Los argonautas

Chapter 45

Chapter 453,868 wordsPublic domain

Hundíase la cascada en una pequeña laguna, corriendo después, espumosa y susurrante, por los pendientes canalizos entre las peñas. La vegetación enmarañada y las rocas sueltas sólo dejaban descubierto y accesible un reducido espacio de suelo desigual.

Maltrana pensó en las dificultades que ofrecía este terreno para el combate, pero le sedujo su belleza y no quiso ir más lejos. ¿Dónde encontrar decoración más interesante para una muerte posible? Había que elevar la voz, pues el choque de las aguas dominaba todos los otros ruidos. Era a modo de los trémolos orquestales que dan en el teatro un realce conmovedor a palabras y gestos. Isidro se sintió más grande en este ambiente húmedo y sonoro. El bosque inmóvil parecía contemplarlo con sus mil ojos verdes, entre asombrado y curioso.

Comenzó a dar órdenes a los otros padrinos, que lo seguían como los neófitos siguen al gran sacerdote de un culto nuevo. «¡Que se retirasen los automóviles un poco más allá de la cascada! No convenía que los conductores presenciasen el acto.»

Y Maltrana fue obedecido. Los chóferes hicieron retroceder sus carruajes; pero luego, con las manos a la espalda, fingiendo distracción, volvieron socarronamente al mismo sitio, ganosos de saber en qué iba a parar este misterio.

Con el mismo éxito se libró de otro testigo importuno: un chicuelo obscuro de color, desnudo de piernas y con gran sombrero de paja, que al ver llegar la comitiva se apresuró a salir de un toldo de cañas, limpiando un vaso en un arroyo y ofreciéndolo después lleno de agua hasta los bordes.

Era el espíritu guardador de la cascada. Bajo su sombrajo, sobre una mesita, tenía varios botes de cristal con azucarillos y otros dulces, ennegrecidos y acartonados por el tiempo. Pasaba las horas en absoluta soledad, contemplando el revoloteo de los pájaros de colores en las frondosidades inmediatas, extrayendo melodías del monótono canturreo de las aguas, hablando tal vez con el pensamiento a las náyades de la Cascatinha, que le mostraban en su gracioso rebullir sus grupas de blanca espuma y aterciopelado iris.

--Toma, «menino», y márchate de aquí.

Maltrana hizo que uno de los testigos le diera unas monedas para que se fuese, y además le llamó «menino»--lo único que sabía de portugués--, con lo cual creyó halagarlo.

Pero el «menino» se guardó los cuartos, y en vez de marcharse se pegó a él, como si adivinase la importancia de su persona. Y ya no pudo moverse sin encontrar ante su paso al mulatillo con el sombrero echado atrás, elevando sus ojos hasta los de él, bebiendo con la mirada sus palabras y sus gestos, como si estuviese en presencia de un prestidigitador y no quisiera perder detalle.

Se resignó Isidro a estas desobediencias, vulgares tropiezos de la realidad... Pero había que proceder con rapidez. ¡Adelante!

Midió a grandes zancadas un espacio de veinte metros, que era el convenido en un papel que llevaba en la mano. Un poco mayor resultaba la distancia marcada por sus pasos. Pero era él quien había propuesto los veinte metros, y con el mismo derecho podía medir treinta o cuarenta si le daba la gana... Un detalle sin importancia. ¡Adelante también!

Después de fijar con una rama el sitio de cada adversario, se hizo atrás, contemplando el terreno como un artista que abarca su obra en conjunto. Resultaba algo desigual. Uno de los dos iba a quedar muy en alto, con el vientre casi al nivel de la cabeza de su contrincante. Pero había de conformarse con los defectos del terreno: las circunstancias no permitían gran minuciosidad en los preparativos. Un detalle igualmente baladí. ¡Adelante otra vez!

Sólo entonces volvió la cabeza, fijándose en sus compañeros. A un lado estaban los padrinos, que seguían sus operaciones con respetuoso silencio, no osando aportar a ellas su ignorancia perturbadora. Más allá, con discreta separación, los dos enemigos, que se volvían la espalda, muy ocupados en seguir la caída de las aguas o el revoloteo de los pájaros sobre las copas de los árboles.

