Los apostólicos

Part 14

Chapter 144,120 wordsPublic domain

—Según eso es usted liberal...

—Lo soy, sí señor, soy liberal en idea, y deploro que el país entero no lo sea. Si no estuvieran tan arraigadas aquí las rutinas, la ignorancia, y, sobre todo, la docilidad para dejarse gobernar, otro gallo nos cantara. El absolutismo sería imposible y no habría apostólicos más que en el Congo o en la Hotentocia. Por desgracia, nuestro país no es liberal ni sabe lo que es libertad, ni tiene de los nuevos modos de gobernar más que ideas vagas. Puede asegurarse que la libertad no ha llegado todavía a él más que como un susurro. Es algo que ha hecho ligera impresión en sus oídos, pero que no ha penetrado en su entendimiento ni menos en su conciencia. No se tiene idea de lo que es el respeto mutuo, ni se comprende que para establecer la libertad fecunda es preciso que los pueblos se acostumbren a dos esclavitudes, a la de las leyes y a la del trabajo. A excepción de tres docenas de personas..., no pongo sino tres docenas..., los españoles que más gritan pidiendo libertad, entienden que esta consiste en hacer cada cual su santo gusto y en burlarse de la autoridad. En una palabra: cada español, al pedir libertad, reclama la suya, importándole poco la del prójimo...

—Luego usted —dijo don Felicísimo, que ya había recobrado la fijeza pétrea de su rostro— no es liberal al modo de acá.

—Lo soy al modo mío, según mi idea, y creo que estos principios, aprendidos donde no son solo principios, sino hechos, prevalecerán en todo el mundo y conquistarán todas las tierras, incluso España; pero cuando me detengo a calcular el tiempo que tardaremos en ser conquistados, me confundo, me mareo, porque cien años me parecen pocos para tan grande obra. De aquí mi escepticismo, que no es realmente escepticismo, sino tristeza. Creo en la libertad porque he visto sus frutos en otras partes; pero no creo que esa misma libertad pueda darlos allí donde hay poquísimos liberales, y de estos la mayor parte lo son de nombre. España tiene hoy la controversia en los labios, una aspiración vaga en la mente, cierto instinto ciego de mudanza; pero el despotismo está en su corazón y en sus venas. Es su naturaleza, es su humor, es la herencia leprosa de los siglos, que no se cura sino con medicina de siglos. He visto hombres que han predicado con elocuencia las ideas liberales, que con ellas han hecho revoluciones y con ellas han gobernado. Pues bien: esos han sido en todos sus autos déspotas insufribles. Aquí es déspota el ministro liberal, déspota el empleado, el portero y el miliciano nacional; es tiranuelo el periodista, el muñidor de elecciones, el juntero del pueblo y el que grita por las calles himnos y bravatas patrióticas. La idea de libertad, entrando súbitamente aquí a principios del siglo, nos dio fórmulas, discursos, modificó algo las inteligencias; pero, ¡ay!, los corazones siguen perteneciendo al absolutismo que los crió. Mientras no se modifiquen los sentimientos, mientras la envidia, que aquí es como una segunda naturaleza, no ceda su puesto al respeto mutuo, no habrá libertades. Mientras el amor al trabajo no venza los bajos apetitos y el prurito de vivir a costa ajena, no habrá libertades. No habrá libertades mientras no concluya lo que se llama sobriedad española, que es la holgazanería del cuerpo y del espíritu alimentada por la rutina; porque las pasiones sanguinarias, la envidia, la ociosidad, el vivir de limosna, el esperarlo todo del suelo fértil o de la piedad de los ricos, el anhelo de someter al prójimo, la ambición de sueldo y de destinos para tener alguien sobre quien machacar, no son más que las distintas caras que toma el absolutismo, el cual se manifiesta según las edades, ya servil y rastrero, ya levantisco y alborotado.

—Según eso —dijo don Felicísimo confuso—, usted considera a nuestro país inepto para las libertades. Por consiguiente, como no puede haber más que dos clases de gobiernos, y el liberal es imposible, tenemos que aceptar el absoluto.

