Lo prohibido (tomo 2 de 2)

Part 18

Chapter 184,080 wordsPublic domain

A mi tío le devolví también unas quince mil pesetas que me había entregado con el mismo objeto que las Pastoras. No quería ya hacerme cargo de capitales ajenos. A Morla, de quien tenía diez mil duros, le anuncié también mi propósito de devolvérselos, y él, sintiéndolo mucho, me rogó que se los diese á Trujillo. La soledad horrible de mi vida me iba acorralando cada vez más, poniéndome fosco y encariñándome con la fea muerte. Y para que se vea qué extensiones y qué horizontes nos ofrece la miseria humana, aún encontré un hombre que parecía más desesperado que yo. Este hombre era mi tío Rafael, que ya no hablaba, ni iba de caza, y sus ojos, más que fuentes, eran una traída de aguas, y había envejecido diez años en tres meses, y estaba como chocho, con manías y mimosidades pueriles. La diátesis de familia se cebaba en él en aquella evolución postrera. Estaba _suspendido_ todo el día, y no se atrevía á salir á la calle porque el suelo era siempre poco para él. A ratos se le antojaba ser una de esas figuras de yeso que venden los italianos de _santi boniti barati_, y creía ser llevado por la calle en el borde de una tabla, mirando á dos varas de sus pies el suelo en marcha, y él quieto, siempre en la orilla de la tabla, inclinado para caerse y sin caerse nunca. ¡Qué suplicio! Su mujer le consolaba algunas veces; pero otras le reñía, enfadándose de verle dominado por una tontuna tan contraria á la razón. No hubo desde entonces en el ánimo de mi tío nada secreto para mí, ni pesadumbre que no me confiase. Se vació todo, sintiendo no poco alivio. Entre otros disgustos, el más hondo y atormentador era que aquella loca de Eloísa se había tragado lo poco que él tenía para vivir. Presentósele un día gimoteando; ofrecióle buen interés y devolución pronta, y él fué tan simple que... Por fin había logrado arrancarle una parte de la deuda y promesas del resto.

--Aquí me tienes --añadió á lágrima viva--, en el fin de mi vida, expuesto á que el día de mañana tenga que pasar por el sonrojo de pedir un asiento en la mesa de cualquiera de mis yernos... Esto después de haber trabajado como un negro durante cuarenta años... ¡Pero es mucho Madrid éste!...

Quería llevar más adelante aún sus pruebas de confianza. Levantóse del asiento para atrancar la puerta, y cuando estuvo seguro de que nadie nos oía, me dijo con voz cautelosa:

--Para que lo sepas todo, hijo... La causa de que al fin de la jornada nos encontremos tan desguarnecidos, es que esta pobre Pilar no me ha ayudado maldita cosa. Nunca supo más que gastar y gastar. ¿Ganaba yo mil? Pues ella á darse vida de mil y quinientos. Apretaba yo, y conforme me veía apretando, saltaba ella á los dos mil. De este modo, ¿qué quieres que resulte? Miseria, vejez triste, y que le mantengan á uno sus yernos poco menos que de limosna. Me preguntarás que dónde han ido á parar mis ahorros. Derrama, hijo, tu imaginación por los teatros de esta pequeña Babel, por sus tiendas, por sus increíbles y desproporcionados lujos, y encontrarás en todas partes alguna gota de mi sangre. Dirás que me faltó carácter, y te responderé que ahí está el _quid_. Es el mal madrileño; esta indolencia, esta enervación que nos lleva á ser tolerantes con las infracciones de toda ley, así moral como económica, y á no ocuparnos de nada grave, con tal que no nos falte el teatrito ó la tertulia para pasar el rato de noche, el carruajito para zarandearnos, la buena ropa para pintarla por ahí, los trapitos de novedad para que á nuestras mujeres y á nuestras hijas las llamen _elegantes y distinguidas_, y aquí paro de contar, porque no acabaría.

IV

Mi tío había perdido en los tristes meses de su rápido decaimiento algunas piezas importantes de su hermosa dentadura, y por aquéllos en mal hora abiertos portillos se le iban las _efes_, las _zetas_ y otras letras mal avenidas con la disciplina de una correcta pronunciación. Como meneaba bastante las manos al hablar, parecíame que quería coger al vuelo las letras fugitivas para traerlas á su obligación. Hechas las confidencias que acabo de mentar, ya no se paró en barras mi lacrimoso tío.

