Chapter 41
--Pero no hablemos de esto, mi hombre. Di que no me guardas rencor por lo de mi hermano... Repite que me quieres como siempre.
Rencor no podía sentirlo Ojeda; era incompatible con el agradecimiento que le inspiraba esta mujer después del regalo de su belleza hecho liberalmente. Pero en la hora que todavía pasó allí, le fue imposible desechar el mal recuerdo del escondrijo y la torturante posición que había sufrido en él... No volvería al camarote de Nélida. Sentíase sin fuerzas para arrostrar una nueva sorpresa, desafiando el ridículo, considerado por él como el más temible de los peligros.
Ella asintió. Se verían en el camarote de Fernando; lo había pensado aquella misma tarde, pero esperaba la proposición. Tenía deseos de visitarlo. Era indudablemente mejor que el suyo: un camarote en la cubierta de lujo y con ventana grande en vez de tragaluz redondo de los de abajo.
--Convenido: esta noche iré, después de las doce. Deja abierta la puerta.
Esta vez Ojeda dio a entender claramente su contrariedad. Aquella muchacha no aguardaba invitaciones: se convidaba a sí misma, sin consultar el humor y los recursos del dueño de la casa. Nélida le miró con ojos suplicantes. «¿No quieres que vaya?...» Si era por miedo a que la sorprendiesen, no debía tener cuidado. Sabría deslizarse sin que nadie la viese. Podía caminar de noche por todo el buque lo mismo que un fantasma, sin huella ni ruido.
Fernando no se atrevió a sacarla de su error. Sentía además cierto orgullo en arrostrar de nuevo el sacrificio tantas veces repetido. «Ven; te esperaré.» Y después de esto procedieron a la minuciosa empresa de abandonar el camarote sin que los enemigos pudiesen sorprender su salida.
Ella fue la primera en avanzar por el pasadizo, explorando sus ángulos y recovecos. Luego silbó suavemente, como un ojeador que indica el sendero, y Fernando abandonó el camarote apresuradamente, seguido en su fuga por los besos que le enviaba Nélida con las puntas de los dedos.
Más que el miedo a ser sorprendido, le había molestado lo ridículo de esta situación. ¡Qué cosas llegaba a hacer un hombre serio influenciado por aquella vida de a bordo, que retrogradaba las gentes a la niñez!... El miedo al ridículo despertó su conciencia por una acción refleja, haciéndole ver la imagen de Teri que le contemplaba con ojos crueles y un rictus desesperado...
Pero no había que pensar en esto. Ya purificaría su alma cuando estuviese en tierra. Por el momento, su abyección resultaba irremediable, y cada vez iría en aumento mientras no abandonase este ambiente. Era esclavo del «gran tentador» de que hablaba Isidro. Sólo le faltaba arrastrarse como los impuros de las leyendas convertidos en bestias.
Durante la comida, el astuto Maltrana, que parecía adivinar sus pensamientos más recónditos, le abrumó con muestras de interés formuladas inocentemente.
--Tiene usted mala cara, Fernando. ¡Ni que hubiese visto ánimas durante la siesta!... ¡Qué color! ¡qué ojeras!... Coma mucho; la navegación es larga, y usted necesita tomar fuerzas.
Pero al ver que Ojeda se molestaba por estas amabilidades, adivinando su malicia, abandonó todo disimulo, añadiendo con admiración:
--Compañero: le envidio y le tengo lástima. Es usted un valiente, ¡pero lo que se ha echado encima!... Antes del término del viaje deseará llegar a tierra, lo mismo que un náufrago que se ahoga.
La comida de esta noche era con banderas y guirnaldas. En el fondo del comedor brillaban unos transparentes iluminados con dos inscripciones en francés y alemán: _Au revoir! Auf Wiedersehen!_ Era el banquete de adiós a los viajeros: una comida igual a todas, pero con un discurso del comandante y otro del «doktor», que en nombre de los alemanes y extranjeros agradeció, con lenta fraseología semejante a un crujido de maderas, las grandes bondades que aquél había tenido con el pasaje. Cuando la doctoresca lucubración llegó a su término, la gente, puesta de pie con la copa en la mano, lanzó los tres _¡hoch!_ de costumbre, mientras la música atacaba la marcha de _Lohengrin_.
