Chapter 40
Paseó Ojeda por la cubierta para entretenerse hasta la hora de la cita. ¿En qué día estaba?... Miércoles nada más. Era el mismo día en que había entrado por primera vez en el camarote de la Eichelberger. ¡Y él se imaginaba que iba transcurrido mucho tiempo, días y días, semanas, meses, desde esta aventura triste!
Las horas se deslizaban a bordo de un modo irregular, con una celeridad loca o una monotonía interminable, según eran los sucesos. Sólo habían transcurrido unas pocas, y otra vez iba a bajar cautelosamente al interior del buque en busca de una mujer en la que no pensaba poco antes. Si alguien le hubiese anunciado esto por la mañana, al levantarse, habría reído incrédulamente. Contaba con los dedos, para reconstituir en su memoria los sucesos de los últimos días. El domingo, víspera del paso de la línea, Maud. El lunes, la derrota y la burla que le hacían odioso el recuerdo de Mrs. Power. Al otro día, Mina, la melancólica, que había prolongado su dulce encantamiento hasta la tarde del día presente. Y ahora, Nélida, que venía hacia él contra toda lógica, cuando menos podía esperarlo; Nélida, «la de la boca de tigresa--como decía Maltrana en su afición a los apodos homéricos--, la de los ojos de antílope y la carne primaveral».
En cuatro días tres amores... La vida de a bordo quería borrar con la rapidez de los hechos la monótona languidez de su ambiente. En tierra, donde las personas, por más que se busquen, pasan al día muchas horas sin verse, habría necesitado cuatro meses, o tal vez más, para llegar a este resultado. Aquí todo era fácil, gracias al hacinamiento y el tedio de tantos seres distintos y contradictorios, obligados a convivir como las infinitas especies del arca diluviana.
Cerca de las doce cesó Ojeda en sus paseos. Deseaba bajar a la penúltima cubierta sin ser advertido. A estas horas podía llamar la atención verle en las profundidades del buque, a él, que tenía su camarote en el mismo piso del comedor. Las recomendaciones de Isidro le hicieron pensar con cierta inquietud en los jóvenes de la banda. Parecía disuelta esta noche al faltarle la presencia de la señorita Kasper, que era en ella el eje central, el polo de atracción. Algunos de sus individuos estaban diseminados en las mesas del fumadero, siguiendo las partidas de _poker_. Dos marchaban por la cubierta, y a Fernando le llamó la atención la frecuencia de sus encuentros, como si no le perdiesen de vista.
Aprovechó un momento en que estaba desierto el paseo para deslizarse por una escalera. Bajó dos pisos sin encontrar a nadie. Luego avanzó por un pasadizo, de puntillas sobre la tupida alfombra roja con grandes redondeles, en cuyo centro se ostentaba el nombre del buque. De algunas puertas surgían furiosos ronquidos. Creyó que sonaban detrás de él leves roces, como si alguien le siguiese. Se imaginó ver unas cabezas que le atisbaban asomadas a una esquina del corredor y que de pronto se ocultaron. Pero ya no podía retroceder, y siguió adelante, mirando los números de los camarotes.
La puerta estaba entreabierta, y antes de que él llegase se marcó en su estrecho rectángulo de luz la arrogante figura de Nélida. Iba vestida simplemente con un kimono azul, el mismo que Fernando le había visto comprar en Tenerife. Unos brazos blancos y fuertes, completamente desnudos y que esparcían un perfume de carne fresca recién lavada, salieron al encuentro de él, agarrándose a su pecho como tentáculos irresistibles.
--¡Entra, tonto!--ordenó imperiosamente con voz enronquecida al notar su vacilación--. Ésos andan por ahí... pero no importa. ¡Entra, no pierdas tiempo!
Y tiró de él rudamente, lo mismo que en las callejuelas de muchos puertos tiran de la marinería ebria brazos desnudos con adornos de latón surgiendo de ciertas casas.
Poco después de la salida del sol, despertó Ojeda en su lecho. Sonaba la música en el inmediato corredor, junto a la puerta del camarote. «Hoy es domingo», pensó, en la torpeza del despertar. Pero una extrañeza repentina disipó las últimas brumas de su sueño. Hizo un rápido cálculo de días. No, no era domingo. Además, la música sonaba alegremente una especie de diana de caballería que no podía confundirse con el solemne coral luterano. A continuación de esta diana, una polca saltona con locas cabriolas de clarinete, y luego se retiraron los músicos. «Debe ser una alborada en honor de alguno de los alemanes vecinos míos. Cualquiera diría que era para mí.» Y Ojeda volvió a dormirse.
