Los apostólicos

Part 19

Chapter 192,836 wordsPublic domain

Cuenta también el testigo presencial de aquella escena que el primero que habló, y habló con entereza, fue el obispo de León. Puesto de pie, parecía que llegaba al techo. Su voz hueca de sochantre retumbaba en la cámara como voz de ultratumba. Aquel hombre, tan rígido como astuto, principió tocando una fibra del corazón del rey: habló de _las inocentes niñas_ de Su Majestad y de la _virtuosa reina_, que según él corrían gran peligro si no pasaba la corona a las sienes de don Carlos. Después pintó el estado del reino, en el cual, según dijo, no había un solo hombre que no fuera partidario de la monarquía eclesiástica representada por el infante.

Fernando dio un gran suspiro y fijó sus aterrados ojos en el obispo. Este se sentó. Puesto en pie, Calomarde dijo que su emoción al ver en aquel estado al mejor de los reyes, y al mejor de los padres, y al mejor de los esposos, y al mejor de los hombres, no le permitía hablar con serenidad; dijo que se veía en la durísima precisión de no ocultar a su amado soberano la verdad de lo que ocurría; que había tanteado el ejército, y todo el ejército se pronunciaría por don Carlos si no se modificaba en favor de este la Pragmática sanción del 29 de marzo de 1830; que los voluntarios realistas, sin excepción de uno solo, proclamaban ya abiertamente como rey de derecho divino al mismo señor don Carlos, y que para evitar una lucha inútil y el derramamiento de sangre, convenía a los intereses del reino...

El infame hacía tales pucheros que no pudo continuar la frase. Sintiose que el cuerpo dolorido del rey se estremecía en su cama o potro de angustia. Oyose luego la voz moribunda, que dijo entre dos lamentos:

—-Cúmplase la voluntad de Dios.

El confesor silbó en su oído palabras no entendidas por los demás, y entonces la reina Cristina, sin mirar a las tres sombras, volviendo su rostro al rey y haciendo un heroico esfuerzo para no dar a conocer su dolor, pronunció estas palabras:

—Que España sea feliz, que en España haya paz.

El rey exhaló un gran suspiro mirando al techo, y después dijo algo que pareció el mugido de un león enfermo. La reina tomó su pañuelo, y sin decir nada, dejando correr libremente sus lágrimas, limpió el sudor abundante que bañaba la frente del rey.

Siguió a esto un discursillo del conde de la Alcudia confirmando el dictamen de los otros dos apostólicos. Aquel famoso triunvirato traía la comedia bien aprendida, y en el cuarto de don Carlos se habían estudiado antes detenidamente los discursos, pesando cada palabra. El confesor dijo también en voz alta su opinión, asegurando bajo su palabra que el Altísimo estaba en un todo conforme con lo expuesto por los señores allí presentes. ¡Y se quedó tan satisfecho después de este mensaje...!

Fernando pareció llamar a sí todas sus fuerzas. Claramente dijo:

—¿En qué forma se ha de hacer?

No vacilaron los apostólicos en la contestación, pues para todo estaban prevenidos. Calomarde, fingiendo que se le ocurría en aquel mismo instante, propuso que el rey otorgase un codicilo-decreto derogando la Pragmática sanción del 30, y revocando las disposiciones testamentarias en la parte referente a la regencia y a la sucesión de la corona.

Después de una pausa, el rey se hizo repetir la proposición del ministro, y oída por segunda vez, Cristina volvió a limpiar el sudor que corría por la frente de su marido. Con un gesto y la mano derecha, este mandó a los tres apostólicos consejeros que salieran de la estancia, y se quedó solo con su esposa y con su confesor, el cual salió también poco después. Consternados los tres escamoteadores, y dudando del éxito de su infame comedia, no decían una palabra, y con los ojos se comunicaban aquella duda y el temor que sentían. Calomarde y el obispo dieron algunos paseos lentamente por la cámara, esperando que el rey les volviera a llamar, y el conde de la Alcudia aplicó el oído a la puerta y dijo en voz baja y temerosa:

—Parece que llora Su Majestad.

—No lo creo —murmuró el obispo, acercando también su oído.

