Part 7
Por la tarde, muy á disgusto suyo, le mandé á su casa con Evaristo, que le había traído. Despedíase de mí con resignación, preguntándome si su mamá le dejaría volver otro día. En los siguientes, Eloísa no cesaba de mandarme recados informándose de mi salud, que no era buena, y con los recados solían ir cartitas rogándome que pasara á su casa. Viendo que yo no me daba á partido, fué ella misma á verme varias tardes. Por fin, una mañana me envió con el pequeñuelo una cartita diciendo que estaba mala y deseaba «verme á todo trance.» Bien comprendí que lo de la enfermedad era un ardid; pero las flaquezas propias de la naturaleza humana en general y de la mía en particular me impulsaron á acudir á la cita. Toda aquella moral mía se la llevó la trampa.
Y no sólo fuí aquel día, sino otro y otros. La prójima parecía quererme como antaño; mas yo no veía en ella sino un pasatiempo, un entretenimiento breve, que endulzaba algunos instantes de mi vida amarga; y mientras más caía en aquellas embriagueces fugaces, sin interés alguno espiritual, mayor y más alta era la idealidad de mi pasión por Camila. Aquella loca afición no correspondida se alambicaba y se extendía, cogiéndome todo el ánimo y la vida toda, en la cual era un estado permanente. Sentía desarrollarse en mí dotes poéticas, inspiración fluida y crónica á estilo de la del Petrarca, porque á todas horas me sugería pensamientos sutiles, de los cuales podrían salir sonetos á poco que me ayudase la retórica. Camila no se me apartaba del magín ni un solo rato, y tanto más presente la tenía cuanto más cerca de Eloísa estaba, ó si se quiere, en el mayor grado de proximidad posible. La idea de que eran hermanas me cosquilleaba en la mente, violentando la fantasía para que llegase á la figuración de que eran una misma persona. ¡Y, sin embargo, cuán distintas! El aire de familia me engañaba tan sólo breves momentos.
Si he de decir verdad, me agradaba el poquito de misterio y reserva que era forzoso emplear en mis entrevistas con Eloísa. Sin esta salsa, quizás aquellas crasitudes dulzonas y sin temple me habrían empalagado más pronto. Quiquina y Evaristo me introducían con muchos tapujos. Nunca menté á Fúcar, porque conocí que le repugnaba nombrarle. Pero un día en que hablábamos de las precauciones tomadas para aquellas entrevistas, se puso rabiosa, y señalando con el dedo índice la parte más alta de su cabello en desorden, se dejó decir:
--Estoy... de viejo pintado... hasta aquí.
No quiero pasar en silencio el cariño, el entusiasmo con que me enseñaba lo que había traído de París. En piezas de Choisy-le-Roi y de _Barbotine_ tenía maravillas; jarrones inmensos sobre columnas, un grifo con una cartela enroscada que _daba el opio_, y mil chucherías de todos tamaños, en tal número, que apenas había ya en la casa sitio donde ponerlas. Enseñóme también ricos encajes de Malinas, Bruselas y Alençon, comprados por ella misma á las _Beguinas_ de Gante, y otras mil cosas. No cesaba de preguntarme: «¿te gusta?» y si respondía que sí, poníase muy alegre. En aquella época jamás me pidió dinero, ni lo necesitaba. (¡Pobres fumadores!) Por el contrario, advertía yo en ella un tácito deseo de que se le presentase ocasión de sacarme de un apuro. Un día, no sé si de los últimos de Octubre ó Noviembre, que me oyó hablar de ciertas dificultades para la liquidación, sacóme una cajita llena de billetes de Banco, de la cual aparté con horror la vista.
Acerca de ella corrían mil versiones infamantes. En París había desplumado á un francés, dando un lindo esquinazo á aquel esperpento de Fúcar; en Madrid mismo, sus favores habían recaído sucesivamente en un malagueño rico de apellido inglés, en un ex-ministro y célebre abogado. Todo esto era falso y prematuro, puedo decirlo en honor suyo; relativo, sin temor de equivocarme. La calumnia, que más tarde dejaría de serlo, la perseguía por adelantado, como persigue á todos los que se portan mal, resultando que hay en ella un fondo de justicia. Reaparecieron los jueves, en los cuales había más confianza que durante mi reinado. Díjome el _Saca-mantecas_ que se jugaba descaradamente. No iba ninguna señora, ni aun la de San Salomó, que era persona de manga muy ancha. Quiquina y M. Petit volvieron á la casa, y nuevos criados, y las mismas costumbres irregulares del año anterior.
