Los argonautas

Chapter 20

Chapter 203,909 wordsPublic domain

¡Los milagros de la ilusión! Muchos de aquellos hombres habían trabajado otra vez en América, huyendo luego desalentados. Preferían la miseria en la patria a la vida vagabunda del peón en el Nuevo Mundo, y al volver a su país besaban el suelo con transportes de entusiasmo, jurando morir en él. «América para los americanos. No nos engañarán más...» Pero al poco tiempo, los mismos relatos que los habían enardecido antes del primer viaje volvían a morder con profunda mella sus imaginaciones simples. La América odiosa se transformaba e iluminaba, recobrando los dulces colores de la prístina visión. Tal vez habían huido demasiado pronto; tal vez atribuían injustamente al país culpas que sólo eran de ellos. La prosperidad de los que se habían quedado allá les irritaba como un error.

--Olvidan pronto lo que sufrieron--continuó Fernando--, para recordar únicamente las contadas horas de felicidad. Sucesos insignificantes y casi olvidados reaparecen en su memoria como ocasiones de fortuna torpemente despreciadas. «Yo pude ser rico--dicen en su pueblo--, pero tuve mucha prisa en volver.» Y acaban por creerlo a ojos cerrados, y el deseo de regresar a la tierra de la esperanza es cada vez más imperioso, hasta que al fin se embarcan con iguales o mayores ilusiones que la primera vez... Y allá van, revueltos con los neófitos de la emigración; y ellos, los desengañados y maldicientes de poco antes, son ahora lo mismo que los veteranos que reaniman a los reclutas en las veladas del vivac con hiperbólicas historias.

--Yo creo--dijo Maltrana--que si el curioso Diablo Cojuelo, que levantaba los tejados de los edificios, pudiera mostrarnos lo que encubren las tapas de esos cráneos, leeríamos en todos ellos lo mismo: «Buenos Aires... Buenos Aires».

--Así es... ¡Qué poder de ilusión tiene este nombre!... Todos, al repetirlo, ven la ciudad-esperanza, la tierra del bienestar, la Sión moderna.

Ojeda, con su lírico entusiasmo, reconstruía los pensamientos de la muchedumbre cosmopolita que iba hacia el Sur tendiendo las manos tras el aleteo de la diosa sin cabeza.

Este nombre circulaba como una música por el mundo viejo, despertando las almas adormecidas. Las razas sin patria y los pueblos cansados de tenerla sentían un instantáneo rejuvenecimiento al pensar en aquel país de maravillas, donde se realizaban asombrosas transmutaciones. El holgazán sentíase activo; el apático se agitaba con entusiasmos optimistas; el oprimido por la estrechez del ambiente natal rompía su quiste de rutinas con súbito enardecimiento. Muchos iban allá llamados y aconsejados por otros compatriotas que les habían precedido... Pero ¿y los que marchaban a la ventura, faltos de amistades, sin conocer el idioma, sabiendo únicamente repetir con enfermiza tenacidad: «Buenos Aires... Buenos Aires...»? ¿Quién les había enseñado el nombre? ¿Qué encanto el de estas sílabas, que hacían avanzar a las lejanas muchedumbres, confiándose al gesto bueno o malo del destino?...

Admiraba Ojeda el fuerte tirón con que este conjuro de esperanza había arrancado a los grupos humanos enraizados por la historia en lugares distintos del planeta. «¡Buenos Aires!», murmuraba el viento de las noches invernales al colarse por el cañón de la chimenea en el hogar campestre, donde la familia española o italiana maldecía el embargo de sus campichuelos y la escasez del pan; «¡Buenos Aires!», mugía el vendaval cargado de copos de nieve al filtrarse por entre los maderos de la isba rusa; «¡Buenos Aires!» escribía el sol con arabescos de luz en los calizos muros de la callejuela oriental, para el árabe en medrosa servidumbre; «¡Buenos Aires!», crujían las alas de oro de la ilusión al volar de reverbero en reverbero por los desiertos bulevares de una metrópoli dormida, ante los pasos del señorito arruinado y el bachiller sin hogar que piensan en matarse a la mañana siguiente.

