Los argonautas

Chapter 35

Chapter 353,926 wordsPublic domain

Hubo que hacer esfuerzos para apaciguar a los _cow-boys_, que encontraban el juego muy de su gusto. Ellos estaban prontos a pagar todos estos desperfectos y los que pudieran hacer los respetables _gentlemen_ que estaban en su compañía. «Y un _gentleman_ que paga, puede hacer lo que quiera.» Sacaban los billetes a puñados de los bolsillos de sus pantalones, indignándose de que por unos _dollars_ vinieran a perturbar sus placeres, y únicamente se apaciguaron al verse de nuevo en el fumadero con toda la honorable sociedad, ante unas botellas que un amigo había guardado ocultas debajo de una mesa.

--Y no hubo más--dijo Maltrana.

Pero Ojeda insistió. Cerca del amanecer habían despertado muchos pasajeros que vivían en las inmediaciones del camarote de Isidro. Gritos, golpes a la puerta, llamamientos desesperados de timbre, llegada del mayordomo con su ronda de criados. ¿Qué había sido aquello?

--Fue obra mía--contestó Maltrana bajando los ojos con modestia--. Me ocurrió lo de la otra noche. Apenas bebo un poco, me asalta el recuerdo de mi vecino el hombre lúgubre y quiero averiguar el misterio que guarda en el camarote inmediato.

Había hablado a sus compañeros de esta novelesca vecindad, dando por real e indiscutible todo lo que él llevaba en su imaginación. Una gran señora, princesa rusa o archiduquesa austriaca--en esto dudaba Maltrana--, venía prisionera en el buque. Nadie la había visto, pero su hermosura era extraordinaria. Y su raptor y guardián era aquel hombre antipático, siempre de negro, con cara adusta...

Le escucharon todos con gran interés: unos, conmovidos egoístamente por la hermosura de la dama; otros, noblemente indignados de que junto a ellos pudiese un hombre realizar este secuestro. El _cow-boy_ más viejo abría los ojos con asombro infantil. «¡Y la _mistress_ vivía encerrada contra su voluntad! ¡Y esto era posible!...»

A los pocos minutos veíase Maltrana avanzando cautelosamente por el pasillo que conducía a su camarote, seguido de varios compañeros que marchaban en fila, conteniendo el aliento como si fuesen a sorprender a un enemigo dormido. Golpearon la puerta del hombre misterioso. «Señor: abra usted buenamente.» Le convenía evitar el escándalo y que su crimen quedase en el misterio. Era Maltrana el que se lo aconsejaba por su bien. Debía entregarles la llave del camarote inmediato y seguir durmiendo, si tal era su gusto... Inútil resistir, pues llegaba al frente de un ejército de héroes... ¿Se hacía el sordo? ¡A la una!... ¡a las dos!...

Y los héroes cayeron con todo el empuje de sus cuerpos sobre la puerta del camarote vecino, para echarla abajo y libertar a la dama. «No tema usted, princesa: no grite. Somos amigos.» La recomendación de Maltrana fue inútil, pues la princesa no gritó ni se aproximó a la puerta. Cada golpazo del _cow-boy_ viejo conmovía toda la fila de camarotes. Sonó un estallido de gritos y maldiciones de gentes súbitamente despertadas. Vibró furiosamente a lo lejos el sonido de un timbre. Era el hombre misterioso que pedía auxilio.

--Cuando, al presentarse el mayordomo, vio que intentábamos forzar la puerta de la princesa, se puso enfurecido como jamás le he visto: con una cólera de cordero rabioso. Nos faltó al respeto, amenazándonos con llamar al comandante para que nos metiese en la barra. A mí me prometió cambiarme de camarote hoy mismo, para que no repita mis intentos. Y todo esto me afirma aún más en la creencia de que hay un secreto, un gran secreto, en ese camarote cerrado. Había que ver la indignación del mayordomo cuando nos pilló en vías de descubrirlo... Y no se descubrirá, hay que perder la esperanza.

Ojeda pareció interrogarle con sus ojos al oír esto.