Sabía Eloísa, eso sí, tomar en público los aires de una señora distinguidísima, y lo que es más raro, conservaba parte no pequeña de sus relaciones; hacía visitas, iba á misa, era saludada por lo más selecto de Madrid. Oyéndola hablar, cualquier incauto la habría creído el espejo de las viudas. Parecía que no rompía un plato. Afanábase por la educación de su hijo, y le había puesto un aya francesa, de quien me dijo Evaristo que era más fea que el hambre. Su solicitud materna era quizás lo único que yo podía estimar en la prójima; pues por todo lo demás, sólo me inspiraba lo que es propio de las prójimas: lástima, interés nominal y desdén efectivo.
III
De la propia crudeza de mis males físicos y morales, brotó súbitamente la idea del remedio. Así es la Naturaleza, genuinamente reparadora y medicatriz. La idea que me abrió horizontes de salud fué la idea del trabajo. «Si yo tuviera un escritorio, como lo tenía en Jerez, y además mis viñas y mis bodegas, estaría muy entretenido todo el año, y no pensaría las mil locuras que ahora pienso, tendría salud y buen humor.» Así me hablaba una mañana, y tras la idea vino la resolución de practicarla. ¿Pero en qué trabajaría? Ocurriéronme de pronto varias clases de ocupaciones comerciales, de las cuales me había hablado la noche antes Jacinto María Villalonga. Él traía no sé qué belenes en Fomento. Había tirado ediciones sin fin de libritos agrícolas para que el Estado los hiciera comprar á los Ayuntamientos. Se presentaba á todas las subastas, ya fueran de carreteras, ya de obras de reforma en los Museos, bien de impresión de Memorias ó de los revocos que constantemente se están haciendo en el vetusto edificio de la Trinidad. Luego Villalonga cedía el negocio con prima, si había quien se lo tomase. Pero con esto y otros muchos enredijos que en el Ministerio traía, y por los cuales le ví sacar muy á menudo libramientos y órdenes de pago, nunca salía de trampas. Tan arruinado y lleno de líos estaba, que sin duda por sus desordenados gastos y vicios no había mes que no necesitase dinero. A mí me debía más de ocho mil duros, y esta deuda empezaba á inquietarme.
Los negocios de que me habló y que me interesaron eran más amplios que sus obscuros manejos burocráticos. «Traer trigos de los Estados Unidos y establecer un depósito en Barcelona; instalar máquinas para el descascarado del arroz de la India, obteniendo previamente del Gobierno la admisión temporal; llevar los vinos de la Rioja directamente á París por la vía de Rouen, y á Bélgica por la de Amberes...» Esto me parecía bien, sobre todo el negocio de vinos, en el cual algo y aun algos se me alcanzaba á mí.
Levantéme una mañana dispuesto á hacer un viaje á Haro y dar una vuelta por Elciego, Casalarreina, Cenicero, Cuzcurrita y demás centros de producción... Pero esto era meterme en faenas penosas. Nada, nada: más valía que, quietecito en Madrid, buscara un modo de trabajar. El negocio de banca con Londres y París me seducía; pero está muy acaparado. Hablando con mi tío, éste me hizo ver que el estado de la Bolsa era muy á propósito para zamparse en ella _hasta la cintura_. La persistente baja, motivada por los sucesos de Badajoz y el azoramiento de los tenedores extranjeros, convidaba á meterse en danza, teniendo serenidad y empuje.
