Los argonautas

Chapter 49

Chapter 493,951 wordsPublic domain

--Cada época tiene su moral y sus preocupaciones. Durante la Edad Media, lo mismo en España que en otros países, el monopolio de las mancebías fue una de las mejores rentas de muchas casas nobles. Esta merced sólo la daban los reyes en pago de grandes servicios. Famosos monasterios gozaban de tal concesión, para aplicar sus productos a las necesidades del culto. Algunas veces eran conventos de mujeres los que disfrutaban dicho privilegio, y sus aristocráticas abadesas recibían sin escrúpulo el dinero de las pecadoras de «cinturón dorado».

Zurita hizo gestos afirmativos. Algo de eso lo había leído él, y no le causaba escándalo el premio solicitado. Lo que llamaba su atención era que en todo el descubrimiento de América únicamente se le hubiese ocurrido solicitar tal merced al primer explorador del río en cuyas riberas había de nacer años adelante la ciudad de Buenos Aires. Se acordó de las innobles industrias establecidas con profusión en la gran urbe inmigratoria por extranjeros ávidos de ganancia; de la trata de mujeres, que extendía desde allí su reclutamiento a diversos países de Europa. La antigua «madre» de la mancebía clásica había sido sustituida por hombres de negocios que comerciaban en carne humana.

--¡Qué casualidad!--continuó Zurita--. Cualquiera diría que Solís adivinaba el porvenir...

La atención de los tres se sintió atraída por los muchos buques que navegaban en dirección contraria al _Goethe_. Hasta entonces, el Océano se había mostrado con una soledad majestuosa. Sólo después de varios días asomaba en lontananza la nubecilla de un vapor o la pincelada gris de un velero. Ahora se poblaba su extensión amarillenta con buques de todas clases: fragatas cabeceantes que hundían sus proas en la espuma a impulsos de los hinchados trapos; vapores negros que regresaban a Europa después de librar su cargamento de carbón; goletas minúsculas inclinándose sobre las olas con una inestabilidad que arrancaba gritos de miedo a las mujeres agrupadas en las bordas del _Goethe_. Este tránsito de buques era semejante al de los vehículos y peatones que en pleno campo anuncia la cercanía de una enorme ciudad todavía oculta. Iba entrando el trasatlántico en la gran corriente de navegación que hace del río de la Plata una de las avenidas más frecuentadas del comercio mundial.

Empezó la gente a fijarse en una isla que desde mucho antes había aparecido ante la proa. El buque pasaba entre ella y la costa lejana.

--¡Los lobos! ¡los lobos!--gritaron de un extremo a otro del paseo.

Y corrían los niños, sintiendo la emoción de los cuentos maravillosos que infunden pavor, y tras ellos las criadas, las madres, todas las mujeres, con una curiosidad igual a la de los pequeños.

Pasábanse los anteojos para ver los lobos marinos descansando en filas a lo largo de la isla y en torno a un faro. Algunos de estos animales parecían figuras yacentes sobre el pedestal de una roca. El sol de la tarde se reflejaba en sus húmedas envolturas, dándolas un reflejo de oro. Eran a modo de pellejos de aceite rematados por una cabeza de perro chato. Permanecían inmóviles, flácidos, torpes, bajo la caricia pálida de los rayos solares, rezumando grasa por sus poros. Muchos parecían dormir. Algunos más jóvenes, como si presintiesen un peligro al aproximarse al buque se arrastraban sobre sus cortas nadaderas, arrojándose al agua con el estrepitoso chapoteo de un odre inflado. Luego reaparecían, asomando a flor de agua su cabeza semejante a una pelota negra con mostachos. Esta isla era el término de su avance desde los glaciales mares del Sur. Hasta allí llegaban, viniendo de los bancos de hielo, para explorar la amplia boca del estuario del Plata.

Desapareció el sol tras una barrera de nubes. Esfumábase la costa con una bruma rojiza. El agua tomó de pronto el tono sombrío de un mar de invierno. Muchos se estremecieron de frío en sus trajes veraniegos. Maltrana creyó que el lejano Polo les enviaba su respiración antes de que lograsen introducirse en el abrigo del estuario.

