Los cien mil hijos de San Luis

Part 2

Chapter 24,050 wordsPublic domain

Han pasado muchos años: entonces tenía yo veintisiete, y ahora... no lo quiero decir por no espantarme; pero creo que he traspasado el medio siglo.[3] Entonces mis cabellos eran de oro; ahora son de plata, sin que ni una sola hebra de ellos conserve su primitivo color. Mis ojos tenían el brillo que es reflejo de la inteligencia despierta y de los sentimientos bullidores; ahora no son más que dos empañadas cuentas azules, de las cuales se escapa alguna vez fugitivo rayo. Mi cara entonces respiraba alegría, salud, y el alma rielaba sobre mis facciones como la luz sobre la superficie de las temblorosas aguas; ahora es una máscara que sirve para disimular los pensamientos, y que a muchos deja ver todavía huellas claras de la hermosura que hubo en ella. Entonces era muy hermosa; ahora soy una _vieja que debió de haber sido guapa_, aunque si he de creer a don Toribio, el canónigo de Tortosa, todavía puedo volver loco a cualquiera. En suma: todo ha pasado, mudándose considerablemente, e infinitas personas han entrado en la región de los recuerdos. Lo que siempre está lo mismo es mi país, que no deja de luchar un momento por la misma causa y con las mismas armas, y si no con las mismas personas, con los mismos tipos de guerreros y políticos. Mi país sigue siempre a la calesera.

[3] Según nuestras noticias, la señora escribió estas memorias durante la guerra civil del 48.

Pues bien: en todo el tiempo transcurrido entre estas dos épocas, no he visto pasar días como aquellos. Fueron de los pocos que tiene cada mortal como un regalo del cielo para toda la existencia, y que en vano se aguardan después, porque no vuelven. Estos aguinaldos de la vida no se reciben más que una vez. Salvador era menos feliz que yo, a causa de los deberes y las afecciones que había dejado atrás. Yo procuraba hacerle olvidar todo lo que no fuese nosotros mismos; mas resultaba esto muy difícil, por ser él menos dueño de sus acciones que yo, y aun si se quiere, menos egoísta. Íbamos de pueblo en pueblo, sin apresurarnos ni detenernos mucho. Aquel vivir entre todo el mundo y al mismo tiempo sin testigo, era mi mayor delicia. Los diversos pueblos por donde pasábamos no tenían sin duda noticia de la felicidad de los marqueses de Berceo, pues si la tuvieran, no creo que nos dejaran seguir sin quitarnos algo de ella.

IV

Gracias a nuestro dinero y a nuestro buen porte, podíamos disfrutar de todas las comodidades posibles en las posadas. El calor nos obligaba a detenernos durante el día, caminando por las noches, y ni en Castilla ni en Aragón tuvimos ningún mal encuentro, como recelábamos, con milicianos, ladrones o espías del gobierno.

Más allá de Zaragoza empezamos a temer que nos salieran al paso las tropas de Torrijos o de Manso. Por eso, en vez de tomar directamente el camino de Cataluña, subimos hacia Huesca. Salvador, cuya antipatía a los facciosos y guerrilleros era violentísima, se mostró disgustado al considerarse cerca de ellos. Entonces tuve un momento de súbita tristeza oyéndole decir:

—Cuando lleguemos a un lugar seguro o estés entre tus amigos, me volveré a Madrid.

Yo deseaba que no llegasen ni el lugar seguro ni tampoco mis amigos. Pero aunque mi tristeza fue grande desde aquel momento, apoderándose de mi corazón como un presagio de desventuras, estaba muy lejos de sospechar el espantoso golpe que nos amenazaba, consecuencia providencial de nuestra falta y de mi criminal ligereza. ¡Ay!, piensa el malo que sus alegrías han de ser perpetuas, y la misma grata corriente de ellas le lleva ciego a lo que yo llamo la sucursal del infierno en la tierra, que es la desgracia y el anticipado castigo de los delitos.

De Huesca nos dirigimos a Barbastro, siguiendo por un detestable camino hasta Benabarre, donde entramos al anochecer. Detuvieron nuestro coche algunos hombres, y al verles, exclamé:

—¡Los guerrilleros! Ya estamos en casa.

