Part 9
Por fin aquel misterio se aclaró. La joven que me proponía mi prima era la hija segunda de Trujillo. Yo la había visto alguna vez no sé si en la calle ó en el teatro; pero no me había fijado en ella. Llamábase Victoria. El nombre parecía simbólico. Era, para decirlo de una vez, una de las chicas más bonitas de Madrid. ¡Oh! ¡qué Victoria aquélla, y cuán feliz yo si hubiera sabido ganarla dejándome vencer! Fuí presentado á ella el jueves, y nos vimos y hablamos en casa de María Juana los días siguientes, sin que sus gracias, que reconocí, ni sus buenas prendas, que me parecían indudables, lograran triunfar de mi desamor. Tenía los ojos azules, el pelo castaño y rizoso, un corte de cara de los más simpáticos y agradables, boca fresca, un metal de voz que parecía música, un cierto aire de timidez y candor que no excluía la soltura de lengua y modales. Encontrábale parecido remoto con aquella pobre Kitty que aún vivía como sombra mal borrada en mis recuerdos; pero le ganaba en hermosura. Aun con esta ventaja y con aquel parecido, no lograba penetrar en mi corazón enfermo. Un lunes por la noche, después de haber bromeado mucho, noté un fenómeno extraño: Victoria empezaba á interesarme. Sentí en mi corazón algo semejante al primer picotazo que da el pollo al huevo para abrirlo y echarse fuera. Sólo que en aquel caso el pollo no picaba para salir, sino para entrar. Repetíle las mismas tonterías de siempre; pero con un poquito más de intención, y con cierto acento de verdad que antes no había dado yo á mis palabras. Respondíame la pobrecita con ecos de dulcísima simpatía. A poco que yo me cayera de aquel lado, vendría ella sobre mí de golpe.
Pero cuando menos lo esperaba yo, me veo entrar á Camila, y adiós mi formalidad. La miré de lejos, y su presencia, como á Macbeth las manchas de las manos, me _arrancaba los ojos_. Estaba yo hablando con Victoria, y Victoria se borraba delante de mí. Las palabras salían de mí como de una máquina. Mi vida toda estaba en Camila, y no veía nada que á ésta no perteneciese. ¡Y cuidado que estaba elegante la borriquita! Yo la había visto confeccionando por sí propia aquel vestidillo de color metálico con adornos azules, y me admiraba de lo bien que le caía. Su hermana mirábala con cierta envidia. Debió írseme el santo al Cielo, porque la otra me puso unos hociquitos muy mimosos, y sin darse cuenta del motivo de mi distracción, me dió á entender que se sentía humillada. Aún había de ocurrir algo que me desconcertaría más. María Juana significó á Camila sus planes de casarme. Poco después, en un ratito en que Victoria no estaba presente, llegóse á mí Camila para darme broma sobre el particular. «¡Qué calladito me lo tenía!» Creí notar en su acento algo como despecho, algo que transcendía á recriminación. Esto, que tal vez era un nuevo desvarío de mis ideas, levantó en mi pecho grandísimo tumulto. Díjele que no hiciera caso de su hermana; que Victoria me era indiferente; que yo no podía mirar á ninguna mujer, ni tenía alma y ojos más que para comerme á mi gitana, á mi negra, á mi borriquita de mis entretelas. Pagóme este ardor con las burlas de siempre, y me dejó. Volví al lado de mi _candidata_, á quien ví como la criatura más vulgar y sosa del mundo. ¡Injusticia mayor...! Pero no lo podía remediar. Yo era más bruto que Constantino, más tonto que Barragán, más simple que _No Cabe Más_; pero Dios me había hecho así y no podía ser de otro modo.
Al otro día hice presente á María Juana lo inútil de sus esfuerzos y de los míos. Victoria no me gustaba; mejor dicho, lo que no me gustaba era casarme. Vamos, que no había que pensar en tal cosa. La chica de Trujillo valía mucho; yo no era sin duda digno de ella; la pobre niña merecía un hombre sano y virtuoso, no un desquiciado como yo.
