Chapter 32
--Y todo este pasado vive ennoblecido e indiscutible bajo una pátina de siglos que lo hace cada vez más venerable. Créame, Maltrana. Al llegar allá, enfunde su burla y procure no hablar de religión, si es que busca apoyo en las damas. Deje eso para los comisionistas de comercio extranjeros. La impiedad no puede ser para nosotros artículo de exportación. Las creencias tradicionales resultan obra de «nuestra vieja», y si las atacamos, hágase cuenta que estamos dando con un pico en la casa materna.
Después de permanecer sentados algún tiempo en la terraza del fumadero, continuaron su marcha, llegando por segunda vez a las ventanas del salón. El público era el mismo, nadie se había movido de su lugar, pero el oficiante era otro. Monseñor estaba abajo, tomando su almuerzo, rodeado de la familia admiradora, que le incitaba a restaurar sus fuerzas después de las fatigas recientes. Ahora era el abate francés el que, revistiéndose a la vista de los fieles con los mismos ornamentos, decía la segunda misa.
En vano desplegaba una majestuosa solemnidad en palabras y gestos: su público seguía admirándole, pero estaba fatigado. Corría el sudor por el rostro de las damas, arrastrando en sus tortuosos raudales el negro de las ojeras, el rojo de las mejillas y el barro blanquecino de los polvos de arroz. La conciencia de estas devastaciones del calor las hacía moverse nerviosas en sus asientos con el abanico sobre el rostro. Los cuellos almidonados de los hombres perdían la acorazada tersura de su planchado; se ondulaban como muros de porcelana próximos a resquebrajarse. De las orejas velludas colgaban perlas de sudor.
Acostumbrado el sacerdote a adivinar el estado de ánimo de los públicos, aceleraba sus gestos, llevaba la ceremonia a todo galope mascullando frenéticamente sus latines, reanudándolos antes de que terminase sus respuestas el ayudante con sotana negra. Este ayudante era don José, el cura español, encogido, humilde, para ganarse las simpatías de las señoras que admiraban al abate.
Los dos amigos, acodados en la borda, sintieron de pronto a sus espaldas un estrépito de sillas removidas, puertas abiertas de golpe, precipitadas carreras, suspiros de pechos comprimidos, algo semejante a la fuga pavorosa del público en un local que se incendia. La misa había terminado y las señoras corrían a sus camarotes para cambiar de ropas y reparar el desorden de sus rostros. Los hombres respiraban unos momentos en la cubierta y encendían un cigarro antes de ir a despojarse de las prendas negras.
Sonó de nuevo el repiqueteo de la campanilla y corrió Isidro a mirar por las ventanas. ¡Otra más!... Era su amigo don José, que, cubriéndose con las vestiduras sudorosas de sus antecesores, iba a decir la tercera misa ayudado por don Carmelo. El sacerdote se preparaba a oficiar sin más pueblo devoto que las sillas esparcidas en el salón con el desorden de la fuga. Sólo algunas domésticas, enviadas por sus señoras, entraron apresuradamente para no quedarse sin misa. Doña Zobeida y Conchita habían avanzado hacia los asientos de primera fila, consolando al oficiante con su presencia de esta retirada general.
--¡Mi pobre don Pepe!--exclamó Isidro--. ¡Él que contaba con esta misa para hacerse visible ante el señorío del buque y adquirir buenas amistades!... ¡Y me lo dejan solo, como un artista sin cartel! Eso no está bien. Hay que hacer algo por el paisano, ¿no le parece, Fernando?... ¡Si nos lanzásemos! ¡Hace tantos años que no hemos visto eso de cerca!...
Y los dos entraron en el salón, colocándose en primera fila. El ambiente, cerrado aún y caldeado por tantas respiraciones, era de una densidad asfixiante. Conchita los saludó con un gesto de cansancio. Doña Zobeida, al reparar en ellos, tuvo miradas de ternura. Muchas gracias, en nombre del buen padrecito. Para ella, esta misa era de mayores méritos que las anteriores.
Don José, al volverse de cara a los fieles, no pudo reprimir un parpadeo de sorpresa viendo la inmovilidad devota de sus dos amigos. Y este agradecimiento, así como lo avanzado de la hora, le hizo despachar su misa rápidamente.