Entonces se abrió la puerta y apareció el confesor con las manos cruzadas y el semblante compungido, imagen exacta de la hipocresía. Los cuatro cuchichearon un momento como viejas chismosas. Media hora después, Cristina les llamó y volvieron a entrar. Fernando no estaba ya incorporado en su cama, sino completamente tendido de largo a largo, fijos los ojos en el techo, rígido, pesado, el resuello lento y difícil. Sin mirar a los que habían sido sus amigos, sus aduladores, terceros de sus caprichos políticos y servidores de sus gustos con la lealtad y sumisión del perro, Fernando VII les manifestó en pocas palabras que aceptaba el sacrificio que se le imponía. Esforzándose un poco, habló más para exigir secreto absoluto de lo acordado hasta que él muriese.

Los tres apostólicos bajaron; encerráronse en un gabinete. Entre tanto, la chusma del cuarto de don Carlos ardía en impaciencias; sobresaltadas y nerviosas, las dos infantas padecían atroz martirio. La historia, muy descuidada en cierras cosas, no dice el número de tazas de tila que se consumieron aquel día. El obispo, Calomarde y Alcudia mostráronse tan reservados aquella tarde, que los _carlinos_ se impacientaban y aturdían cada vez más. No obstante, algunas palabras optimistas, aunque enigmáticas, de Abarca al salir del gabinete en que los tres se encerraron para extender el decreto-codicilo, hicieron comprender a la muchedumbre apostólica que las cosas iban por buen camino. Finalmente, al llegar la noche, y cuando se difundía por Palacio, corriendo y repercutiéndose de sala en sala como un trueno, la voz de _el rey ha muerto_, el señor Abarca entró triunfante en la cámara donde la corte del porvenir se hallaba reunida. En su mano alzaba el reverendo un papel, con el cual amenazar parecía, o que lo tremolaba como estandarte o divisa de una ley suprema. Moisés bajando del Sinaí no apareció seguramente más terrible que el señor Abarca cuando, mostrando el decreto-codicilo, exclamó:

—Señores, óiganme.

Oyeron leer con atención profunda, y poco faltó para que algunos se prosternaran, quién por servilismo mezclado de entusiasmo, quién por ese especial instinto a lo Nabucodonosor que algunos entes civilizados no pueden ocultar aunque vistan casaca bordada. Toda la corte de don Carlos estaba allí, menos don Carlos, el candidato divino, que a tal hora se hallaba en su oratorio con la frente humillada y el corazón oprimido, pidiendo a Dios que no quitara la vida a su hermano.

XXXIV

Al llegar aquí, el narrador no puede contener su asombro ante el peregrino suceso que va a referir, y deteniendo su relato, exclama: ¡Oh admirables designios de la Providencia! ¡Oh vanidad de los cálculos humanos! ¡Oh peligro de jugar con las cosas del cielo, eslabonándolas con los apetitos o intereses de un bando político! De este modo el ánimo del lector queda perfectamente dispuesto para saber que Dios Todopoderoso, estimando sin duda más a don Carlos que a su partido, atendió al ruego que con amor fraternal y piedad cristiana le dirigió aquel; y así dispuso que Fernando, ya casi muerto, tornase a la vida, dando al traste con las esperanzas de lo que el obispo de León llamaba _el partido del Altísimo_. De este modo el Padre de todas las cosas abandonaba a su grey en lo mejor de la pelea, seguido de la Generalísima, a quien también pidió muy ardientemente don Carlos la vida de su hermano. Hasta con su cristiandad se perjudicaba a sí mismo don Carlos como jefe visible del partido absolutista-religioso, y si le dejaran rezar mucho, es fácil que los furibundos apostólicos perdieran todas las batallas cortesanas y marciales que en lo futuro habían de dar.

Fernando se aletargó por la noche. Todos le creyeron muerto; la tremenda noticia circuló por el Real Sitio, llegó hasta Madrid, y aun fue transmitida a las cortes europeas. Pero a la mañana siguiente, de aquel cadáver volvieron a salir quejas y suspiros, se reanimó con oportunas sustancias y medicinas, y en Palacio y en los jardines no se decía sino _el rey vive, el rey vive_, frase de consternación para algunos, de esperanzas para los menos. Muchas caras variaron bruscamente, y Cristina vio sonreír a los que el día anterior estaban cejijuntos y tenían en su rostro protervo el indefinible airecillo de la defección. ¡Y el señor obispo, que la tarde del 18 salió a los jardines diciendo en voz alta en un corro de amigos: «Ya no volverán a levantar la cabeza los liberales...»! ¡Y el gracioso padre Carranza, que aquella noche había prometido solemnemente a sus allegados más de cuarenta canonjías y beneficios simples!