Salvador mostró gran disgusto, y cuando fuimos interrogados, dio algunas contestaciones que debieron sonar muy mal en los oídos de los soldados de la fe. Yo tenía confianza en mi gente y la seguridad de no ser detenida; pero no me fue posible evitar ciertas molestias. Nos hicieron bajar del coche antes de llegar a la posada y presentarnos a un rústico capitán que estaba en la venta del camino bebiendo vino juntamente con otro guerrillero, al modo de frailazo, armado de pistolas, y con dos o tres individuos de malísima catadura.

Sus maneras no eran en verdad nada corteses, a pesar de defender causa tan sagrada como es la del altar y el trono; pero con dos o tres palabras dichas enérgicamente y en tono de dignidad, me hice respetar al punto. Yo mostraba mis papeles al que me parecía jefe, cuando observé que uno de los hombres allí presentes miraba a mi compañero de viaje con expresión poco tranquilizadora. Llegose a él, y poniéndole la mano en el hombro, le dijo con brutal modo y expresión de venganza:

—¿Me conoces? ¿Sabes quién soy?

—Sí —le respondió Monsalud, pálido y colérico—. Ya sé que eres un hombre vil: tu nombre es Regato.

El desconocido se abalanzó en ademán hostil hacia mi amigo; pero este supo recibirle con tanta valentía, que le hizo rodar por el suelo, bañado el rostro en sangre. Quedeme sin aliento al ver la furia de aquella gente ante el mal trato dado a uno de los suyos. Milagro de Dios fue que no pereciésemos allí; pero el capitán parecía hombre prudente, y haciendo salir de la venta al agraviado, nos notificó que estábamos presos hasta que el jefe decidiera lo que se había de hacer con nosotros.

Afectando serenidad, díjele que mirara bien lo que hacía, por ser yo persona de gran poder en la frontera y en Palacio; pero encogiéndose de hombros, tan solo me permitió, después de largas discusiones, hablar al que ellos llamaban coronel. Salí desalada de la venta, dejando en ella la mitad de mi alma, pues allí quedó guardado por dos hombres mi ultrajado amigo, y me presenté al coronel, que era un capuchino de Cervera.

Acababa de despachar Su Paternidad un bodrio y dos azumbres que le habían puesto para que cenase, y después del pienso, no tenía al parecer la cabeza muy serena. Sin embargo, no me trató mal. Díjome que el señor Regato le había informado ya de quién era mi acompañante, y que en vista de sus antecedentes y circunstancias, no podían soltarle. Púseme furiosa: yo me creí capaz de destrozar solo con mis uñas a aquel tremendo fraile coronel, cuyas barbas y salvaje apostura ponían miedo en el corazón más esforzado. Sin miramiento alguno le increpé, diciéndole cuantas atrocidades me vinieron a la boca y amenazándole con pedir su cabeza al rey; pero ni aun así logré ablandar aquella roca en figura de bestia. Oyome el bárbaro con paciencia, sin duda por ser más fraile que guerrero, y resumió sus resoluciones diciéndome:

—Usted, señora, puede ir libremente a donde le acomode; pero ese hombre no me sale de aquí.

¡Ay!, si yo hubiera tenido a mis órdenes diez hombres armados, habría atacado al batallón, cuadrilla o lo que fuera, segura de destrozarlo: que tanto puede el furor de una hembra ofendida. Volví a la venta, resuelta a sacar de ella a Salvador con mis propias manos, desafiando las armas de sus guardianes; pero cuando entré, mi compañero de viaje, mi adorado amigo, mi pobre marqués de Berceo, había desaparecido. Le llamé con la voz ronca de tanto gritar; le llamé con toda mi alma; pero no me respondió. Una mujer andrajosa, que parecía tan salvaje y feroz como los hombres que en aquel pueblo vi, salió conmigo al camino, y señalando a un punto en la oscuridad del espacio negro, dijo sordamente:

—Allí.

Y mirando hacia donde su dedo me indicaba, vi unas grandes sombras que parecían murallones almenados y como ruinas hendidas. Pregunté qué sitio era aquel, y la desconocida me contestó:

—El castillo.

La mujer, llevando una cesta con provisiones, marchó en dirección del castillo. Yo la seguí. No tardamos en llegar, y por una poterna desvencijada que se abría en la muralla, después de pasado el foso sin agua, penetramos en un patio lleno de escombros y de hierba.