Después de meditar buen rato, díjome mi prima que yo era más tonto de lo que ella se había figurado. Sin duda Trujillo y su mujer me recibirían con palio si fuera á pedirles la chica; y en cuanto á ésta, á la legua se le conocía que estaba hecha un merengue por mí.
--Cásate, hombre, y ya la irás queriendo poco á poco. Si te conviene por todos conceptos...
Defendíme como pude de aquellas lógicas, ocultando la verdadera causa de mi distracción. María Juana la adivinaba, sin darse cuenta del sujeto.
--Tú tienes algo por ahí; tú estas chiflado por alguna... Y puede que sea una buena pieza, en cuyo caso no me tomaría yo interés por tí, dejándote entregado á las miserias de tu temperamento.
Otras veces, mostrándome una piedad que yo no merecía sin duda, se manifestaba dispuesta á hacer generosos esfuerzos en pro de mi regeneración moral y física.
--Es preciso curarte á todo trance --me decía--: estás muy malito, muy malito. Si fueras ingenuo conmigo, y empezaras por hacerme confesión general de tus culpas... pero eres arca cerrada y todo te lo tragas. Que á tí te pasa algo, que no estás en tu centro, se conoce á la legua.
Y á mí se me venía la verdad á la boca; mas la volvía á echar para dentro, temeroso de que mi ilustre consejera me tirara los trastos á la cabeza. En otros terrenos que no eran los de la moral, mostrábame mi prima una benevolencia digna de la mayor gratitud. Muchas noches, aprovechando un momento favorable, me obsequiaba con éstas ó parecidas palabras:
--No vayas á la alza mañana. Vendrá de París una fuerte baja. Hay muy malas noticias. Torres se lo ha dicho á Cristóbal.
Estas confidencias, por ser hechas muy cerca de Barragán y del mismo Medina, necesitaban del amparo del abanico, tapando las cotizaciones como si protegieran una sonrisa aleve.
Fiada del ascendiente que tenía sobre su marido, mi curandera iba desvirtuando poco á poco los programas de éste en lo tocante á las etiquetas ramplonas y castellanas. En sus vestidos, daba ella á conocer su anhelo de elegancia y variedad. De su mesa había desterrado paulatinamente los asados de cazuela, los salmorejos, las paellas y otros platos castizos, y, por fin, introdujo en la casa, con carácter de temporero, mas con idea de que fuese de plantilla, á uno de los mejores mozos de comedor que había en Madrid. Yo se lo proporcioné, á instancia suya, é hizo el papel de que creaba la plaza por favorecer á un honrado padre de familia.
--Ahora --me susurró-- estoy batallando con Medina para que me ponga gas en el comedor.
--No hagas tal --le respondí--: el gas ha pasado de moda. Ahora el _chic_ es que en los comedores haya poca luz, pues así se come mejor sin que se sofoque la gente. La _jilife_, como dice Camila, ha inventado ahora el alumbrar las mesas con bujías de pantalla verde. Parecen escritorios de casa de banca.
Al lunes siguiente, el comedor se iluminó con bujías de pantalla verde; pero había tantas, que hube de aconsejar á María Juana que acortase las luminarias.
--Es preciso --me indicó una noche-- que me traigas á otros amigos tuyos, al general Morla, por ejemplo, que es tan divertido.
Y llevé al general, y habría llevado también al propio _Saca-mantecas_, si tanto mi prima como yo no temiéramos que era un pez demasiado gordo para que Medina lo tragase.
V
Como me aficioné tanto á la casa de Medina, concurría casi todas las noches, después de dar una vuelta por el Bolsín. A éste iba alguna que otra mañana, y después á la Bolsa hasta las tres. Mi coche me esperaba á la salida para llevarme al Retiro, donde me juntaba con Chapa y Severiano cuando ellos no paseaban á caballo. El general Morla me acompañaba á veces, para lo cual yo le recogía en su casa de la calle del Prado, y otros días almorzábamos juntos, bien en mi casa, bien en la suya, siendo para mí muy grata tal amistad. Tenía colecciones preciosísimas y mil rarezas que me mostraba con amor, amenizando la exhibición con la sal de sus incomparables cuentos.