—No —replicó el otro—, porque una ley ineludible arrastrará, mal de su grado, a España por el camino que ha tomado la civilización. La civilización ha sido en otras épocas conquista, privilegios, conventos, fueros, obediencia ciega, y España ha marchado con ella en lugar eminente; hoy la civilización, tan constante en la mudanza de sus medios como en la fijeza de sus fines, es trabajo, industria, investigación, igualdad, derechos, y no hay más remedio que seguir adelante con ella, bien a la cabeza, bien a la cola. España se pone las sandalias, toma su palo y anda: seguramente andará a trompicones, cayendo y levantándose a cada paso; pero andará. El absolutismo es una imposibilidad, y el liberalismo es una dificultad. A lo difícil me atengo, rechazando lo imposible. Hemos de pasar por un siglo de tentativas, ensayos, dolores y convulsiones terribles.

—¡Un siglo!

—Sí, y esta es la causa de mi tristeza. Yo me encuentro en la mitad de mi vida. He trabajado mucho por la idea salvadora; pero ya me siento fatigado y me reconozco sin fuerzas para esta labor inmensa, que será cada día más dura. Otros vendrán que arrimen el hombro a tan terrible carga. Yo no puedo más. Las circunstancias en que me encuentro, solo, sin familia, lleno de tedio y viendo cuán poco hemos adelantado en la cuarta parte de un siglo, me desaniman atrozmente. Reconozco que cuanto de mis fuerzas dependía ya lo hice; está mi conciencia tranquila y me retiro. Hasta hoy no he vivido para mí ni un solo día. Llega la hora del egoísmo: necesito vivir un poco para mí. No obteniendo gloria ni siquiera éxito, el sacrificio de mi existencia a un ideal sería estéril; pues vivamos siquiera un poco y descansemos. Sobre las ruinas de mis quiméricas ambiciones se levanta hoy una ambición grande, potente; la ambición de ser feliz, tener una familia y vivir de los afectos puros, humildes, domésticos. ¡Es tan dulce no ser nada para el público y serlo todo para los nuestros! Apartado de la política, deseando el olvido, miro a todas partes buscando un rincón en que ocultarme y a donde no llegue el fragor de la lucha.

Don Felicísimo movía la cabeza sonriendo. Creía firmemente que el caballero, su amigo y cliente, tenía la cabeza vacía de lo que llaman seso; pues ¿qué mayor locura, en aquellos agitados días, que no ser apostólico, ni absolutista, ni siquiera liberal?

Ya iba a decir algo muy ingenioso sobre esta enfermiza manía de no ser nada, absolutamente nada, cuando entró Pipaón, y estrechando con ímpetu amistoso la mano del caballero, le dijo:

—Enhorabuenas mil, queridísimo amigo. Vengo de ver a Su Excelencia, que ya ha leído las cartas que trajiste del señor don Alejandro Aguado, marqués de las Marismas, y de su parte te aseguro que puedes vivir aquí tan libremente como en el mismo París o Londres. El señor Aguado, como soberano absoluto del dinero, es una potencia de primer orden, una autoridad indiscutible. Ahora bien: considerando que el mencionado señor Aguado (Pipaón no abandonaba jamás su estilo de expediente) garantiza bajo su palabra de oro que vienes exclusivamente con la misión de comprarle cuadros para su rica galería, y además a asuntillos tuyos que nada tienen que ver con la política, se ha dado cuenta a Su Majestad de todo lo actuado, y Su Majestad se ha servido disponer que no se te moleste en lo más mínimo. Tendreislo entendido, y ahora, discreto amigo, ruégote que adoptes tu verdadero nombre y vengas a comer conmigo a mi casa, donde encontrarás personas que más desean verte que escribirte...

El caballero se levantó, y muy gozoso dijo:

—Confío sin vacilar en la libertad que se me ofrece, y recobro mi nombre.

