Los Caudillos de 1830

Part 8

Chapter 83,935 wordsPublic domain

Por el camino del pueblo al Calvario avanza una compañía de tercios con ímpetu, al grito de: ¡Viva el Rey! ¡Viva la Religión! ¡Mueran los masones!

El capitán Vidarte los detiene más de media hora haciéndoles bajas, y cuando queda sin municiones y sin gente abandona la posición.

Estamos ahora en una explanada del monte que llaman Bidepartieta, donde se dividen dos caminos, esperando.

Leguía sigue batiéndose en el fondo del valle. Al acercarse con su partida al convento de capuchinos, los frailes se asoman a las ventanas y le hacen varias descargas.

--¡Canalla!--grita Leguía.

--Ven, ven a asaltar el convento--le dicen los frailes.

Leguía tiene que retroceder hacia la izquierda y entra en el barrio de Illecueta. Ya allí no le vemos, pero seguimos oyendo el tiroteo de su partida durante largo tiempo.

--Este hombre nos salva--murmura Valdés.

Estamos sosteniéndonos en nuestras posiciones; cuando los tercios que han forzado el camino del Calvario se lanzan al asalto.

Al retirarse los que defienden el sendero, los tercios dan una acometida fuerte a la bayoneta; las tropas de Butrón creen que van a ser protegidas, y viendo que los tercios avanzan sin obstáculo se consideran cogidos y comienzan a huir.

Un contratiempo inesperado contribuye a ello. Dos compañías mandadas por O'Donnell, emboscadas entre las matas y las piedras, con quienes se contaba para aquel momento, no pueden entrar en acción, se encuentran con la mayoría de los fusiles inservibles y con que los cartuchos son desproporcionados.

Los de Butrón, al verse desamparados comienzan a huir a la desbandada, y los tercios corren tras ellos hiriendo y matando a los caídos.

Los soldados de Butrón se han salvado, gracias a un pelotón de Infantería de la Compañía Sagrada, formada por viejos de la guerra de la Independencia, que se arroja a la bayoneta intrépidamente contra los realistas.

--No dan cuartel. ¡Libertad o muerte!--gritan los viejos con furia, acometiendo ciegos de coraje.

En esta encrucijada, unos cuantos hombres decididos bastan para contener a una columna, y los viejos liberales la contienen.

Retroceden un momento los tercios, los soldados de Butrón avanzan, y mientras tanto nosotros entramos en fuego.

Pasado este mal momento la retirada comienza bajo la protección de los grupos escalonados en el camino. Así vamos, haciendo una marcha lenta, con un gran orden, dominando las alturas y los senderos de través. Un grupo se defiende entre las matas, las piedras y los árboles, hasta que no le quedan municiones. Cuando llega este momento se dispersa; los realistas avanzan y se encuentran con otro grupo que les cierra el paso.

Constantemente vamos relevando las tropas de retaguardia.

El primer avance por Bidepartieta ha costado a los realistas más de una hora. Dominando el camino que hemos seguido, hay por la izquierda un monte bastante alto llamado Cigorriaga. Luego ya el terreno se despeja, y se va por estribaciones de poca altura pobladas de robles, de castaños y de carrascas.

Cada árbol, cada peña, nos sirve de punto de resistencia. Ochoa y yo nos lucimos. Nos hemos batido con un gran orden, sin estorbarnos el uno al otro. Valdés nos ha felicitado efusivamente. Para soldados bisoños parece que lo hemos hecho bien. El Inglesito demuestra una serenidad y un valor extraordinarios.

Hace unos minutos, después de estar defendiendo nuestra posición durante un cuarto de hora, nos retiramos Ochoa y yo a descansar.

Encontramos al paso un caserío.

--¿Cómo se llama este caserío?

--Achulecheco-borda--nos dice un hombre.

--¿Nos falta mucho para Francia?

--Sí; todavía cerca de una hora.

--¿Habrá algo que beber? Lo pagaremos.

Una mujer nos trae una jarra de sidra y la bebemos con ansia. Ochoa pide pan.

En este momento, a pesar del frío, siento que mi cuerpo arde.

El sol ilumina el panorama lleno de nieve. Por el lado de Guipúzcoa se ve la peña de Aya, con sus cabezos en forma de sierra; Larrun hacia Francia, y hacia el interior de Navarra, Peñaplata y luego otros montes lejanos y vagos...

