Lo prohibido (tomo 2 de 2)

Part 4

Chapter 43,355 wordsPublic domain

--Vendrá, vendrá el señor de Belisario --decía ella encendiendo el alcohol--. Verán ustedes cómo con los baños de mar...

--Eso, eso: los baños de mar.

Para realizar aquel viaje, todo se volvía economías y arreglos.

--Pero si os pago el viaje... dejaos de cálculos --les decía yo.

Constantino se incomodaba cuando yo hablaba de pagar. No quería, por ningún caso.

¡Oh, cien mil veces dichosos! Lo poco que tenían lo disfrutaban y lo gozaban con inefables delicias. El día que recibieron ciertos dineros de doña Piedad, con los cuales contaban para ayuda del veraneo, estaban los dos como locos. Camila se había hecho ya su sombrero de viaje, comprando el casco y los avíos, y armándolo ella misma por un modelo que le prestó Eloísa. El vestido y el _pardessus_ eran desechos de su hermana, arreglados por la misma Camila. Se vestía, ¡ay dolor! aquella imponderable virtud con los despojos del vicio.

Mientras hacían ellos sus preparativos, yo no sabía cómo matar el aburrimiento. Fuí algunos días á la Bolsa y al Bolsín, acompañado de Torres, y me entretuve haciendo operaciones de poca importancia. Consagraba también algunos ratos á mi tío, que estuvo todo el mes de Junio metido en casa, muy aplanado, con cierta propensión al silencio, síntoma funesto en el más grande hablador de la tierra. El pañuelo de hilo no se apartaba de sus ojos húmedos; el continuado suspirar producíale una especie de hipo. Pensando que se había metido en algún mal negocio, le supliqué que se clareara conmigo. No era mal negocio, pues hacía tiempo que estaba mi hombre retirado del trabajo. Ya no podía; le faltaban fuerzas; había dado un bajón muy grande. La causa de su trastorno era el mal de familia, que le atacaba en forma de un fenómeno de _suspensión_. Parecíale que le faltaba suelo, base; que se iba á caer... Pero pronto pasaría, sí... Procuraba vencer el achaque fingiéndose alegre. Sin saber por qué, se me antojó que detrás del síntoma nervioso de la _suspensión_ había otra causa. Estos jaleos espasmódicos suelen provenir de lo que menos se piensa, y lo difícil es descubrir el punto vulnerado y atacar allí el mal. Hablé á mi tío con cariño, incitándole á que tuviera franqueza, espontaneidad. ¡Pobre señor! Se aferraba en su misterio y no quería decirme la verdad. Pero con gancho se la saqué al fin. En una palabra, mi buen tío había tenido pérdidas considerables; no podía veranear, y no sabía de qué fórmula valerse para decir á su esposa: «por este año no hay viaje.» Solicitar de Medina un anticipo era lo natural; mas él no se llevaba bien con su yerno, á causa de una cuestión de que me hablaría más adelante.

--Pero tío, por Dios, ¿es posible que usted se ahogue en tan poca agua? ¡Estando yo aquí...! ¡Ni que fuéramos...!

Todo se arregló, y por la tarde estaba aquel excelente sujeto tan curado de su _ruinera_, como si en su vida la hubiera padecido.

A Raimundo se lo llevaron mis tíos consigo á Asturias, lo que agradecí mucho, pues cargar con aquel apéndice á San Sebastián me habría sabido muy mal. Al partir, me dijo con oficioso misterio que iba decidido á emprender un gran trabajo. Llevaba el plan de una obra, y en el sosiego y frescura de Gijón se pondría á trabajar en ella con ahinco. ¡Ya vería yo, vería el mundo absorto lo que iba á salir! No quiso decirme lo que era para darme la sorpresa _hache_. Francamente, experimenté vivísima satisfacción al perderle de vista.