--No se descubrirá--continuó Isidro--, porque acabo de dar al mayordomo mi palabra de honor de no ocuparme más de mi vecino ni curiosear en el camarote inmediato. Sólo así me deja en el mío y no me obliga a pasar a otro menos cómodo... El hombre misterioso triunfa. ¡Cómo ha de ser!... Acabo de verlo, y para castigarle, no le he saludado... Y le negaré siempre el saludo, aunque él finge que no le importa. Eso le enseñará a callarse y a ser persona decente.

Y como si le doliese tener que abandonar la empresa, dijo a Ojeda:

--Usted podía dedicarse a este negocio. Si quiere, le presto mi camarote para espiar desde él. Fíjese bien... se trata de una princesa. Y seguramente que si es usted el que la busca, ella se dejará ver. Usted es de mejor presencia que yo: más guapo, más elegante.

Fernando hizo un gesto de indiferencia y despego que pareció ofender a Maltrana, como si fuese dirigido contra una persona de su familia. ¡Pobre princesa! ¡Verla abandonada así!...

--Lo comprendo. Usted tiene por el momento cosas que considera mejores... Pero tal vez se engaña. ¡Quién sabe!... ¡quién sabe!

Siguió escuchando Ojeda a su amigo, pero con cierta distracción, volviendo la cabeza siempre que notaba el paso de alguien por detrás de él. La cubierta estaba totalmente ocupada por los pasajeros: unos, en grupos movibles; otros, sentados a la redonda en los sillones, obstruyendo el paso. Todos estaban arriba... menos ella.

Ansiaba verla Fernando y tenía miedo al mismo tiempo. Sentía la zozobra de la primera entrevista luego de la posesión, cuando se reflexiona fríamente, desvanecidos ya los arrebatos cegadores, y se calculan las consecuencias del gesto. ¿Qué expresión sería la suya al encontrarse como amigos, obligados al fingimiento después de una oculta intimidad?...

Sonó el rugido de la chimenea, que indicaba la hora de mediodía. ¡A almorzar!... Abajo, en el comedor, Fernando sintió crecer su inquietud al ver que se llenaban todas las mesas y la de Maud seguía desocupada. Sucedíanse los platos; el almuerzo tocaba a su fin, y ella sin aparecer.

Maltrana, apiadándose de su impaciencia, preguntó a un camarero por la señora norteamericana. ¿Estaba enferma?... Y el doméstico volvió al poco rato con noticias. Había pedido que la sirviesen el almuerzo en su camarote. Tal vez estaba indispuesta.

Esto hizo que Ojeda comiese de prisa, con un visible deseo de escapar cuanto antes... ¡Maud enferma! Avanzó por el pasadizo que conducía a los departamentos de lujo en el mismo piso del comedor. Marchó con seguridad sobre la mullida alfombra hasta las proximidades de su propio camarote, pero al torcer con dirección al de Maud, fue adelantando cautelosamente, como el que acude a una cita amorosa y teme ser visto. Al final de un breve corredor, junto a un tragaluz, estaba la puerta de Mrs. Power, con una tarjeta que ostentaba su nombre. La puerta permanecía entreabierta e inmóvil, fija en esta posición por un gancho interior para que dejase entrar el fresco del pasillo.

Fernando miró por el espacio abierto, sin ver otra cosa que la mitad de una mesa ocupada por artículos de tocador. Entre los cepillos, botes de perfume y pulverizadores parecía reinar la fotografía de un hombre encerrada en un marco de níquel. Era un buen mozo, de mandíbula enérgica, bigote recortado, ojos imperiosos y una gran flor en el ojal de la solapa. Indudablemente míster Power... Recordó Ojeda que en la noche anterior Maud se había arrancado de sus brazos en el primer momento, corriendo a aquella mesa con el ansia de reparar un olvido. Sin duda fue para ocultar al simpático _mister_, que otra vez ocupaba el sitio de honor, transcurridas las horas de ingratitud y de pecado.