El amigo Gómez, con su curiosidad ávida de trágicos sucesos, le había seguido en estos preparativos. Tras de él iba el mulatillo, abriendo los ojos cada vez con mayor asombro al no comprender nada de tales brujerías. Los dos jóvenes argentinos agregados a la expedición se habían subido a la cumbre de una roca, y allí estaban sentados con las piernas colgantes. Abajo podían verlo todo igualmente, pero ellos se consideraban simples espectadores, y habían querido ocupar un lugar de preferencia, un palco, en vez de permanecer mezclados con los artistas.

Sorteó Maltrana, echando una moneda en alto, el lugar de cada uno de los combatientes. Luego los acompañó a sus respectivos sitios con una gravedad fúnebre. Él los apreciaba mucho, «¡mis queridos amigos!» pero en lances tales desaparece el afecto, y sólo habla el deber, el terrible deber.

Al tener a cada uno en su puesto, lo palpaba minuciosamente, extrayendo de sus ropas la cartera, el monedero, las llaves, los papeles, todo lo que pudiera ser un obstáculo para la bala mortal. A continuación le abrochaba la chaqueta, le subía el cuello, para que el blanco de la camisa no sirviese de punto de mira, los manoseaba a los dos cariñosamente, lo mismo que una madre manosea a sus niños antes de enviarlos al paseo. Pero su bondad no iba más allá del tacto. En cambio, ¡la mirada autoritaria y cruel!... ¡la voz, que parecía un esquilón fúnebre al formular sus pavorosas recomendaciones!...

El implacable director iba a poner las armas en sus manos dentro de breves momentos, pero antes dictó a uno y a otro los detalles del combate, para que no surgiesen errores. Cuando los dos estuvieran listos, él daría la voz de «¡Fuego!», añadiendo: «¡Uno... dos... tres!». En el espacio comprendido entre estos tres números debían disparar. El que hiciese fuego antes o después, «quedaría descalificado... sería un felón, un miserable... y el menosprecio de todo el mundo que tiene honor caería sobre él, persiguiéndolo durante toda su existencia.

¡Terrible Maltrana! Revolvía los ojos con una expresión anonadadora al hablar de felonías y traiciones, como si dispusiera de horrorosos castigos para los culpables. Su voz adoptaba un tono pavoroso, y los dos contendientes ya no pensaron desde este momento en fijar bien su puntería ni en la posibilidad de ser heridos. Su única preocupación fue no incurrir en el enojo de aquel hombre que podía marcarlos con un estigma eterno ante el mundo del honor; seguir sus lecciones cual discípulos obedientes; disparar--fuese la bala adonde fuese--dentro del término marcado. «Fuego: uno, dos, tres.

Luego de esto se decidió Maltrana a abrir la maletilla de mano que encerraba su arsenal. Extrajo de ella dos revólveres iguales recogidos en el buque, y con pausada solemnidad los abrió, para que todos los padrinos examinasen su interior. El amigo Gómez, como experto en armas, presenciaba la ceremonia.

--¡No hay más que una cápsula!--exclamó escandalizado, cual si acabase de descubrir una irregularidad.

Maltrana le miró severamente. Joven: las condiciones del combate habían sido establecidas de antemano por las personas serias allá presentes. Se cambiarían dos balas nada más.

--Pero en cada revólver no hay más que una--protestó el señorito mestizo.

--Joven--volvió a decir Maltrana con una condescendencia protectora--: cambiar dos balas significa que cada combatiente sólo dispara una.

Y como sospechase cierto conato de gesto burlón en la faz cobriza y los ojos estrechos de Gómez, añadió:

--No se necesita más para matar a un hombre. Todos los que yo he visto morir tuvieron bastante con una bala. No lo olvide usted, joven.

El joven se calló, arrepentido de su audacia, sintiendo respeto por aquel hombre extraordinario que había presenciado tantos combates y muertes.