Pensé marcharme yo también; pero tuve que detenerme una semana más en Madrid, porque acertaron á pasar por la corte dos señoras amigas mías, respetabilísimas, de casta mestiza anglo-hispana, como yo, y á las cuales no podía menos de tratar con las mayores consideraciones. Eran las de Morris, mejor dicho, una de ellas era Morris y Pastor, la otra Pastor y Morris, tía y sobrina, ambas solteronas, distinguidísimas y ricas. La de Morris debía de tener setenta años; pero se conservaba bien: era algo pariente de mi madre, y siempre me hablaba del tiempo en que me había tenido sobre sus rodillas, fajándome, limpiándome los mocos y dándome cucharadas de _maizena_. La Pastor, su sobrina, era más joven: ambas parecían de cera, pulcras como el armiño; sus ojos eran cuatro cuentas azules, enteramente iguales y simétricas. La concordancia de sus miradas y de sus movimientos era tal, que á veces parecía que la una movía las manos de la otra, y que la Morris estornudaba ó tosía con la boca de la Pastor. La tía leía mucho, así en inglés como en español, y tenía sus puntas de literata: trataba á Spencer y á George Elliot. La sobrina pintaba, como pintan las inglesas, haciendo habilidades más bien que obras artísticas, embadurnando placas de porcelana, trozos de papel de arroz, y ahumando platos para rascarlos con un punzón. Sus acuarelas tenían frescura sosa, y siempre expresaba en ellas alguna idea moral. Aunque no pintara más que un riachuelo reflejando un álamo, yo no sé cómo se las componía que siempre salía la moral. Eran ambas las personas más agradables, más buenas, más finas, más delicadas que se podían ver en el mundo.

La cuna de la Morris había sido Gibraltar; la de la Pastor, Jerez. Fueron íntimas de Fernán Caballero, y por ella adoraban á Andalucía. Vivieron mucho tiempo en Londres; pero tuvieron desgracias de familia: se habían quedado casi solas, y su fortuna disminuyó con la quiebra del _Scotland Bank_. Total, que acordaron acabar sus nobles días en la tierra de María Santísima.

Detuviéronse en Madrid para verme, porque la Morris me quería mucho, me besaba como á un niño y lloraba acordándose de mi madre.

--Si me parece que fué ayer cuando naciste... Me acuerdo muy bien. Fué una noche en que hubo muchos truenos y relámpagos. Tu madre se asustó, echóse en la cama y... te tuvo. Paréceme que te estoy viendo ya grandecito, pero no tanto que levantases del suelo más que esta mesa. Eras humilde, delicadito de salud y caprichosillo.

Tuve, pues, que acompañarlas en Madrid, llevarlas al Museo y servirles de cicerone. _Mary_ (la pintora) tenía locos deseos de verlo. ¡Había oído hablar tanto de él! Con muchísimo gusto desempeñé yo aquella noble misión. No me separé de ellas mientras estuvieron en Madrid, y había que verme á mí con mis dos _Pastoras_ (Camila dió en llamarlas así) siempre á remolque, ambas forradas en sus luengos y severos sobretodos de dril, y ostentando en la cabeza unos sombrerotes no muy conformes con lo que por aquí se usa, anchos, ahuecados hacia dentro y con mucha espiga, mucha amapola y otras silvestres florecillas. Camila decía que no podían haber escogido sombreros más propios unas damas que se llamaban las _Pastoras_. Guardéme bien de presentarlas á mi prima, pues de seguro habría oído en boca de personas tan recatadas el terrible _shoking_.

Para darme más que hacer, mis ilustres amigas me rogaron que me hiciera cargo de sus intereses. Tenían ciega confianza en mí. Endosáronme varias letras que traían; ordenáronme cobrar por cuenta suya ciertas sumas en casa de Weissweiller y Baüer, y se fueron. Despedílas en la estación del Mediodía, después de haber telegrafiado á Cádiz para que las fueran á recibir. Ambas lloraban cuando se separaron de mí.

Desempeñados con la mayor prontitud posible los encargos que me dejaron, pensé en salir de este horno. Estábamos á mitad de Julio. Los señores de Miquis no irían á San Sebastián hasta el 10 ó el 12 de Agosto. Los últimos días que ví á Camila estuve tan excitado, tan majadero, que dije muchas tonterías. Pintéle mi desesperación en términos sombríos y románticos, porque me salía de dentro así. Le decía: «me mato, te juro que me mato si no me quieres.» Y ella, riendo al principio, me miraba luego con un poco de lástima, exhortábame á ser razonable, y reía, reía siempre. También ella, en la _edad del pavo_, había querido matarse, y nada menos que con fósforos. ¡Cuánto se había reído de esto después!... ¿Acaso estaba yo en la _edad del pavo_? Seguramente así lo pensaba ella. Por fin vine á comprender que esta táctica era mala, porque no me daba buen resultado. En Camila no aparecían ni ligeros indicios de ser contaminada de mi romanticismo; al contrario, lo repelía, como rechaza el organismo las substancias de imposible asimilación.

