Lo prohibido (tomo 2 de 2)

Part 20

Chapter 204,140 wordsPublic domain

Y á la mañana siguiente llegaron María y su marido, ambos obsequiándome al entrar con sendos suspiros. Medina no pudo contener los pruritos dogmáticos que se le vinieron de la mente á los labios, y dándome un apretón de manos, me dijo: «Eso no es nada. Se restablecerá usted pronto; pero sírvale de lección este arrechucho.» Y bajando la voz, inclinado ante mí, añadió lo siguiente: «Mi mujer tiene razón. Eso es el resultado de dejarse dominar por las pasiones y apetitos, en vez de vencerlos, como hace toda persona que merece el nombre de varón. Conque cuidado, y no echar la enseñanza en saco roto.» Mientras tal oía yo, ví á María Juana poniendo orden en varias cosillas que sobre la mesa estaban... Retiró á su esposo de mi lado, como reprendiéndole tácitamente por sus inoportunas observaciones, y se fueron. Por la tarde vino ella sola; se sentó frente á mí al costado de la cama, y me estuvo mirando como una hora seguida. Yo también la miraba. «¿Por qué no hablas?» me dijo al fin, estrechándome con amorosa fuerza la mano. Dile á entender que no podía, y entonces me trajo lápiz, papel y un libro para que escribiera sobre él. «Soy Nabucodonosor,» escribí, no sin trabajo. Y ella consternada: «¡Qué cosas tienes!... Verás cómo te curamos.» «Soy un animal, ladro...» escribí. Iba á decir que entre las tres me habían puesto así, la una por no quererme, y las otras dos por quererme demasiado; pero me faltó el pulso, y sólo pude escribir en un garabato: «Tú... culpa...» Leyólo un tanto indignada y rompió el papel, guardándose los pedazos.

¡Cómo podría yo pintar aquel inmenso tedio mío, y la pena de verme medio muerto, inmóvil, y de considerar que nunca más volvería á ser el hombre que fuí! En tal extremidad, la esperanza de la muerte venía á ser el único consuelo, y por fomentarla en mí resistíme á tomar las medicinas que recetaba Miquis. Administrábame revulsivos y enérgicos derivativos; y para que mi semejanza con un perro fuera mayor, dábame la estricnina. Pensé decirle por escrito que me diera de una vez la morcilla, para hacerme reventar. ¡Terrible trance verme en tanta miseria, rodeado de todas las prosas de la vida humana, no pudiendo valerme sin ajeno auxilio! Ramón y Constantino me movían de aquí para allí, cargándome como á un leño, y haciendo conmigo lo que las madres de más abnegación hacen con un pobre niño sucio, incapacitado é irresponsable. Admiraba yo la caridad de entrambos, y mayormente la de Constantino, que no tenía obligación de hacerlo, y lo hacía por pura lástima de mí. Dios se lo pagaría. Yo vivía, si vivir era aquello, en plena inmundicia, sintiendo un asco de mí mismo que no es comparable á nada. Era la conciencia física que me acusaba en aquella forma tan grosera como expresiva. Y aquel noble mancebo á quien yo había ofendido gravemente, hiriéndole en su opinión si no en su honor, era quien con más gallardía cuidaba de mí, afrontando aquellas repugnancias con ese valor de sentidos que no es menos meritorio que el nervioso valor llamado bravura ó heroísmo. ¿Por qué lo hizo? Porque le salía de dentro sin duda, y era vengativo á estilo de Jesucristo. Su mujer le incitaba también á ello con cristiano entusiasmo. Ya no podían temer que yo les deshonrara; yo era una cosa más bien que una persona, un pobre animal moribundo que ladraba, pero que ya no podía morder. Poco más viviría, á juicio de ellos. Su compasión, por tal motivo, me daba el golpe de gracia.

