Part 7
—¿Quién? Dos o tres amigos que nos conocen. El resto no ve nada: a lo más, una pareja anónima. Tienes la manía de las masas. Las masas no existen aquí. Existen algunos espíritus suspicaces. Yo los veo, porque suelo ver la gente al detalle, no como tú, en globo. Harías mal novelista. Yo veo el matiz. Tú solo ves la mancha descomunal. Ahora estás viendo la de aceite, la de la calumnia, que se extiende por el teatro... ¡Qué divertido eres!
—Tú solo ves algún hecho menudo. Yo veo conjuntos. Tú solo comprendes un ademán; yo, una corriente de opinión... que ahora nos favorece muy poco.
—Tú no ves nada. El mundo hay que verlo pieza a pieza.
—Y la mujer, palmo a palmo, ¿no es eso?
—Quizá. Ir de la epidermis hacia adentro, no al revés. Porque... Ahí viene Juan.
—Ahora proyectan el crimen de anteayer —entra diciendo Juan Sánchez—. Por poco no lo presencian los operadores. Acudieron inmediatamente.
—En obsequio al público, los asesinos debían avisar a las casas productoras de films la fecha y hora de los atentados —dice Arturo.
—Algunos conspiradores lo han hecho. Claro es que por cobrar la comisión.
—¡Cállense ya! —replica Matilde—. Están llamando la atención.
La orquesta inicia una piadosa obertura y los espectadores se disponen a una discreta compunción. Aparece en la pantalla el «lugar del suceso», la misma plaza hirviente y dolorida que vio Arturo desde el balcón. Vuelve a aparecer el teniente alcalde y el gobernador, el hombre morado y el hombre caqui. Severos, torturados, llenos de toda la pesadumbre de la ciudad —de la ciudad religiosa, de la ciudad municipal, de la ciudad marciana, que cada uno representa—. Cruzan por la pantalla todas las instituciones, befadas, agredidas hoy por una mano insensata. Y, tras ellos, otra vez, y siempre, la multitud. Ahora se advierte bien en ella cómo ha respondido a la agresión. Unas caras están contraídas por la cólera; otras, sencillamente alteradas; algunas, indiferentes; no falta rostro donde se delate cierto placer. Allí pueden irse anotando grados muy diversos de ciudadanía, grados muy diferentes de sentido ético. No toda la muchedumbre vibra con la misma intensidad. Un pentagrama se extiende a lo largo de la avenida, donde se hacen visibles las notas agudas del terror, las profundas de la tragedia, las notas medias de la serenidad, que aquí es indiferencia.
La muchedumbre sigue con avidez contemplándose a sí misma. Todos los espectadores son ahora un solo Narciso, un Narciso descomunal que se mira estremecer en el agua neutral de la pantalla. A unos ojos desorbitados de allá, corresponden otros ojos desorbitados de acá. Suenan exclamaciones:
—¡Ese, ese eres tú!
—¡Ahora vengo yo!
—¡Aquella es Paulita!
—¡El general!
—¡El guardia 47, mi portero!
—¡Ella!
—¡Él!
Por fin, zarandeado por un grupo de mozalbetes, aparece Juan Sánchez. Matilde da con el codo a Arturo. Juan Sánchez, apresurado, impaciente por sumergirse en la zona milagrosa que abarca el ojo del aparato, en esa zona donde se consigue la inmortalidad, una plástica inmortalidad.
Callan los tres. El Juan Sánchez de la pantalla se va acercando. El Juan Sánchez del palco, recoge con avidez cada frunce de las cejas de sí mismo, cada gesto de las manos que pugnan por lograr el primer puesto en la masa anónima. Que llega a lograrlo. De pronto, Juan Sánchez, un lamentable Juan Sánchez se instala al mismo borde del marco de sombras, conquista todo el rectángulo, crece prodigiosamente, la masa desaparece detrás de unas mejillas, detrás de una boca, detrás de unos ojos sin brillo —impersonales, comunes, ventanas a la nada, troneras hacia un paisaje ceniza.
Dura la visión unos momentos. Los ojos lamentables, los obstinados ojos, contemplan a la muchedumbre, se contemplan a sí mismos, se asoman, siguen asomándose al implacable espejo.
Solo unos momentos. El frenético oleaje le arranca de los bordes, le empuja hacia el abismo.
