Part 6
Para la astuta dama no pasó inadvertida la circunstancia de que si la joven se turbó al recibir la primera impresión de la pregunta, supo contestar con serenidad a ella. Ya fuese por disimulo, ya porque realmente se interesaba poco por el personaje recordado tan bruscamente, no se afectó como la otra creía.
«O está aquí —pensó la dama— y la muy pícara lo oculta con admirable disimulo, o si no está, no se cuida ya de él para maldita cosa».
—Quiero ser franca con usted —dijo después de ligera pausa, en que la miró a los ojos como se miraría en un espejo—. Me dijeron hace días que estuvo en Madrid y que don Benigno le había ocultado en su casa.
—¡Aquí!... ¡Señora! —exclamó Sola echando la sorpresa por sus ojos con tanta naturalidad que la dama no pudo menos de sorprenderse también—. La han engañado a usted... Apuesto a que Pipaón... ¡Ah!, ese buen don Juan miente más que habla... Todos los días viene contando unas patrañas que nos hacen reír... En cuanto a ese desgraciado, yo creo que no puede ocultarse aquí ni en ninguna parte...
—¿Por qué?
—Yo tengo mis razones para creer... Sí, bien lo puedo asegurar casi sin temor de equivocarme: mi hermano ha muerto.
Parecía que iba a llorar un poco; pero no lloró ni poco ni mucho. La dama vaciló un momento entre la emoción y la incredulidad. Llevose el pañuelo a la boca, como si quisiera poner a raya los suspiros que contra todas las leyes del disimulo querían echarse fuera, y dijo esto:
—¡Válganos Dios, y cómo mata usted a la gente!... Con permiso de usted, no creo...
¡Horrible y nunca oída algazara! Quiso el demonio, o por mejor hablar, doña Crucita, que en el momento de decir la señora _no creo_, se abriese la puerta del gabinete y diera salida a dos falderillos, un doguito y un pachón, que, soltando a un tiempo el ladrido, atronaron la sala, y como por la misma puerta venía el chillar de los pájaros, y como de añadidura subían por la angosta escalera los tres chicos de Cordero, procedentes de la escuela, se armó un barullo tal, que no lo armara mayor la diosa misma de la jaqueca, caso de que pueda haber tal diosa. Los perros se tiraban a acariciar a los Corderillos, los Corderillos a los perros, y en medio del tumulto se oyó la pacífica voz de don Benigno, que también por la escalera subía diciendo: «orden, silencio, compostura, que hay visita en casa».
Detrás de don Benigno apareció la figura de Zurbarán, a quien llamaban padre Alelí, y con el furor que los chicos ponían en besar la mano del padre y la correa del amigo, se aumentó el estruendo, porque los perros también querían dar pruebas de su veneración con ladridos. Al fin, para que nada faltara, apareció doña Crucita echando toda la culpa de la bulla a los muchachos, y les llamó _perros_, y a los perros _nenes_, y a su hermano _Borrego de Cristo_, y a Sola _doña Aquí me estoy_, y al buen fraile el _Zancarrón de Mahoma_.
—Cállate, _Cruz del Mal Ladrón_ —dijo Alelí riendo—, y guarda adentro toda esta jauría de Satanás... ¡Oh! Cuánto bueno por aquí. Sí, ya me ha dicho Benigno que había subido usted a ver la casa. ¿Y qué tal? Tiene magníficas vistas nocturnas el patio, y en jardines colgantes no le ganaría Babilonia, así como en diversidad de alimañas no le ganaría el África entera.
La dama habló un momento de las condiciones de la casa; después se despidió para marcharse, porque era la una, hora sacramental de la comida.
—Un momento, señora —dijo don Benigno, ahuyentando a sus hijos y a los perros—. Aquí tiene usted al buen Alelí con más miedo que un masón delante de las comisiones militares. Usted, que tiene valimiento, puede sacarle de este apuro. Figúrese usted...
—Nada, nada, señora —dijo Alelí nerviosamente, con extraordinaria recrudescencia en el temblor de su cabeza sobre el cuello, que parecía de alambre—. No es más sino que hace un rato se ha metido por la puerta de mi celda un emigrado, un terrible _democracio_ que ha venido a España sin pedir permiso a Dios ni al diablo, y con palabras angustiosas me ha rogado que le ampare y le esconda allí...