—¡Aquí, aquí le han encerrado! —exclamé mirando a todos lados como quien ha perdido el juicio.

La mujer se detuvo ante mí, y señalando el suelo dijo con voz muy lúgubre:

—¡Abajo!

Creí volverme loca. Los ojos de la horrible persona que me daba tan tremendas noticias brillaban con claridad verdosa, como los de animal felino. Quise seguirla cuando subió la escalerilla que conducía a las habitaciones practicables entre tanta ruina; pero un centinela me echó fuera brutalmente, amenazándome con arrojarme al foso si no me retiraba _más pronto que la vista_. Estas fueron sus propias palabras.

Corrí hacia el pueblo, decidida a ver de nuevo al coronel capuchino de Cervera. Pero tanta agitación agotó al fin mis fuerzas, y tuve que sentarme en una gran piedra del camino, fatigada y abatida, porque a mi primera furia sustituyó una aflicción profundísima que me hizo llorar. No recuerdo haber derramado nunca más lágrimas en menos tiempo. Al fin, sobreponiéndome a mi dolor, seguí adelante, jurando no continuar el viaje sin llevar en mi compañía al infeliz cuanto adorado amigo de mi niñez. Desperté al capuchino, que ya roncaba, el cual de muy talante repitió su fiera sentencia, diciendo:

—Usted, señora, puede continuar su viaje; pero el otro no saldrá de aquí sin orden superior. Yo sé lo que me digo. ¡Pisto!, que ya me canso de sermonear. Vaya usted con Dios y déjenos en paz.

Despreciando su barbarie, insistí y amenacé, y al cabo me dio algunas esperanzas con estas palabras:

—El jefe de nuestra partida acaba de llegar. Háblele usted a él.

—¿Quién es el jefe?

—Don Saturnino Albuín —me contestó.

Al oír este nombre vi el cielo abierto. Yo había conocido en Bayona al célebre _Manco_, y recordé que, aunque muy bruto, hacía alarde de generosidad e hidalguía en todas las ocasiones que se le presentaban. No quise detenerme ni un instante, y al punto me informé de que don Saturnino se hallaba en una casa situada junto al camino, a la salida del pueblo, en dirección a Tremp. Desde la plaza se veían dos lucecillas en las ventanas de la vivienda. Corrí allá guiada por la simpática claridad de aquellas luces semejantes a dos ojos, y que eran para mí fanales de esperanza. Llegué sin aliento, agitada por la fatiga y un dulce presagio de buen éxito que me llenaba el corazón.

El centinela me dijo que no se podía pasar; pero apelando a mis bolsillos, pasé. En la escalera, en el pasillo alto, fui repetidas veces detenida; pero con el mismo talismán abríame paso.

—Ahí está —me dijo un hombre señalando una puerta, detrás de la cual se oían alteradas voces en disputa. Sin reparar más que en mi afán empujé la puerta y entré.

Albuín, que estaba en pie, se volvió al sentir el ruido de la puerta, y me interrogó con sus ojos, que expresaban sorpresa y cólera por mi brusca entrada. Otro guerrillero estaba junto a la mesa con los codos sobre ella, encendiendo un cigarro en la luz del velón de cobre que alumbraba la estancia.

—¿Qué se le ofrece a usted, señora? —me dijo Albuín moviendo con gesto de impaciencia su única mano.

No había yo dado cuatro pasos dentro de la habitación, cuando observé que más allá de la mesa había otro hombre, apoltronado en un sillón, con los pies extendidos sobre una banqueta, inclinada la cabeza sobre el hombro, y durmiendo tranquilamente con ese sueño del guerrillero cansado que acaba de recorrer dos provincias y marear a dos ejércitos. Al verle, ¡Santo Dios!, me quedé yerta, muda como estatua: no pude pronunciar una palabra, ni dar un paso, ni respirar, ni huir, ni gritar. El terror me arrancó súbitamente del pensamiento mis angustias de aquella noche.

Aquel hombre era mi marido.

—¿Qué se le ofrece a usted, señora? —volvió a preguntarme el _Manco_.