--¡Con tal que no tengamos bruma!--dijo el doctor--. La niebla en el río es de lo más fregado. Hay necesidad de parar a cada momento, de hacer señales, para evitar un choque... ¡Cosa pesada!

Luego invitó a los dos amigos a que lo acompañasen en su visita a las máquinas del buque. No quería desembarcar sin conocer el alma de este hotel flotante en el que había vivido quince días. Deseaba hacer partícipes de sus emociones a las señoras de la familia, pero todas se habían negado: «¡Las máquinas! ¡Ay, no! ¡Qué suciedad!». Y el buen doctor, como si no pudiese realizar la visita sin un compañero que recibiese sus impresiones, insistió, hasta conseguir que los dos amigos le acompañasen por los tortuosos corredores de la cubierta baja.

El mayordomo hizo girar una puertecilla, y se vieron en una especie de patio interior semejante a los que se abren en mitad de los grandes edificios para darles aire y luz. Su altura era la del buque, desde la quilla a la última cubierta, y en sus cuatro paredes blancas y lisas no había otra comunicación con el resto del trasatlántico que la pequeña puerta de entrada. Varias galerías de hierro marcaban los diversos pisos de este departamento que ocupaba toda la parte central del navío.

Un emparrillado de acero dividía el gran pozo cuadrado y blanco en dos secciones. Pasaban a través de él los émbolos de las máquinas, subiendo y bajando incesantemente en sus cilindros verticales. Más abajo de esta plataforma estaban las máquinas, y los tres visitantes llegaron a ellas descendiendo por varias escalerillas de acero. Llevaban en las manos pedazos de estopa para defenderse de la grasa que parecía sudar el metal de las barandas y paredes. Un calor pegajoso oprimía el pecho, al mismo tiempo que pinchaba el olfato con hedores de hulla y aceite mineral.

Al llegar a lo último de este amplio pozo, junto a la quilla, donde estaban las máquinas y sus servidores, el calor era menos denso. Sentíase un latigazo de aire glacial al pasar junto a las bocas de los grandes ventiladores.

Era un panorama de troncos metálicos animados por inquieta nerviosidad; una vegetación de acero que movía sus ramas, subía, bajaba y se entrechocaba, haciendo penetrar los diversos tentáculos unos en otros. El brillante metal lanzaba al moverse un resplandor blanco y viscoso.

Todo este organismo inquieto y vibrador, que parecía fabricado de plata y de grasa, no dormía a ninguna hora. Había empezado su movimiento en el mar del Norte y lo continuaba a través de medio planeta, indiferente al cansancio, lo mismo de día que de noche, a la hora en que los hombres viven, a la hora en que los hombres sueñan, bajo el sol y bajo las estrellas, como si el tiempo y la distancia careciesen de realidad ante su vigor sobrehumano. Las breves inmovilidades en los puertos no significaban para él inercia y descanso. Sus miembros férreos quedaban en corto reposo, pero el fuego vivificante seguía ardiendo en sus entrañas. La sangre blanca del vapor continuaba circulando por el sistema arterial de sus válvulas y tuberías.

Precedidos por un hombre rubio y flemático con galones plateados en las bocamangas y la gorra, iban los tres visitantes por entre las máquinas enclavadas en el fondo de este espacio cuadrangular. Las paredes subían lisas, iguales, sin una ventana, sin el menor resquicio, unidas por las diversas galerías y la plataforma. Pero estos obstáculos únicos eran casi transparentes, con la sutilidad de los enrejados de metal, a través de los cuales pasa la mirada. En lo último, a catorce metros de altura, estaban alzadas las tapas de cristales sobre la cubierta de los botes, dejando ver dos fragmentos de cielo.