Para borrar el mal efecto de sus objeciones, se prestó a ser portador de la valija de las armas hasta el lugar que ocupaban los adversarios. Los tres padrinos, dando por finalizado su trabajo preparatorio, que no podía ser más pasivo, se hicieron atrás instintivamente algunos pasos. Iba a hablar la pólvora.

Maltrana, extrayendo un revólver de su encierro, montaba la llave y lo puso en la mano del barón, alejándose luego hacia el otro combatiente. Gómez dio un consejo rápido al belga, que quedaba en guardia con el arma en alto.

--Compañero, apunte a los pies. Yo conozco los revólveres; siempre envían la bala por arriba. Créame: a los pies... siempre a los pies, y hará carne seguramente.

Luego, en el lado opuesto, dio el mismo consejo con voz queda y ojos relucientes de entusiasmo. «A los pies, compañero. Tírele a los pies, y le mete la bala en la barriga. Yo sé algo de esto...» Los dos le agradecieron su bondadosa indicación con un leve saludo. Pero tenían aspecto de preocupados; pensaban en otras cosas; aguzaban el oído para no sufrir las consecuencias de un retraso fatal: repetían mentalmente lo mismo: «Uno, dos, tres...».

Fue a colocarse Maltrana al margen de la línea de fuego, entre los dos combatientes algo más cerca del alemán, que era el que ocupaba el lugar alto. Sospechó un instante que estaba demasiado cerca y podía alcanzarle una bala en su desvío. Pero él era el director, todo lo había organizado y todos le debían obediencia. Las armas estaban cargadas por él, y no era aceptable ni correcto que un proyectil se permitiese la insolencia de ir en su busca.

Gómez dudó también por un instante si se retiraría, pero al ver inmóvil al maestro se pegó a él. Donde estaba un hombre, bien podía estar otro. Además, creyó perder algo de este espectáculo nuevo, del que esperaba grandes emociones, si retrocedía algunos pasos.

Se dispuso Maltrana a dar principio al duelo, pero antes, como un actor que prepara la frase decisiva y mira al público, volvió los ojos en torno de él. Momento de emoción. Los otros padrinos se habían ido más lejos aún; los tres chóferes, enterados al fin del objeto de la correría, se agrupaban al pie de un peñasco, avanzando las morenas cabezas, abriendo los ojos ávidamente, pero sin que éstos reflejasen emoción alguna. Los dos argentinos seguían en lo alto de la roca, con las piernas colgantes, silenciosos y atentos como espectadores que ven levantarse el telón. El chicuelo de la cascada había huido al ver los revólveres, con un trote de perro inquieto, refugiándose bajo el telón. Desde allí, cual si temiese por la integridad de aquellos bocales de dulces, que eran la fortuna de la familia, abarcándolos en sus brazos, avanzaba la jeta, mirándolo todo con ojos de antílope asustado.

Pareció reflejar el paisaje la emoción general. No graznaban los loros en las inmediatas espesuras; los monos habían cesado de saltar entre las ramas; pasó mucho tiempo sin que sonase la caída de una hoja o de una corteza de árbol. Hasta la cascada parecía cantar con sordina, cual si estuviesen balbucientes y asustadas las blancas divinidades ocultas en sus linfas.

Se acordó Maltrana repentinamente de que era el primer orador a bordo del _Goethe_, y consideró oportuno hacer intervenir su elocuencia. Nunca encontraría mejor escenario para colocar un discurso. Y el primero en conmoverse con lo patético de sus palabras y el temblor de su voz, fue él mismo. Recordó la estrecha amistad que había unido a los dos adversarios, su viaje «arrostrando los peligros del mar». Un momento de olvido o de error había provocado un incidente lamentable; pero los buenos caballeros, cuando llegan adonde ellos habían llegado, sin miedo y sin reproche, podían darse todavía una explicación leal, evitando el lance.

Un padrino aprobaba; otro torcía el gesto, poseído de súbita belicosidad. No habían ido hasta allí para oír sermones. Que disparasen pronto las armas, y a escapar, antes de que pudieran sorprenderles. Los dos argentinos se miraban en lo alto del peñasco.