Y todos, sin distinción de razas y clases, fuertes y humildes, ignorantes e inteligentes, al eco de este nombre veían alzarse en el paisaje de su fantasía, bañada por el resplandor de la esperanza, una mujer de porte majestuoso, blanca y azul como las vírgenes de Murillo, con el purpúreo gorro símbolo de libertad sobre la suelta cabellera; una matrona que sonreía, abriendo los brazos fuertes, dejando caer de sus labios palabras amorosas:

--Venid a mí los que tenéis hambre de pan y sed de tranquilidad; venid a mí los que llegasteis tarde a un mundo viejo y repleto. Mi hogar es grande y no lo construyó el egoísmo; mi casa está abierta a todas las razas de la tierra, a todos los hombres de buena voluntad.

Maltrana interrumpió la lírica evocación de su amigo con irónico entusiasmo:

--¡Muy bien dicho, poeta! ¡Muy hermoso! Que la matrona azul y blanca no nos haga concebir falsas ilusiones... que de cerca nos parezca tan hermosa como de lejos... Que así sea. Amén.

VI

--¿Qué día es hoy? ¿viernes?... ¿sábado? He perdido la cuenta del tiempo que llevo en el buque. Los días son dobles... dobles no, triples. Desde que despertamos hasta el almuerzo, un día; del almuerzo a la comida, otro; y de la comida a la hora de dormir, el día más largo para algunos, pues lo prolongan hasta que sale el sol... ¡Y siempre las mismas caras! Vemos las mismas personas cien veces al día. Parece que nos conocemos desde que nacimos... Dígame, Manzanares: ¿en qué día estamos?

Era Maltrana el que hacía la pregunta, en las primeras horas de la mañana, caminando por la cubierta de paseo con el comerciante español. La calle de estribor estaba inundada de luz; la de babor guardaba la humedad del mangueo reciente, con una fresca penumbra de galería subterránea.

Corría la sombra del buque sobre las aguas unidas y tranquilas, como una silueta chinesca. En su lomo se marcaban los perfiles de botes y pescantes y la masa cuadrangular de la chimenea. Tendíase el Océano en calma hasta lo infinito, sin una ondulación, con el verde esmeralda de los mares tropicales, denso y adormecido. No había en él otras espumas que las dos láminas burbujeantes que levantaba la proa al arar su superficie. De vez en cuando, de las aguas removidas surgía un enjambre de peces voladores. Aleteaban lo mismo que enormes libélulas; abríase su tropa en varias direcciones formando abanico, y así volaban a gran distancia a ras del Océano, trazando sobre él restos y sutiles surcos, hasta que el cansancio de la fuga los obligaba a sumergirse otra vez.

Junto a los tabiques de la cubierta de paseo alineábanse los sillones de los pasajeros, pero con una alineación caprichosa, mostrando en lo alto de los respaldos los nombres de sus dueños escritos en tarjetas. Esta rotulación parecía darles una personalidad, un alma. Permanecían agrupados o solos, tal como los habían dejado sus poseedores el día anterior. Unos parecían seguir mudamente las conversaciones interrumpidas de sus amos; otros se mantenían apartados con timidez o con orgullo.

Maltrana pensaba en las altas horas de la noche, horas de misterio y de silencio, cuando todos estos armatostes de madera o junco, ventrudos, echados atrás con orgullo y ostentando la fe de bautismo en lo alto de la testa, se quedaban solos bajo la fría luz de las ampollas eléctricas, teniendo enfrente las tinieblas del mar. Descansaban de crujir y dilatarse con el peso de sus señores; se emancipaban durante media noche de la gravitante servidumbre; llegaba para ellos la hora de la libertad; pero semejantes a los hombres que al creerse salvados por una revolución no hacen más que parodiar a sus antiguos opresores, los sillones repetían en su descanso los actos y gestos de sus dueños.

