Chapter 31
Estas historias disparatadas y heroicas agrandaban los ánimos, quitando toda significación a la palabra «imposible». Los más de los lectores y auditores llevaban espada al cinto, y al enterarse de las desaforadas batallas con gigantes partidos por mitad, dragones despanzurrados, fugas de inmensos ejércitos de malandrines, endriagos y salvajes, vencimiento de terribles encantadores y liberación de princesas cautivas, pensaban con emulación y envidia: «Lo mismo haría yo si se presentase la ocasión. Pero... ¿adónde ir?... ¿Cómo empezar?».
Los caballeros aventureros con existencia real conocidos de las gentes, el valiente Juan de Merlo, rompedor de lanzas en la corte de Borgoña, o los peleadores del «paso honroso» con Suero de Quiñones, habían vagado de corte en corte sin mayores hazañas que los torneos. ¿A qué parte del mundo caían las ínsulas y tierras de encantamiento para los hombres ansiosos de maravillosas aventuras?...
Y mientras toda una generación soñaba con los ojos puestos en el libro y una mano en la cruz de la tizona, íbase agrandando el radio de los argonautas al otro lado del Océano. Detrás de las islas de recientes desengaños extendía la inmensa tierra firme un mundo de misterios. Los que volvían de allá, adornado el casco con raros plumajes, hablaban de ejércitos de hombres cobrizos y fieros que sacaban el corazón a los enemigos para ofrecerlo a sus dioses; de esbeltas y ligeras amazonas con sólo un pecho, para tirar mejor del arco; de tritones mostachudos en los ríos, sirenas en las desembocaduras, perlas en los golfos y grandes bloques de oro nativo, del que enseñaban fragmentos... ¡Las ricas ínsulas no eran ficciones de los libros! ¡Había tierras en las que un paladín podía crearse un reino a golpes de espada!... Y la juventud corrió a llenar con sus armas y sus ilusiones las naos de Sevilla y Cádiz; y una vez en el otro mundo, empezaban la epopeya de los «navegantes de tierra firme», más dolorosa y más heroica que la de los navegantes del mar.
En las selvas de América, nunca exploradas, vieron hipógrifos, licornios y grifos iguales a los de los amados libros; las mordeduras de serpiente no eran mortales si se les aplicaba una amatista; la piedra bezoar sanaba todas las dolencias, y el mismo Carlos V pedía para las suyas este remedio encantado de los conquistadores. Árboles misteriosos daban la muerte a todo el que descansaba a su sombra, y otros sugerían dulces sueños de embriaguez. Grupos de hombres armados, sin más guía que el indio mentiroso y fantaseador o el eco de una tradición confusa, iban de la Florida a la Patagonia, del Callao a la desembocadura del Orinoco, en busca del valle de Jauja, lugar paradisíaco de delicias y harturas, del Imperio de las Amazonas, de la «Ciudad de los Césares», áurea metrópoli que nadie vio jamás, o de la Fontana de Juventud, suprema esperanza de los conquistadores de barba canosa que sentían decaído su vigor. Pedro de Alvarado tenía que luchar contra los conjuros de una india gorda, temible hechicera igual a las encantadoras de los poemas antiguos. En un combate mataba de una lanzada a un águila verde que pretendía sacarle los ojos, y al caer, el ave de presa tomaba la forma de un indio muerto. Era un cacique que, merced a los encantamientos de la bruja, se había convertido en águila para cegar al conquistador.
Hombres razonables y equilibrados no hubieran seguido adelante. Una visión ordinaria de la realidad les habría impulsado a retroceder o a tenderse en el suelo, desalentados. Pero la ilusión, sirena encantadora, coleaba en el aire junto a estos locos heroicos en sus horas de desfallecimiento.
Cuando en las altiplanicies estériles marchaban casi arrastrándose, las entrañas roídas por el hambre y las piernas petrificadas por el frío, la esperanza, como un relámpago, reanimaba su vigor. Tal vez al trasponer la próxima altura verían entre las nieves un valle frondoso con palacios chapados de oro. ¿Por qué no?... Visiones más portentosas habían salido al encuentro de los paladines en tierras de misterio. Y tirando del cinturón para correr la hebilla unos cuantos puntos, acallaban de este modo el estómago hambriento y seguían adelante con el mosquete al hombro, el talle gentil y la ilusión aleteando ante sus ojos.