--No llegamos a Río Janeiro hasta pasado mañana--dijo Isidro, siempre bien enterado de la marcha del viaje--. Pero la despedida ha sido hoy, para que la gente que se queda en el Brasil pueda dedicar el día de mañana al arreglo y cierre de equipajes. Esta noche es la última de gran ceremonia, y las señoras van a guardar sus vestidos y joyas. La etiqueta del Océano sólo existe entre Lisboa y Río Janeiro. En los dos extremos del viaje se puede bajar al comedor con la indumentaria que uno quiera. El protocolo neptunesco no se ofende por ello.
Luego de la comida iba a efectuarse en el salón el reparto de premios a los triunfadores en los juegos olímpicos y a las señoritas que se habían presentado con mejores disfraces en la fiesta del paso de la línea. Después de esta ceremonia empezaría el concierto, para el cual venían haciéndose tantos preparativos desde una semana antes.
Maltrana hablaba de esta fiesta con orgullo, presentándose como su principal organizador. Había vigilado los ensayos durante varios días, yendo del piano del salón, junto al cual probaba su voz Mrs. Lowe con toda la autoridad que le confería su estatura de dos metros, al piano del comedor de los niños, donde la señora viuda de Moruzaga hacía memoria de sus habilidades de soltera acompañando con un trémolo dramático los versos franceses recitados por una de sus hijas. Además, unas niñas brasileñas se preparaban para tocar a cuatro manos una sinfonía; las artistas de opereta contribuirían con varias romanzas; uno de los norteamericanos pensaba disfrazarse de negro para rugir su música con acompañamiento de ruidosos zapateados; y hasta _fraulein_ Conchita, cediendo a los ruegos de varias señoras entusiastas de las cosas de España, había accedido a ponerse de mantilla blanca, cantando con su hilillo de voz algunas canciones de la tierra. El maestro Eichelberger, gran pianista, improvisaría para ella un acompañamiento. Y si lo reclamaba el público, la muchacha se atrevería a bailar cierto «garrotín» de exportación aprendido en una academia de Madrid de las que preparan «estrellas danzantes» para el extranjero.
--Pero con recato y decencia, niña--había aconsejado Maltrana--. Comprímete aquí: échale agua a tu baile. Cuando llegues a tierra podrás lucirlo por entero.
Satisfecho de sus gestiones como organizador, hablaba de otros artistas, talentos ignorados que había sabido descubrir entre la masa de los pasajeros. Y terminaba por declarar modestamente que él también «aportaría su concurso» inaugurando el concierto con un discursito en honor de las señoras, hermosa pieza de oratoria meliflua que llevaba aprendida de memoria y seguramente iba a afirmar su prestigio ante las nobles matronas.
--De ésta--declaró--desbanca Maltranita al abate de las conferencias. Usted lo verá, Ojeda.
No; Fernando no pensaba verlo. Sentíase sin energía para arrostrar el tormento de tanto y tanto canto de aficionado en el estrecho salón, entre un público abaniqueante y sudoroso. Prefería dar un paseo por la parte alta del buque, contemplando el espectáculo de la noche.
Así lo hizo. Pero al circular por las dos últimas cubiertas volvía siempre a las inmediaciones del salón, confundiéndose con el público menudo de criadas y niños que miraba por las ventanas. Antes de principiar la velada, Nélida se había aproximado a él, con su vestido escotado color de sangre. Tenía que asistir a la fiesta con toda su familia: ¡un verdadero tormento! pero esperaba que Fernando ocuparía una silla cerca de ella. Y al saber que no entraba en el salón, casi lloró de contrariedad. «Al menos no te vayas lejos; asómate de vez en cuando. Que yo te vea; que yo sepa que estás cerca de mí...» Durante el concierto, los ojos de ella fueron de ventana a ventana, y al reconocer entre las cabezas del público exterior la cara de Fernando, enviábale por encima de su abanico sonrisas acariciadoras, besos apenas marcados con un leve avance de los labios, guiños malignos que comentaban la marcha del concierto y los errores de los ejecutantes.
