Chapter 46
Una explosión de gritos y aplausos saludó el automóvil en el que llegaba Nélida con su hermano y Ojeda. Los padres, que habían sido de los primeros en regresar al buque, aguardaban impacientes. Pero el señor Kasper cortó con una acogida cariñosa la belicosidad de su cónyuge, irritada por esta tardanza. Juntos admiraron el pajarraco rojo y verde que sostenía Nélida en una mano. Lo llevaba con frecuencia a sus mejillas, besándole el corvo pico. El afán de novedad le hacía reclamar luego un mono que ostentaba su hermano en un hombro, bestiecilla inquieta con ojos de demente y una cola doble de larga que su cuerpo. El muchacho intentaba resistirse: entre el mono y él se había establecido desde el primer momento una dulce simpatía. Pero Nélida se lo arrebató, paseando sus labios frescos por la temblona cabecita del simio.
Los esposos Kasper se conmovieron al saber que los dos animales eran regalo del doctor Ojeda. Miraron en torno para darle las gracias por sus atenciones con la niña, pero hacía rato que se había retirado a su camarote, deseando librarse cuanto antes de la sociedad de Nélida.
Habían llegado al buque en franca enemistad. Hasta el último momento habló ella de la conveniencia de fugarse. Propuso nuevos paseos por el interior de Río Janeiro, se retardó en los cafés y las tiendas, con el visible propósito de que pasase el tiempo y el trasatlántico se marchara sin ellos. Al final, Ojeda se había irritado, imponiendo autoritariamente la vuelta inmediata al _Goethe_. Y Nélida, ofendida, sólo había tenido desde entonces palabras tiernas y caricias para los dos animales. En cuanto a él, lo detestaba.
Comenzó a zarpar el vapor. Soltáronse los cabos que lo unían a tierra; la proa se apartó del muelle. Rugía la música la marcha de partida. Algunos pasajeros se mostraron inquietos recordando a los de la comitiva del desafío. Se iban a quedar en tierra. Indudablemente había ocurrido una desgracia.
Y cuando todos, con un pesimismo contagioso, daban por segura la catástrofe, se produjo un movimiento general hacia la borda que enfrentaba al muelle. ¡Ya llegaban!... Salieron de la Avenida los tres automóviles a toda velocidad, y una vez junto a la verja, saltaron de sus asientos los pasajeros, yendo a todo correr hacia el buque. En aquel momento su costado se despegaba del muelle con lentitud. Hubo que bajar otra vez la escala. Un minuto más, y habrían tenido que alcanzar al _Goethe_ en un bote en mitad de la bahía.
Maltrana subió el primero con su valija de mano, no queriendo contestar a las preguntas de los curiosos. Tenía prisa de ganar su camarote para cambiarse de ropa. La gente, al ver que volvía sólo el alemán con los padrinos y acompañantes, dio por cierta la catástrofe, con la afición que muestran las masas por los finales trágicos. El barón belga estaba herido: tal vez había muerto a aquellas horas. La noticia dio la vuelta al paseo, despertando en las señoras un coro de lamentaciones: «¡Un mozo tan cumplido! ¡Qué desgracia!...».
Los amigos del alemán, viéndolo sano y triunfador, se lo llevaban al fumadero con abrazos y palmadas en la espalda. Sonaron los taponazos del champán como prólogo de la descripción del combate. Algunos pasajeros volvían la espalda con indignación para no presenciar esta apología del homicidio. Mirando al muelle cada vez más lejano, con sus personas súbitamente empequeñecidas, fijáronse en un hombre que agitaba el sombrero y abría los brazos haciendo locos movimientos de despedida.
--¡Pero si está allí!... ¡Si es el belga, que nos dice adiós!...
La noticia hizo correr al pasaje en masa a un lado del vapor. Sí; era él: todos lo reconocían. Y a pesar de la distancia, gritaron los más, enviándole un saludo por encima del agua azul, entre el revoloteo de las gaviotas y las palmeras de una isla que parecía avanzar poco a poco enmascarando el muelle.