El oro, que huía de ellos en las cumbres, los aguardaba sin duda en los profundos valles de asfixiadora torridez, como rayos de sol petrificados por el suelo ardiente. Y en busca del gran rey que todas las mañanas, luego de bañarse en el lago sagrado, se revolvía en montones de polvo de oro, cubriéndose de pies a cabeza con esta costra deslumbrante, avanzaban los aventureros por pantanos infinitos, hundiéndose en el légamo con la pesadez de sus armaduras, chapoteando como hipopótamos de acero en un fango de siglos.
Marchaban días, semanas, meses, por la llanura casi líquida. Dormían sobre troncos caídos, teniendo que espantar en mitad del sueño la vecindad de los caimanes. Guisaban su alimento sobre un trípode de ramas, devorando con fango hasta el pecho el ave acuática o el lagarto mal chamuscados. Un paso en falso les bastaba para desaparecer. La mala alimentación y las calenturas hacían de ellos feroces espectros enfundados en mortajas de hierro.
La desgracia y el ansia de vivir los convertían en seres crueles, sin misericordia. La muerte iba con ellos y para ellos. No sólo habían de defenderse de la hondonada invisible, de la mandíbula del saurio y el colmillo del reptil: el guía, el indio que marchaba a su lado, era un enigma inquietante. Imposible adivinar la verdad en la mueca servil de su mascarón cobrizo. Muchas veces, cuando más descuidado caminaba el hombre invencible, el hombre de acero con el trueno al hombro, los indígenas caían sobre él, lo enlazaban entre las lianas de sus brazos, y juntos chapuzábanse en la laguna como racimo de miembros palpitantes, contentos de perecer a cambio de ahogar al blanco.
Los que por benevolencia de la muerte desafiaban impávidos el clima, el hambre, los hombres y las fieras continuaban su avance, viendo en tanta miseria una preparación necesaria para obtener la gloria y la riqueza. Les aguardaba al otro lado del pantano o de la selva la ciudad de encantamiento, con sus techos deslumbrantes y un monarca poseedor de montañas de esmeraldas, que acabaría por darles su hija más hermosa y con ella todos sus tesoros. Tal vez en el último momento les cortase el paso algún dragón de siete cabezas vomitando llamas; pero ellos se encargaban de rajarlo con la buena espada de Toledo y la ayuda de su patrón el señor Santiago.
--Tal era la influencia del libro de caballerías--continuó Ojeda--, que el emperador Carlos V dio un decreto prohibiendo la importación y lectura de tales obras en las Indias. Los aventureros de espíritu caballeresco, afligidos por los abusos de los gobernadores, ejercían la justicia por su mano, lo mismo que el hidalgo manchego. Tomando ejemplos en los libros, formábanse en las nacientes ciudades de las Indias corporaciones caballerescas, cuyos individuos, con el título de «conjurados», se comprometían a defender con la espada los derechos de la viuda y el huérfano y a combatir las injusticias del poderoso.
El conquistador se adaptó a la nueva tierra y a las costumbres del indígena con asombrosa prontitud. El individualismo español encontraba un encanto irresistible en la vida errabunda del indio, con pocas leyes, ninguna autoridad, escaso trabajo, continuo viaje y un solo afecto: la familia.