—¿Y qué es un _democracio_? —preguntó la dama riendo.
—Un perdis, un masón, un liberalote, un conspirador, un _democracio_: así les llamamos.
—¿Y cuál es su nombre?
—Eso, señora —dijo Alelí con gravedad—, no lo revelaré, pues aunque estoy decidido a no tenerle oculto más que el tiempo necesario para que reciba contestación escrita de los que puedan o quieran protegerle mejor, no cantaré quién es aunque me ahorquen. Confío en la discreción de todos los presentes. Bien saben que no amparo conspiradores contra mi rey y la religión que profeso, y si a este he amparado, hícelo porque me juró que no venía acá para armar camorra, sino para corregirse y vivir pacíficamente, confiado en el perdón que espera alcanzar de Su Majestad.
—¡Sabe Dios a qué vendrá mi hombre! —dijo Cordero, gozándose en aumentar el susto de su amigo—. Me parece que de la Trinidad Calzada van a salir sapos y culebras si Calomarde no da una vuelta por allí.
—Yo me lavo las manos... y callandito, que estamos hablando más de la cuenta. Benigno, a comer se ha dicho. Esta señora nos va a acompañar a hacer penitencia.
Rehusando los obsequios e invitaciones de aquella buena gente, retirose la dama con harto dolor suyo, por no poder alcanzar el fin de la interesante noticia que el fraile traía del convento. Por la calle iba pensando en el desconocido que se acogía al amparo de la celda de Alelí. Al llegar a su casa encontró a Pipaón, que la aguardaba.
—¡Necio! —exclamó, sentándose muy fatigada—. En casa de Cordero no hay nada... Como siga usted rastreando de este modo, pronto le dedicará Calomarde a coger moscas... Pero una feliz casualidad...
—¿Ha descubierto usted...?
—Sí, hombre; ¿qué cosa habrá que yo no descubra? Vea usted por dónde... Déjeme usted que descanse.
—En Gracia y Justicia se sabe que continúa funcionando en Francia, más envalentonado que nunca, el famoso _Directorio provisional del levantamiento de España contra la tiranía_.
—¡Noticia fresca!
—Se sabe —añadió Pipaón dándose mucha importancia— que constituyen el tal _Directorio_ los patriotas, o dígase perdularios, Valdés, Sancho, Calatrava, Istúriz y Vadillo.
—Que Mendizábal es el depositario de los fondos.
—Que Lafayette les protege ocultamente y les busca dinero, y finalmente, que han enviado a Madrid a cierto individuo con nombre supuesto...
—El cual, o yo soy incapaz de sacramento, o está en la Trinidad Calzada.
Pipaón abrió su boca todo lo que su boca podía abrirse, y después de permanecer buen rato haciendo competencia a las carátulas de mármol que de antiguo existen en los buzones del correo, repitió con asombro:
—¡En la Trinidad Calzada!
XI
El padre Alelí amenizó la comida con su charla, que habría sido la más sabrosa del mundo, si por efecto de los muchos años no tuviera la cabeza tan desvanecida y descuadernada que todo era desorden y divagaciones en sus discursos. Sucedía que el buen señor empezaba a contar una cosa, y sin saber cómo se escurría fuera del tema principal, y pasando de un incidente a otro, hallábase a lo mejor a cien leguas del punto a donde quería ir. Era hombre que antes de llegar a la decrepitud, tuvo una memoria fresquísima y una chispa especial para contar cosas pasadas y presentes; pero estaba ya tan débil de cascos, que de aquel recordar prodigioso y de aquel arte admirable para la narración ya no quedaba más que una facundia deshilvanada, un chorrear de ideas y palabras, y un grandísimo enfado si alguien le interrumpía o intentaba llamarle al orden.