--¡Cómo me quedaría aquí, aunque fuera tirado en el suelo!

Ochoa grita:

--Ya están ahí. Vamos de nuevo.

El Inglesito me agarra del brazo.

XI.

FIN DEL DIARIO DE LACY

_28 Octubre. En Frixu-baita: Urruña._

YA ha terminado nuestra empresa guerrera. Estoy ahora en la cama; la excitación no me deja dormir. Voy a continuar mi diario. A la salida de Achulecheco-borda, Ochoa, el Inglesito y yo tomamos posiciones con nuestra gente y las defendimos el tiempo necesario. Tuvimos un muerto, que abandonamos, y nos retiramos en formación sin dispersarnos.

Marchábamos todos con un orden verdaderamente admirable, cuando cerca de una cantera, a un cuarto de hora lo más de la raya de Francia, por un camino que sube de un barranco, apareció a nuestra retaguardia la cabeza de una columna de doscientos hombres pertenecientes al regimiento de Mallorca.

Por fortuna el camino era estrecho y los realistas venían en grupos poco compactos.

--¡Viva el Rey! ¡Viva la Religión! ¡Mueran los masones!--gritaron ellos con entusiasmo al ver que rodeaban parte de nuestra gente.

Valdés, que venía muy atrás, estuvo a punto de quedar copado con cuarenta o cincuenta hombres que le rodeaban, cuando el coronel D. Francisco Cía y Azanza, que llevaba a sus órdenes diez y seis lanceros de la columna de Butrón, algunos oficiales de la Compañía Sagrada y dos o tres paisanos, entre ellos D. José María Trueba, en total unos veinticinco jinetes, dió la orden de cargar.

El terreno era malo, lleno de sinuosidades, de agujeros, de matorrales altos y espesos y de troncos de árboles tendidos en la tierra.

El pelotón de Caballería se lanzó contra los grupos del regimiento de Mallorca, que lo recibieron con una descarga cerrada casi a quemarropa. Cuatro jinetes cayeron muertos del caballo, entre ellos el ayudante de Caballería D. Mariano Amorós.

Pasado un momento de vacilación, los jinetes cargaron de nuevo.

--Libertad o muerte. ¡Viva la libertad!

Los sables brillaban como rayos, pinchando, golpeando y rajando. Ochoa, Malpica y el Inglesito con veinte hombres se metieron por entre los helechos y atacaron a los realistas del regimiento de Mallorca a la bayoneta, por el flanco y por la espalda.

Los realistas tuvieron que huir a la desbandada.

Las dos cargas nuestras hicieron que quedasen prisioneros diez soldados realistas, dos oficiales, los hacheros y la banda de tambores.

Valdés decidió quitar las armas a los enemigos y dejarles volver a sus banderas.

Ochoa, satisfecho, se pavoneaba y había adquirido tal confianza, que se creía invulnerable.

Subía a los altos para ver el avance de los realistas y permanecía quieto desafiando sus balas mirando con sus gemelos.

Al comenzar la tarde aparecieron en las cimas nuevos batallones, entre ellos uno de la Guardia Real que parecía querer cortarnos la entrada en Francia.

En este momento vi a Ochoa subido sobre unas peñas, tan cerca del enemigo, que quedé aterrado.

--Baja de ahí--le grité.

--¡Ca!--exclamó él.--No saben tirar.

--Loca criatura--murmuró el Inglesito.

--¡Baja!--volví a gritar yo.

--Si no saben apuntar.

Acababa de decir esto, cuando una bala le dió en la cabeza y cayó rondando por entre las peñas.

Nos acercamos a él. Estaba muerto. Tenía la cabeza abierta. Era un horror. Quise ver si respiraba, pero el Inglesito me agarró del brazo y me impulsó a seguir.

--No hay nada que hacer con él--me dijo.--Vamos.

--Sálvese usted--le dije yo.--Yo no puedo correr más... no puedo...

--Un esfuerzo...; ya nos falta poco. Apóyese usted en mí.

Iba corriendo, cuando metí un pie entre unas matas y caí de bruces. Cuando quise levantarme sentí que tenía el pie dislocado y que me era imposible andar.

--Yo no puedo más--exclamé.--Escápese usted.

El Inglesito me cogió por la cintura, me echó al hombro y siguió marchando. Yo iba llevado como por el viento.