Pues decidido. Pensando en esto, activáronse mis fuerzas y recobré la alegría. Por el trabajo, que trabajo era y de los buenos, obtendría yo dos beneficios: evitar los males que causa la holganza, y restablecer mi fortuna en su primitiva integridad. Desde el día siguiente me puse al habla con mi amigote Gonzalo Torres, de quien he hablado antes un poco. Ahora tengo que hablar mucho de él, pues bien lo merece este tipo esencialmente madrileño, el más madrileño quizás que encontré en los años que en la Corte estuve. Aquel _gato_ se había enriquecido en pocos años con atrevidos agios; tenía coche, estaba edificando una casa magnífica en la Ronda de Recoletos y vivía muy bien, sin gran boato externo. Su facha era ordinaria, su estatura menos que mediana, la nariz pequeña y los ojos enormes, huevudos, con ceja muy negra. Presumía de guapo y miraba á todas las mujeres que encontraba en la calle como perdonándoles la injusticia de que no le miraran á él. En este terreno era insufrible. Cuando le daba por relatar sus conquistas, no se le podía oir, porque decía muchas mentiras, revelando un pesimismo depravado. Ninguna á quien él había puesto los puntos, había dejado de caer. No es, por tanto, de extrañar que llegara mi hombre á adquirir, por su propia experiencia, el convencimiento de que todas eran unas... tales.
En el terreno de los negocios sí que me gustaba oirle. Allí se descubría el hombre tal como era, con sus lados malos y sus lados buenos; el español agudo, vividor, de trastienda, que se mete por el ojo de una aguja y va en pos de su interés saltando por encima de cuanto se le opone; tipo perfecto del que no ve en la humana vida más ideal que _hacer dinero_, y hacia él marcha con los ojos cerrados, digo, abiertos y bien abiertos. Nos veíamos muy á menudo en mi casa y en Bolsa; á veces almorzábamos juntos, y me contaba diferentes episodios de su vida. Esta me pareció digna de estudio, como ejemplo de constancia y temeridad, de desvergüenza por una parte, de tesón por otra. Según me dijo, había pasado su niñez en un comercio de la calle de la Montera midiendo percales y bayetas, soñando siempre con ser rico y despreciando á su principal, un hombre apocado que tomaba el género en los almacenes de la plazuela de Pontejos para revenderlo, siempre con miseria y apuros y sudando la gota gorda en cada vencimiento. Contaba Torres que él, confinado en su mostrador, tenía los ojos del espíritu fijos constantemente en los célebres banqueros Urquijo y Ortueta, que vivían en la misma calle; y tenía cuidado de que no se le escaparan cuando pasaban por delante de la puerta de su tienda á hora determinada para ir á la Bolsa, ó de regreso de ella. Ninguno de los dos tenía coche. Aquellos hombres eran sus ideales; ser como ellos su ambición. A veces poníase á mirar desde la calle á las ventanas de los respectivos escritorios, y soñaba con verse en local semejante, escribiendo facturas, firmando letras, cortando cupones; echándose después gravemente á la calle para ir á la Bolsa, y rompiendo á codazo limpio las manadas de transeuntes.
Regañóle un día su principal, y se plantó en la calle. Como no tenía una peseta, pasaba mil agonías para vivir. Todos los días, cualesquiera que fuesen sus ocupaciones, pasaba por la calle de la Montera dos ó tres veces, y si encontraba á Urquijo ó á Ortueta se quitaba el sombrero y hacía una reverencia como si pasara el Viático. Tuvo que dedicarse á viajante de comercio para poder vivir; recorrió toda España en segunda, con muestras de chocolate de la Colonial, zapatos de Soldevilla y otros muchos artículos. Pero sus ganancias eran escasas, y se fijó en Madrid, al amparo de Mompous, que le daba algunos corretajes de venta y compra de terrenos. Sin que lo supiera Mompous, se asoció á un tal Torquemada, que hacía préstamos con usura. Torres buscaba víctimas, y las descueraban entre los dos. Hacían pingües negocios _facilitando_ dinero secretamente á las señoras que gastan más de lo que les dan sus maridos para trapos; y con la amenaza del escándalo, las ponían en el disparadero y las desplumaban. Bien relacionado el tal Torres con muchos tenderos de Madrid, se hacía cargo, mediante una prima de cincuenta por ciento, de realizar los créditos incobrables. Él apandaba las cuentas que habían ido cien veces á casa del deudor, encontrándose siempre con cara de palo, y previo el endoso del crédito en virtud de una ficción legal en que él (Torres) pasaba por _inglés_ del tendero, se ponía en combinación con Torquemada, que era curial y tocaba pito en todos los Juzgados, y apretando á la víctima con citaciones y embargos, por fin la hacían vomitar en conjunto ó á plazos lo que debía.
