Chapter 36
Se separó de su amigo para dirigirse corriendo a los pisos altos del buque, y antes de llegar a ellos oyó que la música rompía a tocar una marcha. El cortejo neptunesco avanzaba hacia la terraza del fumadero, donde iban a ser bautizadas las señoras. La gente abandonaba los balconajes para correr a este último sitio.
Cerca del jardín de invierno encontróse con Maud, que marchaba entre los esposos Lowe. Cruzaron un saludo, y Ojeda experimentó instantáneamente una sensación de extrañeza. Mrs. Power parecía otra mujer. Casi sintió deseos de pedirla perdón, como el que se equivoca confundiendo a un extraño con una persona amiga. Ella inclinó la cabeza con una sonrisa insignificante: le saludaba como a cualquier otro pasajero. Sus ojos se fijaron en los suyos tranquilamente, sin el más leve asomo de turbación, cual si no existiesen entre ambos otras relaciones que las ordinarias en la vida común de a bordo.
Hablaron los cuatro del bautizo, y el hercúleo Lowe comentó los incidentes. Míster Maltrana no había querido dejarse bautizar. ¿Por qué?... Él había pasado la línea varias veces, prestándose siempre a esta ceremonia. En el _Goethe_ también se habría ofrecido, a no oponerse la señora. Una fiesta divertida. Pero míster Maltrana, tenía miedo... ¡Oh! ¡oh! ¡oh! Y reía, mostrando la luenga dentadura incrustada de oro.
Caminaron todos hacia la terraza del café para presenciar la ceremonia del bautismo femenil. Mrs. Lowe, con el instinto de solidaridad que hace adivinar a toda mujer el instante oportuno de ayudar a una amiga, permaneció agarrada de un brazo de Maud, interponiéndose entre ella y Fernando.
Éste buscó en vano una sonrisa leve, una ojeada de inteligencia. Necesitado de consuelo, alababa interiormente la discreción de Maud, la facilidad de su raza para dominarse, ocultando sus impresiones. «¡Qué bien finge!... Nadie adivinaría lo que hay entre nosotros...» Pero tornaba a su memoria el recuerdo de la penosa escena frente a la puerta del camarote. Temblaba en sus oídos el eco de aquella voz casi masculina enronquecida por la cólera... Y con triste humildad pretendía buscar en su conducta algo que explicase esta desgracia. «Pero ¿qué he hecho yo, Señor? ¿En qué he podido ofenderla?...»
Neptuno, en mitad de la terraza con todo su séquito, procedió al bautizo de las pasajeras. Ocupaban éstas varias filas de bancos, como en un colegio, y cada vez que se levantaba una para recibir el agua lustral, los músicos lanzaban por sus largos tubos de cobre un rugido de bélica trompetería semejante al de las escenas wagnerianas.
El dios había suprimido galantemente las inmersiones en agua del mar. Tenía en una mano un gran pulverizador lleno de perfume, y rociaba con él las cabezas reverentes: unas, rubias y despeluchadas por el viento; otras, negras lustrosas, consteladas por el brillo de las peinetas. Todo el regocijo de la ceremonia estribaba en los nombres que iba imponiendo la divinidad a sus catecúmenas con murmullos aprobadores o carcajadas generales.
La imaginación del mayordomo y de los camareros de algunas letras había dado de sí todo su jugo para halagar a las pasajeras con los nombres de estrella marina, rosa del Océano, céfiro del Ecuador, etc. Las señoras mayores eran ondina, ninfa atlántica, náyade, lo que las hacía volver a sus asientos ruborizadas, con el doble mentón tembloroso, entre los murmullos aprobadores y un tanto irónicos de la concurrencia. Con sus compatriotas se permitían los buenos alemanes inocentes bromas para regocijo del público. Una flaca quedaba en su bautismo con la designación de «sardina»; otra obesa recibía el nombre de «tritona».
Maud pareció cansarse de esta ceremonia. Miraba a todos lados, pero evitando que sus ojos se encontrasen con los de Fernando. Un pasajero se acercó a las dos señoras con la gorra en la mano y el aire galante, lo mismo que si se ofreciese para una danza.
