Los Conquistadores: El origen heróico de América

Part 2

Chapter 23,939 wordsPublic domain

Siempre será imposible arrancar al hombre la facultad de adoración, y el ser más soberbio y rebelde siente alguna vez el prurito de prosternarse ante cualquiera representación de lo sobrenatural o de lo infinito. El hombre no puede prescindir de los símbolos, porque ellos son los lazos materiales que nos unen al ideal. El «Plus ultra» nos descorre milagrosamente un escenario mental, y mudos de asombro vemos levantarse esa creación fantástica, resplandeciente, que se llama América.

Detrás del mote escueto, y por fortuna sonoro, contemplamos una suerte de milagros y de grandezas cuya visión nos aturde. La misma forma geográfica del continente ayuda al goce admirativo. Parece, en efecto, un país providencial, único, separado de los otros continentes, surgiendo como un jardín del seno de los océanos; parece el Paraíso de las narraciones primitivas, el cual, si fué sustraído al hombre por sus pecados, estaba, en cambio, reservado a las edades posteriores como un premio por los afanes y sacrificios humanos. América es el don de los dioses, que perdonan finalmente al hombre. Es el Paraíso arrebatado y luego restituído.

Pues bien, los dioses habían escogido a su pueblo amado para que consumase la obra milagrosa de la restitución del Paraíso. Verdaderamente, sólo España podía consumar el milagro de América.

El mundo estaba incompleto, el mundo era una cosa imprecisa e indelimitada que se cernía en el caos geográfico. Entonces se levantó España, y con un ademán que llamaríamos sencillo, por estar exento de teatralidad y de dolor, ensanchó en toda su extensión el mundo, recorrió los mares en todo su misterio, alumbró los continentes y dió, en fin, realidad a la redondez de la tierra.

Y todo esto lo realizó sencillamente, como si de veras obedeciese a un mandato de los dioses; como si fuera el brazo que la Providencia usa para efectuar el milagro. Esa obra descomunal de América apenas si perturbó en nada la vida española; España no interrumpe su actuación europea, sus campañas, sus formidables entreveros políticos; la acción de España se diversifica en Europa y en el Norte de Africa, sigue su curso normal, trágicamente magnífico, y como por un exceso de grandeza no se oye casi hablar de las Indias a los escritores y los gobernantes. Es un caso de plenitud y de energía; es algo como el silencio en el obrar del soberbio y del poderoso. La obra descomunal de América va realizándola España rápidamente, sencillamente, sin que un músculo contraído denote el esfuerzo extraordinario. Esta señorial aptitud para consumar actos excepcionales, que en el gigante parecen naturales y en otros absorberían todas las fuerzas y toda la voluntad, es un distintivo diferencial que España debe reclamar sobre todo.

Repasad el censo de las cosas geniales creadas por la Humanidad; sed exigentes al considerar el valor esencial y eterno de esas cosas; cuando hayáis reducido a breve cifra las genialidades trascendentales, entre ellas contará siempre el descubrimiento, conquista y colonización de América.

¡Cuántos pueblos han debido vivir y perecer sin que su nombre quede perpetuado en una obra verdaderamente trascendental! España, hasta la consumación de los siglos, será una expresión viva porque produjo a América.

No consiste la genialidad en el ruido de las batallas y de la política; se puede embargar la Historia con el peso de muchas acciones, como Turquía o Cartago, y no obstante carecer de opción para el respeto de los siglos. No vale llenar la Historia y añadirle peso, que al fin es como una contrariedad; no vale siquiera haberse esmerado en pequeñas obras, en breves esfuerzos, en numerosas aportaciones modestas; lo importante en un pueblo es abrirse, como una montaña de oro virgen, y darse, derramarse, arrojar al tiempo de una vez y magníficamente la obra trascendental.