El doctor Zurita se enteró minuciosamente de las funciones de las diversas máquinas. Las dos más grandes, que ocupaban con sus majestuosas dimensiones la mayor parte del espacio, eran las generadoras del movimiento del buque, las propulsoras de las hélices. A un lado una máquina más pequeña, productora de la luz; a otro lado la del frío, para los depósitos de alimentos y las necesidades de la vida a bordo, organismo potente y triunfador que en aquella atmósfera cálida, cerca de los hornos inflamados, mantenía sus tuberías y cilindros bajo el forro lagrimeante de una gruesa costra de hielo.

Avanzaron sobre un piso de placas de metal. En unos lugares percibían sus pies la frescura de la humedad; en otros aplastaban como arena crujiente el polvo diamantino de la hulla. De pronto, percibían en sus cabezas un torbellino glacial, inesperado, que cosquilleaba las narices con la picazón del estornudo y parecía querer arrebatarles las gorras. Mirando a lo alto, se encontraban con la boca de un tubo enorme que subía y subía, pulido y circular como el interior de un telescopio, con gran parte de su redondez de intestino sumida en la obscuridad y un débil resplandor de tragaluz allá en lo alto, junto a la boca curva e invisible. Era un ventilador de los que alzaban sus trombones amarillos sobre las diversas cubiertas. Y estos tubos de ventilación, así como otros túneles verticales abiertos desde las máquinas a lo alto del navío, tenían en sus paredes estribos de acero que servían de peldaños; leves escaleras por las que podían trepar las gentes de las máquinas en momentos de peligro.

El guía de los galones plateados abrió una puerta de acero pequeña como una ventana y del espesor de un muro. Su cierre, instantáneo, hermético, absoluto, era semejante al de las piezas de artillería. Iba a enseñarles uno de los dos túneles por los que pasaban los árboles de las hélices. Entraron agachando la cabeza en una galería angosta de más de treinta metros de longitud, ocupada únicamente por una barra de acero que giraba y giraba tendida en sus ajustes, brillando como una espiral de mercurio. Un rosario de bombillas eléctricas alumbraba día y noche la continua rotación en el silencio y la soledad de esta alma metálica, señora absoluta del túnel submarino. El lado interior de la galería era vertical; el exterior abríase en ángulo hacia arriba, marcando el arranque del vientre de la nave. Una lluvia menuda y lubrificadora caía sobre el árbol para facilitar y enfriar el frotamiento de su incesante rotación.

Zurita quiso saber a qué profundidad estaban en aquel sitio. Hallábanse siete metros más abajo de la superficie del Océano.

--¡Lo que nadará en estos momentos sobre nuestras cabezas!--dijo Maltrana, ¡Los apreciables vecinos que tal vez colean al otro lado de esta pared!

Y daba con los nudillos en el muro de acero, sordo, durísimo, semejante a un bloque inmenso, tras el cual era difícil imaginarse la más leve oquedad.

El extremo del árbol, que en sus incesantes vueltas se perdía al final del túnel, les inspiraba no menos admiración. Ni un ruido, ni el más leve roce. Y sin embargo, la espiral de plata, atravesando la popa del buque, surgía en pleno Océano para levantar un torbellino espumoso con las revoluciones vertiginosas de sus uñas retorcidas. La idea de que estaban a siete metros bajo del agua, y que bastaría la más pequeña grieta en el túnel para morir instantáneamente, aislados por la puerta inconmovible, produjo cierta angustia en Maltrana.

--Esto ya está visto. ¿Si fuésemos a visitar algo más interesante?...

Su pasaje por las calderas fue breve; las hornallas en fila expelían un calor infernal. Asomáronse a un departamento negro, en el cual se agitaban varios hombres medio desnudos, con un gorrito blanco en la cabeza. Eran de pelo rubio, flacos, como si el excesivo calor hubiese derretido su grasa, pero con gruesos tendones y robustas coyunturas, que al menor esfuerzo se marcaban vigorosamente. Cuando abrían la portezuela de un horno para echar en él paletadas de carbón, su resplandor lo iluminaba todo con reflejos de incendio, y los hombres blancos de ojos azules aparecían grotescos y terribles bajo el hollín que tiznaba sus caras y sus miembros. Al cerrar la portezuela volvía el departamento a sumirse en una penumbra saturada de polvo de carbón. Los pies se movían como en una playa crujiente sobre la hulla desmenuzada. Un sabor de humo y de grasa descendía por las gargantas.