--Cuando ustedes quieran... La mesa está preparada en el salón.
Era Munster invitándolas a una partida de _bridge_. Al fin triunfaba su tenacidad. Había encontrado compañeros de juego en aquellos tres norteamericanos, convenciéndolos una hora antes, mientras presenciaban la ceremonia del bautizo. Maud acogió la invitación alegremente, como si el _bridge_ fuese un buen pretexto para aislarse de importunas presencias.
Se alejó con sus amigos después de un saludo indiferente a Fernando, y éste la vio caminar sin que volviese la cabeza, sin un indicio de vacilación y de arrepentimiento. Otra vez se sintió afligido por una falta suya que no sabía cuál fuese, pero que justificaba esta conducta inexplicable. «¿Qué le he hecho yo, Señor?... ¿Qué le he hecho?...»
Con la vil humildad de todo enamorado en desgracia, fue al poco rato tras de ella, a pesar de las sugestiones de una falsa energía que le aconsejaba mostrarse altivo e indiferente.
Sus piernas le llevaron con irresistible impulso a las cercanías del salón, y contempló a Maud con los naipes en la mano, el entrecejo fruncido y la mirada dura ante sus compañeros de juego.
Al levantar ella sus ojos, vio a Fernando encuadrado por la ventana, contemplándola fijamente, y tuvo un gesto de enfado, lo mismo que si se encontrase con algo que estremecía sus nervios y quebrantaba su paciencia. Fernando huyó, sufriendo la misma sensación que si acabase de recibir un golpe en la espalda... Dudaba de la realidad de los hechos y aun de su misma persona. ¿Estaría soñando?... ¿Serían invención suya los recuerdos de la noche anterior?...
Vagó por el buque, de una cubierta a otra, hasta encontrar a Isidro en la terraza del café. No quedaba en ella ningún rastro de la fiesta del bautizo: los pasajeros se habían esparcido. Maltrana parecía furioso por los excesos y molestias de su popularidad. No podía circular por el buque sin que sus numerosos y queridos amigos le saliesen al paso con aires de protesta. Las señoras parecían inconsolables. ¿Por qué no se había dejado bautizar? ¡Tan interesante que hubiese sido el espectáculo!...
--Como si yo fuese un mono, amigo Ojeda... como si me hubiese embarcado para hacer reír... Crea usted que siento la tristeza de un grande hombre convencido de la ingratitud de su pueblo.
Y tras esta afirmación, acompañada de un gesto cómico, Isidro volvió a acodarse en la barandilla, mirando a los emigrantes septentrionales amontonados abajo, en la explanada de popa.
--Hace rato que estoy aquí recordando a los marinos de otros siglos y sus opiniones sobre las virtudes de la línea equinoccial. ¿No se acuerda usted?...
Los primeros navegantes que habían pasado al otro hemisferio daban por seguro que en la línea morían todos los parásitos que se albergaban en los cuerpos de los marineros y en las rendijas de las naves. Y esta creencia no era solamente de los descubridores españoles; franceses e ingleses la adoptaban igualmente, llegando a ser durante muchos años una verdad universal.
--Pasadas las Azores--dijo Maltrana--, empezaban a despoblarse de sanguinarias bestias las cabezas y barbas de los tripulantes, y al llegar a la línea no quedaba una para recuerdo. Esta clase de huéspedes incómodos no era entonces propiedad exclusiva de un pueblo o de otro. Todos los de Europa la poseían por igual, y hasta los reyes gozaban el placer del rascuñón y el entretenimiento de la cacería a tientas. Figúrese lo que serían aquellos buques pequeños con las tripulaciones amontonadas y la madera corroída por toda clase de bichos repugnantes... Como al llegar a la línea el calor hacía que los marineros anduviesen medio desnudos y aprovechasen las largas calmas dándose baños, esta higiene momentánea exterminaba los temibles compañeros, justificando la creencia de que morían por falta de aclimatación al pasar de un hemisferio a otro.