¡Y cómo me acordé, al verme en tales podredumbres, hecho una plasta asquerosa, de la enfermedad de Eloísa, de su horror á la fealdad y de sus esfuerzos por buscar _postura_ bonita en su muladar! ¿Qué discurriría yo para hacerme el interesante en tan prosáico estado? ¿Qué arbitrios de coquetería morbosa y fúnebre inventaría para dar poético giro á mi situación, como cuando á ella se le ocurrió aquello del tul, que referido en su lugar queda? Nada, nada: mi calamidad pedestre é inmunda no tenía compostura posible. Para mayor desgracia se me había torcido la boca, y esto me causaba tal horror, que no me atreví á pedir un espejo para mirarme. La lengua no funcionaba: érame difícil pegar la punta de ella á la arcada dentaria superior, y de aquí que no pudiera pronunciar algunas consonantes. La deglución érame también algo difícil, y por esto... me repugna decirlo; pero violentándome lo diré para que lo sepáis todo: ¡se me caía la baba!

Mandó Augusto que me levantaran y me pusieran en un sillón, donde estaría mejor que en la cama. Entre Constantino y mi criado me vistieron como se viste á un muerto, y me sentaron, rodeado de mantas y almohadas. Debía de asemejarme, en mi inmovilidad, á una de esas figuras egipcias que parecen estar esperando la conclusión de lo infinito por la rígida paciencia con que sentadas están. A veces de mi boca caían hilos gelatinosos sobre mis manos cruzadas sobre el vientre. Entonces Constantino, ¡oh angelón incomparable! daba algunos pasos hacia mí, y con un pañuelo me limpiaba.

Si en esto de la asistencia tenía yo tanto que agradecer al marido de Camila, en otra clase de auxilios Severiano era mi hombre. Sin él no sé qué habría sido de mí, porque se constituyó en guardián de mis intereses, y tomó muy á pechos todo lo concerniente á los negocios míos, que habían quedado en suspenso el día de mi enfermedad. Él y Medina llevaban adelante con la mayor energía la acción judicial contra Torres y Samaniego. Ignorábase el paradero de Torres. El agente daba la cara, ofreciéndose también como víctima, y se prestaba á remediar el daño hasta donde alcanzaran sus fuerzas. Halléme en las peores condiciones para alcanzar justicia, pues antes que yo habían de cobrar los que, como Cristóbal, tenían la garantía legal de la publicación. Severiano consiguió que el Juzgado embargase la casa de la Ronda; pero he aquí que el contratista de la obra se echó encima de la finca, probando que no se le había pagado más que uno de los plazos de la construcción. En fin, que primero cobraría el contratista; después Medina, y luego Llorente, yo y los demás, si algo quedaba. De todo esto me informaba Severiano, atenuando lo desagradable, y dándome esperanzas que yo no podía tener. Todo iba mal, muy mal para mí, como veréis por lo que sigue.

A los cinco días del ataque noté alguna mejoría en el uso de la preciosa facultad de hablar. Emitía las vocales sin dificultad, y algunas consonantes no me costaban trabajo. Otras, como la _te_ y la _erre_, se resistían. Nacía en mí, pues, la palabra, siguiendo el proceso ó desarrollo fonético de los niños. Educaba mi lengua como la educan ellos; mas hacíalo á solas, temeroso de parecer ridículo á los que me oyeran. Tal era mi estado, cuando Severiano vino á manifestarme que las letras que giré á cargo de mis arrendatarios de Jerez habían sido protestadas, y venían contra mí, con la añadidura de los gastos de resaca. Él hubiera querido ocultármelo y recogerlas del banquero que las tenía; pero sus tentativas para reunir el dinero eran infructuosas, y no tenía más remedio que decírmelo para que yo determinara. «¡Bonito porvenir! --pensé--. Hállome convertido en animal, y con tres pleitos sobre mí: uno contra Torres, otro contra los Hijos de Nefas y el tercero contra mis arrendatarios Manuel Roldán y su hermano. Daré poder mañana mismo para exigirles el pago. Les embargaré, les venderé hasta la última bota de vino.»

--No será difícil encontrar el dinero que necesitas hipotecando esta casa --me dijo Severiano--. Ten presente otra cosa, y es que el día 12 te vencen las letras de Tomás de la Calzada.

