Lo prohibido (tomo 2 de 2)

Part 6

Chapter 64,006 wordsPublic domain

--¡Qué horror! cuando creíamos que ese cáncer de los pronunciamientos estaba cauterizado... Así es el cáncer. Se le cree cortado y retoña.

El buen señor no hablaba de otra cosa. Su patriotismo sano y leal había sentido la injuria como un sér delicado que recibe una coz. ¡Y el mulo que la daba era el ejército, nuestro valiente ejército!

--Dios salve al país --exclamaba Medina con olozaguista concisión, juntando las manos.

El afán de saber noticias llevábale á él, y á mí también, á los círculos políticos de San Sebastián, á aquellos famosos ruedos de habladores, en cuyo centro suele verse un ex-ministro, y cuya circunferencia está formada de ex-directores y cesantes más ó menos famélicos. Cansados al fin de círculos, nos marchamos todos á Madrid. Por el camino, María Juana me manifestó que pensaba organizar su casa de otro modo; que había hecho algunas compras para renovar el mueblaje, y que fijaría un día de la semana para quedarse en casa. Esto me pareció muy bien. De concepto en concepto, llegó hasta indicarme que yo debía de ser muy desgraciado en mi celibato, y que me convenía casarme.

--Déjalo de mi cuenta --me dijo con cierto entusiasmo--. Yo te buscaré la novia.

Esto me hizo pensar, pero pensar mucho.

Apenas llegué á Madrid y á mi casa, subí á ver á Camila, á quien hallé contenta, como siempre. El manchego estaba haciendo café en la cocinilla rusa, y ella cosiendo en una máquina nueva de Singer, que había adquirido con parte de los ahorros destinados al caballo. Esto me recordó mi promesa, que sería cumplida sin pérdida de tiempo. Constantino elegiría á su gusto.

Dijo mi prima que iba á emprender la grande obra de las camisas. Ya veríamos quién era Calleja. No quiso aguardar á otro día para tomarme las medidas, y se puso á ello con entusiasmo, dando tales pases con la cinta de cuero, que me avispé un tanto. «Pero estas camisas van á tener más medidas que la catedral de Toledo...» ¡Qué mona estaba y qué gitana!... ¡Ira de Dios! ¡casarme yo mientras aquella mujer existiera!... Jamás de los jamases. Loca estaba la que ideó tal cosa.

¡Y que no estuviéramos en los tiempos legendarios para robarla y echar á correr con ella en brazos, sobre alado caballo que nos llevase á cien leguas de allí! ¿Por qué, Dios poderoso, se me había antojado aquélla, y no ninguna otra? Pollas guapísimas, de honradas familias, conocía yo, que se habrían dado con un canto en los dientes por que las requiriera de amores; muchachas de mérito que me habrían convenido para casarme, algunas de mucho talento, otras muy ricas, y, no obstante, ninguna me gustaba. Había de ser precisamente aquélla, la borriquita que ya estaba uncida al asno del Toboso. Aquélla, forzosamente aquélla, era la que se me antojaba para mujer propia y fija, para recibir mis homenajes de amor en lo que me restara de vida; aquélla nada más, y aquélla había de ser, pesara á todas las potencias infernales y celestiales.

Cómo llegaría á ser mi querida, no se me alcanzaba; pero ella vendría al fin. Aunque me hallaba un poco mal de salud, no paraba en casa. Habíame entrado febril desasosiego y curiosidad por averiguar lo que hacía Constantino fuera de la suya cuando salía, y si era tan formal como su mujer pensaba. Porque descubriéndole algún enredo, me alegraría seguramente. No era mi ánimo delatarle, sino simplemente tomar acta y fundar en algo mis esperanzas de triunfo. Durante algunas tardes y noches, le seguí los pasos, hecho un polizonte. ¡Qué papel el mío! Me habría parecido risible é infame en otras circunstancias; pero tal como yo estaba, completamente ofuscado y fuera de mí, parecíame la cosa más natural del mundo. Siguiendo á mi amigo, deseaba ardientemente verle entrar en donde su entrada me probase su ligereza y el olvido de aquella fidelidad ejemplar de que Camila hacía tanta gala. Mi desesperación era grande al ver que mi celosa suspicacia no podía sorprender ningún acto ni aun indicio en que apoyarse. Alguna vez nos tropezamos de noche cerca de alguna calle sospechosa. Yo le cogía por la solapa, y con afectado enojo le decía:

--¡Ah! tunante, tú andas en malos pasos. Tú vienes de picos pardos.