Él forcejea, se defiende inútilmente.
De las dos muchedumbres brotan gestos de impaciencia.
Pasan por encima, lo sumen, lo funden en la turbia corriente.
Desaparece, entre unas risas burlonas.
En el palco, los tres siguen —conmovidos— en silencio.
9 Anécdota
—Vea usted este devocionario —dice a Arturo el librero de lance—. Tafilete, broche de oro.
El librito, juguete voluptuoso para la inquietud de unas manos, resbala por los dedos, se acurruca entre ellos, como un mimoso gatito. Es un suave cojín para los dedos fatigados, un pretexto para agruparse en torno.
—Muy lindo. ¿Cómo ha llegado aquí?
El librero le dice al oído, socarronamente:
—Es una pieza de convicción. ¿Quiere reconstruir el crimen? Llévelo.
—Es el _Áncora de Salvación_ ¿Algún naufragio?
El librero cuenta la historia del naufragio. Apareció una mañana, junto a una botella, en uno de los reservados de _Villa Juanita_, restorán abierto a unos kilómetros de Augusta, lugar de esparcimiento para las gentes que no ven entre cada día un muro de sombras, sino un amplio casillero donde ir alojando sus caprichos menos confesables. Es el restorán donde el adulterio, el estupro, la estafa y otros fenómenos, al parecer repudiables, van perdiendo su empaque jurídico, convirtiéndose en algo amorfo, apenas definible, silenciado siempre; en algo tan familiar como secreto.
El camarero halló el _Áncora_ sobre un diván. Acaso el librito fue el indiferente espectador de un naufragio. El camarero, consciente de su deber, lo guardó en rehenes algunas semanas, esperando el precio del rescate, y al fin se decidió a hundirlo en el mar insondable de un puesto de libros también náufragos. También el librero espera obtener de él una ganancia fabulosa, si surge el comprador interesado; discreta, si el desinteresado.
Arturo hojea, indaga, husmea, sin poder hallar rastro de la aturdida enamorada que, de algún templo, tan frío como recatado, salió un amanecer huyendo hacia _Villa Juanita_ buscando algún amor más cálido, pero también más turbio.
—Se lo doy barato, por ser usted.
En las tiendas, cada cliente se ve investido plenamente de toda su personalidad, como ante el comisario del distrito que examina las huellas dactilográficas. Las ventas se realizan mejor así, entre un buen tasador y un individuo que lo sea plenamente.
—No lo necesito.
—Para un regalo.
Arturo no se desprenderá ya de aquel librito. Se le va durmiendo entre los dedos, caliente ya bajo las reiteradas caricias. Es la pieza de un sumario en que el delito es el amor.
Arturo repasa las hojas, curiosea unas estampitas candorosas intercaladas en el texto, un recordatorio de defunción. Aspira el perfume. Muy fino, tenue, voluptuoso.
—Es acacia.
—Sí, huele muy bien. Se ve que ella...
El librero se detiene en aquel punto sin saber a punto fijo lo que se ve. Arturo lee despacio los nombres de dos adolescentes que acaban de recibir el Pan divino y aún conservan, en la estampita, su aire de serafín. Las dos muchachas y el difunto del recordatorio le ofrecen sus nombres y su edad, como esos tres puntos por donde podría trazarse una circunferencia cuyo centro es, sin duda, la mujer frágil, quizá la mujer adúltera.
¿Cómo averiguar el nombre de esa hembra situada en el cruce de las líneas cordiales que parten de estas tres figuras acusadoras? Las niñas se llaman Estrella y Mónica. El difunto, Luis. Sus apellidos determinan, poco a poco, exactamente, el lugar que ocuparon u ocupan en el espacio...
Ya, ya es fácil hallar el centro. El centro es Matilde. Primero, lo supone; después, lo cree ciegamente. El perfume era ya un indicio.
Una mañana, Matilde, desde el templo al que suele concurrir casi a diario, se decidió a dar, cínicamente, el brinco preciso para saltarse toda una biblioteca de moral piadosa. Matilde ha visto amanecer en _Villa Juanita_, en esa región difusa donde el día y la noche se relevan sin límite exacto de presencia, donde muchos programas normales de vida se quebrantan con números de fuerza, con invasiones efímeras, pero intensas, de otras vidas.