Estas palabras fueron como un martillazo en mi cerebro. ¿Qué tal estaría mi cabeza que se me habían borrado de ella las letras de Sevilla y hasta toda idea de que las Pastoras existiesen en el mundo? ¡Cuánto padecí en aquel momento al considerar que ni aun encontrando quien me prestase cincuenta mil duros con garantía de mi finca, podía yo conjurar la tormenta que sobre mí venía! Para pagar las letras de las Pastoras y recoger las devueltas de Jerez, necesitaba más de ochenta mil duros, y esto sin pérdida de tiempo, pues la casa tenedora de estas últimas era el _Crédito Lyonés_; y no teniendo amistad con el gerente ni con ningún consejero de ella, no podía esperar que me diesen la prórroga ó respiro que habría sido tal vez mi salvación. En estos casos las determinaciones acudían pronto á mi mente, aun hallándose, como se hallaba, enteramente desquiciada.

--Vete corriendo á ver á Medina --dije á Severiano, parte por señas, parte escribiendo y algo también con ladridos--. Es el único que puede... Veamos si quiere darme... cincuenta mil duros... Hipoteco esta casa...

III

Quedéme solo con Ramón, en la mayor ansiedad, rumiando mi desdicha. «¡Si al menos fuera un hombre, si al menos me obedeciera esta máquina estúpida!... --pensaba--. ¿Pero qué ha de hacer una bestia más que cocear, dar bramidos, comer el pienso y morder á alguien si la dejan?» Por más vueltas que le diera, no podría dominar el conflicto en que me hallaba; y en caso de que no encontrara un prestamista, las letras de las Pastoras se quedarían sin pagar, y yo deshonrado á los ojos de aquellas hidalgas personas. La aflicción que esto me produjo superaba al sentimiento y pesadumbre hondísima de mi enfermedad. Habría dado yo el lado derecho, que aún tenía vivo, por poder cumplir en aquel caso con lo que exigían mi honor y la altísima consideración que á las amigas de mi madre debía. «¡Pobres señoras, qué pensarán de mí! Dirán, y con razón, que me he comido su fortuna... No: esto no será, aunque tenga que vender la camisa. Aún puedo negociar los créditos á mi favor, aunque sea con pérdida de un cincuenta por ciento. Me quedaré sin un real y en situación de pedir limosna como esos infelices lisiados que se arrastran por los caminos; pero las Pastoras cobrarán... ¡pues no han de cobrar!...»

Y la maliciosa ironía de mi destino saltaba dentro de mí apuntándome la negativa: «No cobrarán; las dejarás en la miseria, y ambas serán los fantasmas que te persigan y te atormenten en tus últimos días. Porque Nefas no te pagará; de los Roldanes no verás un cuarto, y como no pleitees con Severiano, despídete de la hipoteca de las _Mezquitillas_... ¡Pobres inglesas! ¡Caer en la miseria al fin de su vida, sin más culpa que haberse fiado de tí, creyéndote persona formal!... En esta horrible situación de animalidad en que te han puesto tus vicios, mal hombre, te revolcarás impotente sin hallar consuelo en ninguna postura; y cuando te vuelvas de este lado, verás á la Morris dando lecciones de inglés para ganar la vida, ¡infeliz señora, anciana, medio ciega! y cuando te vuelvas del otro lado, verás á la Pastor pintando un cuadrito bucólico moral para rifarlo entre la colonia jerezana y malagueña de Madrid, á fin de sacar algunos reales con que atender al sustento. Y se llegarán á tí y te rascarán con la punta del palo de la sombrilla, porque tendrán lástima de tu padecer... Y aun te lavarán la jeta, que tendrás sucia de hocicar en la artesa en que se te echa la comida, porque no podrás ni sabrás comer con las manos como los hombres... Y aun te aflojarán la cuerda que se te ponga al pescuezo para que no te escapes; porque sábete que vas á ser animal dañino que correrás tras las mujeres y los niños para morderles... Y cortarán hojas verdes y frescas para ponértelas en el lomo y defenderte de las moscas... Porque ellas, en su pobreza, seguirán siendo las personas más cristianas del mundo, y vencerán su asco para compadecerte, y se impondrán el sacrificio de mirarte, como una penitencia de la falta enorme de haber confiado en tí.»

Así pensaba yo, y sudores de angustia me corrían por la cara abajo. Entró Camila á darme de comer, y aunque yo no tenía tranquilidad para nada mientras no viniese Severiano con buenas noticias, consagréme á la función aquélla con verdadero gusto, no sólo por ser mi prima quien me auxiliaba, sino porque de todo mi organismo sensorio, el único apetito que permanecía vivo era el que preside á la asimilación de los alimentos.

