenemos en la conquista de América.
Lo cierto es que Hernán Cortés y Francisco Pizarro efectúan sus empresas en una forma que en ocasiones parece copiada del mismo poema de _Mío Cid_.
Cuando Pizarro alza pendón en Panamá y hace la recluta de sus mesnadas, verdaderamente está calcando al Cid en su ataque y conquista de Valencia.
«Quien quiere perder cuenta e venir a rritad, viniese a «Mío Cid» que ha sabor de cabalgar. Cercar quiere a Valencia para cristianos la dar. Al sabor de la ganancia non lo quieren detardar; grandes yentes se le acogen de la buena cristiandad...»
Allí veremos a Pizarro gozoso de haber entrado en las puertas del Perú y sorprendido ante las primeras riquezas que apresan sus manos. Lo primero que decide es un acto de política y de fidelidad: aparta el quinto del botín y corre a llevárselo a su rey. No de otro modo el Cid, cinco siglos antes, encargó a Minaya.
«Enviar vos quiero a Castiella con mandado desta batalla que habemos arrancado; al rey Alfonso que me ha airado quiérol enviar en don treinta cavallos, todos con siellas e muy bien enfrenados, señas espadas de los arzones colgando.»
Vemos después a Pizarro llegar hasta el remoto Cuzco, domar los ejércitos enemigos y posesionarse del extraño país maravilloso. Le vemos reunir las riquezas de los incas y hacer las particiones entre sus gentes, dando al caballero y al peón su parte equitativa, de manera que aquellos temerarios aventureros se hicieron _todos ricos_ en un instante. También en este caso parece que el episodio y los mismos detalles hubieran sido calcados del poema del Cid.
Así en la batalla contra el conde de Barcelona, vencido éste y librado del cautiverio por la bondad del caudillo castellano,
«...tornós el de Bivar, junto con sus mesnadas, compesós de alegrar de la ganancia que han fecha maravillosa e grand; tan ricos son los sos, que no saben qué se han...»
Pasa por todo el poema de _Mío Cid_ un aire de aventura y de conquista, de esperanza y de botín, de largas caminatas por territorios extranjeros, y este aire heroico-adquisitivo es como el preludio de la gran aventura de las Indias. En tal sentido, el Cid es un precursor de los conquistadores o, mejor todavía, el primer conquistador.
Se dirá que la guerra era igual en sus formas y en sus fines durante los siglos medioevales. Marchar contra el enemigo, vencerlo, esclavizarlo y apresar inmediatamente el botín; tal era, en efecto, el sentido y la moral de las guerras en la Edad Media. Pero por encima de las formas usuales o universales, las mesnadas del Cid se reservan una originalidad. Desde luego ellas operan sobre un adversario infiel y perverso, como es el moro, el cual, por añadidura, está ocupando un territorio que, justamente, no le pertenece. Por tanto, ir contra el moro no es lo mismo que hacer la guerra a un rey o estado de cualquier otro país de Europa. El héroe español hace sus campañas sobre un país tres veces enemigo: enemigo como infiel, como usurpador del territorio y como adversario formal.
El Cid, además, no es un conde ni un rey que desea extender sus estados o vengarse de un vecino poderoso; simplemente es un _hidalgo_ fornido y valiente, apto y capaz, verdadero ejemplar del caudillo que recluta sus hombres y va a la buenaventura, a conquistar tierras y ciudades, a vencer reyes y ensanchar el cristianismo. Ni siquiera le ayuda el rey; hasta rompe los vínculos legales que le atan al rey, puesto que está desterrado. Solo con sus fuerzas, aislado en el mundo, fiando en su capacidad, marcha por la tierra adelante a conquistar ciudades y lograr la riqueza, el poder y la gloria... Este tipo de _conquistador_ es único en Europa; y es tan español, que los conquistadores de América no hacen más que reproducirlo y calcarlo.
Hay en el Cid un tono de _aventura a la española_ que parece un anticipo o un presagio de lo que más tarde habría de ocurrir en América. El aventurero de Vivar, por virtud del incomparable verismo del espíritu estético español, no pretende nunca engañar a sus hombres con entelequias ni fantasías literarias; les habla el lenguaje de la verdad, con un acento masculino y heroico tan lleno de humana emoción. Y la verdad para sus hombres de hierro no puede dispersarse en vanas quimeras; se trata de ganar botín, de cobrar honra y de expulsar a los infieles.