A los españoles se nos ha regateado todo. Con un rencor de fiscal adverso, todo se nos ha discutido, negado, mezquinado. Pero considérense con atención y justicia el descubrimiento, conquista y colonización de América, y un aura de heroísmo y honda humanidad trascenderá al espíritu más extraño o ajeno. El heroísmo está palpitante; no los Cruzados, pero ni los fantásticos campeones de la caballería, ni los guerreros mitológicos, han inventado aventuras como la de Cabeza de Vaca o combates y trabajos como los de Pizarro y Cortés. El humanismo de la empresa española en América fué muchas veces escatimado; sin embargo, desde el ejemplo de Roma ningún pueblo se ha transfundido en el pueblo dominado como España en América. La flor de su sangre y de su cultura, sus creencias y su idioma, su fe y sus costumbres, su ánimo y sus sentimientos, todo lo derramó España en América, exactamente como hace una madre. ¿Es esto un delito de humanidad?

Vertida, derramada, transfundida en América, España quiere y puede llamarse madre. La América española no es un país extraño que al libertarse políticamente se separa en realidad; no puede separarse nunca, porque es una parte indivisible de la universalidad española.

CAPÍTULO IV

LOS ESPAÑOLES EN AMÉRICA

Desde muy antiguo, y en distintas zonas del mundo, se ha pretendido descalificar y disminuir a los españoles que conquistaron América. Parece como si el primer impulso de estupefacción que la conquista de Méjico y Perú produjo en las gentes, hubiera humillado a los mismos admiradores; y es sabido siempre que la envidia reacciona del mismo modo: la admiración se convierte en incisivas objeciones.

El mundo se sobresaltó y quedó estupefacto cuando empezaron a correr las primeras noticias de las Indias, que eran llevadas, naturalmente, agrandadas y envueltas en hipérbole, por los pilotos, mercaderes, aventureros y embajadores. Aquellas noticias hablaban de tierras y pueblos, que venían a reproducir y confirmar las relaciones semiolvidadas de Marco-Polo. Un mundo distinto, fresco de originalidad, radiante de juventud y de riquezas, asomaba por el lado de Occidente, ni más ni menos que como un regalo milagroso. Y este regalo venía a caer en la corona de España, ya desde antes favorecida tan grandemente por la Providencia. Pero cuando Cortés entró en Méjico y sujetó aquel imperio al dominio de Carlos V, y cuando un poco después mostró Pizarro la maravilla de su hazaña y el tesoro increíble del Perú, el mundo no supo cómo expresar su asombro. Lo cierto es que el nombre de España, entre el vulgo de Europa, iba adscrito a una idea de fuerza militar, palpable en los campos de Italia, Africa y Francia, y a una idea de oro, pero de oro manante, torrencial, inexhausto.

No debe extrañarnos que Europa procurase reaccionar, y bien pronto, en efecto, saltaron las primeras objeciones. Especialmente fué el siglo XVIII, ese siglo de casacas y de ilustración empolvada, el que mejor objetó y criticó la obra de España en América. Ese siglo racionalista y pacifista era incapaz de _sentir_ el vuelo épico de los conquistadores. Nada, en verdad, tan antagónico como la energía brusca y _española_ de los conquistadores y el intelectualismo sedentario del siglo XVIII.

La conquista de América fué una acción a la _española_. Cada nación imprime a sus actos el sello que fluye de su propia naturaleza, siempre que esa nación tenga la virtud de la originalidad. No sería prudente que aquí nos detuviéramos a esclarecer si otra nación de Europa del siglo XVI hubiera podido descubrir, dominar y civilizar rápidamente el Nuevo Mundo, como en realidad lo consiguió España. A Portugal le faltaban, indudablemente, fuerzas, densidad y otros elementos; Italia y Alemania no existían como verdaderos Estados homogéneos; Francia carecía de la aptitud colonizadora. En cuanto a Inglaterra, ¿cuántos siglos habría necesitado para completar la obra americana con su sistema de los colonos y las factorías que hubo de inaugurar en los Estados Unidos? En tiempo de Wáshinton las colonias británicas apenas si lograban alejarse algunas leguas de la costa del mar, y todo el interior era una sombra medrosa por donde corrían los indios y los bisontes.