—Puesto que queréis conocer el caso del _democracio_ que se ha metido por las puertas de mi celda —dijo al principiar la comida—, os lo voy a contar como se deben contar las cosas, con todos sus pelos y señales. Empecemos por donde debe empezarse. Pues, señor..., iba yo por la calle de Carretas arriba, y al llegar a la esquina de Majaderitos veo que viene hacia mí un elefante con los brazos abiertos. Era para causar espanto a cualquiera la acometida de aquel monstruo con sotana y manteo; pero yo, que conozco a mis fieras, me dejé abrazar y le abracé también con mucho gozo. «¿Cómo va? Bien, ¿y tú, gigantón?...». En fin, para no cansar, era Juan Nicasio Gallego. Ya sabéis que fue discípulo mío en Salamanca, donde leí sagrados cánones por los años de 792 a 794. Era entonces Nicasio el jayán más guapote que había salido de la tierra del garbanzo; sus disposiciones eran grandes, tan grandes como su pereza, y hubiéramos tenido en él un acabado canonista si no cayera en la tentación de enamorarse de Horacio y Virgilio, fomentadores de la holgazanería. El bribón de Meléndez le tomó mucho cariño, y lo mismo el calzonazos de Iglesias, que fabricó su reputación con chascarrillos... Yo digo que si Iglesias no se llega a morir a los treinta y ocho años, hubiera puesto el Breviario en epigramas... Pero sigo contando con orden. Quedamos en que una tarde paseábamos por el Zurguén el maestro Peláez, Meléndez, Gallego y yo. Por aquellos días había venido la noticia de la degollación de Luis XVI, y estábamos consternados, muy consternados, atrozmente consternados. A mí no me digan, ¿hay en la historia antigua ni moderna un crimen tan atroz?...
—Por vida de Sancho Panza —dijo don Benigno riendo—, que eso se parece al cuento del hidalgo y el labrador... ¿A dónde va usted a parar con sus divagaciones, ni qué tiene que ver Luis XVI con el poeta zamorano?...
—Allá voy, hombre, allá voy —replicó Alelí muy amostazado—. Yo sé lo que cuento y no necesito de apuntadores.
—Sepamos ante todo lo que le dijo Gallego en la esquina de Majaderitos, si es que esto tiene algo que ver con el cuento del _democracio_.
—Seguramente tiene que ver. Gallego es también un grande y descomedido _democracio_, y a eso iba... Pues me contó Juan Nicasio cómo le está engañando Calomarde, fingiéndole protección, y cómo el rey le ha prometido no sé cuántas prebendas sin darle ninguna. Además, el hombre está temblando porque le han delatado por francmasón, y bien sabemos todos que el año 8 fue empleado de los liberales en Cádiz, y el año 10 diputado en las pestíferas Cortes.
—Eso de pestíferas no pasa —exclamó Cordero, dando un golpe en la mesa con el mango del tenedor—. Repórtese el fraile o se sabrá quién es Calleja.
—Vete con dos mil demonios.
—Siga el cuento.
—Sigo, y no interrumpirme.
—Pero cuidado con echar por los cerros de Úbeda.
—Que diga Sola si voy mal.
—Va admirablemente —replicó ella sonriendo—. Eso se llama contar bien, y no falta sino saber lo que dijo ese señor _gallego_ o asturiano.
—Pues dijo que está empleado en la biblioteca del duque de Frías, y que hace poco le fueron a prender por revoltoso, y equivocándose los de policía, en vez de cogerle a él, cogieron al archivero y le plantaron en la cárcel. Cuando el rey lo supo se rio mucho, y dijo a Calomarde: _Tan malos sois como tontos_. Después, Gallego fue a ver al rey, y como este tiene debilidad por los poetas... Ya sabéis cuánto se entusiasma con Moratín. ¡Ah!, hace dos años que murió ese buen hombre, y yo me acuerdo, como si fuera de ayer, de haberle visto trabajando en la platería de su tío el joyero del rey. Creo haberos contado que Moratín tuvo una novia, una tal doña Paquita, hija de la dueña de la casa donde vivía _Mustafá_. Ya sabéis que así llamábamos al pobre Juan Antonio Conde, por ser escritor de cosas de moros.
—Nos lo ha contado unas doscientas veces —dijo Cordero al oído de Sola.
—No sabíamos eso —añadió esta en voz alta, para no desanimar al bondadoso fraile—. ¿Conque Moratín...?
—Sí, hija mía: estuvo enamorado de esa doña Paquita, habitante en la calle de Valverde con su madre, la señora doña María Ortiz, que fue el pintiparado modelo de la saladísima doña Irene de _El sí de las niñas_. Moratín ya no era mozo, y doña Paquita apenas tendría los dieciocho años, es decir, que con veinte de por medio entre los dos, ¡qué había de suceder...! Leandro, enamorado como suelen estarlo los machuchos que se reverdecen, la niña afectando acceder por timidez, por hipocresía o por agradecimiento, hasta que vino el desengaño, un desengaño cruel, horrible...