XXVII

Tenía sus papeles en regla, pasaporte, partida de bautismo, a más de otros documentos importantes, y aquel mismo día se celebró la escritura para llevar adelante lo pactado con don Felicísimo, asistiendo a este acto solemne, como notario, el licenciado Lobo, a quien conocemos desde hace veinticuatro años. Por la tarde Pipaón se llevó al amigo a su casa, donde le obsequió bizarramente con suntuosa comida, cigarros exquisitos y licores de primera. Esta esplendidez y el lujo de la vivienda admiraron mucho al convidado, que no podía menos de traer a la memoria la humildad con que el señor Bragas dio los primeros pasos en la carrera de covachuelista. El medro había sido grandísimo y el aprovechamiento tan colosal, que allí podrían tomar lecciones cuantas hormigas hay en el mundo.

Los dos camaradas charlaron de lo lindo sobre cosas diversas; pero especialmente sobre el destino y vicisitudes del amigo que por tanto tiempo había estado ausente de España y envuelto en misterios. Las preguntas sucedían a las preguntas y las explicaciones a las explicaciones, y no fue todo paz y concordia en su interesante diálogo, porque a lo mejor de él hubo peligro de que los ánimos se soliviantaran, dando al traste con la amistad y buena armonía, compañeras inseparables de una serie de buenos platos. Parece ser que el amigo había enviado a Pipaón, durante los últimos años, todas las cartas que tenía que dirigir a Madrid. El objeto de esta mediación era que el diestro cortesano salvara de las asechanzas de la policía en Correos una correspondencia inocente en que nada se hablaba de política. Así lo hizo durante algún tiempo; pero desde mediados del 29, don Juan Bragas, que en las cosas privadas, lo mismo que en las públicas, había de mostrar la doblez y bajeza de su carácter, abusó de la confianza del emigrado, dejando de entregar algunas de sus cartas a la persona a quien se dirigían, para dárselas a otra.

La cuestión de las cartas salió, pues, a relucir en la mesa, y Pipaón, que en frescura y demás dotes para el fingimiento no tenía rival en el mundo, se desenvolvió gallardamente de aquel compromiso. Su sofistería, sus protestas de amistad, auxiliadas de su astucia, hacían quiebros admirables, y no se dejaba él coger en mentira aunque la lógica misma se encargara de acometerle.

—Puedes estar seguro, amigo Salvador —le decía—, de que desde octubre del 29 no he recibido ningún paquete tuyo. Si lo recibiera, tonto, ¿para qué lo quería yo? ¿De qué podrían valerme tus cartas, no trayendo nada de política? Y aunque trajeran algo, hombre, aunque fuera cada letra de ellas una bomba explosiva, ¿me crees capaz de vender a un amigo de la niñez? ¿Me crees capaz de abusar indignamente de tu confianza? ¿Me crees capaz de violar el sacratísimo misterio de la correspondencia...? ¡Oh!, no me des a entender que hay en ti, no digo sospecha, pero ni siquiera un átomo de sospecha, porque nace en mí cierta indignación terrible que me hará olvidar la amistad, la consideración; me desvanezco, me exalto, me sulfuro... No, tú no puedes tener de mí tan baja opinión, tú bromeas, tú has perdido la memoria de mis buenas partes, y allá en la emigración has olvidado lo arraigada que está la hidalguía en pechos españoles.

El amigo no se convenció con estas vehementes razones; pero no queriendo volver sobre lo pasado, dejó aquel tema para tomar otro. Apremiado por Bragas, contó lo más notable de su vida durante las largas ausencias, extendiéndose mucho en los dramáticos sucesos de su expedición a Cataluña, durante la insurrección apostólica de este país. Pasmado le oyó el buen cortesano, y cuando su amigo llegaba a narrar un peligro extraordinario o el acometimiento de alguna aventura terrible, temblaba y sudaba como si él mismo se sintiera empeñado en aquellos grandes riesgos y compromisos; tal verdad e interés había en la relación.

Ya estaban en los postres, cuando Pipaón, oído el relato del convidado, contó a su vez los chascos que él (Pipaón) y otra persona (Jenara) se habían llevado en Madrid, creyendo ver al buen amigo en cada uno de los individuos que sucesivamente iba deteniendo la policía por creerlos emisarios de Mina o Valdés.

