Los cien mil hijos de San Luis
Part 5
—El gobierno francés ha acordado nombrar una Junta provisional en la frontera, hasta que las tropas francesas entren en España.
—¿Y la Regencia?
—La Regencia dejará de existir, mejor dicho, ha dejado de existir ya.
—Pero Fernando no le ha retirado sus poderes: antes bien, se los confirma secretamente un día y otro.
Al oír esto, el insigne escritor y diplomático no contestó nada. Conocí que se veía en la alternativa de desmentir mi aserto, o de hablar mal de Fernando, y que, como hombre de intachable cortesía, no gustaba de hacer lo primero, ni como ministro de un Borbón lo segundo. Viéndole suspenso insistí, y entonces me dijo:
—Indudablemente, aquí hay algo que ahora no comprendemos; pero que, andando el tiempo, se ha de ver con claridad.
Después, deseando mostrarme un interés filantrópico por la ventura de nuestro país, afirmó que él había trabajado porque se declarara la guerra, sosteniendo para esto penosas luchas con monsieur de Villèle y sus demás colegas; que la resistencia de Inglaterra y de Wellington habían exigido de su parte grandes esfuerzos y constancia, y, por último, que aún necesitaba de no poca energía para vencer la oposición a la guerra que las Cámaras mostrarían desde su primera sesión.
—Muchos —añadió _Chactas_— me consideran loco. Otros me tienen lástima. Algunos, y entre ellos los envidiosos, preguntan si podré yo conseguir lo que no fue dado a Napoleón. Pero yo fío al tiempo la consagración de este gran hecho, tan necesario a la seguridad del orden y la justicia en los pueblos de Occidente.
Habló también de las sociedades secretas y de los carbonarios, que sin duda le inspiraban vivísimo miedo; y yo empecé a comprender que el objeto de la intervención no era poner paz entre nosotros, ni hacernos felices, ni aun siquiera consolidar el vacilante trono de un Borbón, sino aterrar a los revolucionarios franceses e italianos que bullían sin cesar en los tenebrosos fondos de la sociedad francesa, jamás reposada ni tranquila.
Prometió contestar a Mataflorida, mas sin mostrarse muy entusiasta de las altas prendas de mi amigo, ni indicar nada que transcendiese a propósitos de acceder a su petición. Bajo sus frases corteses creía yo descubrir cierto menosprecio de los individuos de la Regencia, y aun de todos los que mangoneaban en la conspiración. De un solo español me habló con acento que indicaba respeto y casi admiración: de Martínez de la Rosa. Lo atribuí a mera simpatía del poeta.
Despedime de él, deplorando el mal éxito de mi embajada, y aquí fue donde se deshizo en cumplidos, buscando y hallando en su fina habilidad cortesana ocasión para deslizar galanterías, con discretos elogios de mi hermosura y del país _donde florece el naranjo_. Me había tomado por andaluza, y yo le dejé en esta creencia.
A los dos días fue a pagarme la visita a mi alojamiento de la calle del Bac, y en su breve entrevista me pareció que huía de mencionar los oscuros asuntos de la siempre oscura España. En los días sucesivos visité a otras personas, entre ellas al ministro del Interior, monsieur de Corbière, y a algunos señores del partido del conde de Artois, como el príncipe de Polignac y monsieur de la Bourdonnais. También tuve ocasión de tratar a dos o tres viejas aristócratas del barrio de San Germán, ardientes partidarias de la guerra de España y no muy bienquistas con el rey filósofo y tolerante que gobernaba a Francia, convaleciente aún de la Revolución y del Imperio. De mis conversaciones con toda aquella gente pude sacar en limpio el siguiente juicio, que creo seguro y verdadero: Las personas influyentes de la Restauración deseaban para Francia una monarquía templada y constitucional, fundada en el orden, y para España el absolutismo puro. Con tal que en Francia hubiera tolerancia y filosofía, no les importaba que en España tuviéramos frailes o Inquisición. Todo iría bien, siempre que en ninguna de las dos naciones hubiese francmasones, carbonarios y demagogos.