La mañana del último día que pasé en Madrid, hablamos Constantino y yo de esgrima, de caza y de caballos. Aquellas conversaciones de _sport_ me entretenían, y á él le entusiasmaban. De repente se me ocurrió decir:

--Cuando volvamos de San Sebastián le voy á regalar á usted un buen caballo de paseo.

Él se puso encarnado y miró á su cara mitad, como miran los niños á sus madres cuando temen que éstas no les han de permitir aceptar un juguete.

--¡Un caballo! --repitió el manchego con éxtasis.

--¿Lo quiere usted andaluz, inglés ó árabe?

--No, si no... ¿pero de verdad?... Usted...

La boca se le hacía agua. Camila le miraba con amor entrañable, y luego se dejó decir:

--Acéptalo, no seas tonto. Si te lo quiere regalar...

--Es que yo me enfadaría si no lo aceptara.

Constantino me dió un abrazo tan apretado, que creí que me ahogaba.

--Puesto que Camila no se opone, que sea andaluz, bravío, de estampa, de mucha cabezada, y que ande así... así...

Remedaba con la cabeza y las manos el empaque de uno de esos caballos petulantes que, cuando andan, parecen estar mirándose en un espejo. Luego imitaba el galope: _tra-ca-trán_, _tra-ca-trán_.

Poco después advertí en Camila sentimientos de la más pura gratitud por mi ofrecimiento del caballo.

--¡Qué bueno eres! --me dijo, dejándose besar las manos, favor que hasta entonces no me había permitido. Y yo dije para mí: «Hola, hola, ¿qué es esto?» Francamente, era para maravillarme. Mil veces le hice ofertas valiosas sin conseguir que me las agradeciera. Habíale dicho: «Camila, te regalaré un hotel, te pondré coche, te pasaré seis mil duros de renta,» y ella ¿cómo me contestaba? Riendo, injuriándome ó tirando aquellas lindas coces de borriquita enojada, que eran mi encanto... En cambio, aceptaba y agradecía obsequios hechos á su marido. ¿Por qué? Ella se atormentaba con la idea fija de comprar un caballo á Constantino; pensaba en esto á todas horas, y tenía una hucha en la cual reunía dinero para aquel fin. ¡Pobrecilla! El regalo del caballo entrañaba una gran conquista para mí, la conquista del tiempo, porque Miquis se iría á pasear en él todas las tardes. Además, Camila se había entusiasmado con mi oferta, se había conmovido... A veces, por donde menos se piensa se abre una brecha. ¿Sería aquélla la brecha de la inexpugnable plaza, la juntura invisible de una cota que parecía milagrosa?... Lo veríamos, lo veríamos. Me marché gozoso á San Sebastián, diciendo para mí: «Lo que es ahora, borriquita, no te escapas.»

XIX

Idilio campestre, piscatorio, nadante, mareante y trapístico. -- Mala sombra de todos los idilios, de cualquier clase que sean.

I

Sin desconocer los encantos de la capital veraniega de las Españas, no me inspiraba simpatías aquel pueblo, que me parecía Madrid trasplantado al Norte. En él, los madrileños no buscan descanso, aire, rusticación, sino el mismo ajetreo de su bulliciosa metrópoli, y los mismos goces urbanos, remojados y refrescados por el agua y brisa cantábricas. Me fastidiaba ver por todas partes las mismas caras de Madrid, la propia vida de paseo y café, los mismos grupos de políticos hablando del tema de siempre. El paseo de la Zurriola, en que dábamos vueltas de noria, me aburría y me mareaba. Si no hubiera sido porque esperaba á Camila, habría echado á correr de aquella tierra. Y como Camila tardaría aún quince días ó más en ir, dime á buscar un entretenimiento para ir conllevando las lentitudes del plantón.

