Los cien mil hijos de San Luis

Part 3

Chapter 34,004 wordsPublic domain

El regimiento de Córdoba funcionaba en la calle de Ferronised, entre la consternación de los aterrados habitantes, cuando unos soldados descubrieron un hondo sótano o mazmorra, y registrándolo, por si en él había provisiones almacenadas para los facciosos, vieron a un hombre aherrojado, o más propiamente dicho, un cadáver viviente, cuya miserable postración les causó espanto. No vacilaron en prestarlo auxilio cristianamente sacándole de allí en hombros, después de quitarle con no poco trabajo las cadenas; y cuando el cautivo vio la luz se desmayó, pronunciando incoherentes palabras, que más bien expresaban demencia que alegría.

Rodeáronle todos, siendo objeto de gran curiosidad por parte de oficiales y soldados, que no cesaban de denostar a los facciosos por la crueldad usada con aquel infeliz. Este parecía haber permanecido bajo tierra mucho tiempo, según estaba de lívido y exangüe, y sin duda era víctima del furor de las hordas absolutistas, y más que criminal castigado por sus delitos, un buen patriota condenado por su amor a la Constitución.

Un capitán ayudante de Rotten, llamado don Rafael Seudoquis, se interesó vivamente por el cautivo, y después de mandar que se le diera toda clase de socorros, le apremió para que hablase. El hombre sacado del fondo de la tierra parecía joven, a pesar de lo que le abrumaba su padecer, y se sorprendió muy agradablemente de ver los uniformes de la tropa. Las primeras palabras que pronunció fueron:

—¿En dónde están?

—¿Los facciosos? —dijo Seudoquis riendo—. Me parece que no les veremos tan pronto, según la prisa que llevan... Ahora, buen amigo, díganos cómo se llama usted y quién es.

El cautivo hacía esfuerzos para recordar.

—¿En qué año estamos? —preguntó al fin mirando a todos con extraviados ojos.

—En el de 1823, que parece será el peor año del siglo, según como empieza.

—¿Y en qué mes?

—En enero y a 15, día de san Pablo ermitaño. Si usted recuerda cuándo le empaquetaron, puede hacer la cuenta del tiempo que ha estado en conserva.

—He estado preso —dijo después de una larga pausa— seis meses y algunos días.

—Pues no es mucho: otros han estado más. No le habrán tratado a usted muy bien, eso es lo malo; pero descuide, que ahora las van a pagar todas juntas. El pueblo será incendiado y arrasado.

—¡Incendiado y arrasado! —exclamó el cautivo con pena—. ¡Qué lástima que no sea Benabarre!

—Sin duda el cautiverio de usted —dijo Seudoquis intimando más con el desgraciado— empezó en ese horrible pueblo aragonés.

—Sí, señor: de allí me trajeron a Tremp, de Tremp a Masbrú y de Masbrú aquí.

—¡Oh, buen viaje ha sido! ¡Y seis meses de encierro, bajo el poder de esa canalla! No sé cómo no le fusilaron a usted seiscientas veces.

—Eran demasiado inhumanos para hacerlo.

Lleváronle fuera del pueblo, en una camilla, a presencia del brigadier, que le interrogó. Desde el cuartel general vio las llamas que devoraban a San Llorens, y entonces dijo:

—Arde lo inocente, las guaridas, y los perversos lobos están en el monte.

El bravo y generoso Seudoquis fue encargado por el brigadier de vestirle, pues los andrajos que cubrían el cuerpo del cautivo se caían a pedazos.

Al día siguiente de su maravillosa redención, hallose muy repuesto por la influencia del aire sano y de los alimentos que tomara, y aunque le era imposible dar un paso, podía hablar sin acongojarse por falta de aliento como el primer día.

—¿Qué ha pasado en todo este tiempo? —preguntó con voz temblorosa al que continuamente le daba pruebas de generosidad e interés—. ¿Sigue reinando Fernando VII?

—Hombre, sí: todavía le tenemos encima —dijo Seudoquis atizando la hoguera, alrededor de la cual vivaqueaban juntamente con el cautivo cuatro o cinco oficiales—. Gotosillo sigue nuestro hombre; pero aún nos está embromando y nos embromará por mucho tiempo.

—¿Y la Constitución, subsiste?