Matilde ha visto amanecer, en brazos de otro hombre, seguramente Alfredo. No perdona al día ningún crepúsculo, y utiliza indistintamente el matutino o vespertino, para así disfrutar de toda la jornada.
—Bien. Me lo llevo.
Esto es más que un libro. Es cierto punto de partida para realizar una investigación.
—Dice usted que un camarero...
—Sí, sí. En _Villa Juanita_.
—Es curioso.
—Suelen ir allí señoras..., a oír misa de alba.
—Ya.
Arturo guarda el librito, con el propósito de devolverlo a su dueña en la primera coyuntura. Una tarde cualquiera, en que el amor hecho costumbre se haya extinguido totalmente, Arturo extraerá aquel _Áncora_ del bolsillo y la ofrecerá a Matilde con estas palabras:
—Amiga mía: Aquí tienes la prueba de una doble infidelidad. No quiero utilizarla contra nadie, porque se convertiría para mí en un arma de dos filos. Probablemente, yo no soy en este caso más que la mitad de un amigo, la mitad más débil, y es necio revolverse contra la otra mitad. No puedo yo mismo darme un pisotón sin pecar de estupidez. Triste es confesarlo, pero así es: para ti soy, amiga mía, la mitad superior de un hombre, del cual Alfredo es la inferior. Mis condiciones de superioridad sobre la segunda parcela solo pueden revelarse en este breve discurso. Al dar tu mano a Juan Sánchez, viste con sorpresa que te habías entregado a Nadie. Entonces quisiste desdoblar tu amor en dos, porque Alfredo es un robusto ejemplar de la raza y yo soy un frágil estuche de pensamientos que quieres tener siempre a mano como se tiene a mano un frasco de perfume. No sé si deplorarlo o felicitarte. Tampoco me decido a obrar: no suelo nunca decidirme. Podría, un amanecer cualquiera, espiar y seguir tus huellas hasta _Villa Juanita_, atisbar allí la llegada del jayán, sorprenderos... Pero esto a nada conduciría, si no es a intentar una lamentable fusión de dos hostiles mitades de hombre, incapaces de soldadura alguna. Bien es cierto que el hombre integral apenas existe, y, si queda algún ejemplar, tú no mereces poseerlo. Lo perderías en cualquier diván, como el devocionario.
Aquella tarde, Matilde no acude a la cita de las siete. Arturo aguarda, en vano, dos horas, y sale de la casa decidido a perderse por cualquier encrucijada de Augusta. Tampoco acude al día siguiente, y ya entonces Arturo decide investigar la conducta matutina de la ausente. Admite el total desmoronamiento de aquella pasión iniciada ante un depósito literario de cadáveres, pero le complace averiguar todas sus vicisitudes. En él eso constituye un deber profesional. Es un detective de catástrofes improvisadas. De incendios apagados.
Recorre los alrededores de la ciudad y, maquinalmente, se encuentra sentado en la terraza de _Villa Juanita_ ante un bien perfilado camarero y una barroca minuta.
Es media noche. Faltan cinco horas para el suceso. Las cinco horas menos propicias para mantener caliente un deseo. Es junio, y la estación aún guarda para el corazón de sus noches sus nostalgias del invierno. Pronto queda solo en la terraza. Los clientes se han repartido por las celdillas silenciosas donde se elabora el amor comercial. Hay trasiegos frecuentes. Los coches van y vienen conduciendo tedios y vehemencias. La ciudad envía a _Villa Juanita_ remesas variables de locura, siempre de acuerdo con la temperatura de la noche.
Ha callado el _jazz-band_. Las caras van perfilando su gesto más turbio. Las líneas se relajan, los colores se empañan; algún ebrio deja caer la copa, que rueda a veces bajo la mesa, acabando con un estrépito el torpe y oscuro gesto de las manos. Hay un momento en que la noche solo se mueve con ademanes de cansancio. Esta prolongación del día, que con tal ímpetu ha irrumpido en el siguiente, va perdiendo vivacidad; las válvulas de sus gritos han perdido su tensión; a veces, quedan abiertas, dando paso a plebeyas caravanas de bostezos.