El sanguinario tigre de las selvas capilares, la bestia carnívora saltadora en las cumbres y hondonadas de los pliegues de la ropa, había figurado durante siglos como personaje interesante en muchas obras literarias. Cervantes reía de él y de su fingida muerte en el límite de los dos hemisferios al relatar «la aventura del barco encantado», cuando Don Quijote y su escudero flotaban sobre el Ebro en un bote sin remos... El iluso paladín creía estar a los pocos minutos de navegación cerca de la línea equinoccial; y para convencerse, recomendaba a Sancho que buscase en sus ropas para ver si encontraba «algo»... «Algo y aun algos», contestaba el escudero socarrón hurgándose el pecho.
--Pensaba yo en esto, amigo Ojeda, mirando a los respetables patriarcas que van abajo con sus hopalandas de pieles a pesar del calor. «Algo y aun algos». Para ésos, la línea ha perdido su antigua virtud... Mírelos: ¡rasca que rasca!...
Y señalaba a algunos emigrantes que contemplaban el Océano con aire pensativo, como figuras sacerdotales de hierática majestad, envueltos en luengas vestiduras, mientras sus dedos ganchudos se paseaban por las barbas, se hundían bajo el gorro de piel o avanzaban entre los pliegues y repliegues del pecho.
--Vámonos de aquí--dijo Ojeda nerviosamente, como si no le inspirase confianza la altura que los separaba de estos personajes.
Notaron al pasear por la cubierta la escasez de señoras. Algunas que se mostraban por breves momentos parecían preocupadas con la busca de algo importante. Luego desaparecían, como si se les ocurriese una idea nueva o hubieran adquirido un dato que modificaba su mal humor.
--Se están preparando para la fiesta de esta noche--dijo Maltrana--. Gran baile de disfraces, y durante la comida más mojigangas como la del bautizo.
El día se prolongó con una monotonía abrumadora. Brillaban aún en el horizonte los últimos fuegos solares, cuando las trompetas anunciaron el banquete.
Las banderas, las guirnaldas de rosas, todos los adornos multicolores de las grandes fiestas, engalanaban el comedor. Empezó el servicio sin que estuviesen ocupadas muchas de las mesas. Numerosos pasajeros permanecían en el antecomedor para gozar antes que los otros de las anunciadas novedades.
Retardaban su entrada las señoras, con el deseo de que sus disfraces alcanzasen mayor éxito. Esperaban, lo mismo que las actrices, a que la sala tuviese buen público, y sus doncellas o los hombres de la familia iban del camarote al comedor para echar un vistazo y volver con noticias. Cada familia quería que las otras fuesen por delante, y así dejaban pasar el tiempo sin decidirse.
Estaban los pasajeros en el tercer plato, cuando empezaron a presentarse las disfrazadas, todas de golpe. Acogían ruborosas los aplausos y gritos de entusiasmo, y así iban hasta sus asientos escoltadas por la familia. Pasaban entre las mesas damas rusas de alta diadema y vestiduras rígidas; niponas de menudo andar; polonesas con dolmanes ribeteados de pieles blancas; marineritos tentadores que enfundaban sus juveniles prominencias en un traje blanco cedido por un grumete.
--_¡Ollé! ¡Ollé!... ¡Carmén!_
Era Conchita, con mantilla blanca, falda corta y grandes movimientos de abanico, que entraba, protegida por doña Zobeida, sonriente y maternal ante este triunfo.
Los hombres también figuraban en la mascarada. Muchos no tenían otro disfraz que una nariz de cartón o unos bigotes de crepé, conservándolos a pesar de que estorbaban su comida. Algunos aparecían con grandes chambergos, poncho en los hombros y espuelas, que hacían resonar belicosamente. Eran comisionistas ansiosos de color local, que declaraban ir vestidos de gauchos de las Pampas o de rotos chilenos.
--¡Ah, gaucho lindo! ¡Tigre!--exclamaban con burlón entusiasmo los muchachos sudamericanos--. ¡Ah, rotito!... ¡Huaso gracioso!...
Y los mascarones, apoyando la diestra en el machete viejo o el cuchillo de cocina que llevaban al cinto para «estar más en carácter», sonreían agradecidos.
--_Ich danke_... Mochas grasias.