—También está gotosa, o mejor dicho, acatarrada. Me parece que de esta fecha enterramos a la señora.

—¿Y hay Cortes?

—Cortes y recortes. Pero me parece que pronto no quedarán más que los de los sastres.

—Y qué, ¿hay revolución en España?

—Nada: estamos en una balsa de aceite.

—¿Qué ministerio tenemos?

—El de los _Siete niños de Écija_. ¿Pues qué, vamos a estar mudando de niños todos los días?

—¿Y ha vuelto la Milicia a sacudir el polvo a la Guardia real?

—Ahora nos ocupamos todos en cazar frailes y guerrilleros, siempre que ellos no nos cacen a nosotros.

—¿Y Riego?

—Ha ido a Andalucía.

—¿Hay agitación allá?

—Lo que hay es mucha sangre vertida en todas partes.

—Revolución completa. ¿Dónde hay partidas?

—Pregunte usted que dónde hay españoles.

—Toda Cataluña parece estar en armas contra el gobierno.

—Y casi todo Aragón y Navarra y Vizcaya y Burgos y León y mucha parte de Guadalajara, Cuenca, Ávila, Toledo, Cáceres. Hay facciones hasta en Andalucía, que es como decir que hasta las ranas han criado pelo.

—¡Qué horrible sueño el mío —dijo lúgubremente el cautivo—, y qué triste despertar!

—Esto es un volcán, amigo mío.

—¿Pero qué quieren?

—Confites. Piden Inquisición y cadenas.

—¿Y quién los dirige?

—El rey, y en su real nombre la Regencia de Urgel.

—¡Una regencia...!

—Que tiene su gobierno regular, sus embajadores en las cortes de Europa, y ha contratado hace poco un gran empréstito. ¡Si no hay país ninguno como este! Espanta el ver cómo falta dinero para todo menos para conspirar.

—¿Y qué hace el gobierno?

—¿Qué ha de hacer? Bobadas. Trasladar los curas de una parroquia a otra, declarar vacantes las sillas de los obispos que están en la facción, fomentar las sociedades patrióticas, suprimir los conventos que están en despoblado, y otras grandes medidas salvadoras.

—¿No ha cerrado el gobierno las sociedades patrióticas?

—Ha abierto la _Landaburiana_, para que los liberales tengan una buena plazuela donde insultarse.

—¿Siguen los discursos?

—Sí; pero abundan más los cachetes.

—¿Y qué generales mandan los ejércitos de operaciones?

—Aquí, Mina; en Castilla la Nueva, O’Daly; Quiroga, en Galicia; en Aragón, Torrijos.

—¿Y vencen?

—Cuando pueden.

—Es una delicia lo que encuentro a mi vuelta del otro mundo.

—Si casi era mejor que se hubiese usted quedado por allá. Así al menos no sufriría la vergüenza de la intervención extranjera.

—¿Intervención?

—¡Y se asusta! ¿Pues hay nada más natural? Según parece, allá por el mundo civilizado corre el rumor de que esto que aquí pasa es un escándalo.

—Sí que lo es.

—Los reyes temen que a sus naciones respectivas les entre este maleficio de las Constituciones, de las sociedades landaburianas, de las partidas de la fe, de los frailes con pistolas, y nos van a quitar todos estos motivos de distracción. Lejos del mundo ha estado usted, y muy dentro de tierra cuando no han llegado a sus oídos las célebres notas.

—¿Qué notas?

—El re mi fa de las potencias. Las notas han sido tres, todas muy desafinadas, y las potencias que las han dado, tres también, como las del alma: Rusia, Prusia y Austria.

—¿Y qué pedían?

—No puedo decírselo a usted claramente, porque los embajadores no me las han leído; pero sí sé que la contestación del gobierno español ha sido retumbante y guerrera como un redoble de tambor.

—Es decir, que desafía a Europa.

—Sí, señor, la desafiamos. Ahora se recuerda mucho la guerra de la Independencia; pero yo digo como Cervantes, que _nunca segundas partes fueron buenas_.

—¿De modo que tendremos otra vez extranjeros?