--¡Pucha! ¡y qué bien habla el gallego!

El amigo Gómez murmuró, como si empezase a perder la fe en el maestro:

--¡Cuánta ceremonia para matarse dos hombres!... ¡Qué macana!...

Isidro estaba conmovido realmente, con una emoción algo parecida al miedo. Estos desafíos arreglados a la ligera, por salir del paso, resultaban muchas veces los más trágicos. Un pavoroso presentimiento le avisaba que los proyectiles no iban a perderse. A alguien iban a tocar.

Y como los adversarios permanecieran callados y era visible la impaciencia de los demás, Maltrana dio por fracasada su elocuencia. «Sea lo que el destino quiera...» Se quitó el sombrero con solemnidad teatral; inclinó la cabeza como si por delante de él pasase la fatalidad.

--Saludo a dos caballeros que van a morir.

Dijo esto con verdadera emoción, cual si la muerte de ambos fuese para él un suceso inevitable; y afirmando la garganta con largo carraspeo, lanzó los gritos de mando.

--¿Listos?... ¡Fuego! Uno... do...

No pudo terminar. Sonaron casi al mismo tiempo dos ruidos semejantes al golpe de unas tabletas, dos chasquidos de tralla con dos nubecillas de humo.

Ambos contendientes seguían en pie; se miraban como extrañados de que no hubiese ocurrido nada. De pronto, el barón echó a correr hacia su enemigo, éste avanzó a su encuentro, y chocaron ambos sus pechos, mientras los brazos se cruzaban espontáneamente en un estrujón amoroso.

Los argentinos se removieron en su altura con voces de extrañeza y protesta. ¿Ya no disparaban más? ¿Y aquello era todo?... Les habían robado el dinero.

--¡Tongo... tongo!--gritaron al mismo tiempo.

Uno de ellos, cogiendo un pedazo de roca suelta, quiso arrojarla a guisa de felicitación sobre los adversarios reconciliados. El otro fue a imitarle; pero ambos se detuvieron, sorprendidos, deslizándose luego peñón abajo... Había un herido. Maltrana se encorvaba con un pie entre ambas manos. Gómez pretendía sostenerlo; los padrinos corrían hacia él.

A continuación de los disparos había sentido un choque en el pie derecho, un choque violentísimo, mucho más doloroso que un pisotón, y que agitó con estremecimientos de suplicio toda la sensibilidad de esta parte de su cuerpo. Estaba herido, y su inquietud fue en aumento al mirarse el pie y no ver en él señal alguna de perforación ni goteo de sangre.

Gómez mostrábase indignado por la torpeza de uno de los dos tiradores.

--¡Hijo de una gran pulga!... ¡Si me llega a dar a mí!

Le brillaban los ojos de un modo alarmante sólo al pensar que aquella bala perdida hubiese podido tocarle. Llevábase instintivamente una mano a su cintura. El amigo Gómez había asistido al desafío llevando su revólver, por lo que pudiese ocurrir.

Todos rodearon a Isidro, manoseándolo, buscando en vano la herida que le arrancaba hondos suspiros. Ni rastro del proyectil. Sólo una leve depresión del cuero del zapato sobre el mismo lugar entumecido por el dolor.

Buscaba Gómez, mientras tanto, con la cabeza baja examinando el suelo. Su instinto de hombre de campo, habituado a estudiar los más pequeños accidentes de la inmensa llanura argentina, su trato con los maravillosos «rastreadores», adivinos de la Pampa, le hizo encontrar la explicación de este misterio. Señaló a algunos pasos un diminuto orificio abierto en el suelo. Allí estaba enterrada la bala. Mostró después un guijarro partido recientemente, a juzgar por la blancura interior de sus fragmentos. Éste era el causante de todo. El proyectil, antes de hundirse en la tierra, había chocado con una piedra junto a los pies de Maltrana, y los fragmentos de ésta eran los que le habían golpeado.