—Como no recibíamos cartas tuyas —dijo—, y en tanto los emigrados se agitaban en París y Londres, siempre que teníamos noticia de la llegada misteriosa de algún conspirador, creíamos que eras tú. En Gracia y Justicia me enteraba yo de los soplos de la policía, y... francamente, como siempre tuviste afición a zurcir voluntades de revolucionarios y preparar sediciones..., no levantaban una pieza los buenos podencos de la Superintendencia sin que Jenara y yo dijéramos «él es». Cuando Espronceda vino y se escondió por unas horas en la Trinidad, creímos que eras tú. ¿Llegó un tipo, un no sé quién, y estuvo tres días en la botica de la calle de Hortaleza?..., pues eras tú. ¿Hablose de otro que se metió en el _guardamangier_ de Palacio, y que luego resultó ser un choricero perseguido por haber dado una paliza?..., pues tú. ¿Súpose por los serenos que un hombre encopetado había entrado a deshora varias noches en casa de Olózaga?..., pues tú. Pero el más gracioso engaño fue el que padeció nuestra paisanita durante la prisión de Olózaga, engaño en el cual no he tenido parte ni responsabilidad. Ella sobornó carceleros y compró mequetrefes de cárcel, de esos que traen y llevan recados. Esta gente sirve bien, como anden las onzas por medio, y lo prueba la evasión de Olózaga. Pues bien. En el torreón de la Villa había un preso a quien daban el nombre de Escoriaza, el cual unas veces atribuía su encerramiento a cosas de mujeres, y otras a tramas políticas. Intrigando para salvar a Olózaga, nuestra amiga, cuyo corazón es tan grande como su entendimiento, se interesaba por el misterioso Escoriaza, creyendo..., no podía faltar la muletilla..., creyendo que eras tú. Él recibió recados y dineros, comprendió que había un engaño, y lo sostuvo hábilmente. En fin, querido, a la postre resultó ser ese raterillo a quien llaman Candelas, que si Dios no lo remedia, pasará a la posteridad por sus hazañas. Mira, Salvador, cuando lo supe, estuve riéndome dos horas... Por último, al cabo de tantas equivocaciones vino la verdad, y la sin par Generosa, que te buscaba en todas partes, te encontró de improviso en su propia casa, en casa de don Felicísimo. Y fue de la manera más inesperada y más teatral. Un día vio sobre la mesa de Carnicero una carta para don Jaime Servet, nombre que usaste en Cataluña, según nos dijo el marqués de Falfán de los Godos, que te encontró en Canfranc cuando volvías sano y salvo a Francia. Al punto Jenara..., ya sabes que es un fuego vivo de actividad y de impaciencia..., corrió a la posada del Dragón... ¡Qué desgracia!, no estabas... Pasaron días. La carta para ti volvió a la mesa de don Felicísimo. Pero ayer nuestra amiga sintió una voz en el despacho de Carnicero; ella y Micaela se acercaron, entreabrieron la puerta, miraron... Eras tú, tú mismo, real, verdadero, efectivo. Jenara se desmayó en el pasillo; Micaela y yo la llevamos a su cuarto, donde, sin más medicina que un vasito de agua, volvió en sí y de repente me dijo entre riendo y llorando: «Ha engrosado bastante ese badulaque»... Y en conclusión, chico, esta tarde tendrás el gusto de verla, porque para eso estás aquí y para eso te he convidado de acuerdo con ella; y ya...

El cortesano miró el reloj, añadiendo con socarronería:

—No, no es hora todavía... ¿Llevarás a mal lo que he hecho? ¡Qué demonios! Si supieras el interés que tiene por ti... Te quiere como a un hijo.