—Franceses. Ahí tiene usted en lo que ha venido a parar el ejército de observación. Entre el cordón sanitario y el de San Francisco nos van a dar que hacer... Digo... y los diputados, el día en que aprobaron la contestación a las notas, fueron aclamados por el pueblo. Yo estaba en Madrid esa noche, y como vivo frente al coronel San Miguel, las murgas no me dejaron dormir en toda la noche. Por todas partes no se oyen más que _mueras_ a la Santa Alianza, a las potencias del norte, a Francia y a la Regencia de Urgel. Ahora se dice también, como entonces: «dejadles que se internen»; pero la tropa no está muy entusiasmada que digamos. Con todo, si entran los interventores, no les recibiremos con las manos en los bolsillos.

—Tremendos días vienen —dijo el cautivo—. Si los absolutistas vencen, no podremos vivir aquí. O ellos o nosotros. Hay que exterminarles para que no nos exterminen.

—Diga usted que si hubiera muchos brigadieres Rotten, pronto se acababa esa casta maligna. Fusilamos realistas por docenas, sin distinción de sexo ni edad, ni formalidades de juicio... ¡Ay del que cae en nuestras manos! Nuestro brigadier dice que no hay otro remedio, ni entienden más razón que el arcabuzazo. Ayer hicimos catorce prisioneros en San Llorens. Hay de toda casta de gentes: mujeres, hombres, dos clérigos, un jesuita que usa gafas, un escribano de setenta años, una mujer pública, dos guerrilleros inválidos; en fin, un muestrario completo. El jefe les ha sentenciado ya; pero como esto no se puede decir así, se hace la comedia de enviarles a la cárcel de Solsona, y por el camino, cuando viene la noche y se llega a un sitio conveniente..., _pim, pam_..., se les despacha en un santiamén, y a otra.

—Si no me engaño —dijo el cautivo—, aquellos paisanos que por allí asoman son los prisioneros de San Llorens.

En una loma cercana, a distancia de dos tiros de fusil, se veía un grupo de personas, custodiado por la tropa.

—Cabalmente —afirmó Seudoquis—, aquellos son. Dentro de una hora se pondrán en camino para la eternidad. ¡Y están tan tranquilos!... Como que no han probado aún las recetas del brigadier Rotten...

—Ojo por ojo y diente por diente —dijo el cautivo contemplando el grupo de prisioneros—. ¡Ah, gran canalla!, no se entierran hombres impunemente durante seis meses; no se baila encima de su sepultura para atormentarles; no se les insulta por la reja; no se les arroja saliva e inmundicia, sin sentir, más tarde o más temprano, la mano justiciera que baja del cielo.

Después callaron todos. No se oía más que el rasgueo de la pluma con que uno de los oficiales escribía, teniendo el papel sobre una cartera y esta sobre sus rodillas. Cuando hubo concluido, el cautivo rogó que se le diese lo necesario para escribir una carta a su madre, anunciándole que vivía, pues según dijo, en todo el tiempo de su ya concluida cautividad no había podido dar noticia de su existencia a los que le amaban.

—¿Vivirán como yo —dijo tristemente—, o afligidos por mi desaparición habrán muerto?

—Dispénseme usted —manifestó Seudoquis—. A medida que hablamos, me ha parecido reconocer en usted a una persona con quien hace algunos años tuve relaciones.

—Sí, señor Seudoquis —dijo el cautivo sonriendo—. El mismo soy. Conspiramos juntos el año 19 y a principios del año 20.

—Señor Monsalud —declaró el oficial abrazándole—, buen hallazgo hemos hecho sacándole a usted de aquella mazmorra. ¡Ya se ve! ¿Cómo podría conocerle, si está usted hecho un esqueleto...? Además, en estos tiempos se olvida pronto. ¡He visto tanta gente desde aquellos felices días...! Porque eran felices, sí. Aunque sea entre peligros, el conspirar es siempre muy agradable, sobre todo si se tiene fe.

—Entonces tenía yo mucha fe.

—¡Ah! Y yo también. Me hubiera dejado descuartizar por la libertad.

—¡Con qué afán trabajábamos!

—Sí, ¡con qué afán!

—Nos parecía que de nuestras manos iba a salir acabada y completa la más liberal y al mismo tiempo la más feliz nación de la tierra.

—¡Sí, qué ilusiones...! Si no estoy trascordado, también nos hallamos juntos en la logia de la calle de las Tres Cruces.

—Sí, allí iba yo. En aquello nunca tuve mucha fe.