Uno alto, de madera robusta, con una manta escocesa olvidada en su regazo, rozábase con otro de junco, esbelto y elegante, que tenía un cojín lujoso en el asiento. Parecían requebrarse, continuando silenciosamente las conversaciones a media voz cruzadas durante el día. Los asientos sueltos insistían tal vez en las meditaciones de cifras y negocios que los habían impregnado espiritualmente durante las horas de luz, o miraban con lástima a sus compañeros reunidos con arreglo a las tertulias maldicientes o las atracciones del amor. «Vanidad de vanidades...» Maltrana se fijó en algunos más anchos y profundos, que parecían tener las entrañas quebrantadas, inseguros sobre sus pies, con cierto aire de despanzurramiento. Eran de la señora de Goycochea y otras nobles matronas de una majestad paquidérmica. «¡Pobrecitos!» Creyó ver en ellos gañanes tendidos, con los remos abiertos, respirando jadeantes después de la dura labor; cargadores en mangas de camisa que se limpiaban, renegando, la humedad de la frente luego de haber llevado un piano a cuestas.

--Hoy es viernes--contestó Manzanares--; anteayer salimos de Tenerife... También a mí me parecen dobles o triples los días que llevamos aquí. ¡Y los que nos faltan aún para llegar!... Esta tarde, según dice el capitán, veremos de lejos las islas Cabo Verde... El lunes pasaremos la línea. El viaje no puede presentarse mejor: una lindura... Mire usted qué mar.

Se detuvieron un instante para seguir con ojos regocijados el aleteo de los peces voladores.

--Un mar de romanza--dijo Maltrana--. Da gusto vivir. ¡Qué color! ¡qué luz!... Parece una luz de teatro; el resplandor dorado de una «apoteosis final». ¡Y qué aire! (Respiraba, entornando los ojos, con ansiosa delectación.) Algo nos aburrimos, pero hay que reconocer que esta vida es hermosa. Siento deseos de cantar; me vienen a la memoria todas las cancioncillas dulzonas del golfo de Nápoles.

Y con gran escándalo de Manzanares comenzó a entonar a todo pulmón una romanza. Unos marineros que pintaban de blanco las tuberías para el riego de la cubierta volvieron la cabeza, riendo con simplicidad infantil.

--Pero hombre, ¡cállese!--protestó el comerciante--. ¿Y usted va a Buenos Aires a hacer fortuna?... Lo primero es ser hombre serio, para inspirar confianza. Nadie da crédito a la firma de un cantor. ¡No sea loco!... ¡Todas las gentes de pluma son lo mismo!

--Manzanares, estoy contento de vivir. Me siento más joven... Usted también parece que se remoza. Ayer le pillé en conversación con una de esas francesas. Estaba apoyado en la baranda, mirando al mar, pero hablaba con ella al mismo tiempo en voz baja, como quien no hace nada.

--Hombre, yo soy casado--protestó Manzanares--. No haga malas suposiciones: yo no pienso ya en esas cosas.

Pero Maltrana insistió. Le gustaba la francesa y tampoco le parecía mal Conchita, aquella compatriota que iba sola a Buenos Aires.

--¡Un hombre de mi edad!--exclamó Manzanares--. ¡Y con el estómago perdido!... Esa Conchita es una muchacha decente; no hay más que verla: una señorita. No sea loco, Maltrana. Todos ustedes los de pluma son unos perdidos y creen iguales a los demás.

--¿Y París? ¿Y sus idas de noche a Montmartre?... Acuérdese cómo entretenía la otra tarde a Goycochea y Montaner contándoles sus buenas fortunas... Apuesto cualquier cosa a que si me deja entrar en su camarote encuentro un paquete de fotografías comprometedoras y de cartas de amor.

--No sea loco; no haga juicios temerarios. Deje en paz a las personas tranquilas.

Pero Manzanares decía esto con un tono de mansa protesta, brillando al mismo tiempo en sus ojos cierta satisfacción.

--¡Ah, calavera hipócrita!--prosiguió Isidro--. Cuando estemos en Buenos Aires iré un día a su establecimiento de la calle de Alsina, para decirle a la señora de Manzanares quién es su marido... Así lo haré, a menos que no me soborne con un par de botellas de champán.