Con estas socaliñas empezó á reunir su capital. Por una serie de trapisondas y de enredos que serían largos de contar, Torquemada y Torres se adjudicaron una carnicería, propiedad de un deudor insolvente. La cosa no habría tenido lances si á Torquemada no se le hubiera ocurrido que, tras aquel negocio, podía emprender el de suministro de carne y caldo para los enfermos del Hospital Provincial. Puso la puntería en la Diputación, y aquel año hubo locas ganancias. Los moribundos les hicieron á ellos el caldo gordo.
Pero los parroquianos insolventes eran la pesadilla de entrambos. Había entre éstos un respetable sujeto, cesante, ex director, que tenía una familia numerosa y anémica, á la cual recetaban los médicos _carne á la inglesa_, o lo que es lo mismo, cruda. Consumían mucho, pero no pagaban jamás, y la cuenta crecía como espuma. Cuando pasó de mil reales y trataron de hacerla efectiva, vieron que la casa del señor aquél era un abismo sin fondo. Al huevero se le debían dos mil reales, al de ultramarinos seis mil y al carbonero unos mil y pico. El del pan cogía el cielo con las manos; y congregados todos un día en la puerta de la casa, armaron una chamusquina de todos los demonios. Lo que decía el señor aquél, ex-director y caballero gran cruz de Carlos III: «Más le valía no haber nacido.» Puestos todos los _ingleses_ de acuerdo, quisieron hacer un _Trafalgar_ en la infeliz familia; pero nada lograron. La familia insolvente y carnívora cambió de domicilio, dejando á los acreedores con dos palmos de narices. Sólo Torres, que era más listo que el huevero, el tendero y el carbonero juntos, olfateó el rastro, metió la cabeza, amenazó, y valiéndose de mil trazas ingeniosas, ya que no pudo sacar dinero, puesto que no lo había, obtuvo, en pago de la carne, un piano. Era el dulce instrumento en que tecleaba una de las niñas anémicas. Torres cargó con su presa y...
--De esta adquisición inesperada --me dijo-- arranca el negocio de alquiler y compostura de pianos que tuve durante tres años y medio. ¡Cómo se enlazan las cosas de la vida! De carnicero á músico. Torquemada siguió con el arbitrio de carnes, y yo acaparé el de almacén de pianos. Llegué á tener más de trescientas matracas, que alquilaba por tres, cuatro ó cinco duros al mes á las alumnas del Conservatorio que soñaban con ser la Patti; á los compositores jóvenes que se creían unos _Meyerbes_, y para hacer boca, perjeñaban una zarzuelita; á las familias honradas y buenas parroquianas que querían educar á las pollas para señoritas finas, aunque al fin y á la postre vinieran á parar, como todas, en ser unas... tales.
Luego proseguía contándome cómo, al fin, reunidos unos seis mil duros, dejó los pianos para meterse de hoz y de coz en la Bolsa, que era su ideal, por suponerse con aptitud nativa para el tráfico de papel. A los ocho días, ya sabía tanto como los viejos; adquirió pronto el golpe de vista, la audacia serena y el don de abarcar rápidamente las operaciones más complejas. Su éxito fué grande. Empezó el 73, cuando la renuncia de don Amadeo, y las bajas considerables en los años de guerra civil le pusieron en las nubes. Era pesimista incorregible. Para él la campaña iba siempre mal, y los carlistas daban cada golpe que cantaba el misterio. Aquellos mismos seres venerables á quienes tenía por semidivinos, Urquijo y Ortueta, los banqueros de la calle de la Montera, fueron sus amigos, y tan iguales á él que le daban ganas de tutearles. El 77 era ya el espanta-pájaros de la Bolsa. Todos observaban lo que él hacía para seguirle la correa. Recibía diariamente despachos telegráficos cifrados de sus agentes de Londres y París, para jugar en combinación con aquellas plazas.