Dos horas después, mientras se vestía, quiso saber el motivo de esta música, preguntando al camarero que entraba con un jarro de agua caliente. El _steward_ contestó rehuyendo sus ojos. Era un obsequio al pasajero de al lado, un alemán que pasaba las noches jugando en el café hasta que apagaban las luces. Sin duda, los amigos le habían dedicado esta alborada por ser su cumpleaños. Y vagó bajo su recortado bigote una sonrisa de servidor discreto que piensa en la hora de la propina y miente por no molestar al señor.
Arriba, en el paseo, el primero que le salió al encuentro fue Maltrana.
--¿Ha oído usted la música?--preguntó con cierto misterio.
Ojeda quiso mostrar que estaba bien enterado. Sí; era en honor de un vecino suyo que celebraba su cumpleaños.
--No, Fernando; la música era para usted... Cosas de esos chicos, que están furiosos por la traición de Nélida. Una ironía pesada y roma como sus zapatos.
Había sorprendido a primera hora las conversaciones de algunos de la banda, que comentaban con orgullo lo ingenioso de su burla. Al espiar a Ojeda en la noche anterior y enterarse de su buena suerte, habían tenido un conciliábulo en el fumadero, despertando después al jefe de la música para encargarle esta alborada. Era una felicitación que le dirigían los antiguos amigos de Nélida.
En el primer momento tuvo Fernando un arrebato de cólera. ¡A él con musiquitas!... Sentía deseos de insultar a todos aquellos jóvenes, con la temeridad que comunica a todo hombre un amor nuevo. Pero Isidro rio de su indignación. ¿Qué había de malo en aquello?... Podían seguir dedicándole obsequios de tal clase, si era su gusto, mientras él continuaba tranquilamente en el goce de su buena aventura. Con música, ciertas cosas resultan mejor... Y Fernando acabó por reír igualmente de una broma torpe que ridiculizaba a sus autores.
Maltrana le habló luego de Nélida. Debía sentir impaciencia por encontrarse con él. Media hora antes la había visto en el paseo mirando a todas partes, como si lo buscase. Ni siquiera había hecho sus arreglos matinales.
--Iba como si se hubiese vestido a toda prisa, y con la melena alborotada. Debe haber vuelto a su camarote para adecentarse un poco. Tiene hambre de verle. Pero ¿qué diabólico secreto es el suyo, Ojeda, para obtener tales éxitos? Debía comunicarlo a los amigos...
La proximidad de Nélida le hizo callar. Venía ahora la joven muy distinta de como la había visto Isidro poco tiempo antes. Sus crenchas cortas aparecían rizadas; acababa de vestirse un traje nuevo; se movía con menudos pasos empinada sobre altos tacones; adivinábase en toda ella una preocupación por embellecerse y agradar. Su rostro, bajo una capa reciente de polvos, parecía alargado, con leves oquedades en las mejillas, rastros sin duda de emociones debilitantes. Un círculo de sombra orlaba sus ojos, agrandándolos.
Cuando tomó la mano de Fernando la retuvo largo rato, mientras fijaba en él una mirada interrogante... ¿Contento? Él sonrió con la gratitud de un buen recuerdo, satisfecho a la vez de esta ansiedad de la joven por conocer el estado de su ánimo.
Adivinando Isidro lo inoportuno de su presencia, alejóse sin despedirse de ellos. Nélida, al verse sola, se aproximó más a su amante con un impulso de entusiasmo.
--¡Mi rey! ¡Mi dios!... ¡Mi... hombre!
Y faltó poco para que lo besase en plena cubierta. Él se dejaba adorar con un orgullo de varón satisfecho de su persona. Acordábase de Mrs. Power, comparándola con Nélida. Ésta, al menos, conocía la gratitud...