Una oleada verdosa se extendió por el rostro del comerciante. Brillaron hostilmente sus ojos, no sabiendo Isidro ciertamente si este furor era por su insolente amenaza o por el convite propuesto. «Buenos días.» La culpa era de él, que hablaba con locos. Y le volvió la espalda, alejándose.

Maltrana se dejó caer en un sillón. Sentíase cansado: este «querido amigo» sólo era generoso para caminar. Así estuvo mucho tiempo, frente al Océano, que titilaba bajo el resplandor del sol, gozando de la sombra de la cubierta, incorporándose y llevando una mano a su gorra cada vez que aparecía un nuevo paseante. Todos eran hombres y caminaban apresuradamente, dando la vuelta al castillo central, con la preocupación de combatir el engruesamiento de la vida sedentaria.

A estas horas las damas permanecían abajo todavía, en los camarotes y las salas de baño. Maltrana había sorprendido algunas veces las intimidades del arreglo matinal al transitar por los pasillos de las cubiertas inferiores, tropezándose con mujeres envueltas en kimonos y batones viejos que apresuraban el paso para refugiarse en sus camarotes, ocultando la cara como si temiesen ser reconocidas. Eran completamente diferentes de las que aparecían una hora después en el paseo. A veces, Isidro sentía ciertas dudas antes de identificarlas. Todas se mostraban considerablemente empequeñecidas y de pesados movimientos al caminar sin el montaje de los tacones. Los pies ligeros, recogidos y saltones lo mismo que pájaros en su encierro diurno de tafilete o de raso, eran ahora planos y deformes dentro de las claqueantes babuchas. Las carnes temblaban al moverse, conservando todavía la blandura y el suelto descuido de las horas de sueño. Las cabezas empequeñecidas y pobres de pelo mostraban unas mechas apelmazadas por la humedad reciente. Las caras tenían un tinte verdoso o sanguinolento; las narices estaban enrojecidas en su vértice.

Después de tales encuentros, evitaba Isidro el tránsito por los corredores a esta hora matinal, temiendo el enojo de las señoras. Al verle luego en el paseo rehuían su saludo o lo contestaban con sequedad, como si le hiciesen responsable de una falta de consideración... Pero el recuerdo de estas sorpresas le hacía sonreír con cierto orgullo. Él había visto; podía juzgar; estaba en el secreto. Y encontraba interesante la vida de a bordo con este contacto promiscuo que impone una existencia común desarrollada en limitado espacio.

Abandonó Maltrana su sillón al reconocer a dos señoras que venían hacia él: las primeras que se mostraban en el paseo. «Conchita y doña Zobeida...» Y las saludó gorra en mano sonriendo obsequiosamente, pues doña Zobeida, a pesar de su modesto exterior, le inspiraba una gran simpatía no exenta de lástima. Según él esta señora ya entrada en años era más niña que todas las pequeñuelas rubias que corrían por el paseo con una muñeca en los brazos.

El mayordomo, poco atento para su aspecto encogido y la pobreza de su traje negro, la había colocado en un camarote de dos personas, dándole por compañera a Concha, la muchacha de Madrid, «esta buena señorita», como la llamaba ella aun en los momentos de mayor intimidad. Regresaba a la tierra natal después de haber pasado unos meses en Holanda cerca de sus nietos. El marido de su hija era cónsul argentino y hacía años que vivía fuera del país. Por primera vez había salido la buena señora de su amada ciudad de Salta para ir en osada peregrinación más allá de los límites de la República, más allá del mar, a una tierra de la que regresaba con el ánimo desorientado, no atreviéndose a formular sus opiniones. «¡Y aquello era Europa!...» Ella, en su asombro, no osaba hablar mal; todo le infundía respeto; únicamente se quejaba de sus privaciones espirituales. «Esas tierras, señor, no son para nosotros; las gentes tienen otras creencias. Hay que buscar dónde oír una misa. No se encuentra un sacerdote que entienda nuestra lengua para confesarse con él.» Y el contento de regresar a su tierra de altas mesetas y vegetación tropical aminoraba la tristeza de dejar a sus espaldas a la hija única y los nietos. La habían rogado que se quedase con ellos. ¡Ay, no! Quien la sacase de Salta, la mataba. Hablando con Isidro por vez primera, le había hecho el elogio de su ciudad.

