Los cien mil hijos de San Luis

Part 6

Chapter 64,038 wordsPublic domain

—Según mi modo de ver, un gobierno de tunantes no merece más que el decreto que ha de mandar a Ceuta a todos sus individuos. ¡Ah, señora mía, y cómo se ha entibiado el fervor de usted! Bien dicen que los aires de esa Francia loca son tan nocivos...

—Creo lo mismo que creía; pero mi absolutismo se ha civilizado, mientras el de ustedes continúa en estado salvaje. El mío se viste como la gente, y el de ustedes sigue con taparrabo y plumas. Si el gobierno de tunantes ha resuelto refugiarse en Andalucía, llevándose a la corte, ha sido para no estar bajo la amenaza de los batallones franceses.

—Ha sido —dijo Calomarde riendo brutalmente—, porque sabían que Madrid no tiene defensa posible; que los ejércitos de Ballesteros y de La Bisbal son dos fantasmas; que cuatro soldados y un cabo de los del serenísimo señor duque de Angulema podían cualquier mañanita sorprender a la villa y a los _Siete Niños_ y al Congreso entero, al Ayuntamiento soberano y a toda la comunidad masónica y landaburiana. Esta es la pura verdad. ¡Y qué bonito espectáculo han dado al mundo! En presencia de la intervención armada, ¿cómo se preparan esos mentecatos para conjurar la tormenta? Llamando a las armas a treinta mil hombres, y disponiendo (esto es lo más salado) que con los milicianos que quieran seguir al Congreso se formen algunos batallones, recibiendo cada individuo cinco reales diarios. ¡Se salvó la patria, señora!

—El gobierno —repuse prontamente— creyó sin duda que los franceses eran como los Guardias del 7 de julio, es decir, simples juguetes de miliciano.

—¡Ya se lo diremos de misas! —dijo frotándose las manos—. Ya pagarán su alevosía. Solo por el hecho de obligar a nuestro soberano a un viaje que no le agradaba, merecían todos ellos la muerte.

—Hasta los reyes están en el caso de hacer alguna vez lo que no les agrada.

—Incluso viajar con un ataque de gota, ¿eh? ¡Crueles y sanguinarios, más sanguinarios y crueles que Nerón y Calígula! Ni a un perro vagabundo de las calles se le trata peor.

—¡Si el rey no tenía en aquellos días ataque de gota! —repliqué, complaciéndome en contradecirle—. Si estaba bueno y sano. La prueba es que después de clamorear tanto por su enfermedad, anduvo algunas leguas a pie el primer día de viaje.

—Bueno: concedo que Su Majestad estaba tan bueno como yo. ¿Y si no quería partir?

—Que hubiera dicho: «no parto».

—¿Y si le amenazaban?

—Haberles ametrallado.

—¿Y si no tenía metralla?

—Haberse dejado llevar por la fuerza.

—¿Y si le mataban?

—Haberse dejado matar. Todo lo admito menos la cobardía.

—Amiguita, usted se nos ha _francmasoneado_ —me dijo el astuto intrigante, dando cariñosa palmada en mi mano—. A pesar de esto, siempre la queremos mucho, y la serviremos en lo que podamos. Yo estoy siempre a las órdenes de usted.

Inflado de vanidad, el amigo del rey hizo elogios de sí mismo, y después añadió:

—He tenido el honor de ser indicado para secretario de la Junta que se va a formar en la frontera.

—¡Oh, amigo mío, doy a usted la enhorabuena! —manifesté sumamente complacida y deplorando entonces haber estado algo dura con Calomarde—. No se podía haber pensado en una persona más idónea para tan delicado puesto.

—¿Se le ofrece a usted algo? —dijo don Tadeo, comprendiendo al punto mi cuarto de conversión.

—Sí; pero yo acostumbro dirigirme siempre a la cabeza —afirmé resueltamente—. Ya sabe usted que soy muy amiga del general Eguía, presidente de la Junta.

—¡Ah! entonces...

—Sin embargo. No puedo molestar a Su Excelencia con ciertas menudencias, tales como pedir noticias de personas, averiguar alguna cosilla de poca monta...

—Para esto es más propio un secretario tan bien informado como yo de todos los pormenores de la causa.