Al terminar la ceremonia, don Carmelo fue el primero en huir, llevándose las manos al rostro, que chorreaba sudor.
--¡Mardita sea mi arma! Serca de dos horas en este horno... Er comandante, porque soy español, me da siempre estos encargos. ¡Con lo que tengo que escribí en la comisaría!...
Y salió apresuradamente, cruzándose con el abate, que volvía en busca de sus ornamentos para colocarlos uno por colocarlos uno por uno, bien contados y limpios, en los estuches de viaje.
La banda de música tocaba su concierto matinal. Todos los sillones del paseo estaban ocupados. Las damas, vestidas de blanco, gozaban el bienestar de una leve frescura después de las angustias sufridas en el salón. Circulaba impreso el programa de las fiestas con las que se solemnizaba el paso de la línea: cuatro días de banquetes, conciertos y juegos atléticos. Muchos reían de los chistes con que el mayordomo había salpicado el programa, gracias inocentes, de una pesadez abrumadora, que parecían guardadas en el almacén del buque con las flores de trapo, las banderas y los escudos de cartón, para resurgir a fecha fija en todos los viajes.
Ojeda, al salir a la cubierta, se vio detenido por la sonrisa de Mrs. Power y abandonó a su compañero, acodándose al lado de ella en la baranda.
«¡Demonio de mujer!--pensó Maltrana--. Parece como que huele a Fernando. Cualquiera diría que tiene ojos en la nuca para verle. Está de cara al mar y apenas nos aproximamos, vuelve la cabeza sonriendo de antemano, segura de que es él quien se acerca.»
Un coro de vociferaciones, grandes risas y aplausos sonó en la terraza del fumadero, y Maltrana, ansioso por conocer todo lo que ocurría en el buque, corrió hacia este sitio.
Era Nélida, rodeada de sus admiradores y otras gentes que habían sido atraídas por el nuevo aspecto que presentaban algunos de aquéllos. El barón belga, su rival el alemán y otros más que tenían bigotes, aparecían ahora con el labio superior recientemente afeitado, y esta novedad provocaba la ovación irónica de los amigos.
Nélida sonreía, bajando los ojos con modestia. Había manifestado el día anterior que nunca podría amar a un hombre con bigotes; ella estaba por el varón a estilo norteamericano, con la cara limpia de pelos lo mismo que los luchadores helénicos. Y esto había bastado para que aquellos hombres, roídos por sorda rivalidad corrieran a ponerse en comunicación con el barbero, presentándose desfigurados ante la veleidosa joven que los abarcaba a todos en un afecto común, sin distinguir a ninguno.
--Esta chica va a volvernos locos--dijo Maltrana a Ojeda, que había corrido también para enterarse del motivo del estrépito--. Ahora parece que su gusto consiste en que los hombres se afeiten. Yo estoy libre de eso: yo he seguido siempre la moda de ahora. Pero usted, Fernando, líbrese de que esa chiquilla le eche el ojo. Veo en peligro sus hermosos bigotes.
--¡A mí!...--exclamó Fernando levantando los hombros despectivamente y mirando a Nélida, que por casualidad fijaba al mismo tiempo sus ojos en él--. No hay peligro, Maltrana... Me vuelvo con la yanqui.
Cuando los dos amigos se reunieron en la mesa, a la hora del almuerzo, notaron la ausencia del doctor Rubau.
--El pobre señor está muy triste--dijo Munster--. Me comunicó anoche que pasaría encerrado todo el día en su camarote. Hoy es el sexto aniversario de la muerte de su señora, y todos los años, esté donde esté, hace lo mismo. Se aísla, piensa en ella, no come; llora con toda libertad.
Maltrana admiró irónicamente la conducta del doctor. ¿Quién podría sospechar esta desesperación romántica en aquel viejo médico, con sus setenta años, sus patillas teñidas y sus dientes montados en oro?... Y en vida de la llorada señora tal vez se habrían peleado los dos frecuentemente y él llevaría sobre su conciencia más de una infidelidad...