—Yo sí; pero la he perdido completamente. Vea usted en qué han venido a parar aquellas detestables misas masónicas.

—Nunca tuve ilusiones respecto a la Orden de la _Viuda_.

—Pues nosotros —dijo Seudoquis riendo—, tuvimos hasta hace poco en el regimiento nuestra caverna de Adorinam. Pero apenas funcionaba ya. ¡Cuánta ruina, amigo mío!... ¡Cómo se ha desmoronado aquel fantástico edificio que levantamos!... Yo he sido de los que con más gana, con más convicción y hasta con verdadera ferocidad han gritado: ¡_Constitución o muerte_! Hábleme usted con franqueza, Salvador: ¿tiene usted fe?

—Ninguna —repuso el cautivo—; pero tengo odio, y por el odio que siento contra mis carceleros, estoy dispuesto a todo, a morir matando facciosos, si el general Mina quiere hacerme un hueco entre sus soldados.

—Pues yo —manifestó Seudoquis con frialdad—, no tengo fe; tampoco tengo odio muy vivo; pero el deber militar suplirá en mí la falta de estas dos poderosas fuerzas guerreras. Pienso batirme con lealtad y llevar la bandera de la Constitución hasta donde se pueda.

—Eso no basta —dijo Monsalud, moviendo la cabeza—. Para este conflicto nacional se necesita algo más... En fin, Dios dirá.

Y empezó a escribir a su madre.

VII

Después de dar noticia de su estupenda liberación, exponiendo con brevedad los padecimientos del largo cautiverio que había sufrido, escribió frases cariñosas, y una patética declaración de arrepentimiento por su desnaturalizada conducta y la impía fuga que tan duramente había castigado Dios. Manifestando después su falta de recursos, y que más que un viaje a Madrid le convenía su permanencia en el ejército de Cataluña, rogaba a su madre que vendiese cuanto había en la casa, y juntamente con Solita se trasladase a la Puebla de Arganzón, donde a verlas pasaría, pidiendo una licencia. Concluía indicando la dirección que debía darse a las cartas de respuesta, y pedía que esta fuera inmediata, para calmar la incertidumbre y afán de su alma.

Aquella misma tarde habló con el brigadier Rotten, el cual era un hombre muy rudo y fiero, bastante parecido en genio y modos a don Carlos España. Aconsejole este que viera al general Mina, en cuyo ejército había varias partidas de contraguerrilleros organizadas disciplinariamente; añadió que él (el brigadier Rotten) se había propuesto hacer la guerra de exterminio, quemando, arrasando y fusilando, en la seguridad de que la supresión de la humanidad traería infaliblemente el fin del absolutismo, y anunció que pasaba a la provincia de Tarragona con todas las fuerzas de su mando, excepción hecha del batallón de Murcia, que le había sido reclamado por el general en jefe para reforzar el sitio de la Seo. Monsalud, sin vacilar en su elección, optó por seguir a los de Murcia que iban hacia la Seo.

Salió, pues, Murcia al día siguiente muy temprano en dirección a Castellar, llevando el triste encargo de conducir a catorce prisioneros de San Llorens de Morunys. Seudoquis no ocultó a Salvador su disgusto por comisión tan execrable; pero ni él ni sus compañeros podían desobedecer al bárbaro Rotten. Púsose en marcha el regimiento, que más bien parecía cortejo fúnebre, y en uno de sus últimos carros iba Monsalud, viendo delante de sí a los infelices cautivos atraillados, algunos medio desnudos, y todos abatidos y llorosos por su miserable destino, aunque no se creían condenados a muerte, sino tan solo a denigrante esclavitud.

Camino más triste no se había visto jamás. Lleno de fango el suelo, cargada de neblina la atmósfera y enfriada por un remusguillo helado que del Pirineo descendía, todo era tristeza fuera y dentro del alma de los soldados. No se oían ni las canciones alegres con que estos suelen hacer menos pesadas las largas marchas, ni los diálogos picantes, ni más que el lúgubre compás de los pasos en el cieno y el crujir de los lentos carros y los suspiros de los acongojados prisioneros. El día se acabó muy pronto a causa de la niebla que, al modo de envidia, lo empañaba; y al llegar a un ángulo del camino, en cierto sitio llamado _Los tres Roures_ (los tres robles), el regimiento se detuvo. Tomaba aliento, porque lo que tenía que hacer era grave.