Tenían de nuestro país una idea muy falsa. Cuando Chateaubriand, que era el genio de la Restauración, decía de España: _allí el matar es cosa natural, ya sea por amor, ya sea por odio_, puede juzgarse lo que pensarían todas aquellas personas que no supieron escribir el _Genio del Cristianismo_. Nos consideraban como un pueblo heroico y salvaje, dominado por pasiones violentas y por un fanatismo religioso semejante al del antiguo Egipto.
La princesa de la Tremouille se asombraba de que yo supiera escribir, y me presentó en su tertulia como un objeto raro, aunque sin dar a conocer ningún sentimiento ni idea que me mortificasen. Yo creo que ni uno solo de sus amigos dejó de enamorarse de mí, ilusionados con la idea de mi sentimentalismo andaluz y de mi gravedad calderoniana, o de la mezcla que suponían en mí de maja y gran señora, de Dulcinea y gitana. El más rendido se suponía expuesto a morir asesinado por mí en un arrebato de celos, pues tal idea tenían de las españolas, que en cada una de ellas se habían de hallar comprendidas dos personas, a saber: la cantaora de Sevilla y Doña Jimena, la torera que gasta navaja y la dama ideal de los romances moriscos. Yo me reía con esto y llevaba adelante la broma.
Volviendo al asunto de la guerra de España, diré que al salir de París no tenía duda alguna acerca del pensamiento de los franceses en esta cuestión. Ellos no hacían la guerra por nuestro bien ni por el de Fernando. Poco se les importaba que después de vencido el constitucionalismo, estableciésemos la Carta o el despotismo neto. Allá nos entenderíamos después con los frailes y los guerrilleros victoriosos. Su objeto, su bello ideal, era aterrar a los revolucionarios franceses, harto entusiasmados con las demencias de nuestros bobos liberales, y además dar a la dinastía restaurada el prestigio militar que no tenía.
El principal enemigo de los Borbones en Francia era el recuerdo de Bonaparte y el dejo de aquel dulce licor de la gloria, con cuya embriaguez se habían enviciado los franceses. Una Monarquía que no daba batallas de Austerlitz, que no satisfacía de ningún modo el ardor guerrero de la nación y que no tocaba el tambor en cualquier parte de Europa, no podía ser amada de aquel pueblo, en quien la vanidad iguala a la verdadera grandeza, y que tiene tanta presunción como genio. Era preciso armarla, como decimos en nuestro país; era necesario que la Restauración tuviera su epopeya chica o grande, aunque esta epopeya fuese de mentirijillas; era indispensable vencer a alguien, para poder poner el grito en el cielo y regresar a París con la bambolla de las conquistas. Dios permitió que el _anima vili_ de este experimento fuésemos nosotros; que la desgraciada España, cuya fiereza libró a Europa de Bonaparte, fuese la víctima escogida para proporcionar a Francia el desahoguillo marcial que debía poner en olvido al Bonaparte tan execrado.
Mi viaje a París modificó mis ideas absolutistas en principio, si bien, pensando en España, no podía admitir ciertas cosas que en Francia me parecían bien. Toda la vida me he congratulado de haber visto y hablado a monsieur de Chateaubriand, el escritor más grande de su tiempo. Aunque su fama se eclipsó bastante después de la revolución del 30, lo cual indica que había en su genio mucho tomado a las circunstancias, no puede negarse que sus obras deleitan y enamoran, principalmente por la galanura de su imaginación y la magia de su estilo; y aún deleitarían más si en todas ellas no hablase tanto de sí propio. Tengo muy presente su persona, por demás agradable, y su rostro simpático, con aquella expresión sentimental que se puso de moda, haciendo que todos los hombres pareciesen enamorados y enfermos. Me parece que le estoy mirando, y ahora, como entonces, me dan ganas de llevar un peine en el bolsillo y sacarlo y dárselo diciendo: «Caballero, hágame usted el favor de peinarse.»