De este modo vio Ojeda cómo se movía su amigo en el salón con aire de autoridad, cual si fuese el héroe de aquella fiesta, abriéndose paso entre las sillas para ir en busca de las artistas, inclinándose ante ellas con su «saludo de tacones rojos», dándolas el brazo para conducirlas al estrado y quedándose junto a la pianista o la cantante, al cuidado de sus papeles, e iniciando las salvas de aplausos.
Era su noche. El discursito cuidadosamente preparado había obtenido un éxito enorme. Las miradas de todas las señoras que podían comprenderle iban hacia él con admiración y gratitud. «¡Qué monada el tal Maltranita!... ¡Qué hombre tan dije!... ¡Qué habilidoso!...» Y él aceptaba con modestia estos elogios formulados por las damas según los términos admirativos de cada país. En su declamación dulzona las había abarcado a todas, jóvenes y viejas, alcanzando sus elogios hasta a las sotanas que figuraban entre ellas, lo que le dio motivo para ensalzar la religión, representada allí por sacerdotes de todo el latinismo. El obispo italiano dilataba su cara con un gesto de contento infantil; el abate francés sonreía inquieto, como si viese nacer un temible rival; don José agradecía la alusión, admirándolo con patriótico orgullo. «¡Qué don Isidro tan vivo!... ¡Si yo tuviese su labia para las señoras!»
Al terminar el concierto, la gente se esparció por la cubierta, ansiosa de respirar aire libre. Era cerca de media noche. Las niñas se quejaban del calor, intentando con este pretexto desobedecer a las madres, que proponían un descenso inmediato al camarote. Los pasajeros más corteses iban saludando a las señoras que habían intervenido en el concierto, sonando en su coro de alabanzas los más estupendos embustes. Todas ellas aceptaban sin pestañear la afirmación de que en caso de pobreza podían ganarse la vida con su talento musical. Mrs. Lowe, escoltada por su marido, que llevaba bajo el brazo un rimero de partituras, acogía estos elogios con foscas contracciones de su rostro caballuno. Sentíase ofendida por la falta de gusto de los oyentes: sólo la habían hecho repetir su canto dos veces, cuando ella traía ensayadas una docena de romanzas. El público se lo perdía.
Un grupo de señores viejos acosaba a Conchita con sus felicitaciones. Algunos, prudentes y calmosos hasta entonces, parecían agitados por un cosquilleo eléctrico. Muy bonitas las canciones, aunque ellos no habían entendido gran cosa... ¡pero el baile! ¡aquella danza serpenteante, con unos brazos que parecían hablar!... Doña Zobeida sonreía, contenta del triunfo de «esta buena señorita», haciendo confidente de sus entusiasmos a don José el clérigo, que la escoltaba igualmente con toda la autoridad de su sotana.
--Pero ¿ha visto qué lindura, padrecito?... Nuestra niña es la que ha gustado más a los señores... Ya lo decía mi finado el doctor, que sabía de esto como de todo. Para bailar con gracia, las españolas.
Y perdiendo su timidez, ella misma presentaba a Conchita de grupo en grupo, aceptando como algo propio los requiebros interesados que los hombres dirigían a la bailarina.
Maltrana no se mostraba menos ufano por su triunfo oratorio. Al encontrarse con Fernando tuvo el gesto petulante de un cómico que sale de la escena... ¿Le había visto? ¿Qué opinión era la suya?...
--Yo creo que me los he metido en el bolsillo... Los amigos me miran como si fuese otro hombre. Parecen arrepentidos de haberme tratado hasta hace poco como un insignificante... Van a darme una fiesta en el fumadero: una fiesta íntima... en mi honor.
Era una despedida de los pasajeros alegres a los amigos que se quedaban en Río Janeiro; pero por el éxito reciente de Maltrana, la dedicaban también a su persona.