--Y aquí me tiene usted --añadía--: hoy soy rico; pero me gusta vivir á la pata la llana, y si tengo carruaje, no es porque me haga falta, que yo gusto de andar en el caballo de San Francisco; únicamente lo uso para que esos brutos de la Bolsa me lo vean, y para que mi señora se pasee.
Oí decir que la señora de Torres fué criada de servicio, y que no sabía leer ni escribir; mejor dicho, que había adquirido con maestro estas indispensables enseñanzas después que la fortuna de su marido le dió títulos y fuero de persona decente. Yo la conocí más adelante en casa de María Juana, y me pareció una mujer excelente, modesta y sencilla. Moralmente valía más que su marido, y en figura le llevaba también no poca ventaja.
Pues bien: este Torres fué mi iniciador en aquella vida de trabajo bursátil. Lo primero que hice al meterme en danzas con él, fué ponerle los puntos sobre las _íes_. Yo no haría ninguna operación grande ni chica sino con intervención de un agente colegiado, porque no quería meterme en aventuras peligrosas. Torres operaba en grande con un desparpajo que me pasmaba, comprando y vendiendo á fin de mes, por sí y ante sí, sin ninguna seguridad legal, sumas fabulosas. Yo, por el contrario, resuelto á andar con pies de plomo por terreno tan peligroso, daba y tomaba mis _dobles_, compraba y vendía _en voluntad_ ó _á fin de mes_, siempre con la garantía de la publicación y de la firma del agente en la póliza, el cual agente era persona de respetabilidad, amigo de mi tío. Torres era muy listo; pero á mí no me faltaba trastienda para aquel negocio, y en todo Diciembre, así como en Enero y Febrero del año siguiente, ví coronados mis esfuerzos con éxitos no despreciables. Así me satisfacían más, teniendo por mejor sistema aquel _tole-tole_, que los atropellos en que se metía el hortera y carnicero y músico y bolsista Gonzalo Torres.
XXI
Los lunes de María Juana.
I
Vamos con calma y método, que hay aquí mucho que contar.
María Juana me dijo que pensaba fijar los lunes para invitar á su mesa á seis ó siete personas, y recibir después á los amigos. Deseaba ella que en estas reuniones reinase una media etiqueta, con lo cual contrariaba al bueno de Cristóbal, que renegaba de las farsas y enaltecía la confianza como flor verdadera de la amistad. Gustábale á él la abundancia de las comidas españolas, y ponía el grito en el cielo en tratándose de las fruslerías de la cocina francesa. Su mujer, habilidosa como pocas, logró encontrar el justo medio, ó mejor, componendas hipócritas, con las cuales aparentaba llevarle el genio, y en realidad no hacía sino su santísimo gusto. El adorno de la casa era un campo de maniobras en que lo elegante y lo cursi andaban á la greña. Había cosas muy buenas, compradas recientemente en casa de Ruiz de Velasco, y otras del gusto fiambre, caobas y palisandros barnizados, papeles horribles con vivos de negro y oro. Porque Cristóbal era de los que se empeñan en que todo se ha de adornar con _medias cañas_; tenía fanatismo por este sistema decorativo, y si lo dejaran pondría las tales _medias cañas_ hasta en la Biblia. Mi prima iba desterrando poco á poco antiguallas é introduciendo el contrabando de los muebles de arte y gusto; y como Medina la quería tanto, no le era difícil á ella triunfar en cuanto se le antojaba, aunque hubo casos en que el esposo se mostró inflexible. Tenían un portero leal, honradísimo, que llevaba veinte años comiendo el pan de los Medinas, hombre que, al decir de Cristóbal, _no se pagaba con dinero_. Pero aquel espejo de los porteros tenía un gran defecto. No vayáis á creer que se emborrachaba. ¡Era que usaba patillas, unas enormes zaleas negras, revueltas y despeinadas, que caían tan mal con la librea...! La señora les había declarado la guerra, las odiaba como si fuese ella propia quien tuviera aquellos pelos en la cara. De buena gana habría acercado un fósforo á la de su leal servidor, para incendiar aquel matorral indecente. Pero Medina se opuso siempre á que se le hablara al tal de raparse. Le parecía un ataque al libre albedrío y una burla de la personalidad humana. Además, lo de las caras afeitadas, tratándose de criados, le parecía farsa, comedia, «moda francesa, hija; _mariconadas_ que me revientan.» Defendido por su amo, el portero continuó y aun continúa tan hirsuto como siempre. La casa era una de las fundadoras del barrio de Salamanca. La compró Medina al Crédito Comercial, y después de echarle mil remiendos y composturas, porque estaba tan derrengada como todas las de su tanda, la pintó muy bien por fuera, imitando ladrillo descubierto, con ménsulas y jambas, figurando piedra de Novelda, y en el portal y escalera púsole cuantas _medias cañas_ cupieron. Arregló para sí el principal, que era hermosísimo, con vistas á la calle de Serrano y al jardín interior de la manzana. Las tales casas, mal construídas, tienen una distribución admirable, un ancho de crujía y un puntal de techos que me gusta mucho. Su única imperfección, para mí, es la curva de las escaleras; defecto que también tenía mi finca de la calle de Zurbano.