XII
Ahora hablemos, ¿por qué no?, de la violentísima pasión que inspiré a un francés. Era este el conde de Montguyon, coronel del tercero de húsares. Yo le había conocido en Tolosa, habiendo tenido la desgracia de que mi persona hiciera profunda impresión en él, trastornando las tres potencias de su alma. Era soltero, de treinta y ocho años, bien parecido, atento y finísimo como todos los franceses. Persiguiome hasta París, donde me asediaba como esos conquistadores jóvenes e impacientes que han oído la célebre frase de César y quieren imitarla. Al principio me mortificaban sus obsequios; le rechazaba hasta con menosprecio y altanería; pero al fin, sin corresponder a su amor de ninguna manera, admití la parte superficial de sus galanterías. Esto le dio esperanza; pero siempre me trataba con el mayor respeto. Deseando, sin duda, identificarse con las ideas que en mi tierra suponía, se hizo una especie de don Quijote, cuya Dulcinea era yo. A veces me parecía por demás empalagoso; pero después de muchos meses de indiferencia absoluta, empecé a estimarle, reconociendo sus nobles prendas. Cuando me disponía a volver a mi país, se me presentó rebosando alegría, y me dijo:
—Acabo de conseguir que me destinen a la guerra de España. De este modo consigo tres grandes objetos que interesan igualmente a mí corazón: guerrear por la Francia, visitar la hermosa tierra de España y estar cerca de usted.
Él pretendía que me detuviese para partir juntos; pero a esto no accedí, y me marché dejándole atrás, aunque deseosa, ¿a qué negarlo?, de que no me siguiese a mucha distancia, pues a causa del fastidio de viaje tan largo, Francia, con ser tan bella, empezaba a aburrirme de lo lindo.
¿Se creerá que yo había olvidado a mi pobre cautivo de Benabarre? ¡Ah!, no, y hasta el último momento que estuve en la Seo de Urgel me ocupé de su desgraciada suerte. Cada vez que venía a mi pensamiento la idea de sus penas, me estremecía de dolor, y toda alegría se disipaba en mi espíritu. Pero este tiene en sí mismo una energía restauradora, no menos poderosa que la del cuerpo, y sabe curarse de todos sus males siempre que le ayude el mejor de los Esculapios, que es el tiempo.
Voltaire, que no por impío y blasfemo dejó de tener mucho talento, escribió una historieta titulada _Los dos consolados_, en la cual pone de relieve las admirables curas de aquel charlatán, el único cuyos específicos son infalibles. Yo he leído esa novelita, así como otras del célebre escritor sacrílego, y esta debilidad mía, imperdonable quizás en una dama tan acérrima defensora de la religión, la confieso aquí contritamente, rogando a mis lectores que no revelen a ningún cura de mi país tan feo secreto, ocultándolo principalmente al señor canónigo de Tortosa, mi director espiritual, el cual se enfurecerá si le hablan de las novelas de Voltaire, aunque a mí me consta que él también las ha leído.
Pues bien: el tiempo fue cicatrizando mis heridas sin curarlas. Yo también podía erigir una estatua con la inscripción _A celui qui console_, pues la ausencia indefinida y los días que pasaban rápidamente, habían calmado aquel insaciable afán de mi alma. En mí reinaba la tranquilidad, pero no el taciturno y seco olvido; y una aparición repentina del ser amado podía muy bien en brevísimo instante destruir los efectos del tiempo, renovando mi mal y aun agravándolo.
Desde París a la frontera no cesaba el movimiento de tropas. Por todas partes convoyes, cuerpos de ejército y oficiales que iban a incorporarse a sus regimientos. Francia podía creerse aún en los días del gran soldado. Hasta Burdeos no tuve noticias ciertas de mi querida Regencia y de mi ilustre mandatario el marqués de Mataflorida. ¡Ay! La suerte de este insigne hombre de Estado no podía ser más miserable. Había triunfado Eguía, a pesar de las furiosas protestas del regente de Urgel; y para colmo de desdicha, como aún quisiera este llevar adelante sus locas pretensiones, el duque de Angulema le mandó prender juntamente con el arzobispo, confinándoles a Tours. Así acabaron las glorias de aquellos dos ambiciosos. Yo llegué a tiempo para verles, y cuando manifesté al marqués las poco lisonjeras disposiciones del _triste Chactas_, el atroz regente, desairado, llamó a Chateaubriand intrigante, enredador, mal poeta y _franchute_. Esta fue la venganza del coloso.
