Lo prohibido (tomo 2 de 2)

Part 5

Chapter 54,063 wordsPublic domain

Nada, nada, que el dichoso idilio no parecía por ninguna parte, ni en la calma ni en la tempestad. Aquel naufragio de novela con que yo soñaba no quería venir tampoco, y eso que una tarde... Veréis lo que nos pasó. A lo mejor aparecióse por allí un barco de guerra, una de esas carracas que sostenemos y tripulamos con grandes dispendios, para hacernos creer á nosotros mismos que poseemos marina militar. Erase el tal un vapor de ruedas, que tenía en buen tiempo la vertiginosa andadura de cuatro nudos por hora. No servía para nada; pero era novedad estupenda para estos pobres madrileños que nada saben de las cosas del mar. Toda la colonia quiso verlo, y la Concha se llenó de lanchas que iban hacia donde estaba fondeada la _petaca_. Los _gatos_ de Madrid se quedaban con medio palmo de boca abierta, admirando la limpieza y el orden de á bordo, la gallarda arboladura, que no es más que un adorno, la presteza con que los marineros suben como ratones por la jarcia, la comodidad de las cámaras, el reluciente y limpio acero de la artillería, la abundancia de los pañoles de galleta. Era un jubileo. Nosotros fuimos también. ¡Pues no habíamos de ir...! Tomé un bote y nos metimos en él los tres, con más Augusto Miquis, su mujer y su cuñada. Más de una hora estuvimos á bordo, subiendo y bajando escaleras, registrando todo, acompañados de un oficial. Cuando, terminada la visita, volvimos á nuestro bote, nos sucedió un percance. El mar estaba algo picado. Con los balances que hacía el bote al entrar las personas, por poco zozobramos; después el marinero encargado de que aquél arrimara bien á la escala del vapor se descuidó, y la pequeña embarcación, ya llena de gente, metióse debajo de la escala. El vapor entonces, en un balance, dió un fuerte golpe en nuestra proa con el pico de la escala. Fué como si levantara el pie y nos diera una patada. Por pronto que quisimos desatracar no pudimos, y al siguiente balance, el pico de la escala entró en el bote, oprimiéndolo. ¡Que nos hundíamos!... Fué un momento de pánico horrible. Grito de espanto salió de todas las bocas... Nada, que nos íbamos á pique. Un bulto, una mujer estuvo casi dentro del agua por el costado de estribor. Ciego, me incliné para sostenerla. ¿Era Camila? Yo no ví nada: duró aquello lo que un relámpago, y pasóme fugaz por la cabeza la idea de que yo iba á realizar un acto heróico. ¡Confusión, gritos, agua!... La humana forma que sostuve en mi brazo no era Camila, era la cuñadita de Augusto Miquis. Gracias que al echarle mano me agarré al bote con la izquierda, que si no, ¡sabe Dios...! Los brazos de la niña se me pegaron al pescuezo como un pulpo, sofocándome de tal manera que me habría sido muy difícil ser héroe. Quien hizo una verdadera hombrada fué Constantino, que en el momento aquél rapidísimo del peligro, cogió á su mujer, enlazándola con el brazo izquierdo, mientras echaba la zarpa derecha á la escala del vapor. Se necesitaba para esto una agilidad y una fuerza que sólo él tenía. Quedaron ambos suspendidos; y auxiliados por dos marineros del buque, pronto volvieron á nuestro bote. ¡Ni siquiera se habían mojado...! En fin, que todo quedó reducido á unas cuantas magulladuras, remojones y un grandísimo susto. Pero convinimos en que podía haber ocurrido una gran catástrofe. Pronto nos serenamos, y remando hacia el muelle nos pusimos todos de buen humor, y no hacíamos más que recordar los pormenores del lance, relatando cada cual sus impresiones. Camila reventaba de satisfacción. ¡No se había mojado nada! Apenas había cuatro gotas en su vestido. Y refería cómo le cogió el bárbaro con aquella fuerza de Hércules, y cómo se vieron suspendidos un instante á la escala, mientras el bote se iba á lo hondo. En toda la noche no habló mi prima de otra cosa, ni quedó persona conocida en San Sebastián á quien no refiriese el tremendo conflicto, abultándolo con gallardas hipérboles... «El bote parecía tragado por la mar... la escala subía... Constantino la cogió como una pluma y no le dijo más que _agárrate bien_... El vapor se los quería llevar... vió los picos de los palos rayando las nubes... se les fué la vista... el agua verde causaba espanto, haciendo un gargoteo de mil demonios...»