Tocó con los nudillos en la puerta tímidamente, y una voz interrogante, la de Maud, contestó con afabilidad: «¿Quién?...». Pero al dar Fernando su nombre, hubo cierto movimiento de sorpresa y revoltijo al otro lado de la puerta, como si Mrs. Power se incorporase sorprendida e irritada. «¡Ah, no! ¡imprudencias, no!...» Su voz temblaba, colérica, enronquecida; una voz despojada de pronto de su sedosa feminidad. Y como si temiese que el hombre audaz llevara su atrevimiento hasta levantar el gancho que fijaba la puerta, fue ella la que se adelantó a su acción, cegándola con rudo empuje, que puso en peligro una mano de aquél.

Permaneció Fernando confuso ante la hermética hoja de madera. Balbuceaba excusas. Había venido para saber de la salud de la señora: temía que estuviese enferma. Pero ella cortó estas palabras humildes que imploraban perdón con otras breves y rudas como órdenes. Podía retirarse. No se venía sin permiso al camarote de una dama. Era una imprudencia comprometedora, indigna de un _gentleman_.

Sintió más estupefacción que vergüenza al retirarse humillado. Pero ¿era Maud la que hablaba así?... ¿Sería un sueño lo de la noche anterior?...

Repasaba en su memoria incidentes y palabras con la ansiedad de encontrar algo que hubiese podido ofenderla. Porque él estaba seguro de que sólo una ofensa involuntaria de su parte podía ser la causa de esta conducta. ¡Son tan susceptibles las mujeres!...

No podía achacar este cambio de humor a una decepción sufrida por Maud. No; eso no. Lo afirmaba él, orgulloso de su poderío varonil. Recordaba satisfecho los suspirantes agradecimientos de la norteamericana, sus balbucientes elogios a la incansable vehemencia de una raza que, en ciertos extremos, consideraba muy superior a la suya, metódica y prudente; la humildad con que al amanecer había pedido misericordia, vencida por la fatiga y el sueño.

«Esto pasará--se dijo Fernando--. Un capricho... tal vez cierto rubor; miedo de verme otra vez. A la tarde o a la noche hablaremos, y como si no hubiese ocurrido nada.»

Arriba, en la cubierta de paseo, vio a la gente agolpada sobre una borda de estribor, mirando al mar. Una tromba: una tromba de agua en el horizonte. Miró como los otros, pero sin ver nada extraordinario. El cielo se había despejado con la mudable rapidez de la atmósfera ecuatorial. En su límpido azul sólo quedaba flotante una nube negra cerca de la línea del horizonte.

Esta nube, que contemplaban todos, parecía una flor de pétalos vaporosos, con un largo vástago que descendía en busca del agua. Pero este vástago perdía de pronto su rigidez, tomando la forma de una sanguijuela que se estiraba sin llegar con su boca al Océano. Un espacio de color violeta quedaba entre la superficie atlántica y el extremo de la manga; y sin embargo, no por esto dejaba de verificarse la colosal succión. El mar levantábase debajo de la nube en forma de canastillo, y este redondel acuático coronado de espumas cambiaba de sitio así como el cono nebuloso iba corriéndose por el cielo.

Se deshizo al fin la tromba, restableciéndose la uniforme tersura del horizonte. Los pasajeros, terminado el espectáculo, volvieron a formar corros en la cubierta o se ocultaron en el fumadero y el jardín de invierno. Bromeaban acerca de la ceremonia que iba a verificarse aquella misma tarde. Asomábanse al balconaje de proa para ver abajo la gran pila del bautizo, improvisada en el combés con maderos y lonas impermeables: una piscina de natación que recibía agua continua del mar por una manga y derramaba parte de su contenido con el balanceo del buque.

Los sesteantes abandonaron sus camarotes a las cuatro de la tarde y subieron a las cubiertas, parpadeando deslumhrados por el ardor del sol. La música, acompañada de gritos y gran batahola infantil, recorría el buque. Neptuno acababa de subir a bordo. Nadie había visto por dónde, pero la presencia del dios con su bizarro cortejo era indiscutible.