¿A que no aciertan lo que se me ocurrió para pasar el rato? Pues emprender un trabajo que á la vez me entretuviera y aleccionara. Sí: de aquel anhelo de distracción nacieron estas Memorias, que empezadas como pasatiempo, pararon pronto en verdadera lección que me daba á mí mismo. Quise, pues, consignar por escrito todo lo que me había sucedido desde que me establecí en Madrid en Septiembre del 80; y pensarlo y dar principio á la tarea, fué todo uno. Proponíame hacer un esfuerzo de sinceridad y contar todo como realmente era, sin esconder ni disimular lo desfavorable, ni omitir nada, pues así podía ser mi confesión, no sólo provechosa para mí, sino también para los demás, de modo que los reflejos de mi conciencia á mí me iluminaran, y algo de claridad echasen también sobre los que se vieran en situación semejante á la mía. Empecé con bríos: tuve especial empeño en describir las falsas apreciaciones que hice de Eloísa, alucinado por la criminal pasión que me inspiró; dí á conocer el pueril entusiasmo, el desatino con que me representaba todas las cosas, viéndolas distintas de como efectivamente eran; y poco á poco las fuí trayendo á su sér natural, descubriendo su formación íntima conforme los hechos las iban descarnando. Nada se me escapó: describí mi enfermedad, las gracias del niño de Eloísa, la caída de ésta, la casa, los jueves famosos y aborrecidos. Ya entraba á ocuparme de la muerte del bendito Carrillo, cuando llegaron Camila y su marido. Dí carpetazo á mis cuartillas, dejando la continuación del trabajo para otros días. Con la llegada de mis amigos tenía yo distracción de sobra, y materia abundantísima para sentir y pensar más de lo que quisiera.

No he visto persona más dispuesta que Camila á gozar de los encantos lícitos de la vida y á apurarlos hasta el fondo. Su marido le hacía pareja en esto. Ambos tortoleaban en mis barbas, haciéndome rabiar interiormente y exclamar desesperado: «Pero, señor, ¿será posible que yo me muera sin conocer y saborear esta alegría inocente, esta puericia de la edad madura, estos respingos candorosos del amor legitimado y estas zapatetas de la conciencia tranquila, que salta y brinca como los niños?»

Todos los días inventaba yo alguna cosa para que ellos se divirtieran, para divertirme yo si podía y para alcanzar mi objeto. Unas veces era expedición á Pasajes; otras caminata por el campo, excursión en coche á Loyola, pesca en bote, etc... Por todas partes y en todos los terrenos buscaba yo el idilio, y se me figuraba que lo había de encontrar si no estuviera pegado siempre á nosotros aquel odioso monigote de Constantino. Pero su bendita mujer no se divertía sin él, y él era, sin duda, quien daba la nota delirante de la alegría en nuestros paseos. Cuando salíamos al campo, Camila se embriagaba de aire puro y de luz, corría por las praderas como una loca, se tendía en el césped, saltaba zanjas, apaleaba los bardales, hacía pinitos para coger madreselvas, hablaba con todos los labriegos que encontraba, quería que yo me subiera á un árbol á ver si había nidos de pájaros, perseguía mariposas, aplastaba babosas, reunía caracoles para apedrearnos con ellos y se ponía guirnaldas de flores silvestres. He dicho que se embriagaba y es poco. Era más: se emborrachaba, perdía completamente el tino con la irradiación de su dicha. Si la única felicidad verdadera consiste en contemplar felices á los que amamos, yo no debía cambiarme por ningún mortal; pero la felicidad no es tal cosa, y el filósofo que lo dijo debió de ser un majadero de esos que fabrican frases para vendérnoslas por verdades.

Nunca había visto á mi borriquita dar tanto y tanto brinco. En su frenesí llegó á decir, tirándose al suelo: «me dan ganas de comer hierba.» Por su parte Constantino hacía los mismos disparates, acomodándolos á su natural rudo y atlético. Daba vueltas de carnero y saltos mortales, hacía flexiones y planchas en la rama de un roble, andaba con las palmas de las manos, cantaba á gritos, relinchaba. Ambos concluían por abrazarse en medio del campo, y jurarse amor eterno ante el altar azul del cielo.

Cuando iba con nosotros Augusto Miquis, éste y yo filosofábamos mientras los otros se hacían caricias, ó nos reíamos de ellos; pero yo rabiaba.

Nuestros recreos marítimos no eran menos deliciosos para aquella pareja de enamorados, que más parecían niños que personas mayores. Nos embarcábamos en segura y cómoda lancha, y emprendíamos nuestra pesca. La primera paletada de remos era una declaración de guerra sin cuartel á toda alimaña habitante en la mar salada. Un marinerillo nos ponía la carnada en los anzuelos para no ensuciarnos las manos. ¡Qué ansiedades las de los primeros momentos, cuando los aparejos entraban en el agua! ¿Habría ó no habría pesca en aquel sitio? ¿Sería mejor ir más allá, donde no hubiera tantas algas? Por fin nos fijábamos, y aquí de las emociones. ¿Quién sería el primero que sacaría algo? En nada como en esto se manifiesta el humano egoísmo. Ninguno quiere ser el segundo. Yo, sin embargo, deseaba que fuese Camila la preferida del destino para gozar viendo su triunfo y los extremos que hacía.