En todo el día 19 fueron llegando al Real Sitio muchos jóvenes de la aristocracia y militares de todas graduaciones, que iban a ponerse a las órdenes de la reina Cristina. Con estas adquisiciones hechas por un partido que se creía muerto, iban rápidamente abatiéndose los ánimos de los apostólicos, y no se sabe qué cantidad fabulosa de tazas de tila tuvieron que tomar doña Francisca y su hermana para poner a raya sus desconcertados nervios. ¡Dios y la Generalísima ayudaban a la napolitana!

Con la irrupción de personajes civiles y militares en el Real Sitio, las habitaciones escasearon en tales términos, que Pipaón tuvo que rogar a don Benigno le dejase libre el cuarto que ocupaba en la casa de Pajes, lo que no sintió mucho el héroe, porque estaba hasta la corona de cortesanos, obispos y palaciegos.

—Lo siento mucho —dijo don Juan al despedirle—. Pero ya ve usted, media España ha venido aquí a ponerse a las órdenes de la reina... ¡Es un ángel esa señora! Aunque no lo parezca, sepa usted que yo la admiro. Dicen que será nombrada regente... y no me pesa, no me pesa...

Cuando iba Cordero por el jardín acompañado de un chico que le llevaba la maleta, encontró a Salvador, el cual se empeñó en compartir con él su alojamiento, aunque estrecho, suficiente para los dos. Dio mil excusas don Benigno, que en aquel momento sintió más vivo que nunca el misterioso recelo que su amigo le inspiraba; pero al fin no tuvo más remedio que aceptar, so pena de tener que dormir en la calle o en un banco de los jardines.

—No hay que pensar ahora —le dijo Monsalud con cariño— en que esos señores firmen. Ninguno de ellos, en estos días, sabe dónde tiene la mano derecha. Esperando a ver en qué para esto, viviremos juntos, nos contaremos nuestras desdichas y nos consolaremos mutuamente.

Al día siguiente cobró Fernando algunas fuerzas, y serenándose su mente empezó a comprender la infame sorpresa de que había sido víctima. No obstante, todavía los reyes legítimos estaban en Palacio como cohibidos por la gente apostólica, cuyo poder era grande aún, a pesar de la situación desfavorable en que se encontraban. Esperábales todavía el golpe de gracia, que había de darles muerte en la esfera cortesana, cerrándoles todo camino que no fuera el de la guerra. En la madrugada del 22 llegó a San Ildefonso la infanta Carlota, esposa del infante don Francisco y hermana de Cristina, mujer resuelta, varonil, desparpajada, libre y francota de palabras, alta, airosa y algo manolesca de figura, valerosa hasta lo sumo, y tan ardiente de genio que, según pública opinión, trataba despóticamente, cuando el caso lo requería, a las personas ligadas a ella por el parentesco más íntimo. Odiaba con toda su alma a las dos princesas brasileñas, doña Francisca y la de Beira, y este aborrecimiento podrá explicar mejor que ninguna razón política la guerra que había declarado a los apostólicos. ¡Formidable influencia de la mujer en el destino de los pueblos! Los hombres, pensando, plantean las teorías y los sistemas, crean los partidos; las mujeres, amando o aborreciendo, determinan la acción. Comparando la historia con un drama, el hombre es el histrión y la mujer el autor. No ha existido ningún gran suceso político que no haya venido a la historia impulsado por manos femeninas, y esa académica nave del Estado de que tanto hablan los tratados políticos, no navegaría las más de las veces si no tiraran de ella las voladoras palomitas de Venus.

Doña Carlota entró en Palacio hablando a gritos, tratando con modales bruscos a todo el mundo, gentilhombres y damas; presentose a su hermana, y después de abrazarla la llamó tonta unas veinte veces. El testigo presencial de estas escenas, que ya no eran de tragedia ni de drama, sino de opereta, cuenta que como Cristina y Carlota hablaban acaloradamente en italiano, no era posible a los presentes entender bien lo que decían; solo comprendían algunas palabras, como _sciocca, pazza, regina de gallería... sceleratezza..._ Después la infanta descansó un momento, y a hora avanzada de la mañana anunció que recibiría a los ministros y demás personajes que quisieran cumplimentarla. Cuando Calomarde y el conde de la Alcudia entraron, doña Carlota afectó serenidad y preguntó al ministro de Gracia y Justicia la razón de haber revelado el secreto del codicilo, contra lo dispuesto por Su Majestad. Tembloroso y cortado, don Tadeo se excusó con el letargo del rey, que parecía muerto.