Pasado el primer instante de terror, en mí no hubo otra idea que la idea de huir, de desaparecer, de desvanecerme como el humo o como la palabra vana que se lleva el viento.

—Pero ¿qué se le ofrece a usted, demonio? —repitió el guerrillero.

—¡Nada! —contesté. Y a toda prisa salí de la habitación.

Yo creo que ni un relámpago corre como yo corrí fuera de la casa. No veía más que el camino, y mi veloz carrera nunca me parecía bastante apresurada para llegar al centro del pueblo, donde había dejado mi coche.

A lo lejos, detrás de mí, sentí voces que decían burlonamente:

—¡La mujer loca, la mujer loca!

Eran los bárbaros a quienes yo había dado tanto dinero para que me dejasen pasar. A cada instante volvía la cabeza por ver si mi marido venía corriendo detrás de mí.

Llegué medio muerta a donde estaba mi coche, y tirando del brazo al cochero para que despertase, grité:

—Francisco, Francisco, vuela, vuela fuera de este horrible pueblo.

Y me metí en el coche.

—¿A dónde vamos, señora? —me preguntó el buen hombre sacudiendo la pereza.

—¿Estás sordo? Te he dicho que vueles... ¿Hablo yo en griego? Que vueles, hombre. Mata los caballos; pero ponme a muchas leguas de aquí.

—¿A dónde vamos, señora? ¿Hacia la Seo?

—Hacia el infierno si quieres, con tal que me saques de aquí.

Mi coche partió a escape, y siguiendo el camino en dirección a Tremp, pasé junto a la malhadada casa donde había visto a mi esposo. Entonces los bárbaros reunidos junto a la puerta me aclamaron otra vez, arrojando algunas piedras a mi coche. Su grito era:

—¡La mujer loca, la mujer loca!

En efecto, lo estaba. ¡Ah! ¡Benabarre, Benabarre, maldito seas! En ti acabó mi felicidad; en las espinas de tu camino dejé clavado mi corazón chorreando sangre. Fuiste mi calvario y la piedra resbaladiza de mal agüero donde caí para siempre, cuando más orgullosa marchaba. Fuiste el tajo donde el cielo puso mi cabeza para asegurar el golpe de su cuchilla; pero con ser obra del cielo mi castigo, ¡te odio, execrable pueblo de bandidos! ¡Sepulcro de mi edad feliz, no puedo verte sin espanto, y mientras tenga lengua, te maldeciré!

V

El 14 de agosto llegué a la Seo. ¡Qué viaje el de Benabarre a la Seo! Si antes todo se adaptaba al linsojero estado de mi alma, después todos los caballos eran malos, todos los caminos intransitables, todas las posadas insufribles, todos los días calurosos, y las noches todas tristes como los pensamientos del desterrado. Mi alma sin consuelo, mientras más gente veía, más sola se encontraba. Mi pensamiento no podía apartarse de aquel lugar siniestro donde habían quedado mi amor y mi suplicio, mi falta y mi conciencia, representados cada una en un hombre.

Casi antes de desempeñar mi comisión traté de ocuparme de salvar al infeliz que había quedado cautivo en Benabarre; pero Mataflorida me dijo sonriendo:

—Luego, luego, mi querida señora, trataremos de ese asunto. Infórmeme usted de lo que trae, pues no hay tiempo que perder. Hoy mismo constituiremos la Regencia.

Más de dos horas estuvimos departiendo. Él, como hombre muy ambicioso y que gustaba de ser el primero en todo, recibió con gusto las instrucciones reservadísimas que le daban gran superioridad entre sus compañeros de regencia. Eran estos el barón de Eroles y don Jaime Creux, arzobispo de Tarragona, ambos, lo mismo que Mataflorida, de clase humildísima, sacados de su oscuridad por los tiempos revolucionarios, lo cual no era un argumento muy fuerte en pro del absolutismo. Una regencia destinada a restablecer el trono y el altar debió constituirse con gente de abolengo. Pero la edad revuelta que corríamos lo exigía de otro modo, y hasta el absolutismo alistaba su gente en la plebe. Este hecho, que ya venía observándose desde el siglo pasado, lo expresaba Luis XV diciendo que la nobleza necesitaba estercolarse para ser fecundada.