Ya estaba yo arrepentido de haberme metido en aquel pueblo, donde jamás se me arreglaban las cosas para pillar sola á Camila. Si ella hubiera querido, no habrían faltado ocasiones; pero como las esquivaba por todos los medios, de nada me valía que yo las buscase.

Descubrió el manchego una sala de armas en la ciudad vieja, y nos íbamos todos los días allá. El ejercicio de la esgrima debía de ser muy saludable combinado con los baños. Augusto nos acompañaba casi siempre para presenciar nuestros asaltos. Su salvaje hermanito, en quien era necesidad orgánica poner en variadas flexiones y contracciones los poderosos músculos, hacía, antes ó después de tirar al florete, ejercicios gimnásticos de los más rudimentarios. Se subía por una cuerda, se colgaba de una barra, andaba largo rato en cuclillas. Contemplábale yo con la admiración que inspira todo bruto incansable. Quizás mi odio me hacía tenerle por más bruto de lo que era en realidad.

Pero sí: era un gañán, sin género alguno de duda. Si no lo probaran otras cosas, lo probaría su maldita maña de divertirse con los juegos de fuerza ó de manos, que, según dice el refrán, son juegos de villanos. Sí: villanía es dar puñetazos sin venir á cuento, agarrarle á uno la mano y apretársela hasta hacerle dar un grito, cogerle á uno descuidado por la cintura y suspenderle en el aire, con otras gansadas sin maldita la gracia. Tales juegos me cargaban. Yo le decía: «estate quieto, no me busques.» (La confianza en que vivíamos nos había llevado á tutearnos sin saber cómo.) Le tenía ganas: habría gozado mucho dándole un buen porrazo, ya que el matarle no estaba en mis sentimientos ni en las costumbres suaves de la época. A ratos eché yo de menos las edades románticas en que se destripaba á cualquier rival por un quítame allá esas pajas.

Un día concluímos nuestro asalto, yo rendido de fatiga, él tan campante como si nada hubiera hecho. De repente empezó con las gracias villanas que antes mencioné.

--Constantino, que te estés quieto.

Yo estaba nervioso, de muy mal humor, y con ganas de darle una zurra.

--Que no me busques, Constantino; que no quiero bromas...

Pero él dale que dale, tan pesadote que no se le podía aguantar. De improviso, viéndome sobado y golpeado estúpidamente, nació en mí un ardiente apetito de brutalidad; cegué, perdí el tino, no supe lo que me pasaba, y echándole ambas manos á su pescuezo robusto, caímos, rodamos... Él tenía más fuerza muscular que yo; pero el odio, según creo, centuplicó las mías. La verdad es que le tuve un instante acogotado, y gocé ferozmente en la extinción de su aliento. Recordando después aquella escena, heme avergonzado y espantado de que los hombres más pacíficos se conviertan tan fácilmente en fieras.

--Es demasiado --dijo Augusto, que empezaba á alarmarse--. Para juego basta.

Mi fuerza, puramente nerviosa, por lo mismo que fué tan grande, duró poco. El manchego se repuso, y desasiéndose, ganó pronto ventaja. No tardé en estar debajo. Cogióme las manos, sujetándome los brazos con el peso de su cuerpo; dejóme sin movimiento ni respiración, hecho un lío, una momia. ¡Cómo ostentaba su poder ante mi debilidad! Así me tuvo un rato, dueño de mí, mirándome y escarneciéndome como si yo fuera un muñeco con apariencias de hombre.

--Muévete ahora --me decía, apretando más las argollas de hierro de sus dedos.

Y tras esto soltó una carcajada de jayán vencedor, estúpida, mas no rencorosa. Cuando aflojó, yo apenas respiraba. No tenía fuerzas ni para despegarme del cuerpo la camisa. Él continuaba riendo, de un modo franco y leal, que por esta misma cualidad me era más odioso.

--Bromas pesadas --repitió Augusto.

--Eres un bruto, Constantino...