—¡Barástolis...! Señor don Plomo —exclamó Cordero con repentino enfado—, que estamos hartos de oírle contar lo de Moratín y doña Paquita. ¿Qué tiene eso que ver ni con el amigo que encontró en Majaderitos, ni menos con el _democracio_ que está escondido en la Trinidad?
—A ello voy, a ello voy, señor don Azogue —replicó Alelí enojándose también—. Pues qué, ¿no se han de contar los antecedentes de los sucesos? Precisamente iba a decir que en el momento de despedirme de Gallego acertó a pasar ese muchacho americano, Veguita, un enredadorzuelo que dio que hablar cuando aquella barrabasada de los _Numantinos_, y fue castigado con dos meses de encierro en nuestra casa para que le enseñáramos la doctrina. El tal es de buena pasta. Pronto le tomamos afición. Cantaba con nosotros en el coro y rezaba las horas. Yo le daba golosinas y le hacía leer y traducir autores latinos, y él me leía sus versos o me representaba trozos de comedias. Esto lo hace tan perfectamente, que si mucho tiene de poeta, más tiene de cómico. Yo le animaba para que abandonase el mundo y entrase en la Orden... ¡Oh, amigos míos!... ¡Cuando uno considera que en nuestra Orden vivió y murió el primero de los predicadores del mundo, fray Hortensio Paravicino, cuya celda ocupo en la actualidad...!
—Que te descarrías, que te pierdes —dijo riendo don Benigno—. Por Dios, querido padre mío, ya está usted otra vez a setecientas leguas de su cuento.
—Iba diciendo que Ventura me besó las manos, y después se las besó al _padre de la Constitución_, que así llama a Gallego la gente apostólica, y de esta manera le calificó en su infame delación el religioso agonizante fray José María Díaz y Jiménez, a quien nuestro soberano llama el _número uno de los podencos_, por lo bien que huele, rastrea, señala y acusa toda conspiración de esos tontainas de liberales. No sé si os he dicho que, según confesión del buen elefante zamorano, Calomarde le odia más que a un tabardillo pintado, y si no fuera porque don Miguel Grijalva, amigo mío y de Nicasio, vio a Su Majestad y le llevó aquel famoso soneto que hizo Gallego cuando la reina estaba de parto...
—Al grano, al grano, que eso, más que referir sucedidos, es marear a Cristo.
—Un poquitín de paciencia, señores. Yo decía que se llegó a nosotros Veguita, a quien, después del encarcelamiento en nuestra casa, yo no había visto más que dos veces, una en casa de Norzagaray cuando él y sus amigos ensayaban la comedia de Zabala, _Faustina y Gerwal_, y otra en la Puerta del Sol cuando le llevaban preso por tener la audacia de dejarse las melenas largas, al uso masónico. Por cierto que ese atrevidillo se ha dejado crecer un bigote que no hay más que ver, y con aquellos precoces pelos insulta públicamente a la gente que manda, y hace descarado alarde de liberalismo... En una palabra, queridos: Venturilla y Gallego empezaron a hablar del censor de teatros, reverendo padre Carrillo, y excuso deciros que le pusieron como siete caños porque no deja resollar a los autores. Después..., y aquí entra lo principal de mi cuento...
—Gracias a Dios... Aleluya.
—Pues Veguita dijo una cosa al oído de Gallego..., y después acercose a mí poniéndose de puntillas, porque él es muy pequeño y yo más que regularmente alto, y me dijo también cuatro palabras al oído.
—¿Qué? —preguntó con mucha curiosidad Cordero.
—¡Pues no faltaba más sino que os fuera a revelar lo que se me confió como un secreto!
XII
—¡Barástolis!, que estamos enterados —dijo Cordero comiéndose las últimas almendras del postre.