Visitaba menos que antes, en aquellos días, la casa de mi borriquita, porque me parecía prudente un cambio de táctica. Hacíame el interesante y afectaba enfriamientos de mi pasión, mostrándome ante ella menos triste de lo que realmente estaba. Y quizás nunca fué tan grande mi desatino. Camila era mi idea fija, el tornillo roto de mi cerebro. Me acostaba pensando en ella y con ella me levantaba, espiritualizándola y suponiéndome vencedor de su obstinado desvío. A veces no me era fácil mi papel, y me clareaba demasiado con ella.
--Si enviudaras, Camila, si enviudaras --le decía--, al año eras mi parienta. ¿Sabes por qué trabajo ahora tanto? Pues porque quiero ser muy rico, muy rico, para cuando llegue ese día feliz. Y no lo dudes, llegará: el corazón me lo dice.
--Pues lo que á mí me dice --replicaba ella impávida-- es que si Constantino se me muriera, me moriría yo también. Yo soy así. Cuando quiero, quiero de verdad.
--Esas cosas se dicen, pero luego resulta que... Viene el tiempo y consuela.
--Mira, mira, no me hables á mí de enviudar --respondía poniéndose colérica-- porque te echo por las escaleras abajo. Constantino está bien fuerte; es un roble. Ya quisieras tú, tísico pasado, parecerte á él.
--¡Oh! verdaderamente, no resisto la comparación, sobre todo en el terreno físico...
--Ni en ningún terreno, vamos; ni en ningún terreno. ¡Vaya con el señorito éste...!
A lo mejor me la encontraba con una cara de Pascua que me hacía feliz.
--Me parece --decía secreteando, y despidiendo chispas de alegría de los dos braseros de sus ojos--, que ahora va de veras... Tenemos aquello.
¡Pobrecilla! Era feliz esperando y viendo venir á Belisario, su segundogénito, á quien yo aborrecía cordialmente antes de su dudosa concepción. Pero las esperanzas de Camila se frustraban. La Providencia se ponía de mi parte, y el tal Belisario se quedaba por allá.
Poco á poco me había apartado de Eloísa. Mis visitas á ella fueron muy raras en Enero, y en todo Febrero no fuí una sola vez. Enviábame cartas y recados que también iban escaseando lentamente. Creíme desprendido para siempre de aquella amistad que ya era para mí tediosa y repulsiva; mas ocurrieron sucesos que la resucitaron de improviso en mi pensamiento, dándome muy malos ratos. Un lunes de aquéllos de María Juana; un lunes, sí, no recuerdo cuál, me enteré del caso, que era gravísimo, aunque no inesperado. La discreta _ordinaria de Medina_ estaba aquella noche disgustadísima. Desde que entré, conocí el trago amargo que acababa de pasar.
--Ahora mismo me han dado una noticia funesta --me dijo--. ¿No sabes nada? La pobre Eloísa... trueno completo. Está la infeliz en medio del arroyo. Bien sabía yo que esto tenía que venir; y lo siento, más que por ella, pues bien merecido lo tiene, por la vergüenza que cae sobre toda la familia. En una palabra, Fúcar --añadió, deslizando las palabras con muchísima cautela--, Fúcar, hace un mes, se declaró huído.
--Eso ya lo sabía.
--Después, uno de esos malagueños ricos, no sé cuál...
--También lo sabía.
--Pero el malagueño se ha cansado también, y estos días la pobre se ha visto acometida de toda la _Inglaterra_ con verdadera furia. Parece que tomó dinero empeñando el mobiliario, y si no hay quien lo remedie, la dejarán sin una astilla. Los cuadros, tapices y cacharros también se los llevan. Bien sé que es muy mala, que apenas merece compasión; pero estoy disgustadísima, no lo puedo remediar. ¡Pobre mujer! ¡Si pudiéramos hacer algo por evitarle esta vergüenza...! He consultado con Cristóbal, y él, como es tan bueno, no tiene inconveniente en facilitar alguna cantidad para evitar el embargo. Nos quedaríamos con algunos muebles. Me gusta el espejo horizontal que tú le compraste, y no me parece mal la sillería de raso del gabinete. Tú podías encargarte de arreglar esto.