—Su Majestad —dijo doña Carlota disimulando su ira— quiere recoger el original del codicilo, y me encarga decir a usted que lo presente ahora mismo.

El ministro se inclinó, saliendo en busca de lo que se le pedía. Entre tanto, los que no se habían manifestado muy claramente partidarios del infante, se reunían en la cámara. En pie y moviéndose sin cesar de un lado para otro, altiva, nerviosa, respirando fuerte, doña Carlota parecía que imaginaba crueldades y violencias impropias de mujer y de princesa. Los circunstantes no le dijeron nada, y Cristina misma, con ojos encendidos de tanto llorar, el seno palpitante, enmudecía ante la arrogantísima actitud de aquella nueva Semíramis.

Cuando Calomarde entregó a la infanta el manuscrito que tantos desvelos y fingimiento había costado a los apostólicos, Carlota no se tomó el trabajo de leerlo y lo rasgó con furia en multitud de pedazos. Con el mismo desprecio y enojo con que arrojó al suelo los trozos de papel, echó sobre la persona del ministro estas duras palabras, que no suelen oírse en boca de príncipes:

—Vea usted en lo que paran sus infamias. Usted ha engañado, usted ha sorprendido a Su Majestad abusando de su estado moribundo; usted, al emplear tales medios para esta traición, ha obrado en conformidad con su carácter de siempre, que es la bajeza, la doblez, la hipocresía.

Rojo como una amapola, si es permitido comparar el rubor de un ministro a la hermosura de una flor campesina, Calomarde bajó los ojos. Aquella furibunda y no vista humillación del tiranuelo era el contrapeso de sus nueve años de insolente poder. En su cobardía quiso humillarse más, y balbució algunas palabras.

—Señora..., yo...

—Todavía —exclamó la Semíramis borbónica en la exaltación de su ira—, todavía se atreve usted a defenderse, y a insultarnos con su presencia y con sus palabras. Salga usted inmediatamente.

Ciega de furor, dejándose arrebatar de sus ímpetus de coraje, la infanta dio algunos pasos hacia Su Excelencia, alzó el membrudo brazo, disparó la mano carnosa... ¡Plaf! Sobre los mofletes del ministro resonó la más soberana bofetada que se ha dado jamás.

Todos nos quedamos pálidos y suspensos, y digo _nos_ porque el narrador tuvo la suerte de presenciar este gran suceso. Calomarde se llevó la mano a la parte dolorida, y lívido, sudoroso, muerto, solo dijo con ahogado acento:

—Señora, manos blancas...

No dijo más. La infanta le volvió la espalda.

Calomarde acabó para siempre como hombre político. Los apostólicos, cuando se llamaron carlistas, le despreciaron, y el execrable ministril se murió de tristeza en país extranjero.

XXXV

A la misma hora, la muchedumbre, paseando en los amenísimos jardines, comentaba los sucesos de aquellos días. Don Benigno y Salvador paseaban juntos como viejos amigos, y ya se habían contado parte de sus secretos. Cordero estaba triste, Monsalud se iba exaltando más cada día con la idea política. De pronto vieron que la multitud se agolpaba en un sitio, por donde discurría en abigarrada procesión gente de Palacio, con dorados uniformes y huecos casacones. Abría calle el público para dar paso a estos señores. Cordero y Monsalud se acercaron para ver mejor. Sostenida por una nodriza, rodeada de damas, seguida de personajes, una niña de dos años andaba con dificultad, batiendo palmas y riendo de alegría. Aquellos eran los primeros pasos de una reina.

Del gentío salió una voz que gritó con furor: «¡_Viva Isabel II_!». Y una exclamación inmensa recorrió los jardines, perdiéndose y desparramándose como los primeros ecos de una tempestad naciente.

La tempestad estaba cerca: oíanse los primeros truenos; pero el que quiera conocer los notables sucesos, ya privados, ya públicos, que restan por referir, tenga paciencia y espere a leer lo que con toda verdad se dirá en el libro siguiente.

FIN DE «LOS APOSTÓLICOS»

Madrid. — Mayo-junio de 1879.