Lo prohibido (tomo 2 de 2)

Part 8

Chapter 83,840 wordsPublic domain

Por supuesto, María Juana no perdonaba ocasión de echarme en cara la más grave de mis faltas. ¡Oh! no me la perdonaría fácilmente, porque yo había envilecido á su hermana y á toda la familia. Verdad, que si no hubiera sido conmigo, habría sido con otro, pues Eloísa tenía en su naturaleza el instinto de la disipación. Tratando de esto á menudo, dióme á conocer María Juana que no eran un misterio para ella las flaquezas de mi carácter; hablóme como hablan los médicos con los enfermos á quienes de veras quieren curar, y concluía con exhortaciones cariñosas, inspiradas en sus lecturas; todo muy discreto, juicioso y hasta un tantillo erudito. ¡Vaya si tenía talento mi prima! Varias veces promulgó cosas muy sabias sobre los males que nos produce el no vencer nuestras pasiones. «Somos débiles en general; pero vosotros los hombres, sois más débiles que nosotras las mujeres, y os chifláis más pronto y con caracteres más graves. Así vemos que personas de talento hacen mil locuras por dejarse ilusionar de una _cualquier cosa_... Tú, que en tus negocios, según dice Medina, eres una cabeza firme, ¿cómo es que se te va el santo al cielo por unas faldas? Enigmas del hombre de nuestros días, mejor dicho, del hombre de todos los días.» Por fin, una noche, después de larga conferencia, antes de comer, me espetó la siguiente conclusión: Yo estaba enfermo, yo estaba desquiciado. Para ponerme bueno, era preciso administrarme una medicina, en la cual se combinaran dos salutíferos ingredientes: el trabajo y el himeneo. Agradecí mucho la intención y admiré el talento de María Juana; pero no podía mostrarme conforme con la segunda de las drogas recomendadas por ella. El trabajo me convenía realmente, y ya me había metido en él; ¡pero el matrimonio...! Mi alma estaba tan llena de Camila, que ni una hilacha, ni una fibra de otra mujer podían entrar en ella.

Hubiérame guardado bien de revelar á María Juana la pasión que Camila me inspiraba, porque de fijo le habría dado un mal rato. Debo hacer constar que aquella señora miraba á su hermana menor con cierta indiferencia parecida al menosprecio, y teníala por mujer vulgar y sin mérito alguno. Firme en sus trece, es decir, en que yo debía trabajar y casarme, la _ordinaria_ (sin querer se me escapa este mote) me dijo aquella misma noche con gracia mezclada de protección:

--Estate sin cuidado, que yo te buscaré la novia, mejor dicho, ya te la tengo buscada. Verás qué joya.

--No, prima, no te molestes --repliqué--. No hay mujer para mí. Es una desgracia; pero no lo puedo remediar. No creas, también yo he pensado en esto, y sólo saco en claro una cosa; y es que no tengo media naranja. Si me fijo en una que tiene buena planta, resulta con una educación deplorable. La bien educada es fea como un mico, y la bonita y lista me sale con perversidades y resabios que me aterran. Si es pobre, me parece que me quiere por el dinero; si es rica, tiene un orgullo que no hay quien la aguante. Por más vueltas que le des, la tostada no parece... Y por fin, si quieres que te diga la verdad, en mí hay un vicio fisiológico, una aberración del gusto, que no puedo vencer, porque ha echado ya sus raíces muy adentro, confabulándose con estos pícaros nervios para atormentarme. Es, te reirás, es que no me agradan más que las cosas prohibidas, las que no debieran ser para mí. Si alguna que no esté en estas condiciones me gusta, al punto la idea de que sea yo quien la prohiba á ella me quita toda la ilusión. Ríete todo lo que quieras; llámame loco, enfermo, despreciable y hasta ridículo; pero no me digas que me case.