--Así fue--dijo Maltrana--. En todas las historias de la conquista se habla de expediciones de españoles que descubrieron compatriotas procedentes de una expedición anterior, los cuales llevaban varios años viviendo entre los indios. Un naufragio, un retraso en la marcha, un combate desgraciado, les hacía caer prisioneros, y si libraban la piel en el primer momento, acababan por hacerse de la tribu y constituir familia. Los españoles encontraban con asombro al mozo de Sanlúcar, de Triana o de un pueblecillo de Extremadura con el pecho pintarrajeado, corona de plumas y un anillo en la nariz, apoyado fieramente en su arco y barboteando trabajosamente un castellano que casi había olvidado. Lloraba al recordar la Virgen de su tierra, pero cuando los compatriotas le incitaban a seguirles, sus lágrimas eran de desesperación. «¡Ay, no! ¿Y la familia?...» Y presentaba a la respetable compañera cobriza, con ojos de diablo y mejillas cubiertas de chafarrinones, y tras ella, la nidada de mesticillos, ágiles como gamos, con panzas ávidas de sepultar todo lo viviente.
Con igual facilidad se adaptó el soldado español a la guerra indígena. Los pasos de los ríos, las lagunas infinitas, las lluvias torrenciales, la dificultad de conservar la pólvora, hicieron cada vez más escasas las armas de fuego. La lanza, la espada y la rodela acompañaron al conquistador en sus expediciones de tierra adentro. El combate, para los viejos soldados que habían conocido las batallas más famosas de Europa, fue en adelante la «guazabara». La táctica, contenida en la _Milicia Indiana_, de Vargas Machuca, consistió en dar la «trasnochada» y dar el «albazo», o sea sorprender al enemigo astuto y escurridizo en plena noche o al romper el día. El aventurero sustituyó las botas guerreras por la alpargata o la abarca de piel de potro; la coraza por el peto acolchado de algodón, que le servía de almohada durante la noche; el casco por el morrión de cuero; la capa por el poncho indiano.
--El indio vino al fin a él--interrumpió Zurita sonriendo--, pero él hizo la mitad del camino yendo hacia la hembra india. Y el resultado de este encuentro fue una raza nueva, todo un mundo: la América que hoy conocemos.
Ojeda había quedado absorto desde mucho antes, sin oír lo que decían Isidro y el doctor. Resucitaba en su memoria la conversación que había tenido con Mina aquella misma tarde, y el recuerdo de la artista evocaba el de Wagner y sus héroes. ¿Por qué pensaba en esto?... «Tal vez--se dijo mentalmente--porque esos conquistadores fueron héroes de epopeya, héroes en plena Naturaleza, como los del poema nibelúngico...»
Su vaguedad imaginativa fue contrayéndose, hasta dar forma a figuras precisas. Vio a Wotan, el dios majestuoso y débil, forzado a castigar con momentánea cólera a la hija desobediente. «Padre--implora sollozando la walkyria--, ya que me has excluido de la raza de los dioses y como débil mujer he de dormir sobre esa roca hasta que el primero que pase se apodere de mi virginidad, ¡que no sea yo la esposa de un débil mortal, de un cobarde!... Evítame esa afrenta... Si en los brazos de un hombre he de caer esclava, haz que la llama surja en torno de mí al eco de tu palabra; rodéame de un baluarte de fuego, para que sólo un héroe de corazón firme y fuerte, valiente como un dios, pueda despertarme y hacerme suya.»
Igual a Brunilda, la virgen morena había dormido, no años, sino siglos, guardada en su letargo por la azul extensión de los océanos, más insalvable que las barreras de llamas. Sólo un héroe de corazón fuerte podía despertarla... Y al oír los pasos férreos del conquistador, los ojos de la india virgen parpadearon, extendió los brazos, y sus pechos vinieron a aplastarse sobre el peto de una armadura.
Era el héroe prometido; el amor que despierta bajo la caricia del guantelete metálico; el abrazo fecundador acompañado en sus temblores por un tintineo de armas.
Y para llegar hasta ella, el héroe no había tenido que combatir el obstáculo del fuego, que se salva con sólo un impulso de coraje... Su firmeza y su paciencia habían sido tan grandes como su valor ante los océanos que desalientan por su inmensidad; las montañas que crecen y se repiten así como se va avanzando por sus rugosidades; los bosques obscuros y laberínticos, en los que se pierden la luz del sol y las huellas de los pasos; las llanuras desoladas que no terminan nunca.