Y él se reía como un bendito bruto. Tan seguro estaba en su conciencia, que no me contestaba sino con una afirmación rotunda y tranquila.

--¡Parece mentira --insistía yo-- que teniendo una mujer como la que tienes...! No te la mereces.

Y él se reía, se reía. La honradez pintada en su cara tosca me declaraba su inocencia; pero yo volvía á la carga:

--Se lo contaré á Camila.

Y él, sin mostrar contrariedad, no decía más que estas breves palabras, con sencillez grandiosa, que era toda una conciencia sacada á los labios:

--No te creerá.

Y era verdad que no me creía, pues cuando alguna vez, en la mesa, aventuraba yo alguna indicación, más bien con carácter de broma, Camila se reía y bromeaba un poco también, diciendo:

--¿Conque en malos pasos... la otra noche...? Me parece que el que andaba en malos pasos eras tú.

¡Él la miraba! ¡Qué mirada aquélla de rectitud sublime! Era como la mirada profundamente leal y honrada de un perrazo de Terranova. Camila le cogía la cara entre sus dedos flexibles, bonitos, encallecidos por la costura, y estrujándosela decía:

--Déjate de bobadas, José María. Este animal no quiere á nadie más que á mí.

Aquella fe ciega que tenían el uno en el otro era lo que me desesperaba... ¡Que no vinieran los tiempos en que un hombre podía evocar al Diablo, y previa donación ó hipoteca del alma, celebrar con él un convenio para obtener las cosas estimadas imposibles! Yo quizás no hubiera cedido mi alma sino á retroventa, para pagarla después de algún modo, ó redimirme con oraciones y recobrar la que Shakespeare llama _eternal joya_... Pero ya no hay diablos que presten estos servicios; tiene uno que arreglarse como pueda.

XX

Doy cuenta de la agravación de mis males y del remedio que les aplico. -- Gonzalo Torres.

I

Una mañana... ¡plaf! Raimundo. Caía sobre mí cuando menos le esperaba, y muy comúnmente cuando menos ganas tenía de oirle. Entró aquel día con cara risueña y un rollo de papeles en la mano. «Veremos por dónde la toma hoy --pensé--, aunque bien sé á dónde ha de ir á parar.» Díjome que estaba muy mejorado de su reblandecimiento; que las palabras se le salían de la boca fáciles y correctas, sin que la lengua tuviera que hacer contorsiones, y que se sentía dispuesto, ágil y con el entendimiento lleno de claridad y hasta de inspiración.

--Hombre, ¡cuánto me alegro! --exclamé echando ojeadas de inquietud al rollo de papeles--. ¿Y qué traes ahí? ¿Esa es la obra de que me hablaste? ¿Has hecho algo en Asturias?

--¡Ah! no... aquello fué una tontería... un drama, una idea nueva... Hice dos ó tres escenas; pero lo abandoné pronto. La cosa no salía. Después se me ocurrió esta gran obra.

Con sonrisa triunfal mostróme el rollo de papeles, que yo miré como se puede mirar el cañón de escopeta del cual ha de salir la bala que nos ha de herir.

--Algún dibujillo --indiqué deseando que acabase pronto, pues tenía que hacer--. Dispara, dispara de una vez.

Desenvolviendo lentamente el rollo, dijo:

A tí solo te lo enseño, porque no quiero que se divulgue la idea. Me la podrían robar. Es muy original. Figúrate: esto se llama _Mapa moral gráfico de España_; va acompañado de una Memoria, y su objeto es...

Cortó la frase para extender el papel sobre una mesa, sujetándolo por los bordes con objetos de peso. Ví muy bien dibujado el contorno de nuestra Península, con indicaciones de cordilleras, ríos y ciudades. Los nombres de éstas se hallaban encerrados dentro de círculos concéntricos de colores de muy diverso matiz.

--¿Qué demonios es esto?... El mapa está muy bien dibujado.