Respondí que no quería meterme en tales enredos, y que allá se entendieran como quisiesen; que si los prenderos le vendían hasta la última silla, ella tenía la culpa; que si se la sacaba del atolladero, inmediatamente se metería en otro, porque era mujer para quien nada valía la experiencia. María Juana convino en esto, y no hablamos más del asunto, aunque bien se le conocía á mi prima que no podía pensar en otra cosa. A última hora díjome que se sentía afectada de su dolencia constitucional; aquella insufrible sensación de tener entre los dientes un pedazo de paño y verse obligada á mascarlo y tragarse los pedazos. Debía de ser cosa horrible. Estaba pálida y se quejaba de un fuerte dolor de cabeza, por lo cual su cariñoso marido la obligó á retirarse.
Medina, Torres y yo hablamos luego del triste asunto con más conocimiento de causa, pues Torres tenía algunos datos numéricos sobre el desastre de la Carrillo, y nos contó horrores. Medina se llevaba las manos á la cabeza, diciendo:
--¿Pero esa loca en qué gastaba tanto dinero? Fúcar le daba, el malagueño le daba, y siempre más, más. ¡Oh, Madrid, Madrid! Yo me aturdo pensando en esto. Por el decoro de mi familia, estoy dispuesto á hacer un sacrificio y evitar el escándalo; sacrificio completamente desinteresado, pues no quiero adjudicarme ningún mueble. No; lo he dicho á mi mujer y lo repito: por la puerta de esta casa no quiero que me entre ningún trasto de los de allá. Creería que se me metía en casa un maleficio... Soy algo supersticioso. Doy con gusto alguna cantidad con tal de evitar una vergüenza; pero conste que ese dinero lo tiro por la ventana... No quiero espejitos, no quiero monigotes de tierra cocida ni por cocer, no quiero cacharrería...
También yo, viendo la generosidad de Medina, me brindé á contribuir al mismo fin por decoro de los Buenos de Guzmán, y Torres ofreció encargarse de entrar en negociaciones con los acreedores. No hallándose en el caso de tener escrúpulos, se quedaría con algunos objetos de mérito artístico. Luego tuvimos que callarnos, porque se nos acercó mi tío Rafael, que sabía también la catástrofe; pero no hablaba de ella. Tiempo hacía que el pobre señor estaba muy cambiado, triste, pensativo, con tendencias á la taciturnidad, fenómeno muy raro en él; pero aquella noche le ví completamente agobiado por secreta pesadumbre. Apenas hablaba, se distraía con frecuencia, y daba unos suspiros que partían el alma.
--Usted debiera irse al monte por dos ó tres días --le dije.
Y él me contestó, mirando al suelo, que aquello no se remediaba con montes. Su estado físico corría parejas con su abatimiento moral, y la humedad de sus párpados era tan grande, que ni un momento soltaba el pañuelo de la mano.
Encontré á María Juana bastante mejorada al día siguiente, mas no completamente bien. ¡Todavía el maldito paño!... Y apretaba los dientes y reclinaba la cabeza en el sofá, mirándome con cierto desvanecimiento en los ojos.
--Por supuesto --decía de improviso--, he comprendido que Cristóbal tiene razón al no querer que entre aquí ningún trasto de aquella casa. Cristóbal sabe ser generoso. Así se portan los hombres. No harían todos otro tanto.
Y un día después, ya completamente sosegada de los pícaros nervios, me dijo con desabrimiento:
--Al fin creo que Torres se queda con el espejo horizontal y con el cuadro de Sala. Seguramente los tomará por un pedazo de pan, porque esa gente es así. ¡Quién le había de decir á Paca, hace doce años, cuando era doncella de servicio, que iba á tener en su casa tales preciosidades! Es un escándalo cómo sube esta gentuza, y cómo se va apoderando de lo que no les corresponde por su falta de educación.
Paca era la mujer de Torres, y aunque amiga de mi prima, la amistad no obstaba para que ésta la tratase como la trató en aquella ocasión: con increíble menosprecio. Hízome de ella y de sus escasas dotes una pintura cruel: apenas sabía leer; era mucho más ordinaria que _No Cabe Más_, y únicamente se recomendaba por su falta de pretensiones y lo bien que cuidaba de sus hijos. No tardé en comprender que María Juana le perdonaba á Paca Torres su escasa educación; pero no aquella desvergüenza de acaparar los objetos de gran lujo que habían pertenecido á Eloísa. La mayor de las groserías es la improvisación de la fortuna, y poner las manos sucias, mojadas aún con el agua de un fregadero, en los emblemas de nobleza, pertenecientes por natural derecho á las personas bien nacidas.