Pasearon juntos con imperturbable tranquilidad. Ella mostraba un visible deseo de espantar a las gentes con su atrevimiento, de enterar a todos de esta nueva aventura, que parecía enorgullecerla. Pasaron ante «el banco de los pingüinos» y ante sus vecinas «las potencias hostiles», con repentino malestar de Ojeda, que deseaba retroceder, pero no se atrevía a decirlo. Afortunadamente, a aquella hora sólo había unas pocas señoras, que fingieron no verles, y luego, a sus espaldas, se miraron con el ceño fruncido y moviendo la cabeza. «¡Qué escándalo!...»
Luego pasaron ante Isidro, que hablaba con Zurita de espaldas al mar. El doctor los siguió con un gesto de cómica admiración.
--Compañero, ¡y qué valiente es su paisano! Cada día con una... ¡y a su edad! Porque él no es ningún mocito... ¡Ah, gallego tigre!...
En las inmediaciones del fumadero estaban sentados unos cuantos de la banda, y al verles venir cambiaron miradas y toses. Ojeda se irguió arrogante, cual si presintiera un peligro. Pasó mirándolos con ojos de provocación, pero todos parecieron ocupados de pronto en importantes reflexiones que les hacían bajar la frente, y no se fijaron en él. Nélida, con un ligero temblor, mezcla de miedo y de placer, se agarraba convulsivamente a su brazo.
Fernando sonrió: mejor era así. ¡Si alguien hubiese osado la menor burla!... Y ella le escuchaba con asombro y satisfacción. ¿Habría sido capaz de pelearse por ella?... ¿Lo mismo que en las novelas o en el teatro?
Y como él contestase afirmativamente, sin jactancia, con sencillez, Nélida casi le saltó al cuello.
--¡Mi rey!... ¡Mi hombre!... ¡Lástima que estemos aquí! ¡Ay, qué beso te pierdes!
Encontráronse con el señor Kasper, que los acogió con toda la bondad de su rostro patriarcal. «Papá... papá.» Su hija le besaba las barbas venerables, insistiendo en esta caricia con un runruneo de gata amorosa. El padre miró a Fernando con ojos dulces y protectores, como si un presentimiento le hiciese adivinar la realidad y lo considerase ya de la familia. El señor Kasper, que hasta entonces sólo había cambiado con Ojeda algunas palabras de cortesía, le habló con familiar confianza, haciendo elogios de su niña. «¡Esta Nélida!... Algo traviesa. No quiere obedecer a mamá... Pero es un ángel, un verdadero ángel.» Y acariciaba sus cortos cabellos con una mano temblona de emoción.
Se habían sentado en un banco, colocándose ella entre los dos. ¡Qué felicidad!... Su padre a un lado, y al otro su hombre. Así deseaba quedar para siempre, mirándose en los ojos de Fernando, oyendo la voz del señor Kasper, una voz de predicador evangélico, que, a impulsos de la costumbre, pasó de los afectos de familia a hablar de negocios.
Daba consejos a Ojeda, demostrando gran interés por su porvenir. Bastaba que fuese amigo de la niña para que él considerase sus asuntos como propios. Debía proceder con mucha cautela en el Nuevo Mundo. Los negocios buenos eran abundantes, pero también las gentes sin conciencia que estaban a la espera de los recién llegados para abusar de su ignorancia. Él sabía que Fernando llevaba capitales para emprender allá algo importante. Maltrana le había hablado de esto. Y por afecto nada más, le ofrecía la ayuda de sus conocimientos para cuando llegasen a Buenos Aires... Porque él esperaba que su amistad no se limitaría a un simple conocimiento de viaje: tenía la esperanza de que en tierra aún serían más amigos.
--¡Quién sabe, señor, si llegaremos a hacer algo juntos! Yo tengo allá...
Y comenzó la exposición de una de las muchas empresas que, según él, le habían arrancado de su tranquilo retiro de Europa, no porque necesitase trabajar, sino porque era lastimoso permitir que se perdiesen negocios tan estupendos.
Nélida, casi de espaldas a su padre, no dejaba que Fernando le oyese con atención. Fijos sus ojos en los de él, buscaba al mismo tiempo una de sus manos, y llevándola detrás de su talle, la oprimía con invisibles apretones. A ella no le interesaban los negocios; podía hablar papá con su voz reposada y musical todo lo que quisiera: no le oía; a ella sólo le interesaba lo suyo. Y movió los labios sin emitir la voz, indicando con marcadas contracciones el mudo silabeo. Ojeda la entendió.