Algunos comían entre sudores de angustias, disfrazados de derviches con mantas de cama. Un grave alemán se había puesto el chaleco salvavidas que guardaba todo camarote por precaución reglamentaria. Encerrado como un crustáceo en este caparazón de corcho, manteníase lejos de la mesa a causa del volumen de su envoltura, teniendo que realizar todo un viaje cada vez que sus manos iban de los platos a la boca. Un asombro burlesco le había saludado con ruidosa ovación, y satisfecho de tal triunfo, aguantaba el martirio, siendo el primero en admirar su prodigiosa inventiva.
Las doncellas de los camarotes de lujo iban de mesa en mesa, disfrazadas de campesinas del Tirol, regalando flores. Otros criados, vestidos de buhoneros alemanes, ofrecían las chucherías que llevaban en un cajón sobre el pecho. Un grumete pintado de negro descolgábase con ayuda de una cuerda por la claraboya que comunicaba el salón de música con el comedor, y pregonaba, a estilo de los vendedores de diarios, el _Aequator Zeitung_, periodiquito impreso a bordo en la prensa que servía para el tiraje de _los menús_ y las listas de pasajeros. La minúscula hoja repetía en todos los viajes los mismos chistes y versos dedicados al paso de la línea. El mayordomo, de pie en la entrada del comedor, puesto de frac con botones dorados, parecía presidir el banquete, sonriendo modestamente, como si agradeciese las mudas felicitaciones del público por el buen arreglo de la fiesta.
Sobre las mesas elevábanse pirámides multicolores de cucuruchos con sorpresas. Tiraban de sus extremos los comensales, produciéndose un estallido fulminante, y de las envolturas surgían menudos objetos de adorno, mariposas y flores de gasa, minúsculas banderas, gorros de papel. Se ornaban los pechos de las señoras con estas chucherías brillantes; la solapa de todo _smoking_ lucía como una condecoración la banderita nacional del portador. Cubríanse las cabezas con los gorros de papel de seda, crestas de aves, mitras asiáticas, sombreros de _clown_, que contrastaban grotescamente con el gesto ávido de los comilones.
Después del asado desaparecieron los camareros, y todas las luces se apagaron de golpe. Esta obscuridad absoluta provocó, luego de un silencio de sorpresa, gritos y silbidos. Los malintencionados imitaban en las tinieblas chasquidos de besos; otros lanzaron bramidos de animales. Pero el estruendo fue de corta duración.
Sonó a lo lejos la música y brillaron en el antecomedor luces rojas y verdes, una línea de faroles llevados en alto por los camareros. Este resplandor, amortiguado por los vidrios de colores, iluminaba discretamente con luz suave. Era la «marcha de las antorchas» de toda fiesta alemana. Los pasajeros, atraídos por el ritmo de la música, empezaron a golpear a compás con sus cuchillos los platos y los vasos. Y entre este tintineo general, que casi ahogaba los sonidos de los instrumentos, desfiló la comitiva: el tambor mayor al frente de la banda; toda la servidumbre portadora de faroles; las camareras disfrazadas de floristas, y un gran número de animales, osos, perros y leones, mozos de buena fe, que sudaban bajo los forros de pieles y movían de un lado a otro sus cabezas de cartón rugiendo o ladrando. Dos hombres apoyados uno en otro marchaban invisibles bajo un caparazón que imitaba el pellejo coriáceo de un elefante, moviendo entre las mesas la trompa serpentina del monstruo y sus orejas de abanico. Otros camareros venían después, sosteniendo platos luminosos, grandes bandejas, en cuyo interior elevábanse los helados en forma de castillos, aves o _chalets_, todos bajo campanas de cristal de diversos colores y con una bujía en el centro.
Cerraban la marcha varias señoritas de gran sombrero y rubia cabellera suelta, que sonreían impúdicamente a los hombres enviándoles besos. Eran la escolta de honor de tres matronas de hermosos brazos y majestuoso andar, con túnicas blancas y el purpúreo gorro frigio sobre las negras y ondulosas crenchas. Se las reconocía por el color y los adornos heráldicos de sus mantos: la República del Brasil, la República de Uruguay y la República Argentina.