--¡La ilusión, Ojeda! La caprichosa ilusión, que agranda las cosas cuando las perdemos y nos las hace amar con nuevos amores, borrando los recuerdos ingratos.
Después del almuerzo, Maltrana desapareció con aire misterioso. Había hablado a su amigo de cierta expedición a la parte más interesante del buque: una visita que muy pocos conseguían hacer. Pero él tenía amigos, gozaba de grandes influencias, y acompañando a don Carmelo, el de la comisaría, iba a realizar su capricho.
No quiso decir más, y se fue escalera abajo, dejando a Ojeda tendido en un sillón de la cubierta.
Un calor pegajoso humedecía las frentes y las espaldas. Los dormitantes cambiaban de postura para separarse de la epidermis las ropas adheridas por el sudor. Una tenue nubecilla, algo así como una leve pincelada blanca, destacábase en el azul del horizonte ante la proa del trasatlántico. Era un velero, todavía lejano, que navegaba con el mismo rumbo del _Goethe_. Pronto lo alcanzaría éste; el viento era escaso; de vez en cuando una ráfaga; luego la calma ecuatorial, densa, anonadadora, que parecía gravitar sobre el Océano, conmovido apenas por ligeros estremecimientos.
Marcábase de pronto sobre este mar luminoso un gran redondel negro. Surgía del horizonte una barra de sombra que iba rodando vertiginosamente hacia el navío, como una pieza de tela que se desenrolla, obscureciendo al mismo tiempo el cielo y el agua. En esta zona de sombra el mar aparecía erizado de pequeñas puntas, como la superficie de un cepillo.
El avance sólo duraba unos minutos. Pasaba el buque, con una rapidez igual a la de las mutaciones escénicas, del sol ardoroso a una penumbra lívida de tempestad. La lluvia lo envolvía con un trágico acompañamiento de relámpagos y truenos estentóreos; truenos como sólo se oyen en la soledad del Océano. Esta lluvia no era a raudales, sino en grandes masas, cual si se desfondase un lago allá en lo alto y todo su volumen cayera de golpe. Entraba en forma de cuchillos por los intersticios de las lonas, inundando la cubierta por el lado del viento; deslizábase en riachuelos ondulosos al pie de las barandas; aglomerábase en las canales de desagüe, que borbolleaban, atragantadas por tanto líquido. Los toldos y las planchas quejábanse como apaleados.
Y a los cinco minutos, cuando las gentes, asustadas, recogían libros y almohadones en las cubiertas para librarlos de la inundación, refugiándose con ellos en los salones, surgía de pronto el sol; el buque, chorreante, brillaba cual si fuese de oro, y la mancha de sombra iba corriéndose en el mar luminoso, cada vez más reducida, más estrecha, hasta perderse en el infinito, como si la fuese arrollando una mano invisible.
Al poco rato el calor ecuatorial había devorado hasta la más recóndita mancha de humedad. Cuando aún se deslizaban en las canales algunas gotas retrasadas, las tablas de las cubiertas, ardientes por el sol, crujían de nuevo bajo los pasos. Un cuarto de hora después del tempestuoso chaparrón no quedaban vestigios de él. Se le recordaba como algo absurdo e irreal, en el calor asfixiante de la tarde, bajo un cielo de crudo azul, sobre un mar que hervía con los reflejos del sol y daba a la retina la impresión de un lago infinito de tibias aguas.
Formábase en el avante de la cubierta un grupo de niños y criadas que señalaban al horizonte. Acudían los pasajeros, apuntando sus gemelos en la misma dirección. Ojeda abandonó su asiento para unirse al grupo, y los dormitantes que estaban cerca se incorporaron igualmente, corriendo con la infantil curiosidad que inspiraba el menor suceso en la monótona existencía de a bordo...
El velero estaba a corta distancia del trasatlántico, moviéndose ante su proa como una montaña de blancos lienzos cuadrangulares ligeramente rosados por el sol. Una maniobra del _Goethe_ lo dejó a un lado, y entonces apareció visible de proa a popa, con su casco férreo pintado de verde, agudo y veloz, y el velamen de sus cinco mástiles, amplio, enorme: un bosque de hojas de lona con nervios de acero, que recogía la menor brisa, vibrando y encabritándose bajo su soplo.