Al tocar el territorio francés, el Inglesito vió que tenía que apresurarse si no quería quedar prisionero. Corrió llevándome a mí al hombro, saltando obstáculos por encima de las piedras y de los helechos.

Tras de esta carrera desenfrenada llegó al camino real, entró en un caserío de la carretera, cerca de Urruña, en donde salió una mujer apurada y me dejó tendido en un montón de helechos.

--Quédese usted aquí--me dijo.

--¿Y usted?

--Yo me voy--exclamó.--No quiero que me cojan los franceses--y sin más palabras desapareció.

Yo hubiese querido darle las gracias, decirle que si me necesitaba estaba dispuesto a pagarle su servicio; pero no tuve tiempo... Me incorporé sobre los helechos, me quité la bota del pie dislocado, que me dolía mucho, cortando los cordones y esperé con resignación.

Sonaban todavía tiros, cosa que no me explicaba yo estando, como estábamos, en territorio francés.

La mujer del caserío, que parecía más tranquila, me dijo que algunos de mis compañeros, muertos de fatiga y confiando en que estaban ya en Francia, se habían echado en el suelo a descansar. Su confianza les perdió, porque fueron fusilados por los realistas.

Añadió que la persecución en territorio francés duraba; pero que en aquel momento la Guardia Nacional de Urruña y un pelotón del 63 regimiento de línea había intimado la detención a los realistas y la rendición y la entrega de armas a los liberales.

Llevaba una hora en el caserío, cuando aparecieron Alí y el tío Juan. Este venía desencajado apoyado en el otro, sin poder respirar.

--¿Está usted herido?--le pregunté.

--No; el pecho, la fatiga... Me muero.

Se tendió en el montón de helechos en donde yo estaba, tenía una disnea que no le dejaba alentar.

En esto Alí me dijo que Aviraneta y Miguel Aristy se hallaban en un cochecito a la puerta. Era cierto.

--Suba usted--dijo Aristy.

--Aquí hay otro amigo--exclamé.

--¿Un español?--preguntó Aristy.

--No; es el guardabosque de Ustariz.

Aviraneta y Miguel me ayudaron a subir a mí y después al tío Juan.

Nos acomodamos los tres, y al comenzar a marchar hacia el pueblo tropezamos con Malpica, que venía cojeando, sucio, harapiento.

--Suba usted--dijo Aristy.--Nosotros iremos a pie.

Aristy nos dirigió a esta casa de Urruña, llamada Frixu-baita, donde había alquilado dos cuartos pensando que vendríamos nosotros.

Ahora estoy en la cama, febril y sin poder dormir. Aviraneta nos va a traer un médico.

XII.

LOS HÉROES DE LA AVENTURA

DE los cuatro recogidos por Miguel Aristy y Aviraneta, Alí, que no tenía nada, se lavó, se afeitó, se puso unos pantalones azules, una blusa negra y una boina, y salió para Gastizar con el encargo de traer un carro con un colchón para transportar al tío Juan.

Por la noche al salir el médico de Frixu-baita, Aviraneta le preguntó:

--¿Cómo están estos enfermos?

--Medianos. No sé cómo han podido llegar hasta aquí. El viejo francés está muy mal, con una bronquitis aguda muy grave.

--¿El joven español?

--Ese también mal. Me figuro que tiene, desde hace tiempo, focos tuberculosos en el pulmón y ha debido de tomar un golpe en el pecho.

--¿Y el coronel Malpica?

--Ese es el que ha salido mejor librado. Tiene una herida de bala en la pierna; pero como no ha perdido sangre y está muy animado, se curará en seguida.

--Hemos pensado transportar a los tres a sus casas.

--Si no es muy lejos está bien.

Al día siguiente, por la mañana, Miguel Aristy aparejó su coche y llevó en él hasta Ustariz a Malpica y a Lacy. Al ponerse en camino, Lacy se encontró con un oficial español que conferenciaba con un francés.

--¡Lacy!--gritó.

--¿Eres tú Sampau?--dijo Lacy.

--¿De dónde vienes? ¿Qué te pasa?--exclamó Sampau.

--¿Y tú?

--Yo he venido con las tropas de Llauder persiguiendo a los liberales.

--Pues yo he estado con los liberales.

--¿De verdad?

--Sí.

--¿Has estado en Vera?

--Sí.

--¡Pensar que podía haberte matado!

--Y yo a ti.

--¿Adónde vas ahora?

--Voy a Ustariz, un pueblo de por aquí cerca, a descansar.