—Exactamente. Dígame usted, si lo sabe, en dónde está ahora un pícaro de mala estofa, que se emplea en bajas cábalas del rey y tiene por nombre José Manuel Regato.

—¡Ah! ¡Regato!... Debe andar por Andalucía con la corte. No es de mi negociado ese caballero... ¿Qué? ¿Hay ganas de sentarle la mano?

—Por sentarle la derecha daría la izquierda.

—Pocas noticias puedo dar a usted del señor Regato. Tengo con él muy pocas relaciones. Quizás Pipaón, que conoce a todo el mundo, pueda indicar dónde se halla y el modo de sentarle, no una mano, sino las dos, siempre que sea preciso.

—Y Pipaón, ¿dónde está?

—Aquí.

—¡Aquí! ¡Pipaón!... —exclamé con gozo—. Yo le dejé en la Seo muy enfermo, y creí que había caído en poder de Mina.

—En efecto, cayó; pero él... ya usted le conoce... con su destreza y habilidad parece que encontró por allí amigos que le favorecieron.

—Quiero verle, quiero verle al punto —dije con la mayor impaciencia—. Deseo mucho tener noticias de la Seo y de las facciones de Cataluña.

Y entonces se realizó aquel proverbio que dice: «En nombrando al ruin de Roma...»

Por la vidriera que daba a la huerta de la casa viose la mofletuda cara y el pequeño cuerpo de Pipaón, que habiendo tenido noticia de mi residencia en Irún, iba también a visitarme. Mucho nos alegramos ambos de hallarnos juntos, y nuestras primeras palabras después de los cordiales saludos, fueron para recordar los tristes días de la Seo, su enfermedad y mi disgusto; y luego, por el enlace propio de los recuerdos, que van de lo triste a lo plácido, hablamos del miedo del arzobispo, de las casacas que usaba Mataflorida y de otras cosas frívolas y chistosas, de esas que ocurren siempre en los días trágicos y nunca faltan en los duelos. Después de estos desahogos, Pipaón, tomando aquel tono burlesco que unas veces le sentaba bien y otras le hacía muy insoportable, me dijo:

—Le traigo a usted noticias muy buenas de una persona que le interesa, y con las noticias una cartita.

XIV

Me puse pálida. Comprendí de quién hablaba Pipaón; pero no me atreví a decir una palabra, por hallarse delante el entrometido y curioso Calomarde, gran coleccionador de debilidades ajenas. Varié de conversación, aguardando, para saciar mi afanosa curiosidad, a que don Tadeo se marchase; pero el pícaro había conocido en mi semblante la turbación y ansiedad que me dominaban, y no se retiró. Creyérase que le habían clavado en la silla. ¡Ay, qué gusto tan grande poder coger un palo y romperle con él la cabeza!... ¡Qué pachorra de hombre!

Quise arrojarle con mi silencio; mas él era tan poco delicado, que conociendo mi mortificación, se arrellenaba en el blando asiento como si pensara pasar allí el día y la noche. Con su expresivo semblante me decía Pipaón mil cosas que no podía yo comprender claramente; pero que me deleitaban como avisos o presentimientos lisonjeros. Llegó un instante en que los tres nos callamos, y callados estuvimos más de un cuarto de hora. Calomarde tocaba una especie de pasodoble con su bastón en la pata de la mesa cercana. El grosero y pegajoso cortesano había resuelto quemarme la sangre, u obligarnos a Pipaón y a mí a que hablásemos en su presencia.

Resistí todo el tiempo que pude. Mi carácter fogoso no puede ir más allá de cierto grado de paciencia, pasado el cual estalla y se sobrepone a todo, atropellando amistades, conveniencias y hasta las leyes de la caridad. Nunca he pedido corregir este defecto, y la estrechez de los límites de mi paciencia me ha proporcionado en esta vida muchos disgustos. Forzando la voluntad, puedo a veces aguantar más de lo que permite la extraordinaria fuerza de dilatación de mi espíritu; pero entonces estallo con más violencia, rompo mis ligaduras a la manera de Sansón, y derribo el templo. Vino por fin el momento en que se me subió la mostaza a la nariz, como dicen las majas madrileñas, y poniéndome en pie súbitamente, miré a Calomarde con enojo. Señalándole la puerta, exclamé:

—Señor don Tadeo, tengo que hablar con Pipaón: suplico a usted que nos deje solos.