Algunos pasajeros que bajaban del puente transmitían las noticias del telegrafista. Era un velero de Brema y no iba a América. Se aproximaba a las costas del Brasil para tomar los vientos, ganando después el cabo de Buena Esperanza. Iba a la China a cargar arroz.
El _Goethe_ saludó con un bramido el pabellón enarbolado por el velero. Dos docenas de hombrecillos, achicados por la lejanía, agolpábanse en la borda, con el torso desnudo, moviendo en alto sus casquetes blancos iguales a los de los cocineros. Se adivinaban sus gritos, absorbidos por el silencio del Océano, de los que no llegaba el más leve eco hasta el vapor. Dos perros enormes, hirsutos, fieros, puestos de patas en la borda lo mismo que personas, saludaban igualmente con ladridos contorsionantes que convertía la distancia en gestos mudos.
Fue quedándose atrás el buque de vela. Se mantuvo un instante paralelo a la proa; luego, para seguirle, tuvo el gentío que correrse por las cubiertas. Finalmente, sólo lo vieron los emigrantes amontonados en la popa, destacándose la bandera del _Goethe_ sobre la pirámide blanca de su velamen. Parecía inmóvil, a pesar de que dos cuchillos de espuma rebullían a lo largo de su proa. «¡Adiós! ¡Buen viaje!», gritaba en varios idiomas la muchedumbre agrupada en las bordas... Y el velero fue empequeñeciéndose, como si marchase hacia atrás, saludando con violentos cabeceos las arrugas espumosas que enviaba a su encuentro el invisible volteo de las hélices. Al fin pareció quedar inmóvil, sumiéndose en los lejanos términos del horizonte solitario, en la llanura sin límites, donde le harían dormitar con las velas desmayadas las ardientes calmas diurnas; donde avanzaría de noche igual a un fantasma, rodeado de espumas fosforescentes, balanceándose la luna enorme y amarillenta entre el boscaje de su arboladura.
Ojeda extrañó no ver a su amigo en la cubierta. Algo de mucho interés debía preocuparle para que dejase pasar inadvertido este encuentro, que equivalía a un gran suceso en la vida monótona de a bordo.
Al deshacerse los grupos, volviendo unos a sus sillones y otros al interior del café, Fernando encontró a Conchita que paseaba con gracioso contoneo, sacando los codos, montada en altos y ruidosos tacones. Las señoras sudamericanas, al verla pasar, la llamaban «la española donosita».
Sus ojillos negros y agudos se clavaron en Fernando.
--¡Vaya usted con Dios, mala persona! Usted no quiere nada con las paisanas: le parecen poca cosa. Todo para las señoras que hablan en extranjero y ni Dios las entiende... No, hijo: ¡si no quiero nada con usted! Paseo mejor solita... Ahí tiene a su _yanka_ mirando al mar con medio ojo y con el otro medio buscándolo a usted. Acérquese, que le espera.
Y Conchita se alejó con ruidoso taconeo, al mismo tiempo que Fernando, atraído por los ojos claros de Mrs. Power y su sonrisa entre amable e irónica, iba hacia ella, acodándose en la baranda para entablar el segundo galanteo del día. Imposible hacer otra cosa en este encierro flotante, donde era inútil huir, pues al dar la vuelta al lado opuesto de la cubierta encontrábase el fugitivo con las mismas personas.
Las conversaciones con la norteamericana empezaban a fatigar a Ojeda. Estos _flirts_ sin resultado parecíanle monótonos, dulzones e interminables, como los salmos de una capilla evangélica.
Siempre lo mismo: ojeadas sentimentales, palabras melancólicas alternadas con burlas frías y mordientes para los que pasaban junto a ellos. Si él manifestaba deseos de alejarse, una mirada maliciosa que equivalía a una promesa y ciertas palabras de doble sentido le mantenían inmóvil. Cuando, súbitamente entusiasmado, intentaba avanzar, ella sonreía con una inocencia maliciosa: «No comprendo... no comprendo». Y si al fin confesaba su comprensión, era frunciendo el ceño y protestando con frío rubor: «_Shocking_».
