Part 21
--¡Pobrecillos... ángeles de Dios... niños de mi corazón!... --exclamé rompiendo á hablar, aunque de una manera estropajosa--. Te juro que van á ser mis herederos... Para ellos, sí, todo lo que se salve del naufragio... Pero mira tú: si se puede arreglar de otro modo, no admitas las ofertas de esos pedazos de mi alma...
--Eso lo veremos. Difícil será el arreglo, si cada cual no viene con su _glóbulo_, como dice mi ilustre amigo, el sabio entre los sabios, don Isidro Barragán.
Y el propio Constantino, que poco después se presentó, no quiso admitir mis expresiones de agradecimiento, transmitidas por el lápiz y por los exagerados mohínes de mi cara. Lo que hacían por mí hacíanlo de buena voluntad. Cierto que yo les había perjudicado con mis malas intenciones; pero marido y mujer, en presencia de mi situación lastimosa, me habían perdonado de todo corazón. La noche de mi ataque, cuando subí y llamé á la puerta, hallábase él tan irritado con mi pesadez, que en un tris estuvo que saliera y nos pegáramos en la escalera. Cuando me sintieron caer, asustáronse mucho. Uno y otro pensaron que yo me moría aquella noche, y les acometió remordimiento de conciencia y estuvieron muy intranquilos hasta el día siguiente. Dios había querido que yo viviese; mas á ellos toda la ojeriza que me tenían se les disipó al verme como me veían. Camila y él hablaron de perdonarme. Ambos lo propusieron, y simultáneamente se felicitaban de este cristiano pensamiento.
--Nos ha dañado en nuestra opinión, pero bien caro lo paga --había dicho Camila con inocencia de niña de escuela--. No seamos más papistas que el Papa, ni más justicieros que la justicia de Dios. ¿No estamos bien tranquilos en nuestra conciencia? ¿No sabemos tú y yo, como éste es día, que ni él pudo conquistarme, ni había tales carneros, ni Cristo que lo fundó...? Pues si hay algún necio que crea otra cosa, déjalo y con su pan se lo coma.
Corolario de estas generosas palabras, las más juiciosas, las más cristianas y quizás las más elocuentes en su sencillez que yo había oído en mi vida, fué la idea de asistirme en mi enfermedad y de socorrerme en mi pobreza. Me impresionó tanto, tanto lo que aquel bruto me dijo con su lenguaje sin retóricas y su lealtad sin estudio, que le dí un fuerte abrazo y le besé como á un niño. Lo mismo habría hecho con su mujer, sin reparo ni malicia alguna. Sí, eran mis hijos; serían mis herederos, si algo podía salvar de entre los escombros de mi fortuna.
V
Mis inquietudes con respecto al pago de las letras no se calmaban con las seguridades que me daba Severiano de arreglar este asunto. «¿Pero cómo, pero cómo...?» Díjome que había conseguido arrancar á Villalonga unos tres mil duros, y que él, por sí, había reunido cinco. ¿Y qué hacíamos con tal miseria? Mirándome flemático, me declaró lo que sigue:
--No te lo quería decir. Pero es preciso que lo sepas. La cantidad está completa. ¿A que no aciertas de dónde ha venido este socorro salvador?... No habrá más remedio que cantar claro... De tu prima Eloísa.
La impresión recibida por mí al oir esto, fué de tal modo fuerte que, valiéndome de las extremidades de un solo lado, me eché de la cama. Con gritos y gestos expresaba yo mi terror, mi vergüenza y la resolución de no admitir aquella ofrenda. Hizo mi amigo esfuerzos por calmarme. Ramón y él me vistieron. Pusiéronme luego en mi sillón como un muñeco, y allí aguanté la rociada de palabras y razonamientos que me echó Severiano.