Mirábame sonriendo con majestad, como segura de vencer aquella manía tonta. El gesto de su mano acompañaba admirablemente la frase cuando me decía:

--Estate sin cuidado, que yo te quitaré esas telarañas de los ojos, mejor dicho, esos cristales, porque son falsos prismas. Eres un vicioso. Déjate estar, que cuando conozcas á la _candidata_...

II

Erame grata aquella casa porque en ella respiraba una atmósfera de negocios á que yo había cobrado bastante afición. Los primeros lunes eran comensales fijos Trujillo, Arnáiz, Torres y también Samaniego, nuestro agente de Bolsa. No se hablaba más que del estado de los cambios, de si se haría bien ó mal la liquidación de fin de mes, y de otros particulares relacionados con la economía social. De cuanto hablaba Medina se desprendía siempre lo que llamaré el endiosamiento del arreglo, la devoción de la solidez económica. No comprendía él que nadie gastase más de lo que tiene. Odiaba la farsa, el aparentar lo que no existe, y el boato ruinoso de los aristócratas. ¡Cuánto más vale un buen pasar, la comodidad, y, sobre todo, la satisfacción profunda de no deber nada á nadie! Porque él quería que por todo el orbe se divulgase que jamás de los jamases había tenido una deuda, y que en su casa todo se compraba con dinero en mano. Por esto vivían él y su señora tan tranquilos. ¿Podrían otros decir lo mismo? Seguramente que no.

Muchas veces concertábamos allí, de sobremesa, operaciones para el día siguiente. La casa era nuestro Bolsín. Andando los días, allá por Febrero, cuando las reuniones se animaron con la introducción de nuevas personas, este fondo de tertulia económica era siempre el mismo, y en los corrillos de hombres solos reinaba la chismografía financiera, con vislumbres de social. En ninguna parte había oído yo sátiras tan despiadadas como las que allí escuché, referentes al lujo estúpido de muchos que no tienen sobre qué caerse muertos. Y era que en ninguna parte se tenía un conocimiento más completo de las intimidades pecuniarias de toda la gente que pasa por rica en Madrid. Torres, como hombre que había andado en tratos de préstamos menudos; Medina, como prestamista hipotecario de algunas casas grandes; Arnáiz, en su calidad de patriarca del comercio de Madrid; Trujillo, expertísimo banquero, conocían al dedillo, cada cual bajo aspecto distinto, todas las trapisondas económicas de la sociedad matritense. Cuando se tiraban á contar casos y á ponerles comentarios, yo me encantaba oyéndoles.

¿Qué tenían que ver las anécdotas del general Morla, con aquella verdad palpitante, toda números, toda vida? Las agudezas de los conversacionistas más ingeniosos palidecían junto á aquel cuento de cuentas. Y que no se mordían la lengua los tales.

--La casa de Trastamara estaba ya tambaleándose. Había tomado Pepito diez mil duros el mes anterior, y ya andaba poniendo los puntos á otros diez mil, si bien no era fácil encontrara un primo que se los diera. Sobre el palacio gravaban tres hipotecas. De las fincas históricas sólo quedaba la ganadería de toros bravos. Hasta las cargas de justicia las tenía empeñadas el anémico prócer...

--El duque de Armada-Invencible tenía un pasivo de veintitrés millones de reales. Su activo no llegaba seguramente á diez y nueve, comprendido el caserón, que, por estar situado en sitio céntrico, valdría mucho para solares. Se susurraba que los cuadros y las armaduras habían salido para París con objeto de venderse en el Hotel Drouot. Que el duque estaba con el agua al cuello, lo probaba el hecho de haberse dejado protestar una letra de Burdeos por valor de veintitantas mil pesetas...

--Medina sabía de muy buena tinta que los de Casa-Bojío habían llegado á la extremidad de vivir con lo que les quería fiar el tendero de la esquina, y, sin embargo, daban bailes, metían mucho ruido, salían por esas calles desempedrándolas con las ruedas de su coche, y poniendo perdidos de barro á los pobres transeuntes que han pagado al sastre la levita que llevan. Él no comprendía esto; no le cabía en la cabeza tal manera de vivir. ¡Dar bailes y comilonas, y deber la escarola! Nada, que este Madrid es muy particular...