Nos serenamos al fin. Él se reía, y yo disimulaba mi encono, figurando tener también ganas de reirme. Todo había sido chanza, juego, gimnasia de capricho... Declaro que le guardé rencor, y para mí decía con gozosa esperanza: «En el mar nos veremos, gandul.»

Sí: en la mar era yo más fuerte, mucho más, porque nadaba muy bien, y Constantino apenas se mantenía sobre el agua. Siempre nos bañábamos juntos; era yo su maestro: enseñábale á mover los brazos; jugábamos y saltábamos, cabalgando en las olas. Cuando Camila estaba en el baño, hacía yo más, ¡oh! entonces hacía verdaderas proezas. Orgulloso de aquella habilidad que aprendí en la niñez, alumno de la marítima Inglaterra, esperaba á que mi borriquita estuviese presente para irme muy afuera, muy afuera, hasta que ya no podía más. Decíanme todos, al volver, que perdieron de vista mi sombrero de palma, lo que me llenaba de satisfacción. Todas las personas reunidas en la playa estaban con gran ansiedad y corrían murmullos de alarma. A mi triunfal regreso, dando brazadas á las olas y abofeteando la espuma, era recibido con vítores y plácemes. Yo me ponía muy hueco si Camila estaba presente; si no, no. No veía más que á ella, saliendo de su caseta ya vestida, colorada, fresca; y me decía con amable reprensión:

--¡Qué susto nos has dado! Creí que no volvías más. A ver si te dejas de gracias.

Pues un día, el que sucedió á la escena de la sala de armas, nos bañábamos, como siempre, todos á la vez. Entrambos Miquis hacían sus pinitos sobre las olas. Constantino se me montó encima, hundiéndome un rato en el mar. Salí furioso. Había llegado mi ocasión. Cegué otra vez, y agarrándole por el cogote me sumergí con él, diciendo entre dientes:

--Traga agua, perro; trágala.

Un instante nos balanceamos en el agua; dimos contra la arena. Sentí la sacudida hercúlea de mi víctima, que procuraba echarme la zarpa en los apuros de la asfixia. Cuando salí á la superficie, pensé por un momento que Constantino se había ahogado, y sentí terror. Camila, que estaba lejos, empezó á chillar. Pero su marido salió de repente, atontado, pataleteando, escupiendo agua, vomitándola... Su aparición fué acogida con carcajadas por los circunstantes. Yo me reí también, y braceando agujereé una ola. Creí que no me seguiría; pero impávido me siguió, haciendo gestos de ira cómica, la única ira que en él cabía. Y me acometió, saltóme á los hombros, y sus poderosas manos me hundieron á su vez. Dentro del agua, oí una voz que llegaba á mis oídos con esa vibración penetrante con que el mar transmite los sonidos. Camila gritaba:

--Constantino, ahógale.

Estas palabras, rasgando la masa verde y movible del mar, parecían el ras del diamante al cortar el vidrio... Y en verdad que al oirlas tuve miedo, y creí que en efecto me ahogaba. Por suerte, ambos volvimos pronto á la superficie, y nos acogieron las mismas carcajadas de antes. Tuve que reportarme y disimular. Augusto decía:

--Juegos pesados y de mal género, que pueden ser peligrosos.

Camila reía también; pero yo no podía apartar de mi mente aquel _ahógale_, que me parecía dicho con toda el alma: se me quedó dentro de los oídos como cuando nos entra agua en ellos, y no la podemos extraer, ni atenuar la gran molestia que produce. Salí del baño aturdido y con despecho, que no excluía la vergüenza de haber sido tonto y brutal.

Después, al abandonar la caseta, donde permanecí largo rato procurando serenarme, ví á los dos esposos correteando por la playa y recogiendo conchas como dos inocentes. Nunca había estado mi prima tan hermosa. Los baños de mar habían puesto el sello á su robustez gallarda. Hablando de su apetito, lo pintaba con las hipérboles más graciosas. «Se desayunaría con un cabrito si no fuera de mal tono... Sentía que las chuletas no tuvieran izquierda y derecha para comérselas dos veces... Por punto no devoraba una langosta entera.» Su asnito no le iba en zaga en esto. Ambos tenían coloración tostada y encendida, por efecto del sol, del agua de mar y de aquel apetito de la Edad de Oro. Ambos revelaban el apogeo de la salud y del vigor físico, así como el grado culminante de la alegría, que es consecuencia de aquel feliz estado. El indiferente que les veía y les escuchaba no podía menos de alabar á Dios ante una pareja tan bien dispuesta para los goces y los trabajos humanos, ante aquel admirable tronco que arrastraba sin esfuerzo alguno, relinchando de gusto, el carro de la vida.