Alineábase la gente en el paseo para ver desfilar el cortejo carnavalesco. Primero, la banda, precedida del pasaje menudo: niñeras empujando los cochecillos infantiles; muchachos inquietos que saltaban y se empujaban, coreando a todo gañote la marcha que tocaban los músicos. Después, un pielroja con grandes penachos y un hacha enorme, cubiertas sus desnudeces con sudoroso almazarrón, y dos negros casi en cueros, sin otras superfluidades que unos taparrabos de crin, huecos como faldellines de bailarina, y una lanza al hombro. Estos negros falsificados, con el cuerpo reluciente de betún, enseñaban por debajo de la peluca ensortijada sus ojos azules. A continuación, cuatro gendarmes de cascos abollados y sables herrumbrosos; y tras esta escolta de honor, Neptuno, el de las blancas barbas, con diadema de latón y cara de borracho; un astrónomo y su ayudante, con luengos fracs de percalina y sombreros de copa alta pintarrajeados de estrellas; un escribano con toga y birrete, seguido de su ayudante, que llevaba los libros; y el barbero del dios, favorito y bufón a un tiempo, lo mismo que ciertos rapabarbas históricos consejeros de los antiguos reyes.

Luego de recorrer todos los pisos del castillo central, descendió la procesión al combés, instalándose junto a la piscina. Los emigrantes, acorralados en la proa tras una valla de cuerdas, contemplaban en silencio la grotesca ceremonia. Los balconajes del castillo central llenábanse de gentío. Desde la explanada de proa abarcábase en conjunto su enorme fachada blanca, semejante a la de un palacio en construcción, cortada por galerías de un extremo a otro y rematada por un kiosco que era el puente. Sobre las filas de curiosos asomados a los diversos balconajes aparecían otros subidos en bancos y sillas, avanzando las cabezas para ver mejor la fiesta. El puente de derrota también estaba invadido por los pasajeros, y entre las gorras blancas de los oficiales que allá en lo alto escrutaban el mar y vigilaban la marcha del buque brillaba el tono rubio de algunas cabezas femeniles y ondeaban velos de colores.

El astrónomo carnavalesco y su ayudante tomaron la altura con ridículos instrumentos de náutica, y al hacer la declaración de que estaban exactamente en la línea, Neptuno, con un golpe de tridente, dio principio a la ceremonia. El escribano leía en un libro sostenido por su amanuense. Las palabras alemanas, al surgir rudas y sonoras por entre sus barbas de cáñamo rojo, provocaban en los balconajes una explosión de carcajadas y rubores femeniles. Era la risa gruesa que acompaña a los chistes equívocos. «¿Qué dice? ¿que dice?», preguntaban los más, al no entender estas agudezas germánicas. Y aunque no obtuviesen contestación, reían igualmente.

Ojeda y Maltrana, que estaban en el combés, cerca de los grotescos personajes, avanzaban la cabeza como si pretendiesen entender algo de este relato.

--¿Qué dice, Fernando?... Las palabras tienen cierto runrún, como si fuesen versos.

--Son aleluyas. No entiendo bien, pero me parecen bobadas para hacer reír a esta buena gente.

Terminó la lectura con un sonoro trompeteo de los músicos, y los dos negros, abandonando sus azagayas, se lanzaron de cabeza en la piscina, haciendo varias suertes de natación y quedando largo rato con los pies en alto y la cabeza sumergida, flotando sobre la superficie el faldellín de crines. Gritaban las señoras con risueño escándalo; volvían la cabeza algunas madres en busca de sus niñas, para recomendarles que no mirasen. Pero pronto se restablecieron la calma y la confianza, por tratarse de negros civilizados, negros protestantes, que usaban púdicos disimulos debajo del taparrabos.

Sus gracias natatorias quedaron casi olvidadas por los preparativos grotescos que hacía el barbero. Sacaba a la luz sus aparatos, y cada uno de ellos era saludado con grandes risas: una navaja de afeitar del tamaño de un hombre; unas tenazas no menos grandes, que servían para arrancar muelas, todo de madera pintada; una brocha que era una escoba, con la que revolvía el líquido de un tanque, echando puñados de yeso que figuraban ser polvos de jabón. Afiló la navaja en una gran pieza de tela que sostenían dos grumetes; probó las tenazas intentando cazar con ellas la cabeza de uno de los negros, que las esquivó sumergiéndose en la piscina; apreció la densidad de la pasta blanca del cubo salpicando con un asperges de la escoba a los más vecinos; y las buenas gentes celebraban con gran regocijo todas sus travesuras.