--Pues esto --afirmó con exaltación de artista-- es una representación gráfica del estado moral de nuestro país. La intensidad de los colores indica la intensidad de los vicios, y éstos los he dividido en cinco grandes categorías: _Inmoralidad matrimonial_, _adulterio_, _belenes_, color rojo. _Inmoralidad política y administrativa_, _ilegalidad_, _arbitrariedad_, _cohechos_, color azul. _Inmoralidad pecuniaria_, _usura_, _disipación_, color amarillo. _Inmoralidad física_, _embriaguez_, verde. _Inmoralidad religiosa_, _descreimiento_, violeta... He recogido la mar de datos de Tribunales, otros de la prensa... Ya ves que ésta es una estadística nueva, cuyos elementos no se pueden buscar en los archivos: ello es cuestión de perspicacia, de conocimientos generales y de mucho mundo. Casi todas las apreciaciones son á ojo de buen cubero. En la Memoria desarrollo la idea, y justifico con razonamientos y con baterías de cifras lo que se expresa aquí en aros de varios colores. Echa una ojeada y te harás cargo; podrás ver de golpe la España moral, que, entre paréntesis, no es un país de cuákeros... Cuando esto se publique, y se publicará, ha de llamar mucho la atención que aparezca Madrid como el punto donde hay más moralidad en todos los órdenes. Y lo pruebo, lo pruebo, chico, como tres y dos son cinco. Pásmate: hasta en política lleva ventaja Madrid á las provincias, y las capitales de éstas á las cabezas de partido. En la Memoria pruebo que los políticos de aquí, tan calumniados, son corderos en parangón de los caciques de pueblo, y que el ministro más concusionario es un ángel comparado con el secretario de Ayuntamiento de cualquiera de esas arcadias infernales que llamamos aldeas. El color rojo lo verás distribuído casi en partes iguales por toda la Península. Las provincias gallegas son las más favorecidas en todo, así como en inmoralidad física lleva la mejor parte Barcelona, donde apenas se conoce un borracho. El violeta más intenso lo verás en Madrid, eso sí: es donde hay menos beatos y donde menos se oye ese tin-tin del reloj del fanatismo, que llaman golpes de pecho. He formado estadísticas de misas. Madrid da el promedio diario de una misa por cada trescientos veinticinco habitantes, mientras que León me da una misa por cada diez y seis. El tanto por ciento de mojigatos es en Madrid, cifra mínima, de dos y medio, mientras que en la Seo de Urgel salen cuarenta y siete carcas por cada cien personas.

Cuando á esto llegaba, se iba excitando tanto, que empezó á entorpecérsele la lengua y á pronunciar mal ciertas sílabas. Echéme á reir, y sabiendo en lo que habían de parar aquellas misas, pensé cuánto le daría.

--Tú estás reblandecido --le dije--. Las cosas que á tí se te ocurren, ni al mismo Demonio se le ocurrirían... Otro día me explicarás mejor esa monserga. Y por de pronto...

Le miré como le miraba siempre que quería socorrerle. Él me comprendió al punto con aquella infalible perspicacia de mendigo, y enrollando con nerviosa presteza el cartel de nuestras miserias, se dejó decir:

--Es que... precisamente... Ahora viene lo principal, que es ponerlo en limpio, en vitela, con colores finos... Chico, tú vas á ser mi Mecenas. Te dedico la obra...

--No, no... hazme el favor de dedicársela á otro.

--Bueno, bueno: como quieras.

Hacía algún tiempo que yo había adoptado el sistema de negar y conceder alternativamente sus pedidos, es decir, que le daba una vez sí y otra no, y en los casos afirmativos, siempre le daba la mitad. Aquella vez no tocaba; pero ya porque el mapa me hiciera gracia, ya porque me inspiró su destornillado autor más lástima que nunca, me dí á partido y le puse en la mano un billete de dos mil reales. ¡Cómo se le alegraron los ojos y qué excitado y chispo se puso! Dándole á entender que me alegraría mucho de quedarme solo, y mostrándome poco deseoso de conocer _hasta en sus menores detalles_ la gran obra de estadística moral, conseguí alejarle. Ocho días estuvo sin parecer por casa.

Una tarde me hallaba enteramente solo, entretenido en extender las cartas-compromisos que debía pasar á las personas con quienes había hecho operaciones de 4 por 100 Perpetuo _á voluntad_, cuando sentí abrir quedamente la puerta de mi gabinete. Miré, y ví asomar por el borde de la cortina el rostro de Camila. Dióme un vuelco el corazón. Dejé la escritura, alegréme mucho... Mas por no sé qué ruidos que oí, parecióme que no venía sola.