--Arnáiz sabía que _Sobrino Hermanos_ tenían una cartera de sesenta mil duros incobrables. Así no era de extrañar que elevaran el valor de los géneros. Parecía mentira que el frenesí de los trapos ocasionara estos desequilibrios en la riqueza. Y lo peor es que han de seguir surtiendo á las que no les pagan, pues si les negaran el género, les desacreditarían sólo con decir que no traen más que cursilería. Así es que cuando las insolventes van á la tienda, las tienen que recibir con los brazos abiertos, y mimarlas mucho, y sacarles hasta el _fondo del cofre_, para que lo revuelvan todo, regateen, mareen á Cristo, carguen con lo que les guste, y después vayan pagando á pijotadas, si es que pagan algo...

--Ultimamente se había animado algo el comercio de Madrid con el cambio político. Siempre que sube un partido que ha estado á ver venir mucho tiempo, con los dientes largos y medio palmo de lengua fuera, se animan las ventas. Muchas señoras se emperejilan entonces de nuevo; algunas echan la casa por la ventana. En estas épocas suele cobrarse algún crédito de tres ó cuatro años, que ya se tenía por muerto...

--Pero si los políticos estaban tan alicaídos como los aristócratas, en cambio, desde que se regularizó el presupuesto y el Tesoro dejó de trampear, se notaba una cierta tendencia al reposo, al orden general. Es una vulgaridad la creencia de que los políticos viven á costa del país y se regalan como príncipes. La mayoría de ellos están á la cuarta pregunta, unos porque gastan sin ton ni son, otros porque la Ley de Contabilidad les tiene metidos en un puño. Haylos también que son honrados á macha-martillo. Trujillo conocía á uno de gran importancia, que se veía perseguido por los acreedores poco después de haber estado en situación de hacerse poderoso. Verdad que todos no eran así. Algunos, arruinados con mujeres, y habiendo abandonado el bufete que les daba mucho dinero, tenían que buscar en la misma política socorros de momento, consiguiendo destinillos para Cuba y Filipinas para que el agraciado les mandase algo de sus ahorros.

Y por aquí seguían. Medina era implacable: no carecía de autoridad para dirigir aquella campaña satírica, porque su casa era el templo de la exactitud financiera, y en ella no se conocía la farsa. Torres, que en su afán de criticar no perdonaba ni á su mejor amigo, me decía una noche, solos él y yo:

--No crea usted, Cristóbal tiene motivos para saber cómo andan las cajas de la grandeza. Las mermas de aquellas casas son los crecimientos de ésta. Figúrese usted que Cristóbal tiene una pajita en la boca; el otro extremo cae en la contaduría de Pepito Trastamara. Cristóbal hace así... _aliquis chupatur_, y se va tragando todo.

Después sacó del bolsillo del faldón de su levita un folleto, y hojeándolo añadió:

--Esta es la Memoria del Banco, con la lista de los accionistas que tienen voto en el Consejo. Mire usted á Cristóbal Medina figurando aquí con 1.250 acciones, cuando en la lista del año pasado no tenía más que 650.

III

--¿Qué te enseñaba Torres? --me preguntó María Juana un momento después.

--La lista de accionistas del Banco, en la cual figuras con mil...

--Mil doscientas cincuenta, si no lo llevas á mal. Nosotros sólo gastamos la tercera parte de nuestra renta. Mírate en este espejo y compara.