Pero el famoso Alelí no paró mientes en estas palabras, y empezó a rezar en acción de gracias por la comida. Poco después se habían levantado los manteles, y los muchachos, bien fregoteadas las manos y la boca, tornaron a la escuela. Don Benigno, que acostumbraba dormir muy breve siesta, la suprimió aquel día y bajó sin demora a la tienda, porque la comida había sido más larga que de ordinario. Doña Crucita, que no podía pasarse sin su regalado sueño de dos o tres horas, se fue a su cuarto, llevando en un plato las golosinas con que solía obsequiar en tal hora a sus queridas alimañas, y tras ella se fue Juan Jacobo, con el sombrero del padre Alelí encajado en la cabeza hasta tocar los hombros, y en la mano un látigo que él mismo había hecho con una orilla de paño amarrada al mango roto de un molinillo de chocolate. Alelí buscó el blando acomodo de un sillón que en el testero del comedor estaba, y que parecía decir _dormid en mí_ con la suave hondura de su asiento, la inclinación de su viejo respaldo gordinflón y la curva de sus cariñosos brazos. Allí dormía antaño la siesta doña Robustiana, y allí solía hacer sus digestiones el buen Alelí, las cuales no eran difíciles, por ser él la sobriedad misma.
Para mayor comodidad, Sola le ponía delante una silla para que estirase las piernas, y tras de la cabeza una mofletuda almohada de su propia cama, con lo que el padre estaba tan bien que ni en la misma gloria. Aquella tarde, cuando Sola trajo silla y almohada, el fraile le tomó una mano, y mirándola con sus ojos soñolientos, le dijo:
—Cordera...
Sonriendo como la misma bondad sonreiría, Sola acomodó en la almohada la venerable cabeza, que parecía la de un santo, y dijo así:
—¿Qué me quiere su reverencia?
—Cordera —murmuró el fraile sonriendo también como un bienaventurado—, vete al cuarto de Benigno, y en el chaquetón, bolsillo de la izquierda... ¿entiendes?
—Sí, un cigarrito.
—Se me olvidó pedírselo antes que bajara...
Ni medio minuto tardó la joven en traer el cigarrito, y con él la lumbre para encenderlo.
—Es que quiero echar una fumada para despabilarme, porque desearía no dormir siesta... ¿entiendes, paloma?
Como el fraile estaba con la cabeza echada atrás, en la más blanda y cómoda postura que pueden apetecer humanos huesos, Sola no quiso que se incorporase, y ella misma le encendió el cigarro en el braserillo, no siendo aquella la primera vez que tal cosa hacía. Chupó un poco con la inhabilidad que en tal caso es propia de mujeres (como no sean hombrunas), y cuando logró hacer ascua de tabaco, no sin perder mucha saliva, presentó el cigarro a su amigo, cerrando los ojos por el picor que el humo le causaba en ellos.
—Gracias, gracias, serafín de esta casa. Comprendo muy bien que ese santo varón... Pues, hija de mi alma, quiero despabilarme con este cigarrito, porque necesito hablarte de una cosa grave, delicada, digo mal, archidelicadísima.
A Sola le pasó una nube por la frente, quiero decir que se puso seria y pensativa.
—Tiempo hay de hablar todo lo que se quiera —dijo, inclinada sobre uno de los brazos del sillón en que el religioso estaba—. Duerma su reverencia.
—Bueno, hijita; con tal que me llames a las tres y media...
—Eso es poco. A las cinco.
—No, no. Si me duermo, no podré hablarte del susodicho negocio, y lo he prometido, cordera, he prometido que esta tarde misma...
Esto decía, cuando llegó un corpulento y bellísimo gato, que solía echar sus dormidas en el mismo sillón donde estaba Alelí; y viendo ocupado aquel lugar delicioso, dio algunas vueltas por delante con rostro lastimero. Al fin, discurriendo que había sitio para todos, subió al regazo del fraile, y como encontrara agasajo, se enroscó y se echó a dormir como un bendito.
A poco de esto oyose un ruido estrepitoso, y fue que Juanito Jacobo había cogido una bandeja de latón vieja, que olvidada estaba en la despensa, y venía batiendo generala sobre ella con el palo del molinillo, tan fuertemente que habría puesto en pie, con el estrépito que hacía, a los siete durmientes. Acudió Sola y le trajo prisionero por un brazo.
—¡Condenado chico! ¿No sabes que está tu tía durmiendo la siesta?... Ven acá: suelta eso... Ya, ya es tiempo de que tu padre te mande a la amiga... Ríñale, padre Alelí. No se le puede aguantar. Cuando el señorito está de vena, parece que hay un ejército en la casa.