Arturo queda adormilado. Se abre dentro de él la puerta de comunicación entre el sótano de las imágenes olvidadas y su taller de reparación y reconstrucción. Los menudos obreros —siempre aturdidos— barajan las piezas a capricho, y el primer amor —¡tan púdico!— de Arturo asoma la cabeza guiñando los ojos como el último —¡tan cínico!—, como la última atracción del programa.
Una pierna desnuda, primorosamente modelada, rematada por un zapatito de piel de serpiente, se alza en el aire, retando a Arturo, que desliza sus ojos por aquellas revoltosas curvas hasta acariciar el redondo arranque, el zócalo movedizo que se prolonga en otros volúmenes esféricos levemente enfundados en seda granate.
Una pierna desnuda que apunta infantilmente a las estrellas como si con ella quisiera soportar todo el peso de la noche. Como si quisiera ser el eje del orbe. Arturo le va buscando la cara que coquetonamente se le esconde entre los senos, a punto de brincar del sostén. Cuando logra verla, aparta los ojos horrorizado...
¡Es Matilde, Matilde, que rueda por la alfombra, ofreciendo sus piernas, alternativamente, a la contemplación de los ángeles! Sus piernas se elevan al cielo como impuras oraciones. Profanan la serenidad indiferente de la noche. Repiten las plegarias del librito, las lanzan con los pies hacia arriba, mientras el cuerpo se remueve voluptuoso bajo la seda color ámbar que apenas le cubre el regazo y los senos. Su ombligo palpita nerviosamente, queriendo emular a un sexo.
Arturo se frota los ojos, queda unos momentos alerta, en plena vigilia. Una risa menuda le hace volver la cabeza.
Nadie. Un camarero, a lo lejos, le mira sorprendido. No suele ver consumidores puentes, noctámbulos que se decidan a unir dos días de crápula con tan soñolienta, con tan silenciosa pasarela.
Vuelve Arturo a dormitar. Su frente se apoya resueltamente en la mano. Ofrece el perfil de un buzo filosófico, hundido hasta la entraña de un problema. Pero en lo más hondo solo hay una pierna, el coral rosado de una pierna, que vuelve a removerse, a disparar sus jaculatorias al cielo. De pronto, surge también un brazo, un brazo redondo y desnudo terminando en un rubí, en otra rama de coral, que se posa en la cabeza de Arturo.
—Perdona, creí que eras Pepe.
—Puedo serlo, si quieres.
—Antes, acaba de despertarte.
En ese estado intermedio, Arturo puede asumir —ya lo hemos visto así en brazos de Rebeca— todas las personalidades. Hay un vestíbulo donde la especie puede adjudicarse el bastón y el sombrero —y la voz y el rostro— de todos los que circulan por la casa. Para salir a la intemperie, Arturo no vacila en tomar del perchero todo lo que allí ha dejado Pepe.
Irrumpe en la cruda realidad. La pierna. La pierna está allí con su zapatito de piel de serpiente.
—Tienes unas piernas deliciosas. ¿Muy caras?
—Han bailado mucho. Todo les será perdonado porque bailaron mucho.
Ríe como después de haber cometido una juguetona profanación.
—Hablas como el _Áncora_.
—¿Qué?
—No puedes comprenderme.
—¿Misterio?
—Quizá no pasa de tontería.
—¿Te gustan mis piernas? Me gusta invitar con ellas a los amigos. El baile las tornea, las endurece. Fíjate en esa línea, cómo nace y cómo muere.
—Nada muere en ti. Donde acaba un perfil, arranca un haz de curvas. Como al final de un tallo se abre una estrella.
—¿Eres poeta?
—No; debí ser filósofo, pero soy agente de seguros.
—¿De vida?
—Contra incendios. Pero he fracasado. No puedo ser cliente de mí mismo. Yo no puedo asegurarme.
—¡Qué gracioso!
—Me prende cada llama. Me hace arder cada cohete. Las emociones que en otro son momentáneas centellas, en mí encienden largas, interminables hogueras. Soy el peor cliente de mí mismo.
—Funda una sociedad de seguros contra el frío. O contra la cursilería.
—Me crees cursi.
—Corres el peligro de serlo, si sigues esperando lindas tapadas de cuatro a seis de la madrugada. El amor tiene sus horas, como el comercio.
—El amor comercial.
—Ese no es amor. Es algo más serio. Es deleite puro.
—Puro deleite.