--Buenos días, tísico --me dijo sin entrar y retirándose otra vez.

--¿Ha venido alguien contigo? ¿Ha entrado alguien? --le pregunté.

Y desde la sala gritó:

--No, estoy sola.

Pero sentí algo que me inquietaba. Camila reapareció levantando la cortina, y entró al fin en mi gabinete. Mostraba cierta emoción.

--¿Pero qué escondites son esos? Tú no has venido sola.

--Es que --me dijo después de vacilar un rato-- tienes ahí una visita.

--Pues que pase --repliqué levantándome.

--Dice que no se atreve... Tiene vergüenza...

Me asomé á la puerta. Era Eloísa la que allí estaba. En el mismo instante en que la ví, Camila echó á correr y se subió á su casa.

Entró la otra al fin en mi gabinete, tan cohibida, tan turbada, que yo también me turbé. Durante un rato, no muy corto, estuvo delante de mí sin saber qué cara ponerme ni qué palabras dirigirme. La sonrisa y el llanto luchaban por prevalecer en la expresión de su cara. Por último, lloró sonriendo y me echó los brazos al cuello.

--Haces mal en estar enfadado conmigo --me dijo hociqueándome--. Yo siempre te quiero. No me he olvidado de tí ni un solo día.

Diéronme ganas, primero, de echarla de mi casa. Pero aquel catonismo se me representó luego como una crueldad injusta, pues yo, si no era peor que ella, tampoco era mejor. Fuí indulgente; acordéme de aquello de _la primera piedra_; hícela sentar á mi lado, y hablamos. Noté que estaba vestida con extrema elegancia, de luto, y que se verificaba en ella, entonces como siempre, el fenómeno de conservar su tipo de _señora española_, á pesar de la asimilación de la moda parisiense. Eloísa adaptaba la moda á su manera de ser; era siempre la misma, y sabía imprimirse el sello de la distinción decente. Así había sido antes y así se ha mantenido después, aun en épocas de gran desvarío; quiero decir, que nunca ha dejado de parecer dama la que nunca lo fué ni por las costumbres, ni por la superioridad de inteligencia, ni por esa elegancia espiritual que tan diferente es de las que trazan las tijeras de las modistas.

Quise mortificarla diciéndole lo contrario de lo que estaba pensando acerca de su cariz de señora española:

--Estás hecha una francesa.

Esto le supo muy mal. Levantóse, miróse al espejo, y dando vueltas sobre sí misma para verse de espaldas, me dijo:

--¿Es verdad eso? Mira, lo sentiría mucho. Creo que te equivocas. No, no parezco una francesa. No me lo digas otra vez.

Sentándose de nuevo, prosiguió así:

--Ya estaba de París hasta la corona... He ido también á Lieja, á Spa, á Aix-la-Chapelle, y después á Colonia á ver la Catedral, que es muy grande, pero muy grande. Si te he de decir la verdad, no me he divertido nada.

Inclinándose zalamera, apoyó su hombro sobre el mío; dejóse ir hasta que su cabeza vino á apoyarse en la mía. Estos signos de reblandecimiento amoroso me desagradaron. En mí no despertaba ilusión, como no fuera ilusión momentánea, de las que sólo afectan á la superficie de nuestro sér. No quise alentar aquellos pujitos de cariño, y permanecí como un leño. Irguióse ella de súbito, despechada, y pasándose el pañuelo por los ojos, me dijo:

--Sé que vas á subir al púlpito á echarme los tiempos, á ponerme de vuelta y media... Suprime los sermones. Todo lo que tú pudieras decirme, lo sé; yo misma me lo he dicho, con palabras tuyas, sí; con palabras que me has enseñado á usar y que me parecía estar oyéndote... Sé que soy una mala mujer; pero qué quieres... el mundo, locuras, ambiciones, las cosas que se van enredando, enredando... Que hay muchas necesidades y poco dinero... Fué un remolino que me arrastró, fué lo que llaman los marinos un ciclón: dí muchas vueltas, sin poder luchar con él. Conque ya estás enterado, y lo mejor es que te tragues la píldora y seamos amigos.

El efecto que me causaba era el de una infeliz hermosa, muy hermosa, sí, pero muy traída y llevada. Repugnábame unas veces; otras me bullían deseos de no ser tan insensible á sus carantoñas.