--Tu situación no es para esos humos ni para que nos andemos con escrúpulos tontos. Estás en el caso de aceptar lo que venga sin mirarle la cara... Después pagarás y _pax Christi_... Cuando ví la cosa fea, me fuí á casa de Eloísa. Encontrémela muy afligida, pensando en tí, en tu ruina corporal más que en tu pobreza, y me obsequió con la mar de lágrimas y suspiros. «Venderé todo lo que tengo, por sacarle de su compromiso.» «Pues empiece usted.» La verdad, chico, lo que en la casa ví más me revelaba propósitos de engrandecimiento que de liquidación. Enseñóme un cuadrángano grande que había comprado el día anterior y otras preciosidades... «¿Y cuánto hace falta?» me preguntó con aquella vocecita cristalina... Quedamos por fin en que si me buscaba diez mil duros, tu firma quedaría en salvo. Miró un rato al suelo, el ceño fruncido. «¡Mucho es!» dijo suspirando, y echando miradas de amor á sus cachivaches. En fin, chico, ¿para qué andar con rodeos?... ¿te lo digo?... Pues allá va. Sin vender ni un alfiler, me trajo ayer los diez mil duros. Se los ha dado Sánchez Botín.
Empecé á echar sangre por la boca, porque me mordí la lengua. No puedo pintar la turbación que me causaba aquel socorro que me venía de la prostitución elegante, aquel rechazo de mis vicios de antaño. Toda la saliva que yo había escupido á la faz de la sociedad y de la ley, me caía ahora en la cara, causándome indecible repugnancia. No fué preciso que Rodríguez me diera más explicaciones, pues el caso se me presentó en todo su horror elocuente. La prójima se había vendido por una suma destinada á salvarme del conflicto. Parecíame que los tres, Eloísa, Botín y yo, éramos igualmente despreciables, odiosos y viles, y que formábamos una sociedad de envilecimiento comanditario para socorrernos por turno. Porque yo sabía muy bien cuánto repugnaba á Eloísa el tal Sánchez Botín y el asco que ante él sentía, y la oí decir más de una vez: «Si me ponen en la alternativa de querer á todos los soldados de un regimiento uno tras otro, ó vivir dos horas con ese orangután, opto por lo primero.» Y para que se vean las raíces que la pasión del lujo tenía en su alma: puesta en el caso de vender sus últimas adquisiciones de trapos y arte decorativo, no tuvo valor para ello, y apechugó con el aborrecible, asqueroso é inmundo estafermo que la perseguía. Creédmelo: si me hubieran dado una bofetada en la calle, no lo habría sentido como sentí aquello. No hay ultraje que se compare al de un favor que no se puede agradecer.
Y Severiano no se mordió la lengua para darme detalles:
--Por debajo de cuerda he sabido que Botín no le dió más que seis mil duros. Siempre miserable. Está por la carne barata. Este hombre se me ha parecido siempre á una chinche. Es para cogerle con un papel y tirarle, dando á otra persona el encargo de matarle. La idea de verle reventar delante de mí me pone nervioso... Pues sí, seis mil duros nada más. El resto lo juntó como pudo, con ayuda de su prendera, y llevando al Monte y á las casas de préstamos algunas cosillas... ¡Cuando me lo trajo estaba más contenta...! Pero se le conocía en la cara la repugnancia de la pócima... ¡Pobre mujer! su trabajo le ha costado... Y no consintió por ningún caso en que le diera recibo, ni quiere interés. «No es préstamo --me dijo lo menos veinte veces--: es regalo, es restitución...» Pero me dió á entender que no deseaba se te ocultase que á ella debías su salvación. Tiene el orgullo de su rasgo.
Nada, nada: yo no podía aceptar aquel injurioso, infame favor. Mi conciencia se sublevaba; se me venían á la boca expresiones airadas y terribles. Mi honor, mi honor antiguo, superior á las contingencias y asechanzas que le tendían mis vicios, quería mandar en jefe en mis acciones. Antes todos los males que aquel arrimo ó protección indecorosa de una mujer que pagaba mis deudas con el dinero de sus queridos. Creo que en aquel trance me expresé sin dificultad; al menos yo dije á Severiano todo lo que quería decirle.
--Por Dios y por tu vida y por lo que más ames, hazme el favor de devolver el dinero á esa mujer, y le dices de mi parte... No, no le digas nada; no hay más que devolvérselo diciéndole que no se necesita. Búscalo por otra parte: vende ó empeña hoy todos mis muebles. Mira que esto es una deshonra que no puedo soportar. Prefiero el protesto de las letras, hacer un arreglo y pagarlas después á plazos ó como se pueda. Severiano, amigo querido, líbrame de este bochorno: por Dios te lo pido... Saca ese dinero de mi mesa y echa á correr. Llévaselo. Dios nos recompensará esta delicadeza... Me considero el primer desgraciado del mundo y el número uno entre todos los miserables habidos y por haber.
En la cara le conocí que no quería contrariarme. Sus palabras conciliadoras diéronme esperanzas de que haría lo que le mandaba.
--Bueno, hombre, no te apures. Si lo tomas así... A mí, en tu lugar, no me daría tan fuerte... Creo muy difícil que hoy se pueda reunir lo que necesitas. La opinión exagera siempre, y á tí te tiene hoy todo el mundo por más tronado de lo que estás. Yo pongo mi cabeza en un tajo á que no hay en Madrid quien te preste dos reales, teniendo ya hipotecada la casa... En cuanto á tus muebles, ¿qué quieres? ¿que traiga á los prenderos? Pues vendrán, y verás cómo no te dan arriba de dos ó tres mil duros... por lo que vale siete ú ocho mil. No hay solución por ese lado... Pero pues tú lo quieres, devolveré los diez mil á Eloísa, con tal que te sosiegues, que no te excites... Mira que te vas á poner peor.
Demasiado lo conocí. Sentíme bastante mal aquel día; y después de lo que hablé atropellada y dificultosamente, la lengua me hacía cosquillas y se declaraba en huelga completa, negándome hasta los monosílabos. Pasé una tarde cruel, observando lo que hacía Severiano, deseando verle abrir el cajón de la mesa y salir con el nefando dinero. Tuve muchas visitas al anochecer. Todos me encontraron peor, aunque no me lo decían. En torno mío no había más que caras lúgubres, en que se pintaba el presagio de mi fin desgraciado.
Y al siguiente día ví á mi amigo sacar manojos de billetes y pasar al despacho.
--¿Qué has hecho? --le pregunté cuando volvió á mi lado.
--¿Qué había de hacer? Pagar las letras --me respondió mostrándomelas--. Aquí las tienes, con el _recibí_ de Lafitte... Y no me preguntes más, ni hagas el puritano. No están los tiempos para boberías de azul celeste. Hay que tomar las cosas de la vida como vienen, como resultan del fatalismo social y de nuestros propios actos. Todo lo demás es música, chico; viento, y echarse á volar por las regiones etéreas.
Sentí que estos argumentos me anonadaban, y no expresé ninguna opinión. Yo temblaba al pensar que Eloísa iría á verme como en solicitud de mis gratitudes; y por lo mismo que lo temía tanto, ocurrió este desagradable caso. Aquella noche recibí su visita cuando no había ninguna otra; y aunque mi primera intención fué rechazarla, mi conciencia, turbada por angustiosas perplejidades, no lo pudo hacer. Habiendo aceptado el favor, no tenía derecho á arrojar sobre él la ignominia. Yo lo merecía; me lo había ganado, y si me mostrara desagradecido, resultaba más desagradecido de lo que realmente era. Calléme ante la prójima. No hacía más que mirar al suelo, sin duda por ver dónde estaba mi cara, que debió caérseme de vergüenza. Tuve, pues, que dejarme estrechar la mano, y estrechar también un poco la suya; y aunque me vinieron ganas de empujar su frente y su busto lejos de mí, no pude hacerlo. ¡Ay! me olió á estafermo sucio y perfumado con ingredientes innobles; olióme á baratería, á barbas mal pintadas, á dinero amasado con sangre de negros esclavos, á infamia y grosería, á sordidez y á ojos de carnero agonizante. Pero tal como resultaban, transfiguradas por mi mente, las caricias de la prójima, tuve que tragármelas. ¡Qué había de hacer sino beberme aquello y lo demás que saliese, si era la lógica, y contra la lógica que viene en forma de hiel dentro del cáliz de nuestras vicisitudes, no se puede nada, ni hay más solución que cerrar los ojos, abrir bien las tragaderas... cuatro muecas, y adentro!... Algunos revientan; otros, no.
VI
--A todos nos llega, tarde ó temprano, nuestro sorbo de _jieles_ --me dijo Severiano, cuando solos hablábamos de esto--. Yo también he tenido que apechugar... sólo que mi potingue me pareció al principio muy amargo, y ahora se me vuelve dulce... Pero no te digo más. Esto es una charada. _La solución en el próximo número._
No le contesté nada, porque aunque empezaba á recobrar la palabra, no quería hablar ni aun delante de mi amigo de más confianza. Dirélo claro: mi voz me era odiosa, antipática, y valía la pena de condenarme á perpetuo mutismo por no oirme yo mismo. La verdad, señores: la voz que me quedó después de la horrible crisis era inaguantable; una voz atiplada, chillona y aguda, que me recordaba la de los cantores de capilla. Cuando me hice cargo de este fenómeno, entróme horror y asco de mi propia palabra. ¡A qué pruebas me sujetaba Dios! Comprendía el no vivir más que á medias, el ser un Nabucodonosor, el no tener otras sensaciones que las de la comida, el no poder andar sin auxilio; pero hablar de aquella manera... francamente, y con perdón de la Justicia Divina, me parecía demasiado fuerte. Dicho se está que ni que me asparan chistaba yo delante de nadie, mucho menos delante de Camila.
--¿Por qué estás tan callado? --me decía ésta--. Ramón me ha dicho que ya pronuncias. ¿Qué te pasa, que estás ahí con ese lápiz, pudiendo expresarte bien?
--No creas á Ramón, borriquita --escribí--. Me he quedado absolutamente mudo. Mejor: así estoy seguro de no decir ningún disparate.
--De poco te valdrá no decirlos si los piensas --me contestó con admirable sentido.
¡Y qué observación tan oportuna! Sobre esto de pensar disparates tengo que relatar una cosa que no quisiera se me quedase en el tintero. Una mañana que estábamos solos Severiano y yo, le dije, no recuerdo si por escrito ó con mi famosa vocecilla, que hallándome amenazado de un segundo ataque, mortal de necesidad, quería hacer mis disposiciones. Lo que salvara de mi fortuna dejaríalo íntegro á Camila y Constantino. A mi amigo le pareció muy natural, y entonces dije yo:
--Quizás esta herencia les perjudique en su opinión. ¿De qué manera se evitaría?
--No me ocurre ninguna.
--¿Te parece que en mi testamento nombre heredero al niño que va á tener Camila?
--¡Claro, tu nene...!
Lo dijo con tal acento de convicción, que creí que me apuñalaba. Protesté con gritos roncos y con gestos convulsivos.
--Infame calumniador, si no te retractas, te muerdo. ¿Tú sabes la atrocidad que has dicho...?
Hablé mucho, gemí é hice garabatos, sin poder convencerle. ¡Desgracia mayor! Yo me daba á los demonios.
--Tú mismo has confirmado lo que yo sospechaba --aseguró mi amigo con su calma habitual--. La otra noche, á eso de las doce, dormías, y en sueños dijiste: ¡_Belisario... hijo mío_! y con una expresión de cariño, con un tono de padrazo bonachón y meloso... Parecía que estabas besando al pobre angelito que no ha nacido todavía, ni nacerá hasta Noviembre, según dijo ayer su mamá.
--¿De veras que pronuncié yo esas palabras? --dije, quedándome como lelo--. Pero, hombre, ¿no sabes que soy idiota? ¿No sabes que soy una bestia...? Es triste que mis ladridos se tomen por razones, y mis absurdos por verdades.
No hablé más, porque el horror de mi voz de tiple me impuso silencio. Más adelante enjareté á Severiano tantos y tantos argumentos en defensa de Camila, que al fin me parece quedó convencido.
Pero estuve confuso mucho tiempo, pensando en que si yo no decía disparates despierto, en sueños no sólo los pensaba, sino que se me salían por la boca. ¿Me habría oído Camila aquel desatino y otros tal vez? ¿La frase suya de los _disparates pensados_ provenía de haberme oído hablar cuando dormía? Esto me puso en gran desasosiego. Yo no recordaba nada de lo que soñaba. ¡Tremenda cosa tener que acusarme de actos de que era, en rigor de conciencia, irresponsable! La conciencia de antaño seguía sin duda funcionando por sí y ante sí, á pesar de no estar ya vigente. La ley nueva me eximía de responsabilidad; pero aun así no estaba yo tranquilo. Encargué á Ramón que me despertase si me sentía hablar de noche, y á Severiano le dije:
--Voy á dormir; coge mi bastón, ponte en guardia, y si me oyes alguna barbaridad, pega. Es el animal que gruñe.
Porque, lo digo con orgullo, no sé lo que me pasaría en aquellas misteriosas, obscuras y siempre veladas regiones del sueño; pero despierto era yo la persona más buena del mundo. Creedlo: tenía todas las virtudes, toditas; me atrevo á decir que era un santo. Fuera de aquel cariño paternal que sentía por los Miquis, en mí no había ninguna pasión. No deseaba el mal de nadie, no se me ocurría seducir á ninguna casada ni engañar á ningún esposo. Hasta me pasó por las mientes, en aquellos entusiasmos de mi virtud fiambre, que si recobraba la salud, debía escribir una obra sobre los inmensos bienes de la templanza, haciendo ver los perjuicios que para el cuerpo y el alma acarrea la contravención de esta divina ley, y abominando de los que la tienen en poco. Y cuando mis tíos Rafael y Serafín iban á verme, departía con ambos (perdido el miedo á la fealdad de mi órgano vocal) sobre lo deliciosa que es una vida consagrada exclusivamente al bien, y echaba mil pestes contra los tontos que no saben meter en un puño las pasiones humanas. Como saliera de la boca de mis tíos alguna anécdota sobre la cual pudiera yo hacer pinitos de moral, al punto los hacía, poniendo á los viciosos y libertinos como ropa de Pascua; subiendo hasta el cuerno de la luna á los virtuosos, comedidos y morigerados, y descargando al fin todo el peso de mi indignación sobre los hombres infernales... sí, infernales (no me cansaría de emplear este duro calificativo), que llevan la perturbación al hogar ajeno y siembran por el inmenso campo de la familia humana las perniciosas semillas...
No sigo, porque me remonto demasiado. Mis nobles tíos abundaban en mis sanas ideas. Ambos estaban tan arrumbados físicamente como yo, igualándome en planes de virtud y en limpieza de conciencia. Las cosas que decían en coro conmigo debieran escribirse; pero no las escribo. Eramos tres sabios, filósofos ó santos que trabajábamos en el _triple trapecio_ de la moral universal; y si no veía yo en nuestra trinca famosa á Sócrates, á San Gregorio Nacianceno y á Orígenes departiendo como buenos amigos, el demonio me lleve.
XXVI
Final.
I
Ya es tiempo. Voy á concluir.
La aplicación de la electricidad, hábilmente hecha por Augusto en los meses de Junio y Julio, fué de grande eficacia, si no para curarme, pues esto era imposible, para sostenerme un poco, alargándome la vida y haciendo más llevaderos los días que me restaban. Porque sobre la proximidad de mi fin ya no podía tener duda. Lo único que podía esperar del esmerado tratamiento de mi joven y sabio médico, era tirar tres ó cuatro meses más, si bien él, llevado de esos impulsos caritativos que tan bien se hermanan con la ciencia, aseguraba responder de mi curación completa.
Recobré, pues, la palabra, aunque de la manera imperfecta que he dicho. Advertí despejo y claridad en las ideas; me volvió la memoria, quedándome sólo la mortificación de no poder recordar ciertos nombres, y el lado izquierdo dió algunas señales de vida, cosquilleando primero y desentumeciéndose después un poco. El movimiento, señal primera de la vida, me fué concedido, aunque de tan rudimentario modo, que sólo á gatas hubiera podido andar sin auxilio ajeno. Para andar como los seres que deben á la facultad de tenerse en dos pies el privilegio de cobrar el barato en la Creación, necesitaba del apoyo de otro bimano. Resistíame á salir á la calle, por coquetería y presunción; pero tanto insistió Augusto en que debía salir, que no tuve más remedio que exponer mi lastimosa personalidad á las miradas compasivas, indiscretas ó quizás burlonas de mis semejantes. Lo que esto hería mi amor propio no es para contado, pues poniéndome en lugar de los transeuntes, me miraba, me tenía lástima y aun me chanceaba un poco de mi extraña figura. Si no me vísteis á mí, habréis visto sin duda á otro prójimo herido del mismo mal, y podréis figuraros cuál era mi facha, encorvado el cuerpo, la cabeza cayendo de un lado, el mirar estúpido, el rostro encendido, la boca abierta, las piernas tan torpes, que á pasito corto necesitaba media hora para andar cien metros. Los paseos, no obstante, me sentaron tan bien, que á los dos meses de salir á la calle ya era otro hombre, y me gobernaba solo algunos ratos con ayuda de un fuerte bastón. El espejo díjome que no tenía ya tan pintada en mi cara la imbecilidad, y con este remedio de la naturaleza y los esfuerzos que hice para componer mi fisonomía, creo que no iba del todo mal.
Determiné no salir el verano. El calor no me molestaba mucho; y además, ¿á dónde iba yo con aquella traza y tanto entorpecimiento, y el estorbo de mi propia invalidez? Antes de marcharse, allá por los comienzos de Julio, dióme Severiano la solución de su charada. Yo había comprendido que la tabla de salvación de que me habló era matrimonio con alguna joven rica; pero no sabía quién era la providencial novia, ni lo habría adivinado jamás si él no me lo dijese, dejándome estupefacto. Creo que mis lectores se pasmarán, como yo me pasmé, cuando lean aquí que la tabla de Severiano era Esperancita, la hija mayor de don Isidro Barragán. De modo que ingresaba en el seno de la que él llamaba _familia reventativa_, y tendría por papás á _Partiendo del Principio_ y _No Cabe Más_, personas de quienes se había reído tanto. Ya no me quedaba nada que ver en el mundo. Había visto la maravilla más grande en el orden moral, Camila; había visto el portento de las palinodias, la boda de mi amigo. Ya podía morirme satisfecho. Y este paso revelaba tanta habilidad como saber mundano. El himeneo con una de las primeras herederas de Madrid era su salvación. Estaba decidido á ser juicioso y buen marido y acabado modelo de ciudadanos y padres de familia. Como me dijera que su novia era una excelente muchacha, cariñosa, sencilla, modesta, inclinada á las virtudes caseras y á los sentimientos apacibles, tomé pie de esto para enjaretarle una plática muy linda sobre las ventajas del vivir ordenado y de la paz doméstica. ¡Qué cosas tan buenas, tan profundas y cristianas le dije! Si el Espíritu Santo no hablaba por mi boca torcida, faltaba muy poco para la efectividad de este fenómeno. Prometió él tener muy en cuenta mis exhortaciones, añadiendo que ya sentía en su alma toda la verdad de ellas antes de que yo me metiese á predicador. En cuanto á la desagradable circunstancia de ingresar en la _familia reventativa_, Severiano sostenía estóicamente que el sér humano tiene el don de acomodarse á todo; es animal de costumbre que sabe atemperarse á los más extremados y contrapuestos climas, á las civilizaciones más refinadas como á las absolutamente negativas. _Partiendo de este principio_, no le sería imposible ser yerno de Barragán y de doña Bárbara, pues si al pronto esta parentela le había de ser menos grata que una camisa de fuerza, poco á poco se iría _jaciendo_ y concluiría por encontrarse allí como el pez en el agua. La boda se verificaría en Octubre. También supe que Victoria, de quien yo no me había dejado vencer, se casaba con un sobrino de Arnáiz. Me alegré mucho, y les deseé de todo corazón mil felicidades.