III

¿Por qué Camila no era mía? Vamos á ver, ¿por qué? Antojábaseme que habría sido el más feliz de los mortales teniéndola por esposa. No me contentaba con robarla al hogar y al tálamo de otro hombre; quería ganármela legítimamente y tomar posesión de ella ante el mundo y ante Dios. Sí: tal era la mujer que me convenía; Camila, sí, y no otra, pues cuando uno se liga á una mujer para toda la vida, es preciso que ésta lleve en su temperamento aquellos raudales de dicha, aquel reir inefable y aquella santa salud. ¡Qué fatalidad, llegar siempre tarde! La interposición del marmolillo de Miquis me parecía una mala pasada de mi destino. ¡Dios me quería mal, me estaba trasteando y _quedándose conmigo_! ¡Cuánto disparate! También pensaba mucho en la primera impresión que me causó la señora de Miquis cuando la conocí. ¿Por qué me fué antipática? ¿Por qué la juzgué tan severamente? ¡Ah! Porque en aquellos días yo era idiota; no me quedaba duda de que era el mayor majadero del mundo, pues la misma equivocación que padecí con Camila la tuve con respecto á Eloísa, á quien estimé adornada de mil virtudes sin adivinar su diabólica pasión por el lujo. ¿Y si después de ganar y poseer á Camila, me salía con un defecto semejante? Porque equivocado una vez, equivocado mil y quinientas... No, no: ésta no tenía ninguna chispa del Infierno dentro de sí, como la otra; ésta era la alegría, alma del mundo; la rectitud guardada en el vaso de la jovialidad... Tenía que ser mía en una forma ú otra, y después era indispensable que el marmolillo reventara ó que se le llevaran los demonios, para legitimar mi victoria.

Faltábame aún ensayar otro idilio, puesto que el piscatorio y el campestre no me habían servido de maldita cosa. Les convidé, pues, á dar un paseo por Bayona y Biarritz. Augusto y su mujer y cuñada vendrían también. Brindéles con un viajecito hasta Burdeos; pero no aceptaron. Mi idea era pasarle á Camila por delante de los ojos las tiendas francesas de novedades, y observar, al menos, qué cara ponía, y si era su ánimo completamente inaccesible á cierto género de tentaciones. Cuando íbamos en ferrocarril camino de la frontera, dije á mi borriquita que se comprara lo que quisiese, un par de abrigos de invierno, tres sombreros, media docena de corbatas, dos ó tres vestidos de alta novedad; en fin, que aprovechara la ocasión surtiéndose para todo el año.

--No me lo digas dos veces --contestaba entre carcajadas--: mira que te arruino.

¡Ojalá que quisiera arruinarme! Con secreta satisfacción observé que el aspecto de las tiendas de Bayona la puso seria, que miraba mucho y con atención profunda, que ella y la mujer de Augusto discutían sobre lo que veían. A ruego mío entraban en algunas tiendas, pero sin escoger nada. Augusto hizo algunas compras insignificantes. Yo intenté hacerlas considerables; pero Camila no quería tomar nada, sino de acuerdo con su manchego, que á cada paso consultaba el portamonedas y hacía cuentas tácitas. No pude conseguir que aceptasen nada de lo que les ofrecí. Para obtener alguna ventaja en este terreno, tuve que hacer un regalo general, obsequiando á cada uno de los que formaban la partida.

--Pero vamos á ver, tonta, ¿por qué no te compras este abrigo...? Yo te adelanto el dinero. Ya me lo pagarás cuando puedas. Constantino, ¿no es verdad?

Constantino decía que nones.

--Y este sombrero... ¿ves qué bonito?

--Vamos, vamos --decía Camila muy seca--. Me carga este pueblo. Esto es una _farsantería_.

--Al menos --insistía yo--, que acepte tu marido este paraguas, y tú... No me desaires. Me enfadaré si no aceptas este _pardessus_.

--Quita allá... Voy á parecer una de esas tías... No quiero, no quiero.