Volvieron a las máquinas, y junto a ellas escucharon las explicaciones del guía. En las entradas y salidas de los puertos, en todo momento difícil, el primer ingeniero se colocaba en una galería alta, lo mismo que el comandante del buque tomaba su sitio en el puente. Los dos gobernantes de este mundo interoceánico vigilaban sus respectivas funciones: uno la dirección; otro el movimiento. Y el telégrafo interno de señales unía las dos inteligencias con rápidas comunicaciones.

Junto al primer ingeniero se colocaba el segundo, encargado de recibir los avisos del puente y transmitirlos abajo a las máquinas. Dos maquinistas--que con la afición germánica a los títulos y jerarquías se titulaban ingenieros terceros--cuidaban, cada uno por separado, de los dos grandes motores que hacían marchar al buque. Otro ingeniero tercero vigilaba las máquinas auxiliares productoras de la luz y el frío.

Al terminar el viaje redondo, cuando el trasatlántico regresaba a Hamburgo, sus máquinas eran reparadas minuciosamente. Durante quince días recibía los mismos cuidados que un caballo de carreras que se prepara para una nueva corrida.

Los tres visitantes admiraron el silencio y la sumisión con que estos organismos enormes cumplían sus funciones cual si tuvieran un alma y se sometiesen voluntariamente a una disciplina. Ni el más leve ruido alteraba el silencio del metal que se movía envuelto en la sordina de la grasa. Todos los organismos funcionaban con la suavidad discreta del lubrificante.

El acero arrollado en tubos, extendido en placas, alargado en émbolos, redondeado en discos, permanecía callado e impasible, sin transpirar el misterio ruidoso de las potencias que se agitaban en sus entrañas. Su rigidez no dejaba adivinar con palpitaciones materiales el agua abrasadora, el vapor asfixiante, el fuego anonadador, a los que bastaba el más leve escape para atraer la catástrofe y la muerte. Las fuerzas ciegas y crueles estaban domadas, canalizadas, sumisas, dúctiles, se transformaban en silencio; realizaban sus transmutaciones de vida con religioso quietismo. Únicamente el calor espeso, pegajoso, húmedo, con su perfume picante de hulla, denunciaba la presencia del gran misterio de los tiempos modernos: la engendración del movimiento en el seno del metal.

Isidro se maravillaba de la sencillez con que estas máquinas gigantescas cumplían su función.

--¡Quién diría que estamos en un buque!--exclamó--. Usted, Fernando, que es poeta, u otro escritor profesional, si hubieran de describir esta parte del _Goethe_, ¡qué cosas tan hermosas dirían... y tan falsas! De seguro que el lugar donde estamos sería el templo del fuego y las máquinas los altares. El viejo dios Baal saldría a colación, y además un sinnúmero de imágenes interesantes sobre la lucha del buque, que lleva una hoguera en sus entrañas, con el ímpetu de las frías olas: el conflicto entre el fuego y el agua...

Tal vez este lugar del trasatlántico ofrecía un interés dramático en noches de tempestad, cuando los hombres alimentaban las inquietas máquinas, expuestos a quemarse mientras arriba pasaban las olas sobre la cubierta, y todo el buque temblaba y se acostaba bajo los fieros golpes. ¡Pero ahora!...

--Es difícil imaginarse--continuó Maltrana--que estamos en el Océano y estas máquinas sirven para remover las aguas marchando sobre ellas. En nada se adivina la proximidad del mar. Lo mismo podrían ser las máquinas de una fábrica de zapatos o de tejidos. Sólo falta el ruido de los talleres para que la ilusión sea completa.

Subieron después las escalerillas, respirando con deleite al llegar a la cubierta. La tarde estaba cada vez más obscura, como si en mitad de ella fuese a caer la noche. No se veía la costa. Una muralla gris alzábase entre ella y el buque, y parecía avanzar con lentitud, devorando el verde polvoriento de las aguas.

--¡Pucha! ¡La niebla!--exclamó Zurita--. Tenemos para rato. A saber cuándo llegaremos a Montevideo.

Separáronse los tres, como si experimentasen la necesidad de hablar con otras personas después del mucho tiempo que llevaban juntos. El doctor se fue en busca de las damas de su familia, para contarles lo que había visto. Ojeda siguió adelante por la cubierta, en silencioso paseo. Maltrana le abandonó al pasar ante «el rincón de las cocotas». Le atrajo el verlas a casi todas con los sillones juntos, apretadas en torno de Madama Berta, la andariega veterana, cuyos consejos oían religiosamente en asuntos de América. La proximidad al término del viaje las hacía buscarse y apelotonarse con una solidaridad profesional, como si adivinasen peligros cercanos que debían arrostrar en común.

Las que hacían su primer viaje eran miradas por las otras con lástima y envidia. ¡Quién tuviese sus ilusiones!... Recordaban las esperanzas risueñas, las doradas mentiras que las habían acompañado en su llegada al río de la Plata. Y después, ¡habían visto tanto!...

Berta calló al notar que un hombre se había aproximado al grupo. Pero era Maltrana, un amigo de confianza, y siguió hablando a la joven Ernestina, la de la hermosa cabellera, a la que rodeaban todas con cierta predilección, cual si fuese una hermana menor, inocente y mimada. Sus gracias decadentes y artificiales parecían avivarse al contacto de esta juventud inconsciente y esplendorosa.

--Cuando yo llegué aquí, hace quince años--dijo Berta--, ¡qué cosas traía en la cabeza! Iba a poner el pie en el país del oro; tenía miedo de llegar tarde, de que otras se me adelantasen pillando lo mejor... Creía que el buque no avanzaba con bastante rapidez por el río; contaba los números pintados en unas boyas que marcan el canal para los vapores grandes. Sesenta y cuatro... sesenta y tres; ya no faltaban más que sesenta y tres kilómetros para llegar a Buenos Aires. ¡Bestia de mí! Siempre se llega demasiado pronto. ¡Para lo que se encuentra al final!...

Y una sonrisa de cansancio dejaba al descubierto su dentadura con engastes de oro.

Ernestina expuso sus ilusiones, acompañándolas con un gesto de humildad. Ella era artista y ansiaba la gloria. Su porvenir estaba en el teatro. Iba a hacer la vida alegre y tarifada en esta América, de la que le habían dicho maravillas, pero por escaso tiempo y con pretensiones modestas. Sólo aspiraba a reunir cincuenta mil francos. Con esta cantidad y su aspecto, que no era del todo malo, pensaba abrirse paso en París. Obligaría a un director de teatro a que la contratase, interesándose en su empresa con unos cuantos miles de francos; pagaría a los críticos. Lo importante era debutar, y luego... ¡luego!... Brillaba en sus ojos el resplandor de ilusión y de engaño que inflama a todos los visionarios de la gloria. ¡Cincuenta mil francos!... ¿No los encontraría en aquel país de ricos una mujercita como ella, amable y joven... y artista? Y su fe en el porvenir se apoyaba especialmente en esta última cualidad.

Las oyentes la escuchaban con expresiones contradictorias. Unas creían realizable su ilusión. Otras, fatalistas y melancólicas, torcían el gesto. Sabían lo que podía alcanzarse en aquella tierra. Vivir nada más... y gracias. Al principio, una gloria rápida, y luego, la miseria: una miseria peor que la de Europa.

--¡Cincuenta mil francos!--dijo Berta--. No es mucho. Todo depende de la suerte: del primer amigo que encuentres. Tal vez los hagas en dos meses, tal vez tardes años; tal vez no los juntes nunca.

Y le daba consejos inspirados por su larga experiencia. El peligro era el hombre americano, el jovencito simpático y moreno, arrogante unas veces, como macho dominador, dulzón otras, con una suavidad de manteca, gran bailarín, que conquistaba a las mujeres meciéndolas en sus brazos al compás del tango, generoso y manirroto hasta el deslumbramiento en las primeras semanas de la iniciación, hábil después para recobrar lo suyo y llevarse algo más si era posible, con pretexto de pérdidas en el juego.

Berta iba indicando los remedios autoritariamente, como un sargento que lee a los reclutas los artículos de la Ordenanza.

--Lo primero que debes hacer es dejarte el corazón en el barco y bajar a tierra sin él. Aquí no venimos a enamorarnos: venimos a hacer plata. Eso es... Luego, cuando recojas dinero no lo guardes contigo, pues te lo sacarán. No, no muevas la cabeza: te lo sacarán. Tú no sabes qué gentes hay en Buenos Aires; lo mejorcito de cada país. Yo soy yo, y sin embargo me han engañado muchas veces. Las mujeres somos bestias cuando nos vemos solas en un país extranjero y sentimos la necesidad de un verdadero amigo... Todos los sábados irás al Banco Francés para depositar tus ahorros. O mejor aún, los giras directamente a Francia. Así no corres el peligro de que tu amigo se entere y te los haga sacar del Banco, convenciéndote a fuerza de besos o de bofetadas... Toma siempre dinero; no aceptes acciones ni papelotes de ninguna clase.

En esto último insistió mucho la veterana, como si aún estuviera latente en su memoria algún recuerdo penoso. Señores que pasaban por millonarios se dejaban adorar meses y meses sin soltar más que insignificantes obsequios, hasta que al fin la pobre mujer creía llegado el momento de realizar sus esperanzas formulando una petición. «Mi gringa linda: no te puedo dar plata porque los negocios andan mal. Además, la plata la gastarías inmediatamente. Voy a darte algo mejor que asegure tu porvenir; voy a despojarme de un papel magnífico.» Y le entregaba un rimero de acciones correspondientes a una de tantas empresas ilusorias que diariamente se iniciaban en el país. La mujer guardaba los papeles, creyendo poseer una fortuna. El negocio no daba producto todavía, ¡pero más adelante!... Fortalecíase su fe con el ejemplo de empresas salidas de la nada en esta tierra de milagros, que habían llegado a realizar las más fabulosas ganancias.

--Y la pobre--continuó Berta--sigue adorando al hombre que la ha hecho rica, y cuando intenta realizar su resma de títulos, se entera de que únicamente pueden servirle para empapelar su dormitorio.

Apiadábase la veterana de la suerte de muchas que habían llegado a Buenos Aires con el propósito de hacer dinero en pocos meses, regresando inmediatamente a París, y llevaban años y años encadenadas por la miseria, sin esperanza de volver.

La prudente Marcela, la que preguntaba a todos por la cosecha, asintió con movimientos afirmativos.

--Su esperanza--dijo--es la misma de los hombres, que siempre aguardan un buen negocio el día siguiente. Y así se les pasan los años; y como están solas, para alegrarse un poco se entregan a la morfina, a la cocaína, al opio, al éter.

Ignoraba la policía tales vicios. Como las gentes del país no gustaban de ellos, no constituían un peligro nacional. Eso era para las gringas nada más. Se vendían en la gran ciudad los venenos consoladores profusamente, y las desesperadas, sin fuerzas para volver y sin esperanza en el porvenir, entregábanse a ellos, contrayendo horrorosas enfermedades.

Las más expertas del grupo convenían en sus apreciaciones. Buenos Aires, una buena plaza de negocios para la que supiera guardar franca la salida. Una ratonera mortal para la que se quedaba dentro.

--Nosotras somos «golondrinas»--dijo Marcela--, lo mismo que esos segadores italianos que llegan todos los años en el momento de la cosecha, recogen sus jornales y se vuelven a su país. Es lo mejor.

Maltrana sonrió contemplando a esta banda de cocotas golondrinas que anualmente levantaban el vuelo desde París si las noticias de la cosecha eran buenas. Durante su permanencia en la ciudad de la esperanza, se apiadaban de las compañeras que habían quedado dentro del cerco con las alas rotas, sin fuerzas para saltar, ebrias de veneno que reavivaba falsamente las ilusiones de su primero y único viaje.