--Cuando Buenos Aires no era más que Buenos Aires a secas, una aldea mísera, nosotros éramos el reino del Tucumán. Los porteños, ahora tan orgullosos, datan de ayer, son en su mayor parte hijos de gringos emigrantes. Nosotros somos nobles. Usted, que es español, conocerá sin duda nuestro apellido: Vargas del Solar. Tenemos en España muchos parientes condes y duques; un tío mío que se ocupaba de estas cosas mantenía correspondencia con ellos. Había reunido papeles antiguos de la familia; pero con las revoluciones y el haber venido a menos, se olvidan estas cosas. Allá todavía nos llaman «los marqueses». Cuando usted venga a Salta, verá en la puerta de nuestra casa un escudo de piedra. Otras casas también lo tienen... Pero usted, que es hombre que sabe mucho, según dice esta buena señorita (y señalaba a Concha), habrá leído lo que era Salta; sus ferias, a las que venían a comprar mulas desde Chile, Bolivia y el Perú... Nadie mentaba entonces a los porteños: todo nos lo llevábamos nosotros. Mi finado el doctor, que tenía muchos libros, hablaba de todas estas cosas pasadas cuando le ponderaban el crecimiento de Buenos Aires.

«Mi finado el doctor» era su marido, al que designaba por antonomasia con este título. Todo cuanto en el mundo puede decirse de verdad y de justa observación lo había dicho el grave abogado de provincia, que a través de treinta años de viudez se le aparecía ahora cada vez más grande, como la personificación de la sabiduría reposada y el buen sentido ecuánime.

Sentíase atraído Maltrana por la sencillez de palabras y pensamientos de doña Zobeida y el aire señorial con que acompañaba su modestia. Fijábase en su color un tanto cobrizo; en el brillo de sus ojos abultados, de córneas húmedas y dulce humildad en las pupilas, ojos semejantes a los de los huanacos de las altiplanicies andinescas; en el negro intenso de sus pelos fuertes y duros, que los años no podían manchar de blanco.

No obstante el remoto cruzamiento indígena que emergía en esta Vargas del Solar, encontraba Isidro en toda su persona una rancia distinción española, un aire de dama acostumbrada al respeto desde su nacimiento, y que, segura de su valía, puede atreverse a ser familiar en el trato y sencilla en sus gustos. «Esta doña Zobeida, medio india--pensaba Maltrana--, es una señora de Burgos que luego de vigilar las compras de su criada en el mercado entra en una librería para pedir un devocionario "bien cumplido"; una gran dama de Cuenca o de Teruel que por la tarde recibe su tertulia de canónigos y abogados viejos y toman juntos el chocolate, hablando de la corrupción del mundo.» Estos recuerdos evocaban en su memoria a la vieja España, que había dejado huellas imborrables allí donde había descansado sus pies, esparciendo las características de la personalidad nacional por todo el planeta, en las más diversas y apartadas regiones.

La credulidad de la buena señora expandíase en ingenuos asombros ante los embustes y exageraciones que se permitía Maltrana para estremecer su alma inocente. «¡No diga!--exclamaba doña Zobeida--. ¡Vea!... ¡Qué cosas!» Y cuando ella no estaba presente, Isidro prorrumpía en elogios de su candor. Era para él la mejor persona de a bordo. Aquella mujer con nietos guardaba el alma de sus ocho años, incapaz de crecimiento y de evolución; y esta alma permanecía inmóvil y dormida en el envoltorio de su inocencia crédula, lo mismo que los embriones humanos dignos de estudio que se conservan sumergidos en un bocal.

Separada, por su timidez, de las compatriotas elegantes que venían en el buque, habíase unido con un afecto familiar a su compañera de camarote, «esta buena señorita», «esta pobre niña», que marchaba a un país desconocido sin más apoyo que vagas recomendaciones. Isidro, que conocía a Conchita de Madrid, se alarmó un tanto al verla en continuo trato con la inocente señora. Había vivido aquélla maritalmente durante algunos meses con un amigo suyo, «compañero de la prensa»; luego la había encontrado de corista en un teatro por horas y en varias fiestas nocturnas o matinales en los entresuelos de Fornos y en las Ventas.