--Va a ser famosa--continuó Isidro con entusiasmo--. Asistirán señoras, muchas señoras; todas las coristas de la opereta, que me han oído desde puertas y ventanas sin entenderme seguramente, pero ahora me contemplan con respeto y cuando paso junto a ellas murmuran algo que debe ser de admiración... Venga usted con nosotros.
Fernando se excusó: pensaba retirarse inmediatamente a su camarote. Maltrana frunció el entrecejo, como si recordase algo molesto, y aprobó su resolución. Hacía bien. Aquella fiesta era igualmente para despedir al barón belga y a otros amigos suyos que se quedaban en el Brasil. En el aturdimiento de su gloria había olvidado que los de la banda estaban furiosos contra Ojeda, y a última hora, con la insolencia que da el vino, eran capaces de provocar una escena violenta.
--Hasta mañana; le contaré lo que ocurra... No tema que esta noche vaya, como las otras, a golpear el camarote misterioso. Eso se acabó... Por cierto que el hombre lúgubre no se ha dejado ver en todo el día. Debe estar temblando con la idea de que pasado mañana llegamos a Río. Verá usted cómo lo primero que se presenta en el buque es la policía para echarle esposas en las manos... Yo no me equivoco.
Al entrar Fernando en su camarote experimentó una gran sorpresa viendo el retrato de Teri... Luego se avergonzó de la inconsciencia en que vivía, semejante a la del ebrio que recuerda los propios asuntos cual si fuesen de otra persona. Los hechos anteriores a su embarque eran para él como sucesos de una existencia distinta, ocurridos en otro planeta, y de los que sólo guardaba ya una débil memoria. Vivía ahora en un mundo nuevo, reducido, aislado, que iba vagando por el infinito azul, y sólo le interesaban las inmediatas necesidades de su existencia oceánica...
Nélida iba a llegar: ¡y quién sabe con qué comentarios de juventud insolente y triunfadora saludaría la belleza de Teri, de un esplendor melancólico, fino y suave, como el de las primeras mañanas de otoño!...
Para evitar un sacrilegio llevó sus manos al retrato, ocultándolo entre las ropas del armario. Al hacer esto tembló con una inquietud supersticiosa. Temía que un poder inexorable y oculto que él no legaba a definir con claridad le castigase por su cobardía... Tal vez perdiera a Teri para siempre, después de haber osado ocultar su imagen. ¡En amor hay tantas afinidades misteriosas, tantos choques inexplicables a través del tiempo y la distancia!... Pero estas preocupaciones de hombre imaginativo, trastornado por una vida de encierro, duraron muy poco. Un ruido de pasos en el inmediato corredor le hizo volver al presente. Era un vecino que se retiraba. Nélida no tardaría en presentarse, y era ridículo que él la recibiese vistiendo aún el _smoking_ de la comida.
Luego de desnudarse se cubrió con un pijama, tomó un libro, y esperó leyendo y fumando. El interés de la lectura se apoderó de él al poco rato. Nélida, con toda su gentileza, carecía del encanto de este libro: la novedad.
Transcurrió mucho tiempo, y cuando empezaba a dudar de que ella viniese, percibió un leve ruido en el inmediato corredor; menos que un ruido: un roce, las ondulaciones del aire por el desplazamiento de un cuerpo silencioso. Era ella que avanzaba cautelosamente.
No experimentó sorpresa al ver cómo giraba la puerta del camarote sin que apareciese alguien en el espacio recién abierto. Luego, Nélida entró de golpe, o más bien, saltó, con la alegría de un gimnasta que llega al final de una carrera de obstáculos. Sacudía en torno de la frente el manojo de sierpes de su cabellera; dejaba flotante sobre su cuerpo el sutil kimono, que había llevado recogido hasta entonces, como si quisiera replegarse, disminuirse en su marcha silenciosa.
--¡Cú... cú!--dijo al entrar, con risa triunfante--. ¡Aquí me tienes!
Se arrojó en brazos de Fernando con cierta emoción, como si éste fuese su primer abandono; luego se apartó rudamente, a impulsos de su movilidad caprichosa. Encendió todas las luces del camarote para examinarlo mejor. Tocaba los libros apilados en el diván, en la mesita y hasta en el lavabo; revolvía los papeles; mostraba una curiosidad infantil ante los objetos de tocador y las ropas de Ojeda. Su deseo de verlo todo adquirió un carácter alarmante.