--¡Dueño mío!... ¡Mi dios!... ¡Te amo!
La mano oculta apoyaba estas palabras con fuertes estrujamientos.
Un amigo de Kasper vino a sacarle de la infructuosa predicación, libertando a sus distraídos oyentes. Le esperaban en el fumadero para empezar la partida matinal de _poker_.
--Hasta luego, señor. Los amigos me reclaman. Tiempo nos queda para hablar de estas cosas.
Y sonrió por última vez a Ojeda, como si contemplase en él un socio futuro de las grandes empresas ofrecidas generosamente.
Al verse libres los dos amantes de su verbosidad serena e inagotable, huyeron del banco, continuando el paseo. Hablaban de subir a la cubierta de los botes, cuando una voz los detuvo sonando a sus espaldas. «Nélida... Nélida...» Ahora era la madre la que salía a su encuentro para hacerla varias recomendaciones sin importancia. Fernando adivinó un pretexto para aproximarse a él. «¡Buen día, señor!» Sus ojos brillantes y húmedos de llama andino acompañaron el saludo con una mirada de atracción. Y sin saber cómo, se vio Ojeda otra vez formando parte de la familia Kasper bajo las miradas protectoras de la mestiza.
Se apoyaron en una barandilla frente al mar. Nélida mostrábase inquieta y displiciente, como si para ella fuese un tormento permanecer al lado de su madre. Por detrás de la cabeza de ésta hacía señas a Fernando; le hablaba con el movimiento silencioso de sus labios. «Vámonos: déjala.» Pero él no podía obedecer, retenido por las palabras amables y las miradas de la señora, que se enfrascaba en un elogio de las cualidades de su hija.
--Es un poco loquilla y no hace caso del «qué dirán» de las gentes. Pero aparte de esto, muy hacendosa, ¿sabe, señor?... Y el día de mañana, cuando se case y siente la cabeza, será una excelente madre de familia. Crea que el marido que se la lleve no se arrepentirá.
Y miró a Fernando con ojos interrogantes, cual si le ofreciese esta dicha perpetua esperando ver en su rostro una sonrisa de agradecimiento.
Nélida, a espaldas de ella, continuaba su mímica. Estos elogios a sus facultades de dueña de casa y el deseo de verla madre de familia la hacían encogerse de hombros y contraer el rostro con gestos de repugnancia. «Vámonos--siguió diciendo mudamente--. No la oigas más.»
La madre los dejó en libertad, adivinando de pronto lo inoportuno de su presencia.
--Sigan ustedes su paseo. Las viejas estorbamos siempre a los jóvenes.
Dijo esto con un aire de madre benévola y cariñosa, como si bendijese con los ojos la unión que veía en lontananza.
Al alejarse, Nélida intentó excusarla, avergonzada de sus expansiones maternales.
--No hagas caso. Es una señora a la antigua; una india. Todo lo arregla con matrimonio: todos sus pensamientos van a parar a lo mismo. Apenas me ve con un hombre, cree que debo casarme con él... Casarse, ¡qué vulgaridad! ¡qué grosería!... ¿Quién piensa en eso?...
Y su protesta contra el matrimonio era realmente ingenua, como si le propusiesen algo que le inspiraba escándalo y horror.
El único de la familia que se mantuvo lejos de ellos en toda la mañana fue el hermano. Ojeda le era antipático: prefería a los de la banda. Su seriedad y sus años le inspiraban respeto. Además, tenía la convicción de que aquel señor jamás le convidaría a champán y cigarros, como los otros. Por esto, a pesar del ejemplo de sus padres, se mantuvo apartado del intruso que venía de repente a perturbar su vida.
Después del almuerzo, cuando Fernando tomaba café con Maltrana en el jardín de invierno, pasó Mrs. Power, saludándolo con un ligero movimiento de cabeza, sin la más leve emoción. Ojeda la miró también con indiferencia. Su figura arrogante apenas despertaba en él una remota vibración. Era como un libro olvidado que se encuentra de pronto y evoca la memoria de una lectura que produjo deleite, pero cuyo texto apenas puede recordarse.