Me lo dijo con gracia. En efecto: yo me miraba en el espejo y comparaba, no pudiendo menos de señalar, en mi interior, á tal casa y familia como dignas de imitación. María Juana tenía un vestido obscuro, con preciosísima delantera de tela brochada, de un tono de oro viejo; el cuerpo admirablemente ajustado y ostentando encajes de valor. Estaba en realidad muy elegante, y nada tenían que envidiarle las de aquel otro mundo matritense tan cruelmente flagelado por Medina. En su persona sabía María Juana convertir en letra muerta las teorías de _castellano viejo_ preconizadas por su marido. Muy santo y muy bueno que el portero no se rapara las barbas; que se conservasen en las comidas ciertos platos de saborete español, llegando el amor de lo castizo hasta servir de vez en cuando el cabrito asado á _la Granullaque_ de Toledo; muy santo y muy bueno que se hiciese una religión del pago de las cuentas, que en el Teatro Real no bajasen nunca de los palcos principales á los entresuelos, que no hubiera en la casa _boato estúpido_, ni se diera de comer á troche y moche á tanto y tanto hambrón; muy santo y muy bueno que no pusiera allí los pies Pepito Trastamara, y que se evitase por todos los medios que la casa se pareciese, ni aun remotamente, á otras donde con mucho bombo, mucho platillo y mucho de _high-life_, quejábanse los criados de que les mataban de hambre; muy santo y muy bueno todo esto; pero ella, la señora de la casa, se vestiría siempre á la última, y del modo más rico y elegante, viniera ó no _de extranjis_ la moda, y trajera ó no entre sus pliegues el pecado de la farsa y de las _mariconadas_ francesas.

Nada más injusto que el dictado de _ordinaria de Medina_ que la de San Salomó continuaba aplicándole. Verdad que mi prima se desquitaba muy bien y no tomaba en su boca á la maliciosa marquesa sin ponerla buena. Cuando la soltaba, no había por dónde cogerla.

--Si viene esta noche tu amigo Severiano --indicó mi prima--, le diré que venga á comer pasado mañana. Si no viene y le ves tú, díselo. La otra noche se divirtió mucho con Barragán, y como pasado mañana vuelve éste con su señora, quiero que tú y tu amigo no faltéis. Pero prométeme formalidad. Severiano es demasiado malicioso, y tú también. Le tomáis el pelo al pobre Barragán, que es, para que lo sepas, un excelente sujeto. Sus dos chicas son muy monas.

Me entraron fuertes ganas de reir, y le dije:

--Ya caigo, ya... ¿Apostamos á que la novia que me tienes destinada es la hija mayor de Barragán? Tú te has vuelto loca, María Juana. Aunque Esperancita me gustara, que no me gusta; aunque estuviera bien educada, que no lo está, y aunque me la diera Barragán forrada en todas sus acciones del Banco, no la tomaría, hija, porque además de las razones que tengo para no querer casarme, eso de ser yerno de _No Cabe Más_ excede á cuantos suplicios puede inventar la imaginación.

--Cállate la boca, tonto --me contestó riendo también--. No es esa, no, la que te tengo destinada. La tuya es otra y no la has visto todavía, al menos en casa...

La inopinada aparición de don Isidro Barragán, que después de saludar á mi prima estuvo hablando un ratito con ella, nos impidió apurar el tema.

--Bárbara y Esperanza se nos han puesto malas esta tarde --dijo Barragán dando resoplidos.

--¡Pobrecitas! ¿Y qué ha sido?

--Nada, cosa del estómago... Las comidas de viernes no les caen bien... Pero Bárbara no quiere que en casa se falte á lo que manda la Iglesia, y yo le digo: «_Partiendo del principio_ de que sea santidad eso de comer pescado en vez de carne, y yo lo pongo en duda; pero, en fin, lo admito; _parto del principio_ de que... Yo digo: las personas delicadas ¿no deben estar exentas de cumplir esas reglas? Y no crea usted, tuvimos que llamar á Zayas. Dolores en la boca del estómago, vómitos. Al fin, _paulativamente_ se han ido serenando. Bien merecido les está. Yo, como no creo en esas teologías, comí en casa del amigo Lhardy buen pavo trufado, buenas salchichas y unos bisteques como ruedas de carro... Hola, Cristóbal, ¿pero ha visto usted hoy...? Queda el Perpetuo por debajo de 59. ¿Qué dice Torres? ¿Ha habido malas noticias? Lo que ya sabíamos: otra sublevacioncita militar. Esto da vergüenza. Aquí no hay más que pillería, aquí no hay quien sepa gobernar. Yo fusilaría media España, y veríamos si la otra mitad andaba derecha. Porque vea usted --añadía tocándome ambas solapas y haciéndome retirar un poco, pues tenía la mala costumbre de echársele á uno encima--, si los hombres de negocios nos pusiéramos un día de acuerdo, todos _compatos_, y dijéramos: «ea, se acabó la farsa: desde hoy abajo la política de personas, y arriba la de los grandes intereses del país...»