Esta aparición hizo circular entre los pasajeros un movimiento de sorpresa, de ansiedad, como si todos sintiesen a la vez el latigazo del deseo. ¿Dónde habían estado ocultas hasta entonces aquellas buenas mozas?...
Munster requirió sus lentes para apreciar mejor la novedad. Isidro, que afirmaba conocer a todos los del buque, se incorporó asombrado... ¿De dónde salían estas muchachas?... Eran superiores en su esbeltez fresca y dura a todas las camareras flácidas y de talle cuadrado que servían en el buque.
Pero la ojeada atrevida de una de aquellas beldades que danzaban ante las tres repúblicas y el beso que le envió con la punta de los dedos hicieron que Maltrana reconociese de pronto su rostro oculto tras los rizos ondulosos y la capa de colorete y polvos de arroz.
--¡Cristo! ¡Si es el _steward_ de mi camarote!...
Admiró a la luz algo difusa de los faroles las formas y contoneos de estos efebos rubios de carnes blancas y depiladas, así como su facilidad para transformarse.
--Cualquiera reconoce a los mismos que por la mañana limpian los camarotes, sacuden las camas y manejan los cacharros de aguas sucias... Fíjese, Ojeda: ¿quién no se equivoca?... Ahora lo comprendo todo.
La afeminada comparsa avanzó entre las mesas, seguida del asombro de las señoras y los atrevimientos burlescos de los hombres. Algunos de éstos saltaban del requiebro a la acción, pellizcando al paso a las revoltosas señoritas, que contestaban con chillidos de miedo y pudorosos respingos.
Se inflamaron de pronto las luces del techo, huyeron máscaras y animales, como un aquelarre sorprendido por la salida del sol, y únicamente quedaron en el comedor los camareros con sus bandejas de helados, comenzando el reparto.
Ojeda había mirado varias veces a la mesa cercana, donde comía sola Mrs. Power. Estaba vestida con gran elegancia y sobre la carne pálida de su escote centelleaban varios brillantes.
--Parece preocupada--había dicho Isidro al principio de la comida--. Está sin duda de mal humor. No le mira a usted, Ojeda, como otras veces. ¿Es que ya no son amigos?...
Transcurrió la comida sin que Fernando consiguiese encontrar sus ojos con los de la norteamericana. Miraba ella a todos lados con aire distraído, y evitando poner sus ojos en la mesa cercana. Al terminar el desfile, cuando la alegría general hacía conversar a unos grupos con otros, las obsequiosidades de Munster le hicieron volver el rostro hacia los vecinos. El joyero, con una cortesía melosa, elevaba su copa de champán en honor de la señora. Maud le contestó con una inclinación de cabeza, elevando también su copa; y para no parecer desatenta, repitió el movimiento mirando a Isidro y luego a Ojeda. Ni la menor emoción en sus ojos claros y fríos. Un gesto de cortesía y nada más.
Munster, orgulloso de la amistad que le unía a aquella señora con motivo del _bridge_, la invitó a reanudar el juego. Antes del baile podían hacer una nueva partida en el salón de música: los esposos Lowe estaban dispuestos... Y ella movió la cabeza con expresión de cansancio. No sabía qué decir... Tal vez más tarde se decidiese a aceptar... Estaba fatigada.
Fernando miró con odio a su compañero de mesa. Pero ¿este viejo teñido por qué se interponía entre él y Maud con su maldito _bridge_?... Creyó ver en él cierta expresión de petulancia, el orgullo de su amistad naciente con aquella señora que hasta entonces sólo se había fijado en Ojeda... No habría _bridge_: lo juraba Fernando en su interior. Maud se había vestido elegantemente para asistir al baile, y no terminaría la noche sin que los dos tuviesen una explicación. Necesitaba conocer el motivo de su conducta inexplicable.
Después de la comida la vio en el jardín de invierno tomando el café con los Lowe. El señor Munster fue a su mesa para repetir la invitación, y Maud le contestó con movimientos negativos.
Experimentó Ojeda con esto la primera satisfacción de toda la noche. ¡Muy bien! Así aprendería el viejo importuno a no creerse en plena intimidad. Además se imaginó, con un optimismo inexplicable, que esta negativa era a causa de él. Tal vez Maud deseaba igualmente una entrevista, al desvanecerse su enfado inexplicable. ¡Quién sabe!...