Empezó el desfile de neófitos. El escribano leía nombres, y avanzaban entre dos gendarmes los que debían recibir el bautizo, descalzos, sin más traje que las ropas interiores o un simple pijama. Eran pasajeros de primera clase que accedían a tomar parte en la ceremonia, y cuya presencia saludaba el público con gritos y aclamaciones. Reían las mujeres con maliciosa delectación al contemplar en tal facha a los mismos señores que se pavoneaban en el paseo o en el comedor con estiramiento ceremonioso.

Sólo desfilaban los alemanes que hacían su primer viaje al otro hemisferio, amigos de las tradiciones, que se hubiesen creído defraudados en sus intereses y disminuidos en su prestigio al proponerles alguien que se ahorrasen esta ceremonia grotesca y penosa.

Era costumbre antigua sufrir el bautizo de la línea, y ellos no renunciaban a lo que de derecho les correspondía. Además, era un honor y una satisfacción contribuir al regocijo de los compañeros de viaje a costa de la propia persona. Al surgir en la lista de los destinados al bautizo un nombre que no era alemán, el escribano se abstenía de repetirlo y pasaba a otro. Sabían los del buque, por varias experiencias, que sólo el buen humor germánico se prestaba con gusto a estos juegos. Las gentes morenas, susceptibles en extremo y con gran miedo al ridículo, tomaban como ofensas estas bromas inocentes.

Ponían los gendarmes al neófito en manos del barbero, y éste lo hacía sentar sobre una escalerilla al borde de la piscina. Los dos negros se agitaban detrás de él mojándole las espaldas con furiosas rociadas que le hacían estremecer, mientras el rapabarbas procedía a su tocado. Le embadurnaba con la pasta blanca, pugnando por sostener al paciente, que intentaba librar los ojos y la boca del tormento de la escoba. Fingía afeitarle con el horripilante navajón; intentaba introducir entre sus labios las enormes tenazas para extraerle una muela, y mientras tanto, el escribano pronunciaba la fórmula del bautizo: «Por la gracia de nuestro dios Neptuno te llamarás en adelante...». Y le daba un nombre: tiburón, cangrejo, bacalao, ballena, según el aspecto caricaturesco de su persona, apodos que encontraban eco en la fácil hilaridad del público.

Soltaba un rugido la trompetería al terminar su fórmula el escribano; apoyaba sus puños el barbero en el pecho del neófito, tiraban de él los negros, y caía de espaldas en la piscina con un chapoteo que salpicaba a larga distancia. Desaparecía en el líquido turbio cubierto de vedijas de yeso. Los negros pesaban sobre él para mantener su inmersión lo más posible, y al fin resurgían los tres hechos un racimo, luchando con furiosas zarpadas que provocaban risas. Y el bautizado salía chorreando, sin otra preocupación que mantener las manos cruzadas sobre el vientre para evitar indecorosas transparencias, llevando en sus ropas las huellas obscuras de las manos de los negros, mientras éstos ostentaban en sus brazos desteñidos las manos blancas marcadas por el neófito durante la lucha.

Iba lanzando nombres el escribano, y algunos, al no obtener respuesta, provocaban la intervención de la fuerza pública. Obedeciendo a una seña del mayordomo, salían los ridículos gendarmes en busca del fugitivo por todo el buque. Era alguno que deseaba aumentar la alegría pública con este incidente de su invención. Y cuando al fin se dejaba coger, aparecía, lo mismo que una tortuga en su caparazón, bajo las vueltas del cable con que le habían sujetado sus aprehensores. El barbero se ensañaba con él, prolongando las bárbaras operaciones de aseo, y los negros libraban un verdadero pugilato para no dejarle salir de la piscina.