Si América había de ingresar prontamente en el acerbo civilizado, era preciso que osase la empresa un pueblo escogido. Los dioses eligieron a España para esa empresa. Y España se lanzó a la obra, poniendo en ella su _sentido heroico_ de la acción. Este sentido heroico de la actividad, que ha formado alguna vez y eficazmente el espíritu español, dió nacimiento a América. Así ha nacido América a la vida, y nadie puede evitar que así sea. Y España, con su empresa de América, ha cerrado, efectivamente, en la Historia el ciclo de la epopeya romántica, legendaria y milagrosa.

Las objeciones del mundo se han dirigido precisamente contra los personajes de esa epopeya. Con un espíritu cominero y sedentario, lleno de dengues y ascos, se ha querido reducir el tamaño de los conquistadores. Se les ha tomado la cuenta exacta de cada una de sus muertes y de todas las gotas de sangre que necesitaron verter. No se ha mirado al conjunto de la obra ni al total de los resultados; no se ha visto el edificio entero de América, que al cabo del mismo siglo XVI estaba ya concluído y era tan majestuoso. Sólo se han visto y contado las muertes y los abusos, como si alguna epopeya pudo nunca ser realizada por ángeles puros. Ni se ha visto, a través de la sordidez puritana y de las gafas de los racionalistas del siglo XVIII, la nube caballeresca y como mística que envuelve a los conquistadores; tan distintos, ciertamente tan incomprensibles para todas las mentes que no sientan y perciban el genio español.

Una literatura de acarreo se ha obstinado en presentar a los conquistadores como personas bajas y soeces, brutales, con la más ruda brutalidad del más ignorante soldado. Se ha repetido el estúpido lugar común de que América fué conquistada y poblada por las peores gentes de España, y yo escuché a bastantes americanos hacer la misma relación de ese vicio de origen, que les asignaba tan miserables predecesores.

Pero si repasamos las crónicas de la Conquista, constantemente hallaremos ocasión de rectificar al vulgo. Lo cierto es que en las expediciones que se dirigían a América, junto con los inevitables marineros toscos y soldados soeces, marchaba una gruesa multitud de caballeros, aristócratas, hidalgos, segundones, personas de pro, buenos capitanes y gente de toga y de iglesia. Es absolutamente erróneo que embarcase para América lo peor de España. En aquellos tiempos España tenía una verdadera plenitud de caballeros e hidalgos que eran suficientes para acudir a las empresas de Europa y a la aventura de Ultramar. Por eso era fuerte entonces España, por la multitud y densidad de su aristocracia, aquella aristocracia de pequeños caballeros y fuertes hidalgos, que se dispersaron y perdieron, por desgracia, en tantas dilatadas empresas; los cuales, al desaparecer, dejaron a España como sin hueso y sin brío, puesto que los falsos hidalgos de nueva promoción, que después acudieron, ya no tenían la virtud íntimamente aristocrática de los primitivos.

Es indudable que las expediciones se formaban con la flor de las gentes de Andalucía, de Extremadura, de Castilla y del Cantábrico. Buenos pilotos de Vizcaya, de Galicia, de las marinas de Huelva y de las riberas del Guadalquivir; cartógrafos y hasta hombres de letras; artilleros como Candía, el que siguió a Pizarro, y el Catalán, que acompañaba a Cortés; caballeros, en fin, de toda España. Cuando Hurtado de Mendoza quiere fundar a Buenos Aires, lleva, según los cronistas, una multitud de señores y brillantes capitanes, que van en una armada poderosa, todos seducidos por el prestigio del ya famoso y un poco quimérico Río de la Plata. Y en la relación que envían los fundadores de Veracruz al emperador Carlos V, dicen que «Hallándose con deseo de poblar muchos caballeros e hijos-dalgos...»