De los tres regentes, el más simpático era Mataflorida y también el de más entendimiento; el más tolerante, Eroles, y el más malo y antipático, don Jaime Creux. No puede decirse de estos hombres que habían marchado con lentitud en sus brillantes carreras. Eroles era estudiante en 1808, y en 1816 teniente general. El otro, de clérigo oscuro pasó a obispo, en premio de su traición en las Cortes del año 14.

Yo no tenía mi espíritu en disposición de atender a las ceremonias con que quisieron celebrar los triunviros el establecimiento de la Regencia. Después de publicar su célebre manifiesto, proclamaron solemnemente al monarca, _restituyéndole a la plenitud de sus derechos_, según decíamos entonces. Levantose en la plaza de la Seo un tablado, sobre el que un sacristán, vestido de rey de armas, gritó: «¡España por Fernando VII!», y luego dieron al viento una bandera, en la cual las monjas habían bordado una cruz y aquellas palabras latinas que quieren decir: _por este signo vencerás_. Los altos castillos que coronan los montes en cuyo centro está sepultada la Seo, hicieron salvas, y aquello en verdad parecía una proclamación en toda regla.

Después de la ceremonia política hubo jubileo por las calles y rogativa pública, a que concurrió el obispo con todo el clero armado y el cabildo sin armas. Era un espectáculo edificante y al mismo tiempo horroroso. Daba idea de la inmensa fuerza que tenían en nuestro país las dos clases reunidas, clero y plebe; pero los frailes armados de pistolas y los guerrilleros con vela, el general con su crucifijo y el arcediano con espuelas, movían a risa y a odio juntamente. El ejército de la fe, uniformado solo con la barretina, habría parecido un ejército de pavos, si no estuviera bien probado su indomable valor.

Yo veía aquella procesión chabacana, horrible parodia del levantamiento nacional de 1808, y aquellas espantosas figuras de curas confundidos con guerreros, como se ven las ficciones horrendas de una pesadilla. Tal espectáculo era excesivamente desagradable a mi espíritu, y la bulla del pueblo me ponía los nervios en lastimoso desorden. Semejante carnaval en Urgel, que es sin disputa el pueblo más feo de todo el mundo, era para enfermar y aun enloquecer a cualquiera. Mi privilegiada naturaleza me salvó.

Y pasaban días sin que me fuera posible hacer nada de provecho por mi amado prisionero de Benabarre. Obtenía, sí, promesas y aun órdenes de la Regencia; pero como no podía trasladarme yo misma al lugar del conflicto, era muy difícil que tuviesen cumplimiento. Antes me dejara morir que encaminarme a paraje alguno donde hubiese probabilidades de encontrar la persona, o siquiera las huellas de mi esposo; y según mis averiguaciones, este no había abandonado el bajo Aragón.

Al fin supe que mi cara mitad, uniéndose a Jeps dels Estanys, había pasado a la alta Cataluña. Llena de esperanza entonces corrí a Benabarre, cargada de órdenes de Mataflorida y del mismo Eroles, que acababa de ponerse a la cabeza de la insurrección catalana. Ningún obstáculo podían oponerme ya los guerrilleros; mas por mi desgracia, cuando llegué al funesto pueblo de Aragón, ni un solo partidario del realismo quedaba en su recinto: el castillo había sido volado, y el mísero cautivo, según me dijeron, trasladado a otro punto.

—¿Vivo? —pregunté.

—Vivo y cargado de cadenas —me contestó la misma mujer de aquella horrenda noche de agosto—. Se iba muriendo por el camino; pero le daban comida y bebida para que no acabase de padecer.

No tuve tiempo para entregarme a inútiles lamentaciones, porque corrió por todo el pueblo esta horrible voz: ¡_los liberales_!, ¡_que vienen los liberales_!, y tuve que huir. Con mucho trabajo y gastando bastante dinero, pude escapar a Francia por Canfranc.