--¿La ves, la ves? --me dijo aplicando sus labios á mi oído, á punto que Pilar salía, después de pasar por delante de nosotros muy emperejilada--. A sus años, no piensa más que en componerse, y en si se _llevan_ ó no se _llevan_ tales cosas... Ya te llevaría yo derecha, si tuviese ahora veinticinco años como cuando me casé... ¿Y por qué me casé? preguntarás. Porque Pilar me tiranizó con su elegancia y sus tirabuzones á lo Adriana de Cardoville. Yo era entonces _dandy_, y te lo diré en confianza, uno de los más tontos de aquella hornada. Mi sueño era que á mi mujercita la citaran los periódicos que hablan de bailes y recepciones, y que nos cayera mucho dinero por herencia ó por negocios, para hacernos marqueses, dar bailes, tés y meter bulla... ¡Trabaje usted para esto! Los cuartos no parecen... afanes, quiero y no puedo, espíritu de imitación, y estirémonos mucho para llegar, sin llegar nunca... ¡Ay, qué vida, hijo; qué brega! ¡Hemos llegado á viejos, fatigados de tanto estirón, sin una peseta! Mi mujer no ve estas cosas; yo sí: he abierto los ojos, ¡á buenas horas! y ella continúa tan topo como siempre.

Creí ver en aquel excelente hombre algo de exaltación. Los disgustos habían quebrantado tal vez su cerebro, y todas las perradas que decía de la compañera de su vida eran demencia ó quizás chochez, estados ambos que en tales alturas no habían de tener ya remedio. Desde que esto advertí, hallaba en su compañía más agrado que en la de otras personas en el pleno uso de sus facultades. Me divertía oirle echar pestes de su matrimonio, y poner en solfa los perifollos de la pobre Pilar. Además de esto, me impulsaban hacia él la idea de que era aún más desgraciado que yo, y el deseo de consolarnos mutuamente. Debo decir, entre paréntesis, que los principios morales de mi tío eran harto endebles, y bastábame esto para comprender las consecuencias dolorosas de su falta de carácter y para hallar justificadísimas las desventuras de que se quejaba. Jamás sorprendí en él ni el más ligero vislumbre de indignación contra mí por los tratos que tuve con su hija. Esto sólo nos le traza de cuerpo entero, y sirve como para completar la pintura, hecha por él mismo, de aquella indolencia, de aquella enervación moral que habían sido los contornos más expresivos de su carácter durante una larga vida matrimonial y matritense.

Y sigo diciendo que me aficioné á la compañía de aquel buen hombre, por cierta consonancia que entre él y yo encontraba. En cada uno de los dos había una cuerda que respondía con simpáticos ecos á las ideas del otro. O ambos estábamos igualmente idos de la cabeza, ó éramos tan chocho el uno como el otro, y por ende igualmente pueriles. De esta compañía salió el consuelo para entrambos: éramos dos columnas caídas que nos dábamos mutuo apoyo. Con cualquier sandez que él contara me tendía yo de risa, y yo no tenía más que abrir la boca para verle reir á él. Yo le buscaba y él me buscaba á mí. Nos íbamos de paseo, á ver gente y tipos y reirnos de ellos, encontrando placer vivísimo en la sátira social que sin cesar afluía de nuestros inocentes labios. Enlazados nuestros brazos, porque mi buen tío tembliqueaba un poco y yo no estaba muy seguro de piernas, nos íbamos por las calles principales, ó bien al Prado y Retiro, con mi coche detrás, para meternos en él cuando nos cansáramos. Por las noches nos metíamos en los teatros de funciones por horas, porque los dramas y comedias serias nos apestaban. Lo que don Rafael se divertía con las piezas cómicas no es para contado. Reía á carcajadas, y los chistes menos agudos le hacían impresión atroz. Sus sensaciones eran completamente infantiles; sentía como los seres que empiezan á vivir. Noté una noche que á mí también me hacían gracia los sainetes, pero mucha gracia, y que me daban ganas de alborotar como un chico. «¡Si estaré yo tan lelo como este pobre hombre!» me decía. Pero ¡ay! cuando me quedaba solo y me metía en mi casa, entrábame una tristeza tal, que hacía proyectos absurdos de aislamiento y hasta de suicidio.