Esta trinidad de propósitos práctico-idealistas está asistida constantemente por un sentido de conmovedora fraternidad, que después habrán de reproducir los conquistadores de América haciéndose, el capitán y los soldados, camaradas a quienes une entre sí tanto el amor como la ambición. El Cid trata a sus soldados como a hijos, los protege y guía, los ama de todo corazón, al modo que después los aventureros de Indias no escucharán de sus jefes ninguna altivez, ningún ultraje, ni le acusarán de abusos. Fraternalmente se repartirán los tesoros, como hermanos de peligro y de fortuna que en efecto son.
¿Pero qué hay, además, en el Cid de distinto, de íntimamente español, de presagio americano? Sin duda es aquel vuelo y fuga mística que cobra en la epopeya de Indias su mayor significación, y que en el poema de _Mío Cid_ ya estaba expresado. Poco antes de marchar contra las tierras de moros, que son vasallos del conde de Barcelona, el Cid cree necesario hablar a sus gentes, y al efecto les da con pocas palabras una especie de sistema o filosofía del heroísmo, del aventurero, del conquistador.
«Ya caballeros decir vos he la verdad: qui en un logar mora siempre, lo so puede menguar.»
¡Aquí está, sin duda, el principio y la definición de la historia de España! «Quien mora siempre en un lugar, lo suyo, lo que posee, puede disminuirse...» ¿No es ésta una verdadera filosofía del progreso, que estima, en contra del sentido quietista y parsimonioso, necesario cambiar, osar, variar y decidirse? ¿Pero no reside en esas rudas palabras un presentimiento de la acción española, impetuosamente lanzada hacia una ambición de dominio y de gloria?
El poeta de _Mío Cid_ añade en seguida:
«Cras a la mañana pensemos cabalgar, dexat estas posadas e iremos adelant...»
Es decir: «Puesto que mañana nos manda el destino que sigamos la ventura, dejad estas posadas o lugares deliciosos donde hemos triunfado y gozado, y marcharemos adelante...» ¡Oh, sublime y transcendental palabra _adelante_, que al oído del soldado suena como la voz de un deber sobrehumano, como la voz de la raza, como el imperativo de la Historia! ¡Dejad estas posadas y seguid adelante! ¡Tierras adentro, hasta la mar, hasta más allá del mar, más adelante, siempre adelante!
Al finalizar la Edad Media, a causa de la tradición del Cid y de las conquistas en tierras de moros, estaban acaso los españoles en una posición particular respecto a los otros europeos; me atreveré a decir que los españoles eran los europeos que más sinceramente sentían y practicaban la _caballería_. Los _libros de caballería_, por tanto, tenían en España una realidad de cosa viviente. ¿No podría explicarnos esto la actitud de Cervantes, que reserva su mejor talento para escribir el _Quijote_, acerba condenación de la _caballería_? Ningún otro país europeo necesitó la cura genial de un libro extraordinario para una dolencia que, en efecto, sólo en España adquiría gravedad.
El _quijotismo_ estaba en el aire y producía los consiguientes daños. La leyenda del Cid, conquistador de ciudades y opresor de reyes, venía corroborada por las continuas empresas contra los moros y por la última romántica empresa de la toma de Granada. Los libros de caballería no eran, pues, vagamente fantásticos para los españoles. Pero mientras la gente leía las absurdas hazañas de aquellos libros, ¿no estaban realizando otros españoles las absurdas, las maravillosas empresas de Méjico y del Perú?
Cervantes asumió en este caso la voz de la mediocridad prudente y criticista, moralizadora y tímida; se hizo abogado del _filisteo_; combatió la _caballería_ y todo el trastorno imaginativo y social que comporta el espíritu de aventura. Sin duda estaba ya muy viejo. A los veinte años él mismo hubiera cantado la _caballería_, puesto que él la practicó en Lepanto. Pero había fracasado como aventurero, y toda su vida era ya un fracaso.
Sentíase viejo y tomó el partido de los _negadores_, de los _pesimistas_, de los _críticos_, de los prudentes y los _filisteos_; de todas las gentes sesudas y sedentarias que condenan lo extremoso y lo aventurero. Los espíritus sensatos y tímidos de España, los tenderos y los bachilleres, debían lamentar mucho que el Cid y los conquistadores y los aventureros no fuesen encerrados bajo tres vueltas de llave. Por último, encontraron su agente en la pluma de Cervantes. ¡Y así recibió España, como compensación a la pérdida del idealismo aventurero, la indemnización del _Quijote_!