NOTA DEL AUTOR. _Aquí concluye el primer fragmento de las curiosas memorias._

_Como el segundo se refiere a sucesos ocurridos en la primavera del 22, resultando una interrupción de siete meses, nos vemos en la necesidad de llenar tan lamentable vacío con relaciones propias, que abreviaremos todo lo posible para que no se echen de menos por mucho tiempo las aventuras de la dama viajera, contadas por ella misma._

VI

La primera determinación del gobierno popular que sucedió al de Martínez de la Rosa, después de las jornadas de julio, fue nombrar general del ejército del Norte al rayo de las guerrillas, al Napoleón navarro, don Francisco Espoz y Mina. En medio de su atolondramiento, los siete ministros, a quienes la corte llamaba los _Siete niños de Écija_, no carecían de iniciativa y de cierta arrogancia emprendedora que por algún tiempo les permitió sostenerse en el poder con prestigio. El nombramiento de Mina y aquella orden que le dieron de hacer tabla rasa de las provincias rebeldes, no pudieron ser más acertados.

El gran guerrillero no necesitaba muy vivas excitaciones para sentar su pesada mano a los pueblos. Navarros y catalanes le conocían. Pero antaño había hecho la guerra con ellos, y ahora debía hacerla contra ellos, lo cual era muy distinto. Antes se batía contra tropas regulares, y ahora con ellas perseguía las partidas. Bien se ve que el coloso de las guerrillas estaba fuera de su natural esfera y asiento. Tenía que hacer el papel del enemigo durante la guerra de la Independencia.

A pesar de esta desventaja, empezó con muy buen pie su campaña. No podía decirse propiamente que había partidas en el norte, sino que todo el norte, desde Gerona hasta Guipúzcoa y desde el Pirineo hasta las inmediaciones del Ebro, ardía con horrible llamarada absolutista. Quesada, a cuyo lado despuntaba un precoz muchacho llamado Zumalacárregui, dominaba en Navarra, juntamente con Guergué y don Santos Ladrón; Albuín, Cuevillas y Merino asolaban la tierra de Burgos; Capapé la de Aragón; Jeps dels Estanys, el Trapense, Romagosa y Caragol, la de Cataluña, donde el barón de Eroles trataba de formar un ejército regular con las desperdigadas gavillas de la fe. Muchos frailes del país, empezando por los aguerridos capuchinos de Cervera que habían escapado del furor de las tropas liberales, y concluyendo por los monjes de Poblet, que tanto trabajaron en la conspiración, formaban en las filas del Manco, de Capapé o de Misas.

Mina tomó el mando de las tropas de Cataluña, y al poco tiempo el aspecto de la campaña principió a mudarse favorablemente a nuestras armas. En 24 de octubre, después de obligar a los facciosos a levantar el sitio de Cervera, arrasó a Castellfollit, poniendo sobre sus ruinas el célebre cartel que decía: «Aquí existió Castellfollit. Pueblos, tomad ejemplo, y no deis abrigo a los enemigos de la patria.»

En noviembre tomó a Balaguer. En el mismo mes obligó a muchos facciosos a pasar la frontera en presencia del cordón sanitario con que nos amenazaban los franceses. En 20 de enero, uno de los suyos, el brigadier Rotten, jefe de la cuarta división del ejército de Cataluña, hacía sufrir a San Llorens de Morunys el tremendo castigo de que había sido víctima Castellfollit, diciendo a las tropas en la orden del día: «La villa esencialmente rebelde llamada San Llorens de Morunys, _será borrada del mapa_.»

Aquel destructor de ciudades señalaba a cada regimiento las calles que debía saquear antes de dar principio a la operación de borrar del mapa. No de otra manera procedió Hoche en la Vendée; pero este sistema de _borrar del mapa_ es algo expuesto, sobre todo en España.

El 8 de diciembre puso Mina sitio a la Seo de Urgel, mientras Rotten iba convenciendo a los rebeldes catalanes con las suaves razones que indicamos, y en uno de los pueblos demolidos y arrasados, precisamente en aquel mismo San Llorens de Morunys, llamado también Piteus, ocurrió un suceso digno de mencionarse, y que causó maravilla y emoción muy viva en toda la tropa.

Fue de la manera siguiente: para que el saqueo se hiciera con orden, Rotten dispuso que el batallón de Murcia trabajase en las calles de Arañas y Balldelfred; el de Canarias, en las calles de Frecsures y Segories; el de Córdoba, en la de Ferronised, dejando los arrabales para el destacamento de la Constitución y la caballería. Lo mismo en la orden de saqueo que en la de incendio, que le siguió, fueron exceptuadas doce casas que pertenecían a otros tantos patriotas.