En Eslava nos tropezamos con mi tío Serafín, que se nos unió, y desde aquella noche fué de nuestra partida. A la mañana siguiente fuimos los tres juntos al relevo de la guardia, y seguimos á un regimiento al compás de la música. Mi tío Serafín confesaba con encantadora ingenuidad que él tenía que contenerse para no ir delante de las cornetas, en el tropel de inquietos y entusiastas muchachos. No paraban aquí nuestras puerilidades, pues nos sentábamos los tres en los puestos del Prado á beber un vaso de agua con anises, y cuando en cualquier calle pasábamos por junto á una obra en que estuvieran subiendo un sillar, nos deteníamos y no abandonábamos el plantón hasta ver la piedra en su sitio. Don Serafín era inspector de construcciones, y nos daba cuenta del estado de todas las de Madrid, así públicas como particulares.

Dicho se está que pasábamos un rato junto á la jaula de los monos en la Casa de Fieras, y que le hacíamos la visita de ordenanza al león. Otras veces tirábamos hacia la Cuesta de la Vega, á ver el viaducto por arriba y por abajo, ó á formar en el apretado corrillo de espectadores que presencian el juego de la rayuela en las Vistillas. Eramos los _tres tristes triunviros trogloditas_ de la cencerrada de Raimundo. Pero lo más salado de nuestros paseos era cuando el tío Serafín _guipaba_ á una criada bonita. Veíamosle todo carameloso y encandilado, avivando el paso y queriendo que lo aviváramos también nosotros.

--¿Habéis visto?... ¡Qué mona!... ¿No reparásteis qué ojos me echó?

Y seguíamos tras la fugitiva, hasta que la perdíamos de vista.

--¡Buen par de pillos sois! --decía mi tío Rafael, dejándose llevar, renqueando--; ¡pero qué pillos! Este Serafín es de la piel del Diablo... No perdona casada ni doncella...

Para distraerles á ellos y distraerme yo, les llevé algunos domingos á los toros. Tomaba un palco, y nos metíamos en él los tres, con más algún otro amigo. Mi tío Rafael se entusiasmaba con todos los incidentes de la lidia, y de sus ojos salían ríos. Serafín no hacía más que _guipar_ á derecha é izquierda, buscando las caras bonitas. En la Plaza fué, bien lo recuerdo, donde Severiano me dió la noticia de que el Marqués de Flandes se había declarado también huído.

--¿A qué me vienes á mí con esos cuentos? ¡Ni qué me importa á mí!...

Pero aunque yo no quería saber nada, me contó la anécdota del día. No era preciso bajar mucho la voz, porque don Rafael, entusiasmado con su homónimo _Lagartijo_, no oía lo que en el palco se hablaba.

--Pues sí: Manolo Flandes ha salido para Francia con las manos en la cabeza, dejando muchos créditos sin pagar. La pobre Eloísa se encuentra otra vez en las uñas de los _ingleses_, y me temo que de esta vez me la han de ahogar de veras... Apencará al fin por Sánchez Botín, uno de nuestros primeros reptiles, y sin género de duda el primero de nuestros antipáticos...

Mandéle que se callara. A la salida de la Plaza nos encontramos á Sánchez Botín, que vino á saludarnos. Debí estar grosero con él. Era un hombre que me repugnaba lo indecible; odiábale sin saber por qué, pues jamás me hizo daño alguno. Era, sin género de duda, lo peorcito de la humanidad. Si hay seres que nos dan á entender nuestra afinidad con los ángeles, aquél nos venía á revelar el discutido y no bien probado parentesco de la estirpe humana con los animales. Viéndole y tratándole, me entusiasmaba yo con el Transformismo y me volvía _darwinista_, sin que nadie me lo pudiera quitar de la cabeza... Luego nos encaramos con Torres, que se vino á mi coche... Otro animal, pero inteligente y, si se quiere, simpático. Aquella tarde le ví más soberbio, fachendoso y soplado que nunca, vendiendo á todos protección, hablando muy alto con grosera petulancia. Me convidó á comer; mas no acepté. Prefería divertirme con mis queridos viejos niños, y nos fuimos á un _restaurant_, donde estuvimos hasta la hora de irnos á Lara. Mi tío Rafael se durmió en el palco como un bendito. Su hermano también tenía sueño; pero con aquello del _guipar_ se despabilaba...