Efectivamente, las fundaciones de ciudades y la toma de posesión de las tierras descubiertas no se ejecutan rudamente y al modo que harían unos soldados facinerosos. La mayor solemnidad jurídica, el formulismo más civil y ceremonioso preside esos actos, verdaderamente memorables y conmovedores. Blasco Núñez de Balboa penetra solo y armado en la mar del Sur, que acaba de descubrir, y con el estandarte en una mano y la espada en la otra, asesta al mar las cuchilladas de ritual y proclama, en estilo caballeresco: «si hay algún hombre que quiera desdecirle sobre aquella posesión, y si le hay, que salga a defender su protesta».

Lo mismo hace Cortés, lo mismo todos los conquistadores. Y enseguida que se arma una expedición, por modesta que fuere, tienen cuidado de llevar un clérigo y un hombre de toga para que vigilen la campaña, tomen nota del oro que se _rescata_, reserven el _quinto_ para el rey y pongan orden y decoro formal a todo. En la primera expedición al Yucatán, unos cien soldados, pobres de suyo y sin más propósito que _rescatar_ oro, empeñan sus caudales y llegan a poder armar unos pequeños navíos; a pesar de su modestia en recursos, y ser una simple expedición accidental, se apresuran a contratar un sacerdote para que les diga misa, y un magistrado para los efectos formales y jurídicos.

Las mayores formalidades preceden a la fundación de las poblaciones, que inmediatamente nombran sus cabildos y justicias, y que desde el primer momento adquieren el sentido foral y ciudadano, verdaderamente _democrático_ a la _española_. Véase la fundación de Veracruz; la formalidad es suprema y convincente. En efecto, convenido que han la necesidad de fundar una villa, el jefe de la expedición, que es Hernán Cortés, reune a los señores y soldados y nombra los alcaldes y regidores que se precisan. Hecho esto, al día siguiente se reunen los alcaldes y regidores y _mandan llamar a Hernán Cortés_ en nombre de la Corona, y le piden que les muestre los poderes y ejecutorias de que dispone. Examinados estos poderes, los magistrados de la villa fallan, por tanto, que el poder legal de Hernán Cortés ha terminado en aquel instante. El poder civil recupera sus derechos y procede con plena soberanía. Entonces, puesto que la armada necesita un capitán, los alcaldes y regidores deliberan concienzudamente y deciden elegir a Cortés como jefe...

Seguramente, aquí se trata de una maniobra que cualquier político moderno, de cualquier aldea constitucional, conoce y sabe tramar. Es claro que Hernán Cortés conocía previamente la decisión del cabildo de Veracruz; pero él y sus hombres tenían un hondo sentido de la autoridad, y no osaban hacer nada sin anteponer el formulismo y la ceremonia de las leyes y de la Justicia.

Antes de entrar en batalla contra los indios, ¿no vemos a los españoles, aún a riesgo de empeorar su situación estratégica, destacar un heraldo y amonestarles seriamente para que se vengan a razones y se sometan al rey de España? Esta casi cómica protestación se repite muchas veces; es como si los españoles quisieran exculparse del crimen que ellos no desean hacer, pero que la necesidad del momento les obliga a hacer... Pero todos sus formulismos, todas sus formalidades jurídicas fueron vanas; la posteridad les ha llamado rudos aventureros, soldados foragidos, gentes sin Dios y sin Ley.

La brillante y lucida hueste que Hernán Cortés preside y lleva a la conquista de Méjico es una hermosa armada de quinientos hombres esforzados, empavesada de banderolas y trémula por el ruido y resplandor de las armas. Es una síntesis de España; es un pedazo de Europa que contiene todo lo estimable de la civilización cristiana y europea. Caballeros, capitanes, clérigos, magistrados, oficiales y artífices; nadie falta allí para completar la síntesis. Es un pequeño mundo que avanza hacia la virginidad del mundo ignorado. No falta ni siquiera la literatura; el propio Hernán Cortés describirá sus actos, como antes César, y allí va con ellos Bernal Díaz del Castillo, que habrá de escribir su famosa historia de _La conquista de la nueva España_. Es un mundo pequeño, es una tropa pequeñísima para osar tan enorme empresa; pero lleva consigo un aliento excepcional, con el que sabrán incluir aquellos extensos países en el seno de la civilización europea.