Debían de ser muy terribles mi expresión y mi gesto, porque Calomarde se levantó temblando, y con voz turbada me dijo:

—Señora, manos blancas no ofenden.

¡_Manos blancas no ofenden_! Años después, Calomarde debía pronunciar esta frase al recibir un desaire más violento que el mío: la célebre bofetada de la infanta Carlota, una princesa que, como yo, tenía muy limitado el tesoro de su paciencia, y estallaba con tempestuosas cóleras cuándo la bajeza y solapada intriga de los Calomardes se interponían en su camino.

Pipaón y yo nos quedamos solos. En pocas palabras me refirió que había visto a Salvador Monsalud sano y salvo en la Seo de Urgel. Al oír esto, el corazón dio un salto dentro de mí como una cosa muerta que torna a la vida, como un Lázaro que resucita por sobrehumano impulso.

—Mina le salvó en San Llorens de Morunys —me dijo—, y desde que se restableció se puso a mandar una compañía de contraguerrilleros.

Al decir esto, Pipaón me alargó una carta, que abrí con presteza febril, queriendo leerla antes de abrirla. Al mismo tiempo, y de una sola ojeada, leí el fin, el principio y el medio. Era la carta pequeña y fría. Decíame en ella que estaba en libertad y que no pensaba salir en mucho tiempo del lugar donde estaba fechada, que era Urgel. Sentí mi corazón inundado de un torrente de sangre glacial al ver que no contenía la carta expresiones de ardiente cariño.

—¿De modo que sigue en Cataluña? —pregunté a don Juan.

—No, señora. A estas horas va camino de Madrid.

—Pues, ¿cómo dice en su carta que no piensa salir de la Seo?

—Ese papel me lo dio cuando nos separamos el día 30 de marzo; pero dos días después supe, por nuestro común amigo el capitán Seudoquis, que Mina había encargado a Salvador que fuese a Madrid a llevar un mensaje reservadísimo a San Miguel y a otras personas.

—¿De modo que está...?

—Sobre Madrid, como se dice en los partes militares.

—¿Pero eso es cierto?

—Tan cierto como que estoy hablando con una dama hermosa.

—¿Y salió...?

—Según mis noticias, el 10 de este mes. No sabía qué camino tomar; pero, según me dijo Seudoquis, estaba decidido a ir por Zaragoza, que es el más derecho, aunque no el menos peligroso.

—¿Sabe la muerte de su madre?

—Yo le di la mala noticia.

—Pero ¿qué va a hacer ese hombre en Madrid? —dije, sintiendo una tempestad en mi cerebro—. ¡Si allí no hay ya gobierno ni nada!

—Pero está en Madrid el gran Consejo de la francmasonería. Mina es de la Orden de la Acacia, señora. Ahora se trata de que la _Viuda_ haga un esfuerzo supremo.

En mi espíritu notaba yo aquella poderosa fuerza de dilatación de que antes hablé. Unas cuantas palabras habían trastornado todo mi ser: mi pulso latía con violencia; asaltáronme ideas mil, y el ardoroso afán de movimiento, que ha sido siempre una de las fórmulas más patentes de mi carácter, se apoderó de mí. Sin necesidad de que yo le despidiese, dejome Pipaón, que iba en busca de Eguía para solicitar un puesto en la Junta; y pasado mi trastorno, pude sondear aquel revuelto piélago de mi espíritu y mirar con serenidad lo que en el fondo de él había.

¡Cuán grande había sido mi engaño al creer moribunda la afición aquella que tantas dulzuras dio a mi alma en el verano del 22! La ausencia habíala escondido entre las cenizas que diariamente depositan los sucesos de cada instante, esa multitud de ascuas de la vida que van pasando sin interrupción y apagándose hora tras hora. Pero aquella ascua del verano del 22 era demasiado grande y quemadora para pasar y extinguirse como las demás.