--Nada, nada --les dije, al fin de la pieza--: un huevecito y á la cama.

V

Aquella chochez prematura en que me encontraba habría durado mucho tiempo sin los sacudimientos que tuve en los últimos días de aquel mes. Fueron como latigazos que me despertaron, volviéndome á la vida normal y razonable. Medina, á quien encontré en la calle de Carretas una mañana, me dijo:

--Si el Perpetuo se hace á 60 á fin de mes, como creo, liquidaremos admirablemente. Por esta vez, ese perdonavidas de Torres no pondrá una _pipa_ en Flandes, como dice Barragán.

Aquella tarde volví á la Bolsa. Corrían voces de que la liquidación del mes sería peliaguda, y estábamos á 28, víspera de San Pedro. El Perpetuo, que el 15 había estado por debajo de 59, se sostenía en 59,75, con tendencias á ponerse en 60. _Partiendo del Principio_ aseguraba que _le veía_ en 60,20, y Medina, ocultando su complacencia con la máscara de una frialdad estudiada, afirmaba lo mismo. El 30 se notaron violentísimos esfuerzos por producir una baja, pero sin resultado. París venía firme, y aquí abundaban las órdenes de compra. Torres se descolgó aquel día más risueño que nunca, tuteando al lucero del alba, echando el brazo por encima del hombro á sus amigos de éste y el otro corro. El 31 no le vimos; Medina y Cecilio Llorente se secreteaban. Este había hecho con Torres una gran jugada, de la que resultó que habiendo quedado el Perpetuo á 60 en cifra redonda, Gonzalo tenía que abonarle, por diferencias, más de un millón de pesetas. Yo perdía con el mismo Cecilio y otros unas setecientas mil; pero Torres me había de dar á mí doscientos mil duros. Era el mayor pellizco que yo había tenido entre mis uñas desde que andaba en aquellos trotes.

El 1.º de Julio, día de liquidación, fuí al Bolsín, en donde me encontré á Medina, que hablaba con Cecilio Llorente con cierto misterio. Mandáronme que me acercara, y á las primeras palabras que les oí vislumbré que no estaban tranquilos. El cobrador de Torres, un tal Rojas, no parecía; pero lo más grave era que tampoco estaba Samaniego, nuestro agente.

--¿Quién liquida por Torres? --gritó Llorente con todo el registro de su gruesa voz.

Silencio en las mesas. Al fin vimos llegar á Samaniego, el cual, por más que quiso disimularlo, traía en su rostro algo que no nos gustó. Díjonos que había visto á Torres la noche antes, y que no se había mostrado muy inquieto por las dificultades de su liquidación.

--Liquidará pasado mañana, lunes ó el martes --aseguró al cabo--. Lo tengo por indudable. Es que le coge una porción de millones de reales, y por bien que le vaya, siempre necesita un día ó dos para prepararse.

Por la tarde vino Medina á mi casa, y me dijo que estuvo en la de Torres y que había observado allí algo de tapujo. El criado no quiso abrirle, diciendo por el ventanillo que su señor había salido. Por fin abrieron, y la señora tampoco estaba en casa.

--Es raro --observó Cristóbal pensativo--, porque en ocasiones semejantes Gonzalete ha sabido dar la cara y pedir las prórrogas con la frente alta.

Acordéme de que mi operación no había sido publicada (era la primera que hacía en estas condiciones de informalidad), y me corrió un poco de frío por el espinazo. Mis distracciones, mis chocheces, la exaltación enfermiza de mis pensamientos amorosos, tenían la culpa de aquel lance. «Esto sólo le pasa á un anémico,» fué lo primero que se me ocurrió. Pero aún esperaba una solución feliz, pues si en asuntos del corazón dominaba en mí el más negro pesimismo, en negocios era cada vez más optimista y todo lo veía transparente y rosado. Tranquilicé á Medina; pero él no las tenía todas consigo.