--Seguramente que...

--Porque vea usted --prosiguió él sin dejarme meter baza--. Yo, que tengo dos mil doscientas cincuenta acciones del Banco, usted que tiene quinientas, es un suponer, otro que tiene mil, y otro y otro con tanto y cuanto, y Trujillo que gira diez millones de reales al año, y tal y cual, cada uno con su negocio... Suponga usted que nos reunimos todos y decimos: «hasta aquí llegó la farsa.» Se me dirá que es difícil que tantos intereses se pongan de acuerdo; pero yo, _partiendo del principio_ de que no hay ningún hombre político que tenga dos dedos de frente, sostengo...

--No tiene duda...

Felizmente se apareció Severiano y se lo endosé. Mi amigo se divertía con semejante mostrenco; yo, no. Me atacaba los nervios aquel pedazo de bárbaro, que por el hecho de haberse enriquecido de la noche á la mañana, se lo quería saber todo, disputaba á gritos, quería imponer su opinión, se conceptuaba más rico que nadie, y más listo y más agudo y más caballero y rumboso, cuando en realidad era una baldosa con figura humana, grosero, ignorante y sin pizca de hidalguía ni delicadeza. La fortuna de Barragán ha sido uno de los grandes misterios de Madrid. Era, si no estoy equivocado, de tierra de Albacete. El 60 tenía una tenducha de géneros de punto en la Plaza Mayor. Metióse en no sé qué contratas; hizo préstamos al Tesoro; empezó á crecer como la espuma. El 77 se le citaba como un gran tenedor de valores del Estado. El 80 eclipsaba con su recargado lujo á muchos que siempre pasaron por muy ricos. El 83 no había ya quien le aguantara. Estaba en el apogeo de la presunción ridícula y de la suficiencia cargante. Si se trataba de una construcción pública ó privada, él entendía más que los ingenieros; si de enfermedades, para él todos los médicos eran unos idiotas; si de política, él miraba de arriba abajo á las personas más eminentes. Cuestionando sobre Derecho, se atrevía á corregir á un jurisconsulto encanecido en los Tribunales. Hasta en literatura se las tenía tiesas con el más pintado. En fin, que las coces de aquel burro de oro eran el providencial castigo de la sociedad por el crimen de haberle erigido.

Contóme Villalonga que un día le encontró en Recoletos disputando con Castelar. Ello era algo de política, de religión ó cosa tal, muy sublime. Barragán manoteaba y alzaba la voz delante del rey de los oradores, escupiendo á la faz del cielo los mayores disparates que de humana boca pueden salir. El otro se reía, y le hacía el honor increíble de contestar á sus gansadas. Cuando se separaron, don Isidro dijo á Villalonga:

--Se va porque no puede conmigo. Le he apabullado. Estos señores de las palabras bonitas se vuelven tarumba en cuanto se les ataca con razones...

En Bolsa era á veces insolente. Tenía pocos amigos, y miraba á la muchedumbre perdonándole la vida. Solía hablar del Tesoro como si fuera la faltriquera de su chaleco, y al Banco de España lo trataba de tú. Pero no tenía el valor del aventurero, ni veía los contratiempos con la serenidad del agiotista de raza. Contóme Torres que un día de gran pánico y baja de valores, daba risa ver la cara que ponía Barragán oyendo publicar las últimas cotizaciones. Fué una diversión su facha, y todos iban á verle, inmóvil, espatarrado, con el hocico más estúpido que de ordinario. Los chorros de sudor le corrían por la cara abajo; él se limpiaba y mugía.