Y había que ver el cuidado con que mi borriquita, después de ponerme una servilleta por babero, me llevaba la cuchara á la boca ó el tenedor con los pedazos de carne, haciendo con sus morros, por instinto imitativo, contracciones iguales á las que yo hacía. A pesar del esmero que ella ponía en esta operación, yo, he de decirlo claramente, no comía con limpieza. Faltábame flexibilidad en los labios, y por mucho cuidado que tuviera para no dejar caer nada de la boca, algo se me caía siempre. Erame forzoso poner mucha pausa en aquel acto para estar en él lo menos desagradable á la vista que me fuera posible. ¡Qué lástima tan profunda se pintaba en el rostro de ella! Yo quería que mis ojos expresasen lo contrario de lo que se desprendía de aquella bestialidad grosera, y no sé si lo pude conseguir. Creo que no. Mis ojos no podían expresar más que el estupor del idiota y los anhelos de una gula repugnante. «Acuérdate, Camila --le decía yo con el pensamiento--, de cómo te quiso este cerdo cuando era hombre.»

No había yo concluído de devorar cuando entró Severiano. En la cara le conocí que me traía buenas noticias. «Si Medina no quiere arreglarlo --me dijo--, otro lo hará. Es un buen negocio... Tu casa vale más del millón. A Medina le he encontrado indeciso, con ganas de servirte, mas con poco dinero disponible por el momento; y como la cosa urge... Pero descuida, que ya se arreglará. ¿Y lo que falta luego para pagar las letras de Sevilla?... Hay que tener confianza en la Providencia, que no es tan perra como dicen.»

Observé con inquietud que Camila se daba aire como sofocada, que palidecía y cerraba los ojos. ¿Acaso estaba enferma? De repente salió; la sentí en mi alcoba. Hice señas á Severiano, que, pensando como yo, dijo:

--¿Se habrá puesto mala?

Mi amigo fué tras ella, y á poco rato volvió á decirme:

--Camila está... vomitando.

«Es que le he dado asco --pensé sintiendo un nudo horrible en mi pecho--. No tiene valor de sentidos como Constantino, y le falta estómago para cuidar animales enfermos.» No tardó en aparecer la borriquita, limpiándose las lágrimas y riendo. Con mis ojos alelados le pregunté como pude lo que tenía, y no quiso contestar. Pero no debía ser lo que yo me figuraba, porque siguió riendo y mirándome con piedad; y en un momento en que Severiano no estaba conmigo, me dijo, llevándose ambas manos á su esbeltísimo talle:

--Es que estoy...

Cogí el lápiz, y con cierto énfasis que no vacilo en llamar inspiración, escribí: «¿Belisario?»

Y ella decía que sí con la cabeza y con el júbilo que iluminó su rostro gitano, que á mí me hacía el efecto de tener la propia cara del sol dentro de mi gabinete. Yo escribí: «Me alegro.» Pero no sé si me alegraba verdaderamente, ó si sentía una pena cosquillosa. Camila, que era muy comunicativa por naturaleza, gritó «tres meses,» sacando del puño cerrado tres dedos para expresármelo mejor.

Retiróse al anochecer, con lo que para mí anochecía dos veces. Absolutamente privado de toda facultad sensoria que no fuera el placer de comer, pensaba en lo ideal que se había vuelto mi amor. Por esto, gracias á Dios, yo no era completamente bestia. Si aquello me faltara, hubiera andado á cuatro pies, siempre que el izquierdo y la mano del mismo lado lo consintieran. Pero conservaba mi alma, aunque desquiciada, y en mi alma aquella chispa divina, por la cual me creía con derecho á reclamar un sitio en el mundo espiritual, cuando la bestia cayese por entero en el inorgánico. La conciencia de aquella chispa me consolaba de tener cara de idiota, voz como un ladrido, cuerpo de palo, y de sentir caer las babas de mi boca. Pero ya lo he dicho: depuración mayor de un sentimiento no era posible. El delicado Petrarca era un sátiro ante Laura, y el espiritado _Quijote_ un verdadero mico ante Dulcinea, en comparación de lo que yo era ante Camila. No cabía más pureza que la que mi incapacidad me daba. Vedme aquí hecho un santo, de esos que aman por lo divino y sutil, sin ningún interés de la carne ni cosa que lo valga, siendo un montón de ceniza corporal que guarda los encendidos hornos del alma. Ya veis cómo aquel puerco de que os hablo no era todo escoria: yo reconocía en mí el conjunto extraño de bestia y ángel que caracteriza á los niños; pero nada de lo que constituye el hombre.