--Tú debes tener retratos, cartas de amor. ¡A saber lo que traes de Europa guardado en tus maletas!... Enséñame tus conquistas, viejo mío. Muéstramelas... para que me ría.
Luego admiró el camarote. Era más grande que el suyo; el techo más alto, y sobre todo, en vez del tragaluz redondo, tenía ventana, una verdadera ventana como las de las construcciones terrestres. Saltó sobre el diván para sentarse en el alféizar de ella, sacando parte de su cuerpo fuera del buque. Un grato escalofrío hizo temblar su espalda: estremecimiento de frescura por el viento que levantaba el buque en su marcha y que corría sobre su piel, hinchando la tela del suelto kimono; estremecimiento de miedo al verse suspendida en el vacío y la noche, bastándole un leve movimiento de retroceso para caer en el mar.
Ojeda la sostuvo, agarrando sus piernas. Con esta atolondrada podía temerse todo. Y Nélida agradeció su miedo como una manifestación de amor, acariciándole la cabeza, hundiendo sus manos en sus cabellos, alborotándolos.
--Figúrate, negro, que yo me dejase caer así... ¡Ah... ah... ah!--y al lanzar esta exclamación, se echaba atrás, obligando a Ojeda a un esfuerzo violento para retenerla--. Por pronto que se enterasen en el buque e hicieran alto, pasaría mucho tiempo. Pero tú te echarías al agua detrás de mí, ¿no es cierto, mi viejo?... Vendrías a hacerle compañía a tu nena en medio del mar, y nadaríamos juntos hasta que nos buscasen... Y si no nos buscaban, nos ahogaríamos juntos... ¡así!... ¡bien juntitos!
Con la excitación del peligro se abrazaba a él fuertemente, tirando hacia afuera, como si en realidad desease caer de la ventana arrastrando a su amante.
Éste se libró con rudeza del abrazo juguetón e imprudente. Estaban en medio del Océano, lejos de toda costa. Bastaba una leve falta de equilibrio, para que ella se desplomase en aquellas aguas negras que pasaban y pasaban junto al flanco de la nave. Sería un chapuzón en el misterio y el olvido; una caída sin esperanza. Nadie podía verla; la muerte era segura. Y aunque alguien la viese y el buque se detuviera, volviendo sobre su marcha, resultaría difícil encontrar un pequeño cuerpo flotante en esta lóbrega inmensidad que parecía de tinta.
--Nélida, ¡por Dios! baja de la ventana.
Pero ella reía de su miedo, segura al mismo tiempo de la fuerza con que la mantenían sus brazos. «¡Ah... ah... ah!» Y echaba el cuerpo atrás, en el vacío, con tal ímpetu, que Ojeda hubo de hacer grandes esfuerzos para sostenerla.
--Di que si yo cayese te echarías de cabeza para salvarme... Di que morirías por tu nena...
Aprobó Fernando todo cuanto ella quiso pedirle, y sólo así pudo conseguir que abandonase la ventana, estrechamente abrazada a él, contemplándolo con admiración.
--¿De veras que morirías por mí?... Repítelo viejito rico, que yo lo oiga... Dilo otra vez, mi negro.
La gratitud perduró en Nélida gran parte de la noche. En la obscuridad, sin más luz que el tenue fulgor sideral que entraba por la ventana, volvió a llamar a Ojeda «viejito» y «negro», dos palabras amorosas del nuevo hemisferio a las que él no había podido habituarse todavía, y que en medio de los transportes pasionales le hacían sonreír.
Cuando brilló de nuevo la electricidad estaban los dos sentados en un diván. Nélida, por un brusco cambio de su carácter tornadizo, hablaba ahora con tristeza y miedo. Contaba los días que faltaban para la llegada a Buenos Aires. ¡Cuán pocos eran!... Recordaba a su hermano mayor, el rudo estanciero, que en las últimas cartas enviadas a Berlín profería contra ella terribles amenazas, comentando las denuncias que le había dirigido el hermano pequeño.