--_Herr Maltrana._

Apenas dijo esto el escribano, una alegría loca se esparció por el combés, ganando los balconajes del castillo central. Hasta los emigrantes de la proa salieron de su inmovilidad. Todos los que hasta entonces habían permanecido indiferentes ante unos hombres faltos de significación, rompieron de pronto a gritar, se agitaron lo mismo que una turba que invade una escena. «¡Maltrana! ¡Que salga Maltrana!» Las nobles matronas volvían a él sus ojos desde las alturas y agitaban las manos para que obedeciese sus deseos. El doctor Zurita y otros argentinos abandonaron la tranquilidad zumbona con que habían presenciado hasta entonces las «pavadas de los gringos», para hacer señas a Isidro, incitándole a que diese gusto a las familias. «¡Ah, gaucho valiente!... ¡A ver si hacía una de las suyas!» Hasta los niños palmoteaban con entusiasmo. «¡Don Isidro!... ¡Que salga don Isidro!» El héroe se levantó, saludando con ironía y orgullo al mismo tiempo.

--¡Qué ovación!... ¡Gracias, amado pueblo!

Pero al volver a encogerse en uno de los mástiles horizontales de carga que servía de asiento a él y a Fernando, ocultándose con modestia detrás de su amigo, redoblaron furiosas las peticiones del público. Dos gendarmes iniciaron un avance hacia él.

--Va usted a ver, Ojeda, como esto termina mal--dijo con rabia--. Yo no vengo aquí para hacer reír... Al primer tío de ésas que me toque, le suelto un mamporro.

El mayordomo, discreto, adivinando los pensamientos de Maltrana, hizo una seña; los gendarmes volvieron sobre sus pasos y el escribano se apresuró a dar otro nombre:

--_Herr Doktor Muller._

Un estallido de alegría germánica borró los últimos murmullos de la decepción causada por Isidro. La risa fue general al ver entre los gendarmes al «doktor»--el mismo del que hablaba Maltrana en Tenerife--, enorme de cuerpo, grave de rostro, con sus barbas de un rojo entrecano y gruesos cristales de miope. Acogió con una risa infantil la ovación burlesca del público y fue a sentarse en la escalerilla de la piscina como en lo alto de una cátedra. «El deber es el deber--parecía decir con las frías miradas en torno suyo--. La disciplina es la base de la sociedad; y hay que amoldarse a lo que pidan los más.»

Se quitó los zapatos, colocándolos meticulosamente, sin que uno sobrepasase al otro un milímetro; se despojó de las gafas, entregándoselas a un grumete, como si fuesen un objeto de laboratorio, y sin perder su noble calma, mirando a todos con ojos vagos desmesuradamente abiertos, comenzó a despojarse de las ropas, hasta que los gritos femeniles y las risas de los hombres le avisaron que no debía seguir adelante.

Ojeda contemplaba al «doktor» con cierto asombro. Iba a América contratado por un gobierno para dar lecciones de química en la Universidad del país. Gozaba de algún renombre en los laboratorios de su patria... Y estaba allí aguantando las enjabonaduras y payasadas del barbero, estremeciéndose bajo las rociadas de los negros, sin conocer lo grotesco de una situación que hubiese irritado a otros, satisfecho tal vez de contribuir al regocijo de esta muchedumbre fatigada por la monotonía del Océano. Sonó el trompetazo del bautizo, y el «doktor» chapoteó en la piscina, defendiéndose de las manotadas de los negros, ridículo en su aturdimiento de miope, majestuoso por la importancia que concedía al acto y la seriedad con que se alejó chorreando agua sucia por ropas y barbas, luego de recobrar sus anteojos.

Continuó la fiesta con visible decaimiento de la curiosidad. Desfilaron gentes del buque: grumetes que hacían su primer viaje, fogoneros de larga navegación por los mares septentrionales que no habían estado en el hemisferio Sur. Y los encargados del bautizo extremaban sus bromas con una brutalidad confianzuda en las cabezas rapadas y los torsos desnudos de estos que eran sus compañeros.

Ojeda, durante la larga ceremonia, había mirado muchas veces a los balconajes del castillo central, esperando ver a Maud entre las señoras asomadas a ellos. Pero la norteamericana permanecía invisible. Al fin, cuando no quedaban ya neófitos y los grotescos personajes iban a retirarse, precedidos por la música, la vio en un extremo del mirador de la cubierta de paseo, oculta detrás de la señora Lowe, asomando sobre un hombro de ésta la frente y los ojos, lo necesario para ver. Fernando pensó que tal vez hacía horas le miraba Maud, sin que él se percatase de ello, y esto le produjo cierta irritación.