María Juana había engrosado bastante; pero siempre estaba guapa. La gordura y los quevedos aumentábanle un poco la edad; pero al propio tiempo dábanle aires de persona sentada y de buen juicio, y hasta de mujer instruída con ribetes de filósofa. Eralo realmente. Más de una vez la sorprendí bajando de su coche en las librerías para comprar lo más nuevo de por acá, ó bien lo bueno y nuevo de Francia. No tenía escrúpulos monjiles, y se echaba al coleto las obras de que más pestes se dicen ahora. Estaba, pues, al tanto de nuestra literatura y de la francesa; leía también á los italianos Amicis, Farina y Carducci; apechugaba sin melindres con Renan y otros de cáscara muy amarga, y algo se le alcanzaba de Spencer, traducido.
Mostrábame la señora de Medina (líbreme Dios de llamarla _ordinaria_), desde que nos vimos en San Sebastián, grandísima consideración. Fuí el primero con quien contó para sus comidas; iba también algunas tardes y hablábamos largamente. Descubrí á poco, tras un tejido de subterfugios muy discretos, un sentimiento vivo de curiosidad, deseo ardentísimo de conocer todo lo que había pasado entre Eloísa y un servidor de ustedes. Se trataba poco con su hermana; sus relaciones eran pura etiqueta de familia en casos de enfermedad; de modo que yo solo podía ponerla al tanto de lo que saber quería. Dirigíame pregunta tras pregunta. Y yo no me paraba en barras: ¿para qué? Si saciando aquella curiosidad sedienta y mal disimulada la hacía feliz, ¿por qué privarla de un gusto tan arraigado en su naturaleza? Preguntábame asimismo mil pormenores de la casa que ella tenía por el _non plus ultra_ de la elegancia. ¿Cómo era el servicio del comedor? ¿Conservaba yo algunos _menús_ de las comidas? ¿Cuántas veces se vestía Eloísa al día? ¿Se vestía por completo, de ropa interior ó nada más que cambiar de traje? ¿Usaba esas camisas de seda que ahora han dado en usar las...? ¿Sus camisas de hilo eran abiertas por delante y ajustadas como batas? ¿Cuántas docenas de pares de medias de seda de color tenía? ¿A qué hora se peinaba? ¿Era cierto que se daba baños de leche de burras para conservar la tersura terciopelosa del cutis? ¿Traía el calzado de París? Los jueves, ¿cuántos vinos servían? ¿Compraba Champagne de Reus, haciéndole poner etiquetas de la _Viuda Cliquot_? ¿Era cierto que debía á Prats más de seis mil duros? ¿Y á qué jugaban en la casa, al _whist_, á la _besigue_ ó al monte limpio? ¿Era verdad que no pagaba nunca cuando perdía? ¿Era cierto que anunciaba á los amigos con quince días de anticipación el día de su santo para que fueran preparando los regalos?... A este bombardeo contestaba yo como Dios me daba á entender, unas veces categórica, otras ambiguamente, cuidando de no poner en ridículo á la que me había sido tan cara... en todos los terrenos.