Isidro, al enterarse de que no estaba herido, sintió menos dolor. «No es nada, señores. Muchas gracias.»

El amigo Gómez, desencantado por el final pacífico del acto, y furioso al mismo tiempo por la posibilidad de que una bala le hubiese alcanzado a él estando junto al maestro, murmuraba tenazmente:

--¡Pucha!... ¡qué desgraciados son estos gringos! ¡Qué mal tiran!

Y sus dos compatriotas, a pesar de la distracción que les había producido el incidente de Maltrana, continuaron gritando con expresión burlona: «¡Tongo... tongo!».

Sintióse molestado Isidro por las murmuraciones de estos «queridos amigos» que habían asistido al encuentro por benevolencia suya. Ignoraba lo que pudiese significar la palabra _tongo_; pero por si equivalía a farsa o engaño, se apresuró a decir con toda su autoridad:

--Esto ha sido un hermoso encuentro, ¿oyen ustedes, jóvenes?... Lo digo yo, que he presenciado muchos actos de igual clase... Y como nada queda por hacer, vámonos a tomar algo.

Los adversarios, con la alegría de su reconciliación, apenas se habían fijado en los demás. Se estrechaban las manos, se sonreían como amantes.

Todos experimentaron el regocijo de vivir que se siente después de un peligro; todos sufrieron de pronto el hambre que llega irremisiblemente a la zaga de la emoción.

Roncaron de nuevo los motores de los automóviles, el niño de la cascada abandonó su refugio con la esperanza ilusoria de que se fijasen en él y le diesen algo por despedida, y otra vez se vieron Maltrana y su séquito pasando a gran velocidad entre las frondosidades de Tijuca. Pero ahora no iban silenciosos y preocupados; el sol era más vivo, los árboles más verdes. Reparaban todos en la hermosura de los pájaros, que hacían vibrar en el aire sus plumajes de colores. La velocidad de los vehículos dejaba detrás de su estela de polvo y humo un temblor de árboles conmovidos, de hojas que caían, de ramas que se entrechocaban, con gritos y saltos de los inquietos simios refugiados en sus copas.

Al llegar a Boa Vista hicieron alto frente a una tienda de comestibles que era al mismo tiempo taberna y café: el único establecimiento que encontraron abierto.

Su entrada fue en tropel, lo mismo que una invasión famélica. Los preparativos del duelo les habían obligado a salir del buque sin almorzar. El dueño de la tienda, un español cachazudo, no sabía cómo atender tantas y tan diversas peticiones. Querían comer; indicaban platos a su gusto, y el tendero contestaba a todos afirmativamente, pero aplazando el cumplimiento de sus promesas por una o dos horas, el tiempo necesario para ir y volver a Río Janeiro.

Se abalanzaron entonces a los comestibles que estaban a la vista: pastelillos y dulces de diversas épocas, artísticamente moteados con deyecciones de moscas a pesar de su encierro entre cristales. El dueño, detrás del mostrador, atendía al remedio de esta hambre general abriendo latas de sardinas y cortando lonchas de salchichón blanducho. Todo pasaba en extravagante mezcla por los ávidos esófagos: el salchichón revuelto con soda, los pasteles bañados en aceite de sardinas. Y cuando su famélica nerviosidad empezó a calmarse, rompieron a hablar del desafío como de un suceso remoto, de un hecho histórico envuelto en las maravillosas nieblas de la lejanía, que todo lo agiganta. Los burlones que habían gritado «¡tongo!» modificaban su opinión al verse lejos del lugar del combate. Una bala podía haber tumbado a cualquiera de los dos adversarios con la misma facilidad que casi había dejado cojo a Maltrana. Y ahora que sentían en el estómago una grata pesadumbre, les pareció el asunto muy digno de respeto.

También Gómez empezaba a sentir cierto orgullo por haber presenciado el duelo. Un espectáculo interesante que podría relatar a sus amistades. Y poseído de súbita consideración por los combatientes, quería deslumbrar al alemán con el relato de las batallas políticas allá en su provincia, tenaces encuentros revólver en mano, sin otros testigos que los peones, que disparaban también; desafíos gauchescos, jamás terminados sin sangre.