Y por fin saliste de la serie tenebrosa del tiempo, día 2 de Julio, el más horrible y ceñudo de los días nacidos, á pesar de decorarte con toda la gala de la luz y cielo de Madrid. Me acuerdo que fué uno de esos días en que esta Corte parece que despide centellas de sus techos, de sus agudos pararrayos, de las regadas berroqueñas de su suelo, de los faroles de sus calles, de las vitrinas de sus tiendas, y de los siempre alegres ojos de sus habitantes. Salí de mañana á dar una vuelta por el Retiro y á ver el vigoroso claro-obscuro de aquellos árboles cuyo verde intenso parece que azulea, á mirar este cielo que de tan azul parece un poco verde. Quise recrearme en aquella placidez matutina, oyendo los toques de misa, que suenan como altercado aéreo entre torre y torre, disputándose los fieles; viendo á las devotas madrugadoras que de las iglesias salen con su librito en una mano y en otra las violetas ó rosas que han comprado en la puerta; atendiendo al vocear soez y pintoresco de los vendedores ambulantes. Cuando regresé, ya se oían algunos de esos pianos de manubrio que son la más bonita cosa que ha inventado la vagancia. Dan á Madrid la animación de una tertulia ó baile de cursis, en que todo es bulla, confianza, ilusión juvenil, compás de habaneras y polkas, sin que falten tactos atrevidos y equívocos picantes. Estos pianos, el toque de las esquilas eclesiásticas, que tañen todos los días y los domingos atruenan; el ir y venir de gente que no hace más que pasear, y otros mil perfiles característicos de un pueblo en que toda la semana es domingo, eran para mí la expresión externa del vivir al día y de esa bendita ignorancia del mañana sin la cual no hay felicidad que sea verdadera.

Y en aquel caso el mañana era para mí de importancia grandísima. A pesar de los pesares, no estaba yo muy inquieto y confiaba en que liquidaríamos pronto sin dificultad. Habíame sentado tan bien el paseo, que hasta apetito tenía, cosa muy rara en mí. Pero cuando entré en mi casa, ¡Dios mío lo que me esperaba! Era María Juana, desconcertada, impaciente. Encontrémela en mi gabinete, y desde que la ví, entróme un miedo que no sé definir. Echóme los brazos al cuello, y me apretó mucho. Sus labios estaban secos, su frente parecía una placa de bruñido marfil, su voz temblaba al decirme:

--Me vas á probar ahora que eres valiente.

--¿Y cómo? --le pregunté sin serlo, pues se me abatieron los ánimos.

--Soportando la mala noticia que te voy á dar. No he querido que lo supieras por otro conducto... Quería yo darte esta prueba de amistad, y que me vieras compartiendo tu desgracia... Aún hay esperanzas; aún puede ser...

--Dímelo de una vez... No me mates á fuego lento. Ese...

--Lo has adivinado... ¡Ah! Se me figura que en mi frente traigo escrito: _Torres_... Es un trasto. Anoche ha desaparecido de Madrid.

Declaro sin vanidad que no me quedé tan aterrado como parecía natural. Recibí sereno el golpe, y no ví la cosa enteramente perdida.

--Pero hay de qué echar mano. Tiene fincas...

--¡Ay! ¿Tu operación fué publicada? Creo que no. La de Medina sí. ¿En qué estabas pensando? Las pérdidas de Medina no son grandes, y él espera sacar algo. Tú pleitearás... ya sabes lo que son los pleitos.

Al oir esta palabra fatídica, _pleito_, fué cuando me sentí realmente acobardado. Se me arrugó el corazón y pasóme un velo negro por delante de los ojos. Me senté. Mi prima me puso su mano blanda en la frente, y se lo agradecí de veras, porque recibí en ello un gran consuelo.

--Hay que llevarlo con paciencia --dije besándole la mano--. Estas son las resultas de... Cabeza trastornada, bolsa escurrida... Hija mía, el amor es muy mal negociante.

--Todavía, todavía no debes darte por perdido en este asunto --dijo ella interesándose vivamente por mí--. ¿Cuánto das tú por diferencias?

--Unos ciento cuarenta mil duros.

--¿Cuánto te tenía que dar Torres á tí?

--Espelúznate... ¡Doscientos mil!

Después que estas dos cifras vibraron en el aire, hubo un largo y lúgubre silencio, durante el cual las cifras parecían seguir vibrando. ¡Oh, Dios! todas mis aritméticas habían venido á parar en aquel cataclismo... y los números ¡ay! eran el alfanje que me segaba el cuello.

María Juana, compadecida, no quería dejarme entregado á la desesperación, y acompañando sus palabras de entrañables caricias, me dijo:

--Ahora vendrás conmigo... no quiero dejarte solo. Cristóbal te espera; él me mandó que viniera á darte la noticia, y que te llevara á casa para acordar entre los dos lo que debéis hacer. También irá Cecilio Llorente, que coge el cielo con las manos.