El propio Bernal Díaz del Castillo se entusiasma y toma un tono lírico cuando considera la obra que han realizado los españoles. El valiente capitán y rudo historiador, viejo ya en su retiro de Guatemala, echa la mirada hacia atrás, recuerda lo que fué América y lo que es en el momento, y habla con acento emocionado y con legítimo orgullo de todo cuanto le debe el mundo a los conquistadores. Enumera el horror de las idolatrías sanguinarias que los españoles han suprimido; el ferviente cristianismo en que viven las poblaciones indias; el número de monasterios e iglesias que se han erigido en todas partes. Habla de los muchos oficios en que diestramente se emplean los indios, enseñados por los españoles, y cómo los pueblos tienen sus cabildos y justicias y viven en sosiego.

«Digamos cómo todos los demás indios, naturales de estas tierras, han deprendido muy bien todos los oficios que hay en Castilla entre nosotros. Y tienen sus tiendas de los oficios, y obreros, y ganan de comer a ello... Y muchos hijos de principales saben leer y escribir y componer libros de canto llano... Y han plantado en sus tierras y heredades de todos los árboles y frutas que hemos traído de España... Y demás desto, miren los curiosos lectores qué de ciudades, villas y lugares están poblados en estas partes de españoles... Y tengan atención a los obispados que hay, que son diez, sin el arzobispado de la muy insigne ciudad de Méjico, y cómo hay tres audiencias reales... Y miren qué hay de hospitales... Y también tengan cuenta cómo en Méjico hay Colegio Universal (Universidad), donde estudian y deprenden la gramática, teología, retórica y lógica y filosofía, y otros artes y estudios, e hay moldes y maestros de _imprimir libros_...»

Esto se escribía en 1568, cuarenta años después de la conquista de Méjico. Aproximadamente por aquel tiempo, otro historiador-soldado, tan sabio como discreto, Pedro de Cieza de León, exclama en su _Crónica del Perú_:

«Y no me paresce que debo pasar de aquí sin decir alguna parte de los males y trabajos que estos españoles y todos los demás padecieron en el descubrimiento destas Indias, porque yo tengo por muy cierto que ninguna nación ni gente que en el mundo haya sido, tantos ha pasado. Cosa es muy digna de notar que en menos de sesenta años se haya descubierto una navegación tan larga y una tierra tan grande y llena de tantas gentes; descubriéndola por montañas muy ásperas y fragosas y por desiertos sin camino, y haberlas conquistado y ganado, y en ellas _poblado de nuevo más de doscientas ciudades_...»

CAPÍTULO V

EL ORIGEN HEROICO DE AMÉRICA

La obra del Nuevo Mundo es hija del heroísmo. Tiene un hondo sabor de aventura, y jamás el tiempo ha de borrar esa huella aventurera y heroica de los orígenes. Y es, además, acaso la última gran empresa heroica y aventurera que la historia ha producido.

Las obras que nacen del heroísmo mantienen eternamente un sello excepcional que las hace más eficaces y bellas. Esta verdad la han conocido todos los pueblos, y es efectiva la voluntad de poseer orígenes heroicos que manifiestan las civilizaciones todas. De la cabeza de Minerva armada quiere Atenas nacer, y la misma Roma, nido de algo como bandoleros al principio, se hace inventar la leyenda de aquellos guerreros de Troya, origen de la estirpe romana.

La superstición guerrera, común a todas las razas, podría parecer un prejuicio que hubiera impuesto a las gentes la casta militar, dominante y temible antiguamente. Pero una casta militar no pudo sostener en toda hora su pensamiento imperativo ni sobornar constantemente a los filósofos, poetas y artistas, y lo cierto es que todos, hombres de meditación o de fantasía, otorgaron siempre al heroísmo su entusiasmo, sus cantos y sus obras panegíricas.