--Cuidado, niña, con doña Zobeida--había dicho al verse a solas con Concha--. Esa buena señora es un alma de Dios... A ver si metes la pata y la asustas con alguna de las tuyas.

Pero la madrileña sentía también por la buena dama un cariño respetuoso.

--La quiero mucho: ¡si es de lo más buena!... Algunas noches, antes de dormir, la acompaño a pasar el rosario en el camarote. Mira, chico, la quiero como si fuese mi madre... Y eso que yo no he conocido a mi madre.

Esta mañana, doña Zobeida saludó a Isidro con sonrisa tímida y miradas suplicantes. No se atrevía a formular un pensamiento que la había empujado hacia él, y anticipadamente imploraba perdón con sus ojos.

--Hable usted de lo de anoche, _Misiá_ Zobeida--dijo Concha interrumpiendo a la buena señora en sus alabanzas al mar y a la hermosura de la mañana, tópicos con cuyo desarrollo entretenía su timidez--. Isidro es un buen amigo... de lo más servicial. Yo le conozco desde que me llevaban al colegio.

Mentía Concha con aplomo dando a sus amistades con Maltrana este remoto y puro origen, lo que proporcionó a la buena señora una repentina confianza. Su joven compañera la llamaba _Misiá_, sabiendo que este título honorífico, de origen criollo, le gustaba más, por su sabor patriarcal y rancio, que el _Doña_, de origen peninsular.

--Yo no me atrevía--balbuceó la señora--. No me gusta molestar a nadie con mis cosas. Pero esta buena señorita me ha dicho quién es usted; que usted fue grande amigo de su papá y que sabe mucho... y las personas que saben mucho son siempre atentas con las que nada saben. Así era mi finado el doctor.

Y a continuación de este exordio empezó su discurso por el final, mencionando la conversación de la noche anterior con «la buena señorita», de litera a litera, después de haber rezado el rosario. Ya que aquel señor Maltrana era tan bueno, podía ayudarla en su pleito, la magna empresa de su vida y de la de todos los Vargas del Solar, el objetivo de sus ilusiones en las horas de recogimiento, la única petición que ingería en sus rezos por la felicidad de su hija y los nietecitos.

--Vea, señor: se trata de cuatrocientas leguas; unas cuatrocientas leguas cuadradas que son nuestras y nunca acaban de entregárnoslas.

Isidro abrió desmesuradamente los ojos con expresión de asombro y escándalo. ¿Sería una maniática aquella doña Zobeida?...

--¡Cuatrocientas leguas!... Pero eso es un Estado. Es casi una nación.

La señora insistió tranquilamente en la cifra. Cuatrocientas leguas... o tal vez eran más. No se habían mensurado, pero se extendían desde los Andes hasta cerca de Salta. Todos allá conocían el pleito de los Vargas del Solar: hasta los papeles de Buenos Aires habían hablado de él en varias ocasiones. Si alguna vez iba don Isidro al Norte de la República, no tenía más que preguntar: el último arriero de los que pasan a Chile recuas de mulas por la Cordillera le daría razón. Las arrias caminaban semanas enteras por parajes desiertos, en los cuales todavía se aparecían, rodeados de las fragosas tempestades de los Andes, la Pachamama y el Tatacoquena, las dos divinidades indígenas anteriores a la conquista española. Semejantes en todo a las simples imaginaciones humanas que los crearon, estos dioses son arrieros también y llevan tras de ellos recuas silenciosas de llamas cargadas con ricos fardos de coca, la ambrosía del paladar indiano. Y los trajinantes de la Cordillera, al navegar por este océano de tierra roja, peñascos metálicos y dormidos lagos de borato, discernían con su justiciero espíritu la verdadera propiedad del largo camino. «Todo esto es de los marqueses que viven en Salta.» Y los marqueses eran los Vargas del Solar.