—Lo mismo da. Quería decirte que el amanecer es bueno para el puro apetito o el apetito puro, como quieras, no para el amor dramático. Porque supongo que tu amor será un amor dramático.
—No mucho. Está hace tiempo en decadencia.
—Te la deseo muy alegre. A estas horas no se piensa ni se maquina. Se desea, sencillamente. El frío del amanecer estimula..., lo sé.
—Sí, ya veo que conoces bien las bromas del instinto.
—Las maravillas del instinto. Yo sé que un poco de frialdad y otro poco de dureza le sientan muy bien.
Ríen jovialmente. Ella se sienta junto a Arturo, le enlaza, coquetona.
—¿Me convidas?
—Bien.
—¿De veras esperas a alguien?
—Sí, pero faltan dos o tres horas... Mi amiga no trasnocha, madruga.
—Eres un modelo de paciencia.
—No quiero acostarme. Y me canso de dar vueltas por la ciudad. La noche tiene pocas sorpresas.
—Excepto yo.
—Excepto tú. Porque, además de tus primorosas piernas, tendrás algo que decirme. Cuéntame tu vida.
—No tengo.
—Por lo menos tendrás imaginación para inventarla.
—Ni eso. No opero por fantasías, opero por cálculos.
—Me parece muy bien. Pero comenzarías con algún momento patético, incalculado...
—¡Oh! Es el que más números me costó. Nunca he escrito tantas cifras. El negocio era entonces más serio.
—Me das frío.
—Sí, estoy asegurada de incendios. Haría buena cliente tuya. ¿Firmamos el contrato?
—Espero a esa amiga... no profesional del cálculo, aunque muy poco asegurada.
—¿La conozco?
—No sé. Todo es posible.
—Lo que yo decía. Plan romántico.
—No es plan, es un problema. Bebe.
Ella subraya con el mosconeo de una zarzuelilla el mutismo de Arturo. Riendo estúpidamente, irrumpen en la terraza dos parejas. Dos últimos «juerguistas» se complacen en hacer retroceder todo lo posible los minutos postreros de su minuta de deleites, mientras las infelices alquiladas bostezan sin ningún escrúpulo.
Las tres. Arturo mira el reloj, sorprendido.
—Te has engullido una hora en cinco minutos. Sígueme hablando. Cuéntame el éxito de tu primer... cálculo. De tu caída.
—Yo no caí. No he caído nunca. Eso son cosas de los tangos.
—De los tangos, es cierto. Pero, no creas, hay una larga tradición. Eso se ha llegado a complicar con la prehistoria.
—No me importa. En mí todo ha sido, sencillamente, una cadena de contratos.
—Que apenas puede ser una cadena de conflictos.
—Lo fue a veces para algún amigo. Creo que también he provocado amores eternos. No soy responsable de que algún mozo no sea tu cliente. Debéis activar la propaganda. La juventud es inexperta.
Guiña picarescamente los ojos. El rojo de sus labios se mantiene impecable. Hay en sus dientes una fragante juventud, y en sus manos una sabia destreza para recorrer los nervios de Arturo.
—¿Cuánto hace que trabajas?
—Siempre. Desde niña. Con mucha suerte y malos y buenos empresarios. Ahora hay que bregar un poco. Hay mucha competencia, no de gente que siente la profesión, eso no... De gente que la lamenta. Y hay muchas aficionadas. ¿No bebes?
—Bebe tú.
—Podríamos seguir charlando ahí dentro. Me molestan esos estúpidos y la noche refresca mucho.
—Bien.
En el reservado, las manos de ella se posan de nuevo en la frente de Arturo.
—Estás triste.
—Sí. Un poco.
—Voy a alegrarte.
—Prueba. No me opongo.
—Cuando acuda tu dramática amiga, la podrás recibir sin fiebre. Yo te devuelvo la serenidad. Tengo primores en esa clase de reconstituyentes.
—Los supongo.
—¿Crees conocer todos los matices? Conmigo hay sorpresas.
—¡Vanidosa!
—Recorrí Europa. Me llevaba un hombre de ciencia que tenía que asistir a unos congresos de Histología, o no sé qué... Durante las sesiones, yo recorría las calles, las plazas, husmeaba, sonsacaba, cazaba maravillas exóticas. Al regreso de Berlín, mi sabio me dejó por una mecanógrafa. Porque, según él, yo solo era una preciosa bestia inútil, excesivamente alegre para un especialista en enfermedades del corazón.