Bayona era un campamento cuando yo llegué. El número de españoles casi superaba al de franceses, y en todos reinaba grande alegría. Reanudé entonces mis buenas relaciones con el barón de Eroles, haciéndole ver que mi viaje a París había tenido por causa asuntos particulares, y entre risas y bromas me reconcilié con Eguía, el cual por razón del mismo gozo y embobamiento del triunfo, estaba muy dispuesto a perdonar. En cuanto a las negociaciones, yo no tenía humor de seguir ocupándome de ellas, y deseaba retirarme a descansar sobre mis laureles diplomáticos, no solo porque mi entusiasmo absolutista se había enfriado mucho, sino porque desde algún tiempo las conspiraciones y los manejos políticos me causaban hastío. Ya he dicho que siempre fui muy inclinada a la mudanza en mis ocupaciones. Mi espíritu se aviene poco con la monotonía, y si un día me sedujeron las embajadas, otro llegó en que me repugnaron. ¡Mágico efecto del tiempo, cuya misión es renovar, creando las estaciones con los admirables círculos del universo! También el alma humana ve en sí la alterada sucesión de las primaveras e inviernos en sus dilataciones y recogimientos.
Yo deseaba entrar en España, y tenía propósito de reanudar las diligencias para averiguar el paradero de mi cautivo de Benabarre. En Bayona una familia francesa legitimista, con quien yo tenía antigua amistad, me convidó a pasar unos días en su casa de campo inmediata a Behovia, y unos parientes míos invitáronme a que les acompañase en Irún un par de semanas. A ambos ofrecimientos accedí, empezando por el de Behovia, aunque la frontera no me parecía el punto más a propósito para residir en los momentos en que principiaba la guerra. Pero la gente de aquel país estaba segura de que Angulema atravesaría fácilmente el Pirineo, por ser muy adicto al absolutismo todo el país vasco-navarro.
Todavía no había pasado Su Alteza la raya, cuando se rompió el fuego junto al mismo puente internacional. Los carbonarios extranjeros que andaban por España, unidos a otros perdidos de nuestro país, habían formado una legión con objeto de hacer frente a las tropas francesas. Constaba aquella de doscientos hombres, tristes desechos de la ley demagógica de Italia, de Francia y de España; y para seducir a los Cien mil hijos de San Luis, se habían vestido a la usanza imperial, y ondeando la bandera tricolor, gritaban en la orilla española del Bidasoa: «¡Viva Napoleón II!»
Su objeto era fascinar a los artilleros franceses con este mágico grito; mas tuvieron la desdicha de que tales aclamaciones fueran contestadas a cañonazos, y con sus banderas y sus enormes morriones huyeron a San Sebastián. Pasma la inocente credulidad de los carbonarios extranjeros y de los masones españoles. Oí decir en Behovia que los liberales franceses Lafayette, Manuel, Benjamín Constant y otros, fiaban mucho en los doscientos legionarios mandados por el republicano emigrado coronel Fabvier. ¡Qué desvaríos engendra el furor de partido! Corría esto parejas con la necia confianza del gobierno español, que aun después de declarada la guerra no había tomado disposiciones de ninguna clase, hallándose sus tropas sin más recursos ni elementos que el parlerío de los milicianos y el gárrulo charlatanismo de los clubs.
XIII
Hacia los primeros días de abril vi pasar a los generales de división Bourdessoulle, duque de Reggio y Molitor, que entraron en España por Behovia. Después pasó Su Alteza el sobrino de Luis XVIII con todo su Estado Mayor, en el cual iba Carlos Alberto, príncipe de Carignan. No se puede imaginar cortejo más lucido. Yo no había visto nada tan magnífico y deslumbrador, como no fuera la comitiva de José Bonaparte antes de darse la batalla de Vitoria el año 13, feliz para la causa española; pero de muy malos recuerdos para mí, porque en él perdí la batalla de mi juventud, casándome como me casé.