--Cómo pican, cómo pican...

Pero muchas veces picaban y se iban, llevándose el cebo. Es que en las profundidades hay mucha pillería, y van aprendiendo, sí. Camila se impacientaba, estaba nerviosa: cuando sentía picar tiraba con tanta fuerza, que el pez se largaba dejándola chasqueada. Entonces á la pescadora se le iba la lengua, y se le ponía la cara encendida, los ojos echando lumbre. Pero si al fin, al tirar de la cuerda, sentía peso y estremecimiento, ¡María Santísima, qué alboroto, qué gritos! Su imaginación le abultaba la pesca.

--Es grandísimo... ¡cómo pesa...! Es una merluza lo que traigo. Mirad, mirad.

Por fin brillaba el agua con fulgores de plata, y salía un triste pancho enganchado por la mandíbula. El botín de julias, porredanas, cabras, monjas y chaparrudos aumentaba, y los íbamos echando en un balde, donde su horrible agonía les hacía dar saltos repentinos. Poníase mi prima febril cuando pasaba mucho tiempo sin pescar nada; nos hacía variar de sitio, cambiaba de aparejo, lo metía y lo sacaba, sacudiéndolo. Insultaba á los peces invisibles que no querían picar, llamándoles _tísicos_, _petroleros_, _carcundas_, y no sé cuánto disparate más. Cuando sacábamos algún pancho muy pequeño, un tierno infante que había sido robado por el anzuelo al volver del colegio, Camila imploraba la clemencia de todos los expedicionarios, y, reunidos en consejo, votábamos unánimemente que se le diera libertad. Ella misma le sacaba el anzuelo, procurando no lastimarle, y devolvía el pez al agua, riéndose mucho de la prontitud y del meneo con que el muy pillo se iba á lo profundo.

--Este ya va enseñado --decía--. No se dejará coger otra vez.

¡Qué horas tan dulces para todos, porque yo también me divertía, y además el contento de aquellos seres se me comunicaba, reflejándose en mi alma! Pero por más vueltas que daba, la tostada del idilio no parecía para mí. Apenas pude deslizar en el oído de Camila alguna palabra, frase ó símil de la pesca aplicado á mi situación y á mis pretensiones. Ella se hacía la desentendida y aprovechaba las ocasiones para hacerme cualquier perrería, como salpicarme de agua, pasarme por la cara la barriga viscosa ó el cerro punzante de algún pez.

Mi fantasía enferma, mi contrariada pasión buscaban refugio en la idealidad. Lo que los hechos reales me negaban, asimilábamelo yo con el pensamiento. En otra forma, yo era también chiquillo como ellos. Dí en pensar que la mar traidora nos podía jugar repentinamente una mala pasada. La embarcación se anegaba, se hundía. ¡Naufragio! En este caso yo, que sabía nadar muy bien, salvaba á mi heroína, disputándola á las olas y á la horrorosa muerte... Vamos, que el triunfito no era malo. ¡Y qué placer tan grande! Dominado por esta idea, una tarde que se levantó un poco de Noroeste y que volvíamos á la vela, dando unos tumbos muy regulares, le dije, señalando las imponentes masas de agua verdosa:

--Oye, borriquita: si se nos volcara la lancha y te cayeras al agua... ¿no te aterra pensar que te ahogarías?

--¿Yo? No tengo miedo --me respondió serena, contemplando las olas--. Al contrario, me gustaría que se levantara ahora una tempestad de padre y muy señor mío. Quiero ver eso...

--¿Y si te cayeras al agua?

--No me ahogaría.

--Claro que no, porque te sacaría yo, con riesgo de mi propia vida.

--¡Qué me habías de sacar, hombre! Me sacaría Constantino. ¿No es verdad, asno de mi corazón, que me salvarías tú?

--Si éste apenas sabe nadar...

--¡Que me sacaría, digo; que me sacaría, vaya! --gritaba con fe ciega.

II