Vio ascender luego por la escalinata a Mina llevando al pequeño Karl de la mano. El niño le miró, extrañándose de que no fuese hacia ellos lo mismo que antes. Pero la madre siguió su camino tirando de él, sin volver la cabeza, con la mirada perdida para no tropezarse con los ojos de Fernando. Un ligero rubor coloreaba su palidez verdosa: rubor de timidez, de arrepentimiento, de malos recuerdos.
La noticia de su amistad con la señorita Kasper había circulado por el buque con la rapidez que una vida ociosa y murmuradora comunicaba a todos las informaciones. Además, ella exhibía con orgullo su nueva conquista, y tal alarde tranquilizaba a Mrs. Power, que veía borrarse con él definitivamente todos los recuerdos. También alejaba a Mina, temerosa de la insolencia de Nélida. Unas cuantas horas de atrevida exhibición habían bastado para librar a Fernando de sus amoríos anteriores. La muchacha establecía el vacío en torno de ella. Todas las mujeres parecían temer la impetuosidad de este hermoso animal humano exhuberante de fuerza y juventud.
No tardó Ojeda en verla aparecer. Había hecho poco antes una rápida aparición en el jardín de invierno, pero huyó al notar que su titulado pariente el alemán y el barón belga ocupaban la misma mesa de sus padres, con un visible deseo de aproximarse a ella. Después de breve eclipse asomó el rostro a una ventana inmediata al lugar donde estaban Fernando y su amigo. El mudo movimiento de sus labios fue para aquél un lenguaje claro. «Ven...» Y al salir la encontró en la curva del paseo que él llamaba «el rincón de los besos».
Nélida le hablaba con una expresión autoritaria. Él era su dueño... su dios; pero debía obedecerla en todo. Aproximábase la hora de la siesta. En el jardín de invierno se abrían muchas bocas con bostezos de pereza. Las gentes deslizábanse discretamente hacia sus camarotes. Sonaban ronquidos en las sillas largas del paseo. Los duros varones, insensibles al voluptuoso aniquilamiento tropical, dirigíanse hacia la popa en busca de las tertulias del fumadero para reanimar su actividad. Sentíanse repelidos por el silencio y la calma que lentamente se iban esparciendo por la cubierta del buque, como si ésta fuese un claustro de convento a la hora de la siesta.
--Baja, dueño mío, ¿me oyes?... No tienes más que arañar la puerta. Yo abriré inmediatamente.
Le miraba con sus ojos enormes y ávidos, que parecían querer devorarle. La punta de su lengua asomaba como un pétalo de rosa entre los labios súbitamente abrasados. Arremolinadas por la brisa, aleteaban en torno de su frente las cortas melenas, dando a su cara un aspecto diablesco.
Ojeda experimentó cierto asombro. ¡Bajar al camarote!... ¡Tan pronto! Empezaba a inspirarle miedo esta lozanía esplendorosa y audaz de insaciables deseos. Pero tuvo buen cuidado de disimular su inquietud por orgullo sexual. «Dentro de media hora--repitió ella--. Mi dios... ya lo sabes.» Muy bien; no faltaría. Y ella se fue con la satisfacción de que dejaba a sus espaldas un hombre feliz.
Bajó Fernando con las mismas precauciones de la noche anterior, pero esta vez no pudo notar detrás de sus pasos el atisbo del espionaje. Y cuando llevaba mucho tiempo en el camarote de Nélida sobrevino la más penosa de sus aventuras de a bordo: una escena ridícula, de la que se acordaba luego con cierto malestar, temiendo que el burlón Maltrana llegase a enterarse de ella alguna vez.
Golpes repetidos en la puerta, y la voz gangosa del hermano de Nélida, una voz que balbuceaba más que de costumbre por el temblor de la cólera: «¡Abre... abre!». Empujaba la puerta como si quisiera echarla abajo. Por un resto de prudencia habló a través del ojo de la cerradura: «Abre: tienes un hombre en la "cabina"... Se lo voy a decir a papá».
Nélida no se inmutó, como si estuviese habituada a tales escenas. Su cólera fue más grande que su miedo. Mascullaba palabras de furia contra el hermano imbécil. ¿Y no habría una buena alma que lo matase, para quedar ella tranquila?... Adivinó que eran sus antiguos amigos los que por despecho enviaban al hermano delator, luego de revelarle la presencia de Ojeda en el camarote.