En el centro de la ciudad se había despedido el belga de la comitiva para quedarse en su hotel. Pero luego se arrepintió. Su deber era ir a decir adiós a los demás compañeros de viaje. ¡Quién sabe qué mentiras contarían aquellos buenos amigos al relatar el desafío! Había que hacer constar que estaba incólume como el otro...
Corrió al puerto, agitándose con desesperación al ver que se alejaba el buque sin que nadie reparase en su persona. Y cuando al fin llegó hasta sus oídos el bramido de saludo, se creyó recompensado de todos sus sinsabores y penalidades de hombre de honor. ¡Adiós, _Goethe_! ¡Adiós Nélida!... Tal vez la voz de ella se había unido a esta aclamación de despedida.
Se enfrió el entusiasmo de la gente al enterarse de que los dos adversarios estaban sanos y enteros. Los mismos que poco antes parecían indignados en nombre de la civilización y la dulzura de las costumbres, lamentando la muerte del belga, torcían ahora el gesto cual si fuesen víctimas de una broma de mal gusto. «¡Farsantes!... ¡Alarmar a personas respetables con un desafío de morondanga!...»
Sobre las ruinas de los dos adversarios, súbitamente caídos de la gloria, iba elevándose un nuevo héroe. Gómez y sus amigos, deseosos de hacer constar que ellos lo habían presenciado todo, hablaban de Maltrana, de sus palabras elocuentes, de la serenidad con que se había expuesto a la muerte, del balazo en un pie. El afán que siente todo cuentista de amplificar y abultar los sucesos, para tener en suspenso a sus oyentes, les hizo lanzarse de buena fe en las más absurdas exageraciones, ensalzando los méritos del director del combate. «¡Qué Maltrana tan corajudo!... ¡Qué tigre!»
Y mientras se formaba y consolidaba en las cubiertas rápidamente un prestigio de héroe para Isidro, éste, con toda calma, tomaba un baño y se vestía de blanco, luego de repeler aquel traje de lanilla que le había atormentado con su peso lo mismo que una armadura.
Al salir del camarote se tropezó con «el hombre fúnebre».
«¡Y yo que me lo imaginaba a estas horas en la cárcel!...--pensó--. No habiendo sido aquí, será en Buenos Aires. La policía de allá debe estar mejor informada.»
Le produjo alguna sorpresa ver que «el hombre fúnebre» iniciaba un asomo de sonrisa y de saludo. «¡Ah, bellaco!» Ahora le miraba como si quisiera hacerse amigo suyo. Era sin duda a impulsos del miedo que acababa de pasar... Y acogiendo esta muda amabilidad con desdeñosa altivez, siguió adelante, sin responder al saludo.
La gloria salió a su encuentro. Le rodearon las gentes en la cubierta, mostrando gran interés por su salud. Hasta las damas menos comunicativas le pedían noticias. Ahora sí que podía llamarlos a todos de verdad «mis queridos amigos». Sonreían algunas señoras, con el dulce reproche femenil que lamenta y celebra a un mismo tiempo las temeridades del valor, y le amenazaban cariñosamente moviendo una mano con el índice en alto. «¡Ah, calaverón!... ¡Mala persona!»
El doctor Zurita, enterado por sus hijos de lo ocurrido, se acercó a Maltrana con la irresistible simpatía que inspiran los actos de coraje a todos los de su país.
--¡Ah, gallego diablo!... Ya me lo han contado todo. Muy bien... Tome uno de hoja.
Y le dio el mejor de sus habanos como un tributo de admiración.
Todos le miraban los pies, fijándose en sus zapatos blancos de lona. Los otros los guardaría seguramente abajo como un recuerdo. Muchos querían examinarlos para apreciar los destrozos del proyectil. Las mujeres, con súbita inquietud, le obligaban a sentarse al lado de ellas.
--No haga locuras, Maltranita; tenga cuidado. Las heridas en los pies, por insignificantes que parezcan, traen a veces malos resultados.
Y algunas se lanzaban a recordar heridas sufridas por individuos de su familia, accidentes de la vida en la Pampa, con cuyo relato se iban olvidando del héroe.
--No pasee, señor; ande lo menos posible. Es un consejo de la experiencia.