--¿Vives en ese pueblo?

--Por ahora sí.

--¿Estarás allá dentro de quince días?

--Seguramente.

--Pues iré a verte.

Se despidió Lacy de Sampau y Aristy siguió adelante en su tílburi.

Malpica y Lacy presenciaron, desde el fondo del carricoche, la división en grupos de los liberales españoles que hacían los oficiales franceses para enviarlos a los depósitos de Bourges, Perigueux y Limoges.

En los jefes liberales españoles se veía la cólera y la vergüenza de la derrota; los soldados se manifestaban indiferentes.

Ni para unos ni para otros el porvenir era muy halagüeño. El Gobierno francés les daría treinta céntimos de sueldo y una ración de pan a cada soldado y dos francos diarios a los jefes.

Malpica y Lacy cruzaron por entre sus compatriotas sin ser reconocidos y se dirigieron a Ustariz.

Por la tarde Alí se presentó en Frixu-baita con un carrito y un colchón a llevar al tío Juan a su casa.

Pusieron al guardabosque dentro del carro arropado con mantas, y Aviraneta y Alí se dirigieron por Saint Pee a entrar en los robledales del cantón de Ustariz.

Llegaron a la cabaña del tío Juan al amanecer.

Esta cabaña, Aldasoro de nombre, estaba rodeada de otras cuatro o cinco. En el interior esperaba el intendente Darracq.

--¿Usted va a Ustariz?--le preguntó a Aviraneta.

--Sí.

--¿Quiere usted llevar una carta a madama de Aristy?

--No tengo inconveniente.

Darracq se sentó a la mesa, cogió un lápiz y papel y vaciló.

--Es difícil decir esto--murmuró.--Casi será mejor darle el recado de palabra. Dígale usted a madama de Aristy que el tío Juan, el guardabosque, está muy grave. El tío Juan es pariente muy próximo de madama Aristy.

--Está bien; se lo diré.

Aviraneta marchó a pie a Ustariz.

El tiempo estaba claro. El viento soplaba con fuerza. La veleta de Gastizar rechinaba, y el dragón seguía amenazando a todo el mundo con la flecha de su lengua.

XIII.

LOS RESULTADOS DE LA EMPRESA

UNOS días después se supo el resultado de la empresa liberal. De los quinientos hombres de Valdés y Butrón que habían luchado en Vera, más de cien habían quedado en España entre muertos, heridos y prisioneros. De estos últimos se aseguraba que algunos habían sido fusilados en Irún y que otros lo iban a ser al llegar a Pamplona.

Mina y Jáuregui se habían salvado haciendo prodigios de valor. Mina anduvo por los montes, desorientado, perseguido y ojeado por perros de caza, que echaron los realistas tras él. Después de fatigas enormes, rendido y con las viejas heridas echando sangre, llegó a tocar Francia.

En la parte de Aragón y Cataluña la invasión no se efectuó. Méndez Vigo quedó inmóvil en Mauleón, no habiendo podido reunir armas ni organizar sus tropas.

Gurrea, Milans del Bosch y San Miguel no hicieron cosa eficaz en la frontera.

En Gibraltar la salida proyectada por Torrijos, Palarea, Escalante y sus amigos fué impedida por el gobernador inglés de la plaza.

Respecto a Fermín Leguía, a quien se creía perdido, apareció días después en Bayona.

Algunos que llegaron de Vera contaron su persecución y trajeron unos versos en vascuence que había escrito el versolari Martín Coplari contra Leguía. Este versolari era conocido en el país por su canción sobre _Buenaparte_.

Los versos contra Leguía empezaban así:

Armada eder bat ecarridigu Verara, Fermín Leguiac.

(Un hermoso ejército nos ha traído a Vera Fermín Leguía.)

Y concluía explicando el fracaso:

Comisanyura goician zuten Viserregueren trampiya Iruñiaco videa libre Eben ustez valentiya Zacu videan lertu eta Isuritzayo cantiya.

Lo que traducido libremente quiere decir:

El día de todos los santos por la mañana tenían la trampa preparada para el virrey. El camino de Irún libre. Ellos se creían valientes, pero el saco se les ha reventado en el camino y se les ha derramado el grano.

Aviraneta, que tenía carta de seguridad y no había tomado parte en el movimiento, volvió a Bayona días después.