Salvador no dijo cosa alguna concreta acerca de este inopinado amor de madre que la señora le tenía, y volviendo al tema pasado riose mucho de los lances cómicos ocurridos con su supuesta persona, y principalmente de haber sido confundido con dos hombres que habían de ser pronto celebridades del siglo, si bien de orden muy distinto: Espronceda y Candelas. Dijo luego que al volver a Francia de vuelta de Cataluña, había seguido ayudando a Mina en sus planes; pero que, desde la intentona del año 30, había cesado en sus trabajos, renunciando para siempre y con decidido propósito a la política. Desde que tal resolución tomó, habíase aplicado a buscar los medios de volver libremente a España, donde le llamaban afectos nobles y una regular herencia por recoger. Tuvo la suerte entonces de conocer a don Alejandro Aguado, el cual le empleó en diferentes comisiones en Bélgica e Inglaterra. Sirvió con celo y habilidad al banquero, y este se encargó de abrirle las puertas de España. Quiso traerle cuando vino Rossini en marzo del 31; pero entonces no fue posible. A la vuelta de Aguado a Francia, el célebre contratista dio a Salvador el encargo de reunirle cuadros para su afamada colección (que hoy puede admirarse en el Louvre), y a fin de hacerle posible la residencia en España, escribió en su obsequio cartas de recomendación, de esas que todos los obstáculos allanan, y vencen dificultades que al oro mismo son rebeldes. Aguado era el prestamista del Tesoro español; tenía en su mano la fortuna pública y gran parte de la privada de esta nación venturosísima. Por estas causas, sus relaciones en Madrid eran sólidas, y su firma como una especie de fórmula abreviada del evangelio.

A principios de 1831 tuvo don Felicísimo correspondencia con Aguado, con motivo de ciertos negocios de los Santos Lugares que este arregló en París y Roma. Concluidas y zanjadas las cuentas a gusto de ambos, lo mismo el banquero que el agente eclesiástico deseaban ocasión de servirse mutuamente, y como en poder de Carnicero obraba todavía una cantidad, resto de la negociación realizada y de la cual debía disponer Aguado, este suplicó a su amigo la entregase al señor don Jaime Servet, su deudo y corresponsal, que llegaría a Madrid en época concertada. Reservadamente enteraba Aguado a Carnicero de quién era este Servet y de su verdadero nombre, así como de los propósitos pacíficos que llevaba a Madrid, por lo cual esperaba que le ayudase en todo. Con esto y con las cartas que Salvador trajo para Calomarde, Varela, Ballesteros y la reina Cristina, no fue difícil que al llegar a Madrid dejase su falso nombre, entrando en el pleno goce de lo que podría llamarse derechos civiles, y que era en realidad tolerancia o benignidad del gobierno absoluto. La carta para Cristina, que entregó el primer día, fue, como es de suponer, eficacísima, y todo lo demás se le hizo fácil. Ya tenemos noticia de las buenas disposiciones de Carnicero, el cual miraba al señor Aguado como a un Dios; pues en aquel espíritu el furor apostólico no excluía la adoración de becerros de oro con todos los servilismos que este culto insano trae consigo.

Ya habían concluido de comer y estaban de sobremesa fumando excelentes puros, cuando sonó la campanilla, y Pipaón dijo a su amigo:

—Me parece que ya está ahí. Es puntual como la hora triste.

Salvador hizo una pregunta interesante por demás, a la cual contestó el tunante de Pipaón con sonrisa maliciosa y en voz tan baja, que el narrador se quedó en ayunas. Es evidente que la pregunta se refería a la señora que en aquel momento a la puerta llamaba, y también lo es que Pipaón contestó con un nombre. Lo único que pudimos percibir de este oscurísimo coloquio, fue la observación de Salvador, diciendo:

—Me lo figuré... Le vi en Francia... ¡Qué cosas!

Era ella, en efecto. Salvador, dejando a su amigo, fue a la sala, donde la encontró de pie, fijos los ojos en la puerta. Se saludaron con afecto, demostrándose el uno al otro sentimientos de amistad y alegría por verse después de tanto tiempo. En ella había cierto alborozo del alma que luchaba por encerrarse en el círculo de lo que se llama satisfacción en lenguaje de urbanidad, y en él había frialdad que se mostraba de improviso, rompiendo el velo de expresiones convencionales con que las quería cubrir. Ella estaba turbada, tan turbada, que después de los primeros saludos decía una cosa por otra; él no parecía sereno, pero se recobró antes que ella, y fue el primero que rio. ¡Sabe Dios cuál sería el último!