Por la noche fué María Juana, que de buenas á primeras me dijo:

--Cuenta con el préstamo sobre la casa. Medina vacilaba, no por falta de voluntad, sino por no tener en el momento fondos disponibles. Pero yo le he dado tal carga, que es cosa hecha. Mañana mismo hará Muñoz y Nones la escritura. ¿Puedes firmar? Sí... Pues no te apures. Cristóbal hablará mañana con los del _Crédito Lyonés_, encargándose de recoger las letras protestadas.

Yo le expresaba mi agradecimiento con gestos y miradas. Y el favor era completo y redondo, porque según me dijo mi ilustre y sapientísima prima, su marido me hacía el préstamo en las mejores condiciones posibles, por un año, con el módico interés de cinco por ciento... Hícele saber que para salir de mi atolladero necesitaba aún treinta mil duros, á lo que contestó que arañando en sus economías y dando otro tiento á Cristóbal, podía facilitarme seis ú ocho mil duros; pero pasar de aquí érale punto menos que imposible.

--No hay que soñar --añadió--, con que mi marido se corra más. Ya sabes que él es generoso; pero lo es una sola vez en cada caso. Medina no repite... mil veces te lo he dicho. Si ahora saliera yo pidiéndole más dinero, puede que se le quitaran las ganas de hacerte el préstamo gordo. Él es así: aceptémosle reconociendo que es muy bueno, y no le perdamos por querer hacerle mejor.

Parecióme esto tan discreto y prudente, que nada tuve que objetar á ello. Poco después vino Cristóbal, y se me mostró tan afable, tan bondadoso, que á poco más se me saltan las lágrimas. Declaraba que lo que hacía por mí no era digno de reconocimiento; rogábame que no hablase de ello, y que no le sacara los colores á la cara con mis importunas gratitudes. Dióme esperanzas de obtener algo en el asunto de Torres, que no dejaba de la mano. Por fin se sabía que el fugitivo estaba en Pau. Su abogado, uno de los más famosos de España, le había escrito que no se encargaría de su defensa si no se presentaba en Madrid. Era, pues, posible que viniese, ingresando desde luego en el Saladero, en virtud de providencia judicial ya dictada.

Con estas noticias me animé un poco; pero aún me amargaban el espíritu las dificultades para salir del compromiso de las letras, si algún inesperado suceso no venía á favorecerme por donde menos lo pensara. Dije á Severiano que tantease á mi tío, que también fué aquella noche, y que, después de haberse retirado Cristóbal con su mujer, se puso á jugar al tresillo con Miquis en mi gabinete. Pero ¡ay! que mi buen tío estaba en situación de que le pusieran niñera, y no servía absolutamente para nada. Entre él y yo la diferencia no era grande, pues si disponía de sus cuatro remos, en cambio arrastraba los pies al andar, y ya se había caído dos veces en la calle. A lo mejor se quedaba como dormido y costaba trabajo despertarle. Su conversación era ya enteramente difusa, incoherente, sin sentido, y á lo mejor se salía con unas sandeces tan primitivas que ningún oyente sabía tener la risa. Yo le miraba desde mi sillón ó desde mi lecho, y me decía: «¡Si tendré yo el mismo aspecto de niño bobo!... Debo de tenerlo.»

IV

Pues, como dije, Severiano trató de ver si aquel pobre anciano infantil podía disponer de algún dinero. El resultado fué muy singular. Primero le manifestó mi tío con espontáneo arranque que le era fácil proporcionarme un millón de reales. Severiano puso cada ojo como un puño al oir tal ofrecimiento. Media hora después, hablando de lo mismo, don Rafael se asombró de oir á mi amigo lo del millón, y le dijo:

--Usted está en Babia, señor de Rodríguez, ó se ha vuelto tonto ó no entiende el castellano. Yo indiqué á usted que podía poner á la disposición de José María mil reales... ni más ni menos.