Salvador sintió un súbito impulso en su alma cristiana. Eran los sentimientos de humanidad, que se sobreponían al odio pasajero y al recuerdo de tantas penas. Cuando vio que la horrible sentencia iba a cumplirse, hundió la cabeza, sepultándola entre los sacos y mantas que llenaban el carro, y oró en silencio. Los ayes lastimeros y los tiros que pusieron fin a los ayes hiciéronle estremecer y sacudirse, como si resonaran en la cavidad de su propio corazón. Cuando todo quedó en lúgubre silencio, alzando su angustiada cabeza, dijo así:

—¡Qué cobarde soy! El estado de mi cuerpo, que parece de vidrio, me hace débil y pusilánime como una mujer... No debo tenerles lástima, porque me sepultaron durante seis meses, porque bailaron sobre mi calabozo y me injuriaron y escupieron, porque ni aun tuvieron la caridad de darme muerte, sino, por el contrario, me dejaban vivir para mortificarme más.

El regimiento siguió adelante, y al pasar junto al lugar de la carnicería, Salvador sintió renacer su congoja.

«Es preciso ser hombre —pensó—. La guerra es guerra, y exige estas crueldades. Vale más ser verdugo que víctima. O ellos o nosotros.»

Seudoquis se acercó entonces para informarse de su estado de salud. Estaba el buen capitán tan pálido como los muertos, y su mano ardiente y nerviosa temblaba como la del asesino que acaba de arrojar el arma para no ser descubierto.

—¿Qué dice usted, amigo mío? —le preguntó Salvador.

—Digo —repuso el militar tristemente— que la Constitución será vencida.

VIII

Hasta el 25 de enero no llegaron a Canyellas, donde Mina tenía su cuartel general, frente a la Seo de Urgel. Habían pasado más de sesenta días desde que puso sitio a la plaza; y aunque la Regencia se había puesto en salvo llevándose el dinero y los papeles, los testarudos catalanes y aragoneses se sostenían fieramente en la población, en los castillos y en la formidable ciudadela.

Mina, hombre muy impaciente, tenía en aquellos días un humor de mil demonios. Sus soldados estaban medio desnudos, sin ningún abrigo y con menos ardor guerrero que hambre. A los cuarenta y seis cañones que guarnecían las fortalezas de la Seo, el héroe navarro no podía oponer ni una sola pieza de artillería. El país en que operaba era tan pobre y desolado, que no había medios de que sobre él, como es costumbre, vivieran las tropas. Por carecer estas de todo, hasta carecían de fanatismo, y el grito de _Constitución o muerte_ hacía ya muy poco efecto. Era como los cumplimientos, que todo el mundo los dice y nadie cree en ellos. Un invierno frío y crudo completaban la situación, derramando nieves, escarchas, hielos y lluvia sobre los sitiadores, no menos desabrigados que aburridos.

Delante de la miserable casilla que le servía de alojamiento, solía pasearse don Francisco por las tardes, con las manos en los bolsillos de su capote, y pisando fuerte para que entraran en calor las entumecidas piernas. Era hombre de cuarenta y dos años, recio y avellanado, de semblante rudo, en que se pintaba una gran energía, y todo su aspecto revelaba al guerreador castellano, más ágil que forzudo. En sus ojos, sombreados por cejas muy espesas, brillaba la astuta mirada del guerrillero que sabe organizar las emboscadas y las dispersiones. Tenía cortas patillas, que empezaban a emblanquecer, y una piel bronca; las mandíbulas, así como la parte inferior de la cara, muy pronunciadas; la cabeza cabelluda, y no como la de Napoleón, sino piriforme y amelonada, a lo guerrillero. No carecía de cierta sandunga su especial modo de sonreír, y su hablar era como su estilo: conciso y claro, si bien no muy elegante; pero si no escribía como Julio César, solía guerrear como él.