María Juana, que era bastante maliciosa, hízome reir contándome los solecismos que el tal decía á cada instante. Oíamos su risa explosiva que estallaba en el salón inmediato como un petardo, y á poco se nos acercó Severiano.

--¿Qué barbaridades ha dicho? --le preguntó María Juana.

--Muchísimas. _Ha partido del principio_ como unas cincuenta veces en quince minutos. Ha dicho que en la cacería del lunes comió _fiambre frío_, y que ha puesto una _pipa_ en Flandes. Tengo que apuntarlo, porque es oro molido. He de hacer un Diccionario de este hombre, como el que Paco Morla hizo de las barbaridades del general Minio.

--Ayer --refirió María Juana, tapándose discretamente la risa con su abanico-- estábamos hablando de una mala compra que hice. Él quiso decir que me habían dado un _timo_; pero no pareciéndole fina la palabra, dijo que me habían dado un _mito_...

--Es divino ese hombre...

--No se paga con dinero.

--Lo que es eso... Ya se ha cobrado él de antemano las gracias que dice.

--Severiano --añadió mi prima-- no conoce todavía á la señora de Barragán. Esa sí que es tipo. Venga usted á comer pasado mañana. Verá usted... Yo la llamo _No Cabe Más_, porque esta frase no se le cae de la boca, siempre que elogia algo; y ha de saber usted que no habla sino para ponderar sus cosas. _No cabe nada más_ rico que las cortinas de su sala; _no cabe nada más_ ligero que su berlina de doble suspensión; _no cabe nada más_ elegante que el vestido que le ha hecho á Esperancita...

Vimos á la señora de Barragán dos noches después. Yo la conocía, mi amigo no. Con ser bastante antipática, valía mucho más que su marido, y en parangón de él era un prodigio de talento y finura. Componíase de un gran montón de carne blanca y blanducha, de una boca enorme, de unos ojos fríos y claros. A duras penas podía el corsé contener aquellos pedazos tan exuberantes. Bajo este punto de vista _no cabía más_: estaba todo lleno, y parecía que toda aquella oprimida máquina iba á reventar como una bomba, haciendo destrozos entre los circunstantes. Como era de pequeña estatura, y además se había tragado el palo del molinillo, el mote que le había puesto mi prima no podía ser más adecuado, porque, en efecto, parecía estar diciendo en un resoplido angustioso: «_No cabe más_, y este palo del molinillo es excesivamente largo y lo voy á vomitar.»

¿Pero qué había de vomitarlo? Lo que salía de la boca era un sin fin de palabras exprimidas, estudiadas, relamidas, queriendo que fuesen finas y sin poderlo conseguir. Esperancita era graciosa, vivaracha y bonita; pero tenía en el semblante un cierto aire de familia: el aire _reventativo_ de su papá, según decía Severiano. Este le daba mucha broma, y ella se pirraba por que se la diera.

--Me parece --dije en secreto á María Juana-- que limitas mucho tus invitaciones. Es preciso que animes esto. Aquí faltan mujeres. Esperancita y su hermana, _No Cabe Más_, la señora de Mompous, la de Torres y la de Bringas dan poco juego para tanto hombre... Es preciso que renueves el personal y traigas gente alegre y de partido... ¿Por qué no traes á Camila?

--Si no quiere venir... Y verdaderamente no es para sentirlo. A Medina no le gustan nada los aires un tanto libres de mi hermana. Dice que si no es mala, lo parece. Con todo, haré por que venga. Pero estate tranquilo, que no piarás por mujeres. ¡Ay! ¡qué sorpresa te tengo preparada!...

--¿Sabes que estoy con mucha curiosidad...?

--Vente mañana por la tarde. La convidaré á pasear conmigo, y antes de que salgamos la verás. Nada, que de ésta te caso. Y no pongas peros: traga el anzuelo y dame las gracias.

IV