VIII
La víspera del paso del Ecuador, al penetrar la luz del alba en las entrañas del buque, fue esparciéndose con ella una melodía suave de metales discretos, una música con sordina que sólo aspiraba a despertar levemente a los pasajeros, para que reanudasen el sueño con mayor placer.
Avanzaban los músicos quedamente a lo largo de los corredores todavía iluminados por la luz eléctrica, y deteniéndose en un cruce, embocaban sus instrumentos, repitiendo la solemne alborada.
Los durmientes se agitaban en sus lechos. Todos sabían lo que significaba esta música oída entre sueños. El _Coral_ de Lutero. Era domingo, y el buque protestante lo anunciaba a sus gentes con este salmo instrumental, que recordaba a muchos una ópera de Meyerbeer.
Se apagó al fin la música, sin otra consecuencia que haber turbado durante algunos minutos los ronquidos de los pasajeros, llamados inútilmente a la meditación y la plegaria. Pero transcurridas cuatro horas, un espectáculo extraordinario hizo salir a muchos de sus camarotes antes que de costumbre.
Las señoras sudamericanas, vestidas de negro, con sombreros del mismo color y un velo ante los ojos, subían la escalinata de caoba con dirección a los salones, pasando entre los camareros agachados y en manga de camisa que fregoteaban peldaños y balaustres. Todas marchaban con los ojos bajos y cierto encogimiento, como si acabase de ocurrir en el buque algo extraordinario y triste que entenebrecía el esplendor de la mañana tropical. Entre las manos enguantadas de negro llevaban pequeños libros encuadernados en oro y nácar. Tras ellas venían los hombres de la familia con aire de burgueses endomingados que asisten a una ceremonia fatigosa e ineludible. Los trajes blancos, los cuellos flojos, las gorras de viaje, los zapatos de lona, no aparecían esta mañana.
Isidro se encontró en un rellano de la escalera con el doctor Zurita, que marchaba cual un pastor majestuoso, respetado y jamás obedecido, tras el rebaño femenil de su familia: señora, cuñadas, suegra e hijas. Un cuello recto y esplendoroso remontábanse en él desde la corbata negra a las orejas. Batían sus piernas los faldones de un chaqué, prenda incómoda en la región ecuatorial, que gravitaba sobre sus espaldas con la pesadumbre de una coraza, moteando sus sienes y bigote de perlas de sudor. Al ver a Maltrana le dirigió una sonrisa de resignación, señalando al mismo tiempo con los ojos el término de la escalera, los salones, hacia los cuales marchaba siguiendo el fru-fru majestuoso de las faldas.
Algunos pasajeros alemanes, vestidos de blanco con descuido matinal, subían a la cubierta de paseo y miraban un instante por las ventanas de los salones. Luego se dirigían hacia la popa discretamente en busca de las tertulias que empezaban a juntarse en el fumadero, como hombres que sorprenden una reunión de familia y no quieren molestarla con su presencia.
El mayordomo permanecía junto a la escalinata, recomendando silencio en las tareas de limpieza, evitando el choque de los cubos, las ruidosas frotaciones, haciendo hablar a los camareros en voz baja, lo mismo que si estuviesen en la habitación de un enfermo.
Un repiqueteo de campanilla surgió del último salón, amortiguado por las cerradas vidrieras. Isidro, que había subido al paseo, miró por una ventana. «Lo mejor del buque» estaba allí, oprimido, amontonado ante la plataforma de los músicos. Las señoras, en primer término, ocupaban las sillas, y detrás de ellas los hombres, de pie, codo con codo, llevándose el pañuelo a la frente sudorosa. Giraban los ventiladores, y sobre las negras filas de pechos femeninos mariposeaban los abanicos con incesante aleteo.
Maltrana fijó su mirada entre las dos columnas de la plataforma, allí donde ordinariamente había una especie de mostrador encristalado lleno de tarjetas postales y «recuerdos de viaje» que vendía el mozo del salón encargado de la biblioteca. El tal mostrador había desaparecido bajo un mantel lleno de puntillas. Dos candelabros con cirios crepitaban en la mañana esplendorosa sus luces incoloras y sin fuego; un crucifijo de porcelana ocupaba el centro.