No lo educaron sus mayores, sino los menores de su familia, y tuvo por maestro a su sobrino, un seminarista calaverón que empezó su carrera persiguiendo franceses y la acabó fusilado en América. Se hizo general como otros muchos, y con mejores motivos que la mayor parte, educándose en la guerra de la Independencia, sirviendo bien y con lealtad, ganando cada grado con veinte batallas, y defendiendo una idea política con perseverancia y buena fe. Su destreza militar era extraordinaria, y fue sin disputa el primero entre los caudillos de partidas, pues tenía la osadía de Merino, el brutal arrojo del Empecinado, la astucia de Albuín y la ligereza del Royo. Sus crueldades, de que tanto se ha hablado, no salían, como las de Rotten, de las perversidades de un corazón duro, sino de los cálculos de su activo cerebro, y constituían un plan como cualquier otro plan de guerra. Supo hacerse amar de los suyos hasta el delirio, y también sojuzgar a los que se le rebelaron, como el Malcarado.

Poseía el genio navarro en toda su grandeza; era guerrero en cuerpo y alma, no muy amante de la disciplina, caminante audaz, cazador de hombres, enemigo de la lisonja, valiente por amor a la gloria, terco y caprichudo en los combates. Ganó batallas que equivalían a romper una muralla con la cabeza, y fueron obras maestras de la terquedad, que a veces sustituye al genio. En sus crueldades jamás cometió viles represalias, ni se ensañó, como otros, en criaturas débiles. Peleando contra Zumalacárregui, ambos caudillos cambiaron cartas muy tiernas a propósito de una niña de quince meses que el guipuzcoano tenía en poder del navarro. Fuera de la guerra, era hombre cortés y fino, desmintiendo así la humildad de su origen, al contrario de otros muchos, como don Juan Martín, por ejemplo, que, aun siendo general, nunca dejó de ser carbonero.

Salvador Monsalud había conocido a Mina en 1813, durante la conspiración, y después en Madrid. Su amistad no era íntima, pero sí cordial y sincera. Oyó el general con mucho interés el relato de las desgracias del pobre cautivo de San Llorens, y a cada nueva crueldad que este refería, soltaba el otro alguna enérgica invectiva contra los facciosos.

—Ya tendrá usted ocasión de vengarse, si persiste en su buen propósito de ingresar en mi ejército —le dijo, estrechándole la mano—. Yo tengo aquí varias partidas de contraguerrilleros, compuestas de gentes del país y de compatriotas míos que me ayudan como pueden. Desde luego le doy a usted el mando de una compañía. Vamos, ¿acepta usted?

—Acepto. Nunca fue grande mi afición a la carrera militar; pero ahora me seduce la idea de hacer todo el daño posible a mis infames verdugos, no asesinándolos, sino venciéndolos... Este es el sentimiento de que han nacido todas las guerras. Además, yo no tengo nada que hacer en Madrid. El duque del Parque no se acordará ya de mí, y habrá puesto a otro en mi lugar. He rogado a mi madre que venda todo y se traslade a la Puebla con mi hermana. No quiero corte por ahora. Las circunstancias y una inclinación irresistible que hay dentro de mí desde que me sacaron de aquel horrible sepulcro, me impulsan a ser guerrillero.

—Eso no es más que vocación de general —dijo Mina riendo.

Después convidó a Monsalud a su frugal mesa, y hablaron largo rato de la campaña y del sitio emprendido, que, según las predicciones del general, tocaba ya a su fin.

—Si para el día de la Candelaria no he entrado en esa cueva de ladrones —dijo—, rompo mi bastón de mando... Daría todos mis grados por podérselo romper en las costillas a Mataflorida.

—O al arzobispo Creux.

—Ese se pone siempre fuera de tiro. Ya marchó a Francia por miedo a la chamusquina que les espera. ¡Ah! Señor Monsalud, si no es usted hombre de corazón, no venga con nosotros. Cuando entremos en la Seo, no pienso perdonar ni a las moscas. El Trapense, al tomar esta plaza, pasó a cuchillo la guarnición. Yo pienso hacer lo mismo.

—¿A qué cuerpo me destina mi general?

—A la contraguerrilla del _Cojo de Lumbier_. Es un puñado de valientes que vale todo el oro del mundo.

—¿En dónde está?

—Hacia Fornals, vigilando siempre la ciudadela. Los contraguerrilleros del _Cojo_ han jurado morir todos o entrar en la ciudadela antes de la Candelaria. Me inspiran tal confianza, que les he dicho: «No tenéis que poneros delante de mí sino para decirme que la ciudadela es nuestra.»

—Entrarán, entraremos de seguro —dijo Monsalud con entusiasmo.