También vi pasar a mi amigo Eguía, remozado por la emoción y tan vanaglorioso del papel que iba a representar, que no se le podía resistir, como no fuera tomando a broma sus bravatas. Iban con él don Juan Bautista Erro y Gómez Calderón, aquel a quien el mordaz Gallardo llamaba _Caldo pútrido_. El barón de Eroles, que con los anteriores tipos debía formar la Junta, al amparo del gobierno francés, entró por Cataluña con el mariscal Moncey.
No recibieron a los franceses las bayonetas ni la artillería del gobierno constitucional, sino una nube de guerrilleros, que les abrieron sus fraternales brazos, ofreciéndose a ayudarles en todo, y a marchar a vanguardia, abriéndoles el camino. Tal apoyo era de grandísimo beneficio para la causa, porque los partidarios realistas ascendían a 35.000. ¡Ay de los franceses si les hubieran tenido en contra! Pero les tenían a su favor, y esto solo, ¡qué fenómeno!, puso al buen Angulema por encima de Napoleón. El absolutismo español no podía hacer al hijo de San Luis mejor presente que aquellos 35.000 salvajes, entre los cuales (¡cuánto han variado mis ideas, Dios mío!) tengo el sentimiento de decir que estaba mi marido. ¡Y yo le había admirado, yo le había aceptado por esposo diez años antes solo por ser guerrillero!... Cuando se hacen ciertas cosas, ya que no es posible que el porvenir se anticipe para avisar el desengaño, debiera caer un rayo y aniquilarnos.
El conde de España mandaba las partidas de Navarra; Quesada, las de las Provincias Vascongadas; y Eroles, las de Cataluña. ¡Cómo fraternizaron las partidas con los franceses, que habían sido origen de su nacimiento en 1808! Era todo lo que me quedaba por ver. Se abrazaban, dando vivas a San Luis, a San Fernando, a la religión, a los Borbones, al rey, a la Virgen María, a San Miguel arcángel y a los serenísimos infantes. Yo no lo vi, porque no quise pasar la frontera. Me repugnaban estas cosas, y los soldados de la fe habían llegado poco a poco a serme muy antipáticos.
Largamente hablé de esto con el conde de Montguyon, que me perseguía tenazmente, permaneciendo en Behovia todo el tiempo que le fue posible. Elogiaba a los guerrilleros, diciendo que, a pesar de sus defectillos, eran tipos de heroísmo, de aquella independencia caballeresca que tanto había enaltecido el nombre español en tiempos remotos. También le seducían por ser, como los frailes, gente muy pintoresca. Mi don Quijote era una especie de artista, y gustaba de hacer monigotes en un libro, dibujando arcos viejos, mendigos, casuchas, una fila de chopos, carros, lanchas pescadoras y otras menudencias de que estaba muy envanecido.
Era próximamente el 9 de abril cuando me trasladé a Irún para vivir con la familia de Sodupe-Monasterio, gente muy hidalga, más católica que el Papa, realista hasta el martirio y de afabilísimo trato. Frecuentaban la casa (que era más bien palacio con hermosos prados y huerta) todos los españoles que el gran suceso de la intervención traía y llevaba de una nación a otra, y no pocos oficiales franceses, de cuyas visitas se holgaban mucho los Sodupe-Monasterio, porque oían hablar sin cesar de exterminio de liberales, del trono de San Fernando y de nuestra preciosísima fe católica.
Allí Montguyon no me dejaba a sol ni sombra, pintándome su amor con colores tan extremados que me daba lástima verle y oírle. Su acendrado y respetuoso galanteo merecía, en efecto, alguna misericordia. Le permití besar mi mano; pero no pudo arrancarme la promesa de seguirle al interior de España. Cada vez sentía yo más deseos de quedarme en Irún y en aquella apacible vivienda, donde, sin que faltara sosiego, había bastantes elementos para combatir el fastidio. Con esta resolución, mi don Quijote, que ya parecía querer dejar de serlo en la pureza de sus ensueños amorosos, estaba desesperado. Despidiose de mí muy enternecido, y besándome con ardor las manos, voluptuosidad inocente de que nunca se hartaba. ¡Cuán lejos estaba el llagado amante de que no pasarían dos horas sin que cambiara diametralmente mi determinación!