VI
Aquel buen _ordinario de Medina_, en quien yo descubría poco á poco, dicho sea sin vislumbre de malicia, estimables prendas; aquel hombre que era honrado á carta cabal y hacía sus negocios con limpieza, sin ser un acaparador despiadado, como susurraba Torres, empezó á inspirarme una gran antipatía. Esto debió consistir en que yo se la inspiré á él antes, y al conocerlo, las leyes de equilibrio me impulsaron á pagarle en la misma moneda. Pues sí: Medina no me tragaba, y aunque era bastante prudente para no manifestarlo de un modo muy claro, estas cosas siempre salen á la superficie, y es preciso ser tonto para no verlas. Medina encontraba absurdas todas las opiniones mías sobre cualquier punto que discutiéramos, y me contraponía hasta los disparates del propio Barragán. Entre los dos, el uno con su malquerencia, el otro con el candor del asno que no sabe lo que hace, intentaban apabullarme con su desdén... Yo no tenía nunca razón, aunque defendiese el criterio más puro y diáfano; yo _estaba ido_; veía las cosas _bajo el prisma_ de las preocupaciones, y apoyaba mis argumentos _bajo la base_ de los errores... ¡del materialismo! En fin, que no se abría esta boca ante ellos sin soltar una barbaridad. Llegué á tenerles miedo, francamente, porque Barragán era hombre que increpaba en voz alta y no se mordía la lengua para decir:
--Pero, hijo, usted está en Babia: valiente _plancha_ se ha _tirado_ usted. Al que le enseñó eso, dígale que le devuelva el dinero.
No había más remedio que llamarles burros ó aguantar estos chubascos. Habría sido yo muy injusto si hubiera tratado mal á Medina, pues su malquerencia, justificada tal vez, no era motivo bastante para que yo desvirtuara su mérito, que no se me ocultaba. Lo repito sin pizca de ironía: Cristóbal Medina era un hombre que, fuera de aquellas ridiculeces de las _medias cañas_, de su infame gusto literario y artístico y de sus modales poco finos, no merecía más que sinceros elogios y la estimación de todo el que le tratase. Aquel Torres, cuya lengua venenosa no perdonaba ni al Padre Eterno, habíame dicho que Medina absorbía, por medio de préstamos usurarios, el dinero que les quedaba á los aristócratas. Pronto hube de saber á ciencia cierta que esto era una falsedad. Todos los préstamos que Medina había hecho con hipoteca eran con moderado interés. Además, el buen _ordinario_ no sofocaba á sus acreedores: concedíales plazos y respiros; les perdonaba picos, renunciando á algunas ganancias por no exponerles á la vergüenza pública. Era también hombre capaz de tener generosidades de esas tanto más meritorias cuanto más secretas, y bien claro se ha visto su buena ley en el asunto de Eloísa. Para evitarle un bochorno, puso á disposición de ella cierta suma, y aunque lo hizo en calidad de préstamo, bien sabía que aquel dinero era ya perdido para siempre. Y negándose á tomar en cambio ni un alfiler, desagradó á su esposa; pero se acreditó de hombre recto y compasivo.