CAPÍTULO VII
LA CODICIA
Se ha querido reducir el mérito de la conquista de América con la alegación de que los españoles únicamente perseguían el oro.
Hay dos maneras de afrontar la grandeza de los hechos y de las almas. Y es bien cierto que para un espíritu noble que ama lo sublime, los actos memorables se presentan revestidos de un aura magnífica, y se esmera en mirar en ellos las esencias ideales por las que el hombre adquiere cada día mayor beneficio de nobleza, de cultura y de elevación moral. Este modo de considerar el heroísmo y los grandes hechos heroicos, requiere, es verdad, que el alma se halle propensa al heroísmo y contenga en algún grado la aptitud ideal.
Por el contrario, un espíritu descontento y que ama el ras de la tierra, cualquier acto extraordinario lo mirará prolijamente, avaramente, con el sentido de la justicia y de la verdad que puede tener un administrador o cajero de oficina bancaria. Sometido a este régimen de regateo, ningún acto memorable resiste la comprobación. El espíritu pequeño estudia los detalles, suma los gastos, toma nota de las muertes y daños causados, descubre la paga que se cobró el héroe, y el acto sublime se disuelve en tierra y en prosa. Es el caso de las famosas «cuentas» del Gran Capitán, y sin duda el conquistador de Nápoles hubo de verse en gran apuro cuando la administración avara le pidiera nota de los «gastos». El Gran Capitán sabía vencer a los caballeros franceses y deslumbrar a Europa con sus hazañas; no sabía, sin embargo, justificar sus cuentas... y lo cargó todo, conquistas y hazañas y glorias, al capítulo de «picos, palas y azadones».
Si un espíritu pequeño pone su trabajo en desmenuzar la obra de las Cruzadas, fácil le habrá de ser descubrir un número exorbitante de soldados, caballeros y señores que iban a Oriente con el propósito de ganar tierras o cobrar un rico botín; otros iban a ganar el perdón de sus pecados, con lo que negociaban el rescate del infierno. ¡Sería tan posible descubrir el _interés_ hasta en la vida de los mayores mártires!
Pero en el sitio donde bullen y se enroscan los sentimientos bajos o mezquinos, vuelan y se remontan las ideas y los propósitos sublimes; y junto con la marinería y soldadesca que embarcaba a las Cruzadas, allí iban también los príncipes y los monjes y los mancebos que perseguían la ideal ambición de conquistar el Santo Sepulcro. Y entre la misma ruda soldadesca, brillando entre la grosería de los propósitos de la soldadesca, ¿acaso no relucía allí mismo, en aquellos espíritus humildes, la llama oculta del ideal? El último soldado, que no vacila en matar, violar y saquear, tiene sus treguas íntimas, sus momentos graves, en que triunfa la conciencia, y entonces está presto a perder todo su botín de concupiscencia por defender a su jefe, a su Dios, a su bandera.
Entre la turba de soldados y marineros, sobre las solicitaciones de la multitud que marcha a la procura del oro, allí Hernán Cortés levanta la mira de sus sueños, y no es el oro lo que más le importa, sino la gloria. Por la gloria van otros muchos conquistadores. Por servir al rey, por orgullo de conquistar, por el anhelo patriótico de ensanchar todavía más la grandeza de España. Y casi todos los conquistadores, en efecto, mueren en América, muchos de ellos pobres, y trabajando hasta el fin en la perfección de su obra. Vasco Núñez de Balboa se ocupaba en componer su precaria vivienda, cuando lo detienen para ajusticiarlo. Francisco Pizarro se enorgullecía de su ciudad de los Reyes, que él mismo trazara, y en ella pereció peleando espada en mano, porque ni de viejo ni para morir tuvo reposo.
La codicia es uno de los primeros y más grandes conductores de la actividad humana. La codicia estaba también entonces allí, en la obra de América, ocupando los puestos avanzados.
Antes de que América surgiese a la mirada del europeo, su ensueño, su posibilidad o su destino estaban impregnados de codicia. Las tierras de Catay, los mares de perlas, los imperios rebosantes de oro, todo eso había impregnado la imaginación de Europa a través de los relatos hiperbólicos de los viajeros venecianos. Los españoles iban a América bajo la impresión de ese suelo áureo. Y esta idea de la riqueza americana, que ha durado cuatro siglos y que ahora mismo no pierde su sabor de quimera y de milagro, los primeros expedicionarios la llevaban en sus almas, naturalmente propensas a la hipérbole y a la superstición milagrosa.