Fuimos á Biarritz y almorzamos en el _Hotel de Embajadores_. Felizmente, Miquis se encontró un amigo que le invitó á jugar una partida de billar en el Casino. Paseamos en tanto los demás por los alrededores de la _Villa Eugenia_, por las playas de los Locos, de los Vascos y por los vericuetos del Puerto Viejo. Augusto y su mujer y cuñada se entretuvieron hablando con una familia conocida. Solo ya con Camila, la llevé por los senderos rocosos de La Chinaougue, cerca del Casino y del Puerto de los Pescadores. ¡Qué gusto verme solo con ella! Aquel ratito me parecía la gloria. Tuve el tacto de no hablarle directamente de amor. Observé en ella cierta indolencia, menos alegría que de ordinario, y una atención particular y compasiva á lo que yo decía, y á las quejas que exhalé sobre mi suerte y la soledad de mi vida. De pronto dijo:

--Estoy en ascuas. Ese individuo con quien ha tropezado Constantino es una mala persona, uno de sus amigotes de Valladolid. Temo que me le pervierta.

Yo le respondí que no se cuidara de su esposo, que era la persona más formal del mundo.

--Ese granuja le invitó á echar una mesa, y temo que me le arrastre al _baccarat_ que hay en el Casino... No creo que mi marido caiga en la tentación. Bien sabe él que le arrancaría las orejas... Me tiene miedo, y no es capaz ni de decirme una mentirijilla. ¡Ah! mi asnito es muy bueno. Y no te creas, cuando se casó conmigo tenía todos los vicios. Jugaba, bebía aguardiente, se estaba todo el día en el café diciendo gansadas, hablaba de sus jefes con poco respeto, contaba los grados que iba á ganar sublevándose, decía mil tontunas, era sucio y ordinariote. Pues ya ves: poco á poco le he ido quitando todos esos vicios. No te creas... unas veces con blandura, otras con porrazos. Un día le hice sangre... porque yo, cuando pego, no reparo... Figúrate que le mandé apartar un baúl, y se escupió las manos para agarrarlo y hacer fuerza. ¡Ay, cómo me puse! ¡me volé...!

Ved mi tontería... Estaba yo embelesado oyéndole estos cuentos de su intimidad doméstica.

--Poquito á poco --prosiguió--. Le he hecho romper con todos sus amigotes. Les he ido degollando uno á uno... Hoy es un niño, un angelón, y me quiere más que cuando nos casamos. Si me preguntas que por qué nos casamos, no te sabré contestar. Nos entró muy fuerte á los dos. Nos vimos por vez primera una tarde que fuí á merendar de campo en el Pardo con las de Muñoz y Nones, y al día siguiente, que era martes, nos hablamos otra vez en el Retiro. El miércoles nos dijimos cuatro sandeces por el ventanillo de casa; el jueves, miraditas en la Comedia; el viernes, carta canta... contestación; el sábado nos volvimos á hablar y juramos morirnos ó casarnos; el domingo quise yo almorzar fósforos, y el lunes entró Constantino en casa con permiso de mamá. Nos casamos contra viento y marea. La mamá de él, doña Piedad, se puso hecha un veneno, y en el Toboso se dijo que yo era una sinvergüenza, que había tenido que ver con muchos hombres. Llegaron hasta decir que... á tí te lo contaré en confianza... que yo había tenido un chiquillo. Ya ves que no me muerdo la lengua. Constantino me ha contado después todas estas tonterías de pueblo, y nos hemos reído. Su madre tenía el proyecto de casarle con una paleta rica, y él dejó todo, palurda y millones, por mí. Ya ves qué mérito tengo. Después mi suegra se ha querido reconciliar conmigo, y yo le he escrito varias cartas. Soy yo muy cuca. ¿Sabes lo que dice ahora? Que tiene ganas de conocerme. Pero yo me estoy dando lustre, y no quiero ir á la Mancha. Iremos más adelante... Y aquí termina la presente historia. Nos queremos como Adán y Eva. Le domino y me tiene dominada. No te creas... si Constantino no hubiera tenido tantos vicios, y no me hubiese yo calentado tanto los cascos para quitárselos, á estas horas nos habríamos tirado los platos á la cabeza.

No quise apartarla de aquel tema, en que tan espontáneamente se explayaba. Los recelos por la tardanza del otro la inquietaron de nuevo. Por fin le vimos aparecer solo dando zancajos.