La discreción, que en el uno emanaba naturalmente del desamor y en la otra del remordimiento, les llevó a una conversación en que ni por incidencia se tocó ningún punto de la vida pasada de ambos. Hablaron del tiempo y de política, los dos temas obligados en toda reunión donde no hay nada de qué hablar. Allí parecía más bien que ella y él temían abordar otros asuntos. Lo único que se permitió Jenara, fuera de los lugares comunes de la política y el tiempo, fue algunas exhortaciones que demostraban bastante interés por el que fue su amigo.

—No te fíes de esta gente, ni de la buena acogida que te han hecho —le dijo—. Esta canalla es más temible cuanto más halaga, y cuando parece que perdona, es que prepara el golpe de muerte. La protección de la reina Cristina, que tanto considera al señor Aguado, te servirá de mucho mientras haya tal reina; pero, hijo, aquí no hay nada seguro; estamos sobre un abismo. Al rey le repiten ya con más frecuencia los ataques de gota, y el mejor día nos quedamos sin él. Ya supones lo que pasará en la botella de cerveza el día que le falte el corcho. Muerto el rey, adiós reina y Roque; se armará aquí una marimorena de todos los demonios; el bando apostólico será dueño del reino y nos hará gustar las delicias del gobierno de Cafrería. Como no me resigno a que me gobiernen a la africana, tengo todo preparado para marchar en cuanto haya síntomas; así, desde que el rey cojea del pie izquierdo, ya me tienes haciendo las maletas. Prepárate tú también, y no te fíes de la protección de Cristina, un ídolo a quien derribará de su pedestal el último suspiro del rey.

Conviniendo en muchas de estas apreciaciones, respondió Salvador que por nada del mundo volvería a la emigración, y que resuelto a huir de la política, esperaba que nadie le molestaría. No queda duda alguna de que la hermosa dama, oyéndole hablar, sentía en su alma eso que no se puede designar sino diciendo que la agobiaba un formidable peso. Claramente decían sus ojos que tras de la fórmula artificiosa y vana que articulaban los labios, había una reserva de palabras verdaderas, que al menor descuido de la voluntad saldrían en torrente diciendo lo que ellas solas sabían decir. Que se echara fuera, por capricho o audacia, una palabra sola, y las demás saldrían vibrando con el sentimiento que las nutría. Por un instante se habría creído que el volcán (demos al fenómeno referido su convencional nombre metafórico), llegaba al momento supino de la erupción, echando fuera su lava y su humo. Salvador tembló al ver con cuánto afán, digno de mejor motivo, contaba la señora las varillas de su abanico, pasándolas entre los dedos cual si fueran cuentas de rosario, y mirándolo y remirándolo como si él también hablase. Después alzó la dama los ojos, que empañados tenía, cual si fluctuara sobre aquel cielo azul la niebla del lloriqueo, y echando sobre su amigo una mirada que era más bien explosión de miradas, desplegó los labios, empezó una sílaba, y se la tragó en seguida juntamente con otras muchas que estaban entre los lindos dientes esperando vez. La señora se sometió a sí misma con formidable tiranía, y en vez de aquello que iba a decir, no dijo más que esto:

—Hoy me han regalado una cesta de albaricoques.

A esta noticia insignificante contestó Monsalud diciendo que a él le gustaban poco los albaricoques, y que delante de un racimo de uvas no se podía poner ninguna otra especie de fruta. Con esto se empeñó un eruditísimo coloquio sobre cuáles eran las mejores frutas, defendiendo la señora, con argumento irrebatible, el melón de Añover y los albaricoques de Toledo, pasando la conversación a los Cigarrales, y, por último, a don Benigno Cordero, a cuya obsequiosa amistad debía Jenara la cestilla mencionada. Entonces el otro dio en hacer preguntas y más preguntas sobre la honrada familia del encajero, y Jenara dio en responderle con malísima gana y con tanta avaricia de palabras como liberalidad de movimientos para darse aire con el abanico. Creeríase que se estaba azotando el seno para castigarle de haber engrosado más de la cuenta, y así todos los faralaes de su vestido en aquella parte se agitaban como flámulas y gallardetes en día de festejo y de temporal. De repente la señora cortó la conversación diciendo: