Part 3
Yo no había oído nada, no lo _sabía_, en el rigor de la palabra; pero lo sospechaba: tenía de ello un presagio muy vivo, equivalente en mi espíritu á la certidumbre del suceso. Entróme entonces fuerte curiosidad de saber más, y fingiendo estar enterado de lo esencial, hice por sacarle más concretos informes.
--Esto no lo sabemos todavía en Madrid más que los íntimos, usted, yo, dos ó tres más --añadió--; pero cundirá pronto, cundirá. Hasta ayer tenía yo mis dudas. Lo sospechaba por ciertos síntomas. Como no me gusta que me escarben dentro las dudas, me fuí á ver á Fúcar... Yo soy así: me agrada beber en los manantiales. Encaréme con él y le puse los puntos sobre las _íes_. «A ver, don Pedro, ¿es cierto esto?» Él se echó á reir, y me dijo que como las cosas caen del lado á que se inclinan... En fin, que hay tales carneros. No crea usted: Fúcar, en su depravación, es hombre muy práctico. Me dijo que no piensa hacer locuras más que hasta cierto punto; que gastará con su cuenta y razón; en una palabra, que va muy prevenido, por conocer las mañas de la prójima.
Irritóme que aquel tipo hablara de Eloísa con tanta desconsideración. Sospechando por un instante que la calumniaba, pensé poner correctivo á la calumnia; pero algo clamaba dentro de mí apoyando el aserto, y me callé. Era verdad, era verdad. La tremenda lógica de la fragilidad humana lo escribía en letras de fuego en mi cerebro. Lo que me causaba extrañeza era sentirme contrariado, lastimado, herido por la noticia. ¿Qué me importaba á mí la conducta de aquella _prójima_, si yo no la quería ya...? No sé si era despecho, ó injuria del amor propio, lo que yo sentía; pero fuera lo que fuese, me mortificaba bastante. Al propio tiempo, me dolía ver en el camino de la degradación á la que me fué tan cara, y alguna parte debieron tener también en mi pena los remordimientos por haberla puesto yo en semejante sendero.
Pero disimulé y supe afectar indiferencia ó el interés superficial que es propio, entre caballeros, de las relaciones mujeriles entabladas por la tarde, á la mañana rotas. Creo que me reí, que declaré no tener con ella ya ningún trato; y el maldito _Saca-mantecas_ se entusiasmó tanto con esto hacia la mitad próximamente del almuerzo, que dijo más, mucho más... Su lengua era como el hierro afilado de un cepillo de carpintero, y pasando por sobre mí me sacaba virutas de carne del corazón.
--Es monísima, pero no se harta nunca de dinero. Como usted no va allá por las noches, no sabe que ha puesto mesas de monte. La otra noche decía con terror: «Si José María viera esto, me pegaría.» Los tresillistas le teníamos un miedo de mil demonios. Pregúntele usted á Cícero y á Carlos Chapa. Es de las que dicen: «Cobra y no pagues, que somos mortales...»
¡Qué trabajo me costó disimular mi rabia! Pero con cabezadas, ya que no con palabras, daba yo á entender que todo lo sabía, que todo aquello era historia vieja.
--Es monísima --volvió á decir el _Saca-mantecas_ echando una ojeada á las paredes por ver si hallaba un espejo en que mirarse...-- pero ¡ay del que caiga en sus garras!... Cuando está tronada, se queja mucho de tener la pluma en la garganta. Sí, querido, sí: en ciertas mujeres esos estados nerviosos no son más que anemia de bolsillo... Al principio me pareció que la consabida no era como todas. Pero sí, querido, sí: es como todas. Gracias que lo tomamos con calma, y nos quedamos tan frescos cuando un Fúcar nos desbanca.
El miserable, en su vanidad ridícula, quería presentarse también como víctima. Se preciaba de haber recibido favores de Eloísa; pero esto era una falsedad, de que yo no tenía, no podía tener duda alguna. Aquélla era la ocasión de haberle soltado cuatro frescas; pero si lo hubiera hecho, habría entregado la carta y denunciado mi despecho. Preferí contenerme con violentísimos esfuerzos, y dejarme cepillar, cepillar.
--No he conocido mujer de más imaginación --prosiguió-- para discurrir modos de gastar. Ella es persona de gusto, eso sí, querido, sí... pero con nada se conforma. La otra noche le alabamos su casa, ¡y nos puso una carita de ascos!... Se lamentó de no tener más que porquerías; de que todos sus muebles, sus porcelanas y bronces son industriales; de que se encuentran idénticos en todas las tiendas y en las casas de Fulano y Zutano; de que no posee cosas de verdadero mérito ni de verdadero _chic_. «Este lujo, _al alcance de todas las fortunas_ --nos dijo--, me carga; esto de que no pueda usted tener nada que no tengan los demás, me aburre. A veces me dan ganas de coger un palo y empezar á romper cacharros...» Le ponderamos sus cuadros modernos... ¡Pero si se cansa de todo!... Tiene la pretensión de vender estos lienzos para comprar Velázquez y Rembrandts. Hipa por lo grande esta prójima. Cuando se pone triste, dice: «Aquí no hay más que pobretería, imitación.» En fin, que quiere más, más todavía. Siempre que se habla de casas, para ella no hay más que la de Fernán-Núñez. Es su ilusión. Asegura que se pone mala cuando la ve, y que sueña con tener aquella estufa, el Otelo, las latanias plantadas en el suelo, la escalera de nogal, la galería, los cuadros y tapices, la montura de Almanzor y la _Flora_ de Casado. Patrañas, querido. Estas mujeres son el diablo con nervios. A nosotros no nos cogen ya, ¿verdad? Somos perros viejos. ¡Qué Madrid éste! Todo es una figuración. Vaya usted entre bastidores si quiere ver cosas buenas. La mayoría de las casas en que dan fiestas están devoradas por los prestamistas. En otras no se come más que el día en que hay convidados. Los cocineros son los que hacen su agosto. Un detalle que sé por M. Petit: el cocinero de Eloísa, en el tiempo de los célebres jueves, sacó más de seis mil duros. Se ha establecido. Ha tomado la fonda de los baños de Guetaria. ¡Así prospera la industria! En cambio, cuando usted implantó las economías en casa de Carrillo, los criados se marcharon porque no les daban de comer.
--Eso sí que es falso --dije, sin poderme contener--. ¡Hambre! eso no lo ha habido allí nunca.
--Perdone usted, querido --replicó muy serio--: me lo ha contado Quiquina.
--¿Esa italiana...?
--Una mujer deliciosa... Cuando la despidió Eloísa, se fué con la Peri... ¿Sabe usted quién es la Peri? Esa que Pepito Trastamara recogió en Eslava. Mujer hermosísima, pero muy animal. Trastamara la llevó á París para desasnarla; pero ¡quiá! Siempre tan cerril. Dice que le gustan los _merecotones_ en vino. Dice también que su padre murió de una _heroísma_. Come con los dedos, y hace mil groserías. Pero Pepito y sus amigotes están muy entusiasmados con ella, y sostienen que es la primera _medio-mundana_ que hemos tenido. Se precian ellos de la incubación del tipo. La verdad es que son unos pobres mamarrachos. Yo me divierto con ellos. Pues bien: Quiquina se refugió en casa de la Peri. Allí nos ha contado intimidades de Eloísa... No, no ponga usted cara feroz; no ha sido nada de infidelidades. Cosas de los apurillos de la señora, de sus trazas para procurarse dinero. A Quiquina le hizo sacar del Monte sus ahorros, y aún no se los ha devuelto. Nos hablaba también del pobre Carrillo, ¡que le quería á usted tanto!; de las carantoñas que le hacía su mujer, con otros mil detalles graciosos.
Yo no podía aguantar más. Aquello colmaba el vaso. Las confidencias del _Saca-mantecas_ me revolvían de tal modo el estómago, que poco me faltaba para vomitar el almuerzo. Supliquéle que variara de conversación, y él se echó á reir. Empecé á encolerizarme; se me subió la mostaza á la nariz... Por fortuna entró Jacinto María Villalonga, y se volvió la hoja. Los tres debíamos ir juntos al Ministerio de Fomento, y tomamos café á prisa.
II
Y en la Trinidad, ocupándome de lo que no me importaba, no podía apartar de mi mente las virutas que me había sacado aquel cepillador, las cuales subían enroscándose desde mi corazón á mi cerebro. Lo que íbamos á solicitar era que el Ministerio le comprara al _Saca-mantecas_ unos papeles ó pergaminos viejos que, al decir de un informe académico, interesaban grandemente á la historia patria. Con estos auxilios oficiales trampeaba mi amigo. Tiempo hacía que chupaba del Estado en una ú otra forma, ya so color de comisiones en el extranjero, para estudiar cualquier cosa de que él entendía tanto como de afeitar ranas, ya con el aquél de las excavaciones arqueológicas que se hacían en una finca suya, allá por donde Cristo dió las tres voces.
El Ministro nos recibió á los tres con toda la cordialidad de su temperamento andaluz y maleante. Era un hombre de palabras flamencas y de pensamientos elevados, iniciador de más osadía que perseverancia. Aquel día estaba de buenas. Después de ponerse á nuestras órdenes, añadiendo que nos daría el copón si se lo pedíamos, llevóme aparte y me dijo mil perrerías. Yo era un acá y un allá. Cuando se desvergonzaba en broma, me parecía un gran talento que necesita abonarse constantemente, con palabras estercolosas, todas las materias de lenguaje en descomposición que manchan, apestan y fecundan. Por fin, en términos comedidos, me reprendió amistosamente por mi apatía política. Yo no me cuidaba de nada; no hacía caso de las quejas de mis electores, y éstos tenían que valerse de otros diputados para impetrar el favor oficial. Yo era, en suma, un padrastro de la patria. Contestéle que dejaría gustoso un cargo que me aburría soberanamente. Insistí mucho en esto de mi fastidio político; pero durante aquella misma conversación, en que intervino también Villalonga, se posesionó de mí una idea. Quizás me convenía variar de conducta, mirar á la política con ojos más amantes, pues con ayuda de este útil instrumento, podía ir reparando mi agrietada fortuna. Salí de la Trinidad, dejando al _Saca-mantecas_ con Villalonga en la habilitación. Deseaba averiguar á todo trance por qué capítulo cobraría, y cuándo le daban el libramiento, pues le hacía mucha falta.
Lo mismo fué verme solo en la calle, que volver á pensar en Eloísa. Las virutas se enroscaban más... No sé si aquella mujer me inspiraba compasión tan sólo, ó un sentimiento de despecho y envidia, que podría considerarse como reincidencia de la antigua pasión. Lo que me había dicho el _Saca-mantecas_ me hería en lo vivo, y ansiaba tener la evidencia de ello. Al instante me acordé de Evaristo, mi criado antiguo, aquel perro fiel que yo había colocado en casa de Carrillo. Hícele venir á mi casa, y me contó cosas que me sacaron los colores á la cara. Tuve que mandarle callar. Cuando me quedé solo, estaba nerviosísimo, me zumbaban horriblemente los oídos. Pasé una noche muy aburrida, porque Camila y su esposo fueron al teatro, y no tuve con quién entretener la velada. Me cansaba el teatro, me fastidiaba la sociedad. «Mañana --pensé--, ó voy á casa de esa... á decirle cuatro cosas, ó reviento.» No tenía derecho á pedirle cuentas de su conducta; pero se las pedía porque sí, porque me daba la gana, porque aquel Fúcar se me había atragantado, y eso de que bebiera en la copa que yo bebí me sacaba de quicio. Mi egoísmo había de resollar por alguna parte para que no estallara dentro. «La voy á poner buena --pensaba--. ¡Venderse por dinero! Es una ignominia en la familia que no debo consentir.»
Fuí por la tarde. Estaba furioso, deseando llegar para desahogar mi ira. ¿Qué cara pondría delante de mí? ¿Se disculparía?... Quedéme frío al entrar, cuando advertí cierta soledad en la casa. El mismo Evaristo fué quien me dijo:
--La señora ha salido para Francia en el expreso de las cinco de la tarde.
¡Ah, miserable! Huía de mí, de mi severa corrección, de la voz que le iba á ajustar las cuentas por su liviandad y por haber pisoteado el honor de la familia. ¡Qué vergüenza!... ¡y yo qué necio!
A la tarde siguiente bajé á la estación á despedir á la familia de Severiano Rodríguez, y me encontré á Fúcar que se acomodaba en un departamento del _sleeping-car_.
--Hola, traviatito --me dijo abrazándome--. ¿Manda usted algo para París?
--Que usted se divierta --le respondí, afectando, no sólo serenidad, sino contento hasta donde me fué posible.
Algo más hablé, dándole á entender que no me inspiraba envidia, sino compasión, y nos despedimos hasta la vuelta.
--Yo no pienso salir de España --añadí--. No quiero hacer gastos. Necesito tapar ciertas brechas y reedificar ciertas ruinas...
Y como él se riera, concluí con esto:
--Los convalecientes compadecemos á los enfermos... Adiós, adiós... Deje usted mandado... Divertirse.
III
Cuando Camila me dijo: «nosotros no tenemos dinero para veranear y nos quedamos en Madrid,» sentí una gran aflicción. ¿De qué trazas me valdría para costearles el viaje y llevármeles conmigo? Dije sencillamente á mi prima:
--Tú no has estado nunca en París: ¿quieres ir á dar un vistazo?
Pero se escandalizó de mi proposición echándome mil injurias graciosas. Yo estaba dispuesto á pagarles el viaje á San Sebastián ó á donde quisieran, y con más gusto lo habría hecho llevándomela á ella sola; pero como no había medio de separarla del antipático apéndice de su maridillo, les invité á los dos.
--Gracias --me dijo Constantino--. Si mi mamá Piedad me manda lo que me ha prometido, nos iremos unos días á San Sebastián ó á Santander en el tren de recreo.
--¡En el tren de recreo! ¿Pero estáis locos?
--Sí: en el tren de botijos --afirmó Camila batiendo palmas--. Así nos divertiremos más. ¿Qué importa la molestia? Tenemos salud. La mujer de Augusto vendrá también.
--¡Qué cosas se os ocurren! Iréis como sardinas en banasta. Eres una cursi...
--Dí que somos pobres.
--Vaya... Me han ofrecido habitaciones en una magnífica casa en San Sebastián. Viviremos todos juntos en ella. Id en el tren que queráis, aunque sea en un tren de mercancías.
Yo me regocijaba secretamente con la perspectiva de aquel viaje. «Allí caerás --pensé--; no tienes más remedio que caer.»
A la noche siguiente, el tontín de Constantino entró diciendo que irían á Pozuelo, lo que desconcertó mis planes. Marido y mujer discutieron, y yo combatí el proyecto con calor y hasta con elocuencia. Por fin apelé á las aficiones taurómacas de Miquis, hablándole de las corridas de San Sebastián. ¡Ya vería él qué toros, qué animación! Vaciló, cayó al fin en la red. Quedó, pues, concertado el viaje; pero ellos no podían ir hasta Agosto, y yo, muerto de impaciencia, agobiado por los calores de Madrid, tuve que estarme en la villa todo el mes de Junio, viendo defraudados cada día mis ardientes anhelos. Aquella dichosa mujer era una enviada de Satanás para martirizarme y conducirme á la perdición. Como el badulaque de Constantino seguía de reemplazo, casi nunca salía de la casa. Las pocas veces que encontraba sola á Camila, convertíase para mí en una verdadera ortiga: no se dejaba tocar, suspiraba por su marido ausente y acababa de helarme hablándome de aquel Belisario que no venía, que no quería venir, que se empeñaba en seguir en la mente de Dios.
--Si no vas á tener más chiquillos... --decíale yo--; y da gracias á Dios para que no se perpetúe la raza de ese animal manchego.
Al oir esto me pegaba con lo que quiera que tuviese en la mano. Y no se crea... pegaba fuerte: tenía la mano pronta y dura. Me hizo un cardenal en la muñeca que me dolió muchos días.
--Si sigues haciéndome el amor --me chilló una tarde--, le canto todo al manchego para que te sacuda. Puede más que tú.
--Sí, ya sé que es un peón. Pero ven acá, ¿cómo es posible que le quieras tanto? ¿Qué hallas en él que te enamore?
--¡Qué risa!... que es mi marido, que me quiere... Y tú no vienes más que á divertirte conmigo y á hacer de mí una mujer mala.
Y no había medio de sacarla de este orden de argumentos. «¡Que me quiere, que es mi marido!»
Un día, que la encontré sola, llegóse á mí con cierta oficiosidad, y dándome un billete de quinientas pesetas, me dijo:
--Ahí tienes lo que me prestaste. Puede que ya no te acuerdes.
--En efecto, ya no me acordaba. Chica, no me avergüences... Guarda esa porquería de billete, y perdonada la deuda. Por algo somos primos.
--No, no quiero tu dinero. He pasado mil apuritos para reunirlo, y ahí lo tienes. Antes te lo pensaba dar; pero tuve que renovar el abono de la barrera de Constantino... ¡Pobrecito mío! ¡Cuánto he penado porque no se prive de la diversión que más le gusta! Para esto he tenido que dejar de comprarme algunas cosillas que me hacían falta, y no comer postre en muchos días. Me habrás oído decir que no tenía gana. Ganitas no me faltaban. Pero es preciso economizar. ¡Economizar! ¡Qué cosa más cargante! Discurre por aquí, discurre por allá; aquí pongo, aquí quito... Créete que me hacía cosquillas el cerebro... Pero todo se aprende con voluntad... Conque ahí tienes tus cuartos, y gracias.
--Que no lo tomo. Quita allá.
--Te echaré de mi casa.
--No me marcharé... Mira, ya me devolverás los dos mil reales cuando estés más desahogada. Debes suponer que no me hacen falta.
--Eso, ¿á mí qué?...
¡Pobrecilla! Toda mi terquedad fué inútil. Tan pesada se puso, que no tuve más remedio que tomar el dinero, temeroso de que se enojara de veras.
--Bien --le dije--, guardo el billete; pero lo guardo para tí. Soy tu caja de ahorros. Esto y todo lo que necesites está á tu disposición. No tienes más que abrir esa bocaza y... enseñarme esos dientazos tan feos... Todo lo que poseo es para tí, para tí sola, gitana negra, loba.
Lo dije con tanto ardor alargando mis manos hacia ella, que me tuvo miedo y de un salto se puso al otro lado de la mesa.
--Si no te callas, tísico pasado --gritó--, te tiro este plato á la cabeza. Mira que te lo tiro...
--Tíralo y descalábrame --le contesté fuera de mí--; pero descalabrado y chorreando sangre te diré que te idolatro; que todo lo que poseo es para tí, para esa bocaza, para la lumbre que tienes en esos ojos; todo para tí, fiera con más alma que Dios.
Sus carcajadas me desconcertaron. Se reía de mi entusiasmo poniéndolo en solfa y apabullándome con estas palabras:
--Sí, para tí estaba. ¿Ves esta bocaza? No beberás en este jarro. ¿Ves estos faroles? (los ojos). Otro se encandila con ellos. Emborráchate tú con las tías de las calles, perdido. ¿Ves este cuerpecito? Es para que nazcan de él los hijos que voy á tener, para agasajarlos, para darles de mamar. ¡Y rabia, rabia, rabia... y púdrete y requémate!
Constantino entró. Su aborrecida cara me trajo á la realidad. Le habría dado de palos hasta matarle. Pero en mis secretos berrinches, decía siempre para mí con invariable constancia: «Caerá, caerá; no tiene más remedio que caer.»
Otro día les hallé retozando con libertad enteramente pastoril. Ella, que tenía calor hasta en invierno, estaba vestida á la griega. Él andaba por allí con babuchas turcas, en mangas de camisa, alegre, respirando salud. Ambos se me representaban como la misma inocencia. Parecía aquello la Edad de Oro, ó las sociedades primitivas. Camila se bañaba una ó dos veces al día. Era fanática por el agua fresca, y salía del baño más ágil, más colorada, más hermosa y gitana. Él no era tan aficionado á las abluciones; pero su mujer, unas veces con suavidad, otras con rigor, le inculcaba sus preceptos higiénicos, asimilándole al modo de ser de ella. ¡Una mañana presencié la escena más graciosa!... Me reí de veras. Mi prima, vestida como una ninfa, daba á su marido una lección de hidroterapia. Desnudo de medio cuerpo arriba, mostrando aquella potente musculatura de gladiador, estaba Miquis de rodillas, inclinado delante de una gran bañera de latón. Su actitud era la del reo que se inclina ante el tajo en que le han de cortar la cabeza. El verdugo era ella, toda remangada, con la falda cogida y sujeta entre las piernas para mojarse lo menos posible. El hacha que esgrimía era una regadera. Pero había que oirles. Ella: «restriégate, cochino; frótate bien; toma el jabón.» Él: «socorro, que me mata esta perra; que me hielo; que se me sube la sangre á la cabeza.» Ella: «lo que se te sube es la mugre; ráspate bien, hasta que te despellejes. Grandísimo gorrino, lávate bien las orejas, que parecen... no sé qué.» Y no teniendo paciencia para aguardar á que él lo hiciese, soltaba la regadera, y con sus flexibles dedos le lavaba el pabellón auricular con tanta fuerza como si estuviera lavando una cosa muerta. «Que me duele, mujer...» «Lo que duele es la porquería,» respondía ella pegándole un sopapo. Parecía meterle los dedos hasta el cerebro.
Después le frotaba con jabón la cabeza, la cara, el pescuezo, y él, apretando los párpados cubiertos de jabón, gritaba como los chiquillos: «¡No más, no más!...» En seguida volvía Camila á tomar la regadera y á dejar caer la lluvia, y él á pedir socorro y á echar ternos y maldiciones. El agua invadía toda la habitación. Se formaban lagos y ríos que venían corriendo en busca de los pies de los que presenciábamos la escena (mi tía Pilar y yo). Era preciso andar á saltos.
--Hija --dijo mi tía--, vas á inundar el piso y á pudrir las maderas. Mira qué cara pone éste, porque le estropeas su casa.
--Para eso la pago.
Y salía sin esquivar los charcos, metiendo los pies en el agua. Llevaba zapatillas de baño, de esparto, bordadas con cintas de colores; pero á lo mejor se le caían, y seguía descalza, como si tal cosa, sobre los fríos ladrillos.
Su mamá se reía como yo. Díjome después:
--Es increíble cómo esta cabeza de chorlito ha transformado á su marido. En esto del aseo, ha hecho una verdadera doma. Era Constantino uno de los hombres más puercos que se podían ver. ¡Qué manos, qué orejas, qué cogote! Y míralo ahora. Da gusto estar á su lado. Parece un acero de limpio. Verdad que mi hija se toma todas las mañanas el trabajo de lavarle como lavaba al Currí, cuando tenían perros en la casa.
Poco después, Camila se presentó más vestida. Miquis llegó al comedor, colorado, frescote, con los pelos tiesos, riendo como un niño grande y abrochándose los botones de la camisa.
--Estas lejías no las aguanta nadie más que yo... ¿Ha visto usted qué hiena es mi mujer?
Corría Camila á hacer el almuerzo, pues estaban sin criada, pienso que por economizar.
--Patrona, que tengo gana... que le como á usted un codo si no me trae pronto el rancho.
Y sentíamos rumor de fritangas en la cocina, y estrellamiento y batir de huevos.
--Ahora --me dijo Miquis con beatitud--, nos pasamos con una tortillita y café. Hemos suprimido la carne como artículo de lujo. Y tan ricamente... A todo se _jace_ uno. Esta Camila es el mismo demonio. ¿Pues no dice que va á reunir dinero para comprarme un caballo?... ¡No sé qué me da de sólo pensarlo!... ¿Será capaz?...
Miré á Constantino y advertí en su rostro una emoción particular. O yo no entendía de rostros humanos, ó se humedecían con lágrimas sus ojos. «Dios mío, Dios mío --pensé en un paroxismo de aflicción--, ¿por qué no he de poseer yo una felicidad semejante á la de este par de fieras?»
IV
--Aquí tienes el pienso --dijo Camila trayendo la tortilla de jamón--. Esto de ser á un tiempo ayuda de cámara del señorito, señora y doncella de la señora, cocinera y criada es cargante, ¿verdad? ¡Ay! quién fuera rica, para estar todo el día abanicándome en mi butaca.
¡Y qué apetito, Dios inmortal! Los dos lo tenían bueno, y á mí se me iban los ojos tras los pedazos que metían en la boca. Observé que ella se reservaba para que á él le tocase más de la mitad de la tortilla. Él también, dirélo en honor suyo, porque es verdad, fingía estar harto para que á su mujer le tocase más. Por fin quedaba un pedazo que ninguno de los dos quería tomar.
--Para tí, hija...
--No: para tí, nenito.
--Vamos --decía yo--, no se sabe cuál de los dos tiene más gana. Echar suertes... No, yo decidiré. Que se lo coma la hiena.
Y echándose á reir, se lo comía, y él se mostraba más feliz. Hacían el café en una maquinilla rusa. Al mismo tiempo devoraban pan á discreción y queso manchego, de que tenían repuesto abundante. Sin saber cómo, la conversación iba rodando á las esperanzas de prole. ¡Oh! Belisario vendría. Hacían proyectos contando con él, como si lo tuvieran allí en una silla alta, con su babero al pescuezo.