--¿Has jugado? --le preguntó ella, impaciente.

--Jugar, ¿á qué?

--Al _baccarat_.

--¿Yo?... tú estás loca. Puedes creer que no.

--Lo creo, lo creo --dijo ella, rebosando de confianza--. No hay más que hablar. Pero hazme el favor de no volverte á juntar con ese lipendi. Es un perdido, que no ha tenido una fiera que le dome... Mira, mira qué bonito te has puesto.

--Si es la tiza, mujer; la tiza que se da á los tacos.

--No estás tú mal taco. En cuanto te separas de mí, ya no hay por dónde cogerte.

Augusto y su familia se nos reunieron, y nos volvimos á San Sebastián, ellos contentísimos, yo triste. Pero al día siguiente creí notar en Camila cierta tendencia á pensar demasiado en los vestidos y adornos de mujer que había visto. La esposa de Augusto y ella discutían con desusado calor sobre manteletas, _pardessus_, capotas y faralaes. ¡Si habría hecho el idilio trapístico más efecto que los otros! Porque yo la notaba un poco menos alegre, algo más atenta á cosas de vestir. ¿Se conmovería al fin aquella torre? «Quizás, quizás --pensaba yo--. Al fin tiene que ser de una manera ó de otra. Tú caerás cuando menos lo pienses.»

IV

Pero un día resolvieron marcharse, y con mis ruegos no les pude detener. A Constantino se le acababan los dineros. Dije á mi querida prima que no se apurase por esto y que mi bolsa estaba á su disposición; pero ni por esas. «Tú empeñado en arruinarte, y yo en que has de ser rico. ¡Si al fin tendré que ser tu administradora...!» Ojalá lo fuera. Me causó maravilla verla hacer sus cuentas al céntimo y alambicar las cantidades. Unas veces de memoria, otras con ininteligibles garabatos, presuponía todos sus gastos y se sujetaba á un plan con toda firmeza. Se había vuelto avariciosa, y no se sabe las vueltas que daba á un duro antes de cambiarlo. Se fueron ¡ay de mí! dejándome en espantosa soledad.

De buenas á primeras, encontréme un día con María Juana y su marido, que después de pasar la temporada en San Juan de Luz, se detenían dos semanas en San Sebastián antes de la _rentrée_. Dígolo así, porque noté en la mayor de mis primas cierto prurito de decir las cosas en francés. Habían estado en Lourdes á cumplir una promesa. Rabiaban por tener sucesión, lo que Dios no les quería conceder, sin duda por haber decretado la extinción de _los ordinarios de Medina_ por los siglos de los siglos.

Contra lo que esperaba, María Juana estuvo obsequiosísima conmigo. De confianza en confianza, se aventuró á hablarme de Eloísa, á quien puso cual no digan dueñas. Su conducta la tenía avergonzada. Era un escándalo. Al menos, cuando tuvo la debilidad de quererme, la vergüenza se quedaba en la familia. Y lo peor era que no se sabía á dónde iba á parar su dichosa hermana con aquella vida y su pasión del lujo. Estaba en la pendiente: ¿dónde se detendría? Hablamos luego de la Virgen de Lourdes, de lo bien arreglado que está aquello, de lo conveniente que sería que en España hubiera algo parecido para que no se fuese el dinero de los devotos á Francia, y para que la piedad y el negocio marcharan en perfecto acuerdo. Díjome que en Madrid iba á hacer propaganda para que á la más popular de las Vírgenes se le dedicaran peregrinaciones y jubileos, á fin de llevar dinero á Zaragoza. Había patriotismo ó no lo había. Yo me mostré conforme con todo. Volviendo á Eloísa, dióme pruebas de mayor confianza. Comprendía que una mujer, en momentos de alucinación, faltase á sus deberes por un hombre como yo, de buena figura (movimiento de gratitud en mí); pero no comprendía que hubiera mujer capaz de echarse á pechos (textual) el carcamal asqueroso del marqués de Fúcar, sólo por estar forrado de oro; un adefesio que había sido negrero en Cuba y contrabandista por alto en España, y que, por añadidura, se teñía la barba.

En tanto, Medina estaba afligidísimo. Los sucesos de Badajoz le habían llegado al alma.