Allí por mediación de Iturri se le comisionó para que secretamente fuera vendiendo los caballos que se habían salvado de la expedición.

Aviraneta hizo el encargo y fué vendiendo los caballos guardados en el bosque de Saint Pee a los tratantes españoles y franceses.

LIBRO CUARTO

BAJO LA INFLUENCIA NEFASTA DEL DRAGÓN DE GASTIZAR

I.

EL TÍO JUAN

AL llegar Aviraneta a Ustariz se encontró a Choribide que marchaba en un cochecito camino de Bayona. Choribide se detuvo a pedir noticias.

--Me voy de Ustariz, señor Aviraneta--dijo después.

--Lo siento mucho, si esto le molesta.

--Sí, algo me molesta. ¿Qué noticias hay? ¿Cómo ha terminado la expedición de los liberales españoles?

Aviraneta contó lo ocurrido y la enfermedad del tío Juan el guardabosque.

--¿Y está grave?

--Sí, muy grave.

--¿No ha sospechado usted quién es este tío Juan?

--No.

--Es el marido de madama de Aristy.

--¿De verdad?

--Sí.

--¿Estaban separados?

--Sí. Más que por nada por motivos políticos y religiosos. Es absurdo. ¿Verdad? El tío Juan ha sido siempre un ateo y un jacobino. Ella creía que daba un mal ejemplo a los hijos.

--¿Usted lo ha conocido en otro tiempo?

--Sí. Ya lo creo... Voy a aplazar mi viaje y voy a visitarle por si acaso me necesita. Le he hecho algunos favores.

Choribide se dirigió hacia el bosque y Aviraneta a Gastizar. Preguntó por madama de Aristy, dijo a la criada que tenía que hablar a su ama con urgencia y pasó al salón.

--Señora--dijo,--vengo a traerle a usted una mala noticia. El señor Darracq me ha encargado que le diga a usted que el guardabosque a quien llaman el tío Juan, está gravemente enfermo.

Madama de Aristy quedó alterada.

--¿Qué le ha ocurrido?--preguntó.

Aviraneta contó cómo le había encontrado en Urruña de vuelta de la fracasada expedición liberal.

--¿Estaba allí Miguel, mi hijo?

--Sí.

--¿Le han dicho a usted que el tío Juan es pariente mío?

--Lo he adivinado--contestó Aviraneta.

Madama de Aristy contempló en silencio a don Eugenio.

--¿Usted qué cree que debía hacer?

--Yo, señora, no sé la clase de resentimientos que ha habido entre usted y su esposo, pero supongo que éste se encuentra en el actual momento gravísimo, quizás moribundo. Creo que lo mejor que podría usted hacer sería decir a su hijo lo que ocurre, contarle los motivos de diferencias con su marido e ir con Miguel a Aldasoro, a la cabaña del tío Juan.

--Sí, tiene usted razón. Eso haré. ¿Quiere usted esperar un momento?

--Con mucho gusto.

Madama de Aristy hizo que llamaran a Miguel y al caballero de Larresore, y tuvo una explicación con ellos. Al terminarla apareció Miguel, intranquilo e inquieto.

--¿Está mal, de veras?--preguntó a Aviraneta.

--Sí.

--Hay que ir de prisa. ¿Usted no querrá volver?

--No tengo inconveniente.

--Le agradeceré a usted que venga, porque estoy un poco trastornado con una noticia así.

Madama de Aristy había mandado por un coche, en donde iban a ir ella, el caballero de Larresore, el médico y el vicario Dostabat. Miguel y Aviraneta tomarían el tílburi.

Los dos coches partieron de Gastizar, produciendo la expectación del pueblo.

Al llegar a Aldasoro bajaron y entraron a ver al enfermo. El médico dijo que estaba agónico y que le quedaban solamente horas de vida.

Madama de Aristy habló a su marido a solas, y tras larga conversación le indicó que debía confesarse.

--No--dijo enérgicamente el tío Juan, y volvió la cabeza hacia la pared.

--Yo, como usted, le encargaría de esa misión a su hijo--propuso Aviraneta;--yo trataré también de convencerle.

Aviraneta y Miguel Aristy se quedaron en el cuarto del enfermo. Este, sin duda, se hallaba intranquilo y receloso. De pronto se irguió en la cama y se quedó mirando fijamente a Aviraneta.

--Señor--exclamó,--que me dejen morir en paz.

--¿No quiere usted que venga ningún cura?

--No.