El belga había acaparado a Maltrana en un rincón. Iban a separarse en Río Janeiro, pero él no podía quedar así, con buenas palabras nada más, sin un documento que atestiguase su conducta caballeresca. Necesitaba el acta del encuentro, para unirla a muchas otras en el archivo de su honor.

Otra vez el español de la tienda se vio apremiado por los llamamientos de aquellos señores, que pedían toda clase de artículos de escritorio, como si estuviesen en una oficina. Sólo pudo ofrecerles una ampolleta de tinta clarucha y una pluma roma. En cuanto a papel, Isidro, que deseaba hojas de pergamino con cantos dorados para este documento destinado a larga vida, tuvo que contentarse con un bloque de hojas comerciales llevando en un ángulo el membrete del establecimiento: «_Frutos López. Productos do paiz e estrangeiros._» Pero el honor ennoblece cuanto toca, y él se aplicó a redactar un documento, con pasajes de emoción dramática, ayudado por el barón, que le socorría en sus dudas sobre la sintaxis francesa. Porque el acta era en francés, para mayor solemnidad; el belga no la tenía por aceptable en otro idioma.

Empezó a impacientarse el resto de la comitiva por este trabajo laborioso. Nada quedaba en la tienda digno de ser devorado. Gómez y sus compatriotas se entretenían saltando los bancos de la plaza. Los padrinos pensaban con nostalgia en el comedor del buque. Eran las once en el reloj de la tienda, y el _Goethe_ zarpaba a las doce. Tenían miedo de quedarse en tierra por culpa del tal documento, y por esto suspiraron de satisfacción al poner la firma apresuradamente, corriendo luego a los automóviles.

Cerca de mediodía lanzó el trasatlántico un rugido de aviso. Fueron acudiendo a esta primera llamada los pasajeros que estaban en los cafés de la Avenida, aburridos de la espera y del calor, sin saber qué hacer en la ciudad, deseando verse cuanto antes en pleno Océano bajo la brisa del mar libre.

Volvían a sus camarotes para recobrar las frescas ropas de viaje, despojándose de los vestidos trasudados. Paseaban por las cubiertas con la misma satisfacción del que paladea el regalo de la casa propia después de un viaje penoso. Entraban en el buque con una emoción de gratitud, lo mismo que si volviesen al pueblo natal. Experimentaban el bienestar del propietario que recobra las comodidades de su vivienda al volver a encontrar colgados y en orden todos los objetos de uso personal que les recordaban una vida oceánica de diez días, equivalente a diez años.

Rugió por segunda vez la chimenea y se acodaron todos en las barandas para presenciar la llegada de los otros compañeros. Desembocaban los automóviles en el muelle a toda velocidad, viniendo a detenerse frente al buque, al otro lado de la verja. Junto con los pasajeros subían al trasatlántico grandes ramos de flores, cestos de frutas tropicales, monos y loros que saltaban sobre los hombros de sus nuevos dueños pugnando por libertarse de las ataduras que los retenían.

Sonó el tercer rugido y se miraron los pasajeros, consultándose para saber cuántos permanecían en tierra. Faltaban muy pocos.

La gente se agolpó en las bordas, saludando con gritos y aplausos irónicos a los que llegaban retrasados. En la proa y la popa formaban los emigrantes dos masas obscuras, sobre las cuales se agitaban los pequeños redondeles blancos de las cabezas. Miraban de lejos aquella ciudad a la que no habían podido descender, como miran los presos en conducción paisajes y estaciones por las aberturas de un vehículo celular. Lo único que conocían de esta tierra eran las frutas que unos vendedores negros les arrojaban desde el muelle.

Muchos de aquéllos, fatigados de admirar palmeras y caseríos blancos, acababan por volver las espaldas, refugiándose en los sitios más frescos y sombreados. Únicamente sentían verdadero interés por el país de su destino, la tierra de la esperanza, donde les aguardaba, según sus informes, la fortuna impaciente. Ellos iban a Buenos Aires.