Ante el altar improvisado erguíase el obispo, cubierto con una casulla de oro y albas vestiduras que aún guardaban los pliegues del encierro en la maleta. Arrodillado a sus pies estaba el abate, con las barbas fluviales tendidas sobre el negro delantero de su sotana. Todos los ojos iban hacia él: sólo la familia de La Boca seguía con mirada amorosa los movimientos de Monseñor al decir la misa.
El conferencista, a pesar de su modesta situación de ayudante, era admirado por muchos, como esos grandes actores que, aun permaneciendo mudos en un extremo de la escena, consiguen mayor atención que los que hablan y gesticulan en primer término. Cuando su voz abaritonada respondía a las palabras del obispo, había en ella tal encanto y tanta autoridad, que las buenas señoras se lamentaban de que estas contestaciones fuesen breves. Y él, convencido de su éxito, se empequeñecía, se humillaba ante el oficiante, como un simple acólito, mirando algunas veces al público con el rabillo del ojo para que no perdiese ni el más pequeño detalle de su religiosa abnegación. No había querido dar la conferencia, pero ofrecía algo más interesante: el espectáculo de un grande hombre, cuyos retratos figuraban en los periódicos, ayudando la misa de aquel obispo obscuro, que parecía aturdido por tal honor.
Abandonaba a veces el abate su actitud encogida, para dirigir al oficiante como un maestro. Todos los objetos del culto eran suyos: el sagrado mantel, la casulla, el cáliz de piezas enroscadas y las divinas Formas. Este hombre extraordinario, aleccionado por la experiencia, no olvidaba nada en sus viajes. En una maleta, los periódicos ilustrados con sus biografías, los libros que había escrito y los retratos que debía regalar con dedicatorias; en otra, los artículos de la misa, guardados en estuches con forros de terciopelo, bien cuidados, desmontables y limpios, como útiles profesionales.
Una cabeza avanzó junto a la de Maltrana, pegándose al vidrio, al mismo tiempo que un codo tocaba el suyo. Era Ojeda.
--¿Está usted oyendo misa?...
--No, Fernando. Pensaba en los caprichos de la suerte histórica; en cómo la casualidad puede llevar a las gentes por los caminos más diversos... Mire usted con qué devoción siguen esas damas el curso de la misa. Algunas hasta tienen húmedos los ojos. Una misa en pleno Océano, ¡figúrese usted!... Y pensar que si América la descubren los ingleses, o el gran Carlos y se deja convencer en Worms por el frailecillo Martín, toda esa gente estaría a estas horas con una Biblia en la mano cantando salmos con acompañamiento de armónium.
En otras ventanas apretábanse contra los vidrios las cabezas rubias de varios niños. Con la boca abierta y un pliegue vertical entre las cejas, contemplaban ansiosos las genuflexiones y manejos del hombre dorado y los gestos del hombre negro que le seguía en todas sus evoluciones. Eran pequeños alemanes que por primera vez veían una misa.
Maltrana examinaba el público amasado en el salón.
--Gran concurrencia--dijo--. Ninguna fiesta de a bordo ha reunido a tanta mujer. Hasta veo tres coristas que se han vestido de negro con ropas prestadas por las amigas. Son polacas... Y más allá, mire usted a doña Zobeida envuelta en su manto americano, y a nuestra amiga Conchita con mantilla española... En el centro está Nélida, una Nélida que parece otra, humildita al lado de su madre, con la cabeza baja, sin nada llamativo, húmedos los hermosos ojazos. ¡Pobrecilla! En ella las impresiones son tan fugaces como intensas. Está emocionada por el espectáculo. Un poco más, y rompe a llorar... Pero vámonos de aquí; estamos molestando. Don Carmelo, el de la comisaría, que está al lado del abate para ayudarle, nos ha mirado varias veces. Las respetables matronas levantan la cabeza, y yo debo velar por mi reputación. No quiero que digan que Maltranita es un impío. Esa reputación sirve a veces en Europa, pero en América da muy poco.