--No vendrá.

--¡Gracias! ¡Muchas gracias!

Miguel se acercó a la cama.

--¿Qué hace usted aquí?--le preguntó el tío Juan de repente.--¿Qué está usted espiando?

--Soy yo Miguel... el de Gastizar.

No se atrevió a decir su hijo.

El tío Juan le contempló con una mirada curiosa y de anhelo.

--¡Ah... sí... sí!--murmuró, y se tendió de nuevo en la cama.

Miguel le arregló la cubierta de la cama, y el viejo le agarró la mano y la besó.

Miguel quedó conmovido y se le saltaron las lágrimas.

Durante todo el día el enfermo estuvo desvariando. Al anochecer comenzó a palidecer y a ponerse lívido, y murió.

Alí marchó a Ustariz por un ataúd.

De noche estuvieron en la cabaña, velando al muerto. Aviraneta, Larresore, Choribide, el intendente Darracq y Miguel.

El intendente contó la vida de su primo Aristy, que acababa de morir, una vida íntegra, de fanático por sus ideas.

--La verdad es--dijo burlonamente Choribide a Aviraneta--que ha tenido que venir un gascón para dar un ejemplo de consecuencia en el pueblo, porque lo que es Garat y yo no hemos quedado como hombres muy consecuentes en política.

--Parece que la influencia de la veleta de Gastizar es muy grande--replicó D. Eugenio con sorna.

--¡Pse! Hay que cambiar--replicó Choribide.--La vida es cambiar. Yo no creo que ser esclavo de sus prejuicios sea una superioridad.

--No; es más bien el resto de la gente quien cree eso--dijo burlonamente Aviraneta.

Por la mañana se verificó el entierro en el mismo bosque. Los aldeanos de los caseríos vecinos se reunieron en Aldasoro, los hombres formaron un corro y las mujeres otro. Hacía una mañana hermosa y tibia, el sol amarillo se esparcía por el campo.

Sacaron al ataúd de Aldasoro y lo colocaron en un carro de bueyes y lo llevaron hasta el pequeño cementerio que tenía la barriada del bosque.

Allí cogieron el féretro Miguel, Ichteben el criado de Gastizar, Alí y Darracq, y lo dejaron sobre un montón de tierra próximo a la fosa.

Bajaron la caja al fondo del hoyo que no era profundo, y fueron cubriéndola de tierra. Al medio día todos volvieron a Ustariz.

Al día siguiente madama de Aristy hizo que se celebrara un funeral solemne en la iglesia por su marido.

II.

EL VERANILLO DE SAN MARTÍN

LACY se había curado de la dislocación del pie, pero la estancia en la cama le había debilitado y agravado su enfermedad crónica del pecho. Por lo que decía el doctor Elissalde, el mejor médico de Ustariz, tenía ya muy pocas probabilidades de curarse. Habían mandado venir a un especialista de Bayona en consulta, y los dos doctores, después de auscultar y percutir al enfermo, habían asegurado que sólo una casualidad podría salvarlo.

--Lo más tarde en la primavera, cuando la hoja de la higuera tenga el tamaño del ala del murciélago, como dice el padre Hipócrates, morirá--dijo el doctor Elissalde, sonriendo.

El doctor era de estos hombres pulidos y emperifollados y un tanto empalagoso. Los ¡Oh! ¡Oh!, los ¡Ah! ¡Ah!, los _¡Tiens! ¡Tiens!_ y las frases más almibaradas estaban siempre en sus labios. Tenía una sonrisa de satisfacción para todo. Cuando a Miguel le decía que su amigo Lacy estaba desahuciado, lo decía de una manera tan jovial, tan alegre, que indignaba a Aristy.

Aristy había tomado afecto a Lacy y hubiese querido saber un medio de posible curación para emplearlo.

El doctor Elissalde aseguraba que era imposible. Lo único que se podría conseguir era que el pobre muchacho tirara un poco más.

--Lo más tarde en la primavera, cuando la hoja de la higuera tenga el tamaño del ala del murciélago...--repetía el doctor sonriendo.

* * * * *

El tiempo que hacía invitaba a salir de casa y a pasear. Después de las grandes lluvias otoñales había comenzado el veranillo de San Martín, que parecía un verano de verdad.

--Hay que aprovechar el buen tiempo--decía Miguel a Lacy;--hay que tomar el sol. Esta es la mejor época en nuestro país...