La superstición de la riqueza súbita y fastuosa era tan viva, que a veces, entre episodios trágicos, da ocasión a incidentes grotescos y graciosos. Los pobres soldados veían por todas partes brillar montañas de oro, y lo mismo que al alma simple le aparecen fantasmas divinas en cualquier pliegue de las nubes, a ellos les aparecían fantasmas de oro y de perlas.
Pasando por una aldea de indios, los soldados de Cortés observan unas hachas doradas que portan algunos habitantes, y creen que son de oro bajo. Las cambian por bujerías y cuentas de cristales, o las roban, sencillamente. Las hachas doradas menudean, y los indios traen muchas, viendo que tanto les agradaban a los cristianos; y cuando los cristianos se van y toda la tropa de peones y marineros anda preocupada en esconder aquel botín de la vigilancia del general... ¡se descubre que no son de oro bajo las hachas, sino de bronce! Y la tropa suelta la carcajada, riéndose de su propio fracaso.
Otra vez, «Vueltos a embarcar, siguiendo la costa adelante, desde a dos días vimos un pueblo junto a tierra que se dice el Aguayaluco, y andaban muchos indios de aquel pueblo por la costa con unas rodelas hechas de conchas de tortugas, que relumbraban con el sol que daba en ellas, y algunos de nuestros soldados porfiaban que eran de oro bajo, y los indios que las traían iban haciendo grandes movimientos por el arenal...»
Otro día salen las gentes de Cortés hacia el pueblo de Cempoalla, a invitación del cacique, y atraviesan un espléndido país cubierto de vegas, prados, bosques, palmeras, lleno de frescos arroyos, poblado de aves bonitas, alegre como un pensil tropical. Los cansados y pobres conquistadores penetran en la ciudad y son recibidos con flores y vítores. De pronto, unos soldados de a caballo que iban en avanzada vuelven temblando de emoción: ¡habían visto las casas chapeadas de plata!... Después se descubrió que era un barniz o pintura brillante que cubría las paredes de las chozas. Y otra vez la tropa rompió a reir a carcajadas.
Y una vez que un indio, emisario de Moctezuma, se fijó en el yelmo de un soldado, con ingenuidad de primitivo lo tomó, le hizo gracia, y suplicó al soldado que se lo cediera; quería llevárselo al emperador como objeto de curiosidad. Entonces el soldado, con una sorna muy de soldado, dijo que bueno, que se lo llevase a Moctezuma... ¡y que volviese el yelmo lleno de oro! En efecto, volvió el casco marcial todo henchido de oro hasta los bordes.
¡Ah, cómo encendían estas cosas la brasa impaciente de aquellos soldados! ¡Cómo se avivaba su imaginación y se afianzaban sus corazones! ¡Qué país tan imaginativo, fantástico, estupefaciente, aquel país en que las maravillas saltaban a cualquier hora, y en que las emociones variaban con bruscos golpes, desde el terror a la gloria, desde el hambre a la hartura, desde la miseria y el descalabro a la opulencia!
¡Y aquel desgraciado Moctezuma, cómo pretendía que se marchase Cortés, si le ofrecía el espectáculo de un imperio pasmoso con cuya conquista ganaría más honra y lustre que todos los capitanes de España! ¡Cómo presumía que los soldados se fuesen de Méjico otra vez a su patria, si les anteponía la tentación de los regalos de oro!
Los emisarios de Moctezuma traen a los españoles ricos presentes. Traen sobre todo dos planchas «tan grandes como ruedas de carro», una de oro y otra de plata. Y repiten a los españoles «que se marchen del país...» ¡Cómo podían marcharse! ¡Qué corazón valiente se hubiera marchado! Van, al contrario, adelante, y se meten en una aventura espantosa que les acarreará batallas terribles, derrotas tristísimas, trabajos y mortaldades sin ejemplo.
La leyenda y superstición del oro hallaban de repente un sitio exacto en la realidad, y los mismos ensueños podían ser alguna vez superados. Así la tropa de Francisco Pizarro, cuando en Caxamalca se repartió el rescate del Inca, se encontró toda ella rica, pero rica de veras, rica en buenos lingotes de oro y de plata. Aquella distribución de botín es el hecho militar más inaudito, más único de la Historia. Tiene de particular que es un hecho confrontado, corroborado por los cronistas, presidido por el general, anotado por los magistrados, con nota de los nombres y cantidades.