Gozaba fama de avaricia; pero esta fama la tienen en Madrid todos los que no tiran su dinero á los cuatro vientos, y no hay que hacer caso de ella. Esta opinión la hacen los pródigos parásitos y los que se gozan en ver rodar el dinero ajeno después que han desparramado el propio. ¿Saben ustedes quién había propalado la sordidez de Medina? Pues entre otros, el pillete de Raimundo, que nunca pudo dar más que un sablazo á su cuñado, el cual hubo de pararle los pies cuando intentó descargarle el segundo. Eso sí: Medina no gustaba que nadie le cogiese de primo; era en esto mucho más inglés que yo, y muchísimo más práctico. Mi tío Rafael también era algo responsable de aquella falsa opinión de avaricia. Ignoro si mediaron disgustillos entre uno y otro por cuestión parecida á la que motivó la mala voluntad que Raimundo tenía á su cuñado. Sólo sé que en cierta ocasión Medina sacó á mi tío de un gran apuro, y que si no se repitió el milagro, fué porque el tal llevaba en su escudo económico el lema de _non bis in idem_. Cristóbal era generoso cuando veía una lástima y el lastimado no le pedía nada. Si otorgaba favores de todo corazón á algún prójimo, hacíalo por una vez; pero si el tal repetía, negábase resueltamente. He oído contar esta misma costumbre del barón Rothschild y de D. José Salamanca, y me parece, con perdón de los pedigüeños, que está basada en un sólido principio de moral financiera.
Pues bien: como lo cortés no quita lo valiente, repito que este hombre, en quien yo reconocía cualidades apreciabilísimas, empezó á serme antipático, y yo á él lo mismo. Noté que siempre que hablábamos María Juana y yo apartados de la conversación general, venía él como á interrumpirnos. Sus modos eran un tanto secos, sus palabras bastante agrias.
--Se empeña en ser desgraciado --decía la taimada de mi prima-- y en despreciar á la Trujillita, que es su salvación.
--Déjale, mujer, déjale --replicaba él con desabrimiento, sin dignarse mirarme--. ¿Quién te mete á tí á redentora? Es mayor de edad y debe saber cuántas son cinco.
Aquella noche, hablando de tabacos, Barragán me dijo que yo no había inventado la pólvora. Y á propósito, Medina fumaba muy bien. Si en el comer y en los demás goces suntuarios su religión era la medianía, en aquel maldito vicio picaba muy alto. Tenía vegueros riquísimos, marcas de primera, y todas las vitolas conocidas, desde el menudo entreacto á las regalías imperiales y cazadores más exquisitos. Recibía de la Habana, en remesas de cuatro mil, lo mejor de aquellas fábricas, y obsequiaba á sus amigos con largueza; quiero decir, que daba cigarros para que los fumásemos allí; pero no regalaba nunca mazos enteros, ni menos cajas. A su casa iban muchos por fumar bien, como van á otras por comer. Algunos que se pasan el día tirando de los peninsulares de estanco, con ayuda de una boquilla de cerezo, acudían allí por las noches á regalarse con un _Henry Clay_ ó un _predilecto_ de Julián Alvarez.
Observé que casi siempre reservaba para mí piezas infumables, que parecían veneno por lo amargas y caoba por lo incombustibles. Dábamelos como cosa buena, elogiándolos mucho; mas yo le devolvía la broma, si es que lo era, llevando preparada en mi petaca alguna tagarnina capaz de hacer reventar á un bronce. A veces, este doble juego terminaba en risas, sin más consecuencias. Al cuarto de fumar lo llamábamos la _sala de contratación_, pues venía á ser en cierto modo nuestro Bolsín. Sobre la mesa estaba el Boletín con las cotizaciones del día, y entre chupada y chupada solíamos decir algo de que resultaba al siguiente una operación formal.
--Mañana --decía Torres-- tomaré á 90 todo lo que me quieran dar.
--Doy á 95.
--Guárdeselo usted...
Otras veces, Torres se levantaba de su asiento y exclamaba:
--Hechas.
Como aquel maldito explotaba el pesimismo, nos llevaba siempre cuentos lúgubres de sediciones militares y de trapisondas y crisis de mil demonios. El Ministerio estaba dando las boqueadas; el Rey enfermo, y los republicanos en puerta. Siempre tenía dos ó tres telegramas de París que enseñarnos anunciando depreciación; pero los de verdadero interés para él se los guardaba donde nadie los viese. Era un bajista temible, y no parecía prudente aventurarse en contra suya, porque confabulado con un sindicato de jugadores franceses, dominaba nuestra Bolsa. Medina y yo le seguíamos, unas veces juntos, otras no. Cuando mi liquidación de fin de mes, después de casar cifras, arrojaba algo en favor de Cristóbal, éste me decía:
--Mañana me tiene usted que aflojar cien mil pesetitas.