Raimundo no me visitaba tanto como á mi parecer debía esperarse de sus obligaciones de gratitud hacia mí. Pero las más de las noches iba un rato tan _trigonométricamente trastrocado_ como siempre, se me sentaba al lado y empezaba á hacer chistes para distraerme. Pero ocurría una cosa muy rara, y era que ya no me hacían gracia maldita las ingeniosidades de aquel juglar de la frase. Sabíanme todas las suyas á fiambre pasado, ó manjar sin sazón. Era un amaneramiento y un repetir de fórmulas que se me sentaban en la boca del estómago. Yo no me reía ni pizca, para que se marchase pronto y me dejara en paz.

Aquella noche, después de acostarme y de haber dormido un poco, ví á Eloísa andar por mi cuarto. Ni yo sabía qué hora era, ni estaba seguro de hallarme despierto. La ví pasar como una aparición por detrás del tablero inferior de la cama, venir hacia mí por el costado derecho, inclinarse para mirarme, retirarse después, dar la vuelta, los ojos siempre fijos en mí. Y francamente, parecióme hermosísima. Ni le dije nada, ni ella á mí tampoco. Cerré los ojos, y la sentí en cuchicheos con Severiano. Parecía que disputaban. Me dormí, y la visión se borró en mi cerebro. A la mañana siguiente, la impresión permanecía, y pregunté á mi amigo que de qué hablaba con la prójima. A lo que me contestó:

--Nada, tonterías; no me acuerdo...

Importábame más otra cosa, y sobre ello caímos con verdadero afán.

--Creo que al fin se arreglará esto con la ayuda de todos los amigos --me dijo--. Pasado mañana vencen las _Pastoriles_ letras. No te ocupes de ello y déjame á mí... Desde ahora te aseguro que serán pagadas. Cómo, no lo sé; pero tú no has de quedar mal.

Curiosidad tuve de saber cómo se arreglaba. Y ved aquí á la solícita y prudente María Juana venir á mí con los ocho mil duros, muy tapaditos, en un lío de billetes envuelto en su pañuelo, y dármelos, acompañando el don de estas palabras:

--No puedes figurarte qué fatigas representa para mí este favor que te hago. Lo menos seis meses tendré que estar diciendo mentiras á Medina, y cree que esto me lastima mucho. Mentir á Cristóbal es escupir al cielo, hijo mío. Pero es forzoso hacerlo y se hace. Si te salvo de la deshonra, esta idea tranquilizará mi conciencia, que está, puedes suponerlo, bastante alborotada. Se irá calmando con la meditación de los males que nos trae el apartarnos del camino derecho, y con practicar la mayor suma de buenas obras... Conque entérate. Supongo que la facultad de contar dinero no se te habrá ido, pobre niño inválido. Y si gobiernas bien con tu mano derecha, no estaría de más que me hicieras un recibo...

Prestéme á ello con el mayor gusto, y aun le ofrecí interés, que rechazó escandalizada.

--Por ningún caso --me dijo--, y ni el reintegro de la suma aceptaría si no fuera porque me será difícil justificar la inversión de ella, si algún día se entera Cristóbal y... Parte de este dinero es mío; parte de una amiga que me lo entregó para que se lo colocáramos, y algo es de lo que Medina me ha dado para los gastos de la casa, muebles y otras cosillas.

Muy agradecido estaba yo; pero el rasgo de Camila, del cual no tuve noticia hasta el día siguiente, fué la emoción más grande y placentera que recibí en aquel caso. ¡Pobre borriquita! ¡pobre Cacaseno de mi alma! ¡Cómo se portaban conmigo, y qué lección me daban los dos! Cuando Severiano me lo dijo, lloré, podéis creérmelo. Porque mi sensibilidad lacrimal era muy grande, y á la menor emoción me corrían ríos por la cara. Si esto es infantil ó canino, ó un simple fenómeno de debilidad nerviosa, lo ignoro; lo que sé es que el corazón se me hacía un ovillo cuando Severiano me contó lo que á la letra copio:

--Camila me ha ofrecido empeñar sus pocas alhajas para venir en tu socorro. No sé si te dije que Constantino ha vendido, con el mismo fin, el caballo que le regalaste. Dicen que ahora que eres pobre te han de devolver todo lo que tú les diste cuando eras rico.