«De todo lo demás--dice Francisco de Je----, sacado el quinto real y los derechos del fundidor, repartió el gobernador entre todos los conquistadores que lo ganaron, y cupieron a los de caballo a ocho mil y ochocientos y ochenta pesos de oro y a trescientos y sesenta y dos marcos de plata, y los de pie a cuatro mil y cuatrocientos y cuarenta pesos de oro y a ciento y ochenta y un marcos de plata...» El dinero valía entonces dos o tres veces más que hoy.
¡Todos ricos, repentinamente ricos!... Aquella noticia debió de correr, paulatinamente agrandándose, a través del continente y de las islas, por España entera, por Europa. Y el nombre del Perú se hizo sinónimo de riqueza. Y la enfermedad o el ensueño de América arraigó para siempre en las imaginaciones europeas. Y de ese ensueño, de esa codicia de que se impregnó el nombre de América, salieron las emigraciones que han hecho próspero al Nuevo Mundo.
Y cuenta en seguida el mismo Francisco de Jerez que «Muchas cosas había que decir de los crecidos precios a que se han vendido todas las cosas, y de lo poco en que era tenido el oro y la plata. La cosa llegó a que si uno debía a otro algo, le daba de un pedazo de oro a bulto, sin lo pesar, y aunque le diese el doble de lo que le debía, no se le daba nada, y de casa en casa andan los que debían, con un indio cargado de oro, buscando a los acreedores...»
Sí, seguramente; los pobres soldados no serían ricos mucho tiempo. Siempre ha seguido el mercader al soldado, y siempre el mercader se alzó con los gajes de toda empresa heroica.
CAPÍTULO VIII
LAS RIQUEZAS
Los embajadores de Venecia en España, en su misión de espionaje comercial, todos comienzan lo mismo sus informes cuando descargan sus pesquisas al Senado: de las Indias no se puede saber la verdad, no se sabe de cierto nada...
Una atmósfera de hipérbole, en efecto, envolvía al continente americano, y para que los datos verosímiles faltaran todavía más, quería la suerte que los navegantes, conquistadores y mercaderes desembarcasen en Sevilla, con lo que el natural vuelo imaginativo de los andaluces empeoraba aquel proceso de fantasías.
Pero es innecesario recurrir a la imaginación andaluza. Toda Europa, en aquel tiempo, era propensa a la hipérbole, a la leyenda y a la superstición. Y estando la sociedad tan preparada a las fugas imaginativas, y en un momento histórico en que los libros de caballería pasaban de mano en mano, he ahí que repentinamente realizaban unos hombres de carne y hueso cuantas proezas y aventuras inventaron los noveladores. Se abría, pues, a las mentes estupefactas de los europeos aquel país inaudito, maravilloso, que rezumaba néctar de frutas tropicales y que extendía generosamente montes de joyas y auténticas maravillas de oro.
En la Edad Media había padecido Europa una especie de rigor ascético, impuesto primeramente por la disciplina cristiana, y luego, con más motivo, por el aislamiento geográfico a que se condenó desde la caída del Imperio de los Césares. Europa vivía de sus recursos, propios de los climas fríos y templados; los frutos bellos y dulces, incitantes y olorosos, todo lo que la zona tórrida tiene de rico, muelle y lujuriante, estaba en poder de los infieles. Las vías de Oriente hallábanse en manos de los sarracenos, y las vías del mar oceánico quedaban cercadas por el terror. En forma precaria y con un coste fabuloso, el acceso a Oriente y a los frutos tropicales hacíase por intermedio de las Repúblicas italianas, con lo que ciertas delicias orientales solamente podían gustarlas los príncipes y los señores.
Y ved ahí que repentinamente llegan a Europa las especies picantes, los sabrosos frutos, las cosas más ricas y bellas... Los conquistadores vuelven a España y se entretienen en la ponderación de unas tierras donde sin esfuerzo nacen las plantas benéficas. Pronto corre entre el vulgo, mixtificada con un poco de sorna, la quimera de Jauja, aquel país de cielo radiante, aquella tierra sin lluvias, y no obstante frondosa; aquel edén donde el oro salta a la mano y donde no es preciso trabajar para ser feliz... Sin embargo, el paraíso de Jauja era cierto.