Bastó que oyera pronunciar su nombre, que me le anunciaran vivo, para que se verificase en mí un brusco retroceso a los días de mi felicidad y de mi desgracia. El tiempo volvió atrás: las figuras veladas perdieron la sombra que las encubría; las apagadas voces que solo eran ya ecos confusos, volvieron a sonar como cuando eran la música a cuyo compás danzaba con la embriaguez de la pasión mi alma. ¡Cuánto me había engañado, y qué juicios tan erróneos hacemos de nuestros propios sentimientos y de todo aquello que lejos está! Nos pasa lo mismo que al ver las lontananzas de la tierra, cuando confundimos con las vanas y pasajeras nubes los montes sólidos o inmutables, que ninguna fuerza humana puede arrancar de sus seculares asientos. Fue aquello como una vuelta, como un ángulo brusco en el camino de la vida. Desde entonces vi nuevos horizontes, paisaje nuevo, y otra gente y otros caminos. ¡Y yo había creído poder olvidarle, y aun poner en su altar vacío al conde de Montguyon! ¡Qué delirio!... ¡Lo que pueden la ausencia, la distancia, la ignorancia! El tiempo, que me había consolado, hiriome de nuevo, y un día, un instante marcado en mi vida por cuatro palabras como cuatro estrellas resplandecientes, había destruido la obra lenta de tantos meses.

Con la presteza que Dios me ha dado formé mi plan de viaje. Tengo algo del genio de Napoleón para esto de los grandes movimientos. Para mí, la facultad de transportar todo el interés de la vida de un punto a otro del mundo es otra prenda muy principal de mi carácter, y al mismo tiempo una necesidad a la que muy difícilmente puedo resistir. El destino me ha presentado siempre los sucesos a propósito para tales juegos de estrategia sublime.

Aquella misma tarde dispuse todo, y por la noche sorprendí a mi don Quijote con la noticia de mi viaje. Aficionada a jugar con los corazones que caen en mis manos (a excepción de uno solo), como juega el gatito con el ovillo que rueda por el suelo, dije al conde de Montguyon:

—Me he asustado de la soledad en que voy a quedar después que usted se marche, y voy a Madrid. De esta manera podré vigilar a cierto caballero francés por si anda en malos pasos.

Él se puso tan contento que olvidó aquella noche hablarme de la guerra y de los laureles que iban a recoger. Parecía un loco hablando de los alcázares de Granada, de los romances moriscos, de las ricahembras, de las boleras, de frailes que protegían los amores de los grandes, de volcánicas pasiones españolas, y de mujeres enamoradas capaces del martirio o del asesinato. Él se creía héroe de mil aventuras románticas e interesantes caballerías, tales como se las había imaginado leyendo obras francesas sobre España. Empleo la palabra _románticas_, porque si bien no estaba en moda todavía, es la más propia. El romanticismo existía ya, aunque no había sido bautizado. Excuso decir que Montguyon me juró amor eterno y una fidelidad inquebrantable como la del Cid por doña Jimena.

Yo necesitaba de él para mi viaje, por lo cual me guardé muy bien de arrancar una sola hoja a la naciente flor de sus ilusiones. Era muy difícil viajar entonces, porque casi todos los vehículos del país habían sido intervenidos por ambos ejércitos. Montguyon me prometió una silla de postas, y cumplió su oferta, poniéndola a mi disposición al día siguiente.

Con el primer movimiento del ejército francés coincidió mi marcha sobre Madrid, como una conquistadora. El estrépito guerrero que en derredor mío sonara, despertaba en mi mente ideas de Semíramis.

XV

Pasé por Vitoria y por la Puebla de Arganzón, como los días felices por la vida del hombre: a escape. No miraba a ningún lado, por miedo a mis malos recuerdos, que salían a detenerme.

En los pueblos todos del norte, la intervención vencía sin batallas; y antes de que asomara el morrión del primer francés de la vanguardia, la Constitución estaba humillada. Los mozos todos comprendidos en la quinta ordenada por el gobierno, se unían a las facciones, y eran muy pocos los milicianos que se aventuraban a seguir a los liberales. No he visto una propagación más rápida de las ideas absolutistas. Era aquello como un incendio que de punta a punta se desarrolla rápidamente y todo lo devora. En medio de las plazas los frailes predicaban mañana y tarde, con pretexto de la Cuaresma, presentando a los franceses como enviados de Dios, y a los liberales como alumnos de Satanás que debían ser exterminados.