--¿Pero estás tú segura de que Torres ha desaparecido, ó es suposición...?

--¡Ah! hijo mío, sobre ese particular no tengas duda. La pobre Paca ha estado en casa llorando como una Magdalena. ¡Infeliz mujer! Gonzalete escribió una carta en que dice que no puede pagar. Sólo ha dejado unas pocas _Cubas_, un talonario del Banco y lo que había en la casa...

--No le dejaremos ni una astilla...

--¡Oh! --exclamó María sin poder evitar que una chispa de júbilo cruzara por su rostro--, lo que es ahora el espejo biselado irá _pian pianino_ caminito de mi sala... Vámonos, vámonos; serénate, y se procurará que el mal, ya que no pueda evitarse, sea la menor cantidad de mal posible. La vida humana tiene estas caídas; pero también ofrece grandes consuelos donde menos se espera. Yo no soy pesimista; creo en las reparaciones providenciales, y al dolor lo tengo por una sombra. ¿Existiría si no existiera luz?

Tanta sabiduría me habría quizás entusiasmado en otra ocasión. En aquélla, tristísima, sonaba en mis oídos como el ruido de una lluvia importuna, de esas lluvias que se inician cuando vamos muy bien vestidos por la calle, y además hacen la gracia de cogernos sin paraguas.

VI

Todo lo que hablamos aquel día Medina, Llorente y yo, subsiste en mis recuerdos de un modo caótico. Imposible determinarlo ahora. Sólo puedo sacar de aquella nebulosa jirones sueltos, palabras é ideas desgarradas, con las cuales me sería difícil componer un inteligible discurso... Samaniego, la fianza de Samaniego... ¿En dónde estaba Samaniego?... ¿Huído también?... Acción judicial... unas operaciones publicadas, y otras no... la casa de la Ronda... Si Torres se presentaba, esperanzas de arreglo, aunque todos renunciáramos á la mitad de nuestro crédito; si no... ¡Ah! Gonzalete no podía acabar en bien... Y vuelta á la casa de la Ronda, á la fianza de Samaniego... á la honradez de Samaniego que se tenía por indudable.

Lo que sí recuerdo bien es que, como yo dijera que al día siguiente vendería mis obligaciones de Osuna, ambos me miraron, quedándose pasmados y con la boca abierta.

--¿Pero no vendió usted sus Osunas? --gritó Medina persignándose--. Hijo mío, ahora sí que ha hecho usted un pan como unas hostias.

Volví á sentir el frío aquél por el espinazo.

--Pero usted está ido, amigo mío --observó Llorente--; permítame que se lo diga.

--Esta es la más negra --murmuró Medina, rascándose la oreja--. ¿Pero no le dije á usted?...

--Perdone usted: á mí nadie me ha dicho nada.

--Perdone usted...

--Hombre, que no.

--¡Dale! Se lo dije á usted el mes pasado, yendo juntos á Bolsa en mi coche. Se lo volví á decir el jueves por la noche, cuando me le encontré en la calle del Arenal en compañía de mi suegro y su hermano Serafín. Le llamé á usted aparte y le dije: «Venda sin perder un momento las Osunas... corren malos vientos.»

En efecto: vino á mi memoria el hecho que Medina afirmaba. Me lo había dicho, sí; pero yo, completamente ido, según ellos, y con el cerebro como una jaula, de la cual se me escapaban las ideas en figura de mosquitos, no había vuelto á pensar en semejante cosa.

--¿Pero qué hay con las Osunas?... --pregunté ansioso.

--Ahí es nada: un bajón horrible.

--Ayer las ofrecían á 55, y nadie las quería.

--Mañana las darán á 30, y será lo mismo.

--¿Pero qué hay?

--Un lío de mil demonios. Que ha desaparecido de la noche á la mañana la garantía territorial. ¡Ay, Jesús, qué hombre éste! Hace días se empezó á susurrar; pero hoy lo sabe todo el mundo. ¿No ha ido usted esta semana al escritorio de Trujillo?

--No.

--¿Ni al Bolsín?

--Tampoco.

--¿Ni al Círculo de la Unión Mercantil?

--Tampoco.