Algunas veces se retiraba medio ofendida por las audacias verbales de Fernando, y éste respiraba, satisfecho y contrariado al mismo tiempo. «¡Anda con Dios y no vuelvas nunca!--se decía con rabia--. La verdad es que no sé por qué pierdo el tiempo con esta mujer.»
Pero no transcurrían muchas horas sin que se reanudasen las relaciones de buena amistad. Maud le salía al encuentro fingiéndose distraída; le esperaba al paso, apoyada en la borda, contemplando el mar en la actitud de una actriz que se ve espiada por la máquina fotográfica, y era bastante una sonrisa, un movimiento de ojos, una leve tos, para que Fernando volviese a juntarse con ella.
«Me está toreando--protestaba él mentalmente--. Se está divirtiendo conmigo... ¡Ay, si estuviésemos en tierra pudiera dejar de verte! ¡Qué patada te ibas a llevar, hija mía!»
Pero estaban en el Océano, encerrados en un espacio de unos centenares de metros. Una cadena irrompible los sujetaba a los dos, y cuando el uno se alejaba, el otro forzosamente iba detrás. Había que resignarse a un galanteo penoso y contradictorio, a un tira y afloja que parecía muy del gusto de aquella mujer y le hacía abrir unos ojos de sonriente crueldad, de espasmo sádico, cada vez que él, con los sentidos excitados por misteriosas alusiones o miradas prometedoras, se contraía furioso de deseo.
Su única preocupación al salir de estos suplicios era que Isidro no se enterase de la verdad. ¡Cómo se burlaría de él al conocer la conducta de Maud!... Y a impulsos de su orgullo varonil, de esa vanidad jactanciosa del macho, que transige con la mentira para conservar su prestigio, aceptaba las felicitaciones y la envidia de Maltrana, que se lo imaginaba triunfador.
De tarde en tarde, el remordimiento y el miedo se apoderaban de él. ¡Ay, si la otra contemplase desde lejos lo que le estaba ocurriendo en el buque! ¡Si Teri pudiera verle como se ve por el ojo de una cerradura!...
La vergüenza le hacía permanecer inmóvil en su sillón, leyendo un libro, indiferente a cuanto le rodeaba. Otras veces, con el deseo de aislarse más aún, trasladaba su asiento a la última cubierta y se ocultaba detrás de un bote, gozando el deleite de su voluntad triunfadora, de su enérgica resolución al decidirse a ser fiel. Pero la estrechez del encierro conspiraba contra su virtud. Imposible mantenerse aislado. Las necesidades de la vida, los toques de llamada al comedor, los juntaban a todos. Además, aquella mujer parecía dotada de un sentido diabólico para adivinar su presencia. Le descubría en sus escondrijos, por apartados que fuesen; pasaba ante él orgullosa y atrayente a la vez, lo mismo que una reina convencida de su majestad, con un fluido en torno de su persona que desarticulaba y abatía los santos propósitos mejor construidos.
Reconocía Fernando, aparte de esto, que el enemigo más temible estaba dentro de él. Era la bestia adormilada en la soledad, que se encabritaba al husmear el perfume de Maud; la pureza forzosa por falta de ocasión, que se retorcía fieramente ante la curva tentadora, el largo contacto de las manos o las blancas suculencias enfundadas en seda negra o seda gris exhibiéndose tentadoras entre las faldas recogidas al remontar una escalera con voluntario descuido.
Ojeda dejábase vencer de nuevo con cualquiera de estos incidentes. Al llegar a tierra sería otro hombre, recobraría su fidelidad; pero aquí estaban en pleno Atlántico, y ¡quién sabría nunca lo que ocurriese!... Había que entregarse a su destino; seguir las sugestiones irresistibles del «gran impuro». Y Maud la dominadora le veía otra vez sujeto a su encanto atormentador. Se agitaba en torno de ella sumiso y suplicante, con alternativas de cólera y huidas de despecho que sólo duraban breve tiempo.
Se había creído por un instante libertado de tal servidumbre al conocer a Mina. Esta mujercita triste y enferma no era un peligro. Podía estar junto a ella sin que se alterase el equilibro de su tranquilidad. Mina, con su dulzura sentimental, parecía hermosear la existencia monótona de a bordo. Era un socorro para terminar sin remordimientos la travesía.