—Podía haber estudiado el tuyo.
—No tengo.
Las cuatro. Las cuatro y media. Ella se ha dormido en los brazos de Arturo. Comienza a marchitarse el cereza de sus labios. El amanecer va diluyendo su helada ceniza sobre el grupo, también marchito.
—Vete, pequeña. Va a comenzar la representación. Gracias por este delicioso entreacto. Toma.
—Gracias. Pero no le llames entreacto. Quizá vale por el espectáculo entero. En todo caso ha sido un puente entre tu tedio y el amor friolento que va a venir. No le llames entreacto. Es uno de los momentos más graves de tu vida, porque en él has llegado a ser tu propio cliente. Yo, deleite puro, amor que se adquiere como una corbata, te aseguro hoy de muchos formidables incendios. Quedas inmunizado. Ahí te dejo, ya solo con la razón. Verás qué bien te sale la escena. Podrás acomodarla al gusto clásico, hacerla perfecta, de orden frío. Porque el instinto no te dictará ninguna voluta barroca. Estás por encima del deseo. Eres dueño de ti, estás _plenamente asegurado_.
—Vete.
—Salud. ¿Lo oyes? ¡_Plenamente asegurado_!
Sale riendo, un poco soñolienta, sin brillo en los ojos, arriada toda su belleza. Se sume en un coche, desaparece.
* * *
El día —de agonía artificialmente prolongada— muere definitivamente. Su último aliento ya nadie lo advierte ante la llegada del día niño que llega frenético, intactas sus fuerzas, tenso y vibrante como un dardo.
El primer coche que anuncia el día vuelca en _Villa Juanita_ una muchacha azorada, casi una adolescente, en brazos de su maduro iniciador. Rápidamente se sumergen en un reservado... Acaso la mañana comienza inaugurando una mujer.
Arturo, de espaldas a la luz, avizora la carretera. Las figuras se desprenden de los coches al modo impresionista, arrastrando aún los residuos de la noche. Han acabado las complicadas toaletas, inventadas para la cruda luz, y se suceden las elaboradas para escamotearlas, para mejor escabullirse en las sombras.
El día —recién venido— va arrojando de su cuna los últimos profanadores del día muerto, y destaca una guerrilla de pudores domésticos, una avanzada de sentimentalidad, todo muy mal avenido, aún mal fundido en una clara y cínica intención. Porque en muchas de las escenas de esta hora estratégica —como todas las de transición— suelen intervenir dos vidas, almas a dos vertientes. Al cinismo de las actrices profesionales que ya abandonaron el campo de batalla, dejando tras ellas un puñado de copas rotas y unas espléndidas facturas, sucede el recato de estas otras, mediocres actrices de incógnito, cuya voz apenas se oye; cuyo rostro apenas se adivina; cuyo paso es vacilante, mudo; cuya efervescencia se concentra en solo el pecho —volcánico, desbordado—, por cuyas desgarraduras se ve asomar tímidamente una vida monótona, sumisa, que se resiste a ser zarandeada, violada, bruscamente rota por estos números excepcionales que provoca su presencia en _Villa Juanita_.
La mañana, con sus riendas de hielo, va frenando su espumoso lirismo. Arturo siente frío; le acomete el ansia de arrebujarse en su lecho de todos los olvidos, de sumirse en el día nuevo, bien bañado de adherencias enfermizas, restañando de tizne anecdótica, podado el último retoño pasional hacia Matilde; le acomete la tentación de arrojar el _Áncora_ al río y renunciar el goce de una inútil escena dramática, de la cual va se siente espectador, más que actor. Pero un _taxi_ que llega en aquel momento va a torcer todos estos propósitos de inhibición. Porque del _taxi_, cauta, desfigurada por un velo, se desliza Matilde y, discretamente, como si tuviera ya bien conocido el plan de maniobras galantes, se oculta en un reservado, seguida discretamente por el mozo.
Sola.
Arturo, con las manos en la cara, ha contemplado, al través de la reja de sus dedos, la cautelosa maniobra. Matilde, como en el crepúsculo de la tarde, observa en todos los preliminares el más escrupuloso régimen.