Esto le dijo en francés una voz tímida y respetuosa; y al levantar los ojos, vio Maltrana al «hombre lúgubre». ¡Éste también se unía a la general admiración!... ¡Un hombre que se hallaba bajo la amenaza del presidio dejaba en olvido su propia suerte para interesarse por su salud!... ¡Qué gran cosa el valor!
El último en aproximarse fue Ojeda, cuando ya se habían disuelto los grupos de admiradores. A la mirada interrogante de Fernando, que parecía asombrado, contestó con un guiño malicioso y un leve encogimiento de hombros. No había de qué asustarse.
--Todo mentira--murmuró con voz tenue--; «pura parada», como dicen los criollos. Pero deje usted que se hinche el entusiasmo. Con esto no se hace mal a nadie... Vamos a almorzar.
El buque había salido de la bahía. Deslizábase entre islotes de tupida vegetación y escollos que emergían sus negras cabezas con greñas verdes. Las montañas de forma humana parecían alejarse tierra adentro. La ciudad se había ocultado, dejando en la memoria de todos una visión de blancas construcciones, altas palmeras, ensenadas azules bordeadas de jardines, rostros congestionados por el calor, ropas húmedas y sudorosas. La brisa del mar libre esparció su hálito vivificante por todo el buque.
Con los preparativos de salida se había retrasado el almuerzo, y esta tardanza, así como la variedad de flores sobre las mesas y los víveres adquiridos en tierra, dieron nuevo encanto a la general nutrición. Todos comían con apetito, celebrando la frescura del comedor luego de la pesadez caliginosa de la ciudad. Algunas mesas estaban libres, y los pasajeros esforzaban su memoria para recordar a los que se habían quedado en Río Janeiro. En otras se agrupaban los brasileños recién embarcados. Iban a Montevideo, y allí transbordarían a los vapores fluviales que, siguiendo el Paraná y el Paraguay, llegaban, tras veinticinco días de viaje, al corazón de su país.
Maltrana había realzado su triunfo manteniéndose en serena modestia, fingiendo no ver las miradas curiosas y admirativas. El señor Munster le hablaba ahora con respetuosa gravedad, no osando permitirse más bromas con un hombre que andaba a tiros y almorzaba luego tranquilamente sin acordarse del peligro. El doctor Rubau le contempló con melancólica conmiseración. «¡Ah, juventud, loca juventud!... ¡Tan apreciable que es la vida!» Lo afirmaba él, vestido siempre de negro, refractario al trato de las gentes, con una marcada tendencia al encierro y al llanto.
Después del almuerzo, Ojeda se encontró solo en el jardín de invierno. Su célebre amigo estaba acaparado por la atención general y no venía a sentarse a su lado cual otras veces. Pasaba de mesa en mesa; lo rodeaban los jóvenes, que acabaron por llevárselo al fumadero.
Notábanse grandes claros en la concurrencia. Las gentes no parecían las mismas de antes. Había desaparecido la inconsciencia alegre de la vida oceánica. Todos, al pisar el muelle, habían sentido que pertenecían al suelo firme, recordando de pronto las preocupaciones de su existencia anterior. La tierra recobraba sus derechos sobre ellos, y al volver al buque eran otros. Ya no vivían la vida del presente, con olvido del resto del mundo, como si la humanidad hubiera muerto, los continentes se hubiesen hundido y no quedasen sobre el planeta otras personas que este puñado de seres flotando sobre un arca de acero, sin tener que preocuparse de la comida, que encontraban siempre pronta, sin miedo a los compromisos sociales de un mundo lejano, con los apetitos en libertad y la conciencia soñolienta.
Los negocios resurgían en la memoria de todos con mayor premura, como si en este período de olvido hubiese aumentado su interés. Cada uno pensaba en la causa que le había arrastrado a este hemisferio. Los residentes en América sentían los primeros asaltos de la inquietud. ¿Qué malas noticias saldrían a recibirles? ¿Cómo iban a encontrar los negocios después de su ausencia?... Los que iban a las tierras nuevas por primera vez sufrían la angustia de la incertidumbre, la duda del que va a arrostrar una prueba decisiva. Y todos, obsesionados por sus pensamientos, se apartaban y aislaban para reflexionar mejor.
Restablecíanse las distancias sociales, que en mitad del viaje parecían haberse suprimido. Las caras ya no sonreían. Todos, con gesto de preocupación, evitaban la familiaridad. Parecían tener miedo de que las relaciones amistosas de a bordo se prolongasen en tierra. Un intento de aproximación y de confidencia se traducía como amenaza de inmediatas peticiones.
Los de menos fortuna, que hasta entonces habían gastado pródigamente, con la facilidad que proporciona el crédito, comenzaban a restringir sus necesidades extraordinarias en el comedor y en el fumadero. Se acordaban de pronto de los numerosos vales que llevaban firmados: iba a llegar el momento de ajustar cuentas con el mayordomo. Un ambiente de tristeza y desasosiego se esparcía por el buque, velando las voces y haciendo languidecer las conversaciones. Los sitios vacíos inspiraban el melancólico recuerdo de los ausentes. El salón de invierno ofrecía el aspecto de una reunión de familia después de una desgracia.
Ojeda también estaba triste. La soledad favorecía el desarrollo de sus remordimientos. Pensaba con vergüenza en sus aventuras, y a la vez, por una contradicción bizarra, pensaba también en Nélida, extrañando su ausencia. Esperaba verla aparecer de un momento a otro en la ventana inmediata, lo mismo que en las tardes anteriores. Se habían separado con enojo al llegar al buque; pero estos enfados eran siempre en ella de corta duración, y horas después se aproximaba, anunciando con maliciosos guiños su propósito de bajar al camarote... Pero hoy transcurría el tiempo sin que Nélida apareciese.
Cansado de este abandono, salió Fernando a la cubierta, y al dirigirse hacia el lado de proa, lo primero que vio en «el rincón de los besos» fue a Nélida tendida en una silla larga, con los ojos entornados, dejando al descubierto una buena parte de sus piernas, cubriéndose la cara con una mano como si quisiera ocultar su rubor, mientras a través de los dedos brillaban sus ojos de malicia. Y sentado junto a ella estaba Maltrana, el heroico Maltrana, expresándose con vehementes gesticulaciones, echando el busto hacia adelante, cual si la muchacha tirase de él con magnética fuerza.
Al ver a su amigo, mostró Isidro cierta turbación, se cortó su verbosidad, lo mismo que si acabara de sorprenderle en algo vergonzoso. Ella, por el contrario, miró a Ojeda con expresión de reto, añadiendo en voz fuerte:
--Continúe usted, Isidro. Eso que dice es muy lindo, muy interesante.
Y acompañó sus palabras con un gesto exagerado de voluptuosidad y abandono, indicando el gran placer que le causaban las palabras del héroe.
Fernando siguió adelante, con más asombro que despecho por esta revelación... ¡Maltrana también! Había bastado que las gentes lo celebraran por una hora, para que aquella muchacha fuese en su busca a impulsos del insaciable y veleidoso deseo. El discurso de la fiesta y la aventura del tiro hacían de él un hombre interesante, un héroe apetecible, y allí estaba Nélida junto a él, con los ojos húmedos, una sonrisa de adoración y la lengua paseándose ávida sobre el rosa de los labios. Isidro iba a ser el heredero de todos.
Para evitarse las miradas de ella y su sonrisa vengativa, no quiso pasar otra vez por este rincón de la cubierta. Abajo, en la explanada de proa, sonaba una música pastoril, y por los intersticios del toldaje veíanse saltar las cabezas de varias personas con el ritmo de la danza.
Le había hablado Isidro algunas veces de los bailes de los árabes instalados en esta parte del buque, y no sabiendo adónde ir, quiso presenciarlos, bajando a la explanada. Aglomerábase la muchedumbre, dejando un reducido espacio a los danzarines. La llegada a América después del aislamiento en medio del mar había difundido una gran alegría en el rebaño ansioso de esperanza. Se aproximaban al término del viaje. ¡Buenos Aires!... Ya estaban casi tocándola. Cuatro ranchos y cuatro sueños los separaban nada más de la ciudad-ilusión. Iban a llegar más pronto de lo que deseaban: cuando ya se habían familiarizado con la vida del Océano y su prisa era menos apremiante.
Un sirio, erguido sobre un rollo de cables, tañía una triple flauta fabricada con cañas, y al son del gangueo bucólico movíanse sus compatriotas. Eran hombres morenos, de luengos bigotes: corpulentos unos, hinchados de grasa, con la obesidad amarillenta y blanducha de los orientales; enjutos otros, angulosos, alargados y sueltos de miembros, lo mismo que los caballos de carrera. En recuerdo de la patria lejana, habíanse ceñido pañuelos a guisa de turbantes alrededor de sus purpúreos gorros, y otros más vistosos como fajas en torno a los riñones. Danzaban puestos en fila, con grandes contoneos de caderas y vientres. Sus hembras manteníanse aparte, como hijas de un pueblo en el que la mujer vive aislada, sin participación en los regocijos públicos.
A la cabeza de la fila, dirigiendo las evoluciones de la danza y acompañándola con patadas y gritos, destacábase un joven altísimo y enjuto de carnes, con nariz aguileña, fino bigote y ojos ardientes. Se cubría con un caftán sucio y magnífico de seda roja bordada de oro. Estos bordados habían tomado con los años un empañamiento verdoso. La seda, deshilachada en los sitios de mayor roce, dejaba escapar las vedijas de algodón de su acolchado. Pero a pesar de esta ruina y de los pantalones y botines de obrero europeo que dejaba ver por debajo de la vestidura oriental, el árabe de Siria ofrecía un hermoso aspecto.
Ojeda lo reconoció: era el Emir. Varias veces, al hablarle Isidro de las danzas de los árabes, había mencionado a este joven, alabando su postura de caballero del desierto, que hacía recordar a los héroes de las Orientales cantados por el romanticismo.
El imaginativo Maltrana no había vacilado en darle un nombre y una dignidad. Era, según él, un emir en desgracia. Como lo incluía en el número de sus «queridos amigos», estaba bien enterado de que marchaba por segunda vez a Buenos Aires, donde ejercía pequeñas industrias. Pero esta vulgar realidad desechábala Isidro, por no estar de acuerdo con los deseos de su imaginación, y el joven árabe era un emir, según él, y todos sus compañeros, con mujeres e hijos, fieles súbditos que seguían a su príncipe en el destierro.
A la cabeza de la fila formada por sus vasallos, el Emir balanceábase sobre las caderas, levantaba un pie y lanzaba relinchos bajo la mirada protectora de la _señá_ Eufrasia, que, subida en un caramanchel, presidía la fiesta con toda la majestad de su busto corpulento. Al reparar la buena mujer en Ojeda, se atrevió a sonreírle. Sabía que era español por haberle visto algunas veces con don Isidro.
--¿Ha visto usted, señor, qué moritos graciosos? Y ahí donde usted los ve, con esas caras tan feotas, son unos infelices: más buenos que el pan. Los mejores de todos.
Su marido, el hombre del sombrerón y la faja abultada, se aproximó al escuchar estas palabras. Se adivinaba qué iba a decir, como de costumbre, ansioso de fingida autoridad: «Calla, Ufrasia, y no molestes a este caballero. Las mujeres no sabís na de na». Pero no pudo decirlo.
El flautista lanzó unas notas en falso y calló después, como si se le hubiese atrancado algo en la garganta. Los bailarines quedaron inmóviles, agarrados del talle, una pierna en alto, mirando hacia el castillo central con ojos súbitamente congestionados.
Fernando miró también, influenciado por este silencio, y vio a Maltrana que acababa de descender por una escalerilla de hierro. En mitad de la escalera estaba Nélida mirando a la muchedumbre extendida a sus pies, orgullosa de la emoción que despertaba su presencia. La falda corta y estrecha se había subido impúdicamente con el movimiento de descenso, dejando a la vista una pantorrilla larga, de curva armoniosa, enfundada en una media de seda gris con rayas caladas. En la parte más alta, entre la media y el pantalón, mostrábase un pedazo circular de carne desnuda, blanca y ligeramente sonrosada como el nácar húmedo.