Diciendo esto, Sola le iba quitando sombrero, bandeja y palo, y después de sentarse le acercó a sí y le acarició, pasando suavemente su mano por los hermosos cabellos del niño.
—Si mete bulla —dijo Alelí acariciando también con su mano los rizos—, no le traeré a mi señor don Juan Jacobo las hostias que le prometí, ni las velitas de cera, ni el San Miguel de alcorza... Pues te decía, hija, que ahora vamos a hablar los dos de un asunto superlativamente delicado... Mira, vuelve al chaquetón de Benigno y traeme otro cigarrito, o mejor dos.
Sola hizo lo que le mandaba el reverendo, y se volvió a sentar, aguardando el delicado asunto que manifestarle quería. Durante un rato no pequeño, los dos estuvieron callados, y Alelí fijaba sus ojos en el reloj, que era de los antiguos con las pesas colgando al descubierto. La péndula se paseaba lenta y solemnemente en el breve espacio que las leyes de la gravedad y las de la mecánica le señalan, y así marcaba con el tono más severo el compás de la vida. Sola, por mirar algo, y el mirar es acto preciso a las meditaciones, contemplaba _La Creación_, gran lámina que con otra representando el monumento de la catedral de Toledo, decoraba artísticamente el comedor. En la primera estaban nuestros primeros padres en el traje que es de suponer, en medio de un fértil país poblado de todas suertes de animales, recibiendo la bendición del Padre Eterno, que, muy barbado y envuelto en una especie de capote, se asomaba por un balcón de nubes.
—¡Qué buenos cigarros tiene Benigno! —dijo Alelí, que al fin había encontrado la fórmula del exordio—. Pero mejor que sus cigarros es él mismo. Te digo con toda verdad que yo he visto muchos hombres buenos; pero ninguno como nuestro Benigno. Es el corazón más puro y la voluntad más cristiana que he conocido en mi larga vida; es incapaz de hacer nada malo, y capaz de las bondades más extraordinarias. Su razón es firme, sus sentimientos generosos, su vida la carrera del bien. No aborrece a nadie, y cuando quiere, quiere con toda su alma. Tiene un carácter entero para hacer frente a las adversidades, y en las bienandanzas no puede vivir contento si no distribuye su ventura entre los que le rodean, quedándose él con la absolutamente precisa para no ser desventurado. Si tú nos oyes diciéndonos majaderías, es por lo mucho que nos queremos. Él me llama _Tío Engarza-Credos_, y yo le llamo _Don Leño_ o _Chirivitas_, y así nos reímos. Eso sí, en ideas políticas somos, como quien dice, el _toma_ y el _daca_, lo más opuesto que puede existir; pero estos arrumacos de la política no han de tocar, no, a las cosas del alma ni a la amistad... Porque yo digo, ¿qué me importa que Benigno tenga la manía de leer a ese perdido hereje de Rousseau, si por eso no deja de ser buen cristiano y de obedecer a la Iglesia en todo?... Viva Benigno, y viva con su pepita, es decir, con su _Emilio_ y su _Contrato social_, que así me cuido yo de estas cosas como de los que ahora se están afeitando en la luna... No creas tú, los padres del convento me critican por esta tolerancia mía, y yo les contesto: «vale más un amigo en la mano que cien teorías volando». Mi carácter es así; en burlas disputo y machaco como todos los españoles; pero antes que tronos y repúblicas, antes que congresos y horcas, está el corazón... ¡Cómo me reí una tarde hablando de esto! Paseaba yo a eso de las cinco por Atocha con dos hombres de ideas contrarias, don José Somoza, liberal, poeta, hombre ameno, dulce y cabal si los hay, y don Juan Bautista Erro, absolutista siempre, ahora apostólico vergonzante. Pues, señor...
—Paréceme —dijo Sola, cortando la digresión— que se resbala usted, como dice don Benigno. Ya está sabe Dios a cuántas leguas de lo que me estaba contando...
—¡Ah! Sí, perdona, hija..., me distraje. Te decía que ese bendito juan-jacobesco es el mejor tragador de pan y garbanzos que he conocido, y que ahora ha dado en la flor de querer casarse...
—¡Casarse! —exclamó Sola poniéndose encarnada.