Se apartaron de la ventana para emprender un paseo por la cubierta, solitaria en aquellos momentos.
--Ahí verá usted--dijo Isidro a los pocos pasos, continuando de viva voz el curso de sus reflexiones--la gran diferencia de lo imaginado a lo real. ¡Cuántas veces he leído yo la descripción de una misa en alta mar! Usted mismo, poeta, si se propusiese hacer unos versos sobre esto, ¡qué de cosas bonitas diría!... El augusto silencio; el Océano recogiéndose para presenciar mejor la divina ceremonia; la mañana esplendorosa, las gentes llorando, un hálito celeste descendiendo sobre el buque cual música angélica... Y fíjese en la realidad: no hay más música que la de los ventiladores y abanicos; los hombres chorrean sudor y miran a las puertas deseando huir; abajo suenan los platos y los tenedores de los herejes, que toman su primer almuerzo; en la proa y en la popa gritan, juran y cantan los emigrantes; los camareros suben y bajan las escaleras con sus útiles de limpieza... No; decididamente, no hay poesía religiosa en estos buques modernos.
--Procure no repetir tales cosas en presencia de sus amigas--dijo Ojeda con el mismo tono zumbón--. Como usted afirmaba antes, la impiedad da muy poco en América, y el catolicismo es algo que dejó muy arraigado en las mujeres la educación española. Los hombres son indiferentes, son incrédulos, pero jamás se atreven a ser impíos. Para eso hay que pensar, y su pensamiento lo ocupan por entero los negocios.
Otra vez, como en la tarde anterior, surgió en su conversación el recuerdo de los conquistadores, pero por breves momentos. El hombre de presa, el navegante de espada, había sido en muchas ocasiones un místico. Al sentirse fatigado de aventuras y glorias, desceñíase la tizona, abandonaba el corselete y se cubría con el hábito de fraile. Otras veces, en plena juventud, bastaba un revés de fortuna, un desengaño de amor, para que el capitán fastuoso y cruel se convirtiese en ermitaño del desierto, alimentándose de raíces frente a una calavera y una cruz de palo.
Estos místicos a la española, de un misticismo orgulloso y dominador, en vez de elevar los ojos al cielo para dejarse absorber por su grandeza, tiraban del cielo y lo hacían bajar hasta ellos, viendo en cada acto de su energía individual una chispa de la voluntad de Dios encarnada en sus personas. Eran místicos de acción, como el antiguo soldado Loyola, como la andariega Teresa de Jesús, especie de Don Quijote con tocas siempre a caballo por los campos de Castilla; y este misticismo vigoroso y militante, que salvó a la Iglesia católica cortando el paso a la Reforma se había esparcido por el Nuevo Mundo con los conquistadores, predispuestos al milagro. Siempre que se veían en un aprieto al pelear contra los indios, aparecíaseles el apóstol Santiago en su corcel blanco y luminoso, hendiendo las apretadas huestes cobrizas, lo mismo que en España había desbaratado a los infieles musulmanes.
--La devoción de aquellos hombres--dijo Ojeda--ha llenado América de imágenes prodigiosas, tantas o más que en la Península. No hay allá ciudad con tres siglos de existencia que no tenga un santo de indiscutibles milagros... Los imagineros de Valencia y de Sevilla enviaban remesas de vírgenes y cristos a los conventos de las Indias y a los hidalgos retirados de aventuras en sus buenas encomiendas. Pero estas imágenes de encargo, al tocar el suelo americano, se agigantaban y hacían milagros, lo mismo que los desesperados y hambrientos que al llegar allá se convertían en héroes.
Viéronse crucifijos remontando los ríos contra su corriente; vírgenes que inmovilizaban la carreta que las conducía para manifestar su voluntad de no pasar adelante y que allí mismo las erigiesen un templo; imágenes que, ocultas en el suelo, se anunciaban con músicas y luces misteriosas. Todos los prodigios divinos de la metrópoli se repitieron en las Indias, como la copia repite el original. Las vírgenes negras de España, inexplicables para la devoción peninsular, se reprodujeron en América, con gran entusiasmo de la gente de color.