Adivinó ella la causa de esta turbación colectiva, de este silencio repentino, pero quiso prolongar la situación con una coquetería cruel, sonriendo ante el popular homenaje. A Ojeda le pareció oír mentalmente un alarido general, un relincho inmenso que subía hasta el cielo; y no lo lanzaban las bocas, repentinamente secas: partía de los ojos extraviados, de las ropas estremecidas, de las narices palpitantes. La miraban lo mismo que los pueblos primitivos debieron mirar la primera revelación celeste.
Maltrana, al pie de la escalera, torció el gesto e hizo señas, con el enfado de un propietario futuro que ve prodigado sus bienes. Ella, al fin, quiso fijarse en sus extremidades, y sin emoción alguna arregló el desorden de la falda, borrándose la divina aparición como la luna entre nubes.
Sólo entonces volvió la flauta a lanzar sus pastoriles gorjeos y los danzarines reanudaron sus evoluciones. Por toda la explanada circuló inmediatamente una noticia, con la prontitud colectiva de las muchedumbres para inventar y aceptar embustes. Era don Isidro con su novia: una novia millonaria. Se iban a casar apenas llegasen a Buenos Aires.
La _señá_ Eufrasia se aproximó a ellos con gesto admirativo: «¡Ah, don Isidro! ¡Y qué bien ha sabido usted escoger! Los hombres de talento tienen magnífico ojo para estas cosas. ¡Que sea para bien! ¡Que dure muchos años!...». Y las otras mujeres, árabes, italianas, españolas, se agrupaban en torno de Nélida, admirando su hermosura, sorbiendo el aire cual si quisieran apropiarse algo de su perfume, empujándose para sentir el roce de sus miembros, conmovidas aún, a pesar de la identidad de sexos, por lo que habían visto aparecer en mitad de la escalera. Sentían cierto orgullo al estar próximas a una de aquellas señoritas que sólo habían visto de lejos, asomadas a los balconajes del castillo central.
La gente joven que Maltrana había encontrado algunas veces junto a la verja que cerraba el paso a los camarotes, espiando las idas y venidas de camareras y criadas, manteníase a cierta distancia, contemplando a Nélida con una admiración casi homicida. La devoraban todos con los ojos. Parecía que de un momento a otro iban a caer sobre ella, despedazándola.
Odiaban de pronto a don Isidro, admirándolo más que antes. Nunca les había parecido tan grandioso. ¡Ah, los ricos! Tenían la plata, tenían las comodidades, y además se llevaban las mejores mozas. A impulsos de la envidia hacían comparaciones, pasando su mirada de la fresca Nélida a las pobres hembras despechugadas, sucias y curtidas por el sol. Una porquería todas ellas. ¡Ah, miseria!...
El Emir se había despegado de sus compañeros para ejecutar un solo de danza. Acompañado por la flauta y agitando entre ambas manos un pañuelo rojo, bailó frente a Nélida, como si la dedicase todos sus gestos y contorsiones. Movía las caderas con femenil vaivén, lo mismo que las almeas, provocando grandes risas por sus estremecimientos lascivos. Las nobles facciones del príncipe del desierto caído en la desgracia se borraban bajo el temblor de unos gestos simiescos. Sus negras pupilas parecían arder con un fuego azulado, mientras las córneas se estriaban de sangre. Miró a Nélida con una fijeza desconcertante; pero ella, en vez de mostrar turbación, avanzaba el rostro y abría la fresca boca riendo con todo el esplendor de sus dientes, como si se burlase de las angustias del pobre Emir. Pero su imparcialidad de muchacha experta en la apreciación y descubrimiento de los méritos varoniles, por ocultos que estuviesen, hizo justicia al árabe.
--¡Qué lindo!--dijo volviéndose a Maltrana, mientras el otro seguía bailando--. ¡Qué hermoso pedazo de hombre!... Lástima que esté aquí.
Ojeda, que permanecía cerca de ellos, pensó que era una suerte para su amigo que los reglamentos del buque no permitiesen al Emir dar un paso fuera de la proa. De poder abandonar a la masa emigrante para ocultarse en los recovecos del castillo central, el infortunio de Maltrana era seguro.