El general Ballesteros mandaba el ejército que debía operar en el norte y línea del Ebro para alejar a los franceses. No viendo yo a dicho ejército por ninguna parte, sino inmensas plagas de partidas, pregunté por él, y me dijeron en Briviesca que Ballesteros, convencido de no poder hacer nada de provecho, se había retirado nada menos que a Valencia. Movimiento tan disparatado no podía explicarse en circunstancias normales; pero entonces todo lo que fuera desastres y yerros del liberalismo tenía explicación.

Viendo crecer en los pueblos la aversión a las Cortes y al gobierno, el ejército perdía el entusiasmo. A su paso, como se levanta polvo del camino, levantábanse nubes de facciosos, que al instante eran soldados aguerridos. Así se explica que el ejército de Ballesteros compuesto de dieciséis mil hombres, se retirara sin combatir emprendiendo la inverosímil marcha a Valencia, donde podía adquirir algún prestigio derrotando a Sempere, al Locho y al carretero Chambó, tres nuevos generales o arcángeles guerreros que le habían salido a la fe.

En Dueñas me adelanté, dejando atrás a los franceses; tenía tanta prisa como ellos y menos estorbos en el camino, aunque los suyos no eran tampoco grandes. ¡Cuánto deseaba yo ver por alguna parte tropas regulares españolas! En verdad, me avergonzaba que los hijos de San Luis, a pesar de que nos traían orden y catolicismo, se internaran en España tan fácilmente. Con todo mi absolutismo, yo habría visto con gusto una batalla en que aquellos liberales tan aborrecidos dieran una buena tunda a los que yo llamaba entonces mis aliados. Española antes que todo, distaba mucho de parecerme a los señores frailes y sacristanes que en 1808 llamaban judíos a los franceses y ahora ministros de Dios.

En Somosierra encontré tropas. Eran las del ejército de La Bisbal, destinado por las Cortes a cerrar el paso del Guadarrama, amparando de este modo a Madrid. Mis dudas acerca del éxito de aquella empresa fueron grandes. Yo conocía a La Bisbal. ¿Cómo no, si era conocido de todo el mundo? Fue el que el año 14 se presentó al rey llevando dos discursos en el bolsillo, uno en sentido realista, otro en sentido liberal, para pronunciar el que mejor cuadrase a las circunstancias. Fue el que en 1820 hizo también el doble papel de ordenancista y de sedicioso. La inseguridad de sus opiniones había llegado a ser proverbial. Era hombre altamente penetrado del axioma italiano _ma per troppo variar natura è bella_. Yo no comprendía en qué estaba pensando el gobierno cuando le nombró. Si los ministros se hubieran propuesto elegir para mandar el ejército más importante al hombre más a propósito para perderlo, no habrían elegido a otro que a La Bisbal.

Pasé con tristeza por entre su ejército. Aquellos soldados, capaces del más grande heroísmo, me inspiraban lástima, viéndoles destinados a desempeñar un papel irrisorio, como leones a quienes se obliga a bailar. Sentía yo impulsos de arengarles: «¡Que os engañan, pobres muchachos! No dejéis las armas sin combatir. Si os hablan de capitulación, degollad a vuestros generales.»

En Madrid hallé un abatimiento superior a lo que esperaba. Se hablaba allí de capitular, como de la cosa más natural del mundo. Solo tenían entusiasmo algunos infelices que no servían para nada, el cuerpo de coros de los clubs y de las sociedades secretas, la gente gritona, y también bastantes de los que habían tirado del coche de Fernando VII cuando volvió de Francia el año 14. Los absolutistas creían con razón ganada la partida, y afectaban cierta generosidad magnánima. ¡Pobre gente! Algunos de estos pajarracos me visitaron, entre ellos don Víctor Sáez, y tuve el gusto de hacerles rabiar, asegurándoles que Angulema traía orden de obsequiarnos con las dos Cámaras y un absolutismo templado, suavísimo emoliente para nuestra anarquía. Esto ponía a mis buenos amigotes más furiosos que las bravatas de los liberales, pues aún había liberales con inocencia bastante para echar roncas.