--Métete ahí--ordenó imperiosamente, mientras reparaba el desorden de sus ropas ligeras.
Vacilaba él, no pudiendo adivinar el lugar señalado. ¿Dónde quería que se escondiese en aquella pieza tan pequeña?... Pero la muchacha le empujó rudamente, mientras seguían los repiqueteos en la puerta y las voces temblonas y amenazantes.
El doctor Ojeda, como lo llamaban para mayor honor mullos pasajeros, tuvo que agacharse y doblarse a impulsos de Nélida, y acabó por introducir su respetable personalidad debajo de un diván de exigua altura. Luego la joven colocó ante él, formando barricada, una maleta, un saco de ropa sucia y una gran caja de sombreros.
Fernando creyó morir entre la alfombra y los muelles del diván incrustados en su espalda. El calor era sofocante en este encierro, lejos del ventilador y de la brisa que entraba por el tragaluz. Apenas quedó acoplado en tal _in pace_, sintió que le dolían todas las articulaciones y que su pecho se aplastaba contra el entarimado como si fuese a romperse. Una cólera homicida se apoderó de él. ¡Ah, no! ¡No seguiría allí! Esto sólo podían resistirlo aquellos muchachos de la banda, a los que indudablemente habría escondido ella otras veces de igual modo. Iba a salir, aunque tuviese que matar al imbécil.
Pero no fue necesario. ¡Bueno estaba poniendo Nélida al hermanito!... Al abrir la puerta, lo agarró de un brazo, haciéndolo entrar a empellones. ¡Hasta cuándo se proponía molestarla con sus necedades!... Estaba en lo mejor de su sueño y venía a interrumpírselo con sus historias disparatadas. «Mira bien, zonzo... Abre los ojos, animal... ¿Dónde está el hombre, idiota?...» Y lo zarandeaba, iracunda, mientras el muchacho abría desmesuradamente sus ojos mirando a todos lados, y especialmente al vacío debajo de la cama, como si sólo allí pudiera ocultarse un intruso.
La convicción de su derrota le hizo bajar la cabeza tristemente. Los amigos se habían burlado de él: era una broma de las suyas. Y cuando, confesándose vencido, quiso ganar la puerta, su buena hermana no le dejó partir con tanta facilidad. Primeramente, al abandonar su brazo, le soltó dos buenos pellizcos retorcidos, y luego, junto a la salida, una bofetada sonora: «Para que me molestes otra vez». Quiso el muchacho devolver en igual forma este saludo de despedida, pero al bajar la mano sólo encontró la puerta que se cerraba de golpe y casi le aplastó los dedos.
Nélida deshizo con presteza la barricada de objetos, y otra vez salió a luz el doctor Ojeda, pero despeinado, sudoroso, con la faz congestionada, parpadeando cual si no pudiese resistir la luz.
Ella rio al verle en esta facha, al mismo tiempo que arreglaba amorosamente el desorden de su traje y le sacudía el polvo del encierro.
--¡Mi hombre!... ¡Mi dios! ¡Tan desgraciadito que me lo han de ver!... Él, tan buen mozo, metido en ese escondrijo... ¡Y todo por mí!
Fernando tuvo una mala sonrisa.
--Los otros eran más pequeños, ¿verdad?... Podían ocultarse mejor.
Se arrojó Nélida con ímpetu sobre él con los brazos abiertos.
--No digas eso, viejo mío... no lo repitas. ¡Por Dios te lo pido! Me hace mucho daño.
Y lo besaba con furia, lo aturdía con sus caricias, para disipar el mal recuerdo y recompensar al mismo tiempo la molestia reciente.
Hizo responsable a su hermano de esta cólera de Ojeda, evocadora de malos recuerdos. Aquel imbécil sólo había nacido para hacerle daño. Y esto la llevó a hablar del otro hermano, «el gaucho», como ella le llamaba, que vivía en la Argentina, y era el único hombre capaz de inspirarla miedo. La amenazaba el hermano menor frecuentemente con revelar al otro todas las aventuras de Berlín y las travesuras del viaje apenas hubiesen llegado a Buenos Aires. ¡Y «el gaucho» era temible! Ella sabía desde mucho tiempo antes cuál era la venganza con que intentaba castigarla.