Pero Maud, como si adivinase sus pensamientos y temiese una concurrencia, había atacado desde el primer momento a la alemana. Felicitaba a Ojeda con una ironía cruel por su magnífica conquista. ¡Qué suerte! La mujer más fea y pobremente vestida del buque... Una especie de institutriz casada con un musiquillo borracho, del que se reían todos, hasta la turba de cómicos que iba con él.
En su burla despiadada no perdonó ni al niño: un gordinflón con pelo de cáñamo, el más sucio de toda la chiquillería del buque. Ella esperaba ver a Fernando llevándolo en brazos mientras hacía el amor a la mamá. Apostaba algo a que por la noche lo dormía en sus rodillas con acompañamiento de canciones y se preocupaba de cambiarle las ropas interiores.
Con la irritante injusticia de que sólo es capaz el despecho feminil, burlábase también de Mina como cantante. Se había tapado los oídos una tarde que cautelosamente se acercó a las ventanas del salón, cuando ella estaba en el piano y él de pie mirándola lo mismo que un tenor... ¡Y decían que esta infeliz, igual a una doncella de servicio, había sido una mujer hermosa y una grande artista!... ¡Y todos los éxitos de Ojeda en el buque consistían en haber inspirado tal pasión!... Debía felicitarlo por su buena suerte. Y para más ironía, Maud hablaba en francés con acento nasal: «_Mes compliments, mon cher; tous mes compliments_».
¡Pobre Mina!... Algunas veces, mientras hablaba Fernando con Mrs. Power, la había visto pasar cerca de ellos llevando de la mano a Karl. Fingía no conocerlos, torcía los ojos, pero se adivinaba en su gesto la amargura de la decepción. Y cuando Ojeda quedaba solo, ella parecía ocultarse, huyendo de reanudar sus conversaciones. Si en sus paseos por la cubierta se encontraban frente a frente, después de breves palabras Mina pretextaba una ocupación inmediata u obedecía el más leve tirón de Karl para seguir adelante.
A los ojos escrutadores de Maud no escapaba cierto hermoseamiento de la antigua artista, un mayor cuidado en el adorno de su persona.
--Fíjese, señor: su amada hace grandes gastos. Hoy va de blanco de pies a cabeza; un traje de piqué, planchado y almidonado; una verdadera coraza. Está elegante como una institutriz de su tierra... Tiene la cara menos verde, y deja un reguero de olor barato: habrá comprado polvos y perfumes en la peluquería del buque... Y todo por usted, grandísimo conquistador... Hasta lleva zapatos nuevos. No le veo los tacones gastados de antes.
Y Fernando, en el egoísmo de su deseo, acogía estas burlas con una satisfacción cobarde. Eran celos nacientes, que iban a servir para que Maud se mostrase al fin menos esquiva.
Aquella tarde, el humor de ella parecía menos irónico. La voz, algo velada, sonaba con lentitud melancólica; sus ojos estaban húmedos: le brillaban las córneas con una acuosidad excesiva, como si fuesen a derramar lágrimas. De vez en cuando estremecíase con violentos sobresaltos, lo mismo que si una mano invisible le cosquillease en la nuca. Cogida a la baranda, echaba el busto atrás, y luego se aproximaba a ella hasta tocarla con el pecho. Con esta gimnasia nerviosa acompañaba su charla y disimulaba un deseo de extender los brazos y desperezarse. Interesábase mucho por el curso del tiempo, que hasta entonces no la había preocupado. Preguntaba con ansiedad cuántos días faltaban para llegar a Río Janeiro, como si hubiese permanecido durmiendo y al despertar surgiese en su recuerdo la imagen de alguien que la estaba esperando.
--¡Faltan más de seis días!--exclamó con desaliento al oír las explicaciones de Ojeda--. Hoy es domingo, y no llegaremos hasta el sábado próximo. ¡Qué largo!... Casi una semana para ver a mi John...
Y con cierto sobresalto notó Fernando en sus palabras una gran sinceridad amorosa, un deseo vehemente de recién casada que vuelve al lado de su marido después de la primera ausencia.