--Y ese zonzo de seguro que apenas lleguemos le va a contar no sólo lo de Alemania, sino lo del buque; lo tuyo también. ¡Ay!, ¿qué va a ser de mí?
Ella, que en su valerosa inconsciencia no temía a nadie de los que la rodeaban, temblaba con sólo el recuerdo de este hermano, al que había podido apreciar en un breve viaje a la Argentina realizado tres años antes acompañando a su padre.
--Con él nadie bromea. Es un bárbaro... ¡Y si hablase sólo de matarme! La muerte no me da miedo; al fin, todos hemos de pasar por ella. Pero me amenaza con algo peor. Me quiere cortar la cara, me la quiere quemar con vitriolo, para que los hombres huyan de mí y yo me consuma de desesperación. ¡Qué horror!...
Temblaba sólo al pensar en este suplicio, más temible para ella que la muerte, no dudando un instante de que su hermano era capaz de cumplir tales amenazas.
Guardaba un vivo recuerdo de su gesto fosco, de su propensión a la violencia, de su mirada lúgubre. Ojeda, escuchándola, se imaginaba el tipo. Era un homicida, al que había faltado una ocasión para el desarrollo de sus facultades. ¡Interesante la familia Kasper con sus variados productos del cruzamiento razas!...
--¡Ay! Si tú me amases de verdad...--continuó ella, implorándole con sus ojos--. Tú que eres capaz de echarte al mar por mí, podías hacerme feliz con mucho menos... Di, mi viejo, ¿quieres hacer algo que yo te pida?...
Fernando, acosado por sus ruegos, prometió obedecerla. ¿Qué deseaba?... Una cosa insignificante, que expuso ella con sencillez. No quería ir a América: marchaba hacia Buenos Aires como un animal que va al degolladero. Aún estaban a tiempo los dos para ser dichosos. Bajarían en Río Janeiro, se esconderían, dejando que partiese el vapor, y tomarían pasaje en otro buque de los que volvían a Europa... ¡Ah, el hermoso Berlín! En ninguna ciudad de la tierra se vivía con más felicidad.
Casi saltó Fernando de su asiento a impulsos de la sorpresa. ¿Volver a Europa, cuando aún no había llegado al término de su viaje? Sólo podía admitir esta proposición como una broma. ¿Y sus negocios?... ¿Qué iba a hacer él en Berlín?...
Nélida se sintió ofendida por la extrañeza que mostraba su amante.
--No me quieres, bien lo veo. Todos los hombres sois lo mismo. Muchas promesas, y luego retrocedéis ante el sacrificio más pequeño... ¡Egoístas!
Se quejaba como si acabase de descubrir una gran infidelidad, ella, a la que había visto Ojeda en trato amoroso con otros hombres y que dejaba a sus espaldas, en Europa, un pasado del que iba a pedirle cuentas «el gaucho» vengador. Sólo llevaban dos días de amores, y se extrañaba de verse desobedecida, como si los hombres no tuviesen otra obligación que seguirla en todos sus caprichos y su insolente juventud fuese el centro del mundo, en torno del cual debían girar personas y sucesos.
--Me mataré--dijo con energía--. Y si no me mato, me marcharé sola. Yo te juro que no llego a aquella tierra... ¡Qué horror!
Acordábase de los meses que había pasado en Argentina tres años antes. Era un país para mujeres como su madre. Buenos Aires aún podía tolerarse; pero ellos iban a vivir en una ciudad del interior, cerca de la estancia que dirigía su hermano.
--Por toda diversión una plaza en la que toca una música algunas noches. Las niñas se pasean por un lado, como manadas de pavos, y los hombres por otro; sin hablarse, dirigiéndose miradas, lo que allá llaman _afilar_, y sin atreverse a un saludo. Luego, el encierro en casa todo el día... la conversación con las amigas de mamá. No: ¡primero morir! Yo necesito ir a Berlín. ¡Si tu conocieses lo hermoso que es Berlín!...