Es porque comprendían que el soplo heroico hace grandes, fértiles y duraderas a las cosas. Sabían que el espíritu del heroísmo es el más fecundo en idealidad, porque inspira y estimula las virtudes próceres humanas: la virtud, el honor, la lealtad, la generosidad, el sacrificio. Y porque de estas virtudes príncipes nacen las ideas bellas, y, por lo tanto, las mismas actitudes y los gestos bellos.

Del poema de _La Ilíada_ se nutre Grecia hasta su final. Y tanto o más que la interpretación de los símbolos o personajes religiosos, le interesa al espíritu heleno interpretar las luchas y los personajes de la guerra de Troya. Un mundo de estatuas y ánforas, una floración de inefable estética brota del alma cálida de Grecia al contacto de aquella idea de heroísmo.

Las obras que fecunda el heroísmo, por su virtud de aristocracia y de sublimidad, diríase que superan la resistencia del tiempo y están por sí mismas sinceradas. El aura de valor y de nobleza en que se envuelven las hace respetables, hermosas, temibles. ¡Qué infecunda y fea la civilización que no ha nacido del heroísmo! Todos los bajeles y riquezas de Fenicia fueron inútiles para el mundo e inaptos para el arte y la idealidad, porque carecieron de heroísmo. Las colonias, los palacios y las actividades de Cartago son estériles porque les falta la ráfaga heroica; sólo al morir la ciudad prosaica halla en Aníbal el hombre que podrá justificar a su patria ante la Historia.

Por las páginas de la _La Biblia_ corre ese soplo heroico más de una vez; con rumor de espadas están llenos sus libros, y las estrofas sagradas vibran gloriosamente y tienen un alto tono de alegría triunfal cuando narran las guerras contra los filisteos, aquellas luchas por la conquista de un territorio que Dios concede a su pueblo para que lo nutra con heroísmo. La figura de David ilumina como una llama heroica los libros santos.

Heroico es el cristianismo, y no solamente mártir. ¿No es un alma profundamente heroica la de San Pablo, y alma íntimamente marcial? ¿Es algo más que heroísmo la voluntad de vencer de los cristianos en la Edad Media? Las Cruzadas, los poemas caballerescos en Tierra Santa, la expulsión de los moros de España, ¿no son conceptos en que el heroísmo se funde, como la mas alta y no igualada fusión, con el misticismo? ¿Y no tienen carácter heroico las aventuras temerarias de los fundadores y los evangelistas?

Glorioso es el Renacimiento por sus humanidades, su arte y su ciencia; pero es además grande y glorioso por sus esencias heroicas. El siglo XVI crea verdaderos portentos humanos, personas de excepción, héroes extraordinarios y numerosos. Es la hora radiante en que la personalidad heroica se manifiesta con más brillo y hasta sus últimas consecuencias.

Del heroísmo ha nacido América. Un soplo, entre místico y marcial, empujó las carabelas inaugurales. Bajo la cruz pintada en el velamen, las espadas y las corazas hacían sus fieros ruidos. Así fué creada América, y nunca será esto rectificado.

Los españoles crearon América a su modo, al modo heroico. Salían del poema largo de los moriscos; recordaban los actos del Cid, el que lograba ciudades y reinos con la fuerza de la lanza; estaban impregnados de lecturas caballerescas... En las Indias, puesto que la dirección de los gobernantes de la península era nula, aquellos españoles emprendieron la obra según su propio e íntimo ser, espontánea e inspiradamente. Por ser obra libre de la espontaneidad de los conquistadores y pobladores, América es el acto más puramente español. Tal vez por eso también es América una cosa tan inexorablemente española.

La virtud heroica sabe hacer estos milagros. Y si una colonización de comerciantes, como la holandesa, deja al cabo de los siglos que Java y Sumatra no pesen nada en el mundo, sino como almacenes de azúcar y como viveros de gentes anónimas, las naciones americanas que España creó heroicamente son cosas personales, únicas, y posibilidades magníficas en el porvenir. Ni Méjico ni el Perú carecerán nunca de valor en la Historia.