Pero yo me ocupaba poco de tales cosas. Mi primer cuidado fue hacer algunas averiguaciones concernientes a la entrañable política de mi herido corazón. Por fortuna, a la casa donde yo vivía, honradísimo albergue de una noble familia alavesa, iba a menudo un tal Campos, hombre muy intrigante, director de Correos, si no recuerdo mal, gran maestre de la Orden masónica, o por lo menos principalísimo dignatario de ella, amigo íntimo de los liberales de más viso y también de algunos absolutistas, como hombre que sabe el modo de comer a dos carrillos.

Yo le había tratado el año anterior, y charlando juntos, me reía de los masones, lo cual a él no le enojaba. Entre bromas y veras solía enterarme de algunas cosas reservadas, porque no era hombre de extraordinaria discreción, ni tampoco de una incorruptibilidad absoluta. En los días de mi llegada de Irún, que eran los de mediados de mayo del 23, le pregunté si esperaban los masones algún mensaje reservado de Mina. Negolo; mas yo, asegurándolo con el mayor descaro y nombrando el mensajero, le hice confesar que esperaban órdenes de Mina de un día a otro. Él, lo mismo que su secretario, cuyo nombre no recuerdo, me aseguraron no haber visto todavía en Madrid a Salvador Monsalud, ni tener noticia alguna de él.

—No ha llegado aún —dije—. Mucho tarda.

Sin reparar en nada fui a su casa. Un portero, tan locuaz como pedante, liberal muy farolón, de aquellos a quienes yo llamo _sepultureros de la libertad_, porque son los que la han enterrado, me informó de que el señor Monsalud faltaba de Madrid desde el mes de agosto del año anterior.

—Puede que la señora doña Solita sepa algo —me dijo—. Pero no es fácil, porque anoche lloraba... Como no llorase de placer, que también esto sucede a menudo...

—¿De modo que la casa subsiste? —le pregunté.

—Subsiste, sí, señora; pero no subsistirá mucho tiempo si el señor don Salvador no vuelve del otro mundo.

—Pues qué, ¿ha muerto?

—Así lo creo yo. Pero esa joven sentimental siempre tiene esperanzas, y cada vez que el sol sale por el horizonte esparciendo sus rayos de oro... ¿me entiende usted?

—Sí, acabe de una vez el señor Sarmiento.

—Quiero decir, que siempre que amanece, lo cual pasa todos los días, la señora doña Solita dice: «¡Hoy vendrá!» Tal es la naturaleza humana, señora, que de todo se cansa menos de esperar. Y yo digo: ¿qué sería del hombre sin esperanza?... Dispénseme la señora; pero si piensa subir, tengo el sentimiento de no poder acompañarla, porque como mi hijo es miliciano...

—¿Y qué?

—Como es miliciano, y el honor le ordena derramar hasta la última gota de su sangre en defensa de la dulce patria y de la libertad preciosísima del género humano...

—¿Y qué más? —dije, complaciéndome en oír las graciosas pedanterías de aquel hombre.

—Que impulsado por su ardoroso corazón, capaz del heroísmo, y por mi paternal mandato, ha ido a Cádiz con las Cortes; y como ha ido a Cádiz con las Cortes, y no volverá hasta dejar confundida a la facción y a los cien mil y quinientos hijos, nietos o tataranietos del calzonazos de Luis XVIII... ¡Por vida de la chilindraina y con cien mil pares de docenas de chilindrones, que si yo tuviera veinte años menos...! Pues digo que como Lucas ha ido a Cádiz..., y es un león mi hijo, un verdadero león..., resulta que me es forzoso estar al cuidado de la puerta; ¿me entiende la señora?

—Está bien —le dije riendo—. Puedo subir sola.

Quise darle una limosna, porque su aspecto me pareció muy miserable; pero la rechazó con dignidad y cierto rubor decoroso, propio de las grandezas caídas.

Subí a la casa. Antes que yo subía mi corazón.

XVI

En seguida que llamé salieron a abrir. Se conocía que en la casa reinaba la impaciencia. Una mujer descorrió con presteza el cerrojo y me rogó que entrase. Era ella. Yo recordaba haberla visto en alguna parte.