Ocurrió del modo siguiente. Al saber que yo estaba en Irún, fue a visitarme un individuo, que aún no podía llamarse personaje, y al cual conocí en Madrid el año anterior, y también el 19. Se llamaba don Francisco Tadeo Calomarde, y era de la mejor pasta de servil que podía hallarse por aquellos tiempos. Empleado desde su tierna edad en el ministerio de Gracia y Justicia, se había criado en los cartapacios y en el papel de pleitos: los legajos fueron su cuna, y las Reales cédulas sus juguetes. Su jurisprudencia, llena de pedantería, me inspiraba aversión. Tenía fama de muy adulador de los poderosos, y, según se decía, compró el primer destino con su mano, casándose con una muchacha muy fea, a quien dio malos tratos.
Los que le han juzgado tonto se equivocan, porque era listísimo, y su ingenio más bien socarrón que brillante, antes agudo que esclarecido; era maestro en el arte de tratar a las personas y de sacar partido de todo. Habíase hecho amigo de don Víctor Sáez, y aun del mismo rey y del infante don Carlos, por sus bajas lisonjas y lo bien que les servía siempre que encontraba ocasión para ello.
Tenía entonces cincuenta años, y acababa de salir del encierro voluntario a que le redujo el régimen liberal. Había ido a la frontera para llevar no sé qué recados a los señores de la Junta. Me lo dijo, y como no me importaban ya gran cosa los dimes y diretes de los realistas, que no por estar tan cerca de la victoria dejaban de andar a la greña, fijeme poco en ello, y lo he olvidado. Calomarde no era mal parecido ni carecía de urbanidad, aunque muy hueca y afectada, como la del que la tiene más bien aprendida que ingénita. La humildad de su origen se traslucía bastante. Hablamos de los sucesos de Madrid que él había presenciado, y me informó de todo.
—Siento que usted no hubiera estado por allá —me dijo—; habría visto cómo se iba desbaratando el constitucionalismo, solo con el anuncio de la intervención. ¡Si no podía ser de otra manera!... Ahora están que no les llega la camisa al cuerpo, y en ninguna parte se creen seguros. Después que ultrajaron a Su Majestad, le han arrastrado a Andalucía con el dogal al cuello, como el mártir a quien se lleva al sacrificio.
—No tanto, señor don Tadeo —le dije—. Su Majestad habrá ido, como siempre, en carroza, y mucho será que los mozos de los pueblos no hayan tirado de ella.
—Eso se deja para la vuelta —indicó Calomarde riendo—. Ahora los francmasones han seducido a la plebe, y Su Majestad, por donde quiera que va, no oye más que denuestos. El 19 de febrero, cuando se alborotaron los comuneros y masones porque estos querían sustituir a aquellos en el ministerio, los chisperos borrachos y los asesinos del Rastro daban _mueras_ al rey y a la reina. Un diputado muy conocido apareció en la Plaza Mayor mostrando una cuerda, con la cual proponía ahorcar a Su Majestad y arrastrarle después. La canalla penetró hasta la cámara real. ¡Escándalo de los escándalos! Parecía que estábamos en Francia y en los sangrientos días de 1793. El mismo rey me ha dicho que los ministros entraban en la cámara cantando el himno de Riego.
—¡Oh, no tanto, por Dios! —repetí, ofendida de las exageraciones de mis amigos—. Poco mal y bien quejado.
—Me parece que usted, con sus viajes a Francia y sus relaciones con los ministros del liberal y filósofo Luis XVIII, se nos está volviendo francmasona —dijo don Tadeo, entre bromas y veras—. ¿Hay en la historia desacato comparable al de obligar al rey a partir para Andalucía?
—¡Oh, Dios nos tenga de su mano!... ¡Qué desacato! ¡Qué ignominia!... —exclamé, remedando sus aspavientos—. Es preciso considerar que un gobierno, cualquiera que sea, está en el caso de defenderse si es atacado.