Transcurrió una hora sin que ocurriese en el buque nada extraordinario. Abajo en el comedor retiraban los sirvientes las mesas, preparando el salón para el baile. Las máscaras paseaban por la cubierta. Sus dos calles parecían las de una ciudad en Carnaval. El señor disfrazado con el salvavidas tomaba su café tranquilamente, sin abandonar el caparazón de corcho. Maltrana predicaba sobriedad y buenas costumbres en un grupo de jóvenes. Después de las locuras de la noche anterior, había que acostarse temprano: así que terminase la fiesta. No debían abusar del pobre cuerpo.
Sonaron varios trompetazos anunciando el baile, y poco después la orquesta rompió a tocar un vals en el comedor, todavía desierto.
Corrieron las niñas, impacientes; levantáronse las madres con lentitud, como si les costase abandonar su incrustación en los almohadones; sonó un fru-fru general de faldas con lentejuelas y adornos metálicos de los disfraces.
Mrs. Power se despidió de los Lowe, pasando ante Ojeda sin dirigirle una mirada. Esta indiferencia la aceptó él como un signo favorable: era disimulo. Abandonaba a sus amigos para facilitarle la ocasión de una entrevista a solas. Sin duda iba a esperarle abajo, en el salón de baile.
Tardó algunos minutos en seguirla, queriendo imitar esta prudencia, y al fin, después de mirar a un lado y a otro, abandonó la mesa, deslizándose por la escalera cautelosamente, cual si quisiera pasar inadvertido.
En el salón daban vueltas las primeras parejas y se instalaban las familias con gran ruido de sillas desordenadas. Fernando miró a todos lados, sin alcanzar a ver la cabellera rubia de Maud. Luego examinó los grupos estacionados en el antecomedor. Nada...
Comenzaba a sentir la tristeza del desaliento, cuando de pronto hizo un gesto de satisfacción. ¡No habérsele ocurrido antes!... Ella le esperaba en su camarote; no había duda posible. Luego de mirar otra vez en torno de él para convencerse de que nadie podía espiarle, avanzó por el corredor con fingida indiferencia.
A los pocos pasos temblaba interiormente con las vacilaciones del miedo. ¡Si iría a repetirse la escena de la mañana!... Pero no; el recuerdo de la noche anterior le daba confianza. Aún no habían transcurrido veinticuatro horas, y noches como aquélla no se olvidan fácilmente. Su orgullo varonil le infundió valor. Seguramente ella se había retirado para esperarle.
La puerta del camarote estaba cerrada, y otra vez la rozó con tímido llamamiento. Veíase luz por el ojo de la cerradura y la pequeña claraboya abierta sobre el marco. A la voz interrogante que sonó al otro lado de la madera, Fernando repuso, para hacerse conocer, con una leve tos y un murmullo discreto. Era él... Hubo en el interior cierto rebullicio que indicaba cólera y sorpresa; muebles removidos, palabras masculladas en sordina, y hasta creyó percibir Ojeda un principio de juramento. ¿Cuándo iba a cesar de molestarla con sus incorrecciones?... Esta conducta no era propia de un _gentleman_... No lo era...
Y elevando su tono la irritada voz, dijo junto a la puerta, con acento imperativo:
--Váyase... Voy a llamar.
Sonó a lo lejos un timbre eléctrico, y él tuvo que huir, temeroso de que le sorprendiesen en su ridícula inmovilidad ante la puerta cerrada. En el pasillo se cruzó con una de las doncellas, que acudía al llamamiento disfrazada de florista tirolesa.
Marchando con la cabeza baja, sin saber adónde iba, se vio de pronto en la cubierta de paseo. Apretaba los puños, murmurando palabras iracundas. ¡Cómo se había burlado de él aquella mujer! ¡Qué vergüenza!...
Cansado de pasear por la cubierta solitaria, sentóse en un banco lejos de la luz, contemplando el Océano por encima de la borda. La negra calma de la noche serenó y puso en orden sus atropellados pensamientos.