--¡Ah! --exclamé de pronto--, no me has dicho nada de lo único tuyo que me interesa. ¿Y tu hijo?

--Guapísimo: rabiando por verte, y preguntándome por tí. Mañana te le mandaré para que le tengas aquí todo el día. Has dicho «lo único tuyo que me interesa...» ¡Qué ingrato eres! Pues yo... siempre acordándome de tí, siempre diciendo: «¿qué estará haciendo ahora?...» Ni qué tiene que ver el corazón con... lo demás.

--Estoy admirado de tus ideas. ¡Vaya, que tienes una manera de ver las cosas...! Lo que digo, estás hecha una parisiense... A mí no me vengas con historias...

--Y á mí no me llames tú parisiense: ya sé lo que quieres significar con esos motes. Esperaba de tí consideración por lo menos.

--La tendrás, aunque no sea sino por memoria de lo mucho que te he querido...

--¡Ah!... ¡tiempo pasado! --murmuró, retirando el cuerpo para mirarme en actitud un poquito teatral.

--¡Y tan pasado...!

--Mira, canalla --gritó con repentino calor, tirándome del pelo--, no me digas que no me quieres ya, porque te corto la cabeza.

--Estás tú á propósito para que yo te quiera --respondí, esforzándome en mostrarle menos desdén del que sentía--. Ciertas locuras no se hacen más que una vez en la vida.

II

Salióme á los labios una pregunta amarga y cortante; mas á la mitad de la frase, sentimientos de delicadeza me hicieron callar. No dije más que esto:

--¿Y qué me cuentas de tu...?

Ella comprendió que le preguntaba por Fúcar y se puso encendida. Su vergüenza despertó compasión en mí, y corté el concepto en el punto que he dicho. Inmutóse la prójima un rato, y levantándose, dió varias vueltas por la habitación, como si quisiera enterarse de las novedades que había en ella. No quise mortificarla, y seguí la conversación en el terreno en que ella tácitamente la ponía.

--Dime, habrás traído de París maravillas.

--Algunas chucherías, poca cosa --replicó, mirándome otra vez y serenándose--. Ya lo verás. Quiero saber tu opinión. Algo he traído para tí.

--Gracias.

--Si no hay por qué dar gracias. Repito que todo lo he traído para que tú lo veas y digas si es bonito. Siempre que compraba algo, me decía: «¿le gustará esto?» Y cuando se me figuraba que no te había de gustar, ni regalado lo quería.

Empapándome entonces en moral, como esponja sumergida en un cubo de agua, en esa moral de librito de escuela que nos sirve de mucho para echar discursos y de muy poco para regular las acciones, le dije que no se acordara más del santo de mi nombre; que yo no pensaba poner los pies en su casa, etc. Ni un niño acabadito de salir del colegio, con toda la _Doctrina_, el _Juanito_ y el _Fleury_ metidos en la cabeza, se habría expresado mejor.

--Eso lo veremos --replicó Eloísa, en pie delante de mí--. Vamos, no hagas el honradito de comedia. Ven á mi casa, sin malicia, con buen fin, como un amigo, y te enseñaré mis compras de París. No te preparo ninguna emboscada... ¿Conque vendrás? Tú podrás hacer lo que quieras; pero si no vas á verme, vendré yo aquí, te marearé, te perseguiré. ¿Serás capaz de echarme de tu casa?

--¡Quién sabe...!

--¿A que no? Todavía me atrevería yo á apostar una cosa.

--¿Qué?

--Vamos á ver: una apuesta... ¿A que te chiflas otra vez por mí?

--A que no.

--A que sí.

--Apuesto todo lo que quieras.

Ambos nos echamos á reir, y concluyó por besarme la mano, como hacen los chicos con los curas que encuentran en la calle.

--Quedamos en que mañana te mando á Rafael --me dijo, arreglándose la cabeza delante del espejo.

--Sí: tengo muchos deseos de verle.

--Vamos á ver, con franqueza. ¿Qué tal me encuentras?

--Según lo que quieras decir. Distingo.

--Sin distinciones.

--Te encuentro muy francesa --repetí, faltando á la verdad por molestarla.

--¡Dale!... Me enfada eso más que si me dijeras una mala palabra. Si quieres decir la mala palabra, suéltala, ten valor, ponme la cara como un tomate; pero no me insultes con rodeos.

--Como quiera que sea, estás hermosísima --declaré, mostrándome más sensible á sus pruebas de cariño--. Las locuras que yo hice las hacen otros; mejor dicho, otros harán locuras más locas... ¡Qué dramas leo en tu cara, hija, y también tragedias, que ahora están en borrador! Te voy á llamar _Madame Catastrophe_. ¡Pobrecito del que...! En fin, hemos de ver horrores.

--¡Ah! tengo que contarte --dijo, tras una explosión de risa--: tengo que contarte... ¿Sabes que Pepito Trastamara está loco por mí y quiere casarse conmigo?

--Péscale, no seas tonta. Hazte cargo de que tienes por marido á un galguito ó á un _King Charles_. Serás duquesa, y libre como el aire. Pero la cuestión de cuartos creo que no anda bien en esa casa. La Peri está liquidando lo poco que resta. Mucho ojo, Eloísa.

--¿Ves? Sin querer te estás tomando interés por mí; me estás dando consejos --replicó con mucha monería--. Si no puedes, hombre, si no puedes desligarte de mí; si te intereso sin que lo eches de ver... ¿Conque no me conviene Pepito Trastamara...? ¿Y ser duquesa? Pepito heredará al marqués de Armada-Invencible: fíjate en esto.

--También Manolo Armada-Invencible está á la cuarta pregunta. No tienes idea de lo arrancada que anda la aristocracia. Pídele detalles á tu cuñado Cristóbal Medina, que le lleva las cuentas al céntimo.

--Voy creyendo, como mi hermano Raimundo, que aquí no hay más que mil duros, que un día los tiene éste y después el otro...

--Ni más ni menos. Te profetizo que pasarás las de Caín. Hay poco dinero.

--Y muchos á gastar, lo sé.

Seguimos hablando de esto festivamente, riéndonos mucho, y procurando yo esquivar los recuerdos, que á cada paso hacía ella, de nuestros pasados delirios. Por fin se fué, asegurando que nos volveríamos á ver pronto en su casa ó en la mía. Su hermosura, que realmente era para deslumbrar al más pintado, no despertaba en mí sentimiento alguno de cariño; sólo inquietaba mi superficie, dejándome en paz el fondo.

El día siguiente lo pasé muy entretenido con Rafaelito. Era un niño preciosísimo, angelical, que ó nada sabía de travesuras, ó no las hacía delante de mí por el respeto que yo le inspiraba. Su media lengua me encantaba, y su cortedad de genio me le hacía más interesante. Era muy formalito, y se pegaba, se cosía á mi persona, no dejándome á sol ni á sombra. Cuando le sentaba sobre mis rodillas para acariciarle, me pasaba la mano por la cara, tocándome con veneración, cual si quisiera cerciorarse de que yo era una persona viva y no imagen figurada por su deseo. Si entrábamos en conversación, iba soltando por grados su media lengua graciosa, dábame cuenta de los juguetes que tenía y de los que esperaba tener. Su manía entonces eran los globos. Si yo cogía un lápiz en la mano, pedíame que le pintara globos; quería hacerlos con el pañuelo, con un papel, y se le figuraba que la cosa más estupenda del mundo era andar por el aire colgado de una bola que sube. Había visto en París un aeronauta, y tal espectáculo se le estampó en el alma. Hícele varias preguntas capciosas por ver si tenía alguna idea respecto á Fúcar; pero nada pude sacarle: sin duda Eloísa le había mantenido á distancia del marqués, porque el niño sólo tenía nociones confusas de aquel humano globo.

A donde quiera que yo iba por la casa, me seguía Rafael. Se agarraba á mi mano y no quería jugar solo; no se divertía sin mí. En las mesas y credencias de mi gabinete había varios cachivaches de porcelana, entre ellos perritos, gatos, muñecos... Rafael les miraba con cada ojo como un puño; pero no se atrevía á cogerlos, ni siquiera á tocarlos con la yema del dedo índice. Yo le permití que jugara con aquellas baratijas, y él las cogía con más veneración que el sacerdote la Hostia. Cuando yo envolvía en papeles los perros y gatos uno por uno para que se los llevara, la emoción no le dejaba respirar. Al